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Title: El capital. Libro tercero. V. La escisión de la ganancia en interés y ganancia empresarial. El capital que devenga interés (1894)
Description: Sección quinta del libro tercero de El capital: el capital que devenga interés y la escisión de la ganancia en interés y ganancia empresarial, el crédito y el capital ficticio, el capital bancario, el dinero y el capital en las crisis, la legislación bancaria de 1844 y las formas precapitalistas del capital usurario.
Author: Karl Marx
Date: 1894-11
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1894%20El%20capital.%20Libro%20tercero.%20V.%20La%20escisi%C3%B3n%20de%20la%20ganancia%20en%20inter%C3%A9s%20y%20ganancia%20empresarial.%20El%20capital%20que%20devenga%20inter%C3%A9s
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*Karl Marx, El capital. Crítica de la economía política. Libro tercero: El proceso global de la producción capitalista. Editado por Friedrich Engels; primera edición: Hamburgo, Otto Meissner, 1894. Se traduce según el texto de la MEW 25 (Berlín, 1964), cotejado con la MEGA II/15 (1894); las citas que Marx daba en inglés, francés u otras lenguas se traducen de su original. Traducción de la Escuela de marxismo, 2026. Las notas que indican de qué manuscrito de Marx procede el texto son de Engels; las firmadas «— F. E.» y los pasajes entre corchetes con esa firma, también. Las llaves {…} reproducen las de la edición (interpolaciones de Marx en las citas o de Engels en el texto). Las notas marcadas «(Nota de la traducción.)» son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1894%20Das%20Kapital.%20Dritter%20Band.%20V.%20Spaltung%20des%20Profits%20in%20Zins%20und%20Unternehmergewinn.%20Das%20zinstragende%20Kapital)*

[Prólogo y suplemento](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1894%20El%20capital.%20Libro%20tercero.%20Pr%C3%B3logo%20y%20suplemento) · [I](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1894%20El%20capital.%20Libro%20tercero.%20I.%20La%20transformaci%C3%B3n%20de%20la%20plusval%C3%ADa%20en%20ganancia%20y%20de%20la%20tasa%20de%20plusval%C3%ADa%20en%20tasa%20de%20ganancia) · [II](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1894%20El%20capital.%20Libro%20tercero.%20II.%20La%20transformaci%C3%B3n%20de%20la%20ganancia%20en%20ganancia%20media) · [III](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1894%20El%20capital.%20Libro%20tercero.%20III.%20La%20ley%20de%20la%20ca%C3%ADda%20tendencial%20de%20la%20tasa%20de%20ganancia) · [IV](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1894%20El%20capital.%20Libro%20tercero.%20IV.%20La%20transformaci%C3%B3n%20del%20capital%20mercantil%20y%20del%20capital%20dinerario%20en%20capital%20de%20comercio%20de%20mercanc%C3%ADas%20y%20capital%20de%20comercio%20de%20dinero%20%28capital%20comercial%29) · V · [VI](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1894%20El%20capital.%20Libro%20tercero.%20VI.%20La%20transformaci%C3%B3n%20de%20la%20plusganancia%20en%20renta%20de%20la%20tierra) · [VII](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1894%20El%20capital.%20Libro%20tercero.%20VII.%20Los%20r%C3%A9ditos%20y%20sus%20fuentes) · [Libro primero](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1867%20El%20capital.%20Libro%20primero.%20Pr%C3%B3logos%20y%20ep%C3%ADlogos) · [Libro segundo](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1885%20El%20capital.%20Libro%20segundo.%20Pr%C3%B3logos)

## Capítulo vigesimoprimero. El capital que devenga interés

Al considerar por primera vez la tasa general o media de ganancia (sección II de este libro), no teníamos todavía ante nosotros esta última en su figura acabada, pues la nivelación aparecía todavía solo como nivelación de los capitales industriales invertidos en las distintas esferas. Esto se completó en la sección anterior, donde se examinaron la participación del capital comercial en esta nivelación y la ganancia mercantil. La tasa general de ganancia y la ganancia media se presentaban ahora dentro de límites más estrechos que antes. En el curso ulterior del desarrollo hay que tener presente que, cuando en adelante hablemos de tasa general de ganancia o de ganancia media, lo haremos en esta última acepción, es decir, solo con referencia a la figura acabada de la tasa media. Como esta es ahora la misma para el capital industrial y para el mercantil, ya no es necesario tampoco, en la medida en que se trate solo de esta ganancia media, hacer una distinción entre ganancia industrial y comercial. Se invierta el capital industrialmente, dentro de la esfera de la producción, o mercantilmente, en la esfera de la circulación, arroja pro rata de su magnitud la misma ganancia media anual.

El dinero —tomado aquí como expresión autónoma de una suma de valor, ya exista esta efectivamente en dinero o en mercancías— puede transformarse en capital sobre la base de la producción capitalista, y mediante esta transformación pasa de ser un valor dado a ser un valor que se valoriza a sí mismo, que se multiplica. Produce ganancia, es decir, capacita al capitalista para extraer de los obreros y apropiarse una cantidad determinada de trabajo no pagado, de plusproducto y plusvalía. Con ello adquiere, además del valor de uso que posee como dinero, un valor de uso adicional, a saber, el de funcionar como capital. Su valor de uso consiste aquí precisamente en la ganancia que produce una vez transformado en capital. En esta propiedad de capital posible, de medio para la producción de la ganancia, se convierte en mercancía, pero en una mercancía sui generis. O, lo que viene a ser lo mismo, el capital como capital se convierte en mercancía.[^k12-54]

Supongamos que la tasa media anual de ganancia sea del 20 %. Una máquina con un valor de 100 £, empleada como capital en las condiciones medias y con la proporción media de inteligencia y de actividad orientada a un fin, arrojaría entonces una ganancia de 20 £. Un hombre que disponga de 100 £ tiene, pues, en su mano el poder de hacer de 100 £ 120, o de producir una ganancia de 20 £. Tiene en su mano un capital posible de 100 £. Si este hombre cede durante un año las 100 £ a otro que las emplea realmente como capital, le da el poder de producir 20 £ de ganancia, una plusvalía que no le cuesta nada, por la que no paga ningún equivalente. Si este otro paga al propietario de las 100 £, al final del año, digamos 5 £, es decir, una parte de la ganancia producida, paga con ello el valor de uso de las 100 £, el valor de uso de su función de capital, de la función de producir 20 £ de ganancia. La parte de la ganancia que le paga se llama interés, que no es, pues, más que un nombre particular, una rúbrica particular para una parte de la ganancia que el capital en funciones, en vez de meterse en el propio bolsillo, tiene que pagar al propietario del capital.

Es claro que la posesión de las 100 £ da a su propietario el poder de atraer hacia sí el interés, una parte determinada de la ganancia producida por su capital. Si no diera al otro las 100 £, este no podría producir la ganancia, no podría en absoluto funcionar como capitalista con respecto a esas 100 £.[^k12-55]

Hablar aquí de justicia natural, como Gilbart (véase la nota), es un disparate. La justicia de las transacciones que se efectúan entre los agentes de la producción se basa en que estas transacciones brotan de las relaciones de producción como consecuencia natural. Las formas jurídicas en que estas transacciones económicas aparecen como actos de voluntad de los participantes, como manifestaciones de su voluntad común y como contratos cuyo cumplimiento puede imponer el Estado a cada una de las partes, no pueden, en cuanto meras formas, determinar ese contenido mismo. Solo lo expresan. Este contenido es justo en cuanto corresponde al modo de producción, en cuanto le es adecuado. Es injusto en cuanto lo contradice. La esclavitud, sobre la base del modo de producción capitalista, es injusta; lo mismo que el fraude en la calidad de la mercancía.

Las 100 £ producen la ganancia de 20 £ porque funcionan como capital, ya sea industrial o mercantil. Pero la condición sine qua non de esta función como capital es que se desembolsen como capital, es decir, que el dinero se invierta en la compra de medios de producción (en el caso del capital industrial) o de mercancías (en el caso del capital mercantil). Pero para desembolsarse, tiene que estar ahí. Si A, el propietario de las 100 £, las gastara en su consumo privado o las guardara consigo como tesoro, B, el capitalista en funciones, no podría desembolsarlas como capital. Este no desembolsa su propio capital, sino el de A; pero no puede desembolsar el capital de A sin la voluntad de A. En realidad, pues, es A quien desembolsa originariamente las 100 £ como capital, aunque toda su función como capitalista se limite a este desembolso de las 100 £ como capital. En lo que concierne a estas 100 £, B solo funciona como capitalista porque A le cede las 100 £ y, por tanto, las desembolsa como capital.

Consideremos primero la circulación peculiar del capital que devenga interés. Habrá que investigar después, en segundo término, el modo particular en que se vende como mercancía, a saber, prestándolo en vez de cederlo de una vez para siempre.

El punto de partida es el dinero que A adelanta a B. Esto puede hacerse con prenda o sin ella; la primera forma es, sin embargo, la más antigua, con excepción de los adelantos sobre mercancías o sobre títulos de deuda como letras de cambio, acciones, etc. Estas formas particulares no nos interesan aquí. Nos ocupamos aquí del capital que devenga interés en su forma corriente.

En manos de B, el dinero se transforma realmente en capital, recorre el movimiento D – M – D′[^k12-t1] y vuelve luego a A como D′, como D + ΔD, donde ΔD representa el interés. Para simplificar, prescindimos aquí por el momento del caso en que el capital permanece largo tiempo en manos de B y los intereses se pagan a plazos.

El movimiento es, pues:

D – D – M – D′ – D′.

Lo que aparece aquí duplicado es: 1) el desembolso del dinero como capital; 2) su reflujo como capital realizado, como D′ o D + ΔD.

En el movimiento del capital comercial D – M – D′, la misma mercancía cambia de manos dos veces o, si un comerciante vende a otro comerciante, varias veces; pero cada uno de estos cambios de lugar de la misma mercancía indica una metamorfosis, compra o venta de la mercancía, por mucho que este proceso se repita hasta su caída definitiva en el consumo.

Por otra parte, en M – D – M tiene lugar un doble cambio de lugar del mismo dinero, que indica, sin embargo, la metamorfosis completa de la mercancía, que se transforma primero en dinero y luego, del dinero, de nuevo en otra mercancía.

En cambio, en el capital que devenga interés el primer cambio de lugar de D no es en absoluto un momento ni de la metamorfosis de la mercancía ni de la reproducción del capital. Solo llega a serlo en el segundo desembolso, en manos del capitalista en funciones, que comercia con él o lo transforma en capital productivo. El primer cambio de lugar de D no expresa aquí más que su transferencia o remesa de A a B; una transferencia que suele efectuarse bajo ciertas formas y reservas jurídicas.

A este doble desembolso del dinero como capital, del que el primero es mera transferencia de A a B, corresponde su doble reflujo. Como D′ o D + ΔD refluye del movimiento al capitalista en funciones B. Este lo transfiere luego de nuevo a A, pero junto con una parte de la ganancia, como capital realizado, como D + ΔD, donde ΔD no es igual a la ganancia entera, sino solo a una parte de la ganancia, el interés. A B solo le refluye en la condición en que lo desembolsó, como capital en funciones, pero como propiedad de A. Para que su reflujo sea completo, B tiene, pues, que transferirlo de nuevo a A. Pero, además de la suma de capital, B tiene que entregar a A, con el nombre de interés, una parte de la ganancia que ha obtenido con esta suma de capital, ya que A solo le dio el dinero como capital, es decir, como valor que no solo se conserva en el movimiento, sino que crea a su propietario una plusvalía. Permanece en manos de B solo mientras es capital en funciones. Y con su reflujo —al vencer el plazo convenido— deja de funcionar como capital. Pero, como capital que ya no funciona, tiene que ser retransferido a A, que no ha dejado de ser su propietario jurídico.

La forma del préstamo, que es peculiar de esta mercancía, del capital como mercancía —aunque se presenta también en otras transacciones—, en lugar de la forma de la venta, resulta ya de la determinación de que el capital aparece aquí como mercancía o de que el dinero como capital se convierte en mercancía.

Hay que distinguir aquí.

Hemos visto (libro II, cap. I), y lo recordamos aquí brevemente, que el capital funciona en el proceso de circulación como capital mercantil y como capital dinerario. Pero en ninguna de las dos formas el capital se convierte en mercancía como capital.

En cuanto el capital productivo se ha transformado en capital mercantil, tiene que ser lanzado al mercado, vendido como mercancía. Aquí funciona simplemente como mercancía. El capitalista aparece aquí solo como vendedor de mercancía, lo mismo que el comprador como comprador de mercancía. Como mercancía, el producto tiene que realizar su valor en el proceso de circulación, mediante su venta, tiene que adoptar su figura transformada de dinero. Por eso es también del todo indiferente que esta mercancía la compre un consumidor como medio de subsistencia o un capitalista como medio de producción, como componente del capital. En el acto de circulación, el capital mercantil solo funciona como mercancía, no como capital. Es capital mercantil, a diferencia de la mercancía simple, 1) porque está ya preñado de plusvalía, de modo que la realización de su valor es a la vez realización de plusvalía; pero esto no cambia nada en su simple existencia como mercancía, como producto de un precio determinado; 2) porque esta función suya como mercancía es un momento de su proceso de reproducción como capital, y por eso su movimiento como mercancía, por ser solo un movimiento parcial de su proceso, es a la vez su movimiento como capital; pero no llega a serlo por el acto mismo de la venta, sino solo por la conexión de este acto con el movimiento global de esta suma determinada de valor como capital.

Del mismo modo, como capital dinerario actúa en realidad solo simplemente como dinero, es decir, como medio de compra de mercancía (de los elementos de la producción). Que este dinero sea aquí a la vez capital dinerario, una forma del capital, no se desprende del acto de compra, de la función real que cumple aquí como dinero, sino de la conexión de este acto con el movimiento global del capital, por cuanto este acto, que cumple como dinero, inicia el proceso capitalista de producción.

Pero en la medida en que funcionan realmente, en que desempeñan realmente su papel en el proceso, el capital mercantil actúa aquí solo como mercancía y el capital dinerario solo como dinero. En ningún momento singular de la metamorfosis, considerado por sí mismo, vende el capitalista la mercancía al comprador como *capital*, aunque para él represente capital, ni enajena el dinero al vendedor como capital. En ambos casos enajena la mercancía simplemente como mercancía y el dinero simplemente como dinero, como medio de compra de mercancía.

Solo en la conexión del curso entero, en el momento en que el punto de partida aparece a la vez como punto de retorno, en D – D′ o en M′ – M′, se presenta el capital como capital en el proceso de circulación (mientras que en el proceso de producción se presenta como capital por la subordinación del obrero al capitalista y la producción de la plusvalía). Pero en este momento del retorno la mediación ha desaparecido. Lo que hay es D′ o D + ΔD (exista la suma de valor aumentada en ΔD en la forma de dinero, de mercancía o de elementos de producción), una suma de dinero igual a la suma de dinero adelantada originariamente más un excedente sobre ella, la plusvalía realizada. Y precisamente en este punto de retorno, donde el capital existe como capital realizado, como valor valorizado, en esta forma —en la medida en que se fija como punto de reposo, imaginario o real—, el capital no entra nunca en la circulación, sino que aparece más bien retirado de la circulación, como resultado del proceso entero. En cuanto se desembolsa de nuevo, nunca se enajena a un tercero *como capital*, sino que se le vende como simple mercancía o se le entrega como simple dinero a cambio de mercancía. En su proceso de circulación nunca aparece como capital, sino solo como mercancía o dinero, y esta es aquí su única existencia para *otros*. La mercancía y el dinero solo son aquí capital no en cuanto la mercancía se transforma en dinero y el dinero en mercancía, no en sus relaciones reales con el comprador o el vendedor, sino únicamente en sus relaciones ideales, ya sea con el propio capitalista (consideradas subjetivamente), ya sea como momentos del proceso de reproducción (consideradas objetivamente). Como capital, el capital existe en el movimiento real no en el proceso de circulación, sino solo en el proceso de producción, en el proceso de explotación de la fuerza de trabajo.

Pero otra cosa sucede con el capital que devenga interés, y precisamente esto constituye su carácter específico. El poseedor de dinero que quiere valorizar su dinero como capital que devenga interés lo enajena a un tercero, lo lanza a la circulación, lo convierte en mercancía *como capital*; no solo como capital para él mismo, sino también para otros; no es simplemente capital para quien lo enajena, sino que se entrega de antemano al tercero como capital, como valor que posee el valor de uso de crear plusvalía, ganancia; como un valor que se conserva en el movimiento y que, después de haber funcionado, vuelve a quien lo desembolsó originariamente, aquí el poseedor de dinero; es decir, que solo se aleja de él por algún tiempo, que solo pasa temporalmente de la posesión de su propietario a la posesión del capitalista en funciones; que, por tanto, ni se entrega en pago ni se vende, sino que solo se presta; que solo se enajena con la condición, primero, de volver al cabo de un plazo determinado a su punto de partida y, segundo, de volver como capital realizado, de modo que haya realizado su valor de uso de producir plusvalía.

La mercancía que se presta como capital se presta, según su naturaleza, como capital fijo o como capital circulante. El dinero puede prestarse en ambas formas; como capital fijo, por ejemplo, cuando se reembolsa en la forma de renta vitalicia, de modo que con el interés refluye siempre también un trozo del capital. Ciertas mercancías, por la naturaleza de su valor de uso, solo pueden prestarse siempre como capital fijo, como las casas, los barcos, las máquinas, etc. Pero todo capital prestado, cualquiera que sea su forma y como quiera que el reembolso esté modificado por la naturaleza de su valor de uso, no es nunca más que una forma particular del capital dinerario. Pues lo que aquí se presta es siempre una suma determinada de dinero, y sobre esta suma se calcula también el interés. Si lo que se presta no es ni dinero ni capital circulante, se reembolsa también del modo en que refluye el capital fijo. El prestamista recibe periódicamente interés y una parte del valor consumido del propio capital fijo, un equivalente del desgaste periódico. Y al final del plazo vuelve in natura la parte no consumida del capital fijo prestado. Si el capital prestado es capital circulante, vuelve igualmente al prestamista en la forma de reflujo del capital circulante.

El *modo* del reflujo está, pues, determinado en cada caso por el movimiento cíclico real del capital que se reproduce y de sus distintas variedades. Pero para el capital prestado el reflujo adopta la forma del reembolso, porque el adelanto, la enajenación del mismo, tiene la forma del préstamo.

En este capítulo tratamos solo del capital dinerario propiamente dicho, del que se derivan las demás formas del capital prestado.

El capital prestado refluye dos veces; en el proceso de reproducción vuelve al capitalista en funciones, y luego el retorno se repite una vez más como transferencia al prestamista, al capitalista dinerario, como reembolso a su propietario real, a su punto de partida jurídico.

En el proceso real de circulación, el capital aparece siempre solo como mercancía o como dinero, y su movimiento se resuelve en una serie de compras y ventas. En una palabra, el proceso de circulación se resuelve en la metamorfosis de la mercancía. Otra cosa ocurre si consideramos el conjunto del proceso de reproducción. Si partimos del dinero (y es lo mismo si partimos de la mercancía, pues entonces partimos de su valor y, por tanto, la consideramos a ella misma sub specie del dinero), se desembolsa una suma de dinero que vuelve, al cabo de cierto período, con un incremento. Vuelve la reposición de la suma de dinero adelantada más una plusvalía. Esa suma se ha conservado y aumentado al recorrer cierto movimiento cíclico. Ahora bien, el dinero, en la medida en que se presta como capital, se presta precisamente como esta suma de dinero que se conserva y se aumenta, que al cabo de cierto período vuelve con un añadido y que puede recorrer siempre de nuevo el mismo proceso. No se desembolsa ni como dinero ni como mercancía, es decir, ni se cambia por mercancía, si se adelanta como dinero, ni se vende por dinero, si se adelanta como mercancía, sino que se desembolsa como capital. La relación consigo mismo en que se presenta el capital cuando se contempla el proceso capitalista de producción como un todo y como una unidad, y en la que el capital aparece como dinero que incuba dinero, se le incorpora aquí, sin el movimiento intermedio mediador, simplemente como su carácter, como su determinación. Y con esta determinación se enajena cuando se presta como capital dinerario.

Una concepción extravagante del papel del capital dinerario es la de Proudhon (*Gratuité du Crédit. Discussion entre M. F. Bastiat et M. Proudhon*, París, 1850). A Proudhon el préstamo le parece un mal porque no es una venta. Prestar a interés

> «es la facultad de vender siempre de nuevo el mismo objeto y de recibir siempre de nuevo su precio sin ceder nunca la propiedad de lo que se vende». (P. 9.)

El objeto, dinero, casa, etc., no cambia de propietario, como en la compra y la venta. Pero Proudhon no ve que, al entregar el dinero en forma de capital que devenga interés, no se ha recibido a cambio ningún equivalente. En todo acto de compra y venta, en la medida en que tienen lugar procesos de intercambio, se entrega ciertamente el objeto. La propiedad del objeto vendido se cede siempre. Pero no se entrega el valor. En la venta se entrega la mercancía, pero no su valor, que se devuelve en forma de dinero o —lo que aquí no es más que otra forma de él— de pagaré o título de pago. En la compra se entrega el dinero, pero no su valor, que se repone en la forma de la mercancía. Durante todo el proceso de reproducción, el capitalista industrial tiene en su mano el mismo valor (prescindiendo de la plusvalía), solo que en formas distintas.

En la medida en que tiene lugar intercambio, es decir, intercambio de objetos, no tiene lugar ningún cambio de valor. El mismo capitalista tiene siempre en la mano el mismo valor. Pero en la medida en que el capitalista produce plusvalía, no tiene lugar ningún intercambio; en cuanto tiene lugar el intercambio, la plusvalía está ya metida en las mercancías. En cuanto no consideramos los actos de intercambio singulares, sino el ciclo global del capital, D – M – D′, se adelanta constantemente una suma determinada de valor y se retira de la circulación esta suma de valor más la plusvalía o ganancia. La mediación de este proceso no es visible, ciertamente, en los meros actos de intercambio. Y es precisamente este proceso de D como capital aquello en que se basa el interés del capitalista dinerario que presta, aquello de lo que brota.

> «En efecto —dice Proudhon—, el sombrerero que vende sombreros… recibe a cambio el valor, ni más ni menos. Pero el capitalista que presta… no solo recibe íntegro de vuelta su capital; recibe más que el capital, más de lo que echa en el intercambio; recibe, por encima del capital, un interés». (P. 69.)

El sombrerero representa aquí al capitalista productivo frente al que presta. Proudhon, evidentemente, no ha descubierto el secreto de cómo el capitalista productivo puede vender la mercancía por su valor (la nivelación a precios de producción es aquí indiferente para su concepción) y recibir precisamente por eso una ganancia por encima del capital que echa en el intercambio. Supongamos que el precio de producción de 100 sombreros sea = 115 £ y que este precio de producción sea casualmente igual al valor de los sombreros, es decir, que el capital que produce los sombreros tenga la composición social media. Si la ganancia es = 15 %, el sombrerero realiza una ganancia de 15 £ vendiendo las mercancías por su valor de 115. A él le cuestan solo 100 £. Si ha producido con su propio capital, se mete en el bolsillo íntegramente el excedente de 15 £; si con capital prestado, tendrá que entregar de él quizá 5 £ como interés. Esto no cambia nada el valor de los sombreros, sino solo la distribución entre distintas personas de la plusvalía que ya está metida en ese valor. Como el valor de los sombreros no queda afectado, pues, por el pago de intereses, es un disparate que Proudhon diga:

> «Como en el comercio el interés del capital se añade al salario del obrero para componer el precio de la mercancía, es imposible que el obrero pueda volver a comprar el producto de su propio trabajo. Vivre en travaillant[^k12-t3] es un principio que, bajo el dominio del interés, encierra una contradicción». (P. 105.)[^k12-56]

Cuán poco ha comprendido Proudhon la naturaleza del capital lo muestra la frase siguiente, en la que describe el movimiento del capital en general como un movimiento peculiar del capital que devenga interés:

> «Como, por la acumulación de los intereses, el capital-dinero, de intercambio en intercambio, vuelve siempre a su fuente, se sigue que el nuevo préstamo, hecho siempre por la misma mano, aprovecha siempre al mismo personaje». [P. 154.]

¿Qué es, pues, lo que le resulta enigmático en el movimiento peculiar del capital que devenga interés? Las categorías: comprar, precio, ceder objetos, y la forma no mediada en que aparece aquí la plusvalía; en una palabra, el fenómeno de que aquí el capital como capital se ha convertido en mercancía, de que, por tanto, la venta se ha transformado en préstamo y el precio en una participación en la ganancia.

El retorno del capital a su punto de partida es, en general, el movimiento característico del capital en su ciclo global. Esto no distingue en modo alguno solo al capital que devenga interés. Lo que lo distingue es la forma exterior del retorno, separada del ciclo que lo media. El capitalista que presta entrega su capital, lo transfiere al capitalista industrial sin recibir un equivalente. Su entrega no es en absoluto un acto del proceso cíclico real del capital, sino que solo inicia este ciclo, que ha de efectuar el capitalista industrial. Este primer cambio de lugar del dinero no expresa ningún acto de la metamorfosis, ni compra ni venta. La propiedad no se cede, porque no se efectúa ningún intercambio, no se recibe ningún equivalente. El retorno del dinero de manos del capitalista industrial a manos del que presta completa simplemente el primer acto de la entrega del capital. Adelantado en forma de dinero, el capital vuelve, mediante el proceso cíclico, al capitalista industrial de nuevo en forma de dinero. Pero como el capital no le pertenecía en el desembolso, no puede pertenecerle en el retorno. El paso por el proceso de reproducción no puede en modo alguno transformar este capital en propiedad suya. Tiene, pues, que restituirlo al prestamista. El primer desembolso, que transfiere el capital de manos del prestamista a las del prestatario, es una transacción jurídica que no tiene nada que ver con el proceso real de reproducción del capital, que solo lo inicia. El reembolso, que transfiere el capital refluido de nuevo de manos del prestatario a las del prestamista, es una segunda transacción jurídica, el complemento de la primera; la una inicia el proceso real, la otra es un acto posterior a él. Punto de partida y punto de retorno, entrega y restitución del capital prestado aparecen, pues, como movimientos arbitrarios, mediados por transacciones jurídicas, que se efectúan antes y después del movimiento real del capital y que no tienen nada que ver con este. Para el movimiento real sería indiferente que el capital perteneciera desde el principio al capitalista industrial y, como propiedad suya, refluyera por tanto simplemente a él.

En el primer acto, el inicial, el prestamista entrega su capital al prestatario. En el segundo, el posterior y final, el prestatario devuelve el capital al prestamista. En la medida en que solo se toma en consideración la transacción entre ambos —y prescindiendo por el momento del interés—, en la medida, pues, en que solo se trata del movimiento del capital prestado mismo entre prestamista y prestatario, estos dos actos (separados por un tiempo más o menos largo, en el que cae el movimiento real de reproducción del capital) abarcan la totalidad de este movimiento. Y este movimiento —entregar con la condición de la restitución— es en general el movimiento del prestar y el tomar prestado, de esta forma específica de enajenación solo condicional de dinero o de mercancía.

El movimiento característico del capital en general, el retorno del dinero al capitalista, el retorno del capital a su punto de partida, adquiere en el capital que devenga interés una figura totalmente exterior, separada del movimiento real del que es forma. A entrega su dinero no como dinero, sino como capital. Con el capital no ocurre aquí ningún cambio. Solo cambia de manos. Su transformación real en capital no se consuma sino en manos de B. Pero para A se ha convertido en capital por la mera entrega a B. El reflujo real del capital desde el proceso de producción y de circulación solo tiene lugar para B. Para A, en cambio, el reflujo tiene lugar en la misma forma que la enajenación. Pasa de nuevo de manos de B a las de A. Entregar, prestar dinero por cierto tiempo y recibirlo de vuelta con interés (plusvalía): esta es toda la forma del movimiento que corresponde al capital que devenga interés como tal. El movimiento real del dinero prestado como capital es una operación que está más allá de las transacciones entre prestamistas y prestatarios. En ellas mismas, esta mediación está borrada, no es visible, no está comprendida directamente. Como mercancía de un tipo propio, el capital posee también un tipo peculiar de enajenación. Por eso el retorno no se expresa aquí tampoco como consecuencia y resultado de una serie determinada de procesos económicos, sino como efecto de un acuerdo jurídico especial entre comprador y vendedor. El tiempo del reflujo depende del curso del proceso de reproducción; en el capital que devenga interés, su retorno como capital *parece* depender del mero convenio entre prestamista y prestatario. De modo que el reflujo del capital, con respecto a esta transacción, ya no aparece como resultado determinado por el proceso de producción, sino como si el capital prestado no hubiera perdido nunca la forma de dinero. Es cierto que, de hecho, estas transacciones están determinadas por los reflujos reales. Pero esto no aparece en la transacción misma. Tampoco ocurre siempre así, ni mucho menos, en la práctica. Si el reflujo real no tiene lugar a tiempo, el prestatario tendrá que ver de qué otros recursos echa mano para cumplir sus obligaciones con el prestamista. La mera *forma* del capital —dinero que se desembolsa como suma A y vuelve como suma A + 1/x A en cierto período, sin ninguna otra mediación fuera de este intervalo de tiempo— no es más que la forma carente de concepto del movimiento real del capital.

En el movimiento real del capital, el retorno es un momento del proceso de circulación. Primero el dinero se transforma en medios de producción; el proceso de producción lo transforma en mercancía; mediante la venta de la mercancía se retransforma en dinero y vuelve en esta forma a manos del capitalista que había adelantado primero el capital en forma de dinero. Pero en el capital que devenga interés, tanto el retorno como la entrega son mero resultado de una transacción jurídica entre el propietario del capital y una segunda persona. Solo vemos entrega y reembolso. Todo lo que ocurre entremedias está borrado.

Pero precisamente porque el dinero adelantado como capital tiene la propiedad de volver a quien lo adelanta, a quien lo desembolsa como capital, porque D – M – D′ es la forma inmanente del movimiento del capital, precisamente por eso puede el poseedor de dinero prestarlo como capital, como algo que posee la propiedad de volver a su punto de partida, de conservarse y aumentarse como valor en el movimiento que recorre. Lo entrega como capital porque, después de haberse empleado como capital, refluye a su punto de partida y, por tanto, el prestatario puede restituirlo al cabo de cierto tiempo, precisamente porque a él mismo le refluye.

El préstamo de dinero como capital —su entrega con la condición de restituirlo al cabo de cierto tiempo— presupone, pues, que el dinero se emplee realmente como capital, que refluya realmente a su punto de partida. El movimiento cíclico real del dinero como capital es, pues, el presupuesto de la transacción jurídica según la cual el prestatario tiene que devolver el dinero al prestamista. Si el prestatario no invierte el dinero como capital, es asunto suyo. El prestamista lo presta como capital, y como tal tiene que cumplir las funciones de capital, que incluyen el ciclo del capital dinerario hasta su reflujo, en forma de dinero, a su punto de partida.

Los actos de circulación D – M y M – D′, en los que la suma de valor funciona como dinero o como mercancía, son solo procesos mediadores, momentos singulares de su movimiento global. Como capital, recorre el movimiento total D – D′. Se adelanta como dinero o como suma de valor en una forma cualquiera y vuelve como suma de valor. El prestamista del dinero no lo desembolsa en la compra de mercancía o, si la suma de valor existe en mercancía, no la vende por dinero, sino que la adelanta como capital, como D – D′, como valor que en un plazo determinado vuelve a su punto de partida. En vez de comprar o vender, presta. Este prestar es, pues, la forma correspondiente para enajenarlo *como capital*, en vez de como dinero o como mercancía. De lo que no se sigue en absoluto que el préstamo no pueda ser también forma de transacciones que no tienen nada que ver con el proceso capitalista de reproducción.

* * *

Hasta ahora solo hemos considerado el movimiento del *capital* prestado entre su propietario y el capitalista industrial. Ahora hay que investigar el *interés*.

El prestamista desembolsa su dinero como capital; la suma de valor que enajena a otro es capital y por eso refluye a él. Pero el mero retorno a él no sería reflujo de la suma de valor prestada *como capital*, sino mera restitución de una suma de valor prestada. Para refluir como capital, la suma de valor adelantada no solo tiene que haberse conservado en el movimiento, sino que tiene que haberse valorizado, haber aumentado su magnitud de valor, es decir, tiene que volver con una plusvalía, como D + ΔD, y este ΔD es aquí el interés, o la parte de la ganancia media que no queda en manos del capitalista en funciones, sino que corresponde al capitalista dinerario.

Que él lo enajene como capital significa que tiene que serle devuelto como D + ΔD. Más adelante habrá que considerar además, en particular, la forma en que en el tiempo intermedio refluye el interés a plazos, pero sin el capital, cuyo reembolso solo se produce al final de un período más largo.

¿Qué da el capitalista dinerario al prestatario, al capitalista industrial? ¿Qué le enajena en realidad? Y solo el acto de la enajenación convierte el préstamo del dinero en enajenación del dinero como capital, es decir, en enajenación del capital como mercancía.

Solo mediante esta enajenación el prestamista de dinero cede el capital como mercancía, o la mercancía de que dispone a un tercero como capital.

¿Qué se enajena en la venta corriente? No el valor de la mercancía vendida, pues este solo cambia de forma. Existe idealmente en la mercancía como precio antes de pasar realmente, en la forma de dinero, a manos del vendedor. El mismo valor y la misma magnitud de valor solo cambian aquí de forma. Una vez existen en forma de mercancía, otra en forma de dinero. Lo que el vendedor enajena realmente y lo que, por tanto, pasa también al consumo individual o productivo del comprador es el valor de uso de la mercancía, la mercancía como valor de uso.

¿Cuál es, pues, el valor de uso que el capitalista dinerario enajena por el tiempo del préstamo y cede al capitalista productivo, al prestatario? Es el valor de uso que el dinero adquiere por el hecho de poder transformarse en capital, de poder funcionar como capital, y de generar, por tanto, en su movimiento una plusvalía determinada, la ganancia media (lo que esté por encima o por debajo aparece aquí como fortuito), además de conservar su magnitud de valor originaria. En las demás mercancías, el valor de uso se consume en última instancia, y con ello desaparece la sustancia de la mercancía y, con ella, su valor. La mercancía capital, en cambio, tiene la peculiaridad de que, mediante el consumo de su valor de uso, su valor y su valor de uso no solo se conservan, sino que aumentan.

Este valor de uso del dinero como capital —la capacidad de generar la ganancia media— es lo que el capitalista dinerario enajena al capitalista industrial por el tiempo durante el cual le cede la disposición sobre el capital prestado.

El dinero así prestado tiene, en este sentido, cierta analogía con la fuerza de trabajo en su posición frente al capitalista industrial. Solo que este paga el valor de la fuerza de trabajo, mientras que el valor del capital prestado simplemente lo reembolsa. El valor de uso de la fuerza de trabajo para el capitalista industrial es generar en su consumo más valor (la ganancia) del que ella misma posee y del que cuesta. Este excedente de valor es su valor de uso para el capitalista industrial. Y así aparece igualmente el valor de uso del capital dinerario prestado como su capacidad de poner y aumentar valor.

El capitalista dinerario enajena en realidad un valor de uso, y por eso lo que entrega se entrega como mercancía. Y hasta aquí la analogía con la mercancía como tal es completa. En primer lugar, es un valor que pasa de unas manos a otras. En la mercancía simple, en la mercancía como tal, el mismo valor queda en manos del comprador y del vendedor, solo que en forma distinta; ambos tienen, después como antes, el mismo valor que enajenaron, el uno en forma de mercancía, el otro en forma de dinero. La diferencia es que, en el préstamo, el capitalista dinerario es el único que da valor en esta transacción; pero lo conserva mediante el reembolso futuro. En el préstamo solo se recibe valor por una parte, ya que solo por una parte se entrega valor. En segundo lugar, por una parte se enajena un valor de uso real y por la otra se recibe y se consume. Pero, a diferencia de la mercancía corriente, este valor de uso es él mismo valor, a saber, el excedente de la magnitud de valor que resulta del uso del dinero como capital sobre su magnitud de valor originaria. La ganancia es este valor de uso.

El valor de uso del dinero prestado es poder funcionar como capital y producir como tal, en circunstancias medias, la ganancia media.[^k12-57]

¿Qué paga, pues, el capitalista industrial, y cuál es, por tanto, el precio del capital prestado?

> «Lo que los hombres pagan como interés por el uso de lo que toman prestado» es, según Massie, «una parte de la ganancia que es capaz de producir».[^k12-58]

Lo que compra el comprador de una mercancía corriente es su valor de uso; lo que paga es su valor. Lo que compra el prestatario del dinero es igualmente su valor de uso como capital; pero ¿qué paga? Desde luego no, como en las demás mercancías, su precio o su valor. Entre prestamista y prestatario no se produce, como entre comprador y vendedor, un cambio de forma del valor por el que este valor exista una vez en la forma de dinero y otra vez en la forma de mercancía. La identidad del valor entregado y del valor recibido de vuelta se muestra aquí de un modo muy distinto. La suma de valor, el dinero, se entrega sin equivalente y se devuelve al cabo de cierto tiempo. El prestamista sigue siendo siempre propietario del mismo valor, incluso después de que este haya pasado de su mano a la del prestatario. En el intercambio simple de mercancías, el dinero está siempre del lado del comprador; pero en el préstamo el dinero está del lado del vendedor. Es él quien entrega el dinero por cierto tiempo, y es el comprador del capital quien lo recibe como mercancía. Pero esto solo es posible en la medida en que el dinero funciona como capital y, por tanto, se adelanta. El prestatario toma prestado el dinero como capital, como valor que se valoriza. Pero no es todavía más que capital en sí, como todo capital en su punto de partida, en el momento de su adelanto. Solo mediante su uso se valoriza, se realiza como capital. Pero el prestatario tiene que reembolsarlo como capital *realizado*, es decir, como valor más plusvalía (interés); y esta última solo puede ser una parte de la ganancia realizada por él. Solo una parte, no el todo. Pues el valor de uso para el prestatario es que le produce ganancia. De otro modo no se habría producido enajenación alguna del valor de uso por parte del prestamista. Por otra parte, la ganancia entera no puede corresponder al prestatario. De otro modo no pagaría nada por la enajenación del valor de uso y devolvería al prestamista el dinero adelantado solo como simple dinero, no como capital, como capital realizado, pues solo es capital realizado como D + ΔD.

Ambos, el prestamista y el prestatario, desembolsan la misma suma de dinero como capital. Pero solo en manos del segundo funciona como capital. La ganancia no se duplica por la doble existencia de la misma suma de dinero como capital para dos personas. Solo puede funcionar como capital para ambos mediante la división de la ganancia. La parte que corresponde al prestamista se llama interés.

Toda la transacción tiene lugar, según el supuesto, entre dos clases de capitalistas: el capitalista dinerario y el capitalista industrial o mercantil.

No hay que olvidar nunca que aquí el capital como capital es mercancía, o que la mercancía de que aquí se trata es capital. Todas las relaciones que aparecen aquí serían, por tanto, irracionales desde el punto de vista de la mercancía simple, o también desde el punto de vista del capital en la medida en que funciona en su proceso de reproducción como capital mercantil. Prestar y tomar prestado, en vez de vender y comprar, es aquí una diferencia que brota de la naturaleza específica de la mercancía, del capital. Lo mismo que el hecho de que lo que aquí se paga sea interés, en vez del precio de la mercancía. Si se quiere llamar al interés el precio del capital dinerario, esta es una forma irracional del precio, en total contradicción con el concepto del precio de la mercancía.[^k12-59] El precio queda reducido aquí a su forma puramente abstracta y vacía de contenido, a ser una suma determinada de dinero que se paga por algo que figura de un modo u otro como valor de uso; mientras que, según su concepto, el precio es igual al valor de ese valor de uso expresado en dinero.

El interés como precio del capital es de antemano una expresión totalmente irracional. Aquí una mercancía tiene un doble valor: por una parte un valor, y luego un precio distinto de este valor, mientras que el precio es la expresión dineraria del valor. El capital dinerario no es, en primer lugar, más que una suma de dinero o el valor de una masa determinada de mercancías fijado como suma de dinero. Si se presta mercancía como capital, esta no es más que la forma disfrazada de una suma de dinero. Pues lo que se presta como capital no son tantas o cuantas libras de algodón, sino tanto dinero, que existe en la forma de algodón como su valor. El precio del capital se refiere, por tanto, a él como suma de dinero, aunque no como currency[^k12-t4], como cree el señor Torrens (véase más arriba la nota 59). ¿Cómo va a tener una suma de valor un precio además de su propio precio, además del precio expresado en su propia forma de dinero? El precio es, en efecto, el valor de la mercancía (y así ocurre también con el precio de mercado, cuya diferencia con el valor no es cualitativa, sino solo cuantitativa, y se refiere solo a la magnitud de valor) a diferencia de su valor de uso. Un precio cualitativamente distinto del valor es una contradicción absurda.[^k12-60]

El capital se manifiesta como capital por su valorización; el grado de su valorización expresa el grado cuantitativo en que se realiza como capital. La plusvalía o ganancia generada por él —su tasa o su cuantía— solo es medible comparándola con el valor del capital adelantado. Por eso, la mayor o menor valorización del capital que devenga interés tampoco es medible más que comparando el importe del interés, la parte de la ganancia global que le corresponde, con el valor del capital adelantado. Así pues, si el precio expresa el valor de la mercancía, el interés expresa la valorización del capital dinerario y aparece, por tanto, como el precio que se paga al prestamista por este. De aquí se desprende cuán absurdo es de antemano querer aplicar directamente a esto, como hace Proudhon, las relaciones simples del intercambio mediado por el dinero, de la compra y la venta. El presupuesto fundamental es precisamente que el dinero funcione como capital y pueda, por tanto, transferirse a una tercera persona como capital en sí, como capital potencial.

Pero como mercancía aparece aquí el capital mismo en la medida en que se ofrece en el mercado y se enajena realmente el valor de uso del dinero como capital. Su valor de uso, sin embargo, es generar ganancia. El valor del dinero o de las mercancías como capital no está determinado por su valor como dinero o como mercancías, sino por la cantidad de plusvalía que producen para su poseedor. El producto del capital es la ganancia. Sobre la base de la producción capitalista, que el dinero se gaste como dinero o se adelante como capital no es más que un empleo distinto del dinero. El dinero, o en su caso la mercancía, es en sí, potencialmente, capital, exactamente igual que la fuerza de trabajo es potencialmente capital. Pues 1) el dinero puede transformarse en los elementos de la producción y es, tal como es, simple expresión abstracta de ellos, su existencia como valor; 2) los elementos materiales de la riqueza poseen la propiedad de ser ya potencialmente capital, porque su contrario que los complementa, lo que los convierte en capital —el trabajo asalariado—, está presente sobre la base de la producción capitalista.

La determinación social antagónica de la riqueza material —su antagonismo con el trabajo como trabajo asalariado— está ya expresada, separada del proceso de producción, en la propiedad del capital como tal. Ahora bien, este momento único, separado del proceso capitalista de producción mismo, del que es resultado constante y, en cuanto resultado constante suyo, presupuesto constante, se expresa en que el dinero, y lo mismo la mercancía, son en sí, latente, potencialmente, capital, en que pueden venderse como capital y en que en esta forma son mando sobre trabajo ajeno, dan derecho a la apropiación de trabajo ajeno y son, por tanto, valor que se valoriza. Aquí se pone también claramente de manifiesto que esta relación es el título y el medio para la apropiación de trabajo ajeno, y no un trabajo cualquiera como contravalor por parte del capitalista.

El capital aparece además como mercancía en la medida en que la división de la ganancia en interés y ganancia propiamente dicha está regulada por la demanda y la oferta, es decir, por la competencia, exactamente igual que los precios de mercado de las mercancías. Pero aquí la diferencia salta a la vista de un modo tan contundente como la analogía. Si la demanda y la oferta coinciden, el precio de mercado de la mercancía corresponde a su precio de producción, es decir, su precio aparece entonces regulado por las leyes internas de la producción capitalista, independientemente de la competencia, ya que las oscilaciones de la demanda y la oferta no explican más que las desviaciones de los precios de mercado respecto de los precios de producción, desviaciones que se compensan recíprocamente, de modo que en ciertos períodos más largos los precios medios de mercado son iguales a los precios de producción. En cuanto coinciden, estas fuerzas dejan de actuar, se anulan mutuamente, y la ley general de la determinación de los precios se presenta entonces también como ley del caso singular; el precio de mercado corresponde entonces, ya en su existencia inmediata, y no solo como promedio del movimiento de los precios de mercado, al precio de producción, que está regulado por las leyes inmanentes del propio modo de producción. Lo mismo ocurre con el salario. Si la demanda y la oferta coinciden, su acción se anula y el salario es igual al valor de la fuerza de trabajo. Otra cosa sucede, sin embargo, con el interés del capital dinerario. La competencia no determina aquí las desviaciones respecto de la ley, sino que no existe ninguna ley de la división fuera de la dictada por la competencia, porque, como veremos más adelante, no existe ninguna tasa «natural» del tipo de interés. Por tasa natural del tipo de interés se entiende más bien la tasa fijada por la libre competencia. No hay límites «naturales» de la tasa del tipo de interés. Allí donde la competencia no determina solo las desviaciones y las oscilaciones, donde, por tanto, cuando sus fuerzas opuestas se equilibran, cesa toda determinación, lo que hay que determinar es algo en sí y para sí carente de ley y arbitrario. Más sobre esto en el capítulo siguiente.

En el capital que devenga interés todo aparece de modo exterior: el adelanto del capital, como mera transferencia de este del prestamista al prestatario; el reflujo del capital realizado, como mera retransferencia, como reembolso, con interés, del prestatario al prestamista. Lo mismo ocurre con la determinación, inmanente al modo de producción capitalista, de que la tasa de ganancia no está determinada solo por la relación entre la ganancia obtenida en una sola rotación y el valor de capital adelantado, sino también por la duración de este mismo tiempo de rotación, es decir, como ganancia que el capital industrial arroja en determinados períodos de tiempo. También esto aparece en el capital que devenga interés de un modo totalmente exterior, en la forma de que por un plazo determinado se paga al prestamista un interés determinado.

Con su habitual penetración en la conexión interna de las cosas, dice el romántico Adam Müller (*Elemente der Staatskunst*, Berlín, 1809, [parte III,] p. 138):

> «En la determinación del precio de las cosas no se pregunta por el tiempo; para la determinación del interés, el tiempo entra principalmente en cuenta».

No ve cómo el tiempo de producción y el tiempo de circulación entran en la determinación del precio de las mercancías y cómo precisamente por ello está determinada la tasa de ganancia para un tiempo de rotación dado del capital, y por la determinación de la ganancia para un tiempo dado, a su vez, precisamente la del interés. Su profundidad consiste aquí, como siempre, únicamente en ver las nubes de polvo de la superficie y en proclamar presuntuosamente este polvo como algo misterioso y significativo.

## Capítulo vigesimosegundo. División de la ganancia. Tipo de interés. Tasa «natural» del tipo de interés

El objeto de este capítulo, así como en general todos los fenómenos del crédito que habrán de tratarse más adelante, no pueden investigarse aquí en detalle. La competencia entre prestamistas y prestatarios y las oscilaciones más breves del mercado de dinero que de ella resultan quedan fuera del ámbito de nuestro examen. El ciclo que recorre la tasa de interés durante el ciclo industrial presupone, para su exposición, la exposición de este mismo ciclo, que tampoco puede darse aquí. Lo mismo vale para la nivelación aproximada, mayor o menor, del tipo de interés en el mercado mundial. Aquí solo tenemos que desarrollar la figura autónoma del capital que devenga interés y la autonomización del interés frente a la ganancia.

Como el interés no es más que una parte de la ganancia que, según nuestro supuesto anterior, el capitalista industrial tiene que pagar al capitalista dinerario, el límite máximo del interés aparece como la ganancia misma, caso en el que la parte que correspondería al capitalista en funciones sería = 0. Prescindiendo de casos aislados en que el interés puede ser efectivamente mayor que la ganancia, pero entonces tampoco puede pagarse de la ganancia, podría quizá considerarse como límite máximo del interés la ganancia entera menos la parte de ella, que se desarrollará más abajo, que puede resolverse en salario de supervisión (wages of superintendence). El límite mínimo del interés es totalmente indeterminable. Puede caer a cualquier profundidad. Pero entonces vuelven a intervenir siempre circunstancias contrarias que lo elevan por encima de este mínimo relativo.

> «La relación entre la suma pagada por el uso de un capital y este capital mismo expresa la tasa del tipo de interés, medida en dinero». «La tasa de interés depende 1) de la tasa de ganancia; 2) de la proporción en que la ganancia global se divide entre prestamista y prestatario». (*Economist*, 22 de enero de 1853.) «Como lo que se paga como interés por el uso de lo que se toma prestado es una parte de la ganancia que lo prestado es capaz de producir, este interés tiene que estar siempre regulado por esa ganancia». (Massie, l. c., p. 49.)

Supongamos primero que existe una relación fija entre la ganancia global y la parte de ella que ha de pagarse como interés al capitalista dinerario. Entonces es claro que el interés subirá o bajará como la ganancia global, y esta está determinada por la tasa general de ganancia y sus oscilaciones. Si, por ejemplo, la tasa media de ganancia fuera = 20 % y el interés = 1/4 de la ganancia, el tipo de interés sería = 5 %; si aquella fuera = 16 %, el interés sería = 4 %. Con una tasa de ganancia del 20 %, el interés podría subir al 8 %, y el capitalista industrial seguiría obteniendo la misma ganancia que con una tasa de ganancia = 16 % y un tipo de interés = 4 %, a saber, el 12 %. Si el interés solo subiera al 6 o al 7 %, seguiría reteniendo una parte mayor de la ganancia. Si el interés fuera igual a una cuota constante de la ganancia media, se seguiría que cuanto más alta fuera la tasa general de ganancia, tanto mayor sería la diferencia absoluta entre la ganancia global y el interés y, por tanto, tanto mayor la parte de la ganancia global que corresponde al capitalista en funciones, y a la inversa. Supongamos que el interés sea = 1/5 de la ganancia media. 1/5 de 10 es 2; diferencia entre la ganancia global y el interés = 8. 1/5 de 20 es = 4; diferencia = 20 – 4 = 16; 1/5 de 25 = 5; diferencia = 25 – 5 = 20; 1/5 de 30 = 6; diferencia = 30 – 6 = 24; 1/5 de 35 = 7; diferencia = 35 – 7 = 28. Las distintas tasas de interés del 4, 5, 6 y 7 % no expresarían aquí nunca más que 1/5 o el 20 % de la ganancia global. Si las tasas de ganancia son, pues, distintas, tasas de interés distintas pueden expresar las mismas partes alícuotas de la ganancia global o la misma participación porcentual en la ganancia global. Con una relación tan constante del interés, la ganancia industrial (la diferencia entre la ganancia global y el interés) sería tanto mayor cuanto más alta fuera la tasa general de ganancia, y a la inversa.

En igualdad de todas las demás circunstancias, es decir, suponiendo más o menos constante la relación entre el interés y la ganancia global, el capitalista en funciones será capaz de pagar, y estará dispuesto a ello, un interés más alto o más bajo en relación directa con la cuantía de la tasa de ganancia.[^k12-61] Como se ha visto que la cuantía de la tasa de ganancia está en relación inversa con el desarrollo de la producción capitalista, se sigue de ello que el tipo de interés más alto o más bajo de un país está en la misma relación inversa con el nivel del desarrollo industrial, en la medida, claro está, en que la diversidad del tipo de interés exprese realmente diversidad de las tasas de ganancia. Más adelante se verá que no tiene por qué ser siempre así, ni mucho menos. En este sentido puede decirse que el interés está regulado por la ganancia, y más concretamente por la tasa general de ganancia. Y este modo de regularse vale incluso para su promedio.

En todo caso, la tasa media de ganancia ha de considerarse como el límite máximo que determina en última instancia el interés.

La circunstancia de que el interés haya de referirse a la ganancia media la consideraremos más de cerca enseguida. Donde un todo dado, como la ganancia, ha de dividirse entre dos, lo que importa ante todo es, naturalmente, la magnitud del todo que ha de dividirse, y esta, la magnitud de la ganancia, está determinada por su tasa media. Supuesta como dada la tasa general de ganancia, es decir, la magnitud de la ganancia para un capital de magnitud dada, digamos = 100, las variaciones del interés están evidentemente en relación inversa con las de la parte de la ganancia que queda al capitalista en funciones, pero que trabaja con capital prestado. Y las circunstancias que determinan la magnitud de la ganancia que se ha de repartir, del producto de valor del trabajo no pagado, son muy distintas de las que determinan su reparto entre estas dos clases de capitalistas, y a menudo actúan en sentidos completamente opuestos.[^k12-62]

Si se consideran los ciclos de rotación en que se mueve la industria moderna —estado de reposo, animación creciente, prosperidad, sobreproducción, crac, estancamiento, estado de reposo, etc., ciclos cuyo análisis ulterior queda fuera de nuestro examen—, se encontrará que la mayoría de las veces un nivel bajo del interés corresponde a los períodos de prosperidad o de ganancia extraordinaria; la subida del interés, a la divisoria entre la prosperidad y su vuelco, y el máximo del interés, hasta el extremo nivel de la usura, a la crisis.[^k12-63] Desde el verano de 1843 se produjo una prosperidad decidida; el tipo de interés, que en la primavera de 1842 era todavía del 4 1/2 %, bajó en la primavera y el verano de 1843 al 2 %[^k12-64]; en septiembre, incluso al 1 1/2 % (Gilbart, [*A practical treatise on banking*, 5.ª ed., Londres, 1849], I, p. 166); luego, durante la crisis de 1847, subió al 8 % y más.

Es cierto, por otra parte, que un interés bajo puede ir unido a un estancamiento, y un interés moderadamente creciente a una animación creciente.

El tipo de interés alcanza su cuantía extrema durante las crisis, cuando hay que tomar prestado para pagar, cueste lo que cueste. Como a la subida del interés corresponde una caída del precio de los títulos-valor, es a la vez una ocasión muy bonita para la gente con capital dinerario disponible de apoderarse a precios irrisorios de esos títulos que devengan interés, que en el curso regular de las cosas tienen que recuperar al menos su precio medio en cuanto el tipo de interés vuelve a bajar.[^k12-65]

Pero existe también una tendencia a la caída del tipo de interés, completamente independiente de las oscilaciones de la tasa de ganancia. Y ello por dos causas principales:

> I. «Aun suponiendo que el capital no se tomara nunca prestado sino para inversiones productivas, es posible, sin embargo, que el tipo de interés cambie sin cambio alguno en la tasa de la ganancia bruta. Pues, a medida que un pueblo progresa en el desarrollo de la riqueza, surge y crece cada vez más una clase de gente que, gracias a los trabajos de sus antepasados, se encuentra en posesión de fondos de cuyo mero interés puede vivir. Muchos, también de los que en su juventud y edad adulta participaron activamente en los negocios, se retiran para vivir tranquilamente en la vejez del interés de las sumas acumuladas. Estas dos clases tienden a multiplicarse con la riqueza creciente del país; pues los que empiezan ya con un capital mediano llegan más fácilmente a una fortuna independiente que los que empiezan con poco. En los países viejos y ricos, por tanto, la parte del capital nacional cuyos propietarios no quieren emplearla ellos mismos constituye una proporción mayor del capital productivo total de la sociedad que en los países pobres y recién roturados. ¡Qué numerosa es en Inglaterra la clase de los rentistas! En la proporción en que crece la clase de los rentistas, crece también la de los prestamistas de capital, pues ambas son las mismas». (Ramsay, *Essay on the Distribution of Wealth*, pp. 201, 202.)

II. El desarrollo del sistema de crédito y la disposición, que con él crece constantemente, mediada por los banqueros, de los industriales y comerciantes sobre todos los ahorros en dinero de todas las clases de la sociedad, así como la concentración progresiva de estos ahorros en las masas en que pueden actuar como capital dinerario, tienen que presionar igualmente sobre el tipo de interés. Más sobre esto, más adelante.

Con respecto a la determinación de la tasa de interés, dice Ramsay que esta

> «depende en parte de la tasa de la ganancia bruta, en parte de la proporción en que esta se divide en interés y ganancia empresarial (profits of enterprise). Esta proporción depende de la competencia entre prestamistas y prestatarios de capital; esta competencia está influida, pero no exclusivamente regulada, por la tasa previsible de la ganancia bruta.[^k12-66] La competencia no está regulada exclusivamente por esto porque, por una parte, muchos toman prestado sin intención alguna de inversión productiva y porque, por otra, la magnitud del capital prestable total cambia con la riqueza del país, independientemente de todo cambio en la ganancia bruta». (Ramsay, l. c., pp. 206, 207.)

Para hallar la tasa media del interés hay que calcular: 1) el promedio del tipo de interés durante sus variaciones en los grandes ciclos industriales; 2) el tipo de interés en aquellas inversiones en que el capital se presta por un tiempo más largo.

La tasa media del interés que rige en un país —a diferencia de las tasas de mercado, que oscilan constantemente— no es determinable en absoluto por ninguna ley. No hay en este sentido ninguna tasa natural del interés en el sentido en que los economistas hablan de una tasa natural de ganancia y de una tasa natural del salario. Ya Massie observa aquí con toda razón (p. 49):

> «Lo único sobre lo que cualquiera puede tener dudas en esta ocasión es qué proporción de estas ganancias corresponde por derecho al prestatario y cuál al prestamista; y esto no hay otro método de determinarlo que por las opiniones de los prestatarios y prestamistas en general; pues lo justo y lo injusto, a este respecto, son solo lo que el común consentimiento hace que sean».

La coincidencia de la demanda y la oferta —supuesta como dada la tasa media de ganancia— no significa aquí absolutamente nada. Donde por lo demás se recurre a esta fórmula (y entonces es también prácticamente correcta), sirve como una fórmula para hallar la regla fundamental independiente de la competencia y que, más bien, la determina (los límites reguladores o las magnitudes que limitan); en particular, como una fórmula para quienes están atrapados en la práctica de la competencia, en sus fenómenos y en las representaciones que de ellos se desarrollan, para llegar a una representación, aunque sea a su vez superficial, de una conexión interna de las relaciones económicas que se presenta dentro de la competencia. Es un método para llegar, desde las variaciones que acompañan a la competencia, a los límites de estas variaciones. No es este el caso del tipo de interés medio. No hay razón alguna para que las relaciones medias de competencia, el equilibrio entre el que presta y el que toma prestado, hayan de dar al prestamista un tipo de interés del 3, el 4, el 5 %, etc., sobre su capital, o bien una participación porcentual determinada, el 20 % o el 50 %, de la ganancia bruta. Donde decide aquí la competencia como tal, la determinación es en sí y para sí fortuita, puramente empírica, y solo la pedantería o la fantasía pueden querer desarrollar esta contingencia como algo necesario.[^k12-67] Nada más divertido, en los informes parlamentarios de 1857 y 1858 sobre la legislación bancaria y la crisis comercial, que oír a directores del Banco de Inglaterra, banqueros de Londres, banqueros de provincias y teóricos profesionales parlotear de un lado para otro sobre la «real rate produced»[^k12-t2], sin pasar nunca de lugares comunes como, por ejemplo, que «el precio que se paga por el capital prestable podría cambiar con la oferta de este capital», que «una tasa de interés alta y una tasa de ganancia baja no pueden coexistir a la larga» y otras vulgaridades semejantes.[^k12-68] La costumbre, la tradición jurídica, etc., tienen tanto que ver como la propia competencia con la determinación del tipo de interés medio, en la medida en que este existe no solo como cifra media, sino como magnitud fáctica. Un tipo de interés medio tiene que admitirse ya como legal en muchos litigios en los que hay que calcular intereses. Si se pregunta además por qué los límites del tipo de interés medio no pueden derivarse de leyes generales, la respuesta está sencillamente en la naturaleza del interés. Este no es más que una parte de la ganancia media. El mismo capital aparece con una doble determinación: como capital prestable en manos del prestamista, como capital industrial o comercial en manos del capitalista en funciones. Pero funciona solo una vez y produce él mismo la ganancia solo una vez. En el proceso de producción mismo, el carácter del capital como capital prestable no desempeña ningún papel. Cómo se reparten esta ganancia las dos personas que tienen derechos sobre ella es en sí y para sí un hecho tan puramente empírico, perteneciente al reino de lo fortuito, como el reparto de las participaciones porcentuales en la ganancia común de una sociedad mercantil entre sus distintos socios. En la división entre plusvalía y salario, en la que se basa esencialmente la determinación de la tasa de ganancia, intervienen de modo determinante dos elementos completamente distintos, la fuerza de trabajo y el capital; son funciones de dos variables independientes que se ponen límites mutuamente; y de su *diferencia cualitativa* brota la *división* cuantitativa del valor producido. Más adelante se verá que lo mismo ocurre en la división de la plusvalía entre renta y ganancia. En el interés no ocurre nada semejante. Aquí, como veremos enseguida, la *distinción* cualitativa brota, a la inversa, de la *división puramente cuantitativa* de un mismo trozo de plusvalía.

De lo desarrollado hasta aquí resulta que no hay ninguna tasa «natural» de interés. Pero si, por una parte, a diferencia de la tasa general de ganancia, el tipo de interés medio o la tasa media del interés, a diferencia de las tasas de mercado del interés, que oscilan constantemente, no puede fijarse en sus límites por ninguna ley general, porque solo se trata de la división de la ganancia bruta entre dos poseedores del capital con títulos distintos, a la inversa, el tipo de interés, ya sea el medio, ya sea la tasa de mercado de cada momento, aparece como una magnitud uniforme, determinada y tangible de un modo muy distinto de lo que ocurre con la tasa general de ganancia.[^k12-69]

El tipo de interés se comporta con respecto a la tasa de ganancia de modo parecido a como el precio de mercado de la mercancía con respecto a su valor. En la medida en que el tipo de interés está determinado por la tasa de ganancia, lo está siempre por la tasa general de ganancia, no por las tasas de ganancia específicas que puedan regir en ramas particulares de la industria, y menos aún por la ganancia extraordinaria que el capitalista singular pueda obtener en una esfera de negocios particular.[^k12-70] La tasa general de ganancia reaparece, pues, de hecho, como hecho empírico, dado, en la tasa media de interés, aunque esta no sea una expresión pura ni fiable de aquella.

Es cierto que la tasa de interés misma es constantemente distinta según las clases de garantías dadas por los prestatarios y según la duración del préstamo; pero para cada una de estas clases es uniforme en un momento dado. Esta diferencia no menoscaba, pues, la figura fija y uniforme del tipo de interés.[^k12-71]

El tipo de interés medio aparece en cada país, durante épocas más largas, como magnitud constante, porque la tasa general de ganancia —a pesar del cambio constante de las tasas de ganancia particulares, en el que, sin embargo, el cambio en una esfera se compensa con un cambio opuesto en otra— solo cambia en épocas más largas. Y su constancia relativa se manifiesta precisamente en este carácter más o menos constante del tipo de interés medio (average rate or common rate of interest).

Pero, por lo que respecta a la tasa de mercado del interés, que fluctúa constantemente, está dada en cada momento como magnitud fija, como el precio de mercado de las mercancías, porque en el mercado de dinero todo el capital prestable se enfrenta constantemente, como masa global, al capital en funciones, de modo que la relación entre la oferta de capital prestable, por un lado, y la demanda de él, por otro, decide el nivel de mercado del interés en cada momento. Esto ocurre tanto más cuanto más el desarrollo del sistema de crédito, y la concentración que va unida a él, dan al capital prestable un carácter social general y lo lanzan de una vez, simultáneamente, al mercado de dinero. En cambio, la tasa general de ganancia solo existe constantemente como tendencia, como movimiento de nivelación de las tasas de ganancia particulares. La competencia de los capitalistas —que es ella misma este movimiento de nivelación— consiste aquí en retirar paulatinamente capital de las esferas en que la ganancia está durante largo tiempo por debajo del promedio y en aportar, con la misma lentitud, capital a las esferas en que está por encima; o también en que el capital adicional se reparta poco a poco en proporciones distintas entre estas esferas. Es una variación constante de la aportación y la retirada de capital con respecto a estas distintas esferas, nunca una acción simultánea en masa, como en la determinación del tipo de interés.

Se ha visto que el capital que devenga interés, aunque es una categoría absolutamente distinta de la mercancía, se convierte en mercancía sui generis, y por eso el interés se convierte en su precio, que, como en la mercancía corriente su precio de mercado, se fija en cada caso por la demanda y la oferta. Por eso la tasa de mercado del interés, aunque oscila constantemente, aparece en cada momento dado tan constantemente fijada y uniforme como el precio de mercado de la mercancía en cada momento. Los capitalistas dinerarios ofrecen esta mercancía y los capitalistas en funciones la compran, forman la demanda de ella. Esto no ocurre en la nivelación hacia la tasa general de ganancia. Si los precios de las mercancías de una esfera están por debajo o por encima del precio de producción (prescindiendo de las oscilaciones propias de cada negocio y relacionadas con las distintas fases del ciclo industrial), la nivelación tiene lugar mediante la ampliación o la restricción de la producción, es decir, la expansión o la reducción de las masas de mercancías lanzadas al mercado por los capitales industriales, mediadas por la inmigración o emigración de capital con respecto a las esferas de producción particulares. Es mediante la nivelación así producida de los precios medios de mercado de las mercancías a precios de producción como se corrigen las desviaciones de las tasas de ganancia particulares respecto de la tasa general o media de ganancia. Este proceso nunca aparece ni puede aparecer de manera que el capital industrial o mercantil *como tal* sea mercancía frente a un comprador, como ocurre con el capital que devenga interés. En la medida en que aparece, solo aparece en las oscilaciones y nivelaciones de los precios de mercado de las mercancías a precios de producción, no como fijación directa de la ganancia media. La tasa general de ganancia está, en efecto, determinada: 1) por la plusvalía que produce el capital global; 2) por la relación de esta plusvalía con el valor del capital global, y 3) por la competencia, pero solo en la medida en que esta es el movimiento por el que los capitales invertidos en esferas de producción particulares tratan de extraer de esta plusvalía dividendos iguales en proporción a sus magnitudes relativas. La tasa general de ganancia extrae, pues, de hecho, su determinación de razones totalmente distintas y mucho más complicadas que la tasa de mercado del interés, determinada directa e inmediatamente por la relación entre la demanda y la oferta, y no es, por tanto, un hecho tangible y dado del modo en que lo es el tipo de interés. Las tasas de ganancia particulares en las distintas esferas de producción son ellas mismas más o menos inseguras; pero, en la medida en que aparecen, no es su uniformidad, sino su diversidad lo que aparece. La propia tasa general de ganancia, en cambio, solo aparece como límite mínimo de la ganancia, no como figura empírica, directamente visible, de la tasa real de ganancia.

Al subrayar esta diferencia entre la tasa de interés y la tasa de ganancia, prescindimos incluso de las dos circunstancias siguientes, que favorecen la consolidación del tipo de interés: 1) la preexistencia histórica del capital que devenga interés y la existencia de un tipo de interés general transmitido por la tradición; 2) la influencia inmediata mucho mayor que el mercado mundial, independientemente de las condiciones de producción de un país, ejerce sobre la fijación del tipo de interés, en comparación con su influencia sobre la tasa de ganancia.

La ganancia media no aparece como un hecho dado inmediatamente, sino como resultado final, que solo la investigación puede establecer, de la nivelación de oscilaciones opuestas. Otra cosa sucede con el tipo de interés. Este, en su validez general, al menos local, es un hecho fijado diariamente, un hecho que al capital industrial y mercantil le sirve incluso de presupuesto y de partida en el cálculo de sus operaciones. Se convierte en capacidad general de toda suma de dinero de 100 £ arrojar el 2, 3, 4 o 5 %. Los partes meteorológicos no registran con mayor exactitud el estado del barómetro y del termómetro que los boletines de bolsa el estado del tipo de interés, no para este o aquel capital, sino para el que se encuentra en el mercado de dinero, es decir, para el capital prestable en general.

En el mercado de dinero solo se enfrentan prestamistas y prestatarios. La mercancía tiene la misma forma, la de dinero. Todas las figuras particulares del capital, según su inversión en esferas particulares de la producción o de la circulación, están aquí borradas. Existe aquí en la figura indiferenciada, igual a sí misma, del valor autónomo, del dinero. La competencia de las esferas particulares cesa aquí; todas están revueltas juntas como prestatarias de dinero, y el capital se enfrenta también a todas en la forma en que es todavía indiferente frente al modo determinado de su empleo. Lo que el capital industrial solo aparece siendo en el movimiento y la competencia entre las esferas particulares, *capital en sí común de la clase*, aquí se presenta realmente, con todo su peso, en la demanda y la oferta de capital. Por otra parte, el capital dinerario posee realmente en el mercado de dinero la figura en que, como elemento común, indiferente frente a su empleo particular, se reparte entre las distintas esferas, entre la clase capitalista, según las necesidades de producción de cada esfera particular. A esto se añade que, con el desarrollo de la gran industria, el capital dinerario, en la medida en que aparece en el mercado, está representado cada vez menos por el capitalista singular, propietario de esta o aquella fracción del capital que se encuentra en el mercado, y se presenta cada vez más como masa concentrada, organizada, que, de un modo muy distinto que la producción real, está sometida al control de los banqueros que representan el capital social. De modo que, tanto por lo que respecta a la forma de la demanda, al capital prestable se le enfrenta el peso de una clase, como, por lo que respecta a la oferta, él mismo se presenta en masa como capital de préstamo.

Estas son algunas de las razones por las que la tasa general de ganancia aparece como una imagen nebulosa y difusa junto al tipo de interés determinado, que, aunque oscila en cuanto a su magnitud, por el hecho de oscilar uniformemente para todos los prestatarios se les presenta siempre como fijo, como dado. Exactamente igual que los cambios de valor del dinero no le impiden tener el mismo valor frente a todas las mercancías. Exactamente igual que los precios de mercado de las mercancías oscilan a diario, lo que no les impide cotizarse a diario en los boletines. Exactamente así ocurre con el tipo de interés, que se cotiza con la misma regularidad como «precio del dinero». Ello se debe a que aquí se ofrece como mercancía el capital mismo en forma de dinero; a que la fijación de su precio es, por tanto, como en todas las demás mercancías, fijación de su precio de mercado; a que, por tanto, el tipo de interés se presenta siempre como tipo de interés general, como tanto por tanto dinero, como magnitud cuantitativamente determinada. La tasa de ganancia, en cambio, puede ser distinta incluso dentro de la misma esfera, con iguales precios de mercado de la mercancía, según las distintas condiciones en que los capitales singulares producen la misma mercancía; pues la tasa de ganancia para el capital singular no está determinada por el precio de mercado de la mercancía, sino por la diferencia entre precio de mercado y precio de coste. Y estas distintas tasas de ganancia, primero dentro de la misma esfera y luego entre las distintas esferas mismas, solo pueden nivelarse mediante oscilaciones constantes.

* * *

(Nota para elaboración posterior.) Una forma particular del crédito: se sabe que, cuando el dinero funciona como medio de pago en vez de como medio de compra, la mercancía se enajena, pero su valor solo se realiza más tarde. Si el pago no tiene lugar hasta después de que la mercancía se ha vuelto a vender, esta venta no aparece como consecuencia de la compra, sino que es mediante la venta como se realiza la compra. O la venta se convierte en un medio de comprar. En segundo lugar: los títulos de deuda, letras de cambio, etc., se convierten en medios de pago para el acreedor. En tercer lugar: la compensación de los títulos de deuda sustituye al dinero.

## Capítulo vigesimotercero. Interés y ganancia empresarial

El interés, como hemos visto en los dos capítulos anteriores, aparece originariamente, es originariamente y sigue siendo en realidad nada más que una parte de la ganancia, es decir, de la plusvalía, que el capitalista en funciones, industrial o comerciante, en la medida en que no emplea capital propio sino capital prestado, tiene que pagar al propietario y prestamista de ese capital. Si emplea solo capital propio, no tiene lugar tal división de la ganancia; esta le pertenece por entero. De hecho, en la medida en que los dueños del capital lo emplean ellos mismos en el proceso de reproducción, no concurren a la determinación de la tasa de interés, y ya en esto se muestra hasta qué punto la categoría del interés —imposible sin la determinación de un tipo de interés— es de suyo ajena al movimiento del capital industrial.

> «La tasa de interés puede definirse como aquella suma proporcional que el prestamista se contenta con recibir y el prestatario con pagar, por un año o por cualquier otro período más largo o más corto, por el uso de un determinado importe de capital dinerario …; cuando el propietario del capital lo emplea activamente en la reproducción, no entra en la categoría de aquellos capitalistas cuya proporción respecto al número de prestatarios determina la tasa de interés». (Th. Tooke, *Hist. of Prices*, Londres, 1838, II, pp. 355, 356.)

En realidad, es solo la separación de los capitalistas en capitalistas dinerarios y capitalistas industriales lo que convierte una parte de la ganancia en interés, lo que crea en general la categoría del interés; y es solo la competencia entre estas dos clases de capitalistas lo que crea el tipo de interés.

Mientras el capital funciona en el proceso de reproducción —aun suponiendo que pertenezca al propio capitalista industrial, de modo que no tenga que devolverlo a ningún prestamista—, el capitalista no tiene a su disposición como particular este capital mismo, sino solo la ganancia, que puede gastar como rédito[^k13-t13]. Mientras su capital funciona como capital, pertenece al proceso de reproducción, está inmovilizado en él. Es cierto que él es su propietario, pero esta propiedad no le faculta, mientras lo utilice como capital para la explotación del trabajo, a disponer de él de otra manera. Exactamente lo mismo ocurre con el capitalista dinerario. Mientras su capital está prestado y actúa, por tanto, como capital dinerario, le reporta interés, una parte de la ganancia, pero no puede disponer de la suma principal. Esto se pone de manifiesto en cuanto lo ha prestado, por ejemplo, por uno o varios años y recibe interés en determinados plazos sin que se le devuelva el capital. Pero ni siquiera la devolución introduce aquí diferencia alguna. Si se le devuelve, tiene que volver a prestarlo una y otra vez, mientras haya de surtir para él el efecto de capital, aquí de capital dinerario. Mientras se halla en su mano, no rinde intereses ni actúa como capital; y mientras rinde intereses y actúa como capital, no se halla en su mano. De ahí la posibilidad de prestar capital a perpetuidad. Las siguientes observaciones de Tooke contra Bosanquet son, por tanto, completamente erróneas. Cita a Bosanquet (*Metallic, Paper, and Credit Currency*, p. 73):

> «Si el tipo de interés se rebajara hasta el 1 %, el capital tomado en préstamo quedaría situado casi en pie de igualdad (on a par) con el capital propio».

A esto pone Tooke la siguiente glosa marginal:

> «Que un capital tomado en préstamo a este tipo de interés, o incluso a uno aún más bajo, haya de considerarse casi en pie de igualdad con el capital propio es una afirmación tan sorprendente que apenas merecería atención seria si no procediera de un escritor tan inteligente y tan bien informado en algunos puntos de la materia. ¿Ha pasado por alto la circunstancia, o la tiene por poco importante, de que su supuesto incluye la condición de la devolución?». (Th. Tooke, *An Inquiry into the Currency Principle*, 2.ª ed., Londres, 1844, p. 80.)

Si el interés fuera = 0, el capitalista industrial que ha tomado capital en préstamo estaría en igualdad con el que trabaja con capital propio. Ambos se embolsarían la misma ganancia media, y el capital, sea prestado o propio, solo actúa como capital en la medida en que produce ganancia. La condición de la devolución no cambiaría nada en esto. Cuanto más se acerca a cero el tipo de interés, es decir, cuanto más desciende, por ejemplo, al 1 %, tanto más queda el capital prestado en pie de igualdad con el capital propio. Mientras el capital dinerario haya de existir como capital dinerario, tiene que volver a prestarse una y otra vez, y precisamente al tipo de interés vigente, digamos del 1 %, y siempre de nuevo a la misma clase de capitalistas industriales y mercantiles. Mientras estos funcionan como capitalistas, la diferencia entre el que funciona con capital prestado y el que funciona con capital propio es solo que el uno tiene que pagar interés y el otro no; que el uno se embolsa entera la ganancia g y el otro g – i, la ganancia menos el interés; cuanto más se acerca i a cero, tanto más se hace g – i = g, es decir, tanto más quedan ambos capitales en pie de igualdad. El uno tiene que devolver el capital y volver a tomarlo prestado; pero el otro, mientras su capital haya de funcionar, tiene igualmente que adelantarlo una y otra vez al proceso de producción y no tiene sobre él una disposición independiente de este proceso. La única diferencia que queda además es la evidente de que el uno es propietario de su capital y el otro no.

La cuestión que ahora se plantea es esta: ¿cómo es que esta división puramente cuantitativa de la ganancia en ganancia neta e interés se trueca en una división cualitativa? En otras palabras, ¿cómo es que también el capitalista que solo emplea su propio capital, y no capital prestado, clasifica una parte de su ganancia bruta en la categoría especial del interés y la calcula aparte como tal? Y, por consiguiente, ¿cómo es que todo capital, prestado o no, se distingue a sí mismo como capital que devenga interés de sí mismo como capital que rinde ganancia neta?

Se advierte que no toda división cuantitativa fortuita de la ganancia se trueca de este modo en una división cualitativa. Por ejemplo, algunos capitalistas industriales se asocian para explotar un negocio y luego se reparten la ganancia según acuerdos fijados jurídicamente. Otros llevan su negocio cada uno por su cuenta, sin socio. Estos últimos no calculan su ganancia bajo dos categorías, una parte como ganancia individual y la otra como ganancia de la compañía para los socios inexistentes. Aquí, pues, la división cuantitativa no se trueca en cualitativa. Tiene lugar cuando el propietario se compone casualmente de varias personas jurídicas; no tiene lugar cuando no es así.

Para responder a la cuestión, tenemos que detenernos algo más en el punto de partida real de la formación del interés; es decir, partir del supuesto de que el capitalista dinerario y el capitalista productivo se enfrentan realmente, no solo como personas jurídicamente distintas, sino como personas que desempeñan papeles completamente distintos en el proceso de reproducción, o en cuyas manos el mismo capital recorre realmente un movimiento doble y enteramente distinto. El uno se limita a prestarlo; el otro lo emplea productivamente.

Para el capitalista productivo que trabaja con capital prestado, la ganancia bruta se descompone en dos partes: el interés, que tiene que pagar al prestamista, y el excedente sobre el interés, que constituye su propia parte de la ganancia. Si está dada la tasa general de ganancia, esta última parte está determinada por el tipo de interés; si está dado el tipo de interés, por la tasa general de ganancia. Y además: por mucho que la ganancia bruta, la magnitud real de valor de la ganancia total, se aparte en cada caso particular de la ganancia media, la parte que pertenece al capitalista en funciones está determinada por el interés, puesto que este está fijado por el tipo general de interés (prescindiendo de estipulaciones jurídicas especiales) y se presupone como anticipado antes de que comience el proceso de producción, es decir, antes de que se obtenga su resultado, la ganancia bruta. Hemos visto que el producto propiamente específico del capital es la plusvalía, más precisamente la ganancia. Pero para el capitalista que trabaja con capital tomado en préstamo no es la ganancia, sino la ganancia menos el interés, la parte de la ganancia que le queda tras el pago del interés. Esta parte de la ganancia se le aparece, pues, necesariamente como producto del capital en cuanto este funciona; y lo es realmente para él, pues solo representa al capital como capital en funciones. Es su personificación en cuanto funciona, y funciona en cuanto se invierte con ganancia en la industria o en el comercio y se efectúan con él, por obra de quien lo emplea, las operaciones prescritas por la rama de negocio de que se trate. En contraposición al interés, que tiene que pagar al prestamista con cargo a la ganancia bruta, la parte restante de la ganancia que le corresponde a él adopta, pues, necesariamente la forma de ganancia industrial o, en su caso, comercial o, para designarla con una expresión alemana que abarca ambas cosas, la figura de la ganancia empresarial[^k13-t2]. Si la ganancia bruta es igual a la ganancia media, la magnitud de esta ganancia empresarial está determinada exclusivamente por el tipo de interés. Si la ganancia bruta se aparta de la ganancia media, su diferencia respecto de la ganancia media (deducido en ambas el interés) está determinada por todas las coyunturas que provocan una desviación temporal, ya sea de la tasa de ganancia de una esfera particular de la producción respecto de la tasa general de ganancia, ya sea de la ganancia que obtiene un capitalista individual en una esfera determinada respecto de la ganancia media de esa esfera particular. Ahora bien, se ha visto que la tasa de ganancia, dentro del propio proceso de producción, no depende solo de la plusvalía, sino de otras muchas circunstancias: de los precios de compra de los medios de producción, de métodos más productivos que el promedio, de la economía en el capital constante, etc. Y, prescindiendo del precio de producción, depende de coyunturas especiales y, en cada transacción comercial concreta, de la mayor o menor astucia y diligencia del capitalista, el que este compre o venda por encima o por debajo del precio de producción, y en qué medida, apropiándose así, dentro del proceso de circulación, una parte mayor o menor de la plusvalía total. En todo caso, sin embargo, la división cuantitativa de la ganancia bruta se convierte aquí en una división cualitativa, y tanto más cuanto que la propia división cuantitativa depende de qué es lo que hay que repartir, de *cómo* administra el capital el capitalista activo y de qué ganancia bruta le rinde como capital en funciones, es decir, como consecuencia de sus funciones de capitalista activo. Se supone aquí que el capitalista en funciones no es propietario del capital. La propiedad del capital está representada frente a él por el prestamista, el capitalista dinerario. El interés que le paga aparece, por tanto, como la parte de la ganancia bruta que corresponde a la propiedad del capital en cuanto tal. En contraposición a esto, la parte de la ganancia que corresponde al capitalista activo aparece ahora como ganancia empresarial, que brota exclusivamente de las operaciones o funciones que él lleva a cabo con el capital en el proceso de reproducción, y en especial, pues, de las funciones que desempeña como empresario en la industria o en el comercio. Frente a él, por tanto, el interés aparece como mero fruto de la propiedad del capital, del capital en sí, abstraído del proceso de reproducción del capital, en cuanto no «trabaja», en cuanto no funciona; mientras que la ganancia empresarial se le aparece como fruto exclusivo de las funciones que él realiza con el capital, como fruto del movimiento y del proceso del capital, de un proceso que ahora se le aparece como su propia actividad, en contraposición a la inactividad, a la no participación del capitalista dinerario en el proceso de producción. Esta separación cualitativa entre las dos partes de la ganancia bruta —que el interés sea fruto del capital en sí, de la propiedad del capital, con independencia del proceso de producción, y la ganancia empresarial fruto del capital en proceso, que actúa en el proceso de producción, y por tanto del papel activo que desempeña en el proceso de reproducción quien emplea el capital—, esta separación cualitativa no es en modo alguno una concepción meramente subjetiva del capitalista dinerario, por una parte, y del capitalista industrial, por otra. Descansa en un hecho objetivo, pues el interés va a parar al capitalista dinerario, al prestamista, que es mero propietario del capital y representa, por tanto, la mera propiedad del capital antes del proceso de producción y fuera del proceso de producción; y la ganancia empresarial va a parar al capitalista meramente en funciones, que no es propietario del capital.

Tanto para el capitalista industrial, en la medida en que trabaja con capital tomado en préstamo, como para el capitalista dinerario, en la medida en que no emplea él mismo su capital, la división meramente cuantitativa de la ganancia bruta entre dos personas distintas, que tienen ambas títulos jurídicos distintos sobre el mismo capital y, por tanto, sobre la ganancia que este produce, se trueca así en una división cualitativa. Una parte de la ganancia aparece ahora como fruto que corresponde en sí y para sí al capital en *una* determinación, como interés; la otra parte aparece como fruto específico del capital en una determinación opuesta y, por tanto, como ganancia empresarial; la una como mero fruto de la propiedad del capital, la otra como fruto del mero funcionar con el capital, como fruto del capital en cuanto capital en proceso o de las funciones que ejerce el capitalista activo. Y esta osificación y autonomización de las dos partes de la ganancia bruta una frente a otra, como si procedieran de dos fuentes esencialmente distintas, tiene que fijarse ahora para toda la clase capitalista y para el capital global. Y ello con independencia de que el capital empleado por el capitalista activo sea prestado o no, o de que el capital perteneciente al capitalista dinerario sea empleado por él mismo o no. La ganancia de todo capital, y por tanto también la ganancia media basada en la nivelación de los capitales entre sí, se descompone o es descompuesta en dos partes cualitativamente distintas, autónomas una frente a otra e independientes entre sí, interés y ganancia empresarial, determinadas ambas por leyes particulares. El capitalista que trabaja con capital propio, lo mismo que el que trabaja con capital prestado, divide su ganancia bruta en interés, que le corresponde como propietario, como prestamista de capital a sí mismo, y en ganancia empresarial, que le corresponde como capitalista activo, en funciones. Para esta división, en cuanto división cualitativa, resulta así indiferente que el capitalista tenga realmente que repartir con otro o no. Quien emplea el capital, aunque trabaje con capital propio, se desdobla en dos personas, el mero propietario del capital y el que emplea el capital; su capital mismo, con respecto a las categorías de ganancia que rinde, se desdobla en *propiedad* del capital, capital *fuera* del proceso de producción, que rinde de por sí interés, y capital *dentro* del proceso de producción, que, en cuanto capital en proceso, rinde ganancia empresarial.

El interés se consolida, pues, de tal manera que ya no se presenta como una división de la ganancia bruta indiferente para la producción, que solo tiene lugar ocasionalmente cuando el industrial trabaja con capital ajeno. También cuando trabaja con capital propio, su ganancia se escinde en interés y ganancia empresarial. Con ello la división meramente cuantitativa se convierte en cualitativa: tiene lugar con independencia de la circunstancia fortuita de que el industrial sea o no propietario de su capital. No se trata solo de cuotas de la ganancia repartidas entre personas distintas, sino de dos categorías distintas de ella, que están en una relación distinta con el capital, es decir, en relación con distintas determinaciones del capital.

Se desprenden ahora con toda sencillez las razones por las que, una vez que esta división de la ganancia bruta en interés y ganancia empresarial se ha convertido en cualitativa, conserva este carácter de división cualitativa para el capital global y para la clase capitalista en su conjunto.

*Primero*, esto se sigue ya de la simple circunstancia empírica de que la mayoría de los capitalistas industriales trabaja, aunque en proporciones numéricas distintas, con capital propio y con capital prestado, y de que la proporción entre capital propio y capital prestado varía en distintos períodos.

*Segundo*: la transformación de una parte de la ganancia bruta en la forma de interés transforma su otra parte en ganancia empresarial. Esta última no es, de hecho, más que la forma antitética que adopta el excedente de la ganancia bruta sobre el interés en cuanto este existe como categoría propia. Toda la investigación de cómo la ganancia bruta se diferencia en interés y ganancia empresarial se reduce sencillamente a la investigación de cómo una parte de la ganancia bruta se osifica y se autonomiza de modo general como interés. Ahora bien, históricamente el capital que devenga interés existe como una forma acabada, transmitida, y por tanto el interés existe como subforma acabada de la plusvalía producida por el capital, mucho antes de que existieran el modo de producción capitalista y las ideas de capital y de ganancia que le corresponden. De ahí que en la representación popular el capital dinerario, el capital que devenga interés, siga pasando por el capital en cuanto tal, por el capital par excellence. De ahí, por otra parte, la idea, predominante hasta la época de Massie[^k13-t3], de que lo que se paga en el interés es el dinero como tal. La circunstancia de que el capital prestado rinda interés, se emplee o no realmente como capital —aun cuando solo se tome prestado para el consumo—, consolida la idea de la autonomía de esta forma del capital. La mejor prueba de la autonomía con que, en los primeros períodos del modo de producción capitalista, aparece el interés frente a la ganancia y el capital que devenga interés frente al capital industrial es que solo a mediados del siglo XVIII se descubrió (por Massie y, después de él, por Hume) el hecho de que el interés es una mera parte de la ganancia bruta, y que hiciera falta en absoluto semejante descubrimiento.

*Tercero*: que el capitalista industrial trabaje con capital propio o con capital prestado no cambia en nada la circunstancia de que frente a él se alzan la clase de los capitalistas dinerarios como una clase especial de capitalistas, el capital dinerario como una clase autónoma del capital y el interés como la forma autónoma de la plusvalía que corresponde a este capital específico.

*Cualitativamente* considerado, el interés es plusvalía que suministra la mera propiedad del capital, que rinde el capital en sí, aunque su propietario permanezca fuera del proceso de reproducción, que rinde, pues, el capital separado de su proceso.

*Cuantitativamente* considerada, la parte de la ganancia que constituye el interés aparece referida no al capital industrial y comercial como tal, sino al capital dinerario, y la tasa de esta parte de la plusvalía, la tasa de interés o tipo de interés, consolida esta relación. Pues, en primer lugar, el tipo de interés —a pesar de su dependencia de la tasa general de ganancia— se determina de manera autónoma y, en segundo lugar, frente a la inaprensible tasa de ganancia aparece, como el precio de mercado de las mercancías, como una relación fija a través de todos los cambios, uniforme, tangible y siempre dada. Si todo el capital se encontrara en manos de los capitalistas industriales, no existirían ni interés ni tipo de interés. La forma autónoma que adopta la división cuantitativa de la ganancia bruta engendra la cualitativa. Si el capitalista industrial se compara con el capitalista dinerario, lo único que lo distingue de este es la ganancia empresarial, como excedente de la ganancia bruta sobre el interés medio, que, en virtud del tipo de interés, aparece como magnitud empíricamente dada. Si, por otra parte, se compara con el capitalista industrial que opera con capital propio en lugar de capital prestado, este se distingue de él solo como capitalista dinerario, en cuanto se embolsa él mismo el interés en lugar de pagarlo. En ambas direcciones, la parte de la ganancia bruta distinta del interés se le aparece como ganancia empresarial, y el interés mismo como una plusvalía que el capital rinde en sí y para sí y que, por tanto, rendiría también sin empleo productivo.

Para el capitalista individual esto es prácticamente correcto. Tiene la opción de prestar su capital como capital que devenga interés —ya exista de entrada como capital dinerario, ya haya que convertirlo primero en capital dinerario— o de valorizarlo él mismo como capital productivo. Tomado en general, es decir, aplicado a todo el capital social, como hacen algunos economistas vulgares, que incluso lo dan como fundamento de la ganancia, esto es, naturalmente, una locura. La transformación de todo el capital en capital dinerario sin que haya gente que compre y valorice los medios de producción, en cuya forma existe todo el capital, aparte de la parte relativamente pequeña del mismo que existe en dinero, es naturalmente un absurdo. Encierra el absurdo aún mayor de que, sobre la base del modo de producción capitalista, el capital rendiría interés sin funcionar como capital productivo, es decir, sin crear plusvalía, de la cual el interés es solo una parte; de que el modo de producción capitalista seguiría su curso sin la producción capitalista. Si una parte desmesuradamente grande de los capitalistas quisiera convertir su capital en capital dinerario, la consecuencia sería una enorme desvalorización del capital dinerario y una enorme caída del tipo de interés; muchos se verían de inmediato en la imposibilidad de vivir de sus intereses y, por tanto, obligados a reconvertirse en capitalistas industriales. Pero, como se ha dicho, para el capitalista individual esto es un hecho. Por eso, aun cuando opere con capital propio, considera necesariamente la parte de su ganancia media igual al interés medio como fruto de su capital en cuanto tal, con independencia del proceso de producción; y, en contraposición a esta parte autonomizada en el interés, considera el excedente de la ganancia bruta sobre ella como mera ganancia empresarial.

*Cuarto*: {Laguna en el manuscrito.}

Se ha mostrado, pues, que la parte de la ganancia que el capitalista en funciones tiene que pagar al mero propietario del capital prestado se transforma en la forma autónoma de una parte de la ganancia que todo capital como tal, prestado o no, rinde bajo el nombre de interés. Lo grande que sea esta parte depende del nivel del tipo medio de interés. Su origen solo se muestra ya en que el capitalista en funciones, en la medida en que es propietario de su capital, no concurre —al menos no activamente— a la determinación del tipo de interés. La división puramente cuantitativa de la ganancia entre dos personas que tienen distintos títulos jurídicos sobre ella se ha transformado en una división cualitativa que parece brotar de la naturaleza misma del capital y de la ganancia. Pues, como se ha visto, en cuanto una parte de la ganancia adopta de modo general la forma del interés, la diferencia entre la ganancia media y el interés, o la parte de la ganancia que excede del interés, se transforma en una forma antitética del interés, en la de la ganancia empresarial. Estas dos formas, interés y ganancia empresarial, solo existen en su antítesis. No están, pues, ambas referidas a la plusvalía, de la que solo son partes fijadas en distintas categorías, rúbricas o nombres, sino que están referidas la una a la otra. Porque una parte de la ganancia se transforma en interés, por eso la otra parte aparece como ganancia empresarial.

Por ganancia entendemos aquí siempre la ganancia media, ya que las desviaciones, sea de la ganancia individual, sea de la ganancia en distintas esferas de la producción —es decir, las variaciones en la distribución de la ganancia media o de la plusvalía que fluctúan de acá para allá con la lucha competitiva y otras circunstancias—, nos son aquí completamente indiferentes. Esto vale en general para toda la presente investigación.

El interés es, pues, la ganancia neta, como la llama Ramsay, que rinde la propiedad del capital como tal, ya sea al mero prestamista, que permanece fuera del proceso de reproducción, ya sea al propietario que emplea él mismo productivamente su capital. Pero también a este le rinde esta ganancia neta, no en cuanto capitalista en funciones, sino en cuanto capitalista dinerario, en cuanto prestamista de su propio capital, como capital que devenga interés, a sí mismo como capitalista en funciones. Así como la transformación del dinero, y en general del valor, en capital es el resultado constante del proceso de producción capitalista, su existencia como capital es en igual medida su presupuesto constante. Por su capacidad de transformarse en medios de producción, el capital tiene constantemente el mando sobre trabajo no pagado y transforma por ello el proceso de producción y de circulación de las mercancías en la producción de plusvalía para su poseedor. El interés no es, pues, más que la expresión de que el valor en general —el trabajo objetivado en su forma social general—, el valor que en el proceso real de producción adopta la figura de los medios de producción, se enfrenta como poder autónomo a la fuerza de trabajo viva y es el medio para apropiarse trabajo no pagado; y de que es este poder porque se enfrenta al obrero como propiedad ajena. Por otra parte, sin embargo, en la forma del interés esta antítesis frente al trabajo asalariado queda borrada; pues el capital que devenga interés como tal no tiene por antítesis el trabajo asalariado, sino el capital en funciones; el capitalista prestamista, como tal, se enfrenta directamente al capitalista que funciona realmente en el proceso de reproducción, no al obrero asalariado, que, precisamente sobre la base de la producción capitalista, está expropiado de los medios de producción. El capital que devenga interés es el capital *como propiedad* frente al capital *como función*. Pero, en la medida en que el capital no funciona, no explota a los obreros ni entra en antítesis alguna con el trabajo.

Por otra parte, la ganancia empresarial no constituye una antítesis del trabajo asalariado, sino solo del interés.

*Primero*: supuesta dada la ganancia media, la tasa de la ganancia empresarial no está determinada por el salario, sino por el tipo de interés. Es alta o baja en razón inversa de este.[^k13-72]

*Segundo*: el capitalista en funciones deriva su derecho a la ganancia empresarial, y por tanto la ganancia empresarial misma, no de su propiedad del capital, sino de la función del capital, en contraposición a la determinación en que este existe solo como propiedad inerte. Esto aparece como una antítesis directamente presente en cuanto opera con capital prestado, en cuyo caso interés y ganancia empresarial van a parar, por tanto, a dos personas distintas. La ganancia empresarial brota de la función del capital en el proceso de reproducción, es decir, a consecuencia de las operaciones, de la actividad, mediante la cual el capitalista en funciones media estas funciones del capital industrial y mercantil. Pero ser representante del capital en funciones no es ninguna sinecura, como la representación del capital que devenga interés. Sobre la base de la producción capitalista, el capitalista dirige el proceso de producción y el proceso de circulación. La explotación del trabajo productivo cuesta esfuerzo, la realice él mismo o la haga realizar por otros en su nombre. En contraposición al interés, su ganancia empresarial se le presenta, pues, como independiente de la propiedad del capital, más bien como resultado de sus funciones como no propietario, como… *trabajador*.

Por eso se desarrolla necesariamente en su mollera la idea de que su ganancia empresarial —muy lejos de constituir una antítesis cualquiera del trabajo asalariado y de ser solo trabajo ajeno no pagado— es más bien ella misma *salario*, salario de supervisión, wages of superintendence of labour, un salario más alto que el del obrero asalariado corriente, 1) porque es un trabajo más complicado, 2) porque él mismo se paga el salario. Que su función como capitalista consiste en producir plusvalía, es decir, trabajo no pagado, y precisamente en las condiciones más económicas, se olvida por completo ante la antítesis de que el interés va a parar al capitalista aun cuando este no ejerza ninguna función como capitalista y sea mero propietario del capital, y de que, en cambio, la ganancia empresarial va a parar al capitalista en funciones aun cuando no sea propietario del capital con el que funciona. Ante la forma antitética de las dos partes en que se descompone la ganancia, es decir, la plusvalía, se olvida que ambas son meras partes de la plusvalía y que su división no puede cambiar nada de su naturaleza, de su origen ni de sus condiciones de existencia.

En el proceso de reproducción, el capitalista en funciones representa al capital como propiedad ajena frente a los obreros asalariados, y el capitalista dinerario, en cuanto representado por el capitalista en funciones, participa en la explotación del trabajo. Que el capitalista activo solo puede ejercer la función de hacer trabajar a los obreros para él o de hacer funcionar los medios de producción como capital en cuanto representante de los medios de producción frente a los obreros, esto se olvida ante la antítesis entre la función del capital en el proceso de reproducción y la mera propiedad del capital fuera del proceso de reproducción.

De hecho, en la forma que adoptan las dos partes de la ganancia, es decir, de la plusvalía, como interés y ganancia empresarial, no se expresa ninguna relación con el trabajo, porque esta relación solo existe entre el trabajo y la ganancia o, más bien, la plusvalía como suma, como todo, como unidad de estas dos partes. La proporción en que se divide la ganancia y los distintos títulos jurídicos bajo los cuales se efectúa esta división presuponen la ganancia como algo acabado, presuponen su existencia. Por eso, si el capitalista es propietario del capital con el que funciona, se embolsa toda la ganancia o plusvalía; para el obrero es completamente indiferente que lo haga él o que tenga que pagar una parte a una tercera persona como propietario jurídico. Los motivos de la división de la ganancia entre dos clases de capitalistas se transforman así subrepticiamente en los motivos de la existencia de la ganancia que hay que dividir, de la plusvalía, que, prescindiendo de toda división posterior, el capital como tal extrae del proceso de reproducción. Del hecho de que el interés se enfrente a la ganancia empresarial y la ganancia empresarial al interés, ambos el uno al otro, pero no al trabajo, se sigue… ¿que la ganancia empresarial más el interés, es decir, la ganancia y, ulteriormente, la plusvalía, descansan en qué? ¡En la forma antitética de sus dos partes! Pero la ganancia se produce antes de que se efectúe con ella esta división y antes de que pueda hablarse de ella.

El capital que devenga interés solo se acredita como tal en la medida en que el dinero prestado se transforma realmente en capital y se produce un excedente del que el interés es una parte. Pero esto no suprime que el devengar interés se haya convertido en una propiedad que le es inherente, con independencia del proceso de producción. También la fuerza de trabajo solo acredita su fuerza creadora de valor cuando se pone en acción y se realiza en el proceso de trabajo; pero esto no excluye que en sí, potencialmente, como facultad, sea la actividad creadora de valor y que, como tal, no nazca del proceso, sino que más bien esté presupuesta a él. Se la compra como capacidad de crear valor. Alguien puede comprarla también sin hacerla trabajar productivamente, por ejemplo, para fines puramente personales, para que le sirva, etc. Lo mismo ocurre con el capital. Es cosa del prestatario si lo usa como capital, es decir, si pone realmente en acción la propiedad que le es inherente de producir plusvalía. Lo que paga es, en ambos casos, la plusvalía contenida en sí, en potencia, en la mercancía capital.

* * *

Entremos ahora más de cerca en la ganancia empresarial.

Al fijarse el momento de la determinación social específica del capital en el modo de producción capitalista —la propiedad del capital, que tiene la cualidad de ser mando sobre el trabajo ajeno— y al aparecer por ello el interés como la parte de la plusvalía que el capital produce en esta relación, la otra parte de la plusvalía —la ganancia empresarial— aparece necesariamente como si no procediera del capital como capital, sino del proceso de producción, separado de su determinación social específica, que en la expresión «interés del capital» ha recibido ya su modo de existencia particular. Pero, separado del capital, el proceso de producción es proceso de trabajo en general. El capitalista industrial, en cuanto distinto del propietario del capital, aparece, por tanto, no como capital en funciones, sino como funcionario aun con independencia del capital, como simple portador del proceso de trabajo en general, como trabajador, y precisamente como trabajador asalariado.

El interés en sí expresa precisamente la existencia de las condiciones de trabajo como capital, en su antítesis social con el trabajo y en su transformación en poderes personales frente al trabajo y sobre el trabajo. Representa la mera propiedad del capital como medio para apropiarse productos del trabajo ajeno. Pero representa este carácter del capital como algo que le corresponde fuera del proceso de producción y que no es en modo alguno resultado de la determinación específicamente capitalista de este proceso de producción mismo. Lo representa no en antítesis directa con el trabajo, sino, al contrario, sin relación con el trabajo y como mera relación de un capitalista con otro. Es decir, como una determinación exterior e indiferente a la relación del capital con el trabajo mismo. En el interés, pues, en la figura particular de la ganancia en que el carácter antitético del capital se da una expresión autónoma, se la da de tal modo que esta antítesis queda en él completamente borrada y se hace por entero abstracción de ella. El interés es una relación entre dos capitalistas, no entre capitalista y obrero.

Por otra parte, esta forma del interés da a la otra parte de la ganancia la forma cualitativa de la ganancia empresarial y, ulteriormente, del salario de supervisión. Las funciones particulares que el capitalista tiene que realizar como tal, y que le corresponden precisamente a diferencia de los obreros y en antítesis con ellos, se presentan como meras funciones de trabajo. Crea plusvalía no porque trabaje *como capitalista*, sino porque, prescindiendo de su condición de capitalista, *también* trabaja. Esta parte de la plusvalía ya no es, pues, plusvalía en absoluto, sino su contrario, equivalente de un trabajo realizado. Como el carácter enajenado del capital, su antítesis con el trabajo, se traslada más allá del proceso real de explotación, a saber, al capital que devenga interés, este proceso de explotación aparece él mismo como un mero proceso de trabajo en el que el capitalista en funciones no hace más que realizar un trabajo distinto del que realiza el obrero. De modo que el trabajo de explotar y el trabajo explotado, ambos en cuanto trabajo, son idénticos. El trabajo de explotar es tan trabajo como el trabajo que es explotado. Al interés le corresponde la forma social del capital, pero expresada en una forma neutral e indiferente; a la ganancia empresarial, la función económica del capital, pero haciendo abstracción del carácter determinado, capitalista, de esta función.

Ocurre aquí en la consciencia del capitalista exactamente lo mismo que con los motivos de compensación en la nivelación de la ganancia media indicados en la sección II de este libro. Estos motivos de compensación, que intervienen de manera determinante en la distribución de la plusvalía, se trastocan en el modo de representación capitalista en motivos de origen y motivos (subjetivos) de justificación de la ganancia misma.

La idea de la ganancia empresarial como salario de supervisión del trabajo, que nace de su antítesis con el interés, encuentra un apoyo ulterior en el hecho de que, en efecto, una parte de la ganancia puede separarse como salario y se separa realmente, o más bien, a la inversa, en el hecho de que una parte del salario, sobre la base del modo de producción capitalista, aparece como componente integrante de la ganancia. Esta parte, como ya descubrió acertadamente A. Smith, se presenta en estado puro, de manera autónoma y enteramente separada, por un lado, de la ganancia (como suma de interés y ganancia empresarial) y, por otro, de la parte de la ganancia que queda, deducido el interés, como la llamada ganancia empresarial, en el sueldo del director en aquellas ramas de negocio cuya extensión, etc., permite una división del trabajo suficiente para admitir un salario especial para un director.

El trabajo de supervisión y dirección surge necesariamente allí donde el proceso directo de producción tiene la figura de un proceso socialmente combinado y no se presenta como trabajo aislado de los productores independientes.[^k13-73] Pero es de doble naturaleza.

Por un lado, en todos los trabajos en que cooperan muchos individuos, la conexión y la unidad del proceso se representan necesariamente en una voluntad que manda y en funciones que no afectan a los trabajos parciales, sino a la actividad global del taller, como en el caso del director de una orquesta. Es este un trabajo productivo que tiene que realizarse en todo modo de producción combinado.

Por otro lado —prescindiendo por completo del departamento comercial—, este trabajo de supervisión surge necesariamente en todos los modos de producción que descansan en la antítesis entre el obrero como productor directo y el propietario de los medios de producción. Cuanto mayor es esta antítesis, tanto mayor es el papel que desempeña este trabajo de supervisión. Alcanza por eso su máximo en el sistema esclavista.[^k13-74] Pero es indispensable también en el modo de producción capitalista, ya que aquí el proceso de producción es al mismo tiempo proceso de consumo de la fuerza de trabajo por el capitalista. Exactamente igual que en los Estados despóticos el trabajo de supervisión y de intromisión omnímoda del gobierno abarca ambas cosas: tanto la ejecución de los asuntos comunes que surgen de la naturaleza de toda comunidad como las funciones específicas que brotan de la antítesis entre el gobierno y la masa del pueblo.

En los escritores antiguos, que tienen ante sí el sistema esclavista, se encuentran en la teoría, como ocurría también en la práctica, los dos aspectos del trabajo de supervisión tan inseparablemente unidos como en los economistas modernos, que consideran el modo de producción capitalista como el modo de producción absoluto. Por otra parte, como mostraré enseguida con un ejemplo, los apologistas del sistema esclavista moderno saben aprovechar el trabajo de supervisión como justificación de la esclavitud exactamente igual que los demás economistas lo aprovechan como fundamento del sistema del trabajo asalariado.

El villicus en tiempos de Catón:

> «Al frente de la servidumbre esclava de la finca (familia rustica) estaba el administrador (villicus, de villa), que cobra y paga, compra y vende, recibe las instrucciones del señor y, en su ausencia, dispone y castiga… El administrador estaba, naturalmente, en una situación más libre que los demás siervos; los libros de Magón aconsejan permitirle el matrimonio, la procreación de hijos y una caja propia, y Catón, casarlo con la administradora; probablemente solo él tenía también la perspectiva de obtener del señor la libertad en caso de buena conducta. Por lo demás, todos formaban un hogar común… Cada esclavo, incluso el propio administrador, recibía lo que necesitaba a cuenta del señor, en determinados plazos y según raciones fijas, con lo que tenía que arreglárselas… La cantidad se regulaba según el trabajo, por lo que, por ejemplo, el administrador, que tenía un trabajo más ligero que los siervos, recibía una ración más escasa que estos». (Mommsen, *Römische Geschichte*, 2.ª ed., 1856, I, pp. 809, 810.)

Aristóteles:

Ὁ γὰρ δεσπότης οὐκ ἐν τῷ κτᾶσθαι τοὺς δούλους, ἀλλ᾿ ἐν τῷ χρῆσθαι δούλοις· (Pues el señor —el capitalista— no se acredita como tal en la adquisición de los esclavos —la propiedad del capital, que da el poder de comprar trabajo—, sino en el uso de los esclavos —el empleo de obreros, hoy de obreros asalariados, en el proceso de producción—). Ἔστι δ᾿ αὕτη ἡ ἐπιστήμη οὐδὲν μέγα ἔχουσα οὐδὲ σεμνόν· (Pero esta ciencia no tiene nada de grande ni de sublime;) ἃ γὰρ τὸν δοῦλον ἐπίστασθαι δεῖ ποιεῖν, ἐκεῖνον δεῖ ταῦτα ἐπίστασθαι ἐπιτάττειν. (pues lo que el esclavo tiene que saber hacer, eso ha de saber aquel mandarlo). Διὸ ὅσοις ἐξουσία μὴ αὐτοὺς κακοπαθεῖν, ἐπίτροπος λαμβάνει ταύτην τὴν τιμήν, αὐτοὶ δὲ πολιτεύονται ἢ φιλοσοφοῦσιν. (Donde los señores no tienen necesidad de fatigarse ellos mismos con esto, el capataz asume *este honor*, y ellos se dedican a los asuntos del Estado o filosofan). (Arist., *Respubl.*, ed. Bekker, lib. I, 7.)

Que el dominio, tanto en el terreno político como en el económico, impone a los detentadores del poder las funciones de dominar, es decir, en el terreno económico, pues, que tienen que saber consumir la fuerza de trabajo, lo dice Aristóteles en palabras escuetas, y añade que no hay que hacer gran caso de este trabajo de supervisión, por lo que el señor, en cuanto es lo bastante acaudalado, deja el «honor» de esta fatiga a un capataz.

El trabajo de dirección y supervisión, en la medida en que no es una función particular que brota de la naturaleza de todo trabajo social combinado, sino que nace de la antítesis entre el propietario de los medios de producción y el propietario de la mera fuerza de trabajo —ya sea que esta última se compre junto con el obrero mismo, como en el sistema esclavista, ya sea que el obrero venda él mismo su fuerza de trabajo y el proceso de producción aparezca, por tanto, al mismo tiempo como el proceso de consumo de su trabajo por el capital—, esta función, que nace de la servidumbre del productor directo, se ha convertido con harta frecuencia en justificación de esta relación misma, y la explotación, la apropiación de trabajo ajeno no pagado, se ha presentado con igual frecuencia como el salario debido al propietario del capital. Pero nunca mejor que por un defensor de la esclavitud en los Estados Unidos, un abogado, O'Conor, en un mitin celebrado en Nueva York el 19 de diciembre de 1859 bajo la bandera de «Justicia para el Sur».

> «Now, gentlemen»[^k13-t5], dijo entre grandes aplausos, «la naturaleza misma ha destinado al negro a esta condición de servidumbre. Tiene la fuerza y es vigoroso para el trabajo; pero la naturaleza, que le dio esta fuerza, le negó tanto el entendimiento para gobernar como la voluntad para trabajar». (Aplausos.) «¡Ambas cosas le han sido negadas! Y la misma naturaleza que le negó la voluntad de trabajar le dio un amo para imponer por la fuerza esa voluntad y hacer de él, en el clima para el que fue creado, un servidor útil, tanto para sí mismo como para el amo que lo gobierna. Afirmo que no es ninguna injusticia dejar al negro en la condición en que lo ha puesto la naturaleza, darle un amo que lo gobierne; y no se le priva de ninguno de sus derechos cuando se le obliga a trabajar a su vez a cambio de ello y a suministrar a su amo una justa compensación por el trabajo y los talentos que este emplea en gobernarlo y en hacerlo útil para sí mismo y para la sociedad».

Ahora bien, también el obrero asalariado, como el esclavo, tiene que tener un amo que lo haga trabajar y lo gobierne. Y, supuesta esta relación de dominio y servidumbre, está en el orden de las cosas que el obrero asalariado se vea obligado a producir su propio salario y, además, el salario de supervisión, una compensación por el trabajo del dominio y de la supervisión sobre él, «y a suministrar a su amo una justa compensación por el trabajo y los talentos que este emplea en gobernarlo y en hacerlo útil para sí y para la sociedad».

El trabajo de supervisión y dirección, en la medida en que nace del carácter antitético, del dominio del capital sobre el trabajo, y es, por tanto, común con el modo de producción capitalista a todos los modos de producción basados en la antítesis de clases, está también en el sistema capitalista directa e inseparablemente entrelazado con las funciones productivas que todo trabajo social combinado impone a determinados individuos como trabajo particular. El salario de un epítropo o régisseur, como se le llamaba en la Francia feudal, se separa por completo de la ganancia y adopta también la forma de salario por un trabajo cualificado en cuanto el negocio se explota en una escala lo bastante grande como para pagar a un director de esa clase (manager), aunque no por eso, ni mucho menos, nuestros capitalistas industriales «se dedican a los asuntos del Estado o filosofan».

Que no son los capitalistas industriales, sino los managers industriales, «el alma de nuestro sistema industrial», lo ha observado ya el señor Ure.[^k13-75] En cuanto a la parte mercantil del negocio, ya se ha dicho lo necesario al respecto en la sección anterior.

La propia producción capitalista ha llegado a hacer que el trabajo de dirección superior, completamente separado de la propiedad del capital, ande por la calle. Por eso se ha vuelto inútil que este trabajo de dirección superior lo ejerza el capitalista. Un director de orquesta no necesita en absoluto ser propietario de los instrumentos de la orquesta, ni forma parte de su función como director tener nada que ver con el «salario» de los demás músicos. Las fábricas cooperativas suministran la prueba de que el capitalista, como funcionario de la producción, se ha vuelto tan superfluo como él mismo, en su desarrollo más alto, encuentra superfluo al gran terrateniente. En la medida en que el trabajo del capitalista no brota del proceso de producción como proceso meramente capitalista, es decir, [no] cesa por sí mismo con el capital; en la medida en que no se limita a la función de explotar trabajo ajeno; en la medida, pues, en que brota de la forma del trabajo como trabajo social, de la combinación y cooperación de muchos para un resultado común, es exactamente tan independiente del capital como esta forma misma en cuanto ha hecho saltar la envoltura capitalista. Decir que este trabajo es necesario como trabajo capitalista, como función del capitalista, no significa otra cosa sino que el vulgo no puede imaginarse las formas desarrolladas en el seno del modo de producción capitalista separadas y liberadas de su carácter capitalista antitético. Frente al capitalista dinerario, el capitalista industrial es trabajador, pero trabajador como capitalista, es decir, como explotador de trabajo ajeno. El salario que reclama y percibe por este trabajo es exactamente igual a la cantidad de trabajo ajeno apropiada y depende directamente, en la medida en que él se somete a la fatiga necesaria de la explotación, del grado de explotación de este trabajo, pero no del grado de esfuerzo que esta explotación le cuesta y que puede descargar en un director a cambio de un pago moderado. Después de cada crisis pueden verse en los distritos fabriles ingleses bastantes exfabricantes que supervisan ahora, por un salario módico, sus propias fábricas de antes como directores de los nuevos propietarios, a menudo sus acreedores.[^k13-76]

El salario de administración, tanto del director mercantil como del industrial, aparece completamente separado de la ganancia empresarial tanto en las fábricas cooperativas de los obreros como en las sociedades anónimas capitalistas. La separación del salario de administración respecto de la ganancia empresarial, que de ordinario aparece como fortuita, es aquí constante. En la fábrica cooperativa desaparece el carácter antitético del trabajo de supervisión, ya que el director es pagado por los obreros, en lugar de representar frente a ellos al capital. Las sociedades anónimas en general —desarrolladas con el sistema de crédito— tienen la tendencia a separar cada vez más este trabajo de administración, como función, de la posesión del capital, sea propio o prestado; exactamente igual que, con el desarrollo de la sociedad burguesa, las funciones judiciales y administrativas se separan de la propiedad de la tierra, de la que eran atributos en la época feudal. Pero, al enfrentarse, por un lado, el capitalista en funciones al mero propietario del capital, al capitalista dinerario, y al adoptar, con el desarrollo del crédito, este capital dinerario mismo un carácter social, concentrándose en los bancos y siendo prestado por estos y no ya por sus propietarios directos; y al desempeñar, por otro lado, el mero director, que no posee el capital por título alguno, ni en préstamo ni de otro modo, todas las funciones reales que corresponden al capitalista en funciones como tal, solo queda el funcionario y el capitalista desaparece del proceso de producción como persona superflua.

Por las cuentas públicas[^k13-77] de las fábricas cooperativas de Inglaterra se ve que —deducido el salario del director, que constituye una parte del capital variable desembolsado, exactamente igual que el salario de los demás obreros— la ganancia era mayor que la ganancia media, aunque en algunos casos pagaban un interés mucho más alto que los fabricantes privados. La causa de la mayor ganancia era en todos estos casos una mayor economía en el empleo del capital constante. Pero lo que aquí nos interesa es que la ganancia media (= interés + ganancia empresarial) se presenta aquí de hecho y de manera tangible como una magnitud por completo independiente del salario de administración. Como la ganancia era aquí mayor que la ganancia media, también la ganancia empresarial era mayor que de ordinario.

El mismo hecho se muestra en algunas sociedades anónimas capitalistas, por ejemplo en los bancos por acciones (Joint Stock Banks). El London and Westminster Bank pagó en 1863 un dividendo anual del 30 %; el Union Bank of London y otros, del 15 %. De la ganancia bruta se deduce aquí, además del sueldo de los directores, el interés que se paga por los depósitos. La alta ganancia se explica aquí por la baja proporción del capital desembolsado respecto de los depósitos. Por ejemplo, en el London and Westminster Bank, en 1863: capital desembolsado, 1.000.000 £; depósitos, 14.540.275 £. En el Union Bank of London, en 1863: capital desembolsado, 600.000 £; depósitos, 12.384.173 £.

La confusión de la ganancia empresarial con el salario de supervisión o de administración nació originariamente de la forma antitética que adopta el excedente de la ganancia sobre el interés en contraposición al interés. Se desarrolló ulteriormente por el propósito apologético de presentar la ganancia no como plusvalía, es decir, como trabajo no pagado, sino como salario del propio capitalista por un trabajo realizado. A esto se opuso luego, por parte de los socialistas, la exigencia de reducir de hecho la ganancia a lo que pretendía ser en teoría, a saber, a mero salario de supervisión. Y esta exigencia salía al paso del embellecimiento teórico de manera tanto más desagradable cuanto más, por un lado, este salario de supervisión encontraba su nivel determinado y su precio de mercado determinado, como todo otro salario, con la formación de una numerosa clase de directores industriales y comerciales[^k13-78], y cuanto más, por otro lado, descendía, como todo salario por trabajo cualificado, con el desarrollo general que abarata los costes de producción de la fuerza de trabajo específicamente adiestrada.[^k13-79] Con el desarrollo de la cooperación por parte de los obreros y de las sociedades anónimas por parte de la burguesía, también al último pretexto para la confusión de la ganancia empresarial con el salario de administración se le retiró el suelo de debajo de los pies, y la ganancia apareció también en la práctica como lo que era innegablemente en la teoría, como mera plusvalía, valor por el que no se ha pagado ningún equivalente, trabajo no pagado realizado; de modo que el capitalista en funciones explota realmente el trabajo y el fruto de su explotación, cuando trabaja con capital prestado, se divide en interés y en ganancia empresarial, excedente de la ganancia sobre el interés.

Sobre la base de la producción capitalista se desarrolla en las sociedades anónimas un nuevo fraude con el salario de administración, al aparecer junto al director real y por encima de él cierto número de consejeros de administración y de vigilancia, para quienes, de hecho, la administración y la vigilancia se convierten en mero pretexto para el saqueo de los accionistas y para el propio enriquecimiento. Sobre esto se encuentran detalles muy curiosos en *The City or the Physiology of London Business; with Sketches on 'Change, and the Coffee Houses*, Londres, 1845.

> «Lo que ganan los banqueros y comerciantes por participar en la dirección de ocho o nueve compañías distintas puede verse por el siguiente ejemplo: el balance privado del señor Timothy Abraham Curtis, presentado ante el tribunal de quiebras con ocasión de su bancarrota, mostraba unos ingresos de 800-900 £ anuales bajo la partida “Puestos de director”. Como el señor Curtis había sido director del Banco de Inglaterra y de la Compañía de las Indias Orientales, toda sociedad anónima se consideraba afortunada de poder ganarlo como director». Pp. 81, 82.

La remuneración de los directores de tales sociedades por cada sesión semanal es de al menos una guinea (21 marcos). Los procedimientos ante el tribunal de quiebras muestran que este salario de supervisión está, por regla general, en razón inversa de la supervisión realmente ejercida por estos directores nominales.

## Capítulo vigesimocuarto. Exteriorización de la relación de capital en la forma del capital que devenga interés

En el capital que devenga interés, la relación de capital alcanza su forma más externa y más fetichista. Tenemos aquí D – D′, dinero que engendra más dinero, valor que se valoriza a sí mismo, sin el proceso que media entre los dos extremos. En el capital comercial, D – M – D′, está presente al menos la forma general del movimiento capitalista, aunque se mantenga solo en la esfera de la circulación y la ganancia aparezca, por tanto, como mera ganancia de enajenación; pero, aun así, se presenta como producto de una *relación* social, no como producto de una mera *cosa*. La forma del capital comercial sigue representando un proceso, la unidad de fases opuestas, un movimiento que se descompone en dos actos opuestos, en la compra y la venta de mercancías. Esto queda borrado en D – D′, la forma del capital que devenga interés. Si, por ejemplo, el capitalista presta 1.000 £ y el tipo de interés es del 5 %, el valor de las 1.000 £ como capital por un año es = C + Ci′, donde C es el capital e i′ el tipo de interés, es decir, aquí 5 % = 5/100 = 1/20, 1.000 + 1.000 × 1/20 = 1.050 £. El valor de 1.000 £ como capital es = 1.050 £, es decir, el capital no es una magnitud simple. Es *relación* de magnitudes, relación de sí mismo como suma principal, como valor dado, consigo mismo como valor que se valoriza, como suma principal que ha producido una plusvalía. Y, como se ha visto, el capital se presenta como tal, como este valor que se valoriza directamente, para todos los capitalistas activos, funcionen con capital propio o con capital prestado.

D – D′: tenemos aquí el punto de partida originario del capital, el dinero de la fórmula D – M – D′ reducido a los dos extremos D′ – D, donde D′ = D + ΔD, dinero que crea más dinero. Es la fórmula originaria y general del capital, contraída en un resumen sin sentido. Es el capital acabado, unidad del proceso de producción y del proceso de circulación y que, por tanto, rinde en un período de tiempo determinado una plusvalía determinada. En la forma del capital que devenga interés, esto aparece directamente, sin la mediación del proceso de producción y del proceso de circulación. El capital aparece como fuente misteriosa y autocreadora del interés, de su propio acrecentamiento. La *cosa* (dinero, mercancía, valor) es ahora, como mera cosa, ya capital, y el capital aparece como mera cosa; el resultado de todo el proceso de reproducción aparece como una propiedad que corresponde por sí misma a una cosa; depende del poseedor del dinero, es decir, de la mercancía en su forma siempre intercambiable, si quiere gastarlo como dinero o alquilarlo como capital. En el capital que devenga interés se ha elaborado, pues, en estado puro este fetiche automático, el valor que se valoriza a sí mismo, el dinero que incuba dinero, y en esta forma ya no lleva cicatrices de su origen. La relación social se ha consumado como relación de una cosa, el dinero, consigo misma. En lugar de la transformación real del dinero en capital, se muestra aquí solo su forma vacía de contenido. Como en el caso de la fuerza de trabajo, el valor de uso del dinero pasa a ser aquí el de crear valor, un valor mayor que el contenido en él mismo. El dinero como tal es ya potencialmente valor que se valoriza y se presta como tal, lo cual es la forma de la venta para esta mercancía peculiar. Crear valor, rendir interés, se convierte en propiedad del dinero exactamente igual que dar peras lo es de un peral. Y como tal cosa que devenga interés vende el prestamista de dinero su dinero. Y no basta con eso. El capital que funciona realmente, como se ha visto, se presenta él mismo de tal modo que no rinde el interés como capital en funciones, sino como capital en sí, como capital dinerario.

También esto se invierte: mientras que el interés es solo una parte de la ganancia, es decir, de la plusvalía que el capitalista en funciones exprime al obrero, ahora aparece, a la inversa, el interés como el fruto propiamente dicho del capital, como lo originario, y la ganancia, transformada ahora en la forma de la ganancia empresarial, como mero accesorio y añadidura que se agrega en el proceso de reproducción. Aquí está acabada la figura fetichista del capital y la idea del fetiche del capital. En D – D′ tenemos la forma del capital carente de concepto, la inversión y cosificación de las relaciones de producción en su potencia más alta: la figura que devenga interés, la figura simple del capital, en la que este está presupuesto a su propio proceso de reproducción; capacidad del dinero, o de la mercancía, de valorizar su propio valor, con independencia de la reproducción: la mistificación del capital en su forma más chillona.

Para la economía vulgar, que quiere presentar el capital como fuente autónoma del valor, de la creación de valor, esta forma es, naturalmente, un hallazgo caído del cielo, una forma en la que la fuente de la ganancia ya no es reconocible y en la que el resultado del proceso de producción capitalista —separado del proceso mismo— adquiere una existencia autónoma.

Solo en el capital dinerario el capital se ha convertido en mercancía, cuya cualidad de valorizarse a sí misma tiene un precio fijo, cotizado en el tipo de interés vigente en cada caso.

Como capital que devenga interés, y precisamente en su forma directa de capital dinerario que devenga interés (las demás formas del capital que devenga interés, que aquí no nos importan, se derivan a su vez de esta forma y la presuponen), el capital recibe su forma fetichista pura, D – D′ como sujeto, como cosa vendible. *En primer lugar*, por su existencia permanente como dinero, una forma en la que todas sus determinaciones quedan borradas y sus elementos reales se vuelven invisibles. El dinero es precisamente la forma en la que queda borrada la diferencia de las mercancías como valores de uso y, por tanto, también la diferencia de los capitales industriales, que consisten en esas mercancías y en sus condiciones de producción; es la forma en la que el valor —y aquí el capital— existe como valor de cambio autónomo. En el proceso de reproducción del capital, la forma dineraria es una forma evanescente, un mero momento de tránsito. En el mercado de dinero, *en cambio*, el *capital existe siempre en esta* forma. *En segundo lugar*, la plusvalía que produce, aquí de nuevo en la forma de dinero, aparece como algo que le corresponde en cuanto tal. Como el crecer a los árboles, así parece serle propio al capital, en esta forma de capital dinerario, el engendrar dinero (τόκος[^k13-t7]).

En el capital que devenga interés, el movimiento del capital queda abreviado; el proceso mediador se omite, y así un capital = 1.000 queda fijado como una cosa que en sí es = 1.000 y que en cierto período se transforma en 1.100, igual que el vino en la bodega mejora también su valor de uso al cabo de cierto tiempo. El capital es ahora cosa, pero como cosa es capital. El dinero tiene ahora el amor en el cuerpo[^k13-t8]. En cuanto está prestado, o también invertido en el proceso de reproducción (en la medida en que rinde al capitalista en funciones, como propietario suyo, interés separado de la ganancia empresarial), le crece el interés, duerma o vele, esté en casa o de viaje, de día y de noche. Así se ha realizado en el capital dinerario que devenga interés (y todo capital es, por su expresión de valor, capital dinerario, o pasa ahora por la expresión del capital dinerario) el piadoso deseo del atesorador.

Es este hallarse el interés implantado en el capital dinerario como en una cosa (tal como aparece aquí la producción de la plusvalía por el capital) lo que tanto preocupa a Lutero en sus ingenuas diatribas contra la usura. Después de haber expuesto que puede exigirse interés si, por no haberse efectuado la devolución en el plazo fijado, se le originan gastos al prestamista, que a su vez tiene que pagar, o si por esta razón se le escapa una ganancia que habría podido obtener comprando, por ejemplo, un huerto, prosigue:

> «Ahora que te los he prestado (100 florines), me haces del perjuicio un par de gemelos, pues ni aquí puedo pagar ni allá puedo comprar, y así por ambas partes he de sufrir daño; a esto llaman duplex interesse, damni emergentis et lucri cessantis[^k13-t9]… Después de haber oído que Hans ha sufrido daño con sus cien florines prestados y que pide justo resarcimiento de su daño, se lanzan a ello de golpe y cargan sobre cada cien florines esos dos perjuicios, a saber, el gasto del pago y la compra del huerto desaprovechada, justo como si a los cien florines les hubieran crecido *naturalmente* esos dos *perjuicios*, de modo que, dondequiera que haya cien florines, los prestan y cuentan sobre ellos esos dos daños que, sin embargo, no han sufrido… Por eso eres un usurero, tú que te cobras en el dinero de tu prójimo tu daño inventado, que nadie te ha hecho y que no puedes probar ni calcular. A tal daño lo llaman los juristas non verum sed phantasticum interesse. Un daño que cada cual se sueña para sí… No vale decir así: podrían ocurrir los daños de que no hubiera podido pagar ni comprar. Si no, eso se llama ex contingente necessarium: de lo que no es, hacer lo que tiene que ser; de lo que es incierto, hacer cosa enteramente cierta. ¿No habría de devorar tal usura el mundo en pocos años?… Es una desgracia fortuita la que le sobreviene al prestamista sin su voluntad, de la que tiene que resarcirse; pero en los tratos es al revés y todo lo contrario: allí se busca y se inventa el daño a costa del prójimo necesitado, se quiere con ello sustentarse y hacerse rico, banquetear y pavonearse perezoso y ocioso del trabajo de otros, sin preocupación, riesgo ni daño; que yo me siente detrás de la estufa y deje que mis cien florines trabajen para mí en el campo y, como es dinero prestado, los conserve seguros en la bolsa, sin riesgo ni preocupación alguna. Amigo mío, ¿quién no querría eso?». (M. Lutero, *An die Pfarrherrn wider den Wucher zu predigen etc.*, Wittenberg, 1540.)

La idea del capital como valor que se reproduce a sí mismo y se acrecienta en la reproducción, en virtud de su propiedad innata de valor perpetuo y creciente —es decir, en virtud de la cualidad oculta de los escolásticos—, condujo a las fabulosas ocurrencias del doctor Price, que dejan muy atrás las fantasías de los alquimistas; ocurrencias en las que Pitt creyó seriamente y que, en sus leyes sobre el sinking fund[^k13-t10], convirtió en pilares de su política financiera.

> «El dinero que devenga interés compuesto crece al principio lentamente; pero, como la tasa de crecimiento se acelera continuamente, al cabo de cierto tiempo se vuelve tan rápida que desafía toda imaginación. Un penique prestado a interés compuesto del 5 % en el nacimiento de nuestro Redentor habría crecido ya hasta una suma mayor que la contenida en 150 millones de tierras, todas de oro macizo. Pero, colocado a interés simple, en el mismo tiempo solo habría crecido hasta 7 chelines y 4 ½ peniques. Hasta ahora nuestro gobierno ha preferido mejorar sus finanzas por este último camino en lugar del primero».[^k13-80]

Vuela aún más alto en sus *Observations on reversionary payments etc.*, Londres, 1772:

> «Un chelín colocado en el nacimiento de nuestro Redentor» (es de suponer que en el templo de Jerusalén) «a interés compuesto del 6 % habría crecido hasta una suma mayor que la que podría contener todo el sistema solar convertido en una esfera de un diámetro igual al de la órbita de Saturno». — «Por eso un Estado nunca tiene por qué encontrarse en dificultades; pues con los ahorros más pequeños puede pagar la deuda más grande en un tiempo tan breve como su interés pueda requerir». (Pp. XIII, XIV.)

¡Qué bonita introducción teórica a la deuda pública inglesa!

Price quedó sencillamente deslumbrado por la monstruosidad de la cifra que surge de la progresión geométrica. Como consideraba el capital, sin tener en cuenta las condiciones de la reproducción y del trabajo, como un autómata que actúa por sí mismo, como un mero número que se multiplica a sí mismo (exactamente igual que Malthus al hombre en su progresión geométrica), pudo figurarse que había encontrado la ley de su crecimiento en la fórmula s = c (1 + i)ⁿ, donde s = la suma del capital + el interés compuesto, c = el capital adelantado, i = el tipo de interés (expresado en partes alícuotas de 100) y n la serie de los años en que transcurre el proceso.

Pitt toma completamente en serio la mistificación del doctor Price. En 1786 la Cámara de los Comunes había resuelto que se recaudara 1 millón de £ para el beneficio público. Según Price, en quien Pitt creía, nada era naturalmente mejor que gravar con impuestos al pueblo para «acumular» la suma así recaudada y hacer desaparecer de este modo, como por ensalmo, la deuda pública mediante el misterio del interés compuesto. A aquella resolución de la Cámara de los Comunes siguió pronto una ley promovida por Pitt, que ordenaba la acumulación de 250.000 £

> «hasta que, con las rentas vitalicias vencidas, el fondo hubiera crecido hasta 4.000.000 £ anuales». (Act 26 George III, cap. 31.)

En su discurso de 1792, en el que Pitt proponía aumentar la suma destinada al fondo de amortización, mencionó entre las causas de la preponderancia comercial de Inglaterra las máquinas, el crédito, etc., pero, como

> «la causa más extensa y duradera, la acumulación. Este principio estaría ahora completamente desarrollado y suficientemente explicado en la obra de Smith, ese genio… esta acumulación de los capitales se efectuaría apartando al menos una parte de la ganancia anual para aumentar la suma principal, que habría de emplearse de la misma manera al año siguiente y daría así una ganancia continua».

Por medio del doctor Price, Pitt transforma así la teoría de la acumulación de Smith en el enriquecimiento de un pueblo mediante la acumulación de deudas, y llega al agradable progreso al infinito de los empréstitos: empréstitos para pagar empréstitos.

Ya en Josiah Child, el padre de la banca moderna, encontramos que

> «100 £ al 10 % producirían en 70 años, con interés del interés, 102.400 £». (*Traité sur le commerce etc. per J. Child, traduit etc.*, Ámsterdam y Berlín, 1754, p. 115. Escrito en 1669.)

Cómo la concepción del doctor Price se cuela irreflexivamente en la economía moderna lo muestra el *Economist* en el siguiente pasaje:

> «El capital, con interés compuesto sobre cada porción de capital ahorrado, es tan absorbente que toda la riqueza del mundo de la que se obtiene un ingreso se ha convertido hace mucho en el interés del capital… toda renta es ahora el pago de un interés por un capital previamente invertido en la tierra». (*Economist*, 19 de julio de 1851.)

En su condición de capital que devenga interés, al capital le pertenece toda la riqueza que pueda llegar a producirse, y todo lo que ha recibido hasta ahora no es más que un pago a cuenta de su all-engrossing[^k13-t12] apetito. Según sus leyes innatas, le pertenece todo el plustrabajo que pueda llegar a suministrar el género humano. Moloc.

Por último, todavía el siguiente galimatías del «romántico» Müller:

> «El enorme crecimiento del interés compuesto del doctor Price, o de las fuerzas de los hombres que se aceleran a sí mismas, presupone, si ha de producir estos enormes efectos, un orden uniforme indiviso o ininterrumpido durante varios siglos. En cuanto el capital se divide, se corta en varios retoños singulares que siguen creciendo por sí mismos, el proceso entero de la acumulación de fuerzas comienza de nuevo. La naturaleza ha distribuido la progresión de la fuerza en una carrera de unos 20 a 25 años, que corresponde por término medio a cada obrero (!) individual. Transcurrido este tiempo, el obrero abandona su carrera y tiene entonces que transferir el capital ganado mediante el interés compuesto del trabajo a un nuevo obrero, y la mayoría de las veces repartirlo entre varios obreros o hijos. Estos tienen que aprender primero a animar y emplear el capital que les corresponde antes de poder sacar de él un verdadero interés compuesto. Además, una enorme cantidad del capital que gana la sociedad burguesa, incluso en las comunidades más agitadas, se va acumulando poco a poco a lo largo de muchos años y no se emplea en la ampliación inmediata del trabajo, sino que, en cuanto se ha reunido una suma considerable, se transfiere a otro individuo, a un obrero, a un banco, al Estado, bajo la denominación de préstamo, y entonces el receptor, al poner el capital en movimiento real, saca de él interés compuesto y puede comprometerse fácilmente a pagar al prestador intereses simples. Por último, contra aquellas enormes progresiones en que querrían multiplicarse las fuerzas de los hombres y su producto si solo hubiera de regir la ley de la producción o del ahorro, reacciona la ley del consumo, del deseo, del despilfarro». (A. Müller, l. c., III, pp. 147-149.)

Es imposible enhebrar en pocas líneas más disparates espeluznantes. Por no mencionar la cómica confusión entre obrero y capitalista, entre valor de la fuerza de trabajo e interés del capital, etc., la disminución del interés compuesto ha de explicarse, entre otras cosas, por el hecho de que el capital se «presta», con lo que «entonces» rinde «interés compuesto». El proceder de nuestro Müller es característico del romanticismo en todos los campos. Su contenido consiste en prejuicios cotidianos, extraídos de la apariencia más superficial de las cosas. Este contenido falso y trivial ha de ser luego «elevado» y poetizado mediante un modo de expresión mistificador.

El proceso de acumulación del capital puede concebirse como acumulación de interés compuesto en la medida en que la parte de la ganancia (plusvalía) que se reconvierte en capital, es decir, que sirve para absorber nuevo plustrabajo, puede llamarse interés. Pero:

1. Prescindiendo de todas las perturbaciones fortuitas, en el curso del proceso de reproducción una gran parte del capital existente se desvaloriza constantemente en mayor o menor medida, porque el valor de las mercancías no está determinado por el tiempo de trabajo que cuesta originariamente su producción, sino por el tiempo de trabajo que cuesta su reproducción, y este disminuye continuamente a consecuencia del desarrollo de la fuerza productiva social del trabajo. En un nivel de desarrollo más alto de la productividad social, todo el capital existente aparece por eso, no como resultado de un largo proceso de ahorro de capital, sino como resultado de un tiempo de reproducción relativamente muy corto.[^k13-81]

2. Como se ha demostrado en la sección III de este libro, la tasa de ganancia disminuye en proporción a la creciente acumulación del capital y a la creciente fuerza productiva del trabajo social que le corresponde, la cual se expresa precisamente en la creciente disminución relativa de la parte variable del capital frente a la constante. Para producir la misma tasa de ganancia, si el capital constante puesto en movimiento por un obrero se decuplica, el tiempo de plustrabajo tendría que decuplicarse, y pronto todo el tiempo de trabajo, más aún, las 24 horas del día, no bastarían para ello, aun cuando el capital se las apropiara por entero. Pero la idea de que la tasa de ganancia no disminuye subyace a la progresión de Price y, en general, al «all-engrossing capital, with compound interest».[^k13-82]

Por la identidad de la plusvalía con el plustrabajo se pone un límite cualitativo a la acumulación del capital: la *jornada laboral global*, el desarrollo de las fuerzas productivas y de la población dado en cada momento, que limita el número de jornadas laborales explotables simultáneamente. Si, en cambio, se concibe la plusvalía en la forma carente de concepto del interés, el límite es solo cuantitativo y desafía toda fantasía.

Pero en el capital que devenga interés se consuma la idea del fetiche del capital, la idea que atribuye al producto acumulado del trabajo, y además fijado como dinero, la fuerza de producir plusvalía en progresión geométrica en virtud de una cualidad secreta innata, como puro autómata, de modo que este producto acumulado del trabajo, como opina el *Economist*, ha descontado ya hace mucho toda la riqueza del mundo, para todos los tiempos, como algo que le pertenece y le corresponde por derecho. El producto del trabajo pasado, el trabajo pasado mismo, está aquí preñado en sí y para sí de un trozo de plustrabajo vivo presente o futuro. Se sabe, en cambio, que en realidad la conservación, y en esa medida también la reproducción, del valor de los productos del trabajo pasado es *solo* el resultado de su contacto con el trabajo vivo; y, en segundo lugar, que el mando de los productos del trabajo pasado sobre el plustrabajo vivo dura precisamente solo mientras dura la relación de capital, la relación social determinada en la que el trabajo pasado se enfrenta de manera autónoma y avasalladora al trabajo vivo.

## Capítulo vigesimoquinto. Crédito y capital ficticio

El análisis detallado del sistema de crédito y de los instrumentos que este se crea (dinero crediticio, etc.) queda fuera de nuestro plan. Aquí solo hay que destacar unos pocos puntos, necesarios para caracterizar el modo de producción capitalista en general. Al hacerlo nos ocupamos únicamente del crédito comercial y del crédito bancario. La conexión entre el desarrollo de este y el del crédito público queda fuera de consideración.

Ya he mostrado antes (libro I, cap. III, 3, b) cómo a partir de la simple circulación de mercancías se forma la función del dinero como medio de pago y, con ella, una relación de acreedor y deudor entre los productores y los comerciantes de mercancías. Con el desarrollo del comercio y del modo de producción capitalista, que produce únicamente con vistas a la circulación, esta base espontánea del sistema de crédito se amplía, se generaliza, se elabora. En líneas generales, el dinero funciona aquí solo como medio de pago, es decir, la mercancía no se vende a cambio de dinero, sino a cambio de una promesa escrita de pago en un plazo determinado. Para abreviar, podemos agrupar todas estas promesas de pago bajo la categoría general de letras de cambio. Hasta el día de su vencimiento y pago, tales letras circulan a su vez como medios de pago, y constituyen el dinero comercial propiamente dicho. En la medida en que finalmente se anulan mediante la compensación de créditos y deudas, funcionan absolutamente como dinero, pues entonces no tiene lugar una conversión final en dinero. Así como estos adelantos recíprocos de los productores y comerciantes entre sí constituyen la base propiamente dicha del crédito, su instrumento de circulación, la letra de cambio, constituye la base del dinero crediticio propiamente dicho, de los billetes de banco, etc. Estos no descansan en la circulación del dinero, sea de dinero metálico o de papel moneda del Estado, sino en la circulación de letras.

W. Leatham (banquero de Yorkshire), *Letters on the Currency*, 2.ª ed., Londres, 1840:

> «Encuentro que el importe global de las letras de cambio para todo el año 1839 fue de 528.493.842 £» (estima las letras extranjeras en aproximadamente 1/7 del total) «y el importe de las letras en curso simultáneamente en ese mismo año, de 132.123.460 £» (pp. 55, 56). «Las letras son un componente de la circulación de mayor importe que todo lo demás junto» (pp. 3, 4). «Esta enorme superestructura de letras descansa (!) sobre la base formada por el importe de los billetes de banco y del oro; y si en el curso de los acontecimientos esta base se estrecha demasiado, su solidez e incluso su existencia corren peligro» (p. 8). «Si se calcula toda la circulación» {se refiere a los billetes de banco} «y el importe de las obligaciones de todos los bancos cuyo pago inmediato en efectivo puede exigirse, encuentro una suma de 153 millones cuya conversión en oro puede exigirse según la ley, y frente a ella 14 millones en oro para satisfacer esa exigencia» (p. 11). «Las letras no pueden someterse a control, salvo que se impida la abundancia de dinero y el bajo tipo de interés o de descuento, que engendra una parte de ellas y fomenta esta grande y peligrosa expansión. Es imposible decidir cuánto de ellas procede de negocios reales, por ejemplo, de compras y ventas reales, y qué parte está hecha artificialmente (fictitious) y consiste solo en letras de peloteo, es decir, donde se gira una letra para recoger una que está en curso antes de su vencimiento y crear así capital ficticio mediante la fabricación de meros medios de circulación. En épocas de dinero sobrante y barato, sé que esto ocurre en un grado enorme» (pp. 43, 44).

J. W. Bosanquet, *Metallic, Paper, and Credit Currency*, Londres, 1842:

> «El importe medio de los pagos liquidados cada día hábil en el Clearing House» {donde los banqueros de Londres intercambian entre sí los cheques ingresados y las letras vencidas} «es de más de 3 millones de £, y la provisión diaria de dinero necesaria para ello es poco más de 200.000 £» (p. 86). {En el año 1889, el movimiento global del Clearing House ascendió a 7.618 3/4 millones de £, o sea, con unos 300 días hábiles, a una media de 25 1/2 millones diarios. — F. E.} «Las letras son indiscutiblemente medios de circulación (currency), independientes del dinero, en la medida en que transfieren la propiedad de mano en mano mediante endoso» (pp. 92, 93). «Cabe suponer que, por término medio, cada letra en circulación lleva dos endosos y que, por tanto, por término medio cada letra liquida dos pagos antes de vencer. Según esto, parece que solo mediante el endoso las letras sirvieron de vehículo, en el curso del año 1839, a una transferencia de propiedad por un valor de dos veces 528 millones, o sea, 1.056 millones de £, más de 3 millones diarios. Es seguro, por tanto, que las letras y los depósitos juntos, mediante la transferencia de la propiedad de mano en mano y sin ayuda del dinero, desempeñan funciones de dinero por un monto diario de al menos 18 millones de £» (p. 93).

Tooke dice lo siguiente sobre el crédito en general:

> «El crédito, en su expresión más simple, es la confianza, bien o mal fundada, que induce a alguien a confiar a otro cierta cantidad de capital, en dinero o en mercancías tasadas en un determinado valor en dinero, cantidad que siempre es pagadera al cabo de un plazo determinado. Cuando el capital se presta en dinero, es decir, en billetes de banco, o en un crédito en efectivo o en una orden de pago contra un corresponsal, se añade un recargo de tantos o cuantos por ciento sobre el importe que ha de devolverse por el uso del capital. En el caso de las mercancías, cuyo valor en dinero se fija entre los interesados y cuya transferencia constituye una venta, la suma fijada que ha de pagarse incluye una indemnización por el uso del capital y por el riesgo asumido hasta el vencimiento. Por tales créditos suelen darse obligaciones escritas de pago con vencimiento en días determinados. Y estas obligaciones o pagarés transferibles constituyen el medio con el que los prestamistas, si encuentran ocasión de emplear su capital, sea en forma de dinero o de mercancías, antes del vencimiento de esas letras, están por lo general en condiciones de tomar prestado o de comprar más barato, ya que su propio crédito se ve reforzado por el del segundo nombre que figura en la letra» (*Inquiry into the Currency Principle*, p. 87).

Ch. Coquelin, «Du Crédit et des Banques dans l'Industrie», *Revue des deux Mondes*, 1842, tomo 31 [p. 797]:

> «En todos los países, la mayoría de las operaciones de crédito se efectúan dentro del círculo de las propias relaciones industriales [...] el productor de la materia prima se la adelanta al fabricante que la transforma y recibe de él una promesa de pago a fecha fija. El fabricante, una vez ejecutada su parte del trabajo, adelanta a su vez y en condiciones parecidas su producto a otro fabricante que ha de seguir elaborándolo, y así el crédito se extiende cada vez más lejos, de uno a otro, hasta el consumidor. El mayorista hace adelantos de mercancías al minorista, mientras él mismo los recibe del fabricante o del comisionista. Cada uno toma prestado con una mano y presta con la otra, a veces dinero, pero mucho más a menudo productos. Así se efectúa, en las relaciones industriales, un intercambio incesante de adelantos que se combinan y se entrecruzan en todas las direcciones. Precisamente en la multiplicación y el crecimiento de estos adelantos recíprocos consiste el desarrollo del crédito, y aquí está la verdadera sede de su poder».

El otro aspecto del sistema de crédito está ligado al desarrollo del comercio de dinero, que en la producción capitalista, como es natural, avanza al mismo paso que el desarrollo del comercio de mercancías. En la sección anterior (capítulo XIX) hemos visto cómo la custodia de los fondos de reserva de los hombres de negocios, las operaciones técnicas de cobrar y pagar dinero, de los pagos internacionales y, con ello, el comercio de lingotes, se concentran en manos de los comerciantes de dinero. En conexión con este comercio de dinero se desarrolla el otro aspecto del sistema de crédito, la administración del capital que devenga interés o del capital dinerario, como función particular de los comerciantes de dinero. Tomar prestado y prestar dinero se convierte en su negocio particular. Se presentan como intermediarios entre el verdadero prestamista y el prestatario de capital dinerario. En términos generales, el negocio bancario consiste, por este lado, en concentrar en su mano el capital dinerario prestable en grandes masas, de modo que, en lugar del prestamista individual de dinero, son los banqueros, como representantes de todos los prestamistas de dinero, quienes se enfrentan a los capitalistas industriales y comerciales. Se convierten en los administradores generales del capital dinerario. Por otra parte, frente a todos los prestamistas, concentran a los prestatarios, puesto que toman prestado para todo el mundo comercial. Un banco representa, por un lado, la centralización del capital dinerario, de los prestamistas, y por el otro la centralización de los prestatarios. Su ganancia consiste, en general, en tomar prestado a un interés más bajo que aquel al que presta.

El capital prestable de que disponen los bancos afluye a ellos de varias maneras. En primer lugar, como son los cajeros de los capitalistas industriales, se concentra en su mano el capital dinerario que cada productor y cada comerciante mantiene como fondo de reserva o que le afluye en pago. Estos fondos se transforman así en capital dinerario prestable. Con ello, el fondo de reserva del mundo comercial, al estar concentrado como fondo común, se limita al mínimo necesario, y una parte del capital dinerario, que de otro modo dormiría como fondo de reserva, se presta y funciona como capital que devenga interés. En segundo lugar, su capital prestable se forma con los depósitos de los capitalistas dinerarios, que les dejan a ellos el préstamo de esos depósitos. Además, con el desarrollo del sistema bancario, y sobre todo en cuanto pagan interés por los depósitos, se depositan en ellos los ahorros en dinero y el dinero momentáneamente desocupado de todas las clases. Pequeñas sumas, cada una de ellas incapaz por sí sola de actuar como capital dinerario, se reúnen en grandes masas y forman así un poder dinerario. Esta acumulación de pequeños importes debe distinguirse, como efecto particular del sistema bancario, de su mediación entre los capitalistas dinerarios propiamente dichos y los prestatarios. Por último, también se depositan en los bancos los réditos que solo deben consumirse poco a poco.

El préstamo (aquí solo nos ocupamos del crédito comercial propiamente dicho) se hace mediante el descuento de letras —su conversión en dinero antes de su vencimiento— y mediante adelantos en diversas formas: adelantos directos sobre crédito personal, adelantos lombardos sobre títulos que devengan interés, efectos públicos, acciones de todo tipo, pero también, sobre todo, adelantos sobre conocimientos de embarque, warrants de muelle y otros títulos de propiedad de mercancías debidamente certificados, mediante descubiertos sobre los depósitos, etc.

Ahora bien, el crédito que da el banquero puede darse en diversas formas, por ejemplo, en letras contra otros bancos, en cheques contra ellos, en aperturas de crédito del mismo tipo y, por último, en los bancos con emisión de billetes, en los billetes de banco propios del banco. El billete de banco no es más que una letra contra el banquero, pagadera en cualquier momento al portador, que el banquero sustituye a las letras privadas. Esta última forma del crédito parece especialmente llamativa e importante al profano, en primer lugar porque este tipo de dinero crediticio sale de la mera circulación comercial y entra en la circulación general, y funciona en ella como dinero; también porque en la mayoría de los países los bancos principales que emiten billetes, como una extraña mezcolanza de banco nacional y banco privado, tienen de hecho detrás el crédito nacional, y sus billetes son en mayor o menor medida medio de pago legal; porque aquí se hace visible que aquello con lo que comercia el banquero es el propio crédito, ya que el billete de banco solo representa un signo de crédito circulante. Pero el banquero comercia también con el crédito en todas las demás formas, incluso cuando adelanta dinero depositado en efectivo en su banco. De hecho, el billete de banco solo constituye la moneda del comercio al por mayor, y lo que siempre pesa como cosa principal en los bancos es el depósito. La mejor prueba la ofrecen los bancos escoceses.

Las instituciones de crédito particulares, así como las formas particulares de los propios bancos, no hay que examinarlas más a fondo para nuestro propósito.

> «Los banqueros tienen un doble negocio [...] 1. Reunir capital de quienes no tienen un empleo inmediato para él, y distribuirlo y transferirlo a otros que pueden utilizarlo. 2. Recibir depósitos de los ingresos de sus clientes y pagarles su importe a medida que lo necesitan para sus gastos de consumo. Lo primero es circulación de *capital*; lo segundo, circulación de *dinero* (currency)». «Lo uno es concentración del capital por un lado y distribución del mismo por el otro; lo otro es administración de la circulación para los fines locales de la comarca». Tooke, *Inquiry into the Currency Principle*, pp. 36, 37.

En el cap. XXVIII volveremos sobre este pasaje.

*Reports of Committees*, vol. VIII, *Commercial Distress*, vol. II, parte I, 1847/48, *Minutes of Evidence*. (En adelante citado como *Commercial Distress*, 1847/48.) En los años cuarenta, al descontar letras en Londres, en innumerables casos se tomaban, en lugar de billetes de banco, letras de un banco contra otro a 21 días de plazo. (Declaración de J. Pease, banquero de provincias, n.º 4636 y 4645.) Según el mismo informe, los banqueros tenían la costumbre, en cuanto el dinero escaseaba, de dar regularmente tales letras en pago a sus clientes. Si quien las recibía quería billetes de banco, tenía que volver a descontar esa letra. Para los bancos esto equivalía a un privilegio de hacer dinero. Los señores Jones Loyd and Co. pagaban de esta manera «desde tiempos inmemoriales», en cuanto el dinero escaseaba y el tipo de interés pasaba del 5 %. El cliente estaba contento de recibir tales banker's bills, porque las letras de Jones Loyd & Co. eran más fáciles de descontar que las suyas propias; además, pasaban a menudo por 20 o 30 manos. (Ibidem, n.º 905 a 902, 992.)

Todas estas formas sirven para hacer transferible el derecho al pago.

> «Apenas hay una forma en que pueda ponerse el crédito en la que este no tenga que desempeñar a veces la función de dinero; sea esta forma un billete de banco, una letra de cambio o un cheque, el proceso es esencialmente el mismo y el resultado es esencialmente el mismo». Fullarton, *On the Regulation of Currencies*, 2.ª ed., Londres, 1845, p. 38. «Los billetes de banco son la calderilla del crédito» (p. 51).

Lo que sigue procede de J. W. Gilbart, *The History and Principles of Banking*, Londres, 1834:

> «El capital de un banco consta de dos partes: el capital invertido (invested capital) y el capital bancario (banking capital), que es tomado en préstamo» (p. 117). «El capital bancario o capital tomado en préstamo se obtiene por tres vías: 1. aceptando depósitos; 2. emitiendo billetes de banco propios; 3. girando letras. Si alguien quiere prestarme 100 £ gratis, y yo presto esas 100 £ a otra persona al 4 % de interés, en el curso del año ganaré 4 £ con este negocio. Del mismo modo, si alguien quiere aceptar mi promesa de pago» (I promise to pay es la fórmula habitual de los billetes de banco ingleses) «y devolvérmela al final del año y pagarme por ella el 4 %, exactamente como si yo le hubiera prestado 100 £, gano 4 £ con este negocio; y además, si alguien en una ciudad de provincias me trae 100 £ con la condición de que 21 días después yo pague ese importe a una tercera persona en Londres, todo interés que yo pueda sacar del dinero en el intervalo será mi ganancia. Este es un resumen ajustado de las operaciones de un banco y del modo en que se crea un capital bancario mediante depósitos, billetes de banco y letras» (p. 117). «Las ganancias de un banquero están, en general, en proporción con el importe de su capital tomado en préstamo, o capital bancario. Para determinar la ganancia real de un banco, hay que deducir de la ganancia bruta el interés del capital invertido. El resto es la ganancia bancaria» (p. 118). *«Los adelantos de un banquero a sus clientes se hacen con el dinero de otras personas»* (p. 146). «Precisamente los banqueros que no emiten billetes de banco crean un capital bancario descontando letras. Aumentan sus depósitos mediante sus operaciones de descuento. Los banqueros de Londres solo descuentan para aquellas casas que tienen una cuenta de depósito en su banco» (p. 119). «Una firma que descuenta letras en su banco y ha pagado intereses por el importe total de esas letras tiene que dejar al menos una parte de ese importe en manos del banco sin recibir intereses por ella. Por esta vía, el banquero obtiene por el dinero adelantado un tipo de interés más alto que el corriente y se crea un capital bancario mediante el saldo que queda en su mano» (p. 120).

Economía en los fondos de reserva; depósitos; cheques:

> «Los bancos de depósito, mediante la transferencia de los saldos, economizan el uso del medio circulante y liquidan negocios de gran importe con una pequeña suma de dinero real. El dinero así liberado lo emplea el banquero en adelantos a sus clientes mediante descuentos, etc. Por eso la transferencia de los saldos aumenta la eficacia del sistema de depósitos» (p. 123). «Da igual que los dos clientes que comercian entre sí tengan su cuenta en el mismo banquero o en banqueros diferentes, pues los banqueros intercambian entre sí sus cheques en el Clearing House. Mediante la transferencia, el sistema de depósitos podría extenderse así hasta tal grado que desplazara por completo el uso del dinero metálico. Si cada cual tuviera una cuenta de depósito en el banco e hiciera todos sus pagos con cheques, estos cheques serían el único medio circulante. En este caso habría que suponer que los banqueros tienen el dinero en su mano; de lo contrario, los cheques no tendrían valor alguno» (p. 124).

La centralización del tráfico local en manos de los bancos se efectúa: 1. mediante sucursales. Los bancos de provincias tienen sucursales en las ciudades más pequeñas de su zona; los bancos de Londres, en los diferentes barrios de Londres. 2. Mediante agencias.

> «Cada banco de provincias tiene un agente en Londres para pagar allí sus billetes o letras y recibir el dinero que los habitantes de Londres ingresan por cuenta de personas que viven en provincias» (p. 127). «Cada banquero recoge los billetes del otro, no los vuelve a emitir. En cada ciudad de cierta importancia se reúnen una o dos veces por semana e intercambian los billetes. El saldo se paga mediante una orden de pago contra Londres» (p. 134). «El fin de los bancos es facilitar los negocios. Todo lo que facilita los negocios facilita también la especulación. Negocio y especulación están en muchos casos tan estrechamente ligados que es difícil decir dónde acaba el negocio y dónde empieza la especulación [...] Dondequiera que hay bancos, el capital se obtiene más fácilmente y más barato. La baratura del capital fomenta la especulación, exactamente igual que la baratura de la carne y de la cerveza fomenta la glotonería y la embriaguez» (pp. 137, 138). «Como los bancos que emiten billetes propios pagan siempre en esos billetes, puede parecer que su negocio de descuento se hace exclusivamente con el capital así creado, pero no es así. Un banquero puede muy bien pagar en sus propios billetes todas las letras que descuenta, y sin embargo 9/10 de las letras que obran en su poder pueden representar capital real. Pues aunque él mismo solo haya dado por esas letras su propio papel moneda, este no necesita permanecer en circulación hasta que las letras vencen. Puede que a las letras les queden tres meses de plazo y que los billetes vuelvan en tres días» (p. 172). «El descubierto de la cuenta por parte de los clientes es un asunto de negocios regulado. De hecho, es el fin para el que se garantiza un crédito en efectivo [...] Los créditos en efectivo se garantizan no solo mediante una garantía personal, sino también mediante el depósito de títulos» (pp. 174, 175). «El capital adelantado en prenda de mercancías tiene el mismo efecto que si se adelantara descontando letras. Si alguien toma prestadas 100 £ con la garantía de sus mercancías, es lo mismo que si las hubiera vendido por una letra de 100 £ y la hubiera descontado en el banquero. Pero el adelanto le permite retener sus mercancías a la espera de una mejor situación del mercado y evitar sacrificios que de otro modo habría tenido que hacer para obtener dinero con fines urgentes» (pp. 180, 181).

*The Currency Theory Reviewed etc.*, pp. 62, 63:

> «Es indiscutiblemente cierto que las 1.000 £ que hoy deposito en A se gastan de nuevo mañana y forman un depósito en B. Pasado mañana, gastadas de nuevo por B, pueden formar un depósito en C, y así hasta el infinito. Las mismas 1.000 £ de dinero pueden, pues, multiplicarse mediante una serie de transferencias hasta una suma de depósitos absolutamente indeterminable. Es posible, por tanto, que *nueve décimas partes de todos los depósitos de Inglaterra no tengan existencia alguna fuera de los asientos en los libros de los banqueros*, cada uno de los cuales responde de ellos por su parte [...] Así en Escocia, donde el dinero en curso» {¡y encima casi solo papel moneda!} «nunca pasa de 3 millones de £, y los depósitos ascienden a 27 millones. Ahora bien, mientras no se produzca una retirada general y repentina de los depósitos (a run on the banks), las mismas 1.000 £, viajando hacia atrás, pueden saldar con la misma facilidad una suma igualmente indeterminable. Como las mismas 1.000 £ con las que hoy salgo mi deuda con un hombre de negocios pueden saldar mañana la deuda de este con otro comerciante y pasado mañana la de este con el banco, y así hasta el infinito, las mismas 1.000 £ pueden ir de mano en mano y de banco en banco y saldar cualquier suma imaginable de depósitos».

{Hemos visto que Gilbart sabía ya en 1834:

> «Todo lo que facilita los negocios facilita también la especulación; ambos están en muchos casos tan estrechamente ligados que es difícil decir dónde acaba el negocio y dónde empieza la especulación».

Cuanto mayor es la facilidad con que pueden obtenerse adelantos sobre mercancías no vendidas, tanto más adelantos de esta clase se toman y tanto mayor es la tentación de fabricar mercancías, o de arrojar las ya fabricadas a mercados lejanos, solo para obtener en un primer momento adelantos de dinero sobre ellas. La historia comercial inglesa de 1845-1847 nos ofrece un ejemplo contundente de cómo todo el mundo de los negocios de un país puede verse arrastrado por esta especulación fraudulenta y de cómo acaba entonces la cosa. Aquí vemos lo que es capaz de hacer el crédito. Para ilustrar los ejemplos que siguen, antes solo algunas breves observaciones.

A finales de 1842 empezó a ceder la presión que desde 1837 había pesado casi ininterrumpidamente sobre la industria inglesa. En los dos años siguientes, la demanda extranjera de productos industriales ingleses aumentó todavía más; 1845/46 marcó el período de máxima prosperidad. En 1843, la guerra del opio había abierto China al comercio inglés. El nuevo mercado ofreció un nuevo pretexto a la expansión, que ya estaba en pleno auge, sobre todo de la industria algodonera. «¿Cómo podríamos producir nunca demasiado? Tenemos que vestir a 300 millones de personas», le decía entonces a quien esto escribe un fabricante de Manchester. Pero todos los edificios fabriles recién levantados, las máquinas de vapor y de hilar y los telares no bastaban para absorber la plusvalía de Lancashire, que afluía en masa. Con la misma pasión con que se aumentaba la producción, la gente se lanzó a la construcción de ferrocarriles; aquí encontró satisfacción por primera vez el afán especulativo de fabricantes y comerciantes, y ya desde el verano de 1844. Se suscribían acciones cuantas se podía, es decir, mientras el dinero alcanzara para cubrir los primeros desembolsos; ¡para lo demás ya se encontraría remedio! Cuando luego llegaron los desembolsos siguientes —según la pregunta 1059, C.D. 1848/1857[^k14-t6], el capital invertido en ferrocarriles en 1846/47 ascendió a unos 75 millones de £—, hubo que recurrir al crédito, y la mayoría de las veces el negocio propiamente dicho de la firma tuvo que sangrar también.

Y en la mayoría de los casos este negocio propiamente dicho ya estaba sobrecargado. Las altas y tentadoras ganancias habían inducido a operaciones mucho más extensas de lo que justificaban los medios líquidos disponibles. Pero el crédito ya estaba ahí, fácil de obtener y, por añadidura, barato. El descuento bancario estaba bajo: 1844, 1 3/4-2 3/4 %; 1845, hasta octubre, por debajo del 3 %; luego, subiendo durante un breve tiempo hasta el 5 % (febrero de 1846), y después bajando de nuevo hasta el 3 1/4 % en diciembre de 1846. El Banco tenía en sus sótanos una reserva de oro de un importe nunca visto. Todos los valores bursátiles nacionales estaban más altos que nunca. ¿Por qué, entonces, dejar pasar la hermosa ocasión?, ¿por qué no ponerse con brío manos a la obra? ¿Por qué no enviar a los mercados extranjeros, que suspiraban por las manufacturas inglesas, todas las mercancías que se pudieran fabricar? ¿Y por qué no habría de embolsarse el propio fabricante la doble ganancia que resultaba de la venta del hilo y del tejido en el lejano Oriente y de la venta en Inglaterra del cargamento de retorno obtenido a cambio?

Así nació el sistema de las consignaciones masivas a la India y a China, contra adelanto, que muy pronto se convirtió en un sistema de consignaciones hechas solo por el adelanto, tal como se describe en detalle en las notas que siguen, y que necesariamente tenía que acabar en una saturación masiva de los mercados y en el crac.

Este crac estalló a consecuencia de la mala cosecha de 1846. Inglaterra, y sobre todo Irlanda, necesitaban enormes importaciones de medios de subsistencia, sobre todo de trigo y patatas. Pero los países que los suministraban solo podían cobrarlos en una parte mínima en productos industriales ingleses; hubo que dar en pago metal precioso; salió al extranjero oro por valor de al menos 9 millones. De este oro, nada menos que 7 1/2 millones salieron de la reserva metálica del Banco de Inglaterra, cuya libertad de movimientos en el mercado de dinero quedó con ello sensiblemente paralizada; los demás bancos, cuyas reservas se encuentran en el Banco de Inglaterra y son de hecho idénticas a la reserva de este banco, tuvieron que restringir también sus facilidades monetarias[^k14-t8]; el caudal de los pagos, que fluía rápido y fácil, se atascó, primero aquí y allá, después de manera general. El descuento bancario, todavía del 3-3 1/2 % en enero de 1847, subió en abril, cuando estalló el primer pánico, al 7 %; luego llegó en verano otro pequeño alivio pasajero (6, 5, 6 %), pero cuando también se malogró la nueva cosecha, el pánico estalló de nuevo y con más violencia. El descuento mínimo oficial del Banco subió en octubre al 7 y en noviembre al 10 %, es decir, la inmensa mayoría de las letras solo podía descontarse con intereses usurarios colosales o ya no podía descontarse en absoluto; la paralización general de los pagos llevó a la bancarrota a una serie de las primeras casas y a muchísimas medianas y pequeñas; el propio Banco corría peligro de tener que suspender pagos a causa de las restricciones que le imponía la astuta ley bancaria de 1844; entonces, ante la presión general, el gobierno suspendió el 25 de octubre la ley bancaria y suprimió con ello las absurdas trabas legales impuestas al Banco. Ahora este pudo poner en circulación sin estorbo su reserva de billetes; como el crédito de estos billetes de banco estaba garantizado de hecho por el crédito de la nación y, por tanto, se mantenía inquebrantable, se produjo inmediatamente el alivio decisivo de la estrechez de dinero[^k14-t7]; naturalmente, todavía quebraron muchas firmas grandes y pequeñas, irremediablemente atascadas, pero el punto culminante de la crisis estaba superado; el descuento bancario volvió a bajar en diciembre al 5 %, y ya en el curso de 1848 se preparaba aquella renovada actividad de los negocios que en 1849 quitó el filo a los movimientos revolucionarios del continente y que en los años cincuenta trajo primero una prosperidad industrial hasta entonces nunca vista, pero luego también… el crac de 1857. — F. E.}

I. Sobre la colosal depreciación de los títulos de la deuda pública y de las acciones durante la crisis de 1847 informa un documento publicado por la House of Lords en 1848. Según él, la caída de valor el 23 de octubre de 1847, comparada con el nivel de febrero del mismo año, ascendía:

| | |
|---|---:|
| en los títulos de la deuda pública inglesa | 93.824.217 £ |
| en las acciones de muelles y canales | 1.358.288 £ |
| en las acciones de ferrocarriles | 19.579.820 £ |
| Total: | 114.762.325 £ |

II. Sobre la especulación fraudulenta en el negocio de las Indias Orientales, donde ya no se giraban letras porque se hubieran comprado mercancías, sino que se compraban mercancías para poder girar letras descontables, convertibles en dinero, dice el *Manchester Guardian* del 24 de noviembre de 1847:

A, en Londres, hace que B compre mercancías al fabricante C de Manchester para embarcarlas con destino a D, en las Indias Orientales. B paga a C con letras a seis meses giradas por C contra B. Él se cubre igualmente mediante letras a seis meses contra A. En cuanto la mercancía está embarcada, A gira, contra el conocimiento de embarque remitido, letras igualmente a seis meses contra D.

> «El comprador y el expedidor están, pues, ambos en posesión de fondos muchos meses antes de pagar realmente las mercancías; y muy a menudo estas letras se renovaban al vencer, con el pretexto de dar tiempo al reflujo en un negocio de tan largo aliento. Pero, por desgracia, las pérdidas en un negocio de este tipo no llevaban a restringirlo, sino directamente a ampliarlo. Cuanto más se empobrecían los participantes, tanto mayor era su necesidad de comprar para encontrar así, en nuevos adelantos, una compensación por el capital perdido en las especulaciones anteriores. Las compras ya no se regulaban por la demanda y la oferta, sino que se convertían en la parte más importante de las operaciones financieras de una firma atascada. Pero este es solo un lado de la cosa. Lo mismo que con la exportación de manufacturas aquí, ocurría allí con la compra y el embarque de productos. Casas de la India que tenían crédito suficiente para que les descontaran sus letras compraban azúcar, añil, seda o algodón, no porque los precios de compra prometieran una ganancia frente a los últimos precios de Londres, sino porque giros anteriores contra la casa de Londres iban a vencer pronto y había que cubrirlos. ¿Qué había más sencillo que comprar un cargamento de azúcar, pagarlo con letras a diez meses contra la casa de Londres y enviar los conocimientos de embarque a Londres por el correo terrestre? Menos de dos meses después, los conocimientos de embarque de estas mercancías apenas embarcadas, y con ellos las propias mercancías, estaban pignorados en Lombard Street, y la casa de Londres obtenía dinero ocho meses antes del vencimiento de las letras giradas contra ellas. Y todo esto marchaba con soltura, sin interrupción ni dificultad, mientras las casas de descuento encontraban dinero en abundancia para adelantarlo sobre conocimientos de embarque y warrants de muelle y para descontar hasta importes ilimitados las letras de casas indias contra firmas “finas” de Mincing Lane».

{Este procedimiento fraudulento siguió en boga mientras las mercancías procedentes de la India y destinadas a ella tuvieron que doblar el Cabo. Desde que pasan por el canal de Suez, y además en barcos de vapor, a este método de fabricar capital ficticio se le ha quitado su base: el largo tiempo de viaje de las mercancías. Y desde que el telégrafo comunicaba el estado del mercado indio al hombre de negocios inglés, y el estado del mercado inglés al comerciante indio, el mismo día, este método se volvió del todo imposible. — F. E.}

III. Lo que sigue procede del informe ya citado *Commercial Distress*, 1847/48:

> «En la última semana de abril de 1847, el Banco de Inglaterra comunicó al Royal Bank of Liverpool que en adelante reduciría a la mitad del importe su negocio de descuento con este último. Esta comunicación tuvo efectos muy graves, porque últimamente los pagos en Liverpool se hacían mucho más en letras que en efectivo; y porque los comerciantes, que solían llevar al banco mucho dinero en efectivo para pagar con él sus aceptaciones, en los últimos tiempos solo podían llevar letras que ellos mismos habían recibido por su algodón y otros productos. Esto había aumentado mucho, y con ello la dificultad de los negocios. Las aceptaciones que el banco tenía que pagar por cuenta de los comerciantes estaban giradas en su mayoría desde fuera y hasta entonces se habían saldado casi siempre con el pago recibido por los productos. Las letras que los comerciantes traían ahora, en lugar del dinero en efectivo de antes, eran letras de distinto plazo y de distinto tipo, un número considerable de letras bancarias a tres meses fecha; la gran masa eran letras contra algodón. Estas letras estaban aceptadas, si eran letras bancarias, por banqueros de Londres, y si no, por comerciantes de todo tipo del negocio con el Brasil, con América, con el Canadá, con las Indias Occidentales, etc. [...] Los comerciantes no giraban unos contra otros, sino que los clientes del interior que habían comprado productos en Liverpool los cubrían con letras contra bancos de Londres, o con letras contra otras casas de Londres, o con letras contra cualquiera. El anuncio del Banco de Inglaterra hizo que se acortara el plazo de las letras contra productos extranjeros vendidos, que antes era a menudo de más de tres meses» (pp. 26, 27).

El período de prosperidad de 1844-1847 en Inglaterra estuvo ligado, como se ha descrito más arriba, a la primera gran especulación ferroviaria. Sobre su efecto en los negocios en general, el informe citado dice lo siguiente:

> «En abril de 1847, casi todas las casas comerciales habían empezado a matar de hambre en mayor o menor medida su negocio (to starve their business) invirtiendo una parte de su capital comercial en ferrocarriles» (pp. 41, 42). «Se tomaron también préstamos a un tipo de interés alto, por ejemplo del 8 %, sobre acciones de ferrocarriles, de particulares, banqueros y compañías de seguros» (pp. 66, 67). «Estos adelantos tan grandes de estas casas comerciales a los ferrocarriles las llevaron a su vez a tomar de los bancos demasiado capital mediante el descuento de letras, para proseguir con él su propio negocio» (p. 67). (Pregunta:) «¿Diría usted que los desembolsos de acciones ferroviarias contribuyeron mucho a la presión que» {en el mercado de dinero} «reinó en abril y octubre» {de 1847}? (Respuesta:) «Creo que apenas contribuyeron en nada a la presión de abril. En mi opinión, hasta abril, y quizá hasta bien entrado el verano, más bien habían fortalecido que debilitado a los banqueros, porque el empleo efectivo del dinero no se producía ni con mucho tan deprisa como los desembolsos; a consecuencia de ello, la mayoría de los bancos tenían a comienzos del año en su mano un importe bastante grande de fondos ferroviarios». {Esto lo confirman numerosas declaraciones de banqueros en el C.D., 1848/1857.} «Este importe fue mermando poco a poco en el verano y el 31 de diciembre era sensiblemente menor. Una causa de la presión de octubre fue la disminución gradual de los fondos ferroviarios en manos de los bancos; entre el 22 de abril y el 31 de diciembre, los saldos ferroviarios en nuestra mano disminuyeron en un tercio. Este efecto lo tuvieron los desembolsos ferroviarios en toda Gran Bretaña; poco a poco han ido sangrando los depósitos de los bancos» (pp. 43, 44).

Así lo dice también Samuel Gurney (jefe de la tristemente célebre firma Overend, Gurney & Co.):

> «En 1846 hubo una demanda de capital para ferrocarriles considerablemente mayor, pero no hizo subir el tipo de interés. Se produjo una condensación de sumas más pequeñas en masas mayores, y estas grandes masas se consumieron en nuestro mercado; de modo que, en conjunto, el efecto fue más bien lanzar más dinero al mercado de dinero de la City que retirarlo de él» [p. 159].

A. Hodgson, director del Liverpool Joint Stock Bank, muestra hasta qué punto las letras pueden constituir la reserva de los banqueros:

> «Teníamos la costumbre de mantener en nuestra cartera al menos 9/10 de todos nuestros depósitos y de todo el dinero que recibíamos de otras personas en letras que vencen día a día [...] hasta tal punto que, durante la crisis, el producto de las letras que vencían cada día casi igualaba el importe de las demandas de pago que se nos hacían cada día» (p. 53).

*Letras especulativas.*

> N.º 5092. «¿Por quién estaban aceptadas principalmente las letras» (contra algodón vendido)? {R. Gardner, el fabricante de algodón mencionado varias veces en esta obra:} «Por corredores de mercancías; un comerciante compra algodón, lo entrega a un corredor, gira contra este corredor y hace descontar las letras». N.º 5094. «¿Y estas letras van a los bancos de Liverpool y allí se descuentan? — Sí, y también a otras partes [...] Si no hubiera existido esta facilidad, concedida principalmente por los bancos de Liverpool, el algodón habría sido el año pasado, en mi opinión, 1 1/2 d. o 2 d. más barato por libra». N.º 600. «Usted ha dicho que habían circulado un número enorme de letras giradas por especuladores contra corredores de algodón de Liverpool; ¿vale lo mismo para sus adelantos sobre letras contra otros productos coloniales además del algodón?». {A. Hodgson, banquero de Liverpool:} «Se refiere a toda clase de productos coloniales, pero muy especialmente al algodón». N.º 601. «¿Procura usted, como banquero, mantenerse alejado de este tipo de letras? — En absoluto; las consideramos letras perfectamente legítimas si se mantienen en cantidad moderada [...] Este tipo de letras se prorroga a menudo».

*Especulación fraudulenta en el mercado de las Indias Orientales y de China, 1847.* Charles Turner (jefe de una de las primeras firmas de las Indias Orientales en Liverpool):

> «Todos conocemos los sucesos que han tenido lugar en relación con el negocio con Mauricio y en negocios semejantes. Los corredores tenían la costumbre de hacer adelantos sobre mercancías, no solo después de su llegada, para cubrir las letras giradas contra esas mercancías, lo cual está completamente en regla, y adelantos sobre conocimientos de embarque [...], sino que han hecho adelantos sobre el producto antes de que se embarcara y, en algunos casos, antes de que se fabricara. Yo, por ejemplo, en un caso especial, había comprado en Calcuta letras por 6.000-7.000 £; el producto de estas letras fue a Mauricio para ayudar a plantar azúcar allí; las letras vinieron a Inglaterra, y más de la mitad fueron protestadas; luego, cuando por fin llegaron los embarques de azúcar con los que debían pagarse esas letras, resultó que ese azúcar ya estaba pignorado a terceros antes de embarcarse, y de hecho casi antes de haberse cocido» (p. 78). «Las mercancías para el mercado de las Indias Orientales tienen que pagarse ahora al contado al fabricante; pero eso no significa mucho, pues si el comprador tiene algún crédito en Londres, gira contra Londres y descuenta la letra en Londres, donde el descuento está ahora bajo; paga al fabricante con el dinero así obtenido [...] pasan al menos doce meses hasta que un expedidor de mercancías a la India puede recibir de allí sus retornos [...] un hombre con 10.000 o 15.000 £ que entrara en el negocio de la India se procuraría un crédito por una suma considerable en una casa de Londres; daría a esta casa el 1 % y giraría contra ella, con la condición de que el producto de las mercancías enviadas a la India se remitiera a esa casa de Londres; pero con el acuerdo tácito de ambas partes de que la casa de Londres no ha de hacer ningún adelanto real en efectivo; es decir, las letras se prorrogan hasta que llegan los retornos. Las letras se descontaban en Liverpool, Manchester, Londres; algunas de ellas están en poder de bancos escoceses» (p. 79). N.º 786. «Hay una casa que quebró hace poco en Londres; al examinar los libros se descubrió lo siguiente: aquí hay una firma en Manchester y otra en Calcuta; abrieron un crédito en la casa de Londres por 200.000 £; es decir, los corresponsales de esta firma de Manchester, que enviaban mercancías en consignación desde Glasgow y Manchester a la casa de Calcuta, giraban contra la casa de Londres hasta un importe de 200.000 £; al mismo tiempo se había convenido que la casa de Calcuta girara también 200.000 £ contra la casa de Londres; estas letras se vendían en Calcuta, con su producto se compraban otras letras, y estas se enviaban a Londres para poner a la casa de allí en condiciones de pagar las primeras letras giradas desde Glasgow o Manchester. Así, con este solo negocio se pusieron en el mundo letras por 600.000 £». N.º 971. «Actualmente, cuando una casa de Calcuta compra un cargamento» {para Inglaterra} «y lo paga con sus propios giros contra su corresponsal de Londres, y los conocimientos de embarque se envían aquí, estos conocimientos de embarque se pueden utilizar inmediatamente para obtener adelantos en Lombard Street; así pues, tienen ocho meses durante los cuales pueden utilizar el dinero antes de que sus corresponsales tengan que pagar las letras».

IV. En 1848 se reunió un comité secreto de la Cámara de los Lores para investigar las causas de la crisis de 1847. Sin embargo, las declaraciones de los testigos prestadas ante este comité no se publicaron hasta 1857 (*Minutes of Evidence, taken before the Secret Committee of the H. of L. appointed to inquire into the Causes of Distress etc.*, 1857; citado como C.D., 1848/1857). Aquí el señor Lister, director del Union Bank of Liverpool, declaró, entre otras cosas:

> 2444. «En la primavera de 1847 se produjo una expansión indebida del crédito [...] porque los hombres de negocios trasladaban su capital del negocio a los ferrocarriles y querían, sin embargo, seguir llevando el negocio con la misma amplitud que antes. Probablemente, al principio cada uno creía que podría vender las acciones ferroviarias con ganancia y reponer así el dinero en el negocio. Quizá se encontró con que eso no era posible, y así tomó crédito en su negocio allí donde antes había pagado al contado. De aquí nació una expansión del crédito».

> 2500. «Estas letras, sobre las que los bancos que las habían tomado sufrieron pérdidas, ¿eran letras principalmente contra trigo o contra algodón? [...] Eran letras contra productos de toda clase, trigo, algodón y azúcar y productos de toda clase. No había entonces casi nada, salvo quizá el aceite, que no bajara de precio». 2506. «Un corredor que acepta una letra no la acepta sin estar suficientemente cubierto, también frente a una baja del precio de la mercancía que sirve de cobertura».

> 2512. «Contra productos se giran dos clases de letras. A la primera clase pertenece la letra originaria, que se gira desde allá contra el importador [...] Las letras que se giran así contra productos vencen a menudo antes de que lleguen los productos. Por eso el comerciante, cuando llega la mercancía y no tiene capital suficiente, tiene que pignorarla en casa del corredor hasta que pueda venderla. Entonces el comerciante de Liverpool gira inmediatamente contra el corredor una letra de la otra clase, con la garantía de esa mercancía [...] pasa a ser entonces asunto del banquero cerciorarse, en casa del corredor, de si este tiene la mercancía y de hasta dónde ha adelantado sobre ella. Tiene que convencerse de que el corredor tiene cobertura para resarcirse en caso de pérdida».

> 2516. «Recibimos también letras del extranjero [...] Alguien compra allá una letra contra Inglaterra y la envía a una casa de Inglaterra; no podemos ver en la letra si está girada con sensatez o sin ella, si representa productos o viento».

> 2533. «Usted ha dicho que productos extranjeros de casi toda clase se vendieron con grandes pérdidas. ¿Cree usted que fue así a consecuencia de una especulación injustificada con esos productos? — Se debió a una importación muy grande, sin que hubiera un consumo correspondiente para darle salida. Según todas las apariencias, el consumo cayó muy considerablemente». 2534. «En octubre [...] los productos eran casi invendibles».

Cómo en el punto culminante del crac se impone un sauve qui peut[^k14-t1] general, sobre ello se pronuncia en el mismo informe un conocedor de primer orden, el digno y astuto cuáquero Samuel Gurney, de Overend, Gurney & Co.:

> 1262. «Cuando reina un pánico, un hombre de negocios no se pregunta a qué interés puede colocar sus billetes de banco, ni si perderá el 1 o el 2 % al vender sus bonos del Tesoro o sus títulos del tres por ciento. Una vez que está bajo el influjo del terror, no le importan ganancias ni pérdidas; se pone él mismo a salvo, y el resto del mundo que haga lo que quiera».

V. Sobre la saturación recíproca de dos mercados dice el señor Alexander, comerciante del negocio de las Indias Orientales, ante el comité de la Cámara de los Comunes sobre las leyes bancarias de 1857 (citado como B.C., 1857):

> 4330. «Actualmente, si desembolso 6 chelines en Manchester, recupero 5 chelines en la India; si desembolso 6 chelines en la India, recupero 5 chelines en Londres».

De modo que el mercado indio ha sido saturado por Inglaterra, y el inglés por la India, en igual medida. Y esto ocurría, por cierto, en el verano de 1857, ¡apenas diez años después de la amarga experiencia de 1847!

## Capítulo vigesimosexto. Acumulación de capital dinerario, su influencia sobre el tipo de interés

> «En Inglaterra tiene lugar una acumulación constante de riqueza adicional que tiende a adoptar finalmente la forma de dinero. Ahora bien, después del deseo de adquirir dinero, el deseo más apremiante es el de deshacerse de él de nuevo mediante algún tipo de inversión que produzca interés o ganancia; pues el dinero en cuanto dinero no rinde nada. Por eso, si al mismo tiempo que se produce esta afluencia constante de capital sobrante no tiene lugar una ampliación gradual y suficiente del campo de empleo para él, tenemos que estar expuestos a acumulaciones periódicas de dinero en busca de inversión, de mayor o menor importancia según las circunstancias. Durante una larga serie de años, la deuda pública fue el gran medio de absorción de la riqueza sobrante de Inglaterra. Desde que alcanzó su máximo en 1816 y dejó de tener un efecto absorbente, cada año se ha encontrado una suma de al menos 27 millones que buscaba otra oportunidad de inversión. Además, hubo diversas devoluciones de capital [...] Las empresas que requieren un gran capital para su ejecución y que de tiempo en tiempo dan salida al excedente de capital desocupado [...] son, al menos en nuestro país, absolutamente necesarias para evacuar las acumulaciones periódicas de la riqueza sobrante de la sociedad que no pueden encontrar sitio en las ramas habituales de inversión» (*The Currency Theory Reviewed*, Londres, 1845, pp. 32-34).

Del año 1845 se dice en la misma obra:

> «En un período muy corto, los precios han subido de golpe desde el punto más bajo de la depresión [...] la deuda pública al tres por ciento está casi a la par [...] el oro de los sótanos del Banco de Inglaterra supera todo importe almacenado allí con anterioridad. Las acciones de todo tipo están a precios que, en casi todos los casos, no tienen precedentes, y el tipo de interés ha bajado tanto que es casi nominal [...] Todo ello prueba que de nuevo existe en Inglaterra una fuerte acumulación de riqueza desocupada, que de nuevo tenemos muy cerca un período de recalentamiento especulativo» (ibid., p. 36).

> «Aunque la importación de oro no es un signo seguro de ganancia en el comercio exterior, una parte de esta importación de oro representa, sin embargo, prima facie, a falta de otra explicación, una ganancia de ese tipo» (J. G. Hubbard, *The Currency and the Country*, Londres, 1843, pp. 40, 41). «Supongamos que, en un período de negocios constantemente buenos, precios remuneradores y circulación monetaria bien nutrida, una mala cosecha diera lugar a una exportación de 5 millones de oro y a una importación de trigo por el mismo importe. La circulación» {quiere decir, como se verá enseguida, no los medios de circulación, sino el capital dinerario desocupado. F. E.} «se reduce en el mismo importe. Puede que los particulares posean todavía otros tantos medios de circulación, pero los depósitos de los comerciantes en sus bancos, los saldos de los bancos en sus corredores de dinero y las reservas de sus cajas habrán disminuido todos, y la consecuencia inmediata de esta disminución del importe del capital desocupado será una subida del tipo de interés, por ejemplo del 4 al 6 %. Como el negocio está sano, la confianza no se resiente, pero el crédito se estimará en más» (ibid., p. 42). «Si los precios de las mercancías bajan en general, el dinero sobrante refluye a los bancos en forma de mayores depósitos, la abundancia de capital desocupado hace bajar el tipo de interés hasta un mínimo, y este estado de cosas dura hasta que, o bien precios más altos o un negocio más animado hacen entrar en servicio el dinero dormido, o bien este queda absorbido por la inversión en títulos extranjeros o en mercancías extranjeras» (p. 68).

Los extractos que siguen proceden de nuevo del informe parlamentario sobre *Commercial Distress*, 1847/48. A consecuencia de la mala cosecha y la hambruna de 1846/47 se hizo necesaria una gran importación de medios de alimentación.

> «De ahí un gran excedente de la importación sobre la exportación [...] De ahí una considerable salida de dinero de los bancos y una mayor afluencia a los corredores de descuento de gente que tenía letras que descontar; los corredores empezaron a mirar las letras con más lupa. Las facilidades concedidas hasta entonces se restringieron muy seriamente, y entre las casas débiles hubo quiebras. Los que confiaban por completo en el crédito se hundieron. Esto aumentó la inquietud ya sentida antes; los banqueros y otros encontraron que no podían contar con la misma seguridad que antes con convertir sus letras y otros títulos en billetes de banco para hacer frente a sus obligaciones; restringieron aún más las facilidades y a menudo las negaron en redondo; en muchos casos guardaron bajo llave sus billetes de banco para cubrir en el futuro sus propias obligaciones; preferían no darlos en absoluto. La inquietud y la confusión crecían cada día, y sin la carta de lord John Russell la bancarrota general estaba ahí» (pp. 74, 75).

La carta de Russell suspendió la ley bancaria. El ya mencionado Charles Turner declara:

> «Algunas casas tenían grandes medios, pero no eran líquidos. Todo su capital estaba inmovilizado en fincas de Mauricio o en fábricas de añil o de azúcar. Una vez que habían contraído obligaciones por 500.000-600.000 £, no tenían medios líquidos para pagar las letras correspondientes, y finalmente se vio que solo podían pagar sus letras por medio de su crédito y en la medida en que este alcanzaba» (p. 81).

El ya mencionado S. Gurney:

> [1664.] «Actualmente» (1848) «reina una restricción de las transacciones y una gran abundancia de dinero». N.º 1763. «No creo que fuera la falta de capital lo que hizo subir tanto el tipo de interés; fue el terror (the alarm), la dificultad de conseguir billetes de banco».

En 1847, Inglaterra pagó al extranjero al menos 9 millones de £ en oro por medios de alimentación importados. De ellos, 7 1/2 millones procedían del Banco de Inglaterra y 1 1/2 de otras fuentes (p. 301). Morris, gobernador del Banco de Inglaterra:

> «El 23 de octubre de 1847, los fondos públicos y las acciones de canales y ferrocarriles ya se habían depreciado en 114.752.225 £» (p. 312).

El mismo Morris, interrogado por lord G. Bentinck:

> [3846.] «¿No sabe usted que todo el capital invertido en títulos y en productos de toda clase se había depreciado de la misma manera, que se enviaban materias primas, algodón, seda, lana al continente a los mismos precios de saldo y que el azúcar, el café y el té se malvendían en ventas forzosas? — Era inevitable que la nación hiciera un sacrificio considerable para contrarrestar la salida de oro que había provocado la enorme importación de medios de alimentación. — ¿No cree usted que habría sido mejor echar mano de los 8 millones de £ que había en las cajas fuertes del Banco, en vez de intentar recuperar el oro con tales sacrificios? — *No lo creo*».

Ahora el comentario a este heroísmo. Disraeli interroga al señor W. Cotton, director y antiguo gobernador del Banco de Inglaterra.

> «¿Cuál fue el dividendo que recibieron los accionistas del Banco en 1844? — Fue del 7 % para el año. — ¿Y el dividendo de 1847? — Del 9 %. — ¿Paga el Banco el impuesto sobre la renta por sus accionistas en el año en curso? — Sí. — ¿Lo hacía también en 1844? — No.[^k14-83] — Entonces esta ley bancaria» (de 1844) «ha actuado muy en interés de los accionistas... ¿El resultado es, pues, que desde la introducción de la nueva ley el dividendo de los accionistas ha subido del 7 al 9 % y que, además, el impuesto sobre la renta lo paga ahora el Banco, mientras que antes tenían que pagarlo los accionistas? — *Es completamente exacto*» (n.º 4356-4361).

Sobre el atesoramiento en los bancos durante la crisis de 1847 dice el señor Pease, banquero de provincias:

> 4605. «Como el Banco se vio obligado a subir cada vez más su tipo de interés, los temores se generalizaron; los bancos rurales aumentaron los importes de dinero en su poder, y también los importes de billetes; y muchos de nosotros, que habitualmente quizá solo solíamos llevar unos cientos de libras en oro o en billetes de banco, almacenamos enseguida miles en cajas fuertes y pupitres, porque reinaba una gran incertidumbre sobre el descuento y sobre la negociabilidad de las letras en el mercado; y así se produjo un atesoramiento general».

Un miembro del comité observa:

> 4691. «En consecuencia, cualquiera que haya sido la causa durante los últimos 12 años, el resultado ha sido en todo caso más favorable al judío y al comerciante de dinero que a la clase productiva en general».

Hasta qué punto el comerciante de dinero explota una época de crisis lo declara Tooke:

> «En el negocio de artículos de metal de Warwickshire y de Staffordshire se rechazaron en 1847 muchísimos pedidos de mercancías porque el tipo de interés que el fabricante tenía que pagar por el descuento de sus letras se habría tragado con creces toda su ganancia» (n.º 5451).

Tomemos ahora otro informe parlamentario ya citado antes: *Report of Select Committee on Bank Acts, communicated from the Commons to the Lords, 1857* (citado más abajo como B.C., 1857). En él se interroga como sigue al señor Norman, director del Banco de Inglaterra y una de las lumbreras principales entre la gente del Currency principle:

> 3635. «Ha dicho usted que es de la opinión de que el tipo de interés depende no de la masa de los billetes de banco, sino de la demanda y la oferta de capital. ¿Quiere usted indicar qué comprende bajo el nombre de capital, aparte de los billetes de banco y la moneda metálica? — Creo que la definición habitual de capital es: mercancías o servicios empleados en la producción». 3636. «¿Incluye usted todas las mercancías en la palabra capital cuando habla del tipo de interés? — Todas las mercancías empleadas en la producción». 3637. «¿Todo eso lo comprende usted en la palabra capital cuando habla del tipo de interés? — Sí. Supongamos que un fabricante de algodón necesita algodón para su fábrica; probablemente se lo procurará obteniendo un adelanto de su banquero, y con los billetes de banco así obtenidos va a Liverpool y compra. Lo que realmente necesita es el algodón; no necesita los billetes de banco ni el oro, salvo como medio para obtener el algodón. O necesita los medios para pagar a sus obreros; entonces vuelve a tomar prestados billetes y paga con estos billetes el salario de sus obreros; y los obreros, por su parte, necesitan alimento y vivienda, y el dinero es el medio de pagarlos». 3638. «¿Pero por el dinero se paga interés? — Sin duda, en primera instancia; pero tome usted otro caso. Supongamos que compra el algodón a crédito, sin ir a buscar un adelanto al banco; entonces la diferencia entre el precio al contado y el precio a crédito hasta el vencimiento es la medida del interés. El interés existiría aunque no hubiera dinero en absoluto».

Esta palabrería pagada de sí misma es muy digna de este pilar del Currency principle. Primero, el genial descubrimiento de que los billetes de banco o el oro son medios para comprar algo y de que no se piden prestados por sí mismos. ¿Y de esto ha de seguirse que el tipo de interés está regulado por qué? Por la demanda y la oferta de mercancías, de las que hasta ahora solo se sabía que regulan los precios de mercado de las mercancías. Pero con precios de mercado de las mercancías que permanecen iguales son compatibles tasas de interés completamente distintas. Pero sigamos con la astucia. A la observación acertada «¿pero por el dinero se paga interés?», que naturalmente implica la pregunta: ¿qué tiene que ver con estas mercancías el interés que recibe el banquero, que no comercia en absoluto con mercancías? ¿Y no reciben dinero al mismo tipo de interés fabricantes que desembolsan este dinero en mercados completamente distintos, es decir, en mercados donde reina una relación completamente distinta entre la demanda y la oferta de las mercancías empleadas en la producción?; a esta pregunta, pues, observa este solemne genio que, si el fabricante compra algodón a crédito, «entonces la diferencia entre el precio al contado y el precio a crédito hasta el vencimiento es la medida del interés». Al revés. La tasa de interés existente, cuya regulación debe explicar el genio Norman, es la medida de la diferencia entre el precio al contado y el precio a crédito hasta el vencimiento. Primero hay que vender el algodón a su precio al contado, y este está determinado por el precio de mercado, que a su vez está regulado por el estado de la demanda y la oferta. Digamos que el precio es = 1.000 £. Con ello queda cerrado el negocio entre el fabricante y el corredor de algodón en lo que respecta a la compra y la venta. Ahora se añade un segundo negocio. Este es un negocio entre prestamista y prestatario. Al fabricante se le adelanta en algodón el valor de 1.000 £, y él tiene que devolverlo en dinero, digamos, en tres meses. Y los intereses de 1.000 £ por tres meses, determinados por la tasa de interés del mercado, constituyen entonces el recargo por encima del precio al contado. El precio del algodón está determinado por la demanda y la oferta. Pero el precio del adelanto del valor del algodón, de las 1.000 £ por tres meses, está determinado por la tasa de interés. Y esto, que el propio algodón se transforme así en capital dinerario, le demuestra al señor Norman que el interés existiría aunque no hubiera dinero en absoluto. Si no hubiera dinero en absoluto, desde luego no habría una tasa general de interés.

Tenemos, en primer lugar, la idea plebeya del capital como «mercancías empleadas en la producción». En la medida en que estas mercancías figuran como capital, su valor como *capital*, a diferencia de su valor como *mercancías*, se expresa en la ganancia que se obtiene de su empleo productivo o mercantil. Y la tasa de ganancia tiene sin duda siempre algo que ver con el precio de mercado de las mercancías compradas y con su demanda y oferta, pero está determinada además por circunstancias completamente distintas. Y que la tasa de interés tiene en general su límite en la tasa de ganancia, no cabe duda. Pero el señor Norman tiene que decirnos precisamente cómo se determina este límite. Y se determina por la demanda y la oferta de capital dinerario *a diferencia* de las demás formas del capital. Ahora bien, podría preguntarse además: ¿cómo se determinan la demanda y la oferta de capital dinerario? Que existe una conexión callada entre la oferta de capital material y la oferta de capital dinerario no cabe duda, como tampoco la cabe de que la demanda de capital dinerario por parte de los capitalistas industriales está determinada por las circunstancias de la producción real. En lugar de ilustrarnos sobre esto, Norman nos despacha la sabiduría de que la demanda de capital dinerario no es idéntica a la demanda de dinero como tal; y esta sabiduría solo porque en él, en Overstone y en los demás profetas de la Currency siempre está en el trasfondo la mala conciencia de que, mediante una intervención legislativa artificial, se empeñan en hacer capital del medio de circulación como tal y en elevar el tipo de interés.

Pasemos ahora a lord Overstone, alias Samuel Jones Loyd, cuando tiene que explicar por qué cobra el 10 % por su «dinero», porque el «capital» es tan escaso en el país.

> 3653. «Las fluctuaciones de la tasa de interés nacen de una de dos causas: de una variación en el valor del capital»

(¡magnífico! ¡El valor del capital, hablando en general, es precisamente el tipo de interés! La variación de la tasa de interés nace aquí, pues, de una variación de la tasa de interés. El «valor del capital», como hemos mostrado antes, nunca se entiende teóricamente de otra manera. O bien, si el señor Overstone entiende por valor del capital la tasa de ganancia, ¡entonces el profundo pensador vuelve a parar en que la tasa de interés está regulada por la tasa de ganancia!)

> «o de una variación en la suma del dinero existente en el país. Todas las grandes fluctuaciones del tipo de interés, grandes ya sea por su duración o por su amplitud, pueden reducirse claramente a variaciones en el valor del capital. No puede haber ilustraciones prácticas más contundentes de este hecho que la subida del tipo de interés en 1847 y, de nuevo, en los dos últimos años (1855/56); las fluctuaciones menores del tipo de interés, que nacen de un cambio en la suma del dinero existente, son pequeñas tanto por su amplitud como por su duración. Son frecuentes, y cuanto más frecuentes, más eficaces para su fin».

A saber, enriquecer a los banqueros à la Overstone. El amigo Samuel Gurney se expresa al respecto de manera muy ingenua ante el Committee of Lords, C.D., 1848[/1857]:

> 1324. «¿Es usted de la opinión de que las grandes fluctuaciones del tipo de interés que tuvieron lugar el año pasado fueron ventajosas o no para los banqueros y los comerciantes de dinero? — Creo que fueron ventajosas para los comerciantes de dinero. Todas las fluctuaciones de los negocios son ventajosas para el que está enterado (to the knowing man)». 1325. «¿No debería el banquero acabar perdiendo, a pesar de todo, con el alto tipo de interés a consecuencia del empobrecimiento de sus mejores clientes? — No, no soy de la opinión de que este efecto se dé en grado apreciable».

Voilà ce que parler veut dire.[^k14-t2]

Volveremos sobre la influencia que ejerce sobre el tipo de interés la suma del dinero existente. Pero hay que observar ya ahora que Overstone vuelve a cometer aquí un quid pro quo. La demanda de capital dinerario en 1847 (antes de octubre no había preocupación alguna por la escasez de dinero, por la «cantidad del dinero existente», como él la llamó más arriba) aumentó por diversas razones: el encarecimiento del trigo, la subida de los precios del algodón, la imposibilidad de vender el azúcar a causa de la sobreproducción, la especulación ferroviaria y el crac, la saturación de los mercados exteriores con artículos de algodón, la exportación forzada a la India y la importación forzada desde ella, descritas más arriba, con el fin de un mero peloteo de letras. Todas estas cosas, tanto la sobreproducción en la industria como la subproducción en la agricultura, es decir, causas completamente distintas, provocaron un aumento de la demanda de capital dinerario, es decir, de crédito y de dinero. El aumento de la demanda de capital dinerario tenía sus causas en la marcha misma del proceso de producción. Pero, cualquiera que fuese la causa, fue la demanda de capital dinerario la que hizo subir el tipo de interés, el valor del capital dinerario. Si Overstone quiere decir que el valor del capital dinerario subió *porque* subió, eso es una tautología. Pero si entiende aquí por «valor del capital» la subida de la tasa de ganancia como causa de la subida del tipo de interés, la cosa se revelará enseguida falsa. La demanda de capital dinerario, y por tanto el «valor del capital», puede subir aunque la ganancia baje; en cuanto baja la oferta relativa de capital dinerario, sube su «valor». Lo que Overstone quiere demostrar es que la crisis de 1847 y la alta tasa de interés que la acompañó no tuvieron nada que ver con la «cantidad del dinero existente», es decir, con las disposiciones de la ley bancaria de 1844, inspirada por él; aunque de hecho sí tuvieron que ver con ella, en la medida en que el miedo al agotamiento de la reserva bancaria —una creación de Overstone— añadió un pánico monetario a la crisis de 1847/48. Pero no es esa aquí la cuestión. Había una penuria de capital dinerario, provocada por el tamaño excesivo de las operaciones en comparación con los medios existentes, y que estalló por la perturbación del proceso de reproducción a consecuencia de la mala cosecha, de la sobreinversión en ferrocarriles, de la sobreproducción, sobre todo de artículos de algodón, del negocio fraudulento con la India y China, de la especulación, de la sobreimportación de azúcar, etc. Lo que les faltaba a quienes habían comprado trigo cuando estaba a 120 chelines el quarter, una vez que había bajado a 60 chelines, eran los 60 chelines que habían pagado de más y el correspondiente crédito por ellos en el adelanto lombardo sobre el trigo. No era en absoluto la falta de billetes de banco lo que les impedía convertir en dinero su trigo al antiguo precio de 120 chelines. Lo mismo ocurría con quienes habían sobreimportado azúcar, que luego se volvió casi invendible. Lo mismo con los señores que habían inmovilizado su capital de circulación (floating capital) en ferrocarriles y que, para reponerlo en su negocio «legítimo», habían confiado en el crédito. Todo esto se expresa para Overstone en una «percepción moral del valor acrecentado de su dinero (a moral sense of the enhanced value of his money)». Pero a este valor acrecentado del capital dinerario le correspondía directamente, por el otro lado, la caída del valor en dinero del capital real (del capital mercantil y del capital productivo). El valor del capital en una forma subía porque el valor del capital en la otra bajaba. Pero Overstone trata de identificar estos dos valores de clases distintas de capital en un único valor del capital en general, y lo hace contraponiendo ambos a una falta de medio de circulación, de dinero existente. Pero el mismo importe de capital dinerario puede prestarse con masas muy distintas de medios de circulación.

Tomemos ahora su ejemplo de 1847. El tipo de interés oficial del Banco estaba: enero, 3-3 1/2 %; febrero, 4-4 1/2 %; marzo, casi siempre 4 %; abril (pánico), 4-7 1/2 %; mayo, 5-5 1/2 %; junio, en conjunto 5 %; julio, 5 %; agosto, 5-5 1/2 %; septiembre, 5 %, con pequeñas variaciones de 5 1/4, 5 1/2, 6 %; octubre, 5, 5 1/2, 7 %; noviembre, 7-10 %; diciembre, 7-5 %. En este caso, el interés subió porque las ganancias disminuyeron y los valores en dinero de las mercancías cayeron enormemente. Así pues, si Overstone dice aquí que el tipo de interés subió en 1847 porque subió el valor del capital, por valor del capital solo puede entender aquí el valor del capital dinerario, y el valor del capital dinerario es precisamente el tipo de interés y nada más. Pero más tarde asoma la cola del zorro, y el valor del capital se identifica con la tasa de ganancia.

En cuanto al alto tipo de interés que se pagó en 1856, Overstone no sabía, en efecto, que en parte era un síntoma de que salía a flote esa clase de caballeros del crédito que no paga el interés con la ganancia, sino con el capital ajeno; afirmaba, solo unos pocos meses antes de la crisis de 1857, que «el negocio estaba completamente sano».

Declara además:

> 3722. «La idea de que la ganancia de los negocios queda destruida por la subida del tipo de interés es sumamente errónea. En primer lugar, una elevación del tipo de interés rara vez es de larga duración; en segundo lugar, si es de larga duración y considerable, es en el fondo una subida del valor del capital, ¿y por qué sube el valor del capital? Porque ha subido la tasa de ganancia».

Aquí nos enteramos, pues, por fin, de qué sentido tiene el «valor del capital». Por lo demás, la tasa de ganancia puede seguir siendo alta durante bastante tiempo y, en cambio, la ganancia empresarial bajar y el tipo de interés subir, de modo que el interés se trague la mayor parte de la ganancia.

> 3724. «La elevación del tipo de interés ha sido una consecuencia de la enorme expansión de los negocios de nuestro país y de la gran elevación de la tasa de ganancia; y si uno se queja de que el tipo de interés elevado destruye esas mismas dos cosas que han sido su propia causa, eso es un absurdo lógico del que no se sabe qué decir».

Esto es exactamente tan lógico como si dijera: la elevación de la tasa de ganancia ha sido la consecuencia de la subida de los precios de las mercancías por la especulación, y si uno se queja de que la subida de los precios destruye su propia causa, a saber, la especulación, eso es un absurdo lógico, etc. Que una cosa pueda acabar destruyendo su propia causa solo es un absurdo lógico para el usurero enamorado del alto tipo de interés. La grandeza de los romanos fue la causa de sus conquistas, y sus conquistas destruyeron su grandeza. La riqueza es la causa del lujo, y el lujo obra destructivamente sobre la riqueza. ¡Este pícaro! La idiotez del mundo burgués actual no puede retratarse mejor que por el respeto que la «lógica» del millonario, de este dung-hill aristocrat,[^k14-t3] infundía a toda Inglaterra. Por lo demás, si una alta tasa de ganancia y la expansión de los negocios pueden ser causas de un alto tipo de interés, no por eso un alto tipo de interés es en modo alguno causa de una alta ganancia. Y la cuestión es precisamente si este alto interés (como se reveló realmente en la crisis) no siguió durando, o incluso no llegó a su punto más alto, cuando la alta tasa de ganancia hacía ya mucho que había ido por el camino de toda carne.

> 3718. «En cuanto a una gran elevación de la tasa de descuento, es una circunstancia que nace por completo del aumento del valor del capital, y la causa de este aumento del valor del capital, creo yo, cualquiera puede descubrirla con total claridad. Ya he mencionado el hecho de que, en los 13 años durante los cuales ha estado en vigor esta ley bancaria, el comercio de Inglaterra ha crecido de 45 a 120 millones de £. Piénsese en todos los acontecimientos que encierra este breve dato numérico; considérese la enorme demanda de capital que trae consigo un aumento tan gigantesco del comercio, y considérese al mismo tiempo que la fuente natural de la oferta para esta gran demanda, a saber, los ahorros anuales del país, se ha consumido durante los últimos tres o cuatro años en el desembolso no rentable con fines bélicos. Confieso que me sorprende que el tipo de interés no sea todavía mucho más alto; o, en otras palabras, me sorprende que la estrechez de capital a consecuencia de estas gigantescas operaciones no sea todavía mucho más aguda de lo que ustedes ya la han encontrado».

¡Qué maravillosa mescolanza de palabras la de nuestro lógico de la usura! ¡Aquí está otra vez con su valor del capital aumentado! Parece imaginarse que, por un lado, tenía lugar esta enorme expansión del proceso de reproducción, es decir, acumulación de capital real, y que, por el otro, había un «capital» por el que surgía una «enorme demanda» para llevar a cabo este aumento tan gigantesco del comercio. ¿Pero no era este aumento gigantesco de la producción el propio aumento del capital?, y si creaba demanda, ¿no creaba al mismo tiempo también la oferta, y no creaba al mismo tiempo, por sí mismo, una oferta mayor de capital dinerario? Si el tipo de interés subió mucho, fue solo porque la demanda de capital dinerario creció todavía más deprisa que la oferta, lo cual, en otras palabras, se resuelve en que, con la expansión de la producción industrial, se extendió su conducción sobre la base del sistema de crédito. Dicho de otro modo, la expansión industrial real provocó una mayor demanda de «facilidades», y esta última demanda es evidentemente lo que nuestro banquero entiende por la «enorme demanda de capital». Desde luego, no es la expansión de la mera *demanda* de capital lo que elevó el comercio de exportación de 45 a 120 millones. ¿Y qué entiende además Overstone cuando dice que los ahorros anuales del país, devorados por la guerra de Crimea, constituyen la fuente natural de la oferta para esta gran demanda? En primer lugar, ¿con qué acumuló entonces Inglaterra de 1792 a 1815, que fue una guerra muy distinta de la pequeña guerra de Crimea? En segundo lugar, si la fuente natural se seca, ¿de qué fuente manó entonces el capital? Como es sabido, Inglaterra no tomó adelantos de naciones extranjeras. Pero si, junto a la fuente natural, existe todavía una artificial, sería un método de lo más encantador para una nación emplear la fuente natural en la guerra y la artificial en los negocios. Pero si solo existía el antiguo capital dinerario, ¿podía este duplicar su eficacia mediante un alto tipo de interés? El señor Overstone cree evidentemente que los ahorros anuales del país (que, sin embargo, en este caso se habrían consumido) se transforman simplemente en capital dinerario. Pero si no tuviera lugar una acumulación real, es decir, un aumento de la producción y un incremento de los medios de producción, ¿de qué serviría la acumulación de títulos de deuda en forma de dinero sobre esta producción?

Overstone confunde la subida del «valor del capital» que se sigue de una alta tasa de ganancia con la subida que se sigue de una mayor demanda de capital dinerario. Esta demanda puede subir por causas completamente independientes de la tasa de ganancia. Él mismo aduce como ejemplo que en 1847 subió a consecuencia de la depreciación del capital real. Según le convenga, refiere el valor del capital al capital real o al capital dinerario.

La deshonestidad de nuestro lord de la banca, junto con su obtuso punto de vista de banquero, que él aguza didácticamente, se muestra además en lo siguiente:

> 3728. (Pregunta.) «Ha dicho usted que, en su opinión, la tasa de descuento no tiene ninguna importancia esencial para el comerciante; ¿quiere tener la bondad de decir qué considera usted la tasa de ganancia habitual?».

El señor Overstone declara que contestar a esto es «imposible».

> 3729. «Supongamos que la tasa media de ganancia es del 7-10 %; entonces un cambio de la tasa de descuento del 2 al 7 o al 8 % tiene que afectar esencialmente a la tasa de ganancia, ¿no es así?».

(La pregunta misma confunde la tasa de la ganancia empresarial con la tasa de ganancia y pasa por alto que la tasa de ganancia es la fuente común del interés y de la ganancia empresarial. La tasa de interés puede dejar intacta la tasa de ganancia, pero no la ganancia empresarial. Respuesta de Overstone:)

> «En primer lugar, los hombres de negocios no pagarán una tasa de descuento que anticipe esencialmente su ganancia; preferirán suspender su negocio».

(Desde luego, si pueden hacerlo sin arruinarse. Mientras su ganancia es alta, pagan el descuento porque quieren, y en cuanto es baja, porque tienen que hacerlo.)

> «¿Qué significa el descuento? ¿Por qué descuenta alguien una letra? [...] Porque desea obtener un capital mayor»;

(halte-là![^k14-t4] Porque desea anticipar el reflujo en dinero de su capital inmovilizado y evitar la paralización de su negocio. Porque tiene que cubrir pagos que vencen. Solo pide un capital mayor si el negocio va bien o si especula con capital ajeno, incluso mientras va mal. El descuento no es en modo alguno un mero medio para ampliar el negocio.)

> «¿Y por qué quiere obtener el mando sobre un capital mayor? Porque quiere emplear ese capital; ¿y por qué quiere emplear ese capital? Porque eso es rentable; pero no sería rentable para él si el descuento se tragara su ganancia».

Este lógico pagado de sí mismo supone que las letras solo se descuentan para ampliar el negocio y que el negocio se amplía porque es rentable. El primer supuesto es falso. El hombre de negocios corriente descuenta para anticipar la forma de dinero de su capital y mantener así en marcha el proceso de reproducción; no para ampliar el negocio ni para procurarse capital adicional, sino para compensar el crédito que da con el crédito que toma. Y si quiere ampliar su negocio a crédito, de poco le servirá descontar letras, que no es más que una conversión de capital dinerario que ya está en su mano de una forma a otra; preferirá tomar un préstamo fijo a más largo plazo. El caballero del crédito, eso sí, hará descontar sus letras de peloteo para ampliar su negocio, para tapar un negocio podrido con otro; no para obtener ganancia, sino para apoderarse de capital ajeno.

Después de haber identificado así el descuento con el préstamo de capital adicional (en lugar de con la conversión en dinero en efectivo de letras que representan capital), el señor Overstone se retira en cuanto le aprietan las empulgueras.

> 3730. (Pregunta:) «¿No tienen los comerciantes, una vez comprometidos en un negocio, que proseguir sus operaciones durante cierto período a pesar de una subida pasajera del tipo de interés?». (Overstone:) «No cabe duda de que en una transacción aislada cualquiera, si alguien puede obtener la disposición de capital a un tipo de interés más bajo en lugar de a un tipo de interés alto, tomada la cosa desde este punto de vista limitado, eso le resulta agradable».

En cambio, es un punto de vista ilimitado que el señor Overstone entienda ahora de repente por «capital» solo su capital de banquero y considere, por tanto, al hombre que descuenta letras en su banco como un hombre sin capital, porque su capital existe en forma de mercancías o porque la forma de dinero de su capital es una letra que el señor Overstone traduce a otra forma de dinero.

> 3732. «En relación con la ley bancaria de 1844, ¿puede usted indicar cuál era la relación aproximada entre el tipo de interés y la reserva de oro del Banco?; ¿es exacto que, cuando el oro del Banco ascendía a 9 o 10 millones, el tipo de interés era del 6 o 7 %, y cuando era de 16 millones, el tipo de interés estaba en torno al 3 o 4 %?».

(El interrogador quiere obligarle a explicar el tipo de interés, en la medida en que está influido por la cantidad de oro del Banco, a partir del tipo de interés en la medida en que está influido por el valor del capital.)

> «No digo que sea así [...] pero si es así, entonces, en mi opinión, tenemos que tomar medidas todavía más rigurosas que las de 1844; pues si fuera verdad que cuanto mayor es el tesoro de oro, más bajo es el tipo de interés, entonces, según este modo de ver la cosa, tendríamos que ponernos manos a la obra y aumentar el tesoro de oro hasta un importe ilimitado, y entonces llevaríamos el interés a 0».

El interrogador Cayley, impasible ante este mal chiste, prosigue:

> 3733. «Si así fuera, suponiendo que se devolvieran al Banco 5 millones de oro, en el curso de los seis meses siguientes el tesoro de oro ascendería a unos 16 millones, y suponiendo que el tipo de interés bajara así al 3 o 4 %, ¿cómo podría entonces afirmarse que la baja del tipo de interés procedía de una gran disminución de los negocios? — Yo he dicho que la reciente gran elevación del tipo de interés, no la baja del tipo de interés, está estrechamente ligada a la gran expansión de los negocios».

Pero lo que Cayley dice es esto: si la subida del tipo de interés, junto con la contracción del tesoro de oro, es signo de la expansión de los negocios, la baja del tipo de interés, junto con la expansión del tesoro de oro, tiene que ser signo de la disminución de los negocios. A esto Overstone no tiene respuesta.

> 3736. {Pregunta:} «Observo que usted» (en el texto pone siempre Your Lordship) «ha dicho que el dinero es el instrumento para obtener capital».

(Precisamente esto es lo absurdo: concebirlo como instrumento; es forma del capital.)

> «Al disminuir el tesoro de oro» {del Banco de Inglaterra}, «¿no consiste, por el contrario, la gran dificultad en que los *capitalistas* no pueden obtener dinero?». {Overstone:} «No; no son los capitalistas, son los no capitalistas los que tratan de conseguir dinero; ¿y por qué tratan de conseguir dinero? [...] Porque por medio del dinero obtienen el mando sobre el capital del capitalista, para llevar el negocio de gente que no son capitalistas».

Aquí declara sin rodeos que los fabricantes y los comerciantes no son capitalistas y que el capital del capitalista es solo capital dinerario.

> 3737. «¿Es que la gente que gira letras no son capitalistas? — La gente que gira letras quizá sean capitalistas y quizá no».

Aquí se queda atascado.

Se le pregunta ahora si las letras de los comerciantes no representan las mercancías que estos han vendido o embarcado. Niega que estas letras representen el valor de las mercancías exactamente igual que el billete de banco representa el oro (3740, 3741). Esto es un tanto desvergonzado.

> 3742. «¿No es el fin del comerciante obtener dinero? — No; obtener dinero no es el fin al girar la letra; obtener dinero es el fin al descontar la letra».

Girar una letra es convertir la mercancía en una forma de dinero crediticio, igual que descontar una letra es convertir este dinero crediticio en otro, a saber, en billetes de banco. En todo caso, el señor Overstone admite aquí que el fin del descuento es obtener dinero. Antes, en cambio, hacía descontar no para convertir capital de una forma en la otra, sino para obtener capital adicional.

> 3743. «¿Cuál es el gran deseo del mundo de los negocios bajo la presión de un pánico como los que, según su declaración, se produjeron en 1825, 1837 y 1839?; ¿se proponen entrar en posesión de capital o de dinero de pago legal? — Se proponen obtener el mando sobre capital para proseguir su negocio».

Su fin es obtener medios de pago para las letras giradas contra ellos que vencen, a causa de la falta de crédito sobrevenida, y para no tener que malvender sus mercancías por debajo de su precio. Si ellos mismos no tienen capital alguno, con los medios de pago obtienen, naturalmente, al mismo tiempo capital, porque obtienen valor sin equivalente. La demanda de dinero como tal consiste siempre únicamente en el deseo de convertir valor de la forma de mercancía o de crédito en la forma de dinero. De ahí también, aun prescindiendo de las crisis, la gran diferencia entre tomar capital en préstamo y el descuento, que solo lleva a cabo la conversión de créditos dinerarios de una forma en otra, o en dinero real.

{Yo, el editor, me permito hacer aquí una observación intercalada.

Tanto en Norman como en Loyd-Overstone, el banquero aparece siempre como alguien que «adelanta capital», y su cliente como el que le pide «capital». Así, Overstone dice que alguien le hace descontar letras «porque desea obtener *capital*» (3729), y que es agradable para ese mismo hombre si «puede obtener la *disposición de capital* a un tipo de interés bajo» (3730). «El dinero es el instrumento para obtener *capital*» (3736), y en un pánico el gran deseo del mundo de los negocios es «obtener el mando sobre *capital*» (3743). Con toda la confusión de Loyd-Overstone sobre lo que es el capital, queda al menos claro que llama capital a lo que el banquero da al cliente de negocios, como un capital que el cliente no poseía antes, que se le adelanta y que se suma a aquel de que el cliente disponía hasta entonces.

El banquero se ha acostumbrado tanto a figurar como distribuidor, en forma de préstamo, del capital social disponible en forma de dinero, que toda función en la que entrega dinero le parece un préstamo. Todo el dinero que paga se le aparece como un adelanto. Si el dinero se ha desembolsado directamente como préstamo, esto es literalmente exacto. Si se ha invertido en el descuento de letras, es de hecho, para él mismo, un adelanto hasta el vencimiento de la letra. Así se afianza en su cabeza la idea de que no puede hacer pagos que no sean adelantos. Y, por cierto, adelantos no solo en el sentido de que toda inversión de dinero con el fin de obtener interés o ganancia se considera económicamente como un adelanto que el poseedor de dinero en cuestión, en su calidad de particular, se hace a sí mismo en su calidad de empresario. Sino adelantos en el sentido determinado de que el banquero entrega en préstamo al cliente una suma que aumenta en otro tanto el capital de que este dispone.

Es esta idea la que, trasladada de la oficina del banco a la economía política, ha creado la confusa cuestión de si lo que el banquero pone en dinero contante a disposición de sus clientes de negocios es capital o simplemente dinero, medio de circulación, currency. Para decidir esta cuestión —en el fondo sencilla—, tenemos que situarnos en el punto de vista del cliente del banco. Lo que importa es lo que este pide y recibe.

Si el banco concede al cliente de negocios un préstamo simplemente sobre su crédito personal, sin que este preste garantía alguna, la cosa está clara. Recibe incondicionalmente un adelanto de una magnitud de valor determinada como suplemento del capital que empleaba hasta entonces. Lo recibe en forma de dinero; es decir, no solo dinero, sino también *capital dinerario*.

Si el adelanto se le hace contra la pignoración de títulos, etc., es un adelanto en el sentido de que se le ha pagado dinero a reserva de su devolución. Pero no un adelanto de capital. Pues los títulos representan también capital, y por cierto un importe mayor que el adelanto. El receptor recibe, pues, menos valor de capital del que da en prenda; para él no es en absoluto una adquisición de capital adicional. No hace el negocio porque necesite capital —ya lo tiene en sus títulos—, sino porque necesita dinero. Aquí hay, pues, un adelanto de *dinero*, pero no de capital.

Si el adelanto se hace contra el descuento de letras, desaparece incluso la *forma* del adelanto. Se trata de una pura compra y venta. La letra pasa por endoso a ser propiedad del banco, y el dinero, en cambio, propiedad del cliente; no se habla de devolución por parte de este. Si el cliente compra dinero contante con una letra o un instrumento de crédito semejante, eso no es ni más ni menos un adelanto que si hubiera comprado el dinero contante con cualquier otra mercancía suya, algodón, hierro, trigo. Y menos que nada puede hablarse aquí de un adelanto de *capital*. Toda compra y venta entre comerciante y comerciante es una transferencia de capital. Pero un adelanto solo se da allí donde la transferencia de capital no es recíproca, sino unilateral y a plazo. Un adelanto de capital mediante el descuento de letras solo puede tener lugar, por tanto, allí donde la letra es una letra de peloteo que no representa mercancía vendida alguna, y esa no la acepta ningún banquero en cuanto la reconoce como lo que es. Así pues, en el negocio regular de descuento, el cliente del banco no recibe ningún adelanto, ni en capital ni en dinero, sino que recibe dinero por mercancía vendida.

Los casos en que el cliente pide y recibe capital del banco se distinguen, pues, muy claramente de aquellos en que solo recibe dinero en adelanto o lo compra al banco. Y como precisamente el señor Loyd-Overstone solo en los casos más raros solía adelantar sus fondos sin cobertura (era el banquero de mi firma en Manchester), está igualmente claro que sus hermosas descripciones de las masas de capital que los generosos banqueros adelantan a los fabricantes faltos de capital son una tremenda patraña.

En el capítulo XXXII, Marx dice por lo demás, en lo esencial, lo mismo:

«La demanda de medios de pago es mera demanda de *convertibilidad en dinero* en la medida en que los comerciantes y productores pueden ofrecer buenas garantías; es demanda de *capital dinerario* en la medida en que no es así, es decir, en la medida en que un adelanto de medios de pago no solo les da la *forma de dinero*, sino también el *equivalente* que les falta, en la forma que sea, para pagar». Y además, en el cap. XXXIII: «Con un sistema de crédito desarrollado, en el que el dinero se concentra en manos de los bancos, son estos, al menos *nominalmente*, quienes lo adelantan. Este adelanto se refiere solo al dinero que se encuentra en circulación. Es un adelanto de *circulación*, no un adelanto de los capitales que esta hace circular». También el señor Chapman, que tiene que saberlo, confirma la concepción expuesta del negocio de descuento, B.C., 1857:

> «El banquero tiene la letra, el banquero ha comprado *la letra*». Evid., pregunta 5139.

Por lo demás, en el cap. XXVIII volveremos de nuevo sobre este tema. — F. E.}

> 3744. «¿Quiere tener la bondad de describir lo que entiende usted realmente por la expresión capital?». {Respuesta de Overstone.} «El capital consiste en diversas mercancías por medio de las cuales se mantienen en marcha los negocios (capital consists of various commodities, by the means of which trade is carried on); hay capital fijo y hay capital circulante. Sus barcos, sus muelles, sus astilleros son capital fijo; sus medios de subsistencia, sus ropas, etc., son capital circulante».

> 3745. «¿Tiene la salida de oro al extranjero consecuencias perjudiciales para Inglaterra? — No, siempre que se asocie a esta palabra un sentido racional».

(Ahora viene la vieja teoría ricardiana del dinero.)

> [...] «En el estado natural de las cosas, el dinero del mundo se distribuye entre los distintos países del mundo en ciertas proporciones; estas proporciones son tales que, con esa distribución» {del dinero}, «el tráfico entre un país cualquiera, por un lado, y todos los demás países del mundo, por el otro, es un mero tráfico de trueque; pero hay influencias perturbadoras que de tiempo en tiempo afectan a esta distribución, y cuando surgen estas influencias, una parte del dinero de un país dado sale hacia otros países». 3746. «Usted emplea ahora la expresión: dinero. Si antes le entendí bien, a esto lo llamaba usted una pérdida de capital. — ¿Qué llamé yo una pérdida de capital?». 3747. «La salida de oro. — No, eso no lo dije. Si usted trata el oro como capital, entonces es sin duda una pérdida de capital; es la entrega de cierta proporción del metal precioso de que consiste el dinero mundial». 3748. «¿No dijo usted antes que un cambio en la tasa de descuento es un mero indicio de un cambio en el valor del capital? — Sí». 3749. «¿Y que la tasa de descuento cambia en general con la reserva de oro del Banco de Inglaterra? — Sí; pero ya he dicho que las fluctuaciones del tipo de interés que nacen de un cambio en la cantidad de dinero» (así pues, por esto entiende aquí la cantidad del oro real) «de un país son muy insignificantes [...]».

> 3750. «¿Quiere usted decir, entonces, que ha habido una disminución del capital cuando ha habido una subida más prolongada, pero solo pasajera, del descuento por encima del tipo habitual? — Una disminución en cierto sentido de la palabra. La relación entre el capital y la demanda de él ha cambiado; pero posiblemente por un aumento de la demanda, no por una disminución de la cantidad del capital».

(Pero si precisamente el capital era = dinero u oro, y un poco antes la subida del tipo de interés se explicaba por la alta tasa de ganancia, que nacía de la expansión, no de la restricción, de los negocios o del capital.)

> 3751. «¿Qué clase de capital es ese que tiene usted aquí especialmente en vista? — Eso depende por completo de qué clase de capital necesite cada uno. Es el capital que la nación tiene a su disposición para proseguir sus negocios, y si estos negocios se duplican, tiene que producirse un gran aumento de la demanda del capital con el que han de proseguirse».

(Este astuto banquero duplica primero los negocios y luego, a posteriori, la demanda del capital con el que han de duplicarse. Siempre ve solo a su cliente, que pide al señor Loyd un capital mayor para duplicar su negocio.)

> «El capital es como cualquier otra mercancía»; (pero, según el señor Loyd, el capital no es precisamente otra cosa que el conjunto de las mercancías) «cambia de precio» (las mercancías cambian, pues, doblemente de precio, una vez qua mercancías, la otra qua capital) «según la demanda y la oferta».

> 3752. «Las fluctuaciones de la tasa de descuento están en general relacionadas con las fluctuaciones del importe de oro en la cámara del tesoro del Banco. ¿Es este el capital al que se refiere usted? — No». 3753. «¿Puede usted dar un ejemplo en que en el Banco de Inglaterra se hubiera acumulado una gran reserva de capital y al mismo tiempo la tasa de descuento estuviera alta? — En el Banco de Inglaterra no se acumula capital, sino dinero». 3754. «Ha declarado usted que el tipo de interés depende de la cantidad de capital; ¿quiere tener la bondad de indicar a qué capital se refiere y si puede citar un ejemplo en que hubiera una gran reserva de oro en el Banco y al mismo tiempo el tipo de interés estuviera alto? — Es muy probable» (¡ajá!) «que la acumulación de oro en el Banco coincida con un tipo de interés bajo, porque un período de menor demanda de capital» (a saber, de capital dinerario; la época de que aquí se trata, 1844 y 1845, fueron tiempos de prosperidad) «es un período durante el cual, naturalmente, puede acumularse el medio o instrumento en virtud del cual se dispone del mando sobre el capital». 3755. «¿Cree usted, pues, que no existe ninguna conexión entre la tasa de descuento y la masa de oro del tesoro del Banco? — Puede que exista una conexión, pero no es una conexión de principio»; (sin embargo, su ley bancaria de 1844 convierte precisamente en principio del Banco de Inglaterra regular el tipo de interés según la masa de oro que tiene en su poder) «pueden darse al mismo tiempo (there may be a coincidence of time)». 3758. «¿Quiere decir usted, entonces, que la dificultad de los comerciantes de este país, en una época de escasez de dinero, a consecuencia de una alta tasa de descuento, consiste en conseguir capital y no en conseguir dinero? — Usted mezcla dos cosas que yo no junto de esa forma; la dificultad consiste en conseguir capital, y la dificultad es igualmente conseguir dinero [...] La dificultad de conseguir dinero y la dificultad de conseguir capital son la misma dificultad, considerada en dos fases distintas de su curso».

Aquí el pez vuelve a quedar atrapado. La primera dificultad es descontar una letra u obtener un adelanto sobre prenda de mercancías. Es la dificultad de convertir en dinero capital o un signo comercial de valor que representa capital. Y esta dificultad se expresa, entre otras cosas, en el alto tipo de interés. Pero, una vez recibido el dinero, ¿en qué consiste entonces la segunda dificultad? Si solo se trata de pagar, ¿encuentra alguien dificultades para deshacerse de su dinero? Y si se trata de comprar, ¿quién ha encontrado nunca, en tiempos de crisis, dificultades para hacer compras? Y aun suponiendo que esto se refiriera al caso particular de una carestía del trigo, del algodón, etc., esta dificultad solo podría mostrarse no en el valor del capital dinerario, es decir, en el tipo de interés, sino en el precio de la mercancía; y esta dificultad ya está superada por el hecho de que nuestro hombre tiene ahora el dinero para comprarla.

> 3760. «¿Pero una tasa de descuento más alta es, sin embargo, una mayor dificultad para obtener dinero? — Es una mayor dificultad para obtener dinero, pero no es el dinero lo que importa poseer; es solo la forma» (y esta forma lleva ganancia al bolsillo del banquero) «en que la mayor dificultad de obtener capital se presenta en las complicadas relaciones de un estado civilizado».

> 3763. {Respuesta de Overstone:} «El banquero es el intermediario que por un lado recibe depósitos y por el otro emplea estos depósitos confiándolos, *en forma de capital*, a manos de personas que, etc.».

Aquí tenemos por fin lo que *él* entiende por capital. Transforma el dinero en capital «confiándolo», o, menos eufemísticamente, prestándolo a interés.

Después de haber dicho antes el señor Overstone que el cambio de la tasa de descuento no guarda una conexión esencial con el cambio del importe del tesoro de oro del Banco o de la cantidad del dinero existente, sino a lo sumo una conexión de simultaneidad, repite:

> 3805. «Si el dinero del país disminuye por su salida, su valor sube, y el Banco de Inglaterra tiene que adaptarse a este cambio del valor del dinero».

(Es decir, en el valor del dinero *como capital*, en otras palabras, en el tipo de interés, pues el valor del dinero *como dinero*, comparado con las mercancías, sigue siendo el mismo.)

> «Lo cual se expresa técnicamente diciendo que eleva el tipo de interés».

> 3819. «Nunca confundo las dos cosas».

A saber, el dinero y el capital, por la sencilla razón de que nunca los distingue.

3834. «La enorme suma que» (por el trigo en el año 1847) «hubo que pagar para el sustento necesario del país, y que *de hecho era capital*».

> 3841. «Las fluctuaciones de la tasa de descuento tienen indudablemente una relación muy estrecha con el estado de la reserva de oro» {del Banco de Inglaterra}, «pues el estado de la reserva es el indicador del aumento o la disminución de la cantidad de dinero existente en el país; y en la proporción en que el dinero del país aumenta o disminuye, baja o sube el valor del dinero, y la tasa de descuento del Banco se adaptará a ello».

Aquí, pues, admite lo que en el n.º 3755 negaba de una vez por todas.

> 3842. «Existe una estrecha conexión entre ambos».

A saber, entre la cantidad del oro en el issue department y la reserva de billetes en el banking department.[^k14-t5] Aquí explica el cambio del tipo de interés por el cambio de la cantidad de dinero. Y lo que dice es falso. La reserva puede disminuir porque el dinero que circula en el país aumenta. Este es el caso cuando el público toma más billetes y el tesoro metálico no disminuye. Pero entonces sube el tipo de interés, porque en ese caso el capital bancario del Banco de Inglaterra está limitado por la ley de 1844. Pero de esto no puede hablar, ya que, a consecuencia de esta ley, los dos departamentos del Banco no tienen nada en común entre sí.

> 3859. «Una alta tasa de ganancia engendrará siempre una gran demanda de capital; una gran demanda de capital hará subir su valor».

Aquí está, pues, por fin, la conexión entre una alta tasa de ganancia y la demanda de capital tal como se la imagina Overstone. Ahora bien, en 1844/45, por ejemplo, reinaba en la industria algodonera una alta tasa de ganancia, porque, con una fuerte demanda de artículos de algodón, el algodón en rama estaba barato y siguió estando barato. El valor del capital (y, según un pasaje anterior, Overstone llama capital a lo que cada cual necesita en su negocio), es decir, aquí el valor del algodón en rama, no aumentó para el fabricante. Ahora bien, puede que la alta tasa de ganancia indujera a más de un fabricante de algodón a tomar dinero prestado para ampliar su negocio. Con ello subió su demanda de capital *dinerario*, y de nada más.

> 3889. «El oro puede ser dinero o no, exactamente igual que el papel puede ser un billete de banco o no».

> 3896. «¿Le entiendo bien, entonces, en el sentido de que abandona usted la tesis que aplicó en 1840: que las fluctuaciones de los billetes en circulación del Banco de Inglaterra debían regirse por las fluctuaciones del importe del tesoro de oro? — La abandono en la medida en que [...] según el estado actual de nuestros conocimientos, a los billetes en circulación tenemos que sumar además aquellos billetes que se encuentran en la reserva bancaria del Banco de Inglaterra».

Esto es superlativo. La disposición arbitraria de que el Banco fabrique tantos billetes de papel como oro tenga en el tesoro, y 14 millones más, implica naturalmente que su emisión de billetes fluctúe con las fluctuaciones del tesoro de oro. Pero como «el estado actual de nuestros conocimientos» mostraba claramente que la masa de billetes que el Banco puede fabricar según esto (y que el issue department transfiere al banking department), que esta circulación entre los dos departamentos del Banco de Inglaterra, que fluctúa con las fluctuaciones del tesoro de oro, no determina las fluctuaciones de la circulación de los billetes de banco fuera de los muros del Banco de Inglaterra, esta última, la circulación real, se vuelve ahora indiferente para la administración del Banco, y lo único decisivo pasa a ser la circulación entre los dos departamentos del Banco, cuya diferencia respecto de la real se muestra en la reserva. Para el mundo exterior solo tiene importancia en la medida en que la reserva indica hasta qué punto se acerca el Banco al máximo legal de su emisión de billetes y cuánto pueden obtener todavía los clientes del Banco del banking department.

De la mala fides de Overstone, el siguiente ejemplo brillante:

> 4243. «¿Fluctúa en su opinión la cantidad de capital de un mes a otro en tal grado que su valor se modifica por ello del modo que hemos visto en los últimos años en las fluctuaciones de la tasa de descuento? — La relación entre la demanda y la oferta de capital puede indudablemente fluctuar incluso en períodos cortos [...] Si Francia anuncia mañana que quiere tomar un empréstito muy grande, eso causará sin duda inmediatamente un gran cambio *en el valor del dinero*, *es decir, en el valor del capital* en Inglaterra».

> 4245. «Si Francia anuncia que de repente necesita para algún fin mercancías por valor de 30 millones, surgirá una gran demanda de *capital*, para emplear la expresión más científica y más sencilla».

> 4246. «El *capital* que Francia querría comprar con su empréstito es *una* cosa; el *dinero* con el que Francia lo compra es otra cosa; ¿es el *dinero* lo que cambia de valor, o no? — Volvemos a la vieja cuestión, y esta, creo, es más propia del gabinete de estudio de un erudito que de esta sala del comité».

Y con esto se retira, pero no al gabinete de estudio.[^k14-84]

## Capítulo vigesimoséptimo. El papel del crédito en la producción capitalista

Las observaciones generales a que nos ha dado ocasión hasta ahora el sistema crediticio eran las siguientes:

I. Su formación necesaria para mediar la nivelación de la tasa de ganancia, o el movimiento de esta nivelación, sobre el que descansa toda la producción capitalista.

II. Reducción de los gastos de circulación.

1. Uno de los principales gastos de circulación es el propio dinero, en cuanto es valor por sí mismo. El crédito lo economiza de tres maneras.

A. Al desaparecer por completo en una gran parte de las transacciones.

B. Al acelerarse la circulación del medio circulante.[^k15-85] Esto coincide en parte con lo que hay que decir en el punto 2. Por un lado, en efecto, la aceleración es técnica; es decir, siendo por lo demás iguales la magnitud y la cantidad de los intercambios reales de mercancías que median el consumo, una masa menor de dinero o de signos de dinero presta el mismo servicio. Esto tiene que ver con la técnica de la banca. Por otro lado, el crédito acelera la velocidad de la metamorfosis de las mercancías y, con ello, la velocidad de la circulación del dinero.

C. Sustitución del dinero de oro por papel.

2. Aceleración, mediante el crédito, de las distintas fases de la circulación o de la metamorfosis de las mercancías, y además de la metamorfosis del capital, y con ello aceleración del proceso de reproducción en general. (Por otro lado, el crédito permite mantener separados durante más tiempo los actos de comprar y de vender, y por eso sirve de base a la especulación.) Contracción de los fondos de reserva, lo que puede considerarse de dos maneras: por un lado, como disminución del medio circulante; por otro, como limitación de la parte del capital que tiene que existir siempre en forma de dinero.[^k15-86]

III. Formación de sociedades por acciones. Con ello:

1. Enorme ampliación de la escala de la producción, y empresas que eran imposibles para los capitales individuales. A la vez, empresas que antes eran empresas del gobierno se vuelven sociales.

2. El capital, que en sí descansa sobre un modo social de producción y presupone una concentración social de medios de producción y de fuerzas de trabajo, recibe aquí directamente la forma de capital social (capital de individuos directamente asociados) en oposición al capital privado, y sus empresas se presentan como empresas sociales en oposición a las empresas privadas. Es la supresión[^k15-t1] del capital como propiedad privada dentro de los límites del propio modo de producción capitalista.

3. Transformación del capitalista realmente en funciones en un mero director, administrador de capital ajeno, y de los propietarios del capital en meros propietarios, meros capitalistas dinerarios. Aun cuando los dividendos que perciben incluyan el interés y la ganancia empresarial, es decir, la ganancia total (pues el sueldo del director es, o debe ser, mero salario de cierto tipo de trabajo cualificado, cuyo precio se regula en el mercado de trabajo como el de cualquier otro trabajo), esta ganancia total ya solo se percibe en la forma del interés, es decir, como mera remuneración de la propiedad del capital, que ahora queda separada de la función en el proceso real de reproducción exactamente igual que esta función, en la persona del director, queda separada de la propiedad del capital. La ganancia se presenta así (y ya no solo una parte de ella, el interés, que extrae su justificación de la ganancia del prestatario) como mera apropiación de plustrabajo ajeno, que brota de la transformación de los medios de producción en capital, es decir, de su extrañamiento respecto de los productores reales, de su oposición, como propiedad ajena, a todos los individuos que actúan realmente en la producción, desde el director hasta el último jornalero. En las sociedades por acciones la función está separada de la propiedad del capital y, por tanto, también el trabajo está completamente separado de la propiedad de los medios de producción y del plustrabajo. Este resultado del máximo desarrollo de la producción capitalista es un punto de paso necesario para la reconversión del capital en propiedad de los productores, pero ya no como propiedad privada de productores aislados, sino como propiedad de ellos en cuanto asociados, como propiedad social inmediata. Es, por otro lado, punto de paso para la transformación de todas las funciones que en el proceso de reproducción seguían hasta ahora ligadas a la propiedad del capital en meras funciones de los productores asociados, en funciones sociales.

Antes de seguir adelante hay que señalar todavía esto, que es importante desde el punto de vista económico: como la ganancia adopta aquí puramente la forma del interés, tales empresas siguen siendo posibles aunque solo rindan el mero interés, y esta es una de las razones que frenan la caída de la tasa general de ganancia, ya que estas empresas, en las que el capital constante guarda una proporción tan enorme con el variable, no entran necesariamente en la nivelación de la tasa general de ganancia.

{Desde que Marx escribió lo anterior se han desarrollado, como es sabido, nuevas formas de explotación industrial que representan la segunda y la tercera potencia de la sociedad por acciones. A la rapidez, que crece día a día, con que hoy puede aumentarse la producción en todos los ámbitos de la gran industria se contrapone la lentitud, cada vez mayor, con que se amplía el mercado para estos productos acrecentados. Lo que aquella fabrica en meses, este apenas puede absorberlo en años. A ello se suma la política aduanera proteccionista, con la que cada país industrial se cierra frente a los demás, y en particular frente a Inglaterra, y aumenta además artificialmente la capacidad productiva nacional. Las consecuencias son una sobreproducción crónica general, precios deprimidos, ganancias que bajan e incluso desaparecen por completo; en suma, la tan cacareada libertad de la competencia ha agotado su repertorio y tiene que anunciar ella misma su manifiesta y escandalosa bancarrota. Y lo hace porque en cada país los grandes industriales de una rama determinada se unen en un cártel para regular la producción. Un comité fija la cantidad que ha de producir cada establecimiento y reparte en última instancia los pedidos que van llegando. En algunos casos se llegó temporalmente incluso a cárteles internacionales, así entre la producción siderúrgica inglesa y la alemana. Pero tampoco esta forma de socialización de la producción bastaba todavía. La oposición de intereses de las distintas firmas comerciales la rompía con demasiada frecuencia y restablecía la competencia. Así se llegó a concentrar, en algunas ramas en que el nivel de la producción lo permitía, toda la producción de esa rama de negocio en *una* gran sociedad por acciones con dirección única. En América esto se ha llevado a cabo ya varias veces; en Europa, el mayor ejemplo hasta ahora es el United Alkali Trust,[^k15-t2] que ha puesto toda la producción británica de álcali en manos de una sola firma. Los antiguos propietarios de las distintas fábricas —más de treinta— han recibido en acciones el valor de tasación de todas sus instalaciones, en total unos 5 millones de £, que representan el capital fijo del trust. La dirección técnica sigue en las mismas manos que hasta ahora, pero la gestión comercial está concentrada en manos de la dirección general. El capital de circulación (floating capital), por un importe de alrededor de un millón de £, se ofreció al público para su suscripción. Capital total, pues, 6 millones de £. Así, en esta rama, que constituye la base de toda la industria química, la competencia ha sido sustituida en Inglaterra por el monopolio, y se ha preparado del modo más satisfactorio la futura expropiación por la sociedad entera, por la nación. — F. E.}

Es esta la supresión del modo de producción capitalista dentro del propio modo de producción capitalista y, por tanto, una contradicción que se suprime a sí misma, que prima facie se presenta como mero punto de paso hacia una nueva forma de producción. Como tal contradicción se presenta luego también en la manifestación. En ciertas esferas instaura el monopolio y provoca por ello la intervención del Estado. Reproduce una nueva aristocracia financiera, una nueva especie de parásitos en figura de proyectistas, fundadores y directores meramente nominales; todo un sistema de estafa y de fraude en materia de fundaciones de sociedades, emisión de acciones y comercio de acciones. Es producción privada sin el control de la propiedad privada.

IV. Prescindiendo del sistema de las acciones —que es una supresión de la industria privada capitalista sobre la base del propio sistema capitalista y que, en la misma medida en que se extiende y se apodera de nuevas esferas de producción, aniquila la industria privada—, el crédito ofrece al capitalista individual, o a quien pasa por capitalista, una disposición absoluta, dentro de ciertos límites, sobre capital ajeno y propiedad ajena, y por ende sobre trabajo ajeno.[^k15-87] La disposición sobre capital social, no propio, le da disposición sobre trabajo social. El capital mismo que uno posee, realmente o en la opinión del público, pasa a ser ya solo la base de la superestructura crediticia. Esto vale especialmente en el comercio al por mayor, por cuyas manos pasa la mayor parte del producto social. Todas las medidas, todas las razones explicativas todavía más o menos legítimas dentro del modo de producción capitalista desaparecen aquí. Lo que arriesga el comerciante mayorista que especula es propiedad social, no *suya*. Igual de absurda se vuelve la frase sobre el origen del capital en el ahorro, pues lo que él exige es precisamente que *otros* ahorren para él. {Como recientemente Francia entera ha ahorrado mil quinientos millones de francos para los estafadores de Panamá.[^k15-t3] Y es que aquí está descrita con toda exactitud la estafa de Panamá entera, veinte años enteros antes de que ocurriera. — F. E.} A la otra frase, la de la renuncia, le da una bofetada en pleno rostro su lujo, que ahora se convierte él mismo en medio de crédito. Representaciones que en un estadio menos desarrollado de la producción capitalista todavía tienen un sentido pierden aquí todo sentido. El éxito y el fracaso conducen aquí a la vez a la centralización de los capitales y, por tanto, a la expropiación en la escala más enorme. La expropiación se extiende aquí de los productores directos a los propios capitalistas pequeños y medianos. Esta expropiación es el punto de partida del modo de producción capitalista; su realización es su meta, y en última instancia la expropiación de los medios de producción a todos los individuos, medios de producción que, con el desarrollo de la producción social, dejan de ser medios de la producción privada y productos de la producción privada, y ya solo pueden ser medios de producción en manos de los productores asociados y, por tanto, su propiedad social, como son su producto social. Pero dentro del propio sistema capitalista esta expropiación se presenta en una figura antagónica, como apropiación de la propiedad social por unos pocos; y el crédito da a estos pocos cada vez más el carácter de puros aventureros. Como la propiedad existe aquí en la forma de la acción, su movimiento y su transferencia se convierten en puro resultado del juego de bolsa, en el que los peces pequeños son devorados por los tiburones y las ovejas por los lobos de la bolsa. En el sistema de las acciones existe ya una oposición a la forma antigua, en la que el medio social de producción aparece como propiedad individual; pero la transformación en la forma de la acción sigue presa, ella misma, de las barreras capitalistas; por eso, en lugar de superar la oposición entre el carácter de la riqueza como riqueza social y como riqueza privada, no hace más que desarrollarla en una nueva figura.

Las fábricas cooperativas de los propios obreros son, dentro de la forma antigua, la primera ruptura de la forma antigua, aunque naturalmente en todas partes, en su organización real, reproducen y tienen que reproducir todos los defectos del sistema existente. Pero dentro de ellas está suprimida la oposición entre capital y trabajo, aunque al principio solo en la forma de que los obreros, como asociación, son su propio capitalista, es decir, emplean los medios de producción para la valorización de su propio trabajo. Muestran cómo, en cierto grado de desarrollo de las fuerzas productivas materiales y de las formas sociales de producción que le corresponden, de un modo de producción se desarrolla y se forma de manera natural un nuevo modo de producción. Sin el sistema fabril surgido del modo de producción capitalista no podría desarrollarse la fábrica cooperativa, ni tampoco sin el sistema de crédito surgido del mismo modo de producción. Este último, así como constituye la base principal para la transformación paulatina de las empresas privadas capitalistas en sociedades capitalistas por acciones, ofrece igualmente los medios para la extensión paulatina de las empresas cooperativas a una escala más o menos nacional. Las empresas capitalistas por acciones han de considerarse, igual que las fábricas cooperativas, como formas de transición del modo de producción capitalista al asociado, solo que en las unas la oposición está suprimida negativamente y en las otras positivamente.

Hasta aquí hemos considerado el desarrollo del sistema crediticio —y la supresión latente de la propiedad del capital contenida en él— principalmente en relación con el capital industrial. En los capítulos siguientes consideraremos el crédito en relación con el capital que devenga interés como tal, tanto su efecto sobre este como la forma que adopta en ello; y en esto hay que hacer, en general, todavía algunas observaciones específicamente económicas.

Antes, todavía esto:

Si el sistema crediticio aparece como palanca principal de la sobreproducción y de la sobreespeculación en el comercio, es solo porque el proceso de reproducción, que por su naturaleza es elástico, se fuerza aquí hasta el límite extremo, y se fuerza precisamente porque una gran parte del capital social la emplean quienes no son sus propietarios, que por eso se lanzan con un ímpetu muy distinto del propietario que sopesa con temor las barreras de su capital privado, en la medida en que él mismo está en funciones. Con ello solo sale a relucir que la valorización del capital, fundada en el carácter antagónico de la producción capitalista, solo permite hasta cierto punto el desarrollo real y libre y, por tanto, constituye de hecho una traba y una barrera inmanentes de la producción, que el sistema crediticio rompe constantemente.[^k15-88] Por eso el sistema crediticio acelera el desarrollo material de las fuerzas productivas y la creación del mercado mundial, cuya producción hasta cierto grado de altura, como bases materiales de la nueva forma de producción, es la tarea histórica del modo de producción capitalista. Al mismo tiempo, el crédito acelera los estallidos violentos de esta contradicción, las crisis, y con ello los elementos de la disolución del viejo modo de producción.

Los caracteres de doble cara inmanentes al sistema de crédito: por un lado, desarrollar el resorte de la producción capitalista, el enriquecimiento mediante la explotación del trabajo ajeno, hasta convertirlo en el más puro y colosal sistema de juego y de estafa, y limitar cada vez más el número de los pocos que explotan la riqueza social; pero, por otro lado, constituir la forma de transición hacia un nuevo modo de producción; esta doble cara es la que da a los principales pregoneros del crédito, desde Law hasta Isaac Péreire, su agradable carácter mixto de estafadores y profetas.[^k15-t4]

## Capítulo vigesimoctavo. Medio de circulación y capital. La concepción de Tooke y Fullarton

La diferencia entre circulación y capital tal como la hacen Tooke,[^k15-89] Wilson[^k15-t5] y otros, y en la que las diferencias entre el medio de circulación como dinero, como capital dinerario en general y como capital que devenga interés (moneyed capital en el sentido inglés) se mezclan a tontas y a locas, se reduce a dos cosas.

El medio de circulación circula, por un lado, como *moneda* (dinero), en cuanto media el *gasto* de *rédito*, es decir, el tráfico entre los consumidores individuales y los minoristas, categoría en la que han de contarse todos los comerciantes que venden a los consumidores, a los consumidores individuales a diferencia de los consumidores productivos o productores. Aquí el dinero circula en la función de moneda, aunque constantemente *repone capital*. Cierta parte del dinero de un país está dedicada constantemente a esta función, aunque esta parte se compone de piezas de dinero sueltas que cambian sin cesar. En cambio, en cuanto el dinero media la *transferencia de capital*, sea como medio de compra (medio de circulación), sea como medio de pago, es *capital*. No es, pues, ni la función de medio de compra ni la de medio de pago lo que lo distingue de la moneda, pues también entre comerciante y comerciante puede funcionar como medio de compra, en la medida en que se compran unos a otros al contado, y también entre comerciante y consumidor puede figurar como medio de pago, en la medida en que se da crédito y el rédito se consume primero y se paga después. La diferencia es, pues, que en el segundo caso este dinero no solo repone capital para una de las partes, el vendedor, sino que la otra parte, el comprador, también lo gasta, lo adelanta como capital. La diferencia es, pues, de hecho, la que hay entre *forma de dinero del rédito* y *forma de dinero del capital*, pero no la que hay entre circulación y capital, pues como mediadora entre los comerciantes, igual que como mediadora entre consumidores y comerciantes, *circula* una parte del dinero determinada en cuanto a su cantidad, y es, en consecuencia, *circulación* por igual en *ambas* funciones. En la concepción de Tooke se introduce ahora confusión de diversa índole:

1. Por la confusión de las determinaciones funcionales;

2. por la intromisión de la cuestión de la cantidad del dinero que circula en ambas funciones tomadas en conjunto;

3. por la intromisión de la cuestión de las proporciones relativas, entre sí, de las cantidades de medios de circulación que circulan en ambas funciones y, por tanto, en ambas esferas del proceso de reproducción.

Ad 1. La confusión de las determinaciones funcionales, según la cual el dinero es en una forma circulación (currency) y en la otra forma capital. En cuanto el dinero sirve en una u otra función, sea para la realización de rédito o para la transferencia de capital, funciona en la compra y la venta o en el pago como medio de compra o medio de pago y, en el sentido amplio de la palabra, como medio de circulación. La determinación ulterior que tiene en la cuenta de quien lo gasta o de quien lo recibe, la de representar para él capital o rédito, no altera absolutamente nada de esto, y ello se muestra además por partida doble. Aunque las clases de dinero que circulan en ambas esferas son distintas, la misma pieza de dinero, p. ej. un billete de cinco libras, pasa de una esfera a la otra y cumple alternativamente ambas funciones; lo cual es inevitable ya por el solo hecho de que el minorista no puede dar a su capital la forma de dinero más que en la forma de la moneda que recibe de sus compradores. Puede suponerse que la moneda fraccionaria propiamente dicha tiene el centro de gravedad de su circulación en el ámbito del comercio al por menor; el minorista la necesita constantemente para dar cambio y la recibe constantemente de vuelta de sus clientes en pago. Pero también recibe dinero, es decir, moneda del metal que es medida de valor, o sea, en Inglaterra, piezas de una libra, e incluso billetes de banco, en particular billetes de pequeño importe, p. ej. de 5 y 10 libras. Estas piezas de oro y estos billetes, junto con la moneda fraccionaria que eventualmente le sobre, los deposita cada día o cada semana en su banco y paga con ellos, mediante órdenes de pago contra su depósito bancario, sus compras. Pero esas mismas piezas de oro y esos billetes son retirados de nuevo de los bancos, directa o indirectamente (p. ej., el cambio menudo, por los fabricantes, para el pago de salarios), con la misma constancia, por todo el público en su calidad de consumidor, como forma de dinero de su rédito, y refluyen constantemente a los minoristas, a quienes así les realizan de nuevo una parte de su capital, pero a la vez también de su rédito. Esta última circunstancia es importante y Tooke la pasa por alto por completo. Solo en cuanto el dinero se desembolsa como capital dinerario, al comienzo del proceso de reproducción (libro II, sección I), existe el valor de capital puramente como tal. Pues en la mercancía producida no solo se encierra capital, sino ya también la plusvalía; no es solo capital en sí, sino capital ya devenido, capital con la fuente de rédito incorporada a él. Lo que el minorista entrega por el dinero que refluye a él, su mercancía, es pues para él capital más ganancia, capital más rédito.

Además, al refluir al minorista, el dinero circulante restablece la forma de dinero de su capital.

Transformar la diferencia entre la circulación como circulación de rédito y como circulación de capital en una diferencia entre circulación y capital es, pues, completamente erróneo. Este modo de hablar le viene a Tooke de que se sitúa simplemente en el punto de vista del banquero que emite billetes propios. El importe de sus billetes que se encuentra constantemente (aunque siempre compuesto de otros billetes) en manos del público y funciona como medio de circulación no le cuesta nada salvo el papel y la impresión. Son títulos de deuda circulantes (letras) extendidos contra él mismo, pero que le aportan dinero y le sirven así como medio para valorizar su capital. Pero son distintos de su capital, sea este propio o tomado en préstamo. De ahí surge para él una diferencia especial entre circulación y capital, que, sin embargo, no tiene nada que ver con las determinaciones conceptuales como tales, y menos que con ninguna con las que acaba de establecer Tooke.

La distinta determinación —el que funcione como forma de dinero del rédito o del capital— no cambia por lo pronto nada del carácter del dinero como medio de circulación; este carácter lo conserva, cumpla una u otra función. Es cierto que el dinero, cuando aparece como forma de dinero del rédito, funciona más como medio de circulación propiamente dicho (moneda, medio de compra), debido a la dispersión de estas compras y ventas y porque la mayoría de quienes gastan rédito, los obreros, pueden comprar relativamente poco a crédito; mientras que en el tráfico del mundo comercial, donde el medio de circulación es forma de dinero del capital, en parte por la concentración, en parte por el sistema de crédito predominante, el dinero funciona principalmente como medio de pago. Pero la diferencia entre el dinero como medio de pago y el dinero como medio de compra (medio de circulación) es una distinción que corresponde al propio dinero; no una diferencia entre dinero y capital. Porque en el comercio al por menor circule más cobre y plata, y en el al por mayor más oro, la diferencia entre la plata y el cobre por un lado y el oro por el otro no es la diferencia entre circulación y capital.

Ad 2. Intromisión de la cuestión de la cantidad del dinero que circula en ambas funciones juntas: en la medida en que el dinero circula, sea como medio de compra, sea como medio de pago —no importa en cuál de las dos esferas, e independientemente de su función de realizar rédito o capital—, para la cantidad de su masa circulante rigen las leyes desarrolladas anteriormente al considerar la circulación simple de mercancías, libro I, cap. III, 2 b. El grado de la velocidad de circulación, es decir, el número de repeticiones de la misma función como medio de compra y de pago por las mismas piezas de dinero en un período dado, la masa de las compras y ventas, o de los pagos, simultáneos, la suma de precios de las mercancías circulantes y, por último, los balances de pagos que han de saldarse en el mismo tiempo determinan en ambos casos la masa del dinero circulante, de la currency. Que el dinero que funciona así represente capital o rédito para quien paga o para quien recibe es indiferente, no cambia absolutamente nada del asunto. Su masa está determinada simplemente por su función de medio de compra y de pago.

Ad 3. Sobre la cuestión de las proporciones relativas de las cantidades de medios de circulación que circulan en ambas funciones y, por tanto, en ambas esferas del proceso de reproducción. Ambas esferas de la circulación están en una conexión interna, ya que, por un lado, la masa de los réditos que han de gastarse expresa el volumen del consumo y, por otro, la magnitud de las masas de capital que circulan en la producción y el comercio expresa el volumen y la velocidad del proceso de reproducción. Pese a ello, las mismas circunstancias actúan de manera distinta, e incluso en dirección opuesta, sobre las cantidades de las masas de dinero que circulan en ambas funciones o esferas, o sobre las cantidades de la circulación, como dicen los ingleses en su lenguaje bancario. Y esto da nuevo pie a la absurda distinción de Tooke entre circulación y capital. La circunstancia de que los señores de la teoría de la currency confundan dos cosas dispares no es en absoluto una razón para presentarlas como diferencias conceptuales.

En tiempos de prosperidad, de gran expansión, aceleración y energía del proceso de reproducción, los obreros están plenamente ocupados. Por lo general se produce también un aumento del salario, que compensa en cierta medida su caída por debajo del nivel medio en los demás períodos del ciclo comercial. Al mismo tiempo crecen considerablemente los réditos de los capitalistas. El consumo aumenta en general. Los precios de las mercancías suben también regularmente, al menos en diversas ramas de negocio decisivas. En consecuencia, la cantidad del dinero circulante crece, al menos dentro de ciertos límites, ya que la mayor velocidad del curso pone a su vez barreras al crecimiento de la masa del medio en curso. Como la parte del rédito social que consiste en salario la adelanta originariamente el capitalista industrial en la forma de capital variable y siempre en forma de dinero, en tiempos de prosperidad requiere más dinero para su circulación. Pero no debemos contarlo dos veces: una como dinero necesario para la circulación del capital variable y otra como dinero necesario para la circulación del rédito de los obreros. El dinero pagado a los obreros como salario se gasta en el tráfico al por menor y vuelve así, más o menos semanalmente, a los bancos como depósito de los minoristas, después de haber mediado aún toda clase de negocios intermedios en ciclos más pequeños. En tiempos de prosperidad, el reflujo del dinero se desarrolla sin tropiezos para los capitalistas industriales, y así su necesidad de facilidades monetarias no aumenta por tener que pagar más salario, por necesitar más dinero para la circulación de su capital variable.

El resultado global es que en los períodos de prosperidad la masa de los medios de circulación que sirve para el gasto de rédito crece decididamente.

En cuanto a la circulación necesaria para la transferencia de capital, es decir, solo entre los propios capitalistas, esta época de negocios boyantes es a la vez el período del crédito más elástico y más fácil. La velocidad de la circulación entre capitalista y capitalista está regulada directamente por el crédito, y la masa del medio de circulación requerida para saldar los pagos e incluso para las compras al contado disminuye, pues, en proporción. Puede extenderse en términos absolutos, pero en todo caso disminuye relativamente, comparada con la expansión del proceso de reproducción. Por un lado, se liquidan pagos en masa mayores sin intervención alguna de dinero; por otro, dada la gran vivacidad del proceso, reina un movimiento más rápido de las mismas cantidades de dinero, tanto como medio de compra como de pago. La misma masa de dinero media el reflujo de un número mayor de capitales individuales.

En conjunto, en tales períodos el curso del dinero aparece lleno (full), aunque la parte II (transferencia de capital) se contrae, al menos relativamente, mientras que la parte I (gasto de rédito) se extiende en términos absolutos.

Los reflujos expresan la reconversión del capital mercantil en dinero, D – M – D′, como se ha visto al considerar el proceso de reproducción, libro II, sección I. El crédito hace que el reflujo en forma de dinero sea independiente del momento del reflujo real, ya sea para el capitalista industrial, ya para el comerciante. Cada uno de ellos vende a crédito; su mercancía, pues, está enajenada antes de reconvertirse para él en dinero, es decir, antes de haber refluido a él mismo en forma de dinero. Por otra parte, compra a crédito, y así el valor de su mercancía se ha reconvertido para él, sea en capital productivo, sea en capital mercantil, ya antes de que este valor se haya transformado realmente en dinero, antes de que el precio de la mercancía haya vencido y se haya pagado. En tales tiempos de prosperidad, el reflujo se desarrolla con facilidad y sin tropiezos. El minorista paga con seguridad al mayorista, este al fabricante, este al importador de la materia prima, etc. La apariencia de reflujos rápidos y seguros se mantiene siempre durante bastante tiempo después de que haya pasado su realidad, gracias al crédito, que ya está en marcha, puesto que los reflujos de crédito ocupan el lugar de los reales. Los bancos empiezan a olerse algo en cuanto sus clientes ingresan más letras que dinero. Véase la declaración, citada antes, del director del banco de Liverpool, pág. 398.[^k15-t8]

Cabe intercalar aquí lo que observé anteriormente: «En épocas de predominio del crédito la velocidad del curso del dinero crece más deprisa que los precios de las mercancías, mientras que con el crédito en retroceso los precios de las mercancías bajan más despacio que la velocidad de la circulación». (*Contribución a la crítica de la economía política*, 1859, págs. 83, 84.)

En el período de la crisis ocurre lo contrario. La circulación n.º I se contrae, los precios bajan, igual que los salarios; el número de obreros ocupados se reduce, la masa de las transacciones disminuye. En cambio, en la circulación n.º II, al disminuir el crédito, crece la necesidad de facilidades monetarias, punto en el que enseguida entraremos con más detalle.

No cabe la menor duda de que, con la disminución del crédito, que coincide con el estancamiento del proceso de reproducción, la masa de circulación requerida para el n.º I, gasto de rédito, disminuye, mientras que la requerida para el n.º II, transferencia de capital, aumenta. Pero hay que investigar hasta qué punto esta tesis es idéntica a la sostenida por Fullarton y otros:

> «Una demanda de capital en préstamo y una demanda de medios de circulación adicionales son cosas completamente distintas y no se dan juntas a menudo.»[^k15-90]

Por lo pronto, está claro que en el primero de los dos casos anteriores, en tiempos de prosperidad, cuando la masa del medio circulante tiene que crecer, crece la demanda de él. Pero está igual de claro que, si un fabricante retira de su haber en un banco más oro o más billetes de banco porque tiene que gastar más capital en forma de dinero, no por eso crece su demanda de capital, sino solo su demanda de esta forma particular en que gasta su capital. La demanda se refiere solo a la forma técnica en que lanza su capital a la circulación. Del mismo modo que, p. ej., con un desarrollo distinto del sistema crediticio, el mismo capital variable, la misma cantidad de salario, requiere en un país una masa mayor de medios de circulación que en otro; en Inglaterra, p. ej., más que en Escocia, en Alemania más que en Inglaterra. Igualmente, en la agricultura, el mismo capital activo en el proceso de reproducción requiere en distintas estaciones del año cantidades distintas de dinero para cumplir su función.

Pero la oposición, tal como la plantea Fullarton, no es correcta. No es en modo alguno, como él dice, la fuerte demanda de préstamos lo que distingue el período de estancamiento del de prosperidad, sino la facilidad con que esta demanda se satisface en tiempos de prosperidad y la dificultad con que se satisface una vez sobrevenido el estancamiento. Es precisamente el enorme desarrollo del sistema de crédito durante la época de prosperidad, y por tanto también el enorme aumento de la demanda de capital de préstamo y la buena disposición con que la oferta se pone a su disposición en tales períodos, lo que provoca la restricción del crédito durante el tiempo del estancamiento. No es, pues, la diferencia en la magnitud de la demanda de préstamos lo que caracteriza ambos períodos.

Como ya se ha observado antes, ambos períodos se distinguen ante todo en que en la época de prosperidad predomina la demanda de medios de circulación entre consumidores y comerciantes, y en el período de recesión la demanda de medios de circulación entre capitalistas. En el período de estancamiento de los negocios la primera disminuye y la segunda aumenta.

Lo que a Fullarton y a otros les llama la atención como de importancia decisiva es el fenómeno de que en tales tiempos, cuando las securities —las prendas de préstamo y las letras— aumentan en manos del Banco de Inglaterra, su circulación de billetes disminuye, y a la inversa. Pero el nivel de las securities expresa el volumen de las facilidades monetarias, de las letras descontadas y de los adelantos sobre títulos negociables. Así dice Fullarton en el pasaje citado antes, nota 90, pág. 436:[^k15-t9] los títulos (securities) en poder del Banco de Inglaterra varían por lo general en dirección inversa a su circulación de billetes, y esto confirma el principio, bien acreditado entre los bancos privados, de que ningún banco puede aumentar su emisión de billetes por encima de cierto importe, determinado por las necesidades de su público; y si quiere hacer adelantos por encima de este importe, tiene que hacerlos de su capital, es decir, o bien convertir títulos en dinero líquido, o bien emplear para ello ingresos de dinero que de otro modo habría invertido en títulos.

Pero aquí se muestra también lo que Fullarton entiende por capital. ¿Qué significa aquí capital? Que el banco ya no puede hacer los adelantos con sus propios billetes de banco, promesas de pago que naturalmente no le cuestan nada. Pero ¿con qué hace entonces los adelantos? Con el producto de la venta de los títulos que tiene en reserva (securities in reserve), es decir, de títulos de la deuda pública, acciones y otros títulos que devengan interés. Pero ¿a cambio de qué vende estos papeles? A cambio de dinero, oro o billetes de banco, en la medida en que estos últimos son medio legal de pago, como los del Banco de Inglaterra. Lo que adelanta es, pues, en todas las circunstancias, dinero. Pero este dinero constituye ahora una parte de su capital. Si adelanta oro, esto es palpable. Si billetes, estos billetes representan ahora capital, porque a cambio de ellos ha enajenado un valor real, los papeles que devengan interés. En los bancos privados, los billetes que les afluyen por la venta de los títulos solo pueden ser, en su masa, billetes del Banco de Inglaterra o los suyos propios, ya que difícilmente se aceptan otros en pago de títulos. Pero si se trata del propio Banco de Inglaterra, entonces sus propios billetes, que recupera, le cuestan capital, es decir, papel que devenga interés. Además, con ello retira sus propios billetes de la circulación. Si vuelve a emitir estos billetes, o en su lugar billetes nuevos por el mismo importe, estos representan ahora, pues, capital. Y, en efecto, representan capital lo mismo cuando se emplean en adelantos a capitalistas que cuando más tarde, al disminuir la demanda de semejantes facilidades monetarias, se emplean en nuevas inversiones en títulos. En todas estas circunstancias, la palabra capital se emplea aquí solo en el sentido del banquero, en el que significa que el banquero se ve obligado a prestar algo más que su mero crédito.

Como es sabido, el Banco de Inglaterra hace todos sus adelantos en sus billetes. Si, pese a ello, por regla general la circulación de billetes del Banco disminuye en la proporción en que aumentan las letras descontadas y las prendas de préstamo en sus manos, es decir, los adelantos que ha hecho, ¿qué es de los billetes puestos en circulación, cómo refluyen al Banco?

Por lo pronto, si la demanda de facilidades monetarias surge de una balanza nacional de pagos desfavorable y, por tanto, media una salida de oro, la cosa es muy sencilla. Las letras se descuentan en billetes de banco. Los billetes de banco se cambian por oro en el propio Banco, en el issue department, y el oro se exporta. Es lo mismo que si el Banco pagara directamente oro, sin mediación de billetes, nada más descontar las letras. Una demanda creciente de este tipo —que en ciertos casos alcanza de 7 a 10 millones de libras esterlinas— no añade, naturalmente, ni un solo billete de cinco libras a la circulación interior del país. Si se dice ahora que el Banco adelanta aquí capital y no medios de circulación, ello tiene un doble sentido. Primero, que no adelanta crédito, sino valor real, una parte de su propio capital o del capital depositado en él. Segundo, que no adelanta dinero para la circulación interior, sino para la circulación internacional, dinero mundial; y para este fin el dinero tiene que existir siempre en su forma de tesoro, en su corporeidad metálica; en la forma en la que no solo es forma del valor, sino que él mismo es igual al valor cuya forma de dinero es. Aunque este oro representa capital tanto para el Banco como para el comerciante de oro que lo exporta, capital de banquero o capital comercial, la demanda no se dirige a él como capital, sino como forma absoluta del capital dinerario. Surge precisamente en el momento en que los mercados extranjeros están atiborrados de capital mercantil inglés irrealizable. Lo que se pide, pues, es capital no como *capital*, sino capital como *dinero*, en la forma en que el dinero es mercancía general del mercado mundial; y esta es su forma originaria de metal precioso. Las salidas de oro no son, pues, como dicen Fullarton, Tooke, etc., una mera cuestión de capital (a mere question of capital), sino una cuestión de dinero (a question of money), aunque en una función específica. Que no sea una cuestión de la circulación *interior*, como afirma la gente de la teoría de la currency, no prueba en absoluto, como creen Fullarton y otros, que sea una mera cuestión de capital (question of capital). Es una cuestión de dinero (a question of money) en la forma en que el dinero es medio internacional de pago.

> «Que ese capital» (el precio de compra de los millones de quarters de trigo extranjero tras una mala cosecha en el interior) «se transmita en mercancías o en metálico es un punto que no afecta en modo alguno a la naturaleza de la transacción.» (Fullarton, l. c., pág. 131.)

Pero afecta muy considerablemente a la cuestión de si se produce o no una salida de oro. El capital se transmite en forma de metal precioso porque no puede transmitirse en forma de mercancías en absoluto, o no sin las mayores pérdidas. El miedo que el sistema bancario moderno tiene a la salida de oro supera todo lo que jamás soñó el sistema monetario, para el cual el metal precioso es la única riqueza verdadera. Tomemos, p. ej., el siguiente interrogatorio del gobernador del Banco de Inglaterra, Morris, ante la comisión parlamentaria sobre la crisis de 1847-1848:

> 3846. (Pregunta:) «Cuando hablo de desvalorización de existencias (stocks) y de capital fijo, ¿no sabe usted que todo el capital invertido en existencias y en productos de toda clase estaba desvalorizado del mismo modo; que el algodón en rama, la seda en rama y la lana en bruto se enviaban al continente a los mismos precios de saldo, y que el azúcar, el café y el té se vendían con grandes sacrificios, como en ventas forzosas? Era inevitable que el país tuviera que hacer un *sacrificio considerable* para hacer frente a la *salida de oro* que se había producido a consecuencia de la importación masiva de medios de alimentación.» — 3848. «¿No cree usted que habría sido mejor echar mano de los 8 millones de £ que había en las arcas del Banco que tratar de recuperar el oro con tales sacrificios? — No, *no soy de esa opinión*.»

Es el oro lo que aquí vale como la única riqueza real. El descubrimiento de Tooke, citado por Fullarton, de que

> «con solo una o dos excepciones, y estas susceptibles de una explicación satisfactoria, toda caída notable del cambio seguida de una salida de oro que se ha producido durante el último medio siglo ha coincidido siempre con un estado comparativamente bajo del medio circulante, y viceversa» (Fullarton, pág. 121) —

prueba que estas salidas de oro se producen en la mayoría de los casos tras un período de agitación y de especulación, como

> «señal de un derrumbe ya iniciado..., indicio de mercados sobresaturados, del cese de la demanda extranjera de nuestras producciones, de retornos retrasados y, como secuela necesaria de todo ello, de descrédito comercial, fábricas cerradas, artesanos muriéndose de hambre y un estancamiento general de la industria y de la empresa». (Pág. 129.)

Esta es a la vez, naturalmente, la mejor refutación de la afirmación de la gente de la currency de que

> «una circulación llena expulsa el metal en barras (bullion) y una circulación baja lo atrae».

Por el contrario, aunque en la época de prosperidad suele haber una fuerte reserva de oro en el Banco de Inglaterra, este tesoro se forma siempre en el tiempo desanimado y estancado que sigue a la tormenta.

Toda la sabiduría, en lo que respecta a las salidas de oro, se reduce, pues, a que la demanda de medios de circulación y de pago *internacionales* es distinta de la demanda de medios de circulación y de pago *interiores* (de lo que se sigue por sí solo que «la existencia de una salida de oro no implica necesariamente una disminución de la demanda interior de circulación», como dice Fullarton, pág. 112); y a que enviar los metales preciosos fuera del país, lanzarlos a la circulación internacional, no es idéntico a lanzar billetes o moneda a la circulación interior. Por lo demás, ya he mostrado antes que el movimiento del tesoro concentrado como fondo de reserva para pagos internacionales no tiene, en sí y por sí, nada que ver con el movimiento del dinero como medio de circulación. Es cierto que se introduce una complicación por el hecho de que las distintas funciones del tesoro que he desarrollado a partir de la naturaleza del dinero —su función de fondo de reserva de medios de pago, para los pagos que vencen en el interior; de fondo de reserva del medio de circulación; por último, de fondo de reserva del dinero mundial— se cargan sobre un único fondo de reserva; de lo cual se sigue también que, en ciertas circunstancias, una salida de oro del Banco hacia el interior puede combinarse con la salida hacia el exterior. Pero se introduce aún otra complicación por la función adicional, impuesta de modo totalmente arbitrario a este tesoro, de servir de fondo de garantía de la convertibilidad de los billetes de banco, en los países en que el sistema de crédito y el dinero crediticio están desarrollados. A todo ello se añaden, por último, 1. la concentración del fondo de reserva nacional en un único banco principal, 2. su reducción al mínimo posible. De ahí también la queja de Fullarton (pág. 143):

> «No se puede contemplar el perfecto silencio y la facilidad con que las variaciones del cambio pasan habitualmente en los países continentales, en comparación con el estado de inquietud febril y de alarma que se produce siempre en Inglaterra cuando el tesoro del banco parece acercarse lo más mínimo al agotamiento, sin quedar impresionado por la gran ventaja que en este respecto posee una circulación metálica.»

Pero si prescindimos de la salida de oro, ¿cómo puede entonces un banco que emite billetes, p. ej. el Banco de Inglaterra, aumentar el importe de las facilidades monetarias que presta sin aumentar su emisión de billetes?

Todos los billetes que están fuera de los muros del Banco, circulen o dormiten en tesoros privados, se encuentran, en lo que al propio Banco respecta, en circulación, es decir, fuera de su posesión. Si el Banco amplía, pues, sus descuentos y sus operaciones de lombardo,[^k15-t11] los adelantos sobre securities, los billetes de banco emitidos para ello tienen que refluir de nuevo a él, pues de lo contrario aumentan el importe de la circulación, que es precisamente lo que no debe ocurrir. Este reflujo puede producirse de dos maneras.

*Primero*: el Banco paga a A billetes contra títulos; A paga con ellos letras vencidas a B, y B vuelve a depositar los billetes en el Banco. La circulación de estos billetes ha terminado con ello, pero el préstamo permanece.

> («El préstamo permanece, y la currency, si no se necesita, vuelve a quien la emitió.» Fullarton, pág. 97.)

Los billetes que el Banco adelantó a A han vuelto ahora a él; en cambio, el Banco es acreedor de A o del librado de la letra descontada por A, y deudor de B por la suma de valor expresada en estos billetes, y B dispone con ello de una parte correspondiente del capital del Banco.

*Segundo*: A paga a B, y B mismo, o C, a quien él sigue pasando los billetes, paga con estos billetes letras vencidas al Banco, directa o indirectamente. En este caso al Banco se le ha pagado con sus propios billetes. Con ello la transacción queda terminada (salvo el reembolso de A al Banco).

¿En qué medida ha de considerarse ahora el adelanto del Banco a A como adelanto de capital o como mero adelanto de medios de pago?[^k15-91]

{Esto depende de la naturaleza del adelanto mismo. Hay que examinar aquí tres casos.

*Primer caso*. — A recibe del banco las sumas adelantadas sobre su crédito personal, sin dar a cambio garantía alguna. En este caso no solo ha recibido adelantados medios de pago, sino también, incondicionalmente, un capital nuevo, que hasta el reembolso puede emplear y valorizar en su negocio como capital adicional.

*Segundo caso*. — A ha dado en prenda al banco títulos, títulos de la deuda pública o acciones, y sobre ellos ha recibido un adelanto en efectivo, digamos hasta dos tercios de su cotización del día. En este caso ha recibido los medios de pago que necesitaba, pero no capital adicional, pues ha puesto en manos del banco un valor de capital mayor que el que recibió de él. Pero este valor de capital mayor, por un lado, no era utilizable para sus necesidades momentáneas —medios de pago—, porque estaba invertido de una forma determinada que devenga interés; por otro lado, A tenía sus razones para no transformarlo directamente en medios de pago vendiéndolo. Sus títulos tenían, entre otros, el destino de funcionar como capital de reserva, y como tal los ha hecho entrar en funciones. Así pues, entre A y el banco ha tenido lugar una transferencia de capital temporal y recíproca, de modo que A no ha recibido capital adicional (¡al contrario!), pero sí los medios de pago necesarios. Para el banco, en cambio, el negocio fue una inmovilización temporal de capital dinerario en forma de préstamo, una transformación de capital dinerario de una forma en otra, y esta transformación es precisamente la función esencial del negocio bancario.

*Tercer caso*. — A ha hecho descontar en el banco una letra y ha recibido a cambio, deducido el descuento, el importe en efectivo. En este caso ha vendido al banco una forma no líquida de capital dinerario a cambio del importe de valor en forma líquida; la letra todavía no vencida a cambio de dinero contante. La letra es ahora propiedad del banco. Nada cambia en esto el hecho de que, a falta [de] pago, A, como último endosante, responda ante el banco del importe; esta responsabilidad la comparte con los demás endosantes y con el librador, contra los cuales tiene a su vez recurso. Aquí no hay, pues, adelanto alguno, sino una compra y venta completamente ordinaria. Por eso A tampoco tiene que devolver nada al banco; este se cubre cobrando la letra a su vencimiento. También aquí ha tenido lugar una transferencia recíproca de capital entre A y el banco, y exactamente igual que en la compra y venta de cualquier otra mercancía, y precisamente por eso A no ha recibido capital adicional. Lo que necesitaba y recibió fueron medios de pago, y los recibió porque el banco le transformó una forma de su capital dinerario —la letra— en la otra —el dinero—.

Solo en el primer caso puede hablarse, pues, de un adelanto real de capital. En el segundo y en el tercero, a lo sumo en el sentido en que en toda inversión de capital se «adelanta capital». En este sentido el banco adelanta a A capital dinerario; pero para A es *capital dinerario* a lo sumo en el sentido de que es una parte de su capital en general. Y no lo pide ni lo utiliza específicamente como capital, sino específicamente como medio de pago. De lo contrario, también toda venta ordinaria de mercancías mediante la cual uno se procura medios de pago habría de considerarse como un adelanto de capital recibido. — F. E.}

En el banco privado con emisión de billetes, la diferencia está en que, si sus billetes no se quedan en la circulación local ni vuelven a él en forma de depósitos o en pago de letras vencidas, esos billetes caen en manos de gentes a las que tiene que pagar oro o billetes del Banco de Inglaterra a cambio de ellos. En este caso, pues, el adelanto de sus billetes representa de hecho un adelanto de billetes del Banco de Inglaterra o, lo que para él es lo mismo, de oro, es decir, una parte de su capital bancario. Lo mismo vale para el caso en que el propio Banco de Inglaterra, o cualquier otro banco sometido a un máximo legal de emisión de billetes, tiene que vender títulos para retirar de la circulación sus propios billetes y volver a emitirlos luego en adelantos; aquí sus propios billetes representan una parte de su capital bancario movilizado.

Aun cuando la circulación fuera puramente metálica, podría al mismo tiempo 1. una salida de oro {aquí se trata evidentemente de una salida de oro que va, al menos en parte, al extranjero, F. E.} vaciar las arcas y 2., como al banco se le pediría el oro principalmente solo para saldar pagos (liquidación de transacciones pasadas), sus adelantos sobre títulos podrían crecer mucho, pero volver a él en forma de depósitos o en reembolso de letras vencidas; de modo que, por un lado, al aumentar los títulos en la cartera del banco, su tesoro total disminuiría; por otro, tendría ahora como deudor de sus depositantes la misma suma que antes tenía como propietario; y, por último, disminuiría la masa total del medio circulante.

Hasta ahora se ha supuesto que los adelantos se hacen en billetes y que, por tanto, traen consigo al menos un aumento momentáneo de la emisión de billetes, aunque vuelva a desaparecer enseguida. Pero esto no es necesario. En lugar del billete de papel, el banco puede abrir a A un crédito en cuenta, con lo cual este, su deudor, se convierte en depositante imaginario suyo. A paga a sus acreedores con cheques contra el banco, y quien recibe estos cheques los pasa a su vez a su banquero, que los cambia en el Clearing House por los cheques que corren contra él. En este caso no interviene billete alguno, y toda la transacción se limita a que al banco se le salda con un cheque contra él mismo un crédito que tiene que reclamar, y a que su compensación real consiste en el crédito contra A. En este caso le ha adelantado una parte de su capital bancario, porque se trata de sus propios créditos.

En la medida en que esta demanda de facilidades monetarias es demanda de capital, solo lo es de capital dinerario; de capital desde el punto de vista del banquero, a saber, de oro —en caso de salida de oro al extranjero— o de billetes del banco nacional, que el banco privado solo puede obtener comprándolos contra un equivalente y que, por tanto, representan capital para él. O, por último, se trataría de títulos que devengan interés, efectos públicos, acciones, etc., que hay que vender para hacerse con oro o billetes. Pero estos, si son papeles del Estado, solo son capital para quien los ha comprado, para quien representan, pues, su precio de compra, su capital invertido en ellos; en sí no son capital, sino meros créditos; si son hipotecas, son meras asignaciones sobre la renta futura del suelo, y si son otras acciones, meros títulos de propiedad que dan derecho a percibir plusvalía futura. Ninguna de estas cosas es capital real; no constituyen componentes del capital y tampoco son en sí valores. Mediante transacciones semejantes puede también transformarse en depósito dinero que pertenece al banco, de modo que este, en lugar de propietario, pasa a ser deudor de él y lo tiene bajo otro título de posesión. Por importante que sea esto para el propio banco, poco cambia en la masa del capital existente en el país, e incluso del capital dinerario. El capital figura aquí, pues, solo como capital dinerario y, si no está presente en forma real de dinero, como mero título de capital. Esto es muy importante, ya que la escasez de capital *bancario* y la demanda urgente de él se confunden con una disminución del capital *real*, que en tales casos, por el contrario, está presente en abundancia, en forma de medios de producción y de productos, y abarrota los mercados.

Se explica, pues, muy sencillamente cómo la masa de los títulos que el banco tiene como garantía puede crecer, es decir, cómo el banco puede satisfacer la creciente afluencia de peticiones de facilidades monetarias, mientras la masa total de los medios de circulación permanece igual o disminuye. Y, en efecto, en tales tiempos de estrechez de dinero esta masa total se mantiene dentro de ciertos límites de dos maneras: 1. por la salida de oro; 2. por la demanda de dinero como mero medio de pago, en la que los billetes emitidos refluyen enseguida o en la que, por medio del crédito en cuenta, la transacción se desarrolla sin emisión alguna de billetes; en la que, pues, una mera transacción de crédito media los pagos cuya liquidación era el único fin del negocio. Es propio del dinero que, cuando funciona solo para saldar pagos (y en tiempos de crisis se toman préstamos para pagar, no para comprar; para liquidar negocios pasados, no para iniciar otros nuevos), su circulación sea solo evanescente, incluso en la medida en que este saldo no se efectúe mediante una mera operación de crédito, sin intervención alguna de dinero; y que, por tanto, cuando hay una gran afluencia de peticiones de facilidades monetarias, pueda tener lugar una masa enorme de estas transacciones sin ampliar la circulación. Pero el mero hecho de que la circulación del Banco de Inglaterra permanezca estable o incluso disminuya, al mismo tiempo que presta grandes facilidades monetarias, no prueba en absoluto prima facie, como suponen Fullarton, Tooke y otros (a consecuencia de su error según el cual las facilidades monetarias son lo mismo que tomar capital en préstamo, capital on loan, capital adicional), que la circulación del dinero (de los billetes de banco) en su función de medio de pago no aumente y se amplíe. Como la circulación de los billetes como medio de compra disminuye en tiempos de estancamiento de los negocios, cuando se requieren facilidades tan grandes, su circulación como medio de pago puede aumentar y, sin embargo, la suma total de la circulación, la suma de los billetes que funcionan como medio de compra y como medio de pago, permanecer estable o incluso disminuir. La circulación, como medio de pago, de billetes de banco que refluyen de inmediato al banco emisor no es precisamente, a los ojos de esos economistas, circulación ninguna.

Si la circulación como medio de pago aumentara en mayor grado de lo que disminuye la circulación como medio de compra, la circulación total crecería, aunque el dinero que funciona como medio de compra hubiera disminuido considerablemente en masa. Y esto ocurre realmente en ciertos momentos de la crisis, a saber, en el derrumbe completo del crédito, cuando no solo las mercancías y los títulos se han vuelto invendibles, sino que también las letras se han vuelto indescontables y ya no vale nada más que el pago al contado o, como dice el comerciante, la caja. Como Fullarton y otros no comprenden que la circulación de los billetes como medio de pago es lo característico de tales tiempos de penuria de dinero, tratan este fenómeno como accidental.

> «En cuanto, de nuevo, a esos ejemplos de ávida competencia por la posesión de billetes de banco que caracterizan las épocas de pánico y que a veces, como a finales de 1825, pueden conducir a una ampliación repentina, aunque solo temporal, de las emisiones, incluso mientras la salida de metal precioso sigue en curso, estos, a mi entender, no han de contarse entre los acompañantes naturales o necesarios de un cambio bajo; en tales casos la demanda no es de circulación» (debería decir circulación como medio de compra) «sino para atesorar, una demanda por parte de banqueros y capitalistas alarmados que surge por lo general en el último acto de la crisis» (es decir, como reserva para medios de pago) «tras una larga continuación de la salida, y es el precursor de su terminación.» (Fullarton, pág. 130.)

Al considerar el dinero como medio de pago (libro I, cap. III, 3, b) ya se ha expuesto cómo, cuando se produce una interrupción violenta de la cadena de pagos, el dinero se trueca, frente a las mercancías, de una forma meramente ideal en forma de cosa y a la vez absoluta del valor. Allí mismo, en las notas 100 y 101, se dieron algunos ejemplos de ello. Esta interrupción es ella misma en parte efecto y en parte causa de la conmoción del crédito y de las circunstancias que acompañan a esta: saturación de los mercados, desvalorización de las mercancías, interrupción de la producción, etc.

Pero está claro que Fullarton transforma la diferencia entre el dinero como medio de compra y el dinero como medio de pago en la falsa diferencia entre currency y capital. En el fondo de ello está de nuevo la estrecha representación de la circulación propia del banquero. —

Aún podría preguntarse: ¿qué es lo que falta en tales tiempos de estrechez, capital o dinero en su determinación de medio de pago? Y esto es, como se sabe, una controversia.

Por lo pronto, en la medida en que la estrechez se manifiesta en la salida de oro, está claro que lo que se pide es el medio internacional de pago. Pero el dinero, en su determinación de medio internacional de pago, es oro en su realidad metálica, como sustancia ella misma valiosa, masa de valor. Es a la vez capital, pero capital no como capital mercantil, sino como capital dinerario; capital no en la forma de la mercancía, sino en la forma del dinero (y, por cierto, del dinero en el sentido eminente de la palabra, en el que existe en la mercancía general del mercado mundial). No hay aquí una oposición entre la demanda de dinero como medio de pago y la demanda de capital. La oposición está entre el capital en su forma de dinero y en su forma de mercancía; y la forma en que aquí se pide, y la única en que puede funcionar, es su forma de dinero.

Prescindiendo de esta demanda de oro (o de plata), no puede decirse que en tales tiempos de crisis falte capital de ningún modo. En circunstancias extraordinarias, como la carestía del grano, la escasez de algodón, etc., puede ser el caso; pero estas no son en modo alguno acompañantes necesarios o regulares de tales tiempos; y por eso la existencia de semejante falta de capital no puede deducirse de antemano del hecho de que haya una afluencia de peticiones de facilidades monetarias. Al contrario. Los mercados están saturados, inundados de capital mercantil. No es, pues, en todo caso, la falta de capital *mercantil* lo que causa la estrechez. Volveremos más adelante sobre esta cuestión.

## Capítulo vigesimonoveno. Componentes del capital bancario

Es necesario ahora examinar más de cerca en qué consiste el capital bancario.

Acabamos de ver que Fullarton y otros convierten la diferencia entre el dinero como medio de circulación y el dinero como medio de pago (también como dinero mundial, en la medida en que entra en consideración la salida de oro) en una diferencia entre circulación (currency) y capital.

El singular papel que desempeña aquí el capital trae consigo que, con el mismo cuidado con que la economía ilustrada trató de inculcar que el dinero no es capital, esta economía de banqueros inculque que, de hecho, el dinero es el capital par excellence.

En las investigaciones posteriores mostraremos que aquí, sin embargo, se confunde el capital dinerario con el moneyed capital en el sentido del capital que devenga interés, mientras que en el primer sentido el capital dinerario no es nunca más que una forma de tránsito del capital, a diferencia de las otras formas del capital, el capital mercantil y el capital productivo.

El capital bancario se compone: 1. de dinero en efectivo, oro o billetes; 2. de títulos. Estos podemos dividirlos, a su vez, en dos partes: efectos comerciales, letras de cambio, que están en curso, vencen de tiempo en tiempo y en cuyo descuento consiste el negocio propiamente dicho del banquero; y títulos públicos, como los títulos de la deuda pública, los bonos del Tesoro, las acciones de toda clase, en suma, papeles que devengan interés, pero que se diferencian esencialmente de las letras de cambio. Aquí pueden incluirse también las hipotecas. El capital compuesto por estos componentes materiales se divide, a su vez, en el capital invertido por el propio banquero y en los depósitos, que forman su banking capital o capital tomado en préstamo. En los bancos de emisión se añaden además los billetes. Dejemos por ahora de lado los depósitos y los billetes. Lo que está claro es que en nada altera los componentes reales del capital del banquero —dinero, letras de cambio, títulos en depósito— el que estos diversos elementos representen su propio capital o depósitos, el capital de otras personas. La misma división subsistiría tanto si llevase su negocio únicamente con capital propio como si lo llevase únicamente con capital depositado en su casa.

La forma del capital que devenga interés trae consigo que todo rédito en dinero determinado y regular aparezca como interés de un capital, provenga o no de un capital. Primero el ingreso en dinero se convierte en interés, y con el interés aparece luego también el capital del que proviene. Del mismo modo, con el capital que devenga interés toda suma de valor aparece como capital en cuanto no se gasta como rédito; a saber, como suma principal (principal) en contraposición al interés posible o real que pueda rendir.

La cosa es sencilla: supongamos que el tipo medio de interés sea el 5 % anual. Una suma de 500 £ rendiría, pues, anualmente, convertida en capital que devenga interés, 25 £. Todo ingreso fijo anual de 25 £ se considera, por tanto, como el interés de un capital de 500 £. Pero esto es y sigue siendo una representación puramente ilusoria, salvo en el caso de que la fuente de las 25 £ —ya sea un mero título de propiedad o, en su caso, un crédito, ya sea un elemento real de producción, como por ejemplo una finca— sea directamente transferible o adopte una forma en la que se vuelva transferible. Tomemos como ejemplos la deuda pública y el salario.

El Estado tiene que pagar anualmente a sus acreedores cierta cantidad de interés por el capital tomado en préstamo. El acreedor no puede aquí reclamar el reembolso a su deudor, sino solo vender el crédito, su título de posesión sobre él. El capital mismo ha sido consumido, gastado por el Estado. Ya no existe. Lo que posee el acreedor del Estado es: 1. un título de deuda contra el Estado, digamos de 100 £; 2. este título de deuda le da derecho a los ingresos anuales del Estado, es decir, al producto anual de los impuestos, por un importe determinado, digamos 5 £ o el 5 %; 3. puede vender a voluntad a otras personas este título de deuda de 100 £. Si el tipo de interés es del 5 %, y suponiendo además la solvencia del Estado, el poseedor A puede vender por regla general el título de deuda a B por 100 £; pues para B es lo mismo prestar 100 £ al 5 % anual que asegurarse, mediante el pago de 100 £, un tributo anual del Estado por importe de 5 £. Pero en todos estos casos el capital del que se considera vástago (interés) el pago del Estado sigue siendo ilusorio, capital ficticio. No solo porque la suma prestada al Estado ya no existe en absoluto. Nunca estuvo destinada a gastarse como capital, a invertirse, y solo mediante su inversión como capital habría podido convertirse en un valor que se conserva. Para el acreedor originario A, la parte del impuesto anual que le corresponde representa el interés de su capital, como para el usurero la parte de la fortuna del pródigo que le corresponde, aunque en ambos casos la suma de dinero prestada no se gastó como capital. La posibilidad de vender el título de deuda contra el Estado representa para A el posible reflujo de la suma principal. En cuanto a B, desde su punto de vista privado su capital está invertido como capital que devenga interés. En realidad no ha hecho más que ocupar el lugar de A y comprarle su crédito contra el Estado. Por mucho que se multipliquen estas transacciones, el capital de la deuda pública sigue siendo un capital puramente ficticio, y desde el momento en que los títulos de deuda se volvieran invendibles desaparecería la apariencia de este capital. No obstante, como veremos enseguida, este capital ficticio tiene su propio movimiento.

En contraposición ahora al capital de la deuda pública, donde un menos aparece como capital —así como el capital que devenga interés es en general la madre de todas las formas absurdas, de modo que, por ejemplo, las deudas pueden aparecer como mercancías en la representación del banquero—, vamos a considerar la fuerza de trabajo. El salario se concibe aquí como interés y, por tanto, la fuerza de trabajo como el capital que arroja ese interés. Si, por ejemplo, el salario de un año es = 50 £ y el tipo de interés está al 5 %, la fuerza de trabajo anual se considera igual a un capital de 1.000 £. El absurdo del modo de representación capitalista alcanza aquí su cima, pues, en lugar de explicar la valorización del capital por la explotación de la fuerza de trabajo, se explica a la inversa la productividad de la fuerza de trabajo por el hecho de que la fuerza de trabajo misma es esa cosa mística, capital que devenga interés. En la segunda mitad del siglo XVII (por ejemplo, en Petty) esta era una representación favorita, pero también hoy la emplean con toda seriedad, en parte economistas vulgares y en parte, y principalmente, estadísticos alemanes.[^k16-1] Desgraciadamente intervienen aquí dos circunstancias que contrarían de un modo desagradable esta irreflexiva representación: primera, que el obrero tiene que trabajar para obtener ese interés, y segunda, que no puede convertir en dinero el valor de capital de su fuerza de trabajo mediante su transferencia. Antes bien, el valor anual de su fuerza de trabajo es igual a su salario medio anual, y lo que tiene que reponer a su comprador mediante su trabajo es ese mismo valor más la plusvalía, la valorización de él. En el sistema esclavista el obrero tiene un valor de capital, a saber, su precio de compra. Y si se le alquila, quien lo toma en alquiler tiene que pagar, primero, el interés del precio de compra y, además, reponer el desgaste anual del capital.

La formación del capital ficticio se llama capitalizar. Se capitaliza todo ingreso que se repite regularmente calculándolo, según el tipo medio de interés, como el rendimiento que arrojaría un capital prestado a ese tipo de interés; por ejemplo, si el ingreso anual = 100 £ y el tipo de interés = 5 %, las 100 £ serían el interés anual de 2.000 £, y estas 2.000 £ valen entonces como el valor de capital del título jurídico de propiedad sobre las 100 £ anuales. Para quien compra este título de propiedad, las 100 £ de ingreso anual representan entonces, de hecho, el interés de su capital invertido al 5 %. Toda conexión con el proceso real de valorización del capital se pierde así hasta el último rastro, y se afianza la representación del capital como un autómata que se valoriza por sí mismo.

Incluso allí donde el título de deuda —el título-valor— no representa, como en la deuda pública, un capital puramente ilusorio, el valor de capital de este papel es puramente ilusorio. Ya hemos visto antes cómo el sistema de crédito engendra capital asociado. Los papeles valen como títulos de propiedad que representan ese capital. Las acciones de las compañías ferroviarias, mineras, navieras, etc., representan capital real, a saber, el capital invertido y en funcionamiento en esas empresas, o la suma de dinero adelantada por los socios para que se gaste como capital en tales empresas. Con lo cual no está en modo alguno excluido que representen también una mera estafa. Pero este capital no existe por partida doble, una vez como valor de capital de los títulos de propiedad, de las acciones, y otra como el capital realmente invertido o por invertir en aquellas empresas. Existe solo en esta última forma, y la acción no es más que un título de propiedad, pro rata, sobre la plusvalía que ese capital ha de realizar. A puede vender este título a B, y B a C. Estas transacciones no cambian en nada la naturaleza de la cosa. A o B han convertido entonces su título en capital, pero C ha convertido su capital en un mero título de propiedad sobre la plusvalía que cabe esperar del capital en acciones.

El movimiento autónomo del valor de estos títulos de propiedad, no solo de los efectos públicos, sino también de las acciones, confirma la apariencia de que constituyen un capital real junto al capital o al derecho sobre el que eventualmente son títulos. En efecto, se convierten en mercancías cuyo precio tiene un movimiento y una fijación peculiares. Su valor de mercado recibe una determinación distinta de su valor nominal, sin que cambie el valor (aunque sí la valorización) del capital real. Por una parte, su valor de mercado fluctúa con la cuantía y la seguridad de los rendimientos sobre los que dan títulos jurídicos. Si el valor nominal de una acción, es decir, la suma desembolsada que la acción representa originariamente, es de 100 £, y la empresa arroja el 10 % en lugar del 5 %, su valor de mercado sube, en circunstancias por lo demás iguales y con un tipo de interés del 5 %, a 200 £, pues, capitalizada al 5 %, representa ahora un capital ficticio de 200 £. Quien la compra por 200 £ obtiene un rédito del 5 % de esta inversión de capital. A la inversa, si disminuye el rendimiento de la empresa. El valor de mercado de estos papeles es en parte especulativo, pues no está determinado solo por el ingreso real, sino por el esperado, calculado por anticipado. Pero, suponiendo constante la valorización del capital real, o, donde no existe capital, como en la deuda pública, suponiendo el rendimiento anual fijado por ley y además suficientemente seguro, el precio de estos títulos sube y baja en razón inversa del tipo de interés. Si el tipo de interés sube del 5 al 10 %, un título que asegura un rendimiento de 5 £ solo representa ya un capital de 50 £. Si el tipo de interés baja al 2 1/2 %, ese mismo título representa un capital de 200 £. Su valor no es nunca más que el rendimiento capitalizado, es decir, el rendimiento calculado sobre un capital ilusorio según el tipo de interés existente. En tiempos de estrechez en el mercado de dinero, estos títulos caerán, pues, doblemente de precio: primero, porque sube el tipo de interés, y segundo, porque se lanzan en masa al mercado para realizarlos en dinero. Esta caída de precios se produce con independencia de que el rendimiento que estos papeles aseguran a su poseedor sea constante, como en los efectos públicos, o de que la valorización del capital real que representan, como en las empresas industriales, se vea eventualmente afectada también por la perturbación del proceso de reproducción. En este último caso, a la depreciación mencionada se añade todavía otra. En cuanto ha pasado la tormenta, estos papeles vuelven a subir a su nivel anterior, en la medida en que no representen empresas fracasadas o fraudulentas. Su depreciación en la crisis actúa como un poderoso medio de centralización de la fortuna en dinero.[^k16-2]

En la medida en que la depreciación o la revalorización de estos papeles es independiente del movimiento de valor del capital real que representan, la riqueza de una nación es exactamente tan grande antes como después de la depreciación o la revalorización.

> «El 23 de octubre de 1847, los fondos públicos y las acciones de canales y ferrocarriles se habían depreciado ya en 114.752.225 £.» (Morris, gobernador del Banco de Inglaterra, declaración en el informe sobre *Commercial Distress*, 1847/48.)

En la medida en que su depreciación no expresaba una paralización real de la producción y del tráfico en ferrocarriles y canales, o el abandono de empresas comenzadas, o el despilfarro de capital en empresas positivamente sin valor, la nación no quedó un ochavo más pobre por el estallido de estas pompas de jabón de capital dinerario nominal.

Todos estos papeles no representan, en realidad, más que derechos acumulados, títulos jurídicos, sobre la producción futura, cuyo valor en dinero o de capital o bien no representa capital alguno, como en la deuda pública, o bien se regula independientemente del valor del capital real que representan.

En todos los países de producción capitalista existe una enorme masa del llamado capital que devenga interés o moneyed capital en esta forma. Y por acumulación del capital dinerario no hay que entender, en gran parte, sino la acumulación de estos derechos sobre la producción, la acumulación del precio de mercado, del valor de capital ilusorio de estos derechos.

Una parte del capital del banquero está invertida ahora en estos llamados papeles que devengan interés. Es ella misma una parte del capital de reserva que no funciona en el negocio bancario propiamente dicho. La parte más importante consiste en letras de cambio, es decir, en promesas de pago de capitalistas industriales o de comerciantes. Para el prestamista de dinero, estas letras son papeles que devengan interés; es decir, cuando las compra, descuenta el interés por el tiempo que aún les queda por correr. Esto es lo que se llama descontar. Depende, pues, del tipo de interés de cada momento cuán grande sea la deducción de la suma que la letra representa. —

La última parte del capital del banquero consiste, por fin, en su reserva de dinero en oro o en billetes. Los depósitos, si no se han estipulado por contrato para un plazo más largo, están siempre a disposición de los depositantes. Se encuentran en fluctuación constante. Pero lo que unos retiran lo reponen otros, de modo que el importe medio general varía poco en tiempos de marcha normal de los negocios.

Los fondos de reserva de los bancos, en los países de producción capitalista desarrollada, expresan siempre, por término medio, la magnitud del dinero existente como tesoro, y una parte de este tesoro consiste a su vez en papel, en meras órdenes de pago sobre el oro, que no son, sin embargo, valores por sí mismas. La mayor parte del capital del banquero es, por tanto, puramente ficticia y consiste en créditos (letras de cambio), títulos de la deuda pública (que representan capital pasado) y acciones (órdenes de pago sobre un rendimiento futuro). No hay que olvidar a este respecto que el valor en dinero del capital que representan estos papeles en las cajas fuertes del banquero es completamente ficticio, incluso en la medida en que son órdenes de pago sobre rendimientos seguros (como en los títulos de la deuda pública) o títulos de propiedad sobre capital real (como en las acciones), y se regula de manera distinta del valor del capital real que representan al menos en parte; o bien, donde representan meros derechos a rendimientos y no capital, el derecho al mismo rendimiento se expresa en un capital dinerario ficticio que cambia constantemente. A ello se añade todavía que este capital ficticio del banquero no representa en gran parte su capital, sino el del público que deposita en su casa, sea con interés, sea sin él.

Los depósitos se hacen siempre en dinero, en oro o en billetes, o en órdenes de pago sobre ellos. Con excepción del fondo de reserva, que se contrae o se dilata según las necesidades de la circulación real, estos depósitos se encuentran en realidad siempre, por una parte, en manos de los capitalistas industriales y de los comerciantes, cuyas letras se descuentan con ellos y a quienes se hacen adelantos con ellos; por otra, en manos de los traficantes en títulos (corredores de bolsa), o en manos de particulares que han vendido sus títulos, o en manos del Gobierno (en el caso de los bonos del Tesoro y de los nuevos empréstitos). Los depósitos mismos desempeñan un doble papel. Por una parte, como acabamos de mencionar, se prestan como capital que devenga interés y, por tanto, no se encuentran en las cajas de los bancos, sino que figuran solo en sus libros como haberes de los depositantes. Por otra, funcionan como tales meras partidas contables en la medida en que los haberes recíprocos de los depositantes se compensan mediante cheques sobre sus depósitos y se cancelan unos contra otros; para lo cual es del todo indiferente que los depósitos estén en manos del mismo banquero, de modo que este cancele unas cuentas contra otras, o que esto suceda a través de diversos bancos que intercambian sus cheques unos contra otros y solo se pagan las diferencias.

Con el desarrollo del capital que devenga interés y del sistema de crédito, todo capital parece duplicarse y, en algunos puntos, triplicarse por el diverso modo en que el mismo capital, o incluso solo el mismo crédito, aparece en distintas manos bajo distintas formas.[^k16-3] La mayor parte de este «capital dinerario» es puramente ficticia. Todos los depósitos, con excepción del fondo de reserva, no son más que haberes frente al banquero, que nunca existen, sin embargo, en depósito. En la medida en que sirven para el negocio de giro, funcionan como capital para los banqueros, después de que estos los han prestado. Se pagan entre sí las órdenes de pago recíprocas sobre los depósitos inexistentes compensando unos haberes contra otros.

A. Smith dice, con respecto al papel que desempeña el capital en el préstamo de dinero:

> «Incluso en el negocio de dinero, el dinero no es, sin embargo, más que la orden de pago, por así decirlo, que transfiere de una mano a otra los capitales para los que sus propietarios no tienen empleo. Estos capitales pueden ser casi en cualquier medida mayores que el importe en dinero que sirve de instrumento para su transferencia; las mismas piezas de dinero sirven sucesivamente para muchos préstamos distintos, lo mismo que para muchas compras distintas. Por ejemplo, A presta a W 1.000 £, con las que W compra enseguida a B mercancías por 1.000 £. Como B no tiene empleo para el dinero, presta esas mismas piezas de dinero a X, con las que X compra enseguida a C, a su vez, mercancías por 1.000 £. Del mismo modo y por la misma razón, C presta el dinero a Y, quien compra con él, a su vez, mercancías a D. Así, las mismas piezas de oro o de papel pueden servir en el curso de pocos días para mediar tres préstamos distintos y tres compras distintas, cada una de las cuales es igual en valor al importe total de esas piezas. Lo que los tres prestamistas A, B y C han transferido a los tres prestatarios W, X e Y es el poder de hacer estas compras. En este poder consisten tanto el valor como la utilidad de estos préstamos. El capital prestado por los tres prestamistas es igual al valor de las mercancías que pueden comprarse con él, y es tres veces mayor que el valor del dinero con el que se hacen las compras. Sin embargo, todos estos préstamos pueden ser perfectamente seguros, puesto que las mercancías compradas con ellos por los distintos deudores se emplean de tal modo que, a su debido tiempo, devuelven un valor igual en dinero de oro o de papel, junto con una ganancia. Y así como las mismas piezas de dinero pueden servir para mediar distintos préstamos hasta el triple o incluso el treintuplo de su valor, del mismo modo pueden servir sucesivamente, a su vez, como medio de reembolso.» (Libro II, cap. IV.)[^k16-t1]

Como la misma pieza de dinero puede efectuar distintas compras, según la velocidad de su circulación, puede igualmente efectuar distintos préstamos, pues las compras la llevan de una mano a otra, y el préstamo no es más que una transferencia de una mano a otra no mediada por compra alguna. Para cada uno de los vendedores, el dinero representa la forma transformada de su mercancía; hoy, cuando todo valor se expresa como valor de capital, representa en los distintos préstamos, uno tras otro, distintos capitales, lo cual no es más que otra expresión de la tesis anterior de que puede realizar sucesivamente distintos valores de mercancías. Al mismo tiempo sirve como medio de circulación para hacer pasar los capitales materiales de una mano a otra. En el préstamo no pasa de una mano a otra como medio de circulación. Mientras permanece en manos del prestamista, no es en su mano medio de circulación, sino existencia de valor de su capital. Y en esta forma lo transfiere en el préstamo a un tercero. Si A hubiera prestado el dinero a B, y B a C, sin la mediación de las compras, el mismo dinero no representaría tres capitales, sino uno solo, un solo valor de capital. Cuántos capitales representa realmente depende de cuántas veces funciona como forma de valor de distintos capitales mercantiles.

Lo mismo que A. Smith dice de los préstamos en general vale para los depósitos, que no son, en efecto, más que un nombre especial para los préstamos que el público hace a los banqueros. Las mismas piezas de dinero pueden servir de instrumento para un número cualquiera de depósitos.

> «Es indiscutiblemente cierto que las 1.000 £ que alguien deposita hoy en casa de A se gastan de nuevo mañana y forman un depósito en casa de B. Al día siguiente, pagadas por B, pueden formar un depósito en casa de C, y así sucesivamente hasta el infinito. Las mismas 1.000 £ en dinero pueden, por tanto, multiplicarse, mediante una serie de transferencias, en una suma absolutamente indeterminable de depósitos. Es posible, por consiguiente, que 9/10 de todos los depósitos del Reino Unido no tengan más existencia que las partidas contables que los acreditan en los libros de los banqueros, que a su vez tienen que liquidarlos entre sí... Así ocurre, por ejemplo, en Escocia, donde la circulación monetaria no pasó nunca de 3 millones de £, mientras que los depósitos eran de 27 millones. Si no se produjera una afluencia general a los bancos para retirar los depósitos, las mismas 1.000 £, recorriendo su camino en sentido inverso, podrían saldar con la misma facilidad una suma igualmente indeterminable. Como las mismas 1.000 £ con las que alguien salda hoy una deuda con un tendero pueden saldar mañana la deuda de este con el comerciante, al día siguiente la deuda del comerciante con el banco, y así sucesivamente sin fin, las mismas 1.000 £ pueden pasar de mano en mano y de banco en banco y saldar cualquier suma imaginable de depósitos.» (*The Currency Theory Reviewed*, pp. 62, 63.)

Así como todo en este sistema de crédito se duplica y se triplica y se convierte en mera quimera, lo mismo ocurre con el «fondo de reserva», donde por fin se cree poder agarrar algo sólido.

Oigamos de nuevo al señor Morris, gobernador del Banco de Inglaterra:

> «Las reservas de los bancos privados están en manos del Banco de Inglaterra en forma de depósitos. El primer efecto de una salida de oro parece afectar solo al Banco de Inglaterra; pero actuaría igualmente sobre las reservas de los demás bancos, puesto que es la salida de una parte de la reserva que tienen en nuestro banco. Del mismo modo actuaría sobre las reservas de todos los bancos de provincias.» (*Commercial Distress*, 1847/48.)

En definitiva, pues, los fondos de reserva se resuelven en realidad en el fondo de reserva del Banco de Inglaterra.[^k16-4] Pero también este fondo de reserva tiene a su vez una doble existencia. El fondo de reserva del banking department es igual al excedente de los billetes que el Banco está autorizado a emitir sobre los billetes que se hallan en circulación. El máximo legal de los billetes que pueden emitirse es = 14 millones (para los que no se exige reserva metálica alguna; es el importe aproximado de la deuda del Estado con el Banco) más el importe de las existencias de metal precioso del Banco. Si estas existencias son, pues, = 14 millones de £, el Banco puede emitir 28 millones de £ en billetes, y si de ellos circulan 20 millones, el fondo de reserva del banking department es = 8 millones. Estos 8 millones en billetes son entonces legalmente el capital de banquero del que dispone el Banco y, al mismo tiempo, el fondo de reserva para sus depósitos. Si se produce ahora una salida de oro que reduzca las existencias metálicas en 6 millones —por lo que deberán destruirse otros tantos billetes—, la reserva del banking department caería de 8 a 2 millones. Por una parte, el Banco elevaría mucho su tipo de interés; por otra, los bancos que tienen depósitos en él y los demás depositantes verían disminuir mucho el fondo de reserva para sus propios haberes en el Banco. En 1857, los cuatro mayores bancos por acciones de Londres amenazaron, si el Banco de Inglaterra no obtenía una «carta del Gobierno» para suspender la ley bancaria de 1844,[^k16-5] con retirar sus depósitos, con lo que el banking department habría quebrado. Así, el banking department puede quebrar, como en 1847, mientras en el issue department yacen millones a voluntad (por ejemplo, en 1847, 8 millones) como garantía de la convertibilidad de los billetes en circulación. Pero esto vuelve a ser ilusorio.

> «La mayor parte de los depósitos para los que los propios banqueros no tienen demanda inmediata pasa a manos de los bill-brokers» (literalmente, corredores de letras; en realidad, medio banqueros), «que dan a cambio al banquero, como garantía de su adelanto, letras comerciales que ya han descontado para gente de Londres y de provincias. El bill-broker responde ante el banquero del reembolso de este money at call» {dinero reembolsable inmediatamente a petición} «y estos negocios tienen un volumen tan enorme que el señor Neave, el actual gobernador del Banco» {de Inglaterra,} «dice en su declaración: “Sabemos que un broker tenía 5 millones, y tenemos motivos para suponer que otro tenía entre 8 y 10 millones; uno tenía 4, otro 3 1/2, un tercero más de 8. Hablo de depósitos en manos de los brokers”.» (*Report of Committee on Bank Acts*, 1857/58, p. V, párrafo n.º 8.)

> «Los bill-brokers de Londres... llevaban su enorme negocio sin reserva alguna en efectivo; confiaban en los ingresos de sus letras, que iban venciendo poco a poco, o, en caso de necesidad, en su poder de obtener adelantos del Banco de Inglaterra contra depósito de las letras que habían descontado.» — «Dos firmas de bill-brokers de Londres suspendieron pagos en 1847; ambas reanudaron más tarde el negocio. En 1857 volvieron a suspender. El pasivo de una de las casas era en 1847, en números redondos, de 2.683.000 £ con un capital de 180.000 £; su pasivo era en 1857 = 5.300.000 £, mientras que el capital probablemente no pasaba de una cuarta parte de lo que había sido en 1847. El pasivo de la otra firma estaba las dos veces entre 3 y 4 millones, con un capital no superior a 45.000 £.» (Ibídem, p. XXI, párrafo n.º 52.)

## Capítulo trigésimo. Capital dinerario y capital real. I

Las únicas cuestiones difíciles a las que nos aproximamos ahora con respecto al sistema de crédito son las siguientes:

*Primera*: La acumulación del capital dinerario propiamente dicho. ¿Hasta qué punto es, y hasta qué punto no es, indicio de una acumulación real del capital, es decir, de reproducción en escala ampliada? La llamada plétora del capital, expresión que se emplea siempre solo referida al capital que devenga interés, i. e. al capital dinerario, ¿es solo una manera especial de expresar la sobreproducción industrial, o constituye un fenómeno especial junto a ella? Esta plétora, esta sobreoferta de capital dinerario, ¿coincide con la existencia de masas de dinero estancadas (lingotes, dinero en oro y billetes de banco), de modo que esta superabundancia de dinero real sea la expresión y la forma de manifestación de aquella plétora de capital de préstamo?

Y *segunda*: ¿Hasta qué punto expresa la estrechez monetaria, es decir, la falta de capital de préstamo, una falta de capital real (capital mercantil y capital productivo)? ¿Hasta qué punto coincide, por otra parte, con la falta de dinero como tal, con la falta de medios de circulación?

En la medida en que hemos considerado hasta ahora la forma peculiar de la acumulación del capital dinerario y de la fortuna en dinero en general, esta se ha resuelto en acumulación de derechos de propiedad sobre el trabajo. La acumulación del capital de la deuda pública no significa, como se ha visto, otra cosa que el aumento de una clase de acreedores del Estado que tienen derecho a apropiarse anticipadamente de ciertas sumas del importe de los impuestos.[^k16-6] En estos hechos, en que incluso una acumulación de deudas puede aparecer como acumulación de capital, se muestra la consumación de la inversión que tiene lugar en el sistema de crédito. Estos títulos de deuda, extendidos por el capital prestado originariamente y gastado hace mucho tiempo, estos duplicados en papel de un capital destruido, funcionan como capital para sus poseedores en la medida en que son mercancías vendibles y pueden, por tanto, reconvertirse en capital.

Los títulos de propiedad sobre empresas sociales, ferrocarriles, minas, etc., son, ciertamente, como también hemos visto, títulos sobre un capital real. Pero no dan la disposición sobre ese capital. Este no puede retirarse. Dan solo derechos jurídicos sobre una parte de la plusvalía que este ha de obtener. Pero estos títulos se convierten igualmente en duplicados en papel del capital real, como si el conocimiento de embarque adquiriese un valor junto al cargamento y al mismo tiempo que él. Se convierten en representantes nominales de capitales inexistentes. Pues el capital real existe al lado y no cambia en absoluto de manos por el hecho de que estos duplicados cambien de manos. Se convierten en formas del capital que devenga interés porque no solo aseguran ciertos rendimientos, sino también porque, mediante su venta, puede obtenerse su reembolso como valores de capital. En la medida en que la acumulación de estos papeles expresa la acumulación de ferrocarriles, minas, barcos de vapor, etc., expresa una ampliación del proceso real de reproducción, exactamente igual que la ampliación de un padrón fiscal, por ejemplo sobre la propiedad mobiliaria, indica la expansión de ese mobiliario. Pero como duplicados, negociables ellos mismos como mercancías y que, por tanto, circulan ellos mismos como valores de capital, son ilusorios, y su importe de valor puede caer y subir con total independencia del movimiento de valor del capital real sobre el que son títulos. Su importe de valor, es decir, su cotización en bolsa, tiene necesariamente la tendencia a subir con la caída del tipo de interés, en la medida en que esta, independientemente de los movimientos peculiares del capital dinerario, es simple consecuencia de la caída tendencial de la tasa de ganancia; de modo que esta riqueza imaginaria, según su expresión de valor, para cada una de sus partes alícuotas de un valor nominal originario determinado, se expande ya por esta sola razón en el curso del desarrollo de la producción capitalista.[^k16-7]

La ganancia y la pérdida por las fluctuaciones de precio de estos títulos de propiedad, así como su centralización en manos de reyes del ferrocarril, etc., se convierten, por la naturaleza de la cosa, cada vez más en el resultado del juego, que aparece en lugar del trabajo como el modo originario de adquirir propiedad de capital y ocupa también el lugar de la violencia directa. Esta clase de fortuna en dinero imaginaria constituye una parte muy importante no solo de la fortuna en dinero de los particulares, sino también del capital del banquero, como ya se ha mencionado.

Podría entenderse también —lo mencionamos solo para despacharlo rápidamente— por acumulación del capital dinerario la acumulación de la riqueza en manos de los banqueros (prestamistas de dinero de profesión), como intermediarios entre los capitalistas dinerarios privados, por un lado, y el Estado, los municipios y los prestatarios ocupados en la reproducción, por otro, en cuanto que toda la enorme expansión del sistema de crédito, y en general el crédito entero, es explotado por ellos como su capital privado. Estos sujetos poseen el capital y el ingreso siempre en forma de dinero o de créditos directos sobre dinero. La acumulación de la fortuna de esta clase puede desarrollarse en una dirección muy distinta de la acumulación real, pero demuestra en todo caso que esta clase se embolsa una buena parte de esta última.

Para reducir la cuestión que nos ocupa a límites más estrechos: los efectos públicos, al igual que las acciones y otros títulos de toda clase, son esferas de inversión para el capital prestable, para el capital destinado a devengar interés. Son formas de prestarlo. Pero no son ellos mismos el capital de préstamo que se invierte en ellos. Por otra parte, en la medida en que el crédito desempeña un papel directo en el proceso de reproducción: lo que el industrial o el comerciante necesita cuando quiere que se le descuenten letras o tomar un préstamo no son ni acciones ni títulos de la deuda pública. Lo que necesita es dinero. Empeña o vende, pues, esos títulos si no puede procurarse el dinero de otro modo. Es de la acumulación de *este* capital de préstamo de la que tenemos que tratar aquí, y concretamente de la del capital dinerario prestable. No se trata aquí de préstamos de casas, máquinas u otro capital fijo. Tampoco se trata de los adelantos que se hacen entre sí los industriales y los comerciantes en mercancías y dentro del círculo del proceso de reproducción, aunque también este punto tendremos que examinarlo antes más de cerca; se trata exclusivamente de los préstamos de dinero que hacen los banqueros, como intermediarios, a los industriales y comerciantes.

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Analicemos, pues, en primer lugar el crédito comercial, es decir, el crédito que se conceden unos a otros los capitalistas ocupados en la reproducción. Constituye la base del sistema de crédito. Su representante es la letra de cambio, título de deuda con un plazo de pago determinado, document of deferred payment. Cada uno da crédito con una mano y recibe crédito con la otra. Prescindamos por ahora por completo del crédito de los banqueros, que constituye un factor completamente distinto, esencialmente diferente. En la medida en que estas letras vuelven a circular entre los propios comerciantes como medio de pago, mediante endoso de uno a otro, pero sin que intervenga el descuento, no es más que una transferencia del crédito de A a B y no cambia absolutamente nada en la conexión. Solo pone a una persona en el lugar de otra. E incluso en este caso la liquidación puede tener lugar sin intervención del dinero. El hilandero A, por ejemplo, tiene que pagar una letra al corredor de algodón B, y este al importador C. Si C exporta también hilo, lo que ocurre con bastante frecuencia, puede comprar hilo a A contra una letra, y el hilandero A puede cubrir al corredor B con la propia letra de este, recibida de C en pago, con lo que a lo sumo queda por pagar un saldo en dinero. Toda la transacción no hace entonces más que mediar el intercambio de algodón e hilo. El exportador representa solo al hilandero, el corredor de algodón al cultivador de algodón.

En la circulación de este crédito puramente comercial hay que señalar ahora dos cosas:

*Primera*: La liquidación de estos créditos recíprocos depende del reflujo del capital, es decir, de M – D, que solo está aplazado. Si el hilandero ha recibido una letra del fabricante de percal, el fabricante de percal puede pagar si el percal que tiene en el mercado se ha vendido entretanto. Si el especulador en trigo ha girado una letra contra su agente, el agente puede pagar el dinero si entretanto se ha vendido el trigo al precio esperado. Estos pagos dependen, pues, de la fluidez de la reproducción, es decir, del proceso de producción y de consumo. Pero como los créditos son recíprocos, la solvencia de cada uno depende al mismo tiempo de la solvencia de otro; pues, al librar su letra, aquel puede haber contado o con el reflujo del capital en su propio negocio o con el reflujo en el negocio de un tercero que tiene que pagarle entretanto una letra. Prescindiendo de la perspectiva de reflujos, el pago solo puede hacerse posible mediante un capital de reserva del que disponga el librador de la letra para cumplir sus obligaciones en caso de reflujos retrasados.

*Segunda*: Este sistema de crédito no suprime la necesidad de pagos en dinero contante. Por una parte, una gran parte de los desembolsos ha de pagarse siempre al contado: salarios, impuestos, etc. Pero, además, B, por ejemplo, que ha recibido de C una letra en lugar de pago, tiene que pagar él mismo, antes de que venza esa letra, una letra vencida a D, y para ello debe tener dinero contante. Un ciclo de la reproducción tan completo como el que se ha supuesto más arriba, desde el cultivador de algodón hasta el hilandero de algodón y a la inversa, solo puede constituir una excepción y tiene que interrumpirse siempre en muchos puntos. Hemos visto, en el proceso de reproducción (libro II, sección III), que los productores del capital constante intercambian entre sí en parte capital constante. Por ello las letras pueden compensarse más o menos. Lo mismo ocurre en la línea ascendente de la producción, donde el corredor de algodón tiene que girar contra el hilandero, el hilandero contra el fabricante de percal, este contra el exportador, este contra el importador (quizá, de nuevo, de algodón). Pero no tiene lugar al mismo tiempo un circuito de las transacciones ni, por tanto, un retorno de la serie de créditos sobre sí misma. El crédito, por ejemplo, del hilandero contra el tejedor no se salda con el crédito del proveedor de carbón contra el constructor de máquinas; el hilandero no tiene nunca en su negocio créditos que oponer al constructor de máquinas, porque su producto, el hilo, no entra nunca como elemento en el proceso de reproducción de este. Tales créditos tienen que saldarse, por tanto, con dinero.

Los límites de este crédito comercial, considerado en sí mismo, son: 1. la riqueza de los industriales y comerciantes, es decir, su disposición de capital de reserva en caso de reflujos retrasados; 2. estos mismos reflujos. Estos pueden retrasarse en el tiempo, o los precios de las mercancías pueden caer entretanto, o la mercancía puede volverse momentáneamente invendible al estancarse los mercados. Cuanto más largo es el plazo de las letras, tanto mayor tiene que ser, en primer lugar, el capital de reserva, y tanto mayor es la posibilidad de una merma o un retraso del reflujo por caída de los precios o saturación de los mercados. Y, además, los retornos son tanto más inseguros cuanto más condicionada estaba la transacción originaria por la especulación al alza o a la baja de los precios de las mercancías. Pero está claro que, con el desarrollo de la fuerza productiva del trabajo y, por tanto, de la producción en gran escala, 1. los mercados se amplían y se alejan del lugar de producción; 2. por tanto, los créditos tienen que alargarse, y 3. el elemento especulativo tiene que dominar, por consiguiente, cada vez más las transacciones. La producción en gran escala y para mercados lejanos arroja el producto global en manos del comercio; pero es imposible que el capital de la nación se duplique de modo que el comercio fuese capaz por sí solo de comprar con capital propio todo el producto nacional y volver a venderlo. El crédito es aquí, pues, indispensable; un crédito que crece en volumen con el creciente volumen de valor de la producción y en duración con la creciente lejanía de los mercados. Tiene lugar aquí una interacción. El desarrollo del proceso de producción amplía el crédito, y el crédito conduce a la expansión de las operaciones industriales y mercantiles.

Si consideramos este crédito separado del crédito de los banqueros, está claro que crece con el volumen del propio capital industrial. Capital de préstamo y capital industrial son aquí idénticos; los capitales prestados son capitales mercantiles destinados o bien al consumo individual final o bien a reponer los elementos constantes del capital productivo. Lo que aquí aparece, pues, como capital prestado es siempre capital que se encuentra en una fase determinada del proceso de reproducción, pero que pasa de una mano a otra mediante compra y venta, mientras que su equivalente lo paga el comprador solo más tarde, en el plazo convenido. Por ejemplo, el algodón pasa contra una letra a manos del hilandero, el hilo contra una letra a manos del fabricante de percal, el percal contra una letra a manos del comerciante, de las manos de este contra una letra a las del exportador, de las manos del exportador contra una letra a las de un comerciante en la India, que lo vende y compra a cambio índigo, etc. Durante este paso de una mano a otra, el algodón realiza su transformación en percal, y el percal es transportado finalmente a la India e intercambiado por índigo, que se embarca para Europa y allí entra de nuevo en la reproducción. Las diversas fases del proceso de reproducción están aquí mediadas por el crédito sin que el hilandero haya pagado el algodón, el fabricante de percal el hilo, el comerciante el percal, etc. En los primeros actos del proceso, la mercancía, el algodón, pasa por sus diversas fases de producción, y este paso está mediado por el crédito. Pero en cuanto el algodón ha recibido en la producción su última forma como mercancía, el mismo capital mercantil pasa ya solo por las manos de diversos comerciantes, que median el transporte al mercado lejano y el último de los cuales lo vende finalmente al consumidor y compra a cambio otra mercancía, que entra o bien en el consumo o bien en el proceso de reproducción. Hay que distinguir, pues, aquí dos tramos: en el primero, el crédito media las fases sucesivas reales en la producción del mismo artículo; en el segundo, solo el paso de las manos de un comerciante a las de otro, que incluye el transporte, es decir, el acto M – D. Pero también aquí la mercancía se encuentra siempre, al menos, en el acto de la circulación, es decir, en una fase del proceso de reproducción.

Lo que aquí se presta, por consiguiente, no es nunca capital desocupado, sino capital que tiene que cambiar de forma en manos de su poseedor, que existe en una forma en la que para él es mero capital mercantil, es decir, capital que tiene que reconvertirse, y concretamente, al menos en primer lugar, convertirse en dinero. Es, pues, la metamorfosis de la mercancía la que aquí media el crédito; no solo M – D, sino también D – M y el proceso real de producción. Mucho crédito dentro del ciclo reproductivo —prescindiendo del crédito de los banqueros— no significa mucho capital desocupado que se ofrece en préstamo y busca una inversión lucrativa, sino gran ocupación de capital en el proceso de reproducción. El crédito media aquí, pues: 1. en lo que respecta a los capitalistas industriales, el paso del capital industrial de una fase a otra, la conexión de las esferas de producción que se corresponden y engranan unas con otras; 2. en lo que respecta a los comerciantes, el transporte y el paso de las mercancías de una mano a otra hasta su venta definitiva por dinero o su intercambio por otra mercancía.

El máximo del crédito es aquí igual a la ocupación más plena del capital industrial, es decir, a la tensión extrema de su fuerza reproductiva sin consideración de los límites del consumo. Estos límites del consumo se amplían por la tensión misma del proceso de reproducción; por una parte, esta aumenta el consumo de rédito por parte de los obreros y los capitalistas; por otra, es idéntica a la tensión del consumo productivo.

Mientras el proceso de reproducción sigue siendo fluido y, con ello, el reflujo sigue asegurado, este crédito dura y se extiende, y su extensión se basa en la extensión del propio proceso de reproducción. En cuanto se produce un estancamiento, a consecuencia de reflujos retrasados, mercados saturados o precios caídos, hay superabundancia de capital industrial, pero en una forma en la que no puede cumplir su función. Masa de capital mercantil, pero invendible. Masa de capital fijo, pero en gran parte desocupado por el estancamiento de la reproducción. El crédito se contrae: 1. porque este capital está desocupado, es decir, estancado en una de sus fases de reproducción, porque no puede efectuar su metamorfosis; 2. porque se ha quebrado la confianza en la fluidez del proceso de reproducción; 3. porque disminuye la demanda de este crédito comercial. El hilandero que restringe su producción y tiene en el almacén una masa de hilo sin vender no necesita comprar algodón a crédito; el comerciante no necesita comprar mercancías a crédito, porque ya tiene más que suficientes.

Si se produce, pues, una perturbación en esta expansión, o incluso solo en la tensión normal del proceso de reproducción, se produce con ello también escasez de crédito; las mercancías son más difíciles de obtener a crédito. Pero son característicos, sobre todo, de la fase del ciclo industrial que sigue al crac la exigencia de pago al contado y la cautela en la venta a crédito. En la crisis misma, puesto que todos tienen que vender y no pueden vender, y sin embargo tienen que vender para pagar, la masa, no del capital desocupado que busca colocación, sino la del capital detenido en su proceso de reproducción, es justamente mayor cuando también es mayor la escasez de crédito (y, por tanto, en el crédito de los banqueros, más alto el tipo de descuento). El capital ya desembolsado está entonces, de hecho, desocupado en masa, porque el proceso de reproducción se estanca. Las fábricas se paran, las materias primas se amontonan, los productos terminados inundan el mercado como mercancías. Nada es, pues, más falso que atribuir semejante situación a una falta de capital productivo. Precisamente entonces hay superabundancia de capital productivo, en parte con respecto a la escala normal, pero momentáneamente contraída, de la reproducción, en parte con respecto al consumo paralizado.

Imaginémonos la sociedad entera compuesta solo de capitalistas industriales y obreros asalariados. Prescindamos además de los cambios de precios que impiden que grandes porciones del capital global se repongan en sus proporciones medias y que, dada la conexión general de todo el proceso de reproducción, tal como la desarrolla en particular el crédito, tienen que provocar siempre estancamientos generales pasajeros. Prescindamos asimismo de los negocios ficticios y de las transacciones especulativas que fomenta el sistema de crédito. Entonces una crisis solo sería explicable por la desproporción de la producción en las distintas ramas y por una desproporción entre el consumo de los propios capitalistas y su acumulación. Pero, tal como están las cosas, la reposición de los capitales invertidos en la producción depende en gran parte de la capacidad de consumo de las clases no productivas; mientras que la capacidad de consumo de los obreros está limitada en parte por las leyes del salario y en parte por el hecho de que solo se les emplea mientras pueden ser empleados con ganancia para la clase capitalista. La razón última de todas las crisis reales sigue siendo siempre la pobreza y la limitación del consumo de las masas frente al impulso de la producción capitalista a desarrollar las fuerzas productivas como si solo la capacidad absoluta de consumo de la sociedad constituyera su límite.

De falta real de capital productivo, al menos en las naciones capitalistas desarrolladas, solo puede hablarse en caso de malas cosechas generales, sea de los principales medios de alimentación, sea de las materias primas industriales más importantes.

Pero a este crédito comercial se añade ahora el crédito en dinero propiamente dicho. Los adelantos de los industriales y comerciantes entre sí se entremezclan con los adelantos de dinero que les hacen los banqueros y prestamistas de dinero. En el descuento de letras, el adelanto es solo nominal. Un fabricante vende su producto contra una letra y descuenta esta letra con un bill-broker. En realidad, este no hace más que adelantar el crédito de su banquero, que a su vez le adelanta el capital dinerario de sus depositantes, que son los propios industriales y comerciantes, pero también obreros (por medio de las cajas de ahorros), perceptores de rentas de la tierra y las demás clases improductivas. Así se elude, para cada fabricante o comerciante individual, tanto la necesidad de un fuerte capital de reserva como la dependencia de los reflujos reales. Pero, por otra parte, todo el proceso se complica tanto, en parte por la simple circulación de letras de favor, en parte por negocios en mercancías con el fin de la mera fabricación de letras, que la apariencia de un negocio muy sólido y de reflujos fluidos puede seguir existiendo tranquilamente cuando los reflujos, de hecho, hace ya tiempo que solo se hacen a costa, en parte, de prestamistas de dinero estafados y, en parte, de productores estafados. Por eso el negocio parece siempre casi exageradamente sano justo inmediatamente antes del crac. La mejor prueba la proporcionan, por ejemplo, los *Reports on Bank Acts* de 1857 y 1858, donde todos los directores de banco, los comerciantes, en suma, todos los expertos citados, con lord Overstone a la cabeza, se felicitaban mutuamente por la prosperidad y la salud de los negocios, exactamente un mes antes de que estallara la crisis en agosto de 1857. Y, cosa curiosa, Tooke, en su *History of Prices*, vuelve a pasar por esta ilusión como historiador de cada crisis. El negocio está siempre sanísimo y la campaña marcha del modo más próspero, hasta que de repente se produce el derrumbe.

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Volvemos ahora a la acumulación del capital dinerario.

No todo aumento del capital dinerario prestable indica una acumulación real de capital o una ampliación del proceso de reproducción. Esto se pone de manifiesto con la mayor claridad en la fase del ciclo industrial inmediatamente posterior a la crisis superada, cuando el capital de préstamo yace ocioso en masa. En tales momentos, en que el proceso de producción está restringido (la producción en los distritos industriales ingleses se había reducido en un tercio después de la crisis de 1847), en que los precios de las mercancías están en su punto más bajo y el espíritu de empresa está paralizado, reina un bajo nivel del tipo de interés, que aquí no indica sino el aumento del capital prestable precisamente por la contracción y la parálisis del capital industrial. Que se requieren menos medios de circulación con los precios de las mercancías caídos, las transacciones disminuidas y la contracción del capital desembolsado en salarios; que, por otra parte, tras la liquidación de las deudas con el extranjero, en parte por salida de oro y en parte por quiebras, no se requiere dinero adicional para la función de dinero mundial; que, por último, el volumen del negocio de descuento de letras disminuye con el número y los importes de esas mismas letras —todo esto es evidente. La demanda de capital dinerario prestable, sea para medios de circulación, sea para medios de pago (de nueva inversión de capital no se habla todavía), disminuye, pues, y este se vuelve con ello relativamente abundante. Pero también la oferta de capital dinerario prestable aumenta positivamente en tales circunstancias, como se mostrará más adelante.

Así, después de la crisis de 1847 reinaba «una restricción de las transacciones y una gran superabundancia de dinero». (*Comm. Distress*, 1847/48, Evid. n.º 1664.) El tipo de interés era muy bajo a causa de «la destrucción casi completa del comercio y la ausencia casi total de posibilidades de invertir dinero». (L. c., p. 45. Declaración de Hodgson, director del Royal Bank of Liverpool.) Qué disparates inventan estos señores (y Hodgson es todavía uno de los mejores) para explicarse esto, puede verse por la siguiente frase:

> «La estrechez» (1847) «surgió de una disminución real del capital dinerario en el país, causada en parte por la necesidad de pagar en oro las importaciones de todas las partes del mundo, y en parte por la transformación de capital de circulación (floating capital) en capital fijo.»

No se ve cómo la transformación de capital de circulación en capital fijo habría de disminuir el capital dinerario del país, puesto que, por ejemplo, en los ferrocarriles, en los que se había inmovilizado principalmente capital en aquella época, no se consume oro ni papel en viaductos y raíles, y el dinero para las acciones ferroviarias, en la medida en que solo se depositaba para los desembolsos, funcionaba exactamente igual que todo el demás dinero depositado en los bancos e incluso, como ya se ha mostrado más arriba, aumentaba momentáneamente el capital dinerario prestable; pero en la medida en que se gastaba realmente en la construcción, circulaba como medio de compra y de pago en el país. Solo en la medida en que el capital fijo no es un artículo exportable, y por tanto, con la imposibilidad de la exportación, desaparece también el capital disponible que se obtiene mediante los retornos de los artículos exportados, y por tanto también los retornos en efectivo o en lingotes, solo en esa medida podría verse afectado el capital dinerario. Pero también los artículos de exportación ingleses se amontonaban entonces en masa, invendibles, en los mercados extranjeros. Para los comerciantes y fabricantes de Manchester, etc., que habían atascado una parte del capital normal de su negocio en acciones ferroviarias y dependían por ello de capital prestado para llevar su negocio, su floating capital se había fijado, en efecto, y tuvieron que cargar con las consecuencias. Pero habría sido lo mismo si el capital que pertenecía a su negocio, pero que le habían retirado, lo hubieran invertido, en lugar de en ferrocarriles, por ejemplo en minas, cuyo producto es a su vez floating capital: hierro, carbón, cobre, etc. — La disminución real del capital dinerario disponible por la mala cosecha, la importación de trigo y la exportación de oro fue, naturalmente, un acontecimiento que no tenía nada que ver con la especulación ferroviaria.

> «Casi todas las casas comerciales habían empezado a matar de hambre más o menos su negocio para invertir el dinero en ferrocarriles.» — «Los adelantos tan amplios que las casas comerciales hacían a los ferrocarriles las indujeron a apoyarse demasiado en los bancos mediante el descuento de letras y a continuar así sus negocios comerciales.» (El mismo Hodgson, l. c., p. 67.) «En Manchester se produjeron pérdidas inmensas por la especulación en ferrocarriles.» (R. Gardner, citado en el libro I, cap. XIII, 3, c, y en otros varios lugares, declaración n.º 4884, l. c.)

Una de las causas principales de la crisis de 1847 fue la colosal saturación del mercado y la especulación sin límites en el comercio de mercancías con las Indias Orientales. Pero también otras circunstancias provocaron la caída de casas muy ricas de este ramo:

> «Tenían medios abundantes, pero no podían hacerlos líquidos. Todo su capital estaba inmovilizado en fincas en Mauricio o en fábricas de índigo y de azúcar. Cuando habían contraído obligaciones de hasta 500.000-600.000 £, no tenían medios líquidos para pagar sus letras, y al final resultó que, para pagar sus letras, tenían que confiar por completo en su crédito.» (Ch. Turner, gran comerciante de las Indias Orientales en Liverpool, n.º 730, l. c.)

Además, Gardner (n.º 4872, l. c.):

> «Inmediatamente después del tratado con China, se hicieron concebir al país perspectivas tan grandes de una enorme expansión de nuestro comercio con China que se construyeron muchas fábricas grandes expresamente para este negocio, para fabricar los tejidos de algodón que se venden principalmente en el mercado chino, y estas vinieron a sumarse a todas nuestras fábricas ya existentes.» — 4874. «¿Cómo ha resultado este negocio? — De lo más ruinoso, hasta el punto de que casi desafía toda descripción; no creo que de todos los embarques de 1844 y 1845 a China hayan vuelto nunca más de 2/3 del importe; como el té es el principal artículo de la exportación de retorno, y como se nos habían hecho concebir tan grandes esperanzas, nosotros, los fabricantes, contábamos con seguridad con una gran rebaja del arancel del té.»

Y ahora viene, expresado ingenuamente, el credo característico del fabricante inglés:

> «Nuestro comercio con un mercado extranjero no está limitado por la capacidad de este para comprar las mercancías, sino que está limitado aquí, en el país, por nuestra capacidad de consumir los productos que recibimos como retornos por nuestros productos industriales.»

(Los países relativamente pobres con los que comercia Inglaterra pueden, naturalmente, pagar y consumir cualquier cantidad imaginable de manufacturas inglesas, pero, por desgracia, la rica Inglaterra no puede digerir los productos de retorno.)

> 4876. «Al principio envié allí algunas mercancías, y se vendieron con una pérdida de alrededor del 15 %, en la plena convicción de que el precio al que mis agentes podían comprar té daría, al revenderlo aquí, una ganancia tan grande que cubriría esa pérdida; pero, en lugar de obtener ganancia, perdí a veces el 25 y hasta el 50 %.» — 4877. «¿Exportaban los fabricantes por cuenta propia? — Principalmente; los comerciantes, al parecer, vieron muy pronto que no se sacaba nada del asunto, y animaron a los fabricantes a hacer consignaciones más que participar ellos mismos.»

En 1857, en cambio, las pérdidas y las quiebras recayeron preferentemente sobre los comerciantes, ya que esta vez los fabricantes les dejaron a ellos la saturación de los mercados extranjeros «por cuenta propia».

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Una expansión del capital dinerario que nace de que, a consecuencia de la difusión del sistema bancario (véase más abajo el ejemplo de Ipswich, donde en el curso de pocos años inmediatamente anteriores a 1857 los depósitos de los arrendatarios se cuadruplicaron), lo que antes era tesoro privado o reserva de moneda se convierte siempre, por un tiempo determinado, en capital prestable, expresa tan poco un crecimiento del capital productivo como los crecientes depósitos en los bancos por acciones de Londres en cuanto estos empezaron a pagar intereses por los depósitos. Mientras la escala de la producción sigue siendo la misma, esta expansión solo produce abundancia de capital dinerario prestable frente al productivo. De ahí el bajo tipo de interés.

Cuando el proceso de reproducción ha vuelto a alcanzar el estado de prosperidad que precede al de la tensión excesiva, el crédito comercial alcanza una expansión muy grande, que entonces tiene de hecho, de nuevo, la base «sana» de reflujos que ingresan con facilidad y de una producción ampliada. En este estado, el tipo de interés sigue siendo bajo, aunque suba por encima de su mínimo. Este es, en realidad, el *único* momento en que puede decirse que un tipo de interés bajo y, por tanto, una abundancia relativa del capital prestable coinciden con una expansión real del capital industrial. La facilidad y la regularidad de los reflujos, unidas a un crédito comercial extenso, aseguran la oferta de capital de préstamo pese a la mayor demanda e impiden que suba el nivel del tipo de interés. Por otra parte, solo ahora entran en grado apreciable los caballeros que trabajan sin capital de reserva, o en general sin capital, y operan, por tanto, enteramente sobre la base del crédito en dinero. A ello se añade ahora también la gran expansión del capital fijo en todas sus formas y la apertura en masa de nuevas empresas de largo alcance. El interés sube ahora a su nivel medio. Vuelve a alcanzar su máximo en cuanto estalla la nueva crisis, el crédito cesa de repente, los pagos se interrumpen, el proceso de reproducción se paraliza y, con las excepciones mencionadas anteriormente, junto a una falta casi absoluta de capital de préstamo, se produce una superabundancia de capital industrial desocupado.

En conjunto, pues, el movimiento del capital de préstamo, tal como se expresa en el tipo de interés, discurre en dirección inversa al del capital industrial. La fase en que el tipo de interés bajo, pero por encima del mínimo, coincide con la «mejoría» y la confianza creciente después de la crisis, y en especial la fase en que alcanza su nivel medio, el centro, equidistante de su mínimo y de su máximo: solo estos dos momentos expresan la coincidencia de un capital de préstamo abundante con una gran expansión del capital industrial. Pero al comienzo del ciclo industrial el tipo de interés bajo coincide con la contracción, y al final del ciclo el tipo de interés alto con la superabundancia de capital industrial. El tipo de interés bajo que acompaña a la «mejoría» expresa que el crédito comercial solo necesita en pequeña medida del crédito bancario, porque todavía se sostiene sobre sus propios pies.

Con este ciclo industrial ocurre que el mismo circuito, una vez dado el primer impulso, tiene que reproducirse periódicamente.[^k16-8] En el estado de relajación, la producción desciende por debajo del nivel que había alcanzado en el ciclo anterior y para el que ahora está echada la base técnica. En la prosperidad —el período intermedio— sigue desarrollándose sobre esta base. En el período de sobreproducción y de especulación desenfrenada tensa al máximo las fuerzas productivas, hasta más allá de los límites capitalistas del proceso de producción.

Que en el período de crisis faltan medios de pago es evidente por sí mismo. La convertibilidad de las letras ha sustituido a la metamorfosis de las mercancías mismas, y precisamente en tales momentos tanto más cuanto mayor es la parte de las casas comerciales que trabajan solo a crédito. Una legislación bancaria ignorante y equivocada, como la de 1844/45, puede agravar esta crisis monetaria. Pero ningún tipo de legislación bancaria puede suprimir la crisis.

En un sistema de producción en el que toda la conexión del proceso de reproducción descansa en el crédito, si el crédito cesa de repente y ya solo vale el pago al contado, tiene que producirse evidentemente una crisis, una afluencia violenta en busca de medios de pago. A primera vista, toda la crisis se presenta, por tanto, solo como crisis de crédito y crisis monetaria. Y, en efecto, solo se trata de la convertibilidad de las letras en dinero. Pero estas letras representan en su mayoría compras y ventas reales, cuya expansión, que va mucho más allá de la necesidad social, está en definitiva en la base de toda la crisis. Pero, junto a ello, una masa enorme de estas letras representa también meros negocios especulativos, que ahora salen a la luz y estallan; además, especulaciones realizadas con capital ajeno, pero fracasadas; por último, capitales mercantiles depreciados o incluso invendibles, o reflujos que ya nunca pueden ingresar. Todo el sistema artificial de expansión violenta del proceso de reproducción no puede curarse, naturalmente, porque un banco, por ejemplo el Banco de Inglaterra, dé ahora con su papel a todos los especuladores el capital que les falta y compre todas las mercancías depreciadas a sus antiguos valores nominales. Por lo demás, aquí todo aparece invertido, pues en este mundo de papel no aparecen en ninguna parte el precio real y sus factores reales, sino solo lingotes, moneda metálica, billetes, letras, títulos. Esta inversión aparece sobre todo en los centros, como Londres, en los que se concentra todo el negocio de dinero del país; todo el proceso se vuelve incomprensible; menos ya en los centros de producción.

Por lo demás, con respecto a la superabundancia de capital industrial que se pone de manifiesto en las crisis, hay que observar lo siguiente: el capital mercantil es en sí al mismo tiempo capital dinerario, es decir, una suma determinada de valor expresada en el precio de la mercancía. Como valor de uso, es una cantidad determinada de objetos de uso determinados, y estos existen en abundancia en el momento de la crisis. Pero como capital dinerario en sí, como capital dinerario potencial, está sometido a una expansión y una contracción constantes. En vísperas de la crisis y dentro de ella, el capital mercantil está contraído en su condición de capital dinerario potencial. Representa para su poseedor y para los acreedores de este (así como en calidad de garantía de letras y préstamos) menos capital dinerario que en el momento en que se compró y en que se concluyeron los descuentos y operaciones de pignoración basados en él. Si este ha de ser el sentido de la afirmación de que el capital dinerario de un país disminuye en tiempos de estrechez, ello es idéntico a decir que los precios de las mercancías han caído. Por lo demás, semejante hundimiento de los precios no hace más que compensar su anterior hinchazón.

Los ingresos de las clases improductivas y de quienes viven de rentas fijas permanecen en su mayor parte estacionarios durante la hinchazón de los precios que va de la mano de la sobreproducción y la sobreespeculación. Su capacidad de consumo disminuye, por tanto, relativamente, y con ella su capacidad de reponer la parte de la reproducción global que normaliter debería entrar en su consumo. Aun cuando su demanda permanezca nominalmente igual, en realidad disminuye.

Con respecto a la importación y la exportación hay que observar que todos los países, uno tras otro, se ven arrastrados a la crisis, y que entonces resulta que todos ellos, con pocas excepciones, han exportado e importado demasiado, que por tanto *la balanza de pagos está en contra de todos*, que, por consiguiente, el problema no está en realidad en la balanza de pagos. Inglaterra, por ejemplo, sufre una salida de oro. Ha importado en exceso. Pero al mismo tiempo todos los demás países están sobrecargados de mercancías inglesas. Han importado también, por tanto, en exceso o se les ha hecho importar en exceso. (Hay, ciertamente, una diferencia entre el país que exporta a crédito y los que no exportan a crédito o lo hacen solo poco. Pero estos últimos importan entonces a crédito; y solo no es así cuando la mercancía se les envía en consignación.) La crisis puede estallar primero en Inglaterra, el país que más crédito da y menos toma, porque la balanza de pagos, la balanza de los pagos vencidos que tienen que liquidarse inmediatamente, está *en contra suya*, aunque la balanza comercial general esté *a su favor*. Esto último se explica en parte por el crédito que ha concedido y en parte por la masa de capitales prestados al extranjero, de modo que afluye a él una masa de reflujos en mercancías, además de los retornos comerciales propiamente dichos. (Pero la crisis ha estallado a veces también primero en América, el país que más crédito comercial y de capital toma de Inglaterra.) El crac en Inglaterra, iniciado y acompañado por la salida de oro, salda la balanza de pagos de Inglaterra, en parte por la quiebra de sus importadores (sobre lo cual se hablará más abajo), en parte por la expulsión al extranjero de una parte de su capital mercantil a precios baratos, en parte por la venta de títulos extranjeros, la compra de títulos ingleses, etc. Ahora le llega el turno a otro país. La balanza de pagos estaba momentáneamente a su favor; pero ahora el plazo que en tiempos normales media entre la balanza de pagos y la balanza comercial ha desaparecido o, al menos, se ha acortado por la crisis; todos los pagos tienen que liquidarse de una vez. La misma cosa se repite entonces aquí. Inglaterra tiene ahora reflujo de oro; el otro país, salida de oro. Lo que en un país aparece como importación excesiva aparece en el otro como exportación excesiva, y a la inversa. Pero ha habido importación excesiva y exportación excesiva en todos los países (no hablamos aquí de malas cosechas, etc., sino de una crisis general); es decir, sobreproducción, favorecida por el crédito y por la hinchazón general de los precios que lo acompaña.

En 1857 la crisis estalló en los Estados Unidos. Se produjo una salida de oro de Inglaterra hacia América. Pero en cuanto estalló la hinchazón en América, se produjo la crisis en Inglaterra y la salida de oro de América hacia Inglaterra. Lo mismo entre Inglaterra y el continente. En tiempos de crisis general, la balanza de pagos está en contra de cada nación, al menos de cada nación comercialmente desarrollada, pero siempre de una tras otra, como en un fuego graneado, en cuanto le llega el turno de pagar; y la crisis, una vez estallada, por ejemplo en Inglaterra, comprime la serie de estos plazos en un período muy corto. Resulta entonces que todas estas naciones han exportado en exceso (y, por tanto, producido en exceso) y han importado en exceso (y, por tanto, comerciado en exceso) al mismo tiempo, que en todas ellas los precios estaban inflados y el crédito sobretensado. Y en todas sigue el mismo derrumbe. El fenómeno de la salida de oro les llega entonces a todas, una tras otra, y muestra precisamente por su generalidad: 1., que la salida de oro es un mero fenómeno de la crisis, no su causa; 2., que el orden en que se produce en las distintas naciones solo indica cuándo les ha llegado el turno de saldar sus cuentas con el cielo, cuándo ha llegado para ellas el plazo de la crisis y estallan en ellas sus elementos latentes.

Es característico de los escritores económicos ingleses —y la literatura económica digna de mención desde 1830 se resuelve principalmente en literatura sobre la currency, el crédito y las crisis— que consideren la exportación de metal precioso en tiempos de crisis, pese al giro de los tipos de cambio, solo desde el punto de vista de Inglaterra, como un fenómeno puramente nacional, y cierren resueltamente los ojos ante el hecho de que, cuando su banco eleva el tipo de interés en tiempos de crisis, todos los demás bancos europeos hacen lo mismo, y de que, si hoy resuena entre ellos el grito de alarma por la salida de oro, mañana resuena en América y pasado mañana en Alemania y en Francia.

> En 1847 «había que cumplir las obligaciones que corrían a cargo de Inglaterra» (en muy gran parte, por trigo). «Desgraciadamente, se cumplieron en gran parte mediante quiebras.» (La rica Inglaterra se dio respiro mediante la quiebra frente al continente y América.) «Pero en la medida en que no se liquidaron mediante quiebras, se cumplieron mediante la exportación de metales preciosos.» (*Report of Committee on Bank Acts*, 1857.)

En la medida, pues, en que la crisis se agrava en Inglaterra por la legislación bancaria, esta legislación es un medio para estafar en tiempos de hambruna a las naciones exportadoras de trigo, primero su trigo y luego el dinero de su trigo. Una prohibición de exportar trigo en tales tiempos, para países que ellos mismos padecen más o menos carestía, es, pues, un medio muy racional contra este plan del Banco de Inglaterra de «cumplir las obligaciones» por la importación de trigo «mediante quiebras». Es mucho mejor, entonces, que los productores de trigo y los especuladores pierdan una parte de su ganancia en beneficio del país que su capital en beneficio de Inglaterra.

De lo dicho resulta que el capital mercantil pierde en gran medida, en la crisis y en general en los estancamientos de los negocios, su condición de representar un capital dinerario potencial. Lo mismo vale para el capital ficticio, los papeles que devengan interés, en la medida en que circulan ellos mismos en la bolsa como capitales dinerarios. Con el aumento del interés cae su precio. Cae, además, por la falta general de crédito, que obliga a sus propietarios a deshacerse de ellos en masa en el mercado para procurarse dinero. Cae, por último, en el caso de las acciones, en parte a consecuencia de la disminución de los réditos sobre los que son órdenes de pago, en parte a consecuencia del carácter fraudulento de las empresas que con bastante frecuencia representan. Este capital dinerario ficticio disminuye enormemente en las crisis, y con él el poder de sus propietarios de obtener dinero sobre él en el mercado. La disminución de los nombres en dinero de estos títulos en el boletín de cotizaciones no tiene, sin embargo, nada que ver con el capital real que representan, pero sí muchísimo con la solvencia de sus propietarios.

## Capítulo trigesimoprimero. Capital dinerario y capital real. II (Continuación)

Todavía no hemos terminado con la cuestión de hasta qué punto la acumulación del capital en forma de capital dinerario prestable coincide con la acumulación real, con la ampliación del proceso de reproducción.

La transformación de dinero en capital dinerario prestable es una historia mucho más sencilla que la transformación de dinero en capital productivo. Pero aquí hemos de distinguir dos cosas:

1. la mera transformación de dinero en capital de préstamo[^k17-t1];

2. la transformación de capital o de rédito en dinero que se transforma en capital de préstamo.

Solo este último punto puede incluir una acumulación positiva del capital de préstamo vinculada con la acumulación real del capital industrial.

### 1. Transformación de dinero en capital de préstamo

Ya hemos visto que puede producirse una acumulación, una sobreabundancia de capital de préstamo que solo guarda relación con la acumulación productiva en la medida en que está en razón inversa de ella. Así ocurre en dos fases del ciclo industrial, a saber: primero, en la época en que el capital industrial, en sus dos formas de capital productivo y de capital mercantil, se ha contraído, es decir, al comienzo del ciclo, después de la crisis; y segundo, en la época en que empieza la mejoría, pero el crédito comercial todavía recurre poco al crédito bancario. En el primer caso, el capital dinerario que antes estaba empleado en la producción y el comercio aparece como capital de préstamo desocupado; en el segundo, aparece empleado en medida creciente, pero a un tipo de interés muy bajo, porque ahora es el capitalista industrial y comercial quien dicta las condiciones al capitalista dinerario. La abundancia de capital de préstamo expresa en el primer caso un estancamiento del capital industrial y, en el segundo, una independencia relativa del crédito comercial respecto del crédito bancario, basada en la fluidez del reflujo, en los plazos cortos del crédito y en el predominio del trabajo con capital propio. Los especuladores que cuentan con capital de crédito ajeno todavía no han entrado en liza; la gente que trabaja con capital propio está aún muy lejos de operaciones de crédito aproximadamente puras. En la primera fase, la abundancia de capital de préstamo es justamente lo contrario de la expresión de la acumulación real. En la segunda fase coincide con una nueva expansión del proceso de reproducción, la acompaña, pero no es su causa. La abundancia de capital de préstamo ya disminuye, ya solo es relativa, en relación con la demanda. En ambos casos, la expansión del proceso real de acumulación se ve favorecida por el hecho de que el interés bajo, que en el primer caso coincide con precios bajos y en el segundo con precios que suben lentamente, aumenta la parte de la ganancia que se transforma en ganancia empresarial. Esto ocurre todavía más cuando el interés sube hasta su promedio durante el apogeo del período de prosperidad, en el que ha crecido, sí, pero no en proporción a la ganancia.

Por otra parte, hemos visto que puede producirse una acumulación del capital de préstamo sin ninguna acumulación real, por medios puramente técnicos, como la expansión y concentración del sistema bancario, el ahorro de la reserva de circulación o también de los fondos de reserva de medios de pago de los particulares, que de este modo se transforman siempre, por breves períodos, en capital de préstamo. Aunque este capital de préstamo, al que por eso se llama también capital flotante (floating capital), solo conserva la forma de capital de préstamo durante períodos cortos (así como solo se debe descontar para períodos cortos), afluye y refluye constantemente. Si uno lo retira, otro lo aporta. La masa del capital dinerario prestable (aquí no hablamos en absoluto de los préstamos a varios años, sino solo de los de corta vida contra letras de cambio y depósito en garantía) crece así, en efecto, de manera completamente independiente de la acumulación real.

> B.C. 1857, pregunta 501. «¿Qué entiende usted por floating capital?» (El señor Weguelin, gobernador del Banco de Inglaterra:) «Es capital utilizable para préstamos de dinero a corto plazo… (502). Billetes del Banco de Inglaterra… de los bancos provinciales, y el importe del dinero existente en el país». {Pregunta:} «¿No parece, según los estados presentados a la comisión, que, si por floating capital entiende usted la circulación activa» {a saber, de los billetes del Banco de Inglaterra} «no se produce en esa circulación activa ninguna oscilación muy importante?» (Pero hay una diferencia muy grande según quién haya adelantado la circulación activa, si el prestamista de dinero o el propio capitalista reproductivo. Respuesta de Weguelin:) «Incluyo en el floating capital las reservas de los banqueros, en las que hay una oscilación importante».

Es decir, pues, que se produce una oscilación importante en la parte de los depósitos que los banqueros no han vuelto a prestar, sino que figura como su reserva, pero en gran parte también como la reserva del Banco de Inglaterra, en el que están depositados. Por último, el mismo señor dice que el floating capital es… bullion, es decir, lingotes y moneda metálica. (503.) Es realmente maravilloso cómo en esta jerga crediticia del mercado de dinero todas las categorías de la economía política reciben otro sentido y otra forma. Floating capital es allí la expresión para circulating capital, que naturalmente es algo completamente distinto, y money es capital, y bullion es capital, y los billetes de banco son circulation, y el capital es a commodity, y las deudas son commodities, ¡y fixed capital es dinero invertido en papeles difíciles de vender![^k17-t3]

> «Los bancos por acciones de Londres… han aumentado sus depósitos de 8.850.774 £ en 1847 a 43.100.724 £ en 1857… Los datos y declaraciones presentados a la comisión permiten concluir que una gran parte de este enorme importe procede de fuentes que antes no podían utilizarse para este fin; y que la costumbre de abrir una cuenta en casa del banquero y de depositar dinero en ella se ha extendido a numerosas fuentes que antes no podían utilizarse para este fin; y que la costumbre de abrir cuenta en casa del banquero y de depositar dinero en ella se ha difundido entre numerosas clases que antes no invertían de esta manera su capital (!). El señor Rodwell, presidente de la Asociación de Bancos Privados Provinciales» {a diferencia de los bancos por acciones} «y delegado por ella para declarar ante la comisión, afirma que en la región de Ipswich esta costumbre se ha cuadruplicado recientemente entre los arrendatarios y los pequeños comerciantes de aquel distrito; que casi todos los arrendatarios, incluso los que solo pagan 50 £ de arriendo anual, tienen ahora depósitos en los bancos. La masa de estos depósitos encuentra naturalmente su camino hacia el empleo en los negocios y gravita sobre todo hacia Londres, el centro de la actividad comercial, donde encuentra empleo en primer lugar en el descuento de letras y en otros adelantos a los clientes de los banqueros londinenses. Pero una gran parte, para la que los propios banqueros no tienen demanda inmediata, pasa a manos de los bill-brokers[^k17-t4], que a cambio dan a los banqueros letras comerciales que ya han descontado una vez para gente de Londres y de las provincias». (B.C. 1858, p. 8.)

Cuando el banquero hace adelantos al bill-broker sobre las letras que este ya ha descontado una vez, en realidad las vuelve a descontar; pero, de hecho, muchísimas de estas letras ya han sido redescontadas por el bill-broker, y con el mismo dinero con el que el banquero redescuenta las letras del bill-broker, este redescuenta nuevas letras. A qué conduce esto:

> «Se han creado vastos créditos ficticios por medio de letras de favor y créditos en blanco, lo que se vio muy facilitado por el proceder de los bancos provinciales por acciones, que descontaban tales letras y luego las hacían redescontar por los bill-brokers en el mercado de Londres, y ello únicamente sobre la base del crédito del banco, sin consideración de la calidad que por lo demás tuvieran las letras». (L. c.)

Sobre este redescuento y sobre el impulso que este aumento puramente técnico del capital dinerario prestable da a las estafas crediticias, es interesante el siguiente pasaje del *Economist*:

> «Durante muchos años el capital» (a saber, el capital dinerario prestable) «se acumuló en algunos distritos del país más deprisa de lo que podía emplearse, mientras que en otros los medios de invertirlo crecían más deprisa que el capital mismo. Así, mientras los banqueros de los distritos agrícolas no encontraban ocasión de invertir sus depósitos de manera rentable y segura en su propia región, los de los distritos industriales y las ciudades comerciales tenían más demanda de capital de la que podían satisfacer. El efecto de estas situaciones diferentes en los diferentes distritos ha conducido en los últimos años al nacimiento y a la expansión vertiginosamente rápida de una nueva clase de casas ocupadas en la distribución del capital, que, aunque se las llama por lo general bill-brokers, son en realidad banqueros en la más grande de las escalas. El negocio de estas casas consiste en hacerse cargo, por períodos determinados y convenidos y a intereses determinados y convenidos, del capital excedente de los bancos de los distritos donde no podía emplearse, así como de los fondos temporalmente ociosos de sociedades por acciones y grandes casas comerciales, y en adelantar este dinero, a un tipo de interés más alto, a los bancos de los distritos donde el capital está más solicitado; por regla general, redescontando las letras de sus clientes… Así se convirtió Lombard Street en el gran centro en el que se efectúa la transferencia de capital ocioso de una parte del país, donde no puede emplearse con utilidad, a otra donde hay demanda de él; y esto tanto para las diferentes partes del país como para individuos en una situación semejante. Originariamente, estos negocios se limitaban casi exclusivamente a tomar y dar préstamos contra garantía bancaria. Pero a medida que el capital del país crecía rápidamente y se economizaba cada vez más gracias a la creación de bancos, los fondos de que disponían estas casas de descuento llegaron a ser tan grandes que pasaron a hacer adelantos, primero sobre dock warrants (resguardos de almacén de mercancías en los docks) y luego también sobre conocimientos de embarque que representaban productos que todavía no habían llegado, aunque a veces, si no regularmente, ya se habían girado letras sobre ellos contra el corredor de mercancías. Esta práctica cambió pronto todo el carácter del comercio inglés. Las facilidades ofrecidas de este modo en Lombard Street dieron a los corredores de mercancías de Mincing Lane una posición muy reforzada; estos, a su vez, trasladaron toda la ventaja a los comerciantes importadores; estos últimos participaron en ella hasta tal punto que, mientras que veinticinco años antes tomar crédito sobre sus conocimientos de embarque o incluso sobre sus dock warrants habría arruinado el crédito de un comerciante, en los últimos años esta práctica se ha generalizado tanto que puede considerarse la regla, y no ya, como hace veinticinco años, una rara excepción. Más aún, este sistema se ha extendido tanto que en Lombard Street se han tomado grandes sumas sobre letras giradas contra la cosecha todavía *en pie* de colonias lejanas. La consecuencia de tales facilidades fue que los comerciantes importadores ampliaron sus negocios exteriores e inmovilizaron su capital flotante (floating), con el que hasta entonces habían llevado su negocio, en la más reprobable de todas las inversiones, en plantaciones coloniales, sobre las que podían ejercer poco o ningún control. Así vemos el encadenamiento directo de los créditos. El capital del país que se ha reunido en nuestros distritos agrícolas se deposita en pequeños importes en los bancos rurales y se centraliza en Lombard Street para su empleo. Pero se ha hecho aprovechable, primero, para ampliar los negocios en nuestros distritos mineros e industriales mediante el redescuento de letras a los bancos de allí; y luego también para conceder mayores facilidades a los importadores de productos extranjeros mediante adelantos sobre dock warrants y conocimientos de embarque, con lo cual el capital comercial “legítimo” de casas dedicadas al comercio exterior y colonial quedó liberado y pudo emplearse así en las formas de inversión más reprobables, en plantaciones de ultramar». (*Economist*, 1847, p. 1334.)

Este es el «hermoso» entrelazamiento de los créditos. El depositante rural se imagina que solo deposita en casa de su banquero, y se imagina además que, cuando el banquero presta, lo hace a particulares que este conoce. No tiene la más remota idea de que ese banquero pone su depósito a disposición de un bill-broker londinense sobre cuyas operaciones ninguno de los dos tiene el menor control.

Ya hemos visto cómo las grandes empresas públicas, por ejemplo, la construcción de ferrocarriles, pueden aumentar momentáneamente el capital de préstamo, ya que los importes desembolsados permanecen siempre, durante cierto tiempo, disponibles en manos de los bancos hasta su empleo efectivo.

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Por lo demás, la masa del capital de préstamo es completamente distinta de la cantidad de la circulación. Por cantidad de la circulación entendemos aquí la suma de todos los billetes de banco que circulan y de toda la moneda metálica que se encuentran en un país, incluidos los lingotes de metales preciosos. Una parte de esta cantidad forma la reserva de los bancos, siempre cambiante en su magnitud.

> «El 12 de noviembre de 1857» (fecha de la suspensión de la ley bancaria de 1844) «la reserva total del Banco de Inglaterra, incluidas todas las sucursales, ascendía solo a 580.751 £; la suma de los depósitos ascendía al mismo tiempo a 22½ millones de £, de los cuales cerca de 6½ millones pertenecían a los banqueros de Londres». (B.A. 1858, p. LVII.)

Las variaciones del tipo de interés (prescindiendo de las que se producen en períodos más largos o de la diferencia del tipo de interés en los distintos países; las primeras están condicionadas por variaciones en la tasa general de ganancia, las segundas por diferencias en las tasas de ganancia y en el desarrollo del crédito) dependen de la oferta de capital de préstamo (suponiendo iguales todas las demás circunstancias, el estado de la confianza, etc.), es decir, del capital que se presta en forma de dinero, de moneda metálica y de billetes; a diferencia del capital industrial, que se presta como tal, en forma de mercancía, por medio del crédito comercial, entre los propios agentes reproductivos.

Pero, con todo, la masa de este capital dinerario prestable es distinta e independiente de la masa del dinero circulante.

Si, por ejemplo, se prestaran 20 £ cinco veces al día, se prestaría un capital dinerario de 100 £, y esto implicaría al mismo tiempo que esas 20 £ habrían funcionado además por lo menos cuatro veces como medio de compra o de pago; pues, si fuera sin la mediación de la compra y el pago, de modo que no hubieran representado por lo menos cuatro veces la forma transformada del capital (mercancía, incluida también la fuerza de trabajo), no constituirían un capital de 100 £, sino solo cinco créditos de 20 £ cada uno.

En los países de crédito desarrollado podemos suponer que todo el capital dinerario disponible para el préstamo existe en forma de depósitos en los bancos y en los prestamistas de dinero. Esto vale, por lo menos, para el negocio en su conjunto. Además, en las buenas épocas de los negocios, antes de que se desate la especulación propiamente dicha, con un crédito fácil y una confianza creciente, la mayor parte de las funciones de la circulación se despacha mediante simple transferencia de créditos, sin intervención de dinero metálico ni de papel.

La mera posibilidad de grandes importes de depósitos con una cantidad relativamente pequeña de medios de circulación depende únicamente:

1. del número de compras y pagos que efectúa la misma pieza de dinero;

2. del número de sus retornos, en los que vuelve a los bancos como depósito, de modo que su función repetida como medio de compra y de pago está mediada por su renovada transformación en depósito. Por ejemplo, supongamos que un pequeño comerciante deposita semanalmente en casa del banquero 100 £ en dinero; el banquero paga con ellas una parte del depósito del fabricante; este las paga a los obreros; estos pagan con ellas al pequeño comerciante, que vuelve a depositarlas en el banco. Las 100 £ depositadas por el pequeño comerciante han servido, pues, primero, para pagar un depósito del fabricante; segundo, para pagar a los obreros; tercero, para pagar al propio pequeño comerciante; cuarto, para depositar una parte ulterior del capital dinerario del mismo pequeño comerciante; pues al cabo de 20 semanas, si él mismo no tuviera que girar contra ese dinero, habría depositado así en casa del banquero, con las mismas 100 £, 2.000 £.

Hasta qué punto este capital dinerario está desocupado solo se muestra en el flujo y reflujo de los fondos de reserva de los bancos. Por eso el señor Weguelin, gobernador del Banco de Inglaterra en 1857, concluye que el oro del Banco de Inglaterra es el «único» capital de reserva:

> 1258. «En mi opinión, el tipo de descuento se determina efectivamente por el importe del capital desocupado existente en el país. El importe del capital desocupado está representado por la reserva del Banco de Inglaterra, que efectivamente es una reserva de oro. Por lo tanto, cuando el oro sale, esto disminuye el importe del capital desocupado en el país y eleva por ello el valor de la parte que aún queda». 1364[^k17-t5]. «La reserva de oro del Banco de Inglaterra es en verdad la reserva central o el tesoro metálico sobre cuya base se realizan todos los negocios del país… Es sobre este tesoro o este depósito sobre el que recae siempre el efecto de los tipos de cambio exteriores». (*Report on Bank Acts*, 1857.)

La estadística de la exportación y la importación ofrece una medida de la acumulación del capital real, es decir, productivo y mercantil. Y ahí se muestra siempre que, para el período de desarrollo de la industria inglesa que se mueve en ciclos decenales (1815-1870), el máximo de la última época de prosperidad antes de la crisis reaparece cada vez como mínimo de la época de prosperidad inmediatamente siguiente, para luego subir a un nuevo máximo mucho más alto.

El valor real o declarado de los productos exportados de Gran Bretaña e Irlanda en el año de prosperidad de 1824 fue de 40.396.300 £. Con la crisis de 1825, el importe de la exportación cae luego por debajo de esta suma y oscila entre 35 y 39 millones anuales. Con el retorno de la prosperidad en 1834 sube por encima del nivel más alto anterior, a 41.649.191 £, y alcanza en 1836 el nuevo máximo de 53.368.571 £. Con 1837 vuelve a caer a 42 millones, de modo que el nuevo mínimo está ya más alto que el antiguo máximo, y luego oscila entre 50 y 53 millones. El retorno de la prosperidad eleva el importe de la exportación en 1844 a 58½ millones, con lo que el máximo de 1836 vuelve a quedar ampliamente superado. En 1845 alcanza 60.111.082 £; luego cae a algo más de 57 millones en 1846, casi 59 millones en 1847, casi 53 millones en 1848; sube en 1849 a 63½ millones, en 1853 a casi 99 millones, en 1854 a 97 millones, en 1855 a 94½ millones, en 1856 a casi 116 millones, y alcanza el máximo en 1857 con 122 millones. En 1858 cae a 116 millones, pero ya en 1859 sube a 130 millones, en 1860 a casi 136 millones, en 1861 solo 125 millones (aquí, de nuevo, el nuevo mínimo más alto que el máximo anterior), en 1863 146½ millones.

Lo mismo podría demostrarse naturalmente también para la importación, que muestra la expansión del mercado; aquí solo nos ocupamos de la escala de la producción. {Esto vale para Inglaterra, evidentemente, solo para la época del monopolio industrial efectivo; pero vale en general para el conjunto de los países con gran industria moderna mientras el mercado mundial siga expandiéndose. — F. E.}

### 2. Transformación de capital o de rédito en dinero que se transforma en capital de préstamo

Consideramos aquí la acumulación del capital dinerario en la medida en que no es expresión de un estancamiento en el flujo del crédito comercial ni de una economización, ya sea del medio realmente en curso, ya del capital de reserva de los agentes ocupados en la reproducción.

Aparte de estos dos casos, puede surgir acumulación de capital dinerario por una afluencia extraordinaria de oro, como en 1852 y 1853 a consecuencia de las nuevas minas de oro de Australia y California. Este oro se depositó en el Banco de Inglaterra. Los depositantes tomaron a cambio billetes, que no volvieron a depositar directamente en casa de los banqueros. De este modo, el medio circulante aumentó extraordinariamente. (Declaración de Weguelin, B. C. 1857, n.º 1329.) El banco trató de valorizar estos depósitos rebajando el descuento al 2 %. La masa de oro acumulada en el banco subió durante seis meses de 1853 a 22-23 millones.

La acumulación de todos los capitalistas que prestan dinero se produce, evidentemente, siempre de manera inmediata en la forma dineraria, mientras que hemos visto que la acumulación real de los capitalistas industriales se lleva a cabo, por regla general, mediante el aumento de los elementos del propio capital reproductivo. El desarrollo del sistema de crédito y la enorme concentración del negocio de préstamo de dinero en manos de grandes bancos tienen que acelerar ya de por sí, por lo tanto, la acumulación del capital prestable como una forma distinta de la acumulación real. Este rápido desarrollo del capital de préstamo es, por eso, un resultado de la acumulación real, pues es la consecuencia del desarrollo del proceso de reproducción, y la ganancia que constituye la fuente de acumulación de estos capitalistas dinerarios no es más que una deducción de la plusvalía que extraen los agentes reproductivos (a la vez que apropiación de una parte del interés de ahorros *ajenos*). El capital de préstamo se acumula a costa, a la vez, de los industriales y de los comerciantes. Hemos visto cómo, en las fases desfavorables del ciclo industrial, el tipo de interés puede subir tanto que, para algunas ramas de negocios en situación especialmente desventajosa, se traga temporalmente toda la ganancia. Al mismo tiempo caen los precios de los efectos públicos y de los demás títulos de valor. Ese es el momento en que los capitalistas dinerarios compran en masa estos papeles depreciados, que en las fases posteriores no tardan en volver a subir hasta su nivel normal y por encima de él. Entonces se venden, y así se apropia una parte del capital dinerario del público. La parte que no se vende rinde intereses más altos, porque se compró por debajo del precio. Pero toda la ganancia que hacen los capitalistas dinerarios y que reconvierten en capital la transforman primero en capital dinerario prestable. La acumulación de este último, como distinta de la acumulación real, aunque sea vástago de ella, se sigue ya, por lo tanto, si solo consideramos a los propios capitalistas dinerarios, banqueros, etc., como acumulación de esta clase particular de capitalistas. Y tiene que crecer con cada expansión del sistema de crédito, tal como esta acompaña a la ampliación real del proceso de reproducción.

Si el tipo de interés está bajo, esta depreciación del capital dinerario recae principalmente sobre los depositantes, no sobre los bancos. Antes del desarrollo de los bancos por acciones, en Inglaterra ¾ de todos los depósitos estaban en los bancos sin devengar interés. Donde ahora se paga interés por ellos, este es por lo menos un 1 % inferior al tipo de interés del día.

En cuanto a la acumulación de dinero de las demás clases de capitalistas, prescindimos de la parte que se invierte en papeles que devengan interés y se acumula en esta forma. Consideramos solo la parte que se lanza al mercado como capital dinerario prestable.

Tenemos aquí, en primer lugar, la parte de la ganancia que no se gasta como rédito, sino que se destina a la acumulación, pero para la que los capitalistas industriales no tienen por el momento empleo en su propio negocio. Esta ganancia existe de manera inmediata en el capital mercantil, de cuyo valor constituye una parte, y se realiza en dinero junto con él. Si no se reconvierte (prescindimos por ahora del comerciante, del que hablaremos especialmente) en los elementos de producción del capital mercantil, ese dinero tiene que permanecer durante un tiempo en la forma de dinero. Esta masa aumenta con la masa del propio capital, incluso cuando la tasa de ganancia disminuye. La parte que ha de gastarse como rédito se consume poco a poco, pero entretanto constituye, como depósito, capital de préstamo en casa del banquero. Así pues, incluso el crecimiento de la parte de la ganancia gastada como rédito se expresa en una acumulación paulatina, que se repite constantemente, de capital de préstamo. Y lo mismo la otra parte, la que está destinada a la acumulación. Con el desarrollo del sistema de crédito y de su organización, incluso el aumento del rédito, es decir, del consumo de los capitalistas industriales y comerciales, se expresa, pues, como acumulación de capital de préstamo. Y esto vale para todos los réditos en la medida en que se consumen poco a poco, o sea, para la renta de la tierra, el salario en sus formas superiores, los ingresos de las clases improductivas, etc. Todos ellos adoptan durante cierto tiempo la forma de rédito en dinero y son, por lo tanto, transformables en depósitos y, con ello, en capital de préstamo. De todo rédito, ya esté destinado al consumo o a la acumulación, vale que, en cuanto existe en alguna forma dineraria, es una parte de valor del capital mercantil transformada en dinero y, por lo tanto, expresión y resultado de la acumulación real, pero no el propio capital productivo. Si un hilandero ha cambiado su hilo por algodón, pero la parte que constituye rédito por dinero, la existencia real de su capital industrial es el hilo, que ha pasado a manos del tejedor o también, por ejemplo, del consumidor privado; y el hilo es, en efecto, la existencia, ya sea para la reproducción, ya para el consumo, tanto del valor de capital como de la plusvalía que encierra. La magnitud de la plusvalía transformada en dinero depende de la magnitud de la plusvalía encerrada en el hilo. Pero, en cuanto se ha transformado en dinero, este dinero no es más que la existencia como valor de esta plusvalía. Y como tal se convierte en elemento del capital de préstamo. Para ello no hace falta más que se transforme en depósito, si no lo ha prestado ya su propio dueño. Para reconvertirse en capital productivo, en cambio, tiene que haber alcanzado ya un determinado límite mínimo.

## Capítulo trigesimosegundo. Capital dinerario y capital real. III (Conclusión)

La masa del dinero que ha de reconvertirse así en capital es resultado del proceso masivo de reproducción, pero, considerada en sí misma, como capital dinerario prestable, no es ella misma masa de capital reproductivo.

Lo más importante de lo expuesto hasta aquí es que la expansión de la parte del rédito destinada al consumo (prescindiendo del obrero, porque su rédito = al capital variable) se presenta primero como acumulación de capital dinerario. Entra, pues, en la acumulación del capital dinerario un elemento esencialmente distinto de la acumulación real del capital industrial; pues la parte del producto anual destinada al consumo no se convierte de ninguna manera en capital. Una parte de ella *repone* capital, a saber, el capital constante de los productores de medios de consumo, pero, en la medida en que se transforma realmente en capital, existe en la forma natural del rédito de los productores de ese capital constante. El mismo dinero que representa el rédito, que sirve de mero mediador del consumo, se transforma regularmente durante un tiempo en capital dinerario prestable. En la medida en que este dinero representa salario, es al mismo tiempo la forma dineraria del capital variable; y en la medida en que repone el capital constante de los productores de medios de consumo, es la forma dineraria que su capital constante adopta momentáneamente, y sirve para comprar los elementos naturales de su capital constante que hay que reponer. Ni en una ni en otra forma expresa en sí acumulación, aunque su masa crezca con el volumen del proceso de reproducción. Pero desempeña temporalmente la función de dinero prestable, es decir, de capital dinerario. Por este lado, pues, la acumulación del capital dinerario tiene que reflejar siempre una acumulación de capital mayor que la que existe realmente, ya que la expansión del consumo individual, por estar mediada por el dinero, aparece como acumulación de capital dinerario, porque suministra la forma dineraria para la acumulación real, para dinero que abre nuevas inversiones de capital.

La acumulación del capital dinerario prestable no expresa, pues, en parte, nada más que el hecho de que todo el dinero en el que se transforma el capital industrial en el proceso de su ciclo adopta la forma no de dinero que los agentes reproductivos *adelantan*, sino de dinero que *toman prestado*; de modo que, de hecho, el adelanto del dinero que tiene que hacerse en el proceso de reproducción aparece como adelanto de dinero prestado. De hecho, sobre la base del crédito comercial, el uno presta al otro el dinero que este necesita en el proceso de reproducción. Pero esto adopta ahora la forma de que el banquero, al que una parte de los agentes reproductivos se lo presta, lo presta a la otra parte de los agentes reproductivos, con lo que el banquero aparece como el dispensador de bendiciones; y, al mismo tiempo, la de que la disposición sobre este capital cae por completo en manos de los banqueros como intermediarios.

Hay que mencionar todavía algunas formas particulares de la acumulación de capital dinerario. Se libera capital, por ejemplo, por una caída del precio de los elementos de producción, materias primas, etc. Si el industrial no puede ampliar de inmediato su proceso de reproducción, una parte de su capital dinerario es expulsada del ciclo como excedente y se transforma en capital dinerario prestable. Pero, en segundo lugar, se libera capital en forma dineraria, sobre todo en el caso del comerciante, en cuanto se producen interrupciones en los negocios. Si el comerciante ha despachado una serie de negocios y, a causa de tales interrupciones, solo puede comenzar más tarde la nueva serie, el dinero realizado representa para él solo tesoro, capital excedente. Pero al mismo tiempo representa directamente acumulación de capital dinerario prestable. En el primer caso, la acumulación del capital dinerario expresa la repetición del proceso de reproducción en condiciones más favorables, liberación real de una parte del capital antes inmovilizado y, por lo tanto, capacidad para ampliar el proceso de reproducción con los mismos medios dinerarios. En el otro caso, en cambio, mera interrupción del flujo de las transacciones. Pero en ambos casos se transforma en capital dinerario prestable, representa acumulación de este, actúa por igual sobre el mercado de dinero y el tipo de interés, aunque aquí exprese un estímulo y allí un freno del proceso real de acumulación. Por último, se produce acumulación de capital dinerario por el número de personas que han hecho su agosto y se retiran de la reproducción. Cuantas más ganancias se han hecho en el curso del ciclo industrial, mayor es su número. Aquí la acumulación del capital dinerario prestable expresa, por un lado, acumulación real (según su volumen relativo); por otro, solo el volumen de la transformación de capitalistas industriales en meros capitalistas dinerarios.

En cuanto a la otra parte de la ganancia, la que no está destinada a consumirse como rédito, solo se transforma en capital dinerario si no puede emplearse inmediatamente en ampliar el negocio en la esfera de producción en la que se ha obtenido. Esto puede deberse a dos razones. O bien porque esa esfera está saturada de capital. O bien porque la acumulación, para poder funcionar como capital, tiene que haber alcanzado primero cierto volumen, según las proporciones de la inversión de nuevo capital en ese negocio determinado. Se transforma, pues, primero en capital dinerario prestable y sirve para ampliar la producción en otras esferas. Suponiendo constantes todas las demás circunstancias, la masa de la ganancia destinada a reconvertirse en capital dependerá de la masa de la ganancia obtenida y, por lo tanto, de la expansión del propio proceso de reproducción. Pero si esta nueva acumulación tropieza en su empleo con dificultades, con falta de esferas de inversión, si se produce, pues, una saturación de las ramas de producción y una sobreoferta de capital de préstamo, esta plétora del capital dinerario prestable no demuestra más que los límites de la producción *capitalista*. El vértigo especulativo del crédito que viene después demuestra que no existe ningún obstáculo positivo para el empleo de este capital sobrante. Lo que sí existe es un obstáculo en virtud de sus leyes de valorización, en virtud de los límites dentro de los cuales el capital puede valorizarse como capital. La plétora de capital dinerario como tal no expresa necesariamente sobreproducción, ni siquiera falta de esferas de empleo para el capital.

La acumulación del capital de préstamo consiste sencillamente en que el dinero se deposita como dinero prestable. Este proceso es muy distinto de la transformación real en capital; es solo la acumulación de dinero en una forma en la que puede transformarse en capital. Pero esta acumulación puede expresar, como se ha demostrado, elementos muy distintos de la acumulación real. Con una ampliación constante de la acumulación real, esta acumulación ampliada de capital dinerario puede ser en parte su resultado, en parte el resultado de elementos que la acompañan pero son completamente distintos de ella, y en parte, finalmente, incluso el resultado de estancamientos de la acumulación real. Ya por el solo hecho de que la acumulación de capital de préstamo se ve hinchada por tales elementos, independientes de la acumulación real pero que, con todo, la acompañan, tiene que producirse constantemente, en determinadas fases del ciclo, una plétora de capital dinerario, y esta plétora tiene que desarrollarse con el desarrollo del crédito. Con ella tiene que desarrollarse, pues, al mismo tiempo la necesidad de empujar el proceso de producción más allá de sus límites capitalistas: sobrecomercio, sobreproducción, sobrecrédito. Al mismo tiempo, esto tiene que ocurrir siempre en formas que provocan un contragolpe.

En cuanto a la acumulación del capital dinerario a partir de la renta de la tierra, el salario, etc., es superfluo entrar aquí en ella. Solo hay que destacar este elemento: que el negocio del ahorro y la renuncia reales (por parte de los atesoradores), en la medida en que suministra elementos de la acumulación, queda confiado, por la división del trabajo en el progreso de la producción capitalista, a quienes perciben el mínimo de tales elementos y con harta frecuencia pierden además lo que han ahorrado, como los obreros en las quiebras de bancos. Por un lado, el capital del capitalista industrial no lo «ahorra» él mismo, sino que, en proporción a la magnitud de su capital, dispone de ahorros ajenos; por otro, el capitalista dinerario convierte los ahorros ajenos en su capital, y el crédito que se conceden los capitalistas reproductivos entre sí y el que les concede el público, en su fuente privada de enriquecimiento. La última ilusión del sistema capitalista, la de que el capital sería el vástago del trabajo y del ahorro propios, se viene así abajo. No solo consiste la ganancia en la apropiación de trabajo ajeno, sino que el capital con el que se pone en movimiento y se explota este trabajo ajeno consiste en propiedad ajena, que el capitalista dinerario pone a disposición del capitalista industrial y por la que él, a su vez, explota a este.

Hay que señalar todavía algunas cosas sobre el capital de crédito.

Cuántas veces puede figurar la misma pieza de dinero como capital de préstamo depende enteramente, como ya se ha expuesto antes:

1. de cuántas veces realiza valores de mercancías en la venta o en el pago, es decir, transfiere capital, y además de cuántas veces realiza rédito. Cuántas veces pasa a otra mano como valor realizado, ya sea de capital o de rédito, depende, por lo tanto, evidentemente del volumen y la masa de los intercambios reales;

2. depende de la economía de los pagos y del desarrollo y la organización del sistema de crédito;

3. finalmente, del encadenamiento y la velocidad de acción de los créditos, de modo que, si en un punto cae como depósito, en el otro sale enseguida de nuevo como préstamo.

Aun suponiendo que la forma en que existe el capital de préstamo sea solo la del dinero real, oro o plata, la mercancía cuya materia sirve de medida de los valores, una gran parte de este capital dinerario es siempre, necesariamente, puramente ficticia, es decir, título sobre valor, exactamente igual que los signos de valor. En la medida en que el dinero funciona en el ciclo del capital, constituye, ciertamente, por un momento capital dinerario; pero no se transforma en capital dinerario prestable, sino que o bien se cambia por los elementos del capital productivo, o bien, al realizarse el rédito, se paga como medio de circulación y no puede, por lo tanto, transformarse en capital de préstamo para su poseedor. Pero en la medida en que se transforma en capital de préstamo y el mismo dinero representa repetidamente capital de préstamo, está claro que solo existe en *un* punto como dinero metálico; en todos los demás puntos existe solo en la forma de derecho sobre capital. La acumulación de estos derechos, según el supuesto, nace de la acumulación real, es decir, de la transformación del valor del capital mercantil, etc., en dinero; pero, con todo, la acumulación de estos derechos o títulos como tal es distinta tanto de la acumulación real de la que nace como de la acumulación futura (el nuevo proceso de producción) que se lleva a cabo por mediación del préstamo del dinero.

Prima facie, el capital de préstamo existe siempre en la forma de dinero[^k17-9], después como derecho sobre dinero, ya que el dinero en el que existe originariamente se encuentra ahora en manos del prestatario en forma dineraria real. Para el prestamista se ha transformado en derecho sobre dinero, en un título de propiedad. La misma masa de dinero real puede, por lo tanto, representar masas muy diferentes de capital dinerario. El mero dinero, represente capital realizado o rédito realizado, se convierte en capital de préstamo por el mero acto de prestarlo, por su transformación en depósito, si consideramos la forma general con un sistema de crédito desarrollado. El depósito es capital dinerario para el depositante. Pero en manos del banquero puede no ser más que capital dinerario potencial, que yace ocioso en su caja en lugar de en la de su propietario.[^k17-10]

Con el crecimiento de la riqueza material crece la clase de los capitalistas dinerarios; aumentan, por un lado, el número y la riqueza de los capitalistas que se retiran, los rentistas; y, en segundo lugar, se fomenta el desarrollo del sistema de crédito y con ello aumenta el número de banqueros, prestamistas de dinero, financieros, etc. Con el desarrollo del capital dinerario disponible se desarrolla la masa de los papeles que devengan interés, títulos de la deuda pública, acciones, etc., como se ha expuesto antes. Pero con ello, al mismo tiempo, la demanda de capital dinerario disponible, ya que los jobbers[^k17-t6], que hacen negocios especulativos con estos papeles, desempeñan un papel principal en el mercado de dinero. Si todas las compras y ventas de estos papeles fueran solo la expresión de una inversión real de capital, sería correcto decir que no pueden influir en la demanda de capital de préstamo, ya que, cuando A vende su papel, retira exactamente tanto dinero como B mete en el papel. Sin embargo, incluso entonces, como el papel existe, pero no el capital (por lo menos no como capital dinerario) que originariamente representa, genera siempre pro tanto una nueva demanda de ese capital dinerario. Pero, en todo caso, se trata entonces de capital dinerario del que antes disponía B y ahora dispone A.

> B.A. 1857, n.º 4886: «¿Es en su opinión una indicación correcta de las causas que determinan el tipo de descuento decir que este se regula por la cantidad de capital existente en el mercado que es utilizable para el descuento de letras comerciales, a diferencia de otras clases de títulos de valor?». {Chapman:} «No; sostengo que el tipo de interés se ve afectado por todos los títulos de valor fácilmente convertibles (all convertible securities of a current character)[^k17-t7]; sería injusto limitar la cuestión simplemente al descuento de letras; pues, cuando hay gran demanda de dinero sobre» {depósito de} «consolidados, o incluso sobre bonos del Tesoro, como ha ocurrido mucho recientemente, y a un tipo de interés muy superior al comercial, sería absurdo decir que nuestro mundo comercial no se ve afectado por ello; se ve afectado muy esencialmente». 4890. «Cuando hay en el mercado títulos de valor buenos y corrientes, reconocidos como tales por los banqueros, y sus dueños quieren tomar dinero sobre ellos, esto tiene con toda seguridad su efecto sobre las letras comerciales; yo no puedo esperar, por ejemplo, que un hombre me dé su dinero al 5 % sobre letras comerciales si al mismo tiempo puede prestar ese dinero al 6 % sobre consolidados, etc.; nos afecta de la misma manera; nadie puede pedirme que descuente sus letras al 5½ % si yo puedo prestar mi dinero al 6 %». 4892. «De la gente que compra títulos de valor por 2.000 £, 5.000 £ o 10.000 £ como inversiones fijas de capital no hablamos como si influyeran esencialmente en el mercado de dinero. Si me pregunta usted por el tipo de interés sobre» {depósito de} «consolidados, hablo de gente que hace negocios por importe de cientos de miles, de los llamados jobbers, que suscriben o compran en el mercado grandes importes de empréstitos públicos y que luego tienen que conservar estos papeles hasta poder deshacerse de ellos con una ganancia; esta gente tiene que tomar dinero prestado para este fin».

Con el desarrollo del sistema de crédito se crean grandes mercados de dinero concentrados, como Londres, que son al mismo tiempo las sedes principales del comercio con estos papeles. Los banqueros ponen masivamente a disposición de la chusma de estos traficantes el capital dinerario del público, y así crece esta ralea de jugadores.

> «En la bolsa de valores, el dinero suele ser más barato que en ninguna otra parte», dice en 1848 el entonces gobernador del Banco de Inglaterra[^k17-t8] ante la comisión secreta de los Lores. (C.D. 1848, printed 1857, n.º 219.)

Ya se ha expuesto al estudiar el capital que devenga interés que el interés medio de una serie más larga de años, en circunstancias por lo demás iguales, está determinado por la tasa media de la ganancia, no de la ganancia empresarial, que no es ella misma otra cosa que la ganancia menos el interés.

Que también en las variaciones del interés comercial —del interés que los prestamistas de dinero cargan por descuentos y préstamos dentro del círculo del mundo comercial— llega, en el curso del ciclo industrial, una fase en la que el tipo de interés rebasa su mínimo y alcanza el nivel medio (que más tarde sobrepasa), y en la que este movimiento es consecuencia del aumento de la ganancia, también esto se ha mencionado ya y se seguirá investigando.

Sin embargo, aquí hay que señalar dos cosas:

*Primero*: Si el tipo de interés se mantiene alto durante bastante tiempo (hablamos aquí del tipo de interés en un país dado como Inglaterra, donde el tipo de interés medio está dado para un tiempo bastante largo y se presenta también en el interés pagado por préstamos a plazos más largos, lo que puede llamarse interés privado), esto es prima facie prueba de que durante ese tiempo la tasa de la ganancia es alta, pero no prueba necesariamente que la tasa de la ganancia empresarial sea alta. Esta última diferencia desaparece más o menos para los capitalistas que trabajan predominantemente con capital propio: realizan la alta tasa de la ganancia, ya que se pagan a sí mismos el interés. La posibilidad de un tipo de interés alto de larga duración —no hablamos aquí de la fase de la estrechez propiamente dicha— está dada con una alta tasa de la ganancia. Pero es posible que esta alta tasa de ganancia, después de deducir la alta tasa de interés, solo deje una baja tasa de ganancia empresarial. Esta última puede encogerse mientras la alta tasa de ganancia persiste. Esto es posible porque las empresas una vez acometidas tienen que proseguirse. En esta fase se trabaja mucho con mero capital de crédito (capital ajeno); y la alta tasa de ganancia puede ser en algunos puntos especulativa, prospectiva. Una alta tasa de interés puede pagarse con una alta tasa de ganancia, pero con una ganancia empresarial decreciente. Puede pagarse —y este es en parte el caso en épocas de especulación— no de la ganancia, sino del propio capital ajeno tomado en préstamo, y esto puede durar un tiempo.

*Segundo*: La afirmación de que la demanda de capital dinerario y, por lo tanto, la tasa de interés crecen porque la tasa de ganancia es alta no es idéntica a la de que crece la demanda de capital industrial y, por lo tanto, la tasa de interés es alta.

En épocas de crisis, la demanda de capital de préstamo, y con ella la tasa de interés, alcanza su máximo; la tasa de ganancia, y con ella la demanda de capital industrial, prácticamente ha desaparecido. En tales épocas cada cual toma prestado solo para pagar, para liquidar obligaciones ya contraídas. En cambio, en las épocas de reanimación después de la crisis, se pide capital de préstamo para comprar y para transformar el capital dinerario en capital productivo o comercial. Y entonces lo pide o el capitalista industrial o el comerciante. El capitalista industrial lo desembolsa en medios de producción y en fuerza de trabajo.

La creciente demanda de fuerza de trabajo nunca puede ser en sí misma razón de un aumento del tipo de interés, en la medida en que este está determinado por la tasa de ganancia. Un salario más alto nunca es razón de una ganancia más alta, aunque, consideradas fases particulares del ciclo industrial, puede ser una de sus consecuencias.

La demanda de fuerza de trabajo puede aumentar porque la explotación del trabajo se desarrolla en circunstancias especialmente favorables, pero la creciente demanda de fuerza de trabajo y, por lo tanto, de capital variable no aumenta en sí y por sí la ganancia, sino que la merma pro tanto. Sin embargo, con ello puede aumentar la demanda de capital variable, es decir, también la demanda de capital dinerario, y esto elevar el tipo de interés. El precio de mercado de la fuerza de trabajo sube entonces por encima de su promedio, se emplea un número de obreros superior al promedio y, al mismo tiempo, sube el tipo de interés, porque con aquellas circunstancias sube la demanda de capital dinerario. La creciente demanda de fuerza de trabajo encarece esta mercancía como cualquier otra, eleva su precio, pero no la ganancia, que se basa principalmente en la baratura relativa precisamente de esta mercancía. Pero al mismo tiempo, en las circunstancias supuestas, eleva la tasa de interés, porque eleva la demanda de capital dinerario. Si el capitalista dinerario, en lugar de prestar el dinero, se transformara en un industrial, el hecho de tener que pagar más caro el trabajo no aumentaría en sí y por sí su ganancia, sino que la disminuiría pro tanto. La coyuntura de las circunstancias puede ser tal que, a pesar de ello, su ganancia suba, pero nunca porque pague más caro el trabajo. Esta última circunstancia, en la medida en que aumenta la demanda de capital dinerario, basta, sin embargo, para elevar la tasa de interés. Si por cualesquiera causas subiera el salario en una coyuntura por lo demás desfavorable, la subida del salario haría bajar la tasa de ganancia, pero elevaría la tasa de interés en la medida en que aumentara la demanda de capital dinerario.

Prescindiendo del trabajo, lo que Overstone llama «demanda de capital» consiste solo en demanda de mercancías. La demanda de mercancías eleva su precio, ya sea porque sube por encima del promedio, ya porque la oferta cae por debajo del promedio. Si el capitalista industrial o el comerciante tiene que pagar ahora, por ejemplo, 150 £ por la misma masa de mercancías por la que antes pagaba 100 £, tendría que tomar prestadas 150 £ en lugar de 100 £ y tendría, por lo tanto, que pagar, con un interés del 5 %, 7½ £, donde antes pagaba 5 £. La masa del interés que tiene que pagar subiría porque sube la masa del capital tomado en préstamo.

Toda la tentativa del señor Overstone consiste en presentar como idénticos los intereses del capital de préstamo y los del capital industrial, mientras que su ley bancaria está calculada precisamente para explotar la diferencia de estos intereses en provecho del capital dinerario.

Es posible que la demanda de mercancías, en caso de que su oferta haya caído por debajo del promedio, no absorba más capital dinerario que antes. Hay que pagar la misma suma, quizá una menor, por su valor total, pero por la misma suma se obtiene una cantidad menor de valores de uso. En este caso, la demanda de capital dinerario prestable seguirá siendo la misma y, por lo tanto, el tipo de interés no subirá, aunque la demanda de la mercancía en relación con su oferta y, por lo tanto, el precio de la mercancía hayan subido. El tipo de interés solo puede verse afectado en cuanto crece la demanda total de capital de préstamo, y este no es el caso con los supuestos anteriores.

Pero la oferta de un artículo puede caer también por debajo del promedio, como en una mala cosecha de cereal, algodón, etc., y crecer la demanda de capital de préstamo porque se especula con que los precios suban todavía más, y el medio más inmediato para hacerlos subir consiste en sustraer temporalmente al mercado una parte de la oferta. Pero, para pagar la mercancía comprada sin venderla, se procura dinero por medio de la «economía de letras»[^k17-t10] comercial. En este caso crece la demanda de capital de préstamo, y el tipo de interés puede subir a consecuencia de esta tentativa de impedir artificialmente la llegada de la mercancía al mercado. El tipo de interés más alto expresa entonces una disminución artificial de la oferta del capital mercantil.

Por otra parte, la demanda de un artículo puede crecer porque su oferta ha crecido y el artículo está por debajo de su precio medio.

En este caso, la demanda de capital de préstamo puede seguir siendo la misma o incluso caer, porque con la misma suma de dinero pueden obtenerse más mercancías. Pero también podría producirse una formación especulativa de existencias, en parte para aprovechar el momento favorable con fines de producción, en parte en espera de un aumento posterior de los precios. En este caso podría crecer la demanda de capital de préstamo, y el tipo de interés más elevado sería así expresión de una inversión de capital en una formación excesiva de existencias de elementos del capital productivo. Aquí solo consideramos la demanda de capital de préstamo tal como se ve influida por la demanda y la oferta del capital mercantil. Ya se ha expuesto antes cómo el estado cambiante del proceso de reproducción en las fases del ciclo industrial influye en la oferta de capital de préstamo. La trivial proposición de que la tasa de mercado del tipo de interés está determinada por la oferta y la demanda de capital (de préstamo) la confunde Overstone, astutamente, con su propio supuesto, según el cual el capital de préstamo es idéntico al capital en general, y trata así de convertir al usurero en el único capitalista y su capital en el único capital.

En épocas de estrechez, la demanda de capital de préstamo es demanda de medios de pago y nada más; en modo alguno demanda de dinero como medio de compra. El tipo de interés puede subir entonces muchísimo, tanto da que el capital real —productivo y mercantil— exista en exceso o escasee. La demanda de medios de pago es mera demanda de convertibilidad en *dinero* en la medida en que los comerciantes y productores pueden ofrecer buenas garantías; es demanda de *capital dinerario* en la medida en que no es así, en la medida, pues, en que un adelanto de medios de pago no solo les da la *forma dineraria*, sino el *equivalente* que les falta, en la forma que sea, para pagar. Este es el punto en el que las dos partes de la teoría corriente, al juzgar las crisis, tienen razón y no la tienen. Los que dicen que solo hay escasez de medios de pago, o bien solo tienen en vista a los poseedores de garantías bona fide, o bien son necios que creen que es deber de un banco, y que está en su poder, transformar mediante papelitos a todos los estafadores en quiebra en capitalistas solventes y sólidos. Los que dicen que solo hay escasez de capital, o bien hacen mero juego de palabras, puesto que en tales épocas el capital *inconvertible* existe en masa a consecuencia de la sobreimportación y la sobreproducción, o bien hablan solo de esos caballeros del crédito que ahora se ven efectivamente en circunstancias en que ya no obtienen capital ajeno con el que hacer negocios, y que ahora exigen que el banco no solo les ayude a pagar el capital perdido, sino que además los capacite para continuar con la estafa.

Es fundamento de la producción capitalista que el dinero se enfrente a la mercancía como forma autónoma del valor, o que el valor de cambio tenga que recibir una forma autónoma en el dinero, y esto solo es posible si una mercancía determinada se convierte en el material en cuyo valor se miden todas las demás mercancías, si precisamente por ello se convierte en la mercancía general, en la mercancía par excellence, en contraposición a todas las demás mercancías. Esto tiene que manifestarse en un doble aspecto, y sobre todo en las naciones capitalistamente desarrolladas, que sustituyen el dinero en gran medida, por un lado mediante operaciones de crédito, por otro mediante dinero crediticio. En épocas de estrechez, en las que el crédito se encoge o cesa por completo, el dinero se enfrenta de repente a las mercancías, de manera absoluta, como único medio de pago y verdadera existencia del valor. De ahí la depreciación general de las mercancías, la dificultad, incluso la imposibilidad, de transformarlas en dinero, es decir, en su propia forma puramente fantástica. Pero, en segundo lugar, el dinero crediticio mismo solo es dinero en la medida en que representa de manera absoluta, por el importe de su valor nominal, el dinero real. Con la salida de oro, su convertibilidad en dinero se vuelve problemática, es decir, su identidad con el oro real. De ahí las medidas coercitivas, la subida del tipo de interés, etc., para asegurar las condiciones de esta convertibilidad. Esto puede llevarse más o menos al extremo mediante una legislación falsa, basada en teorías falsas sobre el dinero e impuesta a la nación por el interés de los traficantes de dinero, de los Overstone y consortes. Pero el fundamento está dado con el fundamento del propio modo de producción. Una depreciación del dinero crediticio (por no hablar de una desmonetización del mismo, por lo demás puramente imaginaria) conmocionaría todas las relaciones existentes. Por eso se sacrifica el valor de las mercancías para asegurar la existencia fantástica y autónoma de este valor en el dinero. Como valor dinerario solo está asegurado, en general, mientras esté asegurado el dinero. Por eso, por un par de millones de dinero, tienen que sacrificarse muchos millones en mercancías. Esto es inevitable en la producción capitalista y constituye una de sus bellezas. En los modos de producción anteriores no ocurre, porque, dada la estrecha base sobre la que se mueven, no llegan a desarrollarse ni el crédito ni el dinero crediticio. Mientras el carácter *social* del trabajo aparezca como la *existencia dineraria* de la mercancía y, por lo tanto, como una *cosa* exterior a la producción real, las crisis monetarias, independientes o como agudización de crisis reales, son inevitables. Por otra parte, está claro que, mientras el crédito de un banco no esté quebrantado, este alivia el pánico en tales casos aumentando el dinero crediticio, pero lo agrava retirándolo. Toda la historia de la industria moderna muestra que el metal solo sería necesario, de hecho, para saldar el comercio internacional, en cuanto su equilibrio se desplaza momentáneamente, si la producción interior estuviera organizada. Que el interior ya ahora no necesita dinero metálico lo demuestra la suspensión de los pagos en efectivo de los llamados bancos nacionales, a la que se recurre en todos los casos extremos como único remedio.

Tratándose de dos individuos, sería ridículo decir que, en su trato mutuo, ambos tienen la balanza de pagos en contra. Si son recíprocamente deudores y acreedores el uno del otro, está claro que, si sus créditos no se compensan, por el resto uno tiene que ser deudor del otro. Con las naciones no ocurre así en absoluto. Y que no ocurre así lo reconocen todos los economistas en la proposición de que la balanza de pagos puede ser favorable o desfavorable a una nación aunque su balanza comercial tenga que nivelarse a fin de cuentas. La balanza de pagos se distingue de la balanza comercial en que es una balanza comercial vencedera en un tiempo determinado. Lo que hacen las crisis es comprimir en un tiempo breve la diferencia entre la balanza de pagos y la balanza comercial; y las situaciones determinadas que se desarrollan en la nación en la que está la crisis, en la que, por lo tanto, llega ahora el plazo de pago, estas situaciones traen ya consigo semejante contracción del tiempo de compensación. Primero, el envío de metales preciosos al exterior; luego, la venta a cualquier precio de mercancías consignadas; la exportación de mercancías para malvenderlas o para conseguir en el interior adelantos de dinero sobre ellas; la subida del tipo de interés, la cancelación de los créditos, la caída de los títulos de valor, la venta a cualquier precio de títulos de valor extranjeros, la atracción de capital extranjero para invertirlo en estos títulos de valor depreciados y, por último, la bancarrota, que compensa una masa de créditos. A menudo, además, se envía metal al país donde ha estallado la crisis, porque las letras giradas contra él son inseguras y, por lo tanto, el pago se efectúa con más seguridad en metal. A ello se añade la circunstancia de que, con respecto a Asia, todas las naciones capitalistas son por lo general al mismo tiempo, directa o indirectamente, deudoras suyas. En cuanto estas diferentes circunstancias ejercen su pleno efecto sobre la otra nación implicada, también en ella se produce la exportación de oro o de plata, en una palabra, llega el plazo de pago, y se repiten los mismos fenómenos.

En el crédito comercial, el interés, como diferencia entre el precio a crédito y el precio al contado, solo entra en el precio de la mercancía en la medida en que las letras tienen un plazo más largo que el habitual. De lo contrario, no. Y esto se explica porque cada cual toma este crédito con una mano y lo da con la otra. {Esto no concuerda con mi experiencia. — F. E.} Pero, en la medida en que el descuento entra aquí en esta forma, no está regulado por este crédito comercial, sino por el mercado de dinero.

Si la demanda y la oferta de capital dinerario, que determinan el tipo de interés, fueran idénticas a la demanda y la oferta de capital real, como afirma Overstone, el interés tendría que ser a la vez bajo y alto según se consideraran mercancías distintas o la misma mercancía en estadios distintos (materia prima, producto semielaborado, producto terminado). En 1844, el tipo de interés del Banco de Inglaterra osciló entre el 4 % (de enero a septiembre) y el 2½ y el 3 % de noviembre a fin de año. En 1845 fue del 2½, 2¾ y 3 % de enero a octubre, y entre el 3 y el 5 % en los últimos meses. El precio medio del algodón fair Orleans[^k17-t11] fue en 1844 de 6¼ peniques y en 1845 de 4⅞ peniques. El 3 de marzo de 1844, las existencias de algodón en Liverpool eran de 627.042 balas, y el 3 de marzo de 1845, de 773.800 balas. A juzgar por el bajo precio del algodón, el tipo de interés tenía que ser bajo en 1845, y lo fue, en efecto, durante la mayor parte de ese tiempo. Pero, a juzgar por el hilo, habría tenido que ser alto, pues los precios eran relativamente altos y las ganancias absolutamente altas. Con algodón a 4 peniques la libra podía hilarse en 1845, con 4 peniques de costes de hilado, un hilo (n.º 40, buen secunda mule twist) que, por lo tanto, le costaba al hilandero 8 peniques y que en septiembre y octubre de 1845 podía vender a 10½ u 11½ peniques la libra. (Véase la declaración de Wylie más adelante.)

Todo el asunto puede decidirse de este modo:

La demanda y la oferta de capital de préstamo serían idénticas a la demanda y la oferta de capital en general (aunque esta última expresión es absurda; para el industrial o el comerciante, la mercancía es una forma de su capital, pero nunca pide capital como tal, sino siempre solo esta mercancía especial como tal, la compra y la paga como mercancía, cereal o algodón, independientemente del papel que haya de desempeñar en el ciclo de su capital) si no hubiera prestamistas de dinero y, en su lugar, los capitalistas que prestan estuvieran en posesión de maquinaria, materias primas, etc., y las prestaran o alquilaran, como ahora las casas, a los capitalistas industriales, que son ellos mismos dueños de una parte de estos objetos. En tales circunstancias, la oferta de capital de préstamo sería idéntica a la oferta de elementos de producción para el capitalista industrial, de mercancías para el comerciante. Pero está claro que entonces el reparto de la ganancia entre prestamista y prestatario dependería en primer lugar por completo de la proporción en que este capital está prestado y en que es propiedad de quien lo emplea.

Según el señor Weguelin (B.A. 1857), el tipo de interés está determinado por «la masa del capital desocupado» (252); es «solo un índice de la masa del capital desocupado que busca inversión» (271); más adelante, este capital desocupado se llama «floating capital» (485), y por él entiende «los billetes del Banco de Inglaterra y otros medios de circulación del país; por ejemplo, los billetes de los bancos provinciales y la moneda existente en el país… incluyo también en el floating capital las reservas de los bancos» (502, 503), y más adelante también el oro en lingotes (503). Así, el mismo Weguelin dice que el Banco de Inglaterra tiene gran influencia sobre el tipo de interés en las épocas «en que nosotros» (el B. de I.) «tenemos efectivamente en nuestra mano la mayor parte del capital desocupado» (1198), mientras que, según las declaraciones del señor Overstone citadas arriba, el Banco de Inglaterra «no es un lugar para el capital». Además, dice Weguelin:

> «En mi opinión, el tipo de descuento se regula por la cantidad de capital desocupado que hay en el país. La cantidad de capital desocupado está representada por la reserva del B. de I., que efectivamente es una reserva metálica. Por lo tanto, cuando disminuye el tesoro metálico, esto disminuye la cantidad de capital desocupado en el país y eleva, pues, el valor del resto que todavía queda». (1258.)

J. Stuart Mill dice en el n.º 2102:

> «Para mantener solvente su banking department, el banco se ve obligado a hacer todo lo posible por llenar la reserva de este departamento; en cuanto ve, pues, que se produce una salida, tiene que asegurarse una reserva y, o bien restringir sus descuentos, o bien vender títulos de valor».

La reserva, en la medida en que solo se considera el banking department, es reserva únicamente para los depósitos. Según los Overstone, el banking department debe actuar solo como banquero, sin consideración de la emisión «automática» de billetes. Pero en épocas de verdadera estrechez, la institución, independientemente de la reserva del banking department, que solo consiste en billetes, tiene puesta una mirada muy atenta en el tesoro metálico, y tiene que tenerla si no quiere quebrar. Pues en la misma medida en que mengua el tesoro metálico, mengua también la reserva de billetes de banco, y nadie debería saberlo mejor que el señor Overstone, que lo dispuso así tan sabiamente precisamente con su ley bancaria de 1844.

## Capítulo trigesimotercero. El medio de circulación bajo el sistema de crédito

«El gran regulador de la velocidad de la circulación es el crédito. Así se explica por qué una aguda estrechez en el mercado de dinero coincide por lo general con una circulación llena» (*The Currency Theory Reviewed*, p. 65).

Esto ha de entenderse en un doble sentido. Por un lado, todos los métodos que ahorran medios de circulación se fundan en el crédito. Pero, en segundo lugar, tomemos por ejemplo un billete de 500 £. A se lo da hoy a B en pago de una letra; B lo deposita ese mismo día en casa de su banquero; este descuenta con él, ese mismo día todavía, una letra para C; C se lo paga a su banco, y el banco se lo da al bill-broker como adelanto, etc. La velocidad con que el billete circula aquí, con que sirve para compras o pagos, está mediada por la velocidad con que vuelve una y otra vez a alguien en forma de depósito y pasa de nuevo a algún otro en forma de préstamo. El mero ahorro del medio de circulación aparece en su forma más desarrollada en el Clearing House, en el mero intercambio de letras vencidas y en la función predominante del dinero como medio de pago para compensar simples saldos. Pero la existencia de estas letras descansa a su vez en el crédito que se conceden unos a otros los industriales y los comerciantes. Si este crédito disminuye, disminuye el número de letras, sobre todo de las de largo plazo, y con ello también la eficacia de este método de compensación. Y esta economía, que consiste en eliminar el dinero de las transacciones y que descansa enteramente en la función del dinero como medio de pago, la cual a su vez descansa en el crédito, solo puede ser de dos clases (prescindiendo de la técnica más o menos desarrollada en la concentración de estos pagos): o bien los créditos recíprocos, representados por letras o cheques, se compensan en casa de un mismo banquero, que se limita a transferir el crédito de la cuenta del uno a la del otro, o bien los distintos banqueros compensan entre sí.[^k18-11] La concentración de 8 a 10 millones en letras en manos de un bill-broker, como por ejemplo la firma Overend, Gurney & Co., fue uno de los principales medios para ampliar localmente la escala de esta compensación. Con este ahorro aumenta la eficacia del medio de circulación, en la medida en que se requiere una cantidad menor de él para la mera liquidación del saldo. Por otra parte, la velocidad del dinero que circula como medio de circulación (con lo cual también se ahorra) depende enteramente del flujo de las compras y las ventas, o también del encadenamiento de los pagos, en la medida en que estos se efectúan sucesivamente en dinero. Pero el crédito sirve de mediador y con ello aumenta la velocidad de la circulación. La pieza de dinero individual puede, por ejemplo, efectuar solo cinco vueltas, y permanece más tiempo inmóvil en cada mano —como mero medio de circulación, sin la intervención del crédito— cuando A, su poseedor originario, le compra a B, B a C, C a D, D a E y E a F, es decir, cuando su paso de una mano a otra está mediado únicamente por compras y ventas reales. Pero si B deposita en casa de su banquero el dinero que ha recibido de A en pago, y este lo desembolsa descontándole una letra a C, C le compra a D, D lo deposita en casa de su banquero y este se lo presta a E, que le compra a F, entonces incluso su velocidad como mero medio de circulación (medio de compra) está mediada por varias operaciones de crédito: el depósito de B en casa de su banquero y el descuento de este a C, el depósito de D en casa de su banquero y el descuento de este a E; es decir, por cuatro operaciones de crédito. Sin estas operaciones de crédito, la misma pieza de dinero no habría efectuado cinco compras sucesivas en el período de tiempo dado. El hecho de que cambiara de manos sin la mediación de una compra y una venta reales —como depósito y en el descuento— ha acelerado aquí su cambio de manos en la serie de ventas reales.

Hemos visto antes cómo un mismo billete de banco puede formar depósitos en casa de distintos banqueros. Del mismo modo, puede formar distintos depósitos en casa del mismo banquero. Con el billete que A ha depositado, el banquero descuenta la letra de B, B paga a C, y C deposita el mismo billete en casa del mismo banquero que lo ha desembolsado.

* * *

Ya al estudiar la circulación simple del dinero (libro I, cap. III, 2) se demostró que la masa del dinero que circula realmente, presupuestas como dadas la velocidad de la circulación y la economía de los pagos, está determinada por los precios de las mercancías y por la masa de las transacciones. La misma ley rige en la circulación de billetes.

En el cuadro siguiente se registran, para cada año, los promedios anuales de los billetes del Banco de Inglaterra que se hallaban en manos del público, a saber, los importes de los billetes de 5 y 10 £, los de los billetes de 20 a 100 £ y los de los billetes más altos, de 200 a 1.000 £, así como el porcentaje de la circulación total que aporta cada una de estas rúbricas. Los importes se dan en miles, suprimidas las tres últimas cifras.

| Año | Billetes de 5-10 £ |  | Billetes de 20-100 £ |  | Billetes de 200-1.000 £ |  | Total |
|---|---|---|---|---|---|---|---|
|  | £ | % | £ | % | £ | % | £ |
| 1844 | 9.263 | 45,7 | 5.735 | 28,3 | 5.253 | 26,0 | 20.241 |
| 1845 | 9.698 | 46,9 | 6.082 | 29,3 | 4.942 | 23,8 | 20.722 |
| 1846 | 9.918 | 48,9 | 5.778 | 28,5 | 4.590 | 22,6 | 20.286 |
| 1847 | 9.591 | 50,1 | 5.498 | 28,7 | 4.066 | 21,2 | 19.155 |
| 1848 | 8.732 | 48,3 | 5.046 | 27,9 | 4.307 | 23,8 | 18.085 |
| 1849 | 8.692 | 47,2 | 5.234 | 28,5 | 4.477 | 24,3 | 18.403 |
| 1850 | 9.164 | 47,2 | 5.587 | 28,8 | 4.646 | 24,0 | 19.398 |
| 1851 | 9.362 | 48,1 | 5.554 | 28,5 | 4.557 | 23,4 | 19.473 |
| 1852 | 9.839 | 45,0 | 6.161 | 28,2 | 5.856 | 26,8 | 21.856 |
| 1853 | 10.699 | 47,3 | 6.393 | 28,2 | 5.541 | 24,5 | 22.653 |
| 1854 | 10.565 | 51,0 | 5.910 | 28,5 | 4.234 | 20,5 | 20.709 |
| 1855 | 10.628 | 53,6 | 5.706 | 28,9 | 3.459 | 17,5 | 19.793 |
| 1856 | 10.680 | 54,4 | 5.645 | 28,7 | 3.323 | 16,9 | 19.648 |
| 1857 | 10.659 | 54,7 | 5.567 | 28,6 | 3.241 | 16,7 | 19.467 |

(B. A. 1858, p. XXVI.)

Así pues, la suma total de los billetes de banco en circulación disminuyó positivamente de 1844 a 1857, aunque el volumen de negocios, acreditado por la exportación y la importación, se había más que duplicado. Los billetes de banco pequeños, de 5 y de 10 £, aumentaron, como muestra la lista, de 9.263.000 £ en 1844 a 10.659.000 £ en 1857. Y esto a la vez que se producía el aumento, tan fuerte precisamente entonces, de la circulación de oro. En cambio, disminuyeron los billetes de importes más altos (de 200 a 1.000 £), de 5.856.000 £ en 1852 a 3.241.000 £ en 1857. Es decir, una disminución de más de 2½ millones de £. Esto se explica del modo siguiente:

«El 8 de junio de 1854, los banqueros privados de Londres admitieron a los bancos por acciones a participar en la organización del Clearing House, y poco después se estableció el clearing final en el Banco de Inglaterra. Las liquidaciones diarias se despachan mediante transferencia en las cuentas que los distintos bancos tienen en el Banco de Inglaterra. Con la introducción de este sistema se han vuelto superfluos los billetes de importe elevado de los que antes se servían los bancos para compensar sus cuentas recíprocas» (B. A. 1858, p. V).

Hasta qué punto el uso del dinero en el comercio al por mayor se ha reducido a un exiguo mínimo puede verse en el cuadro reproducido en el libro I, cap. III, nota 103, que suministró a la comisión bancaria la firma Morrison, Dillon & Co., una de las mayores casas de Londres de aquellas en las que un minorista puede comprar todas sus existencias de mercancías de toda clase.

Según la declaración de W. Newmarch ante la B. A. 1857, n.º 1741, también otras circunstancias contribuyeron a ahorrar medios de circulación: el franqueo postal de un penique, los ferrocarriles, los telégrafos, en suma, los medios de comunicación mejorados; de modo que Inglaterra puede hacer ahora, con aproximadamente la misma circulación de billetes de banco, un volumen de negocios cinco o seis veces mayor. Pero esto se debería también, esencialmente, a la eliminación de la circulación de los billetes de más de 10 £. Esto le parece la explicación natural de que en Escocia y en Irlanda, donde circulan también billetes de 1 £, la circulación de billetes haya aumentado en un 31 % aproximadamente (1747). La circulación total de billetes de banco en el Reino Unido, incluidos los billetes de 1 £, sería de 39 millones de £ (1749). La circulación de oro, de 70 millones de £ (1750). En Escocia, la circulación de billetes era en 1834 de 3.120.000 £; en 1844, de 3.020.000 £; en 1854, de 4.050.000 £ (1752).

Ya de aquí se desprende que no está en modo alguno en manos de los bancos emisores aumentar el número de los billetes en circulación mientras estos billetes sean en todo momento cambiables por dinero. {Aquí no se trata en absoluto del papel moneda inconvertible; los billetes de banco inconvertibles solo pueden convertirse en medio general de circulación allí donde están respaldados de hecho por el crédito del Estado, como, por ejemplo, actualmente en Rusia. Caen con ello bajo las leyes del papel moneda estatal inconvertible, que ya se han expuesto (libro I, cap. III, 2, c: La moneda. El signo de valor). — F. E.}

La cantidad de los billetes en circulación se rige por las necesidades del tráfico, y todo billete sobrante vuelve inmediatamente a su emisor. Como en Inglaterra solo los billetes del Banco de Inglaterra corren de modo general como medio legal de pago, podemos dejar aquí de lado la circulación de billetes de los bancos provinciales, insignificante y solo local.

Ante la B. A. 1858, el señor Neave, gobernador del Banco de Inglaterra, declara:

N.º 947. (Pregunta:) «Cualesquiera que sean las medidas que ustedes tomen, el importe de billetes en manos del público, dice usted, sigue siendo el mismo; es decir, unos 20 millones de £? — En tiempos normales, el uso del público parece requerir unos 20 millones. En ciertas épocas del año que se repiten periódicamente aumentan en 1 o 1½ millones. Si el público necesita más, puede obtenerlos siempre, como he dicho, del Banco de Inglaterra.» — 948. «Ha dicho usted que durante el pánico el público no quería permitirles reducir el importe de los billetes; ¿quiere usted fundamentarlo? — En tiempos de pánico, el público tiene, a mi parecer, pleno poder para procurarse billetes; y naturalmente, mientras el Banco tenga una obligación, el público puede retirar del Banco los billetes a cuenta de esa obligación.» — 949. «¿Parece, pues, que en todo momento se requieren unos 20 millones en billetes del B. de I.? — 20 millones en billetes en manos del público; varía. Son 18½, 19, 20 millones, etc.; pero por término medio puede decir usted 19-20 millones.»

Declaración de Thomas Tooke ante la comisión de los Lores sobre Commercial Distress (C. D. 1848/1857), n.º 3094:

«El Banco no tiene poder para ampliar a voluntad el importe de los billetes en manos del público; tiene el poder de reducir el importe de los billetes en manos del público, pero solo mediante una operación muy violenta.»

J. C. Wright, banquero en Nottingham desde hace 30 años, después de haber expuesto detalladamente la imposibilidad de que los bancos provinciales mantengan nunca en circulación más billetes de los que el público necesita y quiere, dice de los billetes del Banco de Inglaterra (C. D. 1848/1857), n.º 2844:

«No conozco ningún límite» (de la emisión de billetes) «para el B. de I., pero todo exceso de la circulación pasará a los depósitos y tomará así otra forma.»

Lo mismo vale para Escocia, donde casi solo circula papel, porque allí, como en Irlanda, están permitidos también los billetes de una libra y «the scotch hate gold».[^k18-t3]

Kennedy, director de un banco escocés, declara que los bancos no podrían siquiera reducir su circulación de billetes, y es

«de la opinión de que, mientras las transacciones interiores requieran billetes u oro para efectuarse, los banqueros tienen que suministrar tantos medios de circulación como requieran estas transacciones, ya sea a petición de sus depositantes o de otro modo… Los bancos escoceses pueden restringir sus negocios, pero no pueden ejercer ningún control sobre su emisión de billetes» (ib., n.º 3446, 3448).

Igualmente Anderson, director de la Union Bank of Scotland, ib., n.º 3578:

«¿Impide el sistema del canje recíproco de billetes» {entre los bancos escoceses} «una emisión excesiva de billetes por parte de un banco en particular? — Sí; pero tenemos un medio más eficaz que el canje de billetes» (que de hecho no tiene nada que ver con ello, aunque sí asegura la capacidad de circular de los billetes de cada banco por toda Escocia) «y es la costumbre general en Escocia de tener una cuenta en un banco; todo aquel que tiene algo de dinero tiene también una cuenta en un banco e ingresa día tras día todo el dinero que no necesita inmediatamente él mismo, de modo que al cierre de cada jornada de negocios todo el dinero está en los bancos, excepto el que cada cual lleva en el bolsillo.»

Lo mismo para Irlanda; véanse las declaraciones del gobernador del Banco de Irlanda, MacDonnell, y del director del Provincial Bank of Ireland, Murray, ante la misma comisión.

Tan independiente como de la voluntad del Banco de Inglaterra es la circulación de billetes del nivel del tesoro de oro guardado en los sótanos del Banco, que asegura la convertibilidad de estos billetes.

«El 18 de septiembre de 1846, la circulación de billetes del Banco de Inglaterra era de 20.900.000 £ y su tesoro metálico de 16.273.000 £; el 5 de abril de 1847, la circulación era de 20.815.000 £ y el tesoro metálico de 10.246.000 £. Así pues, pese a la exportación de los 6 millones de £ en metal precioso, no se produjo ninguna contracción de la circulación» (J. G. Kinnear, *The Crisis and the Currency*, Londres, 1847, p. 5).

Se entiende, sin embargo, que esto solo vale en las condiciones que hoy imperan en Inglaterra, y aun allí solo en la medida en que la legislación sobre la relación entre la emisión de billetes y el tesoro metálico no disponga otra cosa.

Así pues, son únicamente las necesidades de los propios negocios las que ejercen influencia sobre la cantidad del dinero en circulación —billetes y oro—. Aquí entran en consideración, en primer lugar, las fluctuaciones periódicas que se repiten cada año, cualquiera que sea la situación general de los negocios, de modo que desde hace 20 años

«en un mes determinado la circulación es alta, en otro baja, y en un tercer mes determinado se da un punto intermedio» (Newmarch, B. A. 1857, n.º 1650).

Así, en agosto de cada año salen del B. de I. a la circulación interior algunos millones, la mayor parte en oro, para pagar los gastos de la cosecha; como se trata principalmente del pago de salarios, en Inglaterra los billetes de banco se prestan menos a este uso. Hacia fin de año, este dinero ha refluido de nuevo al Banco. En Escocia, en lugar de soberanos, casi solo hay billetes de una libra; por eso, en el caso correspondiente, lo que se expande aquí es la circulación de billetes, y ello dos veces al año, en mayo y en noviembre, de 3 a 4 millones; a los 14 días se inicia ya el reflujo, y en un mes está casi concluido (Anderson, l. c., n.º 3595-3600).

La circulación de billetes del Banco de Inglaterra experimenta también cada trimestre una fluctuación momentánea a consecuencia del pago trimestral de los «dividendos», es decir, de los intereses de la deuda pública, por el cual primero se retiran billetes de banco de la circulación y luego se vuelven a lanzar al público; pero refluyen muy pronto. Weguelin (B. A. 1857, n.º 38) cifra en 2½ millones el importe de la fluctuación de la circulación de billetes así ocasionada. En cambio, el señor Chapman, de la notoria firma Overend, Gurney & Co., calcula mucho más alto el importe de la perturbación que esto provoca en el mercado de dinero.

«Si ustedes sacan de la circulación 6 o 7 millones por impuestos para pagar con ellos los dividendos, tiene que haber alguien que ponga a disposición ese importe en el ínterin» (B. A. 1857, n.º 5196).

Mucho más importantes y duraderas son las fluctuaciones en el importe del medio circulante que corresponden a las distintas fases del ciclo industrial. Escuchemos sobre esto a otro socio de aquella firma, el digno cuáquero Samuel Gurney (C. D. 1848/1857, n.º 2645):

«A finales de octubre» (de 1847) «había 20.800.000 £ en billetes en manos del público. En aquella época reinaba una gran dificultad para obtener billetes de banco en el mercado de dinero. Esto se debía al temor general de que, a consecuencia de la limitación de la ley bancaria de 1844, no se podrían conseguir. Actualmente» (marzo de 1848) «el importe de los billetes de banco en manos del público es de… 17.700.000 £, pero como ahora no reina ninguna alarma comercial, esto es mucho más de lo que se necesita. No hay banquero ni comerciante de dinero en Londres que no tenga más billetes de banco de los que puede usar.» — 2650. «El montante de los billetes de banco… fuera de la custodia del Banco de Inglaterra constituye un exponente totalmente insuficiente del estado activo de la circulación si no se toma igualmente en consideración, a la vez… el estado del mundo comercial y del crédito.» — 2651. «La sensación de que con el montante actual de la circulación en manos del público tenemos un excedente procede en gran medida de nuestra situación actual de gran estancamiento. Con precios altos y negocios agitados, 17.700.000 £ nos producirían una sensación de escasez.»

{Mientras la situación de los negocios es tal que los reflujos de los adelantos hechos se reciben con regularidad y, por tanto, el crédito permanece inconmovible, la expansión y la contracción de la circulación se rigen simplemente por las necesidades de los industriales y de los comerciantes. Como, al menos en Inglaterra, el oro no entra en consideración para el comercio al por mayor, y la circulación de oro, prescindiendo de las fluctuaciones estacionales, puede considerarse una magnitud bastante constante durante largo tiempo, la circulación de billetes del B. de I. constituye el indicador suficientemente exacto de estos cambios. En el período de calma que sigue a la crisis es cuando menos circula; con la reanimación de la demanda aparece también una mayor necesidad de medios de circulación, que crece con la creciente prosperidad; la cantidad del medio de circulación alcanza su punto culminante en el período de sobretensión y sobreespeculación; entonces irrumpe la crisis, y de la noche a la mañana los billetes de banco, todavía ayer tan abundantes, han desaparecido del mercado, y con ellos los descontadores de letras, los que adelantaban sobre títulos, los compradores de mercancías. El Banco de Inglaterra ha de ayudar, pero también sus fuerzas se agotan pronto; la ley bancaria de 1844 lo obliga a restringir su circulación de billetes justamente en el momento en que todo el mundo clama por billetes de banco, en que los poseedores de mercancías no pueden vender y, sin embargo, han de pagar, y están dispuestos a hacer cualquier sacrificio con tal de obtener billetes de banco.

«Durante la alarma —dice el ya mencionado banquero Wright, l. c., n.º 2930— el país necesita el doble de circulación que en tiempos normales, porque el medio de circulación es acaparado por los banqueros y por otros.»

En cuanto irrumpe la crisis, ya solo se trata de medios de pago. Pero como cada uno depende del otro para recibir estos medios de pago, y nadie sabe si el otro estará en condiciones de pagar el día del vencimiento, se desata una verdadera carrera de obstáculos[^k18-t4] por los medios de pago que se hallan en el mercado, es decir, por los billetes de banco. Cada cual atesora tantos como puede conseguir, y así los billetes desaparecen de la circulación el mismo día en que más se necesitan. Samuel Gurney (C. D. 1848/1857, n.º 1116) cifra en 4-5 millones de £ el número de billetes de banco guardados así bajo siete llaves en el momento del pánico, en octubre de 1847. — F. E.}

A este respecto es especialmente interesante el interrogatorio del socio de Gurney, el ya mencionado Chapman, ante la B. A. de 1857. Doy aquí su contenido principal en su conjunto, aunque en él se tratan también algunos puntos que solo examinaremos más adelante.

El señor Chapman se expresa del modo siguiente.

4963. «Tampoco tengo reparo en decir que no considero en orden que el mercado de dinero esté bajo el poder de un capitalista individual cualquiera (como los hay en Londres) que pueda producir una enorme escasez de dinero y una estrechez cuando la circulación está justamente muy baja… Eso es posible… hay más de un capitalista que puede sacar 1 o 2 millones de £ en billetes del medio de circulación si con ello consigue un fin.»

4965. Un gran especulador puede vender consolidados por valor de 1 o 2 millones y retirar así el dinero del mercado. Algo parecido ha ocurrido hace muy poco: «produce una estrechez extremadamente violenta».

4967. Los billetes son entonces, ciertamente, improductivos.

«Pero eso no es nada si logra un gran fin; su gran fin es hundir las cotizaciones de los fondos públicos, crear una estrechez de dinero, y hacerlo está por completo en su poder.»

Un ejemplo: una mañana hubo gran demanda de dinero en la Bolsa de valores; nadie conocía la causa; alguien le propuso a Chapman que le prestara 50.000 £ al 7 %. Chapman se quedó asombrado, pues su tipo de interés estaba mucho más bajo; aceptó. Poco después volvió el hombre, tomó otras 50.000 £ al 7½%, luego 100.000 £ al 8 %, y quería todavía más al 8½%. Entonces hasta Chapman sintió miedo. Después resultó que se había retirado de pronto del mercado una suma considerable de dinero. Pero, dice Chapman,

«con todo, presté una suma considerable al 8 %; tuve miedo de ir más lejos; no sabía lo que iba a venir».

Nunca hay que olvidar que, aunque haya de manera bastante constante 19 a 20 millones en billetes supuestamente en manos del público, la parte de estos billetes que circula realmente, por un lado, y la que yace desocupada como reserva en los bancos, por otro, varían constante y considerablemente la una respecto de la otra. Si esta reserva es grande, y por tanto la circulación real baja, esto significa, desde el punto de vista del mercado de dinero, que la circulación está llena (the circulation is full, money is plentiful); si la reserva es pequeña, y por tanto la circulación real llena, el mercado de dinero la llama baja (the circulation is low, money is scarce), es decir, que la parte que representa capital de préstamo desocupado tiene un importe bajo. Una expansión o contracción real de la circulación, independiente de las fases del ciclo industrial —pero de modo que el importe que necesita el público siga siendo el mismo—, solo tiene lugar por razones técnicas, por ejemplo en los plazos de pago de los impuestos o de los intereses de la deuda pública. Con el pago de los impuestos, billetes y oro afluyen al Banco de Inglaterra por encima de la medida habitual y contraen de hecho la circulación, sin consideración a la necesidad de esta. A la inversa, cuando se pagan los dividendos de la deuda pública. En el primer caso, se toman préstamos del Banco para obtener medios de circulación. En el segundo caso, el tipo de interés baja en los bancos privados a causa del aumento momentáneo de sus reservas. Esto no tiene nada que ver con la masa absoluta de los medios de circulación, sino solo con la firma bancaria que pone en circulación estos medios de circulación y para la cual este proceso se presenta como enajenación de capital de préstamo, y que por eso se embolsa la ganancia de ello.

En un caso solo tiene lugar un desplazamiento temporal del medio circulante, que el B. de I. compensa haciendo, poco antes del vencimiento de los impuestos trimestrales y de los dividendos, también trimestrales, adelantos cortos a bajo interés; estos billetes sobrantes así emitidos llenan primero el hueco que causa el pago de los impuestos, mientras que su reembolso al Banco, inmediatamente después, retira el exceso de billetes que el pago de los dividendos había lanzado al público.

En el otro caso, la circulación baja o llena no es nunca más que una distribución distinta de la misma masa de medios de circulación entre circulación activa y depósitos, es decir, instrumento de préstamos.

Por otra parte, cuando, por ejemplo, a consecuencia de una afluencia de oro al Banco de Inglaterra, aumenta el número de los billetes emitidos a cambio de él, estos sirven para descontar fuera del Banco y refluyen en reembolso de préstamos, de modo que la masa absoluta de los billetes en circulación solo aumenta momentáneamente.

Si la circulación está llena a causa de la expansión de los negocios (cosa posible también con precios relativamente bajos), el tipo de interés puede ser relativamente alto a causa de la demanda de capital de préstamo debida al aumento de las ganancias y a las nuevas inversiones acrecentadas. Si está baja a causa de la contracción de los negocios o también de una gran fluidez del crédito, el tipo de interés puede ser bajo incluso con precios altos. (Véase Hubbard.)

La cantidad absoluta de la circulación solo influye de manera determinante en el tipo de interés en tiempos de estrechez. O bien la demanda de una circulación llena expresa aquí solo la demanda de medios de atesoramiento (prescindiendo de la velocidad disminuida con que circula el dinero, y con que las mismas piezas de dinero idénticas se convierten constantemente en capital de préstamo) a causa de la falta de crédito, como en 1847, cuando la suspensión de la ley bancaria no ocasionó ninguna expansión de la circulación, pero bastó para sacar de nuevo a la luz los billetes atesorados y lanzarlos a la circulación. O bien, en estas circunstancias, pueden requerirse realmente más medios de circulación, como en 1857, cuando la circulación creció realmente durante algún tiempo después de la suspensión de la ley bancaria.

Por lo demás, la masa absoluta de la circulación no influye en el tipo de interés, ya que —presupuestas constantes la economía y la velocidad de la circulación— está determinada, en primer lugar, por los precios de las mercancías y por la masa de las transacciones (con lo cual, la mayoría de las veces, un factor paraliza el efecto del otro), y finalmente por el estado del crédito, mientras que ella no determina en modo alguno, a la inversa, este último; y ya que, en segundo lugar, los precios de las mercancías y el interés no guardan ninguna conexión necesaria.

Durante la Bank Restriction Act (1797-1820) hubo una sobreabundancia de currency; el tipo de interés fue siempre mucho más alto que desde la reanudación de los pagos en metálico. Bajó luego rápidamente con la restricción de la emisión de billetes y el alza de los tipos de cambio. En 1822, 1823 y 1832 la circulación general fue baja, y el tipo de interés también bajo. En 1824, 1825 y 1836 la circulación fue alta, y el tipo de interés subió. En el verano de 1830 la circulación fue alta, y el tipo de interés bajo. Desde los descubrimientos de oro, la circulación del dinero se ha expandido en toda Europa, y el tipo de interés subió. Así pues, el tipo de interés no depende de la cantidad del dinero en circulación.

La diferencia entre emisión de medios de circulación y préstamo de capital se muestra mejor en el proceso real de reproducción. Hemos visto allí (libro II, sección III) cómo se intercambian los distintos componentes de la producción. Por ejemplo, el capital variable consiste materialmente en los medios de subsistencia de los obreros, una parte de su propio producto. Pero se les ha pagado poco a poco en dinero. Este tiene que adelantarlo el capitalista, y depende mucho de la organización del sistema de crédito que pueda pagar la semana siguiente el nuevo capital variable con el mismo dinero viejo que pagó la semana anterior. Lo mismo en los actos de intercambio entre los distintos componentes de un capital social global, por ejemplo entre los medios de consumo y los medios de producción de medios de consumo. El dinero para su circulación tiene que ser adelantado, como hemos visto, por uno de los que intercambian o por ambos. Queda entonces en circulación, pero, una vez consumado el intercambio, vuelve siempre de nuevo a quien lo adelantó, puesto que este lo había adelantado por encima de su capital industrial realmente ocupado (véase libro II, cap. XX). Con un sistema de crédito desarrollado, en el que el dinero se concentra en manos de los bancos, son estos, al menos nominalmente, los que lo adelantan. Este adelanto se refiere solo al dinero que se halla en circulación. Es adelanto de circulación, no adelanto de los capitales que el dinero hace circular.

Chapman:

5062. «Puede haber épocas en que los billetes de banco en manos del público suman un importe muy grande y, sin embargo, no hay manera de conseguirlos.»

También durante el pánico hay dinero; pero cada cual se guarda muy bien de convertirlo en capital prestable, en dinero prestable; cada cual lo retiene para necesidades de pago reales.

5099. «¿Los bancos de los distritos rurales les envían a ustedes y a otras casas de Londres sus excedentes desocupados? — Sí.» — 5100. «¿Por otro lado, los distritos fabriles de Lancashire y de Yorkshire hacen descontar letras en su casa para los fines de sus negocios? — Sí.» — 5101. «¿De modo que por esta vía el dinero sobrante de una parte del país se hace útil para las necesidades de otra parte del país? — Exactamente.»

Chapman dice que la costumbre de los bancos de invertir por breve tiempo su capital dinerario sobrante en la compra de consolidados y de bonos del Tesoro ha disminuido mucho en los últimos tiempos, desde que se ha hecho usual prestar este dinero at call (de un día para otro, reembolsable en cualquier momento). Él mismo considera la compra de tales títulos sumamente inadecuada para su negocio. Por eso lo invierte en buenas letras, de las que cada día vence una parte, de modo que siempre sabe con cuánto dinero líquido puede contar cada día (5101-5105).

Incluso el crecimiento de la exportación se presenta, más o menos para cada país, pero sobre todo para el país que concede crédito, como una exigencia creciente sobre el mercado de dinero interior, que sin embargo solo se siente como tal en tiempos de estrechez. En épocas en que la exportación aumenta, contra las consignaciones de manufacturas británicas los fabricantes giran por lo general letras a largo plazo contra el comerciante exportador (5126).

5127. «¿No ocurre a menudo que existe un acuerdo para que estas letras se renueven de tiempo en tiempo?» — [Chapman.] «Es una cosa que nos ocultan; nosotros no admitiríamos ninguna letra de esa clase… Puede ocurrir, desde luego, pero no puedo decir nada sobre algo semejante.» (El inocente Chapman.) — 5129. «Cuando se produce un gran aumento de la exportación, como solo en el último año uno de 20 millones de £, ¿no conduce esto por sí mismo a una gran demanda de capital para el descuento de las letras que representan estas exportaciones? — Sin duda.» — 5130. «Como Inglaterra concede por regla general crédito al extranjero por todas sus exportaciones, ¿no implicaría esto la absorción de un capital adicional correspondiente durante el tiempo que eso dure? — Inglaterra concede un crédito inmenso; pero, en cambio, toma crédito por sus materias primas. Desde América se gira contra nosotros siempre a 60 días, y desde otras regiones a 90 días. Por otro lado, nosotros damos crédito; cuando enviamos mercancías a Alemania, damos 2 o 3 meses.»

Wilson le pregunta a Chapman (5131) si contra estas materias primas y mercancías coloniales importadas no se giran ya letras sobre Inglaterra al mismo tiempo que se embarcan, y si las letras mismas no llegan ya al mismo tiempo que los conocimientos de embarque. Chapman cree que sí, no sabe nada de estos negocios «comerciales», habría que preguntar a gente más entendida. En la exportación a América, dice Chapman, «las mercancías en tránsito están simbolizadas»; esta jerga quiere decir que el comerciante exportador inglés, contra las mercancías, gira letras a cuatro meses contra una de las grandes casas bancarias americanas de Londres, y que la casa bancaria recibe la cobertura desde América.

5136. «¿No llevan por regla general los negocios con países muy alejados los comerciantes que esperan su capital hasta que las mercancías se venden? — Puede haber casas de gran riqueza privada que estén en condiciones de desembolsar su propio capital sin tomar adelantos sobre las mercancías; pero estas mercancías se convierten la mayoría de las veces en adelantos mediante las aceptaciones de firmas bien conocidas.» — 5137. «Estas casas están establecidas… en Londres, Liverpool y otras partes.» — 5138. «¿No hay, pues, ninguna diferencia entre que el fabricante tenga que desprenderse de su propio dinero o que consiga un comerciante en Londres o en Liverpool que se lo adelante; sigue siendo siempre un adelanto hecho en Inglaterra? — Exactamente. El fabricante solo tiene que ver con ello en pocos casos» (en cambio, en 1847, en casi todos los casos). «Un comerciante en manufacturas, por ejemplo en Manchester, compra mercancías y las embarca por medio de una casa respetable de Londres; en cuanto la casa de Londres se ha convencido de que todo está embalado según lo convenido, él gira letras a seis meses contra la casa de Londres por estas mercancías que van a la India, a China o a cualquier otra parte; entonces interviene el mundo bancario y le descuenta estas letras; de modo que, para cuando él tiene que pagar estas mercancías, tiene el dinero preparado gracias al descuento de aquellas letras.» — 5139. «Pero aunque aquel tenga el dinero, ¿el banquero ha tenido que adelantarlo? — *El banquero tiene la letra*; *el banquero ha comprado la letra*; emplea su capital bancario en esta forma, a saber, en el descuento de letras comerciales.»

{Así pues, tampoco Chapman considera el descuento de letras como un adelanto, sino como una compra de mercancías. — F. E.}

5140. «¿Pero eso forma siempre una parte de las exigencias al mercado de dinero de Londres? — Sin duda; es la ocupación esencial del mercado de dinero y del Banco de Inglaterra. El Banco de Inglaterra se alegra tanto como nosotros de obtener estas letras; sabe que son una buena inversión.» — 5141. «¿Al paso que crece el negocio de exportación, crece también la demanda en el mercado de dinero? — En la medida en que crece la prosperidad del país, nosotros» (los Chapman) «participamos en ella.» — 5142. «¿Así pues, cuando estos distintos campos de inversión de capital se expanden de pronto, la consecuencia natural es un alza del tipo de interés? — No cabe duda.»

En el 5143, Chapman «no puede comprender del todo que, con nuestras grandes exportaciones, tuviéramos tanto empleo para el oro».

En el 5144 pregunta el digno Wilson:

«¿No puede ser que concedamos créditos mayores por nuestra exportación que los que tomamos por nuestra importación? — Yo mismo pondría en duda este punto. Si alguien hace aceptar letras contra las mercancías de Manchester que ha enviado a la India, no puede usted aceptar por menos de 10 meses. Hemos tenido que pagarle a América su algodón, y esto es completamente seguro, algún tiempo antes de que la India nos pague; pero cómo actúa esto es un punto bastante delicado de investigar.» — 5145. «Si, como el año pasado, tuvimos un aumento de la exportación de manufacturas de 20 millones de £, tenemos que haber tenido antes un aumento muy considerable de la importación de materias primas» (y ya de esta manera la sobreexportación es idéntica a la sobreimportación, y la sobreproducción al sobrecomercio) «para producir esta cantidad aumentada de mercancías. — Sin duda.» — «Tenemos que haber tenido que pagar un saldo muy considerable; es decir, el saldo tiene que haber estado en contra nuestra durante ese tiempo, pero a la larga el tipo de cambio con América nos es favorable, y desde hace bastante tiempo hemos recibido de América importantes envíos de metal precioso.»

En el 5148, Wilson le pregunta al archiusurero Chapman si no considera sus altos intereses como signo de gran prosperidad y de altas ganancias. Chapman, visiblemente asombrado ante la ingenuidad de este sicofante, lo afirma naturalmente, pero es lo bastante sincero para añadir la siguiente cláusula:

«Hay algunos que no pueden hacer otra cosa; tienen obligaciones que cumplir, y tienen que cumplirlas, sea rentable o no; pero si dura» {el alto tipo de interés}, «indicaría prosperidad.»

Ambos olvidan que también puede indicar, como fue el caso en 1857, que los caballeros andantes del crédito infestan el país, caballeros que pueden pagar altos intereses porque los pagan del bolsillo ajeno (aunque con ello ayudan a determinar el tipo de interés para todos) y que entretanto viven a lo grande a cuenta de ganancias anticipadas. Al mismo tiempo, por lo demás, precisamente esto puede dar a fabricantes, etc., un negocio realmente muy rentable. Con el sistema de adelantos, los reflujos se vuelven completamente engañosos. Esto explica también lo siguiente, que no requiere explicación en lo que se refiere al B. de I., porque, con un tipo de interés alto, el Banco descuenta más bajo que los demás.

5156. «Bien puedo decir —dice Chapman— que nuestros importes de descuento, en el momento actual, en que hemos tenido durante tanto tiempo un tipo de interés alto, están en su máximo.»

(Esto lo decía Chapman el 21 de julio de 1857, un par de meses antes del crac.)

5157. «En 1852» (cuando el interés era bajo) «no eran, ni con mucho, tan grandes.»

Porque, en efecto, el negocio era entonces todavía mucho más sano.

5159. «Si hubiera una gran inundación de dinero en el mercado… y el descuento bancario fuera bajo, tendríamos una disminución de letras… En 1852 estábamos en una fase completamente distinta. Las exportaciones y las importaciones del país no eran entonces nada comparadas con las de hoy.» — 5161. «Con este alto tipo de descuento, nuestros descuentos son tan grandes como en 1854.» (Cuando el interés era del 5-5½%.)

Sumamente divertido es ver, en la declaración testifical de Chapman, cómo esta gente considera de hecho el dinero del público como su propiedad y cree tener derecho a la convertibilidad constante de las letras que ella ha descontado. La ingenuidad de las preguntas y respuestas es grande. Se convierte en un deber de la legislación hacer siempre convertibles las letras aceptadas por las grandes casas, procurar que el Banco de Inglaterra las redescuente en todas las circunstancias a los bill-brokers. Y, con todo, en 1857 quebraron tres de esos bill-brokers con unos 8 millones y un capital propio insignificante frente a estas deudas.

5177. «¿Quiere usted decir con ello que, en su opinión, deberían» (las aceptaciones de Barings o de Loyds) «ser descontables obligatoriamente, del mismo modo que un billete del Banco de Inglaterra es ahora obligatoriamente cambiable por oro? — Soy de la opinión de que sería una cosa muy lamentable que no fueran descontables; una situación sumamente extraordinaria, que un hombre tuviera que suspender pagos porque posee aceptaciones de Smith, Payne & Co. o de Jones Loyd & Co. y no puede descontarlas.» — 5178. «¿No es la aceptación de Barings una obligación de pagar cierta suma de dinero cuando vence la letra? — Eso es muy cierto; pero los señores Baring, cuando asumen una obligación así, como todo comerciante cuando asume una obligación así, ni en sueños piensan que tendrán que pagarla en soberanos; cuentan con que la pagarán en el Clearing House.» — 5180. «¿Opina usted, entonces, que habría que idear una especie de maquinaria por medio de la cual el público tuviera derecho a recibir dinero antes del vencimiento de la letra, por el hecho de que alguna otra persona tuviera que descontarla? — No, no por parte del aceptante; pero si usted quiere decir con eso que no debemos tener la posibilidad de que se nos descuenten letras comerciales, entonces tenemos que cambiar toda la constitución de las cosas.» — 5182. «¿Cree usted, pues, que ella» {una letra comercial} «debería ser convertible en dinero exactamente igual que un billete del Banco de Inglaterra tiene que ser convertible en oro? — Decididamente, en ciertas circunstancias.» — 5184. «¿Cree usted, pues, que las instituciones de la currency deberían configurarse de modo que una letra comercial de solidez indudable fuera en todo momento tan fácilmente cambiable por dinero como un billete de banco? — Así lo creo.» — 5185. «¿No llega usted a decir que el Banco de Inglaterra o cualquier otro deberían estar obligados por ley a canjearla? — Llego, en efecto, a decir que, si hacemos una ley para regular la currency, deberíamos tomar disposiciones para impedir la posibilidad de que se produzca una inconvertibilidad de las letras comerciales interiores, en la medida en que estas letras sean indudablemente sólidas y legítimas.»

Esta es la convertibilidad de la letra comercial frente a la convertibilidad del billete de banco.

5190. «Los comerciantes de dinero del país representan, de hecho, solo al público» —

como el señor Chapman más tarde ante el tribunal de jurados en el caso Davidson. Véanse los Great City Frauds.

5196. «Durante los vencimientos trimestrales» (cuando se pagan los dividendos) «es absolutamente necesario que recurramos al Banco de Inglaterra. Si ustedes sacan de la circulación 6 o 7 millones de ingresos del Estado en anticipación de los dividendos, tiene que haber alguien que ponga a disposición ese importe en el ínterin.»

(En este caso, por tanto, se trata de suministro de dinero, no de capital ni de capital de préstamo.)

5169. «Todo el que conozca nuestro mundo comercial tiene que saber que, cuando estamos en una situación tal que los bonos del Tesoro se vuelven invendibles, que las obligaciones de la Compañía de las Indias Orientales son completamente inútiles, que no se pueden descontar las mejores letras comerciales, tiene que reinar una gran inquietud entre aquellos cuyo negocio los pone en el caso de tener que hacer pagos inmediatos, a simple requerimiento, en el medio de circulación usual del país, y este es el caso de todos los banqueros. El efecto de ello es entonces que todo el mundo duplica su reserva. Vean ahora cuál es el efecto de esto en todo el país, si cada banquero rural, de los que hay unos 500, tiene que encargar a su corresponsal de Londres que le remita 5.000 £ en billetes de banco. Aunque tomemos como promedio una suma tan pequeña, lo cual ya es completamente absurdo, llegamos a 2½ millones de £ que se retiran de la circulación. ¿Cómo se van a reponer?»

Por otro lado, los capitalistas privados, etc., que tienen dinero, no quieren desprenderse de él a ningún interés, pues dicen, según Chapman:

5195. «Preferimos no tener ningún interés antes que estar en duda sobre si podremos recuperar el dinero en caso de necesitarlo.»

5173. «Nuestro sistema es este: tenemos 300 millones de £ en obligaciones cuyo pago en moneda corriente del país puede exigirse en un único momento dado; y esta moneda del país, si la empleamos toda en ello, asciende a 23 millones de £, o a lo que sea; ¿no es esta una situación que puede lanzarnos en cualquier momento a convulsiones?»

De ahí, en las crisis, el súbito vuelco del sistema de crédito en el sistema monetario.

Prescindiendo del pánico interior en las crisis, solo puede hablarse de cantidad del dinero en lo que concierne al metal, al dinero mundial. Y justamente esto es lo que excluye Chapman: solo habla de 23 millones en *billetes de banco*.

El mismo Chapman:

5218. «La causa originaria de la perturbación en el mercado de dinero» {abril y después octubre de 1847} «radicaba indudablemente en la cantidad de dinero que se requería para regular los tipos de cambio, a consecuencia de las extraordinarias importaciones del año.»

En primer lugar, este tesoro de dinero del mercado mundial estaba entonces reducido a su mínimo. En segundo lugar, servía al mismo tiempo de garantía de la convertibilidad del dinero crediticio, de los billetes de banco. Reunía así dos funciones completamente distintas, pero que surgen ambas de la naturaleza del dinero, ya que el dinero real es siempre dinero del mercado mundial y el dinero crediticio descansa siempre en el dinero del mercado mundial.

En 1847, sin la suspensión de la ley bancaria de 1844, «los Clearing Houses no habrían podido despachar sus negocios» (5221).

Que Chapman tenía, a pesar de todo, un presentimiento de la crisis inminente:

5236. «Hay ciertas situaciones del mercado de dinero (y la actual no está muy alejada de ello) en que el dinero es muy difícil de obtener y hay que buscar refugio en el Banco.»

5239. «En cuanto a las sumas que retiramos del Banco el viernes, el sábado y el lunes, 19, 20 y 22 de octubre de 1847, habríamos estado más que agradecidos el miércoles siguiente si hubiéramos podido recuperar las letras; el dinero refluyó a nosotros instantáneamente en cuanto pasó el pánico.»

En efecto, el martes 23 de octubre se suspendió la ley bancaria, y con ello la crisis quedó rota.

Chapman cree (5274) que las letras pendientes al mismo tiempo sobre Londres suman de 100 a 120 millones de £. Esto no incluye las letras locales sobre plazas de provincias.

5287. «Mientras que en octubre de 1856 el importe de los billetes en manos del público subió a 21.155.000 £, había, sin embargo, una dificultad completamente extraordinaria para obtener dinero; pese a que el público tenía tanto en la mano, nosotros no podíamos echarle el guante.»

A saber, a consecuencia de los temores que había suscitado la estrechez en que se había encontrado durante algún tiempo (marzo de 1856) el Eastern Bank.

5290. En cuanto el pánico ha pasado,

«todos los banqueros que sacan su ganancia del interés empiezan inmediatamente a dar empleo a su dinero».

5302. Chapman explica la inquietud ante la disminución de la reserva del Banco no por temor a causa de los depósitos, sino porque todos aquellos que pueden verse en el caso de tener que pagar de pronto grandes sumas de dinero saben muy bien que pueden verse empujados hacia el Banco como último recurso cuando hay estrechez en el mercado de dinero; y

«cuando el Banco tiene una reserva muy pequeña, no se alegra de recibirnos, al contrario».

Por lo demás, es hermoso ver cómo la reserva desaparece como magnitud efectiva. Los banqueros tienen un mínimo para su negocio corriente, en parte en su casa y en parte en el Banco de Inglaterra. Los bill-brokers tienen el «dinero bancario suelto del país» sin reserva. Y el B. de I. no tiene, frente a sus deudas por depósitos, más que la reserva de los banqueros y de otros, junto con los public deposits,[^k18-t6] etc., que deja llegar hasta el punto más bajo, por ejemplo hasta 2 millones. Por eso, aparte de estos 2 millones en papel, toda esta estafa no tiene en tiempos de estrechez (y esta disminuye la reserva, porque los billetes que entran a cambio del metal que sale tienen que ser anulados) absolutamente ninguna otra reserva que el tesoro metálico, y por eso toda disminución de este por la salida de oro agrava la crisis.

5306. «Si no hubiera dinero disponible para despachar las compensaciones en el Clearing House, no veo que nos quedara otra cosa que reunirnos y hacer nuestros pagos en letras de primera clase, letras sobre el Tesoro, sobre Smith, Payne & Co., etc.» — 5307. «Así pues, en caso de que el Gobierno dejara de proveerles de medios de circulación, ¿crearían ustedes uno para sí mismos? — ¿Qué podemos hacer? El público entra y nos quita de la mano el medio de circulación; no existe.» — 5308. «¿Así que ustedes harían en Londres simplemente lo que en Manchester se hace todos los días? — Sí.»

Muy buena es la respuesta de Chapman a la pregunta que le hace Cayley (Birmingham-man de la escuela de Attwood)[^k18-t7] en relación con la idea de Overstone sobre el capital:

5315. «Se ha declarado ante la comisión que en una estrechez como la de 1847 no se busca dinero, sino capital; ¿cuál es su opinión al respecto? — No le entiendo a usted; nosotros solo comerciamos con dinero; no entiendo lo que quiere usted decir con eso.» — 5316. «Si por eso» (capital comercial) «entiende usted la cantidad de dinero propio que un hombre tiene en su negocio, si a eso lo llama usted capital, eso constituye la mayoría de las veces una parte muy pequeña del dinero con que opera en sus negocios por medio del crédito que le concede el público» —por mediación de los Chapman.

5339. «¿Es falta de riqueza lo que nos hace suspender nuestros pagos en metálico? — De ningún modo;… no tenemos falta de riqueza, sino que nos movemos dentro de un sistema sumamente artificial, y cuando tenemos una inmensa demanda amenazadora (superincumbent) de nuestro medio de circulación, pueden presentarse circunstancias que nos impidan hacernos con ese medio de circulación. ¿Ha de quedar paralizada por ello toda la industria comercial del país? ¿Hemos de cerrar todas las vías de empleo?» — 5338. «Si se nos pusiera ante la cuestión de qué queremos mantener, los pagos en metálico o la industria del país, sé cuál de los dos dejaría caer.»

Sobre el atesoramiento de billetes de banco «con la intención de agravar la estrechez y sacar provecho de sus consecuencias» (5358), dice que eso puede ocurrir muy fácilmente. Bastarían para ello tres grandes bancos.

5383. «¿No le consta a usted, como hombre familiarizado con los grandes negocios de nuestra capital, que los capitalistas aprovechan estas crisis para hacer enormes ganancias con la ruina de aquellos que caen víctimas de ellas? — De eso no puede caber duda.»

Y esto podemos creérselo al señor Chapman, aunque él mismo acabara rompiéndose comercialmente el cuello en el intento de «hacer enormes ganancias con la ruina de las víctimas». Pues si su socio Gurney dice: todo cambio en los negocios es ventajoso para el que está al tanto, Chapman dice:

«Una parte de la sociedad no sabe nada de la otra; ahí está, por ejemplo, el fabricante que exporta al continente o importa su materia prima: no sabe nada del otro, el que comercia con oro en barras» (5046).

Y así sucedió que un día Gurney y Chapman no «estaban al tanto» ellos mismos e hicieron una quiebra tristemente célebre.[^k18-t8]

Ya vimos antes que la emisión de billetes no significa en todos los casos adelanto de capital. La declaración de Tooke ante la comisión C. D. de los Lores de 1848 que sigue ahora prueba solamente que el adelanto de capital, incluso cuando el Banco lo efectúa mediante la emisión de billetes nuevos, no significa sin más un aumento de la cantidad de los billetes en circulación:

3099. «¿Cree usted que el B. de I., por ejemplo, podría ampliar considerablemente sus adelantos sin que ello condujera a una mayor emisión de billetes? — Hay hechos en abundancia que lo prueban. Uno de los ejemplos más palmarios fue en 1835, cuando el Banco hizo uso de los depósitos de las Indias Occidentales y del préstamo a la Compañía de las Indias Orientales para aumentar los adelantos al público; entonces, al mismo tiempo, el importe de los billetes en manos del público disminuyó de hecho algo… Algo parecido puede observarse en 1846, en la época de los ingresos de los depósitos ferroviarios en el Banco; los títulos» (en descuento y en depósito) «subieron a unos 30 millones, mientras que no se produjo ningún efecto perceptible sobre el importe de los billetes en manos del público.»

Pero, junto a los billetes de banco, el comercio al por mayor tiene un segundo medio de circulación, mucho más importante para él: las letras. El señor Chapman nos ha mostrado lo esencial que es para la marcha regular de los negocios que las buenas letras se acepten en pago en todas partes y en todas las circunstancias: «Si ya no vale el Tausves Jontof, ¿qué ha de valer? ¡Socorro, socorro!»[^k18-t9] ¿Cómo se comportan entonces estos dos medios de circulación el uno respecto del otro?

Gilbart dice al respecto:

«La restricción del importe de la circulación de billetes aumenta regularmente el importe de la circulación de letras. Las letras son de dos clases —letras comerciales y letras de banqueros—… si el dinero escasea, los prestamistas de dinero dicen: “Gire usted contra nosotros y aceptaremos”, y cuando un banquero provincial le descuenta una letra a un cliente, no le da dinero contante, sino su propia letra girada a 21 días contra su agente de Londres. Estas letras sirven de medio de circulación» (J. W. Gilbart, *An Inquiry into the Causes of the Pressure etc.*, p. 31).

Esto lo confirma, en forma algo modificada, Newmarch,

B. A. 1857, n.º 1426:

«No existe ninguna conexión entre las fluctuaciones en el importe de las letras en circulación y las de los billetes de banco en circulación… el único resultado bastante uniforme es… que, en cuanto se presenta la menor estrechez en el mercado de dinero, tal como la indica un alza del tipo de descuento, el volumen de la circulación de letras aumenta considerablemente, y a la inversa.»

Pero las letras giradas en tales épocas no son en modo alguno solo las letras bancarias cortas que menciona Gilbart. Al contrario, son en gran parte letras de favor, que no representan ningún negocio real o solo negocios que se iniciaron únicamente para poder girar letras sobre ellos; de ambas cosas hemos dado ejemplos suficientes. Por eso dice el *Economist* (Wilson), comparando la seguridad de tales letras con la de los billetes de banco:

«Los billetes de banco pagaderos a la vista nunca pueden quedar fuera en exceso, porque el exceso refluiría siempre al Banco para ser canjeado, mientras que las letras a dos meses pueden emitirse en gran exceso, ya que no hay ningún medio de controlar la emisión hasta que vencen, momento en que quizá hayan sido sustituidas ya por otras. Que una nación admita la seguridad de la circulación de letras pagaderas en un plazo futuro y, en cambio, ponga reparos a una circulación de papel moneda pagadero a la vista es para nosotros completamente incomprensible» (*Economist*, 1847, p. 575).

Así pues, la cantidad de las letras en circulación está determinada, como la de los billetes de banco, únicamente por las necesidades del tráfico; en tiempos normales circulaban en el Reino Unido, en los años cincuenta, junto a 39 millones en billetes de banco, unos 300 millones en letras, de ellos de 100 a 120 millones solo sobre Londres. El volumen en que circulan las letras no tiene ninguna influencia sobre el volumen de la circulación de billetes, y este último solo influye sobre él en tiempos de escasez de dinero, cuando la cantidad de letras aumenta y su calidad empeora. Finalmente, en el momento de la crisis, la circulación de letras falla por completo; a nadie le sirven las promesas de pago, ya que cada cual solo quiere aceptar pago al contado; solo el billete de banco conserva, al menos hasta ahora en Inglaterra, la capacidad de circular, ya que la nación, con toda su riqueza, respalda al Banco de Inglaterra.

* * *

Hemos visto cómo incluso el señor Chapman, que sin embargo en 1857 era él mismo un magnate del mercado de dinero, se queja amargamente de que en Londres haya varios grandes capitalistas dinerarios lo bastante fuertes para desordenar en un momento dado todo el mercado de dinero y desplumar así de la manera más vergonzosa a los comerciantes de dinero más pequeños. Habría así varios de estos grandes tiburones que podrían agravar considerablemente una estrechez vendiendo 1-2 millones en consolidados y retirando con ello del mercado un importe igual de billetes de banco (y al mismo tiempo de capital de préstamo disponible). Para convertir una estrechez en pánico mediante una maniobra semejante bastaría la acción conjunta de tres grandes bancos.

El mayor poder capitalista de Londres es, naturalmente, el Banco de Inglaterra, al que, sin embargo, su posición de institución semiestatal pone en la imposibilidad de manifestar su dominio de un modo tan brutal. Con todo, también él conoce medios y caminos suficientes —sobre todo desde la ley bancaria de 1844— para arrimar el ascua a su sardina.

El Banco de Inglaterra tiene un capital de 14.553.000 £ y dispone además de unos 3 millones de £ de «resto», es decir, de ganancias no distribuidas, así como de todo el dinero que entra en el Gobierno por impuestos, etc., que tiene que depositarse en él hasta que se necesita. Si a esto se añade la suma de los demás fondos en depósito (en tiempos normales, unos 30 millones de £) y de los billetes de banco emitidos sin cobertura, se encontrará todavía bastante moderada la estimación de Newmarch, cuando este (B. A. 1857, n.º 1889) dice:

«Me he convencido de que la suma total de los fondos ocupados constantemente en el mercado de dinero» {de Londres} «puede estimarse en unos 120 millones de £; y de estos 120 millones, el B. de I. dispone de una parte muy considerable, cerca del 15-20 %.»

En la medida en que el Banco emite billetes que no están cubiertos por el tesoro metálico de sus cámaras, crea signos de valor que constituyen para él no solo medios de circulación, sino también capital adicional —aunque ficticio— por el importe nominal de estos billetes sin cobertura. Y este capital adicional le rinde una ganancia adicional. — En la B. A. 1857, Wilson le pregunta a Newmarch:

1563. «La circulación de los billetes de banco propios de un banco, es decir, el importe que por término medio permanece en manos del público, constituye una adición al capital efectivo de ese banco, ¿no es así? — Ciertamente.» — 1564. «¿Toda la ganancia, pues, que el banco obtiene de esta circulación es una ganancia que procede del crédito y no de un capital realmente poseído por él? — Ciertamente.»

Lo mismo vale, naturalmente, para los bancos privados emisores de billetes. En sus respuestas n.º 1866-1868, Newmarch considera dos tercios de todos los billetes de banco emitidos por ellos (por el último tercio estos bancos tienen que mantener reservas metálicas) como «creación de otro tanto de capital», porque se ahorra moneda metálica por ese importe. Puede que la ganancia del banquero no sea por eso mayor que la ganancia de otros capitalistas. Queda el hecho de que obtiene la ganancia de este ahorro nacional de moneda metálica. Que un ahorro nacional aparezca como ganancia privada no escandaliza en absoluto al economista burgués, ya que la ganancia en general es apropiación de trabajo nacional. ¿Hay algo más disparatado que, por ejemplo, el Banco de Inglaterra de 1797 a 1817, cuyos billetes solo tienen crédito gracias al Estado, y que luego se hace pagar por el Estado, es decir, por el público, en forma de intereses por los empréstitos públicos, el poder que el Estado le da de convertir estos mismos billetes de papel en dinero y prestárselos después al Estado?

Por lo demás, los bancos tienen todavía otros medios de crear capital. Según el mismo Newmarch, los bancos provinciales, como ya se ha mencionado antes, tienen la costumbre de enviar sus fondos sobrantes (es decir, billetes del B. de I.) a bill-brokers de Londres, que a cambio les devuelven letras descontadas. Con estas letras sirve el banco a sus clientes, pues es norma para él no volver a poner en circulación las letras recibidas de sus clientes locales, para que las operaciones de negocios de estos clientes no lleguen a conocerse en su propia vecindad. Estas letras recibidas de Londres no sirven solo para darlas a clientes que tienen que hacer pagos directamente en Londres, si estos no prefieren que el banco les extienda una orden de pago propia sobre Londres; sirven también para liquidar pagos en la provincia, pues el endoso del banquero les asegura el crédito local. Así, por ejemplo en Lancashire, han desplazado de la circulación todos los billetes propios de los bancos locales y una gran parte de los billetes del B. de I. (ibidem, n.º 1568 a 1574).

Vemos aquí, pues, cómo los bancos crean crédito y capital: 1. mediante la emisión de billetes de banco propios; 2. mediante la emisión de órdenes de pago sobre Londres con un plazo de hasta 21 días, que, sin embargo, se les pagan al contado en el momento de emitirlas; 3. mediante el pago con letras descontadas, cuya solvencia se establecía en primer lugar y esencialmente, al menos para el distrito local de que se trate, por el endoso del banco.

El poder del Banco de Inglaterra se manifiesta en su regulación del tipo de interés de mercado. En épocas de marcha normal de los negocios puede ocurrir que el B. de I. no consiga poner freno a una moderada salida de oro de su tesoro metálico mediante el alza del tipo de descuento,[^k18-12] porque la necesidad de medios de pago queda satisfecha por los bancos privados y por acciones y por los bill-brokers, que en los últimos treinta años han ganado considerablemente en poder de capital. Entonces tiene que recurrir a otros medios. Pero para los momentos críticos sigue siendo válido lo que el banquero Glyn (de Glyn, Mills, Currie & Co.) declaró ante la C. D. 1848/1857:

1709. «En tiempos de gran estrechez en el país, el B. de I. manda sobre el tipo de interés.» — 1710. «En tiempos de estrechez extraordinaria,… cuando los descuentos de los banqueros privados o de los brokers se restringen relativamente, recaen sobre el B. de I., y entonces este tiene el poder de fijar el tipo de interés de mercado.»

Ciertamente, como institución pública bajo la protección del Estado y con privilegios estatales, no puede aprovechar sin miramientos este poder suyo, como pueden permitírselo los negocios privados. Por eso dice también Hubbard ante la comisión bancaria, B. A. 1857:

2844. (Pregunta:) «¿No es el caso de que, cuando el tipo de descuento es más alto, el Banco de Inglaterra es quien sirve más barato, y cuando es más bajo, son los brokers quienes sirven más barato?» — (Hubbard:) «Ese será siempre el caso, porque el B. de I. nunca baja tanto como sus competidores, y cuando el tipo es más alto nunca sube del todo tanto.»

Sin embargo, es un acontecimiento serio en la vida de los negocios que el Banco, en tiempos de estrechez, apriete los tornillos, según la expresión corriente, es decir, que eleve todavía más el tipo de interés, que ya está por encima del promedio.

«En cuanto el B. de I. aprieta los tornillos, cesan todas las compras para la exportación al extranjero… los exportadores esperan hasta que la depresión de los precios haya alcanzado su punto más bajo, y solo entonces, y no antes, compran. Pero cuando se alcanza este punto, los tipos de cambio ya se han regulado de nuevo: el oro deja de exportarse antes de que se alcance este punto más bajo de la depresión. Las compras de mercancías para la exportación pueden quizá traer de vuelta una parte del oro enviado al exterior, pero llegan demasiado tarde para impedir la salida» (J. W. Gilbart, *An Inquiry into the Causes of the Pressure on the Money Market*, Londres, 1840, p. 35). «Otro efecto de la regulación del medio de circulación por medio de los tipos de cambio exteriores es que, en tiempos de estrechez, provoca un tipo de interés enorme» (l. c., p. 40). «Los costes que se derivan del restablecimiento de los tipos de cambio recaen sobre la industria productiva del país, mientras que, en el curso de este proceso, la ganancia del B. de I. se ve positivamente acrecentada por el hecho de que continúa su negocio con un importe menor de metal precioso» (l. c., p. 52).

Pero, dice el amigo Samuel Gurney,

«estas grandes fluctuaciones del tipo de interés son ventajosas para los banqueros y comerciantes de dinero: todas las fluctuaciones en los negocios son ventajosas para el que está al tanto».

Y aunque los Gurney se lleven la nata de la explotación sin miramientos de los apuros de los negocios, mientras que el B. de I. no puede permitirse esto con la misma libertad, también a él le caen ganancias muy bonitas, por no hablar de las ganancias privadas que les caen por sí solas en el regazo a los señores directores gracias a su oportunidad excepcional de conocer la situación general de los negocios. Según lo declarado ante el Lord's Committee de 1817, al reanudarse los pagos en metálico, estas ganancias del Banco de Inglaterra ascendieron, para todo el período de 1797-1817, a:[^k18-t10]

|  |  |
|---|---|
| Bonificaciones y aumentos de dividendos | 7.451.136 |
| Nuevas acciones repartidas entre los propietarios | 7.276.500 |
| Aumento del valor del capital | 14.553.000 |
| Suma | 29.280.636 |

sobre un capital de 11.642.400 £ en 19 años (D. Hardcastle, *Banks and Bankers*, 2.ª ed., Londres, 1843, p. 120). Si estimamos según el mismo principio la ganancia total del Banco de Irlanda, que también suspendió en 1797 los pagos en metálico, obtenemos el resultado siguiente:

|  |  |
|---|---|
| Dividendos según las cuentas vencidas en 1821 | 4.736.085 |
| Bonificación declarada | 1.225.000 |
| Aumento del activo | 1.214.800 |
| Aumento del valor del capital | 4.185.000 |
| Suma | 11.360.885 |

sobre un capital de 3 millones de £ (ibidem, p. 363, 364).

¡Y luego se habla de centralización! El sistema de crédito, que tiene su centro en los llamados bancos nacionales y en los grandes prestamistas de dinero y usureros que los rodean, es una centralización enorme y da a esta clase de parásitos un poder fabuloso, no solo para diezmar periódicamente a los capitalistas industriales, sino para inmiscuirse de la manera más peligrosa en la producción real; y esta banda no sabe nada de la producción ni tiene nada que ver con ella. Las leyes de 1844 y 1845 son pruebas del poder creciente de estos bandidos, a los que se suman los financieros y los stock-jobbers.[^k18-t11]

Pero si todavía hay alguien que dude de que estos honorables bandidos explotan la producción nacional e internacional solo en interés de la producción y de los propios explotados, quedará sin duda desengañado con la siguiente digresión sobre la alta dignidad moral del banquero:

«Los establecimientos bancarios son instituciones religiosas y morales. ¿Cuántas veces el temor de ser visto por el ojo vigilante y reprobador de su banquero ha apartado al joven comerciante de la compañía de amigos ruidosos y disolutos? ¡Qué afán tiene de estar bien considerado por el banquero, de parecer siempre respetable! El ceño fruncido del banquero tiene más influencia sobre él que los sermones morales de sus amigos; ¿no tiembla ante la sospecha de haberse hecho culpable de un engaño o de la más pequeña declaración inexacta, por miedo a que esto pueda despertar sospechas y a que, en consecuencia, su crédito bancario pueda restringírsele o retirársele? El consejo del banquero le importa más que el del clérigo» (G. M. Bell, director de banco escocés, *The Philosophy of Joint Stock Banking*, Londres, 1840, p. 46, 47).

## Capítulo trigesimocuarto. El Currency Principle y la legislación bancaria inglesa de 1844

{En un escrito anterior[^k19-13] se ha examinado la teoría de Ricardo sobre el valor del dinero en su relación con los precios de las mercancías; podemos, por tanto, limitarnos aquí a lo más necesario. Según Ricardo, el valor del dinero —metálico— está determinado por el tiempo de trabajo objetivado en él, pero solo mientras la cantidad de dinero guarde la proporción correcta con la cantidad y el precio de las mercancías que han de intercambiarse. Si la cantidad de dinero sube por encima de esta proporción, su valor baja y los precios de las mercancías suben; si cae por debajo de la proporción correcta, su valor sube y los precios de las mercancías bajan, siempre que las demás circunstancias permanezcan iguales. En el primer caso, el país donde existe este excedente de oro exportará el oro caído por debajo de su valor e importará mercancías; en el segundo, el oro afluirá a los países donde se lo estima por encima de su valor, mientras que las mercancías subestimadas fluirán de allí hacia otros mercados donde puedan obtener precios normales. Como, bajo estos supuestos, «el oro mismo, sea como moneda, sea como lingote, puede convertirse en signo de valor de un valor metálico mayor o menor que el suyo, se comprende que los billetes de banco convertibles que puedan circular compartan la misma suerte. Aunque los billetes de banco sean convertibles, es decir, su valor real corresponda a su valor nominal, la masa total del dinero en circulación, oro y billetes (the aggregate currency consisting of metal and of convertible notes), puede apreciarse o depreciarse según que su cantidad total suba o baje, por las razones expuestas antes, por encima o por debajo del nivel determinado por el valor de cambio de las mercancías en circulación y por el valor metálico del oro… Esta depreciación, no del papel frente al oro, sino del oro y el papel juntos, o de la masa total de los medios de circulación de un país, es uno de los principales inventos de Ricardo, que lord Overstone y Cía. pusieron a su servicio y convirtieron en un principio fundamental de la legislación bancaria de sir Robert Peel de 1844 y 1845». (Loc. cit., p. 155.)

No necesitamos repetir aquí la demostración, dada en ese mismo lugar, de lo errónea que es esta teoría ricardiana. Solo nos interesa el modo en que los principios de Ricardo fueron elaborados por la escuela de teóricos de la banca que dictó las mencionadas leyes bancarias de Peel.

«Las crisis comerciales del siglo XIX, y en particular las grandes crisis de 1825 y 1836, no provocaron un desarrollo ulterior, pero sí una nueva aplicación de la teoría ricardiana del dinero. Ya no se trataba de fenómenos económicos aislados, como en Hume la depreciación de los metales preciosos en los siglos XVI y XVII, o como en Ricardo la depreciación del papel moneda durante el siglo XVIII y a principios del XIX, sino de las grandes tormentas del mercado mundial, en las que se descarga el conflicto de todos los elementos del proceso de producción burgués, y cuyo origen y remedio se buscaron dentro de la esfera más superficial y abstracta de este proceso, la esfera de la circulación del dinero. El presupuesto propiamente teórico del que parte la escuela de los meteorólogos económicos no consiste en realidad en otra cosa que en el dogma de que Ricardo descubrió las leyes de la circulación puramente metálica. Lo que les quedaba por hacer era someter a estas leyes la circulación de crédito o de billetes de banco.

»El fenómeno más general y más palpable de las crisis comerciales es una caída repentina y general de los precios de las mercancías, que sigue a una subida general bastante prolongada. La caída general de los precios de las mercancías puede expresarse como subida del valor relativo del dinero comparado con todas las mercancías, y la subida general de los precios, a la inversa, como caída del valor relativo del dinero. En ambas maneras de expresarlo, el fenómeno queda enunciado, no explicado… La distinta fraseología deja el problema tan intacto como lo dejaría su traducción del alemán al inglés. Por eso la teoría del dinero de Ricardo vino extraordinariamente a propósito, ya que da a una tautología la apariencia de una relación causal. ¿De dónde viene la caída general periódica de los precios de las mercancías? De la subida periódica del valor relativo del dinero. ¿De dónde viene, a la inversa, la subida general periódica de los precios de las mercancías? De una caída periódica del valor relativo del dinero. Con la misma razón podría decirse que la subida y la caída periódicas de los precios proceden de su subida y su caída periódicas… Concedida una vez la transformación de la tautología en relación causal, todo lo demás se sigue con facilidad. La subida de los precios de las mercancías nace de la caída del valor del dinero. Y la caída del valor del dinero, como sabemos por Ricardo, de una circulación sobrecargada, es decir, de que la masa del dinero en circulación sube por encima del nivel determinado por su propio valor inmanente y por los valores inmanentes de las mercancías. Del mismo modo, a la inversa, la caída general de los precios de las mercancías nace de la subida del valor del dinero por encima de su valor inmanente a consecuencia de una circulación insuficiente. Los precios suben y bajan, pues, periódicamente porque periódicamente circula demasiado o demasiado poco dinero. Si se demuestra, por ejemplo, que la subida de los precios coincidió con una circulación de dinero disminuida, y la caída de los precios con una circulación aumentada, puede sostenerse a pesar de todo que, a consecuencia de alguna disminución o aumento de la masa de mercancías en circulación, por indemostrable que sea estadísticamente, la cantidad del dinero en circulación aumentó o disminuyó, si no absoluta, sí relativamente. Ahora bien, vimos que, según Ricardo, estas fluctuaciones generales de los precios tienen que darse también con una circulación puramente metálica, pero se compensan por su alternancia, pues, por ejemplo, una circulación insuficiente provoca la caída de los precios de las mercancías; la caída de los precios de las mercancías, la exportación de las mercancías al extranjero; esta exportación, la importación de oro al interior, y esta afluencia de dinero, a su vez, la subida de los precios de las mercancías. A la inversa en una circulación sobrecargada, en la que se importan mercancías y se exporta oro. Como, a pesar de estas fluctuaciones generales de precios que brotan de la naturaleza misma de la circulación metálica ricardiana, su forma violenta y brusca, su forma de crisis, pertenece a los periodos de crédito desarrollado, queda claro como el sol que la emisión de billetes de banco no se regula exactamente según las leyes de la circulación metálica. La circulación metálica tiene su remedio en la importación y exportación de los metales preciosos, que entran inmediatamente en curso como moneda y, con su afluencia o su salida, hacen bajar o subir los precios de las mercancías. El mismo efecto sobre los precios de las mercancías tienen que producirlo ahora artificialmente los bancos imitando las leyes de la circulación metálica. Si afluye dinero del extranjero, es prueba de que la circulación es insuficiente, de que el valor del dinero está demasiado alto y los precios de las mercancías demasiado bajos, y de que, en consecuencia, hay que lanzar a la circulación billetes de banco en proporción al oro recién importado. A la inversa, hay que retirarlos de la circulación a medida que el oro sale del país. En otras palabras, la emisión de billetes de banco tiene que regularse por la importación y la exportación de los metales preciosos, o por el tipo de cambio. El falso supuesto de Ricardo de que el oro es solo moneda, de que por eso todo oro importado aumenta el dinero en curso y hace subir así los precios, y todo oro exportado disminuye la moneda y hace bajar así los precios, este supuesto teórico se convierte aquí en el *experimento práctico* de *hacer circular tanta* moneda *como oro haya en cada momento*. Lord Overstone (el banquero Jones Loyd), el coronel Torrens, Norman, Clay, Arbuthnot y otros escritores, conocidos en Inglaterra con el nombre de escuela del “Currency Principle”, no solo han predicado esta doctrina, sino que, mediante las leyes bancarias de sir R. Peel de 1844 y 1845, la han convertido en la base de la legislación bancaria inglesa y escocesa. Su vergonzoso fiasco, teórico y práctico, tras experimentos a la mayor escala nacional, solo podrá exponerse en la teoría del crédito». (Loc. cit., pp. 165-168.)

La crítica de esta escuela la hicieron Thomas Tooke, James Wilson (en el *Economist* de 1844-1847) y John Fullarton. Pero hemos visto repetidas veces, sobre todo en el capítulo XXVIII de este libro, cuán deficientemente penetraron también ellos la naturaleza del oro y cuán confusas eran sus ideas sobre la relación entre dinero y capital. Añadimos aquí todavía algunas cosas a propósito de los debates de la comisión de la Cámara de los Comunes de 1857 sobre las leyes bancarias de Peel (B.C. 1857). — F. E.}

J. G. Hubbard, antiguo gobernador del Banco de Inglaterra, declara:

> 2400. «El efecto de la exportación de oro… no afecta en absoluto a los precios de las mercancías. En cambio, afecta muy considerablemente a los precios de los títulos, porque, a medida que cambia el tipo de interés, el valor de las mercancías que encarnan ese interés se ve necesariamente afectado de manera enorme.»

Presenta dos cuadros sobre los años 1834-1843 y 1845-1856 que prueban que el movimiento de los precios de quince de los artículos comerciales más importantes fue completamente independiente de la salida y la entrada del oro y del tipo de interés. En cambio, prueban una estrecha conexión entre la salida y la entrada del oro, que es en realidad «el representante de nuestro capital en busca de inversión», y el tipo de interés.

> «En 1847 se transfirió de vuelta a Norteamérica una cantidad muy grande de títulos norteamericanos, así como títulos rusos a Rusia y otros títulos continentales a los países de los que obteníamos nuestro abastecimiento de grano.»

Los 15 artículos principales que sirven de base al cuadro de Hubbard que sigue son: algodón, hilo de algodón, ídem tejidos, lana, paño de lana, lino, lienzo, índigo, arrabio, hojalata, cobre, sebo, azúcar, café, seda.

*I. De 1834 a 1843*

| Fecha | Tesoro metálico del Banco, £ | Tipo de descuento de mercado | De los 15 artículos principales han: subido de precio | bajado | quedado igual |
|:--|--:|--:|--:|--:|--:|
| 1834, 1 de marzo | 9.104.000 | 2 3/4 % | - | - | - |
| 1835, 1 de marzo | 6.274.000 | 3 3/4 % | 7 | 7 | 1 |
| 1836, 1 de marzo | 7.918.000 | 3 1/4 % | 11 | 3 | 1 |
| 1837, 1 de marzo | 4.077.000 | 5 % | 5 | 9 | 1 |
| 1838, 1 de marzo | 10.471.000 | 2 3/4 % | 4 | 11 | - |
| 1839, 1 de sept. | 2.684.000 | 6 % | 8 | 5 | 2 |
| 1840, 1 de junio | 4.571.000 | 4 3/4 % | 5 | 9 | 1 |
| 1840, 1 de dic. | 3.642.000 | 5 3/4 % | 7 | 6 | 2 |
| 1841, 1 de dic. | 4.873.000 | 5 % | 3 | 12 | - |
| 1842, 1 de dic. | 10.603.000 | 2 1/2 % | 2 | 13 | - |
| 1843, 1 de junio | 11.566.000 | 2 1/4 % | 1 | 14 | - |

*II. De 1844 a 1853*

| Fecha | Tesoro metálico del Banco, £ | Tipo de descuento de mercado | De los 15 artículos principales han: subido de precio | bajado | quedado igual |
|:--|--:|--:|--:|--:|--:|
| 1844, 1 de marzo | 16.162.000 | 2 1/4 % | - | - | - |
| 1845, 1 de dic. | 13.237.000 | 4 1/2 % | 11 | 4 | - |
| 1846, 1 de sept. | 16.366.000 | 3 % | 7 | 8 | - |
| 1847, 1 de sept. | 9.140.000 | 6 % | 6 | 6 | 3 |
| 1850, 1 de marzo | 17.126.000 | 2 1/2 % | 5 | 9 | 1 |
| 1851, 1 de junio | 13.705.000 | 3 % | 2 | 11 | 2 |
| 1852, 1 de sept. | 21.853.000 | 1 3/4 % | 9 | 5 | 1 |
| 1853, 1 de dic. | 15.093.000 | 5 % | 14 | - | 1 |

Hubbard añade este comentario:

> «Como en los 10 años de 1834-1843, en 1844-1853 las fluctuaciones del oro del Banco fueron acompañadas en todos los casos de un aumento o una disminución del valor prestable del dinero adelantado a descuento; y, por otra parte, las variaciones de los precios de las mercancías del interior muestran una completa independencia respecto de la masa de la circulación, tal como esta se manifiesta en las fluctuaciones del oro del Banco de Inglaterra.» (*Bank Acts Report*, 1857, II, pp. 290 y 291.)

Puesto que la demanda y la oferta de mercancías regulan sus precios de mercado, aquí se ve claramente lo falsa que es la identificación que hace Overstone entre la demanda de capital dinerario prestable (o, más bien, las desviaciones de la oferta respecto de ella), tal como se expresa en el tipo de descuento, y la demanda de «capital» real. La afirmación de que los precios de las mercancías están regulados por las fluctuaciones del monto de la currency se esconde ahora bajo la frase de que las fluctuaciones del tipo de descuento expresan fluctuaciones de la demanda de capital material real, a diferencia del capital dinerario. Hemos visto cómo tanto Norman como Overstone afirmaron esto, en efecto, ante la misma comisión, y a qué evasivas tan cojas se vio empujado sobre todo el segundo al hacerlo, hasta que finalmente quedó del todo atascado. (Capítulo XXVI.) Es, en efecto, el viejo cuento de que los cambios en la masa del oro existente, al aumentar o disminuir la cantidad del medio de circulación en el país, tendrían que elevar o reducir los precios de las mercancías dentro de ese país. Si se exporta oro, según esta teoría de la currency los precios de las mercancías tendrían que subir en el país adonde va el oro, y con ellos el valor de las exportaciones del país que exporta oro en el mercado del que lo importa; el valor de las exportaciones de este último en el mercado del primero, en cambio, bajaría, mientras que subiría en su país de origen, adonde va el oro. En realidad, sin embargo, la disminución de la cantidad de oro solo eleva el tipo de interés, mientras que su aumento lo reduce; y si estas fluctuaciones del tipo de interés no entraran en cuenta al fijar los precios de coste o al determinar la demanda y la oferta, dejarían totalmente intactos los precios de las mercancías. —

En el mismo informe, N. Alexander, jefe de una gran casa del comercio con la India, se pronuncia como sigue sobre la fuerte salida de plata hacia la India y China a mediados de los años cincuenta, debida en parte a la guerra civil china, que frenó la venta de tejidos ingleses en China, y en parte a la enfermedad de los gusanos de seda en Europa, que restringió mucho la sericultura italiana y francesa:

> 4337. «¿Va la salida hacia China o hacia la India? — Se envía la plata a la India, y con una buena parte de ella se compra opio, que va todo a China, para formar fondos con que comprar seda; y el estado de los mercados de la India» (pese a la acumulación de plata allí) «hace más lucrativo para el comerciante enviar plata que tejidos u otros artículos manufacturados británicos.» — 4338. «¿No hubo una gran salida desde Francia, por la que obtuvimos la plata? — Sí, una salida muy grande.» — 4344. «En lugar de importar seda de Francia y de Italia, la enviamos allí en grandes cantidades, tanto de Bengala como de China.»

Así pues, se enviaba a Asia plata —el metal dinerario de esa parte del mundo— en lugar de mercancía, no porque los precios de estas mercancías hubieran subido en el país que las produce (Inglaterra), sino porque habían bajado —bajado por la sobreimportación— en el país adonde ella las importa; aunque esa plata Inglaterra tenía que obtenerla de Francia y pagarla en parte con oro. Según la teoría de la currency, con semejante importación los precios habrían tenido que bajar en Inglaterra y subir en la India y en China.

Otro ejemplo. Ante la comisión de los Lores (C.D. 1848/1857), Wylie, uno de los primeros comerciantes de Liverpool, declara lo siguiente:

> 1994. «A finales de 1845 no había negocio más lucrativo ni que rindiera ganancias tan grandes» {como la hilatura de algodón}. «Las existencias de algodón eran grandes, y se podía conseguir algodón bueno y utilizable a 4 peniques la libra, y con ese algodón se podía hilar un buen secunda mule twist n.º 40 con un desembolso igualmente de 4 peniques, es decir, con unos 8 peniques de desembolso total para el hilandero. Este hilo se vendió en grandes cantidades en septiembre y octubre de 1845, y se cerraron igualmente grandes contratos de suministro, a 10 1/2 y 11 1/2 peniques la libra, y en algunos casos los hilanderos realizaron una ganancia igual al precio de compra del algodón.» — 1996. «El negocio siguió siendo lucrativo hasta principios de 1846.» — 2000. «El 3 de marzo de 1844 las existencias de algodón» {627.042 balas} «eran más del doble de lo que son hoy» {el 7 de marzo de 1848, cuando eran de 301.070 balas}, «y, sin embargo, el precio era 1 1/4 peniques más caro por libra» {6 1/4 peniques frente a 5}. «Al mismo tiempo, el hilo —buen secunda mule twist n.º 40— había bajado de 11 1/2-12 peniques a 9 1/2 peniques en octubre y a 7 3/4 peniques a finales de diciembre de 1847; se vendía hilo al precio de compra del algodón del que se había hilado.» (Ib., n.os 2021, 2023.)

Esto muestra la interesada sabiduría de Overstone, según la cual el dinero ha de estar «caro» porque el capital es «escaso». El 3 de marzo de 1844 el tipo de interés del Banco estaba al 3 %; en octubre y noviembre de 1847 subió al 8 y al 9 %, y el 7 de marzo de 1848 estaba todavía al 4 %. Los precios del algodón fueron hundidos, por el estancamiento total de las ventas y por el pánico, con el alto tipo de interés que le correspondía, muy por debajo del precio acorde con el estado de la oferta. La consecuencia fue, por un lado, una enorme disminución de la importación en 1848 y, por otro, una disminución de la producción en Norteamérica; de ahí una nueva subida de los precios del algodón en 1849. Según Overstone, las mercancías estaban demasiado caras porque había demasiado dinero en el país.

> 2002. «El reciente empeoramiento de la situación de la industria algodonera no se debe a la falta de materia prima, ya que el precio es más bajo, aunque las existencias de algodón en rama han disminuido considerablemente.»

Pero en Overstone hay una grata confusión entre el precio o valor de la mercancía y el valor del dinero, es decir, el tipo de interés. En la respuesta a la pregunta 2026, Wylie da su juicio global sobre la teoría de la currency, según la cual Cardwell y sir Charles Wood habían «afirmado en mayo de 1847 la necesidad de aplicar la ley bancaria de 1844 en todo su contenido»:

> «Estos principios me parecen de tal naturaleza que darían al dinero un valor artificialmente alto y a todas las mercancías un valor artificial, ruinosamente bajo.»

Dice además sobre los efectos de esta ley bancaria en los negocios en general:

> «Como las letras a cuatro meses, que son los giros regulares de las ciudades fabriles contra comerciantes y banqueros por mercancías compradas y destinadas a los Estados Unidos, solo podían descontarse ya con grandes sacrificios, la ejecución de los pedidos se vio obstaculizada en medida considerable hasta después de la carta del Gobierno del 25 de octubre» {suspensión de la ley bancaria}, «cuando estas letras a cuatro meses volvieron a ser descontables.» (2097.)

Así pues, también en provincias la suspensión de esta ley bancaria actuó como una liberación.

> 2102. «El pasado octubre» {1847} «casi todos los compradores norteamericanos que compran mercancías aquí restringieron de inmediato sus pedidos todo lo que pudieron; y cuando llegó a Norteamérica la noticia del encarecimiento del dinero, cesaron todos los pedidos nuevos.» — 2134. «El grano y el azúcar fueron casos especiales. El mercado del grano estaba afectado por las perspectivas de la cosecha, y el azúcar estaba afectado por las enormes existencias e importaciones.» — 2163. «De nuestras obligaciones de pago con Norteamérica… mucho se liquidó mediante ventas forzosas de mercancía consignada, y mucho, me temo, quedó anulado por las quiebras de aquí.» — 2106. «Si recuerdo bien, en nuestra Bolsa de valores se pagó *en octubre de 1847 hasta un 70 % de interés*.»

{La crisis de 1837, con sus largas secuelas, a las que en 1842 se sumó además una completa crisis de rebote, y la interesada ceguera de los industriales y comerciantes, que de ningún modo querían ver una sobreproducción —¡esta era, según la economía vulgar, un absurdo y una imposibilidad!—, habían provocado finalmente en las cabezas aquella confusión que permitió a la escuela de la currency llevar su dogma a la práctica a escala nacional. La legislación bancaria de 1844/45 salió adelante.

La ley bancaria de 1844 divide el Banco de Inglaterra en un departamento de emisión de billetes y un departamento bancario. El primero recibe garantías —en su mayor parte deuda pública— por 14 millones y todo el tesoro metálico, que puede consistir en plata como máximo en 1/4, y emite por el importe total de ambos una suma igual de billetes. En la medida en que estos no se encuentran en manos del público, están en el departamento bancario y constituyen, junto con la poca moneda necesaria para el uso diario (alrededor de un millón), su reserva siempre disponible. El departamento de emisión da al público oro por billetes y billetes por oro; el resto del trato con el público lo lleva el departamento bancario. Los bancos privados autorizados en 1844 a emitir billetes propios en Inglaterra y Gales conservan este derecho, pero su emisión de billetes queda sujeta a un cupo; si uno de estos bancos deja de emitir billetes propios, el Banco de Inglaterra puede elevar su importe de billetes no cubiertos en 2/3 del cupo extinguido; por esta vía, ese importe ha subido hasta 1892 de 14 a 16 1/2 millones de £ (exactamente, 16.450.000 £).

Así pues, por cada cinco libras en oro que salen del tesoro del Banco, vuelve un billete de cinco libras al departamento de emisión y es destruido; por cada cinco soberanos que entran en el tesoro, entra en circulación un nuevo billete de cinco libras. Con ello queda prácticamente realizada la circulación ideal de papel de Overstone, que se rige exactamente por las leyes de la circulación metálica, y con ello, según afirman los partidarios de la currency, las crisis se han vuelto imposibles para siempre.

En realidad, sin embargo, la separación del Banco en dos departamentos independientes privó a la dirección de la posibilidad de disponer libremente, en los momentos decisivos, de todos sus medios disponibles, de modo que podían darse casos en que el departamento bancario estuviera al borde de la quiebra mientras el departamento de emisión poseía intactos varios millones en oro y, además, sus 14 millones en garantías. Y esto podía ocurrir con tanta mayor facilidad cuanto que en casi toda crisis se presenta una fase en que se produce una fuerte salida de oro al extranjero, que en lo esencial ha de cubrirse con el tesoro metálico del Banco. Ahora bien, por cada cinco libras que salen entonces al extranjero, se retira de la circulación interior un billete de cinco libras, es decir, se reduce la cantidad del medio de circulación precisamente en el momento en que más se necesita, y con mayor urgencia. La ley bancaria de 1844 incita así directamente a todo el mundo comercial a constituirse a tiempo, cuando la crisis se le viene encima, un tesoro de reserva en billetes de banco, es decir, a acelerar y agravar la crisis; mediante este aumento artificial de la demanda de facilidades monetarias, es decir, de medios de pago, que se hace efectivo en el momento decisivo, unido a la simultánea restricción de su oferta, empuja el tipo de interés en las crisis a alturas hasta entonces inauditas; en lugar, pues, de eliminar las crisis, las intensifica, por el contrario, hasta el punto en que o se hunde el mundo industrial entero, o se hunde la ley bancaria. Dos veces, el 25 de octubre de 1847 y el 12 de noviembre de 1857, la crisis había llegado a esa altura; entonces el Gobierno liberó al Banco de la restricción de su emisión de billetes, suspendiendo la ley de 1844, y esto bastó las dos veces para quebrar la crisis. En 1847 bastó la certeza de que volvía a haber billetes de banco contra garantías de primera clase para sacar de nuevo a la luz y a la circulación los 4-5 millones de billetes atesorados; en 1857 se emitió por encima de la cantidad legal poco menos de un millón en billetes, pero solo durante muy poco tiempo.

Hay que mencionar también que la legislación de 1844 muestra todavía las huellas del recuerdo de los primeros veinte años del siglo, la época de la suspensión de los pagos en metálico del Banco y de la depreciación de los billetes. El temor de que los billetes de banco pudieran perder su crédito es aún muy perceptible; un temor muy superfluo, pues ya en 1825 la emisión de unas viejas existencias de billetes de una libra retirados de la circulación, que se encontraron a mano, había quebrado la crisis y demostrado con ello que ya entonces el crédito de los billetes, incluso en la época de la desconfianza más general y más fuerte, permanecía inquebrantable. Y es perfectamente comprensible: detrás de estos signos de valor está de hecho la nación entera con su crédito. — F. E.}

Escuchemos ahora algunos testimonios sobre el efecto de la ley bancaria. J. St. Mill cree que la ley bancaria de 1844 contuvo la sobreespeculación. Este sabio, por fortuna, habló el 12 de junio de 1857. Cuatro meses más tarde había estallado la crisis. Felicita literalmente a los «directores de banco y al público comercial en general» porque

> «entienden la naturaleza de una crisis comercial mucho mejor que antes, así como el grandísimo daño que se hacen a sí mismos y al público apoyando la sobreespeculación». (B.C. 1857, n.º 2031.)

El sabio Mill opina que, si se emiten billetes de 1 libra

> «como adelantos a fabricantes y otros que pagan salarios… los billetes pueden pasar a manos de otros que los gastan con fines de consumo, y en ese caso los billetes constituyen en sí mismos una demanda de mercancías y pueden tender temporalmente a favorecer una subida de los precios».

¿Supone, pues, el señor Mill que los fabricantes pagarán un salario más alto porque lo paguen en papel en vez de en oro? ¿O cree que, si el fabricante recibe su adelanto en billetes de 100 libras y los cambia por oro, este salario constituiría menos demanda que si se pagara directamente en billetes de 1 libra? ¿Y no sabe que, por ejemplo, en ciertos distritos mineros se pagaba el salario en billetes de bancos locales, de modo que varios obreros recibían juntos un billete de 5 libras? ¿Aumenta esto su demanda? ¿O es que los banqueros adelantarán dinero a los fabricantes con más facilidad y en mayor cantidad en billetes pequeños que en grandes?

{Este extraño miedo de Mill a los billetes de una libra sería inexplicable si toda su obra sobre economía política no mostrara un eclecticismo que no retrocede ante ninguna contradicción. Por un lado, da la razón a Tooke contra Overstone en muchas cosas; por otro, cree en la determinación de los precios de las mercancías por la cantidad del dinero existente. No está, por tanto, en modo alguno convencido de que por cada billete de una libra emitido —en igualdad de todas las demás circunstancias— vaya a parar un soberano al tesoro del Banco; teme que la masa del medio de circulación pueda aumentar y, con ello, depreciarse, es decir, elevar los precios de las mercancías. Eso, y nada más, es lo que se esconde tras el escrúpulo citado. — F. E.}

Sobre la división del Banco en dos y sobre la excesiva precaución para asegurar la convertibilidad de los billetes de banco se pronuncia Tooke ante la comisión C.D. 1848/1857:

Las mayores fluctuaciones del tipo de interés en 1847, comparadas con las de 1837 y 1839, se deberían únicamente a la separación del Banco en dos departamentos. (3010.) — La seguridad de los billetes de banco no se vio afectada, ni en 1825 ni en 1837 y 1839. (3015.) — La demanda de oro de 1825 solo pretendía llenar el vacío creado por el completo descrédito de los billetes de 1 libra de los bancos de provincias; este vacío solo podía llenarse con oro, hasta que el Banco de Inglaterra emitió también billetes de 1 libra. (3022.) — En noviembre y diciembre de 1825 no existía la menor demanda de oro para la exportación. (3023.)

> «En cuanto a un descrédito del Banco en el interior y en el extranjero, una suspensión del pago de dividendos y depósitos tendría consecuencias mucho más graves que una suspensión del pago de los billetes de banco.» (3028.)

> 3035. «¿No diría usted que toda circunstancia que en última instancia pusiera en peligro la convertibilidad de los billetes de banco podría crear, en un momento de estrechez comercial, dificultades nuevas y serias? — En absoluto.»

> En el curso de 1847, «una mayor emisión de billetes habría contribuido quizá a llenar de nuevo el tesoro de oro del Banco, como lo hizo en 1825». (3058.)

Ante la comisión B.A. 1857 declara Newmarch:

> 1357. «El primer efecto perjudicial… de esta separación de los dos departamentos» (del Banco) «y de la división en dos de la reserva de oro que se sigue necesariamente de ella fue que el negocio bancario del Banco de Inglaterra, es decir, toda aquella rama de sus operaciones que lo pone en relación más directa con el comercio del país, ha venido llevándose a cabo con solo la mitad del importe de la reserva anterior. A consecuencia de esta escisión de la reserva ha ocurrido que, en cuanto la reserva del departamento bancario mermaba lo más mínimo, el Banco se veía obligado a elevar su tipo de descuento. Esta reserva disminuida ha provocado por eso una serie de cambios bruscos del tipo de descuento.» — 1358. «Desde 1844» (hasta junio de 1857) «esos cambios han sido unos 60, mientras que antes de 1844, en el mismo lapso, apenas llegaban a una docena.»

Es también de especial interés la declaración de Palmer, director desde 1811 y durante algún tiempo gobernador del Banco de Inglaterra, ante la comisión C.D. de los Lores (1848/1857):

> 828. «En diciembre de 1825 al Banco solo le quedaban unas 1.100.000 £ de oro. Entonces habría quebrado total e infaliblemente si esta ley» (la de 1844) «hubiera existido ya. En diciembre emitió, creo, 5 o 6 millones en billetes en una semana, y eso alivió considerablemente el pánico de entonces.»

> 825. «El primer período» (desde el 1 de julio de 1825) «en que la actual legislación bancaria se habría venido abajo si el Banco hubiera intentado llevar a término las transacciones ya emprendidas fue el 28 de febrero de 1837; entonces el Banco tenía en su poder de 3.900.000 a 4 millones de £, y solo le habrían quedado en reserva 650.000 £. Otro período es el de 1839, que duró del 9 de julio al 5 de diciembre.» — 826. «¿Cuál era el importe de la reserva en este caso? — La reserva consistía en un déficit total de 200.000 £ (the reserve was minus altogether 200.000 £) el 5 de septiembre. El 5 de noviembre subió a alrededor de 1 a 1 1/2 millones.» — 830. «La ley de 1844 habría impedido al Banco acudir en ayuda del comercio norteamericano en 1837.» — 831. «Quebraron tres de las principales casas norteamericanas… Casi todas las casas del comercio norteamericano se quedaron sin crédito, y si entonces el Banco no hubiera acudido en su ayuda, no creo que más de 1 o 2 casas hubieran podido sostenerse.» — 836. «La estrechez de 1837 no puede compararse en absoluto con la de 1847. La de 1837 se limitó principalmente al comercio norteamericano.» — 838. (A principios de junio de 1837 se discutió en la dirección del Banco cómo remediar la estrechez.) «Ante lo cual algunos señores defendieron la opinión… de que el principio correcto era elevar el tipo de interés, con lo que bajarían los precios de las mercancías; en suma, encarecer el dinero y abaratar las mercancías, con lo cual se lograría el pago al extranjero (by which the foreign payment would be accomplished).» — 906. «La introducción, mediante la ley de 1844, de una limitación artificial de las facultades del Banco en lugar del viejo y natural límite de esas facultades, el importe real de sus existencias metálicas, crea dificultades artificiales para los negocios y, con ello, un efecto sobre los precios de las mercancías que sin esta ley habría sido del todo innecesario.» — 968. «Bajo el efecto de la ley de 1844 no se pueden reducir, en circunstancias ordinarias, las existencias metálicas del Banco sensiblemente por debajo de 9 1/2 millones. Esto causaría una presión sobre los precios y el crédito que tendría que provocar tal vuelco en los tipos de cambio exteriores que aumentaría la importación de oro, y con ella el importe del oro en el departamento de emisión.» — 996. «Con la actual limitación, ustedes» {el Banco} «no tienen el dominio sobre la plata que se requiere en los momentos en que se necesita plata para actuar sobre el cambio exterior.» — 999. «¿Cuál era el fin de la disposición que limita las existencias de plata del Banco a 1/5 de sus existencias metálicas? — No puedo responder a esa pregunta.»

El fin era encarecer el dinero; exactamente igual que, prescindiendo de la teoría de la currency, la separación de los dos departamentos del Banco y la obligación impuesta a los bancos escoceses e irlandeses de mantener oro en reserva para emitir billetes por encima de cierta cuantía. Surgió así una descentralización del tesoro metálico nacional, que lo hizo menos capaz de corregir tipos de cambio desfavorables. A la elevación del tipo de interés conducen todas estas disposiciones: que el Banco de Inglaterra no pueda emitir billetes por encima de 14 millones salvo contra reserva de oro; que el departamento bancario deba administrarse como un banco ordinario, haciendo bajar el tipo de interés en las épocas de abundancia de dinero y haciéndolo subir en las épocas de estrechez; la limitación de las existencias de plata, el principal medio para rectificar los tipos de cambio con el continente y con Asia; las disposiciones sobre los bancos escoceses e irlandeses, que nunca necesitan oro para la exportación y ahora tienen que mantenerlo so pretexto de una convertibilidad de sus billetes que en realidad es puramente ilusoria. El hecho es que la ley de 1844 provocó por primera vez, en 1857, una avalancha de demandas de oro sobre los bancos escoceses. La nueva legislación bancaria tampoco hace distinción alguna entre la salida de oro al extranjero y la salida hacia el interior, aunque sus efectos son, evidentemente, del todo distintos. De ahí las constantes y violentas fluctuaciones del tipo de interés de mercado. Con respecto a la plata, Palmer dice dos veces, en 992 y 994, que el Banco solo puede comprar plata contra billetes cuando el tipo de cambio es favorable a Inglaterra, es decir, cuando la plata es superflua; pues:

> 1003. «El único fin por el que puede mantenerse en plata una parte considerable del tesoro metálico es facilitar los pagos al extranjero durante el tiempo en que los tipos de cambio están en contra de Inglaterra.» — 1004. «La plata es una mercancía que, por ser dinero en todo el resto del mundo, es por eso la mercancía más adecuada… para este fin» {el pago al extranjero}. «Solo los Estados Unidos han tomado en los últimos tiempos exclusivamente oro.»

En su opinión, el Banco, en las épocas de estrechez, mientras no haya tipos de cambio desfavorables que atraigan el oro al extranjero, no necesitaría elevar el tipo de interés por encima del antiguo nivel del 5 %. Si no existiera la ley de 1844, podría descontar sin dificultad todas las letras de primera clase (first class bills) que se le presentaran. (1018 a 1020.) Pero con la ley de 1844 y en la situación en que se encontraba el Banco en octubre de 1847,

> «no había tipo de interés que el Banco pudiera exigir a casas solventes que estas no hubieran pagado de buen grado para poder continuar sus pagos».

Y este alto tipo de interés era precisamente el fin de la ley.

> 1029. «Tengo que hacer una gran diferencia entre el efecto del tipo de interés sobre la demanda extranjera» {de metal precioso} «y una elevación del interés con el fin de frenar una afluencia masiva al Banco durante un período de falta de crédito en el interior.» — 1023. «Antes de la ley de 1844, cuando los cambios eran favorables a Inglaterra y reinaba en el país la inquietud, e incluso un verdadero pánico, no había ningún límite a la emisión de billetes, que era lo único con que podía aliviarse esta situación de estrechez.»

Así se pronuncia un hombre que ha estado 39 años en la dirección del Banco de Inglaterra. Escuchemos ahora a un banquero privado, Twells, socio desde 1801 de Spooner, Attwoods & Co. Es el único de todos los testigos ante la comisión B.C. 1857 que deja echar una mirada al estado real del país y ve acercarse la crisis. Por lo demás, es una especie de little shilling man de Birmingham,[^k19-t4] pues sus socios, los hermanos Attwood, son los fundadores de esa escuela (véase *Contribución a la crítica de la economía política*, p. 59). Declara:

> 4488. «¿Cómo cree usted que ha funcionado la ley de 1844? — Si tuviera que responderle como banquero, diría que ha funcionado de manera excelente, pues ha proporcionado una rica cosecha a los banqueros y a los capitalistas {del dinero} de toda clase. Pero ha funcionado muy mal para el hombre de negocios honrado y laborioso, que necesita estabilidad en el tipo de descuento para poder hacer sus arreglos con confianza… ha hecho del préstamo de dinero un negocio sumamente lucrativo.» — 4489. «¿Permite» {la ley bancaria} «a los bancos por acciones de Londres pagar a sus accionistas del 20 al 22 %? — Uno pagó hace poco el 18 %, y creo que otro el 20 %; tienen todas las razones para defender muy decididamente la ley.» — 4490. «A los pequeños hombres de negocios y a los comerciantes respetables que no tienen gran capital… los aprieta mucho… El único medio que tengo para saberlo es que veo una masa asombrosa de sus aceptaciones que no se pagan. Estas aceptaciones son siempre pequeñas, de unas 20-100 £; muchas de ellas no se pagan y vuelven por falta de pago a todas las partes del país, y esto es siempre un signo de penuria entre… los minoristas.»

En 4494 declara que ahora el negocio no es rentable. Sus observaciones siguientes son importantes porque veía la existencia latente de la crisis cuando ninguno de los demás la sospechaba todavía.

> 4494. «Los precios en Mincing Lane se mantienen todavía bastante bien, pero no se vende nada, no se puede vender a ningún precio; uno se atiene al precio nominal.»

4495. Cuenta un caso: un francés envía a un corredor de Mincing Lane mercancías por valor de 3.000 £ para que las venda a cierto precio. El corredor no consigue ese precio, y el francés no puede vender por debajo de él. La mercancía se queda sin vender, pero el francés necesita dinero. El corredor le adelanta, pues, 1.000 £, de manera que el francés, sobre la garantía de las mercancías, gira contra el corredor una letra de 1.000 £ a 3 meses. A los 3 meses vence la letra, pero las mercancías siguen sin poder venderse. El corredor tiene entonces que pagar la letra, y aunque tiene cobertura por 3.000 £, no puede convertirla en dinero y se ve en dificultades. Así arrastra uno al otro en su caída.

> 4496. «En cuanto a las fuertes exportaciones… cuando el negocio en el interior está deprimido, esto provoca necesariamente también una fuerte exportación.» — 4497. «¿Cree usted que ha disminuido el consumo interior? — *Muy considerablemente*… *de manera enorme*… los minoristas son aquí la mejor autoridad.» — 4498. «Y, sin embargo, las importaciones son muy grandes; ¿no indica eso un fuerte consumo? — Sí, si *usted puede vender*; pero muchos almacenes están llenos de estas cosas; en el ejemplo que acabo de contar se han importado mercancías por 3.000 £ que no se pueden vender.»

> 4514. «Cuando el dinero está caro, ¿diría usted que entonces el capital está barato? — Sí.»

Este hombre no es, pues, en modo alguno de la opinión de Overstone de que un alto tipo de interés sea lo mismo que un capital caro.

Cómo se llevan ahora los negocios:

> 4516 «… Otros tiran con todas sus fuerzas del arnés, hacen un negocio gigantesco en exportaciones e importaciones, muy por encima de la medida que les permite su capital; de esto no puede caber la menor duda. A esa gente le puede salir bien; pueden hacer grandes fortunas por algún golpe de suerte y pagarlo todo. Este es en gran medida el sistema sobre el que se lleva hoy en día una parte considerable de los negocios. Esa gente pierde de buen grado un 20, un 30 y un 40 % en un embarque; el negocio siguiente puede devolvérselo. Si les falla uno tras otro, entonces están arruinados; y ese es justamente el caso que hemos visto a menudo en los últimos tiempos: han quebrado casas comerciales sin que quedara un chelín de activo.»

> 4791. «El tipo de interés más bajo» {durante los últimos 10 años} «actúa ciertamente contra los banqueros, pero sin presentarle a usted los libros de contabilidad me resultaría muy difícil explicarle cuánto más alta es ahora la ganancia» {la suya propia} «en comparación con antes. Cuando el tipo de interés es bajo, a consecuencia de una emisión excesiva de billetes, tenemos depósitos considerables; cuando el tipo de interés es alto, eso nos reporta ganancia directa.» — 4794. «Cuando se puede obtener dinero a un tipo de interés moderado, tenemos más demanda de él; prestamos más; actúa» {para nosotros, los banqueros} «por esta vía. Cuando sube, obtenemos por él más de lo que sería justo; obtenemos más de lo que deberíamos tener.»

Hemos visto que todos los expertos consideran inquebrantable el crédito de los billetes del Banco de Inglaterra. Pese a ello, la ley bancaria inmoviliza en términos absolutos 9-10 millones en oro para garantizar su convertibilidad. La santidad e intangibilidad del tesoro se llevan así a cabo de manera muy distinta que entre los antiguos atesoradores. W. Brown (Liverpool) declara, C.D. 1847/1857, 2311:

> «En cuanto a la utilidad que este dinero» (el tesoro metálico del departamento de emisión) «prestaba entonces, lo mismo habría dado arrojarlo al mar; no se podía emplear ni la más mínima parte de él sin violar la ley del Parlamento.»

El contratista de obras E. Capps, el mismo al que ya se citó antes y de cuya declaración está tomada también la descripción del moderno sistema de construcción londinense (libro II, cap. XII), resume como sigue su opinión sobre la ley bancaria de 1844 (B.A. 1857):

> 5508. «¿Es usted, pues, en general de la opinión de que el sistema actual» (de la legislación bancaria) «es un dispositivo muy hábil para llevar periódicamente las ganancias de la industria a la bolsa del usurero? — Esa es mi opinión. Sé que en el ramo de la construcción ha actuado así.»

Como ya se ha mencionado, la ley bancaria de 1845 forzó a los bancos escoceses a entrar en un sistema que se aproximaba al inglés. Se les impuso la obligación de mantener oro en reserva para la emisión de billetes que excediera de una cuantía fijada para cada banco. Sobre el efecto que esto tuvo, he aquí algunos testimonios ante la comisión B.C. 1857.

Kennedy, gerente de un banco escocés:

> 3375. «¿Había en Escocia, antes de la introducción de la ley de 1845, algo que pudiera llamarse una circulación de oro? — Nada de eso.» — 3376. «¿Se ha producido desde entonces una circulación adicional de oro? — En lo más mínimo; a la gente no le gusta tener oro (the people dislike gold).» — 3450. Las aproximadamente 900.000 £ en oro que los bancos escoceses tienen que mantener desde 1845 son, en su opinión, únicamente perjudiciales y «absorben sin provecho una parte igual del capital de Escocia».

Además, Anderson, gerente del Union Bank of Scotland.

> 3558. «¿La única fuerte demanda de oro que se produjo en el Banco de Inglaterra por parte de los bancos escoceses se produjo a causa de los tipos de cambio exteriores? — Así es; y esta demanda no disminuye por el hecho de que mantengamos oro en Edimburgo.» — 3590. «Mientras tengamos depositado el mismo importe de títulos en el Banco de Inglaterra» (o en los bancos privados de Inglaterra) «tenemos el mismo poder que antes para provocar una salida de oro del Banco de Inglaterra.»

Por último, un artículo del *Economist* (Wilson):

> «Los bancos escoceses mantienen sumas en efectivo inactivas en manos de sus agentes de Londres; estos las mantienen en el Banco de Inglaterra. Esto da a los bancos escoceses, dentro de los límites de estas sumas, dominio sobre el tesoro metálico del Banco, y aquí está siempre en el lugar donde se necesita cuando hay que hacer pagos al extranjero.»

Este sistema fue perturbado por la ley de 1845:

> «A consecuencia de la ley de 1845 para Escocia se ha producido últimamente una fuerte salida de moneda de oro del Banco de Inglaterra para hacer frente a una demanda meramente posible en Escocia, que quizá no se presentaría nunca… Desde entonces se encuentra regularmente inmovilizada en Escocia una suma considerable, y otra suma notable está constantemente de viaje, de ida y vuelta, entre Londres y Escocia. Cuando llega un momento en que un banquero escocés espera una mayor demanda de sus billetes, se envía allí desde Londres una caja con oro; pasado ese momento, la misma caja vuelve a Londres, casi siempre sin haber sido abierta nunca.» (*Economist*, 23 de octubre de 1847.)

{¿Y qué dice de todo esto el padre de la ley bancaria, el banquero Samuel Jones Loyd, alias lord Overstone?

Ya en 1848 repitió ante la comisión C.D. de los Lores que

> «la estrechez monetaria y el alto tipo de interés, causados por la falta de capital suficiente, no pueden aliviarse mediante una mayor emisión de billetes de banco», (1514)

aunque el mero *permiso* de una mayor emisión de billetes, dado por la carta del Gobierno del 25 de octubre de 1847, había bastado para quitarle el filo a la crisis.

Sostiene que

> «el alto nivel del tipo de interés y la situación deprimida de la industria fabril eran la consecuencia necesaria de la disminución del capital *material* utilizable para fines industriales y comerciales». (1604.)

Y, sin embargo, la situación deprimida de la industria fabril consistía desde hacía meses en que el capital mercantil material llenaba en abundancia los almacenes y era literalmente invendible, y en que, precisamente por eso, el capital productivo material estaba total o parcialmente inactivo, para no producir todavía más capital mercantil invendible.

Y ante la comisión de banca de 1857 dice:

> «Gracias a la observancia estricta y pronta de los principios de la ley de 1844, todo ha transcurrido con regularidad y facilidad; el sistema monetario es seguro e inconmovible, la prosperidad del país es indiscutible, la confianza pública en la ley de 1844 gana fuerza día a día. Si la comisión desea más pruebas prácticas de la solidez de los principios en que descansa esta ley y de las consecuencias beneficiosas que ha asegurado, la respuesta verdadera y suficiente es esta: miren ustedes a su alrededor; contemplen el estado actual de los negocios de nuestro país, contemplen la satisfacción del pueblo; contemplen la riqueza y la prosperidad de todas las clases de la sociedad; y entonces, hecho esto, la comisión estará en condiciones de decidir si quiere impedir la continuidad de una ley bajo la cual se han alcanzado tales resultados.» (B.C. 1857, n.º 4189.)

A este ditirambo, que Overstone cantó ante la comisión el 14 de julio, respondió la antistrofa el 12 de noviembre del mismo año: la carta a la dirección del Banco en la que el Gobierno suspendía la milagrosa ley de 1844 para salvar lo que aún podía salvarse. — F. E.}

## Capítulo trigesimoquinto. El metal precioso y el tipo de cambio

### I. El movimiento del tesoro de oro

Con respecto al almacenamiento de billetes en tiempos de estrechez, hay que observar que aquí se repite el atesoramiento de metales preciosos tal como se da, en tiempos agitados, en los estados más primitivos de la sociedad. La ley de 1844 es interesante en sus efectos porque pretende convertir en medio de circulación todo el metal precioso que se encuentra en el país: procura equiparar la salida de oro con la contracción del medio de circulación y la entrada de oro con la expansión del medio de circulación. Con ello se ha suministrado luego, experimentalmente, la prueba de lo contrario. Con una sola excepción, que mencionaremos enseguida, la masa de los billetes en circulación del Banco de Inglaterra no ha alcanzado nunca, desde 1844, el máximo que el Banco estaba autorizado a emitir. Y la crisis de 1857 demostró, por otra parte, que en determinadas circunstancias este máximo no basta. Del 13 al 30 de noviembre de 1857 circularon por término medio, cada día, 488.830 £ por encima de dicho máximo. (B. A. 1858, p. XI.) El máximo legal era entonces de 14.475.000 £ más el importe del tesoro metálico guardado en los sótanos del Banco.

Con respecto a la salida y la entrada de metal precioso, hay que observar:

*Primero*, hay que distinguir entre el ir y venir del metal dentro del área que no produce oro ni plata, por una parte, y, por otra, la corriente del oro y la plata desde sus fuentes de producción a través de los diversos países restantes y el reparto de este aporte entre estos últimos.

Antes de que se hicieran sentir los efectos de las minas de oro rusas, californianas y australianas, el suministro, desde comienzos de este siglo, solo alcanzaba para reponer las monedas desgastadas, para el uso habitual como material de lujo y para la exportación de plata a Asia.

Pero desde entonces, en primer lugar, con el comercio asiático de América y de Europa, la exportación de plata a Asia creció extraordinariamente. La plata exportada desde Europa fue sustituida en gran parte por el oro adicional. Además, una parte del oro recién afluido fue absorbida por la circulación monetaria interior. Se calcula que hasta 1857 entraron adicionalmente en la circulación interior de Inglaterra unos 30 millones de oro.[^k20-14] Luego, desde 1844, aumentó el nivel medio de las reservas metálicas en todos los bancos centrales de Europa y de Norteamérica. El crecimiento de la circulación monetaria interior trajo consigo, al mismo tiempo, que después del pánico, en el período de estancamiento que le siguió, la reserva bancaria creciera ya más deprisa a consecuencia de la mayor masa de moneda de oro expulsada de la circulación interior e inmovilizada. Por último, desde los nuevos descubrimientos de oro, el consumo de metal precioso para artículos de lujo aumentó a consecuencia del crecimiento de la riqueza.

*Segundo*. Entre los países que no producen oro ni plata, el metal precioso sale y entra constantemente; el mismo país lo importa constantemente y lo exporta con la misma constancia. Es solo el predominio del movimiento en uno u otro sentido lo que decide si, en definitiva, hay salida o entrada, ya que los movimientos meramente oscilatorios y a menudo paralelos se neutralizan en gran parte. Pero, por eso mismo, en atención a este resultado, se pasa por alto la constancia y el curso paralelo, en conjunto, de ambos movimientos. Siempre se lo concibe únicamente como si el exceso de importación y el exceso de exportación de metal precioso fueran solo efecto y expresión de la relación entre la importación y la exportación de mercancías, cuando es al mismo tiempo expresión de la relación de una importación y exportación de metal precioso mismo, independiente del comercio de mercancías.

*Tercero*. El predominio de la importación sobre la exportación, y a la inversa, se mide, en conjunto, por el aumento o la disminución de la reserva metálica de los bancos centrales. Hasta qué punto este indicador es más o menos exacto depende, naturalmente, ante todo, de hasta qué punto esté centralizado el sistema bancario en general. Pues de ello depende hasta qué punto el metal precioso acumulado en el llamado banco nacional representa en general el tesoro metálico nacional. Pero, suponiendo que así sea, el indicador no es exacto, porque una importación adicional, en determinadas circunstancias, es absorbida por la circulación interior y por el creciente uso del oro y la plata como lujo; y además porque, sin importación adicional, podría producirse una retirada de moneda de oro para la circulación interior, y disminuir así el tesoro metálico, aun sin un aumento simultáneo de la exportación.

*Cuarto*. Una exportación de metal adopta la forma de una salida (drain) cuando el movimiento de disminución se prolonga durante bastante tiempo, de modo que la disminución se presenta como tendencia del movimiento y hace descender la reserva metálica del Banco considerablemente por debajo de su nivel medio, hasta cerca del mínimo medio de esa reserva. Este último está fijado de manera más o menos arbitraria, en la medida en que la legislación sobre la cobertura para el pago en efectivo de los billetes, etc., lo determina de modo distinto en cada caso particular. Sobre los límites cuantitativos que una salida de este tipo puede alcanzar en Inglaterra, dice Newmarch ante la B. A. 1857, Evid. n.º 1494:

> «A juzgar por la experiencia, es muy improbable que la salida de metal a consecuencia de cualquier oscilación del comercio exterior supere los 3 o 4 millones de £.»

En 1847, el nivel más bajo de la reserva de oro del Banco de Inglaterra, el 23 de octubre, muestra frente al 26 de diciembre de 1846 una merma de 5.198.156 £, y frente al nivel más alto de 1846 (29 de agosto), una merma de 6.453.748 £.

*Quinto*. El destino de la reserva metálica del llamado banco nacional —destino que, sin embargo, no regula por sí solo, ni mucho menos, la magnitud del tesoro metálico, pues este puede crecer por la mera paralización del comercio interior y exterior— es triple: 1. Fondo de reserva para pagos internacionales; en una palabra, fondo de reserva de dinero mundial. 2. Fondo de reserva para la circulación metálica interior, que se expande y se contrae alternativamente. 3. Lo que está ligado a la función bancaria y nada tiene que ver con las funciones del dinero como mero dinero: fondo de reserva para el pago de depósitos y para la convertibilidad de los billetes. Por eso puede verse afectado también por circunstancias que toquen a cada una de estas tres funciones; así, como fondo internacional, por la balanza de pagos, cualesquiera que sean las causas que la determinen y cualquiera que sea su relación con la balanza comercial; como fondo de reserva de la circulación metálica interior, por la expansión o la contracción de esta. La tercera función, como fondo de garantía, no determina, es cierto, el movimiento autónomo de la reserva metálica, pero actúa doblemente. Si se emiten billetes que sustituyen en la circulación interior al dinero metálico (y, por tanto, también a la moneda de plata en los países en que la plata es la medida de los valores), desaparece la función 2 del fondo de reserva. Y una parte del metal precioso que ha servido para ello emigrará de manera duradera al extranjero. En este caso no hay retirada de moneda metálica para la circulación interior, y con ello desaparece al mismo tiempo el reforzamiento temporal de la reserva metálica por inmovilización de una parte del metal acuñado en circulación. Además: si en todas las circunstancias hay que mantener un mínimo de tesoro metálico para el pago de los depósitos y la convertibilidad de los billetes, esto afecta de un modo peculiar a los efectos de una salida o de una entrada de oro; actúa sobre la parte del tesoro que el Banco está obligado a conservar en todas las circunstancias, o sobre aquella de la que, en otros momentos, trata de deshacerse por inútil. Con una circulación puramente metálica y un sistema bancario concentrado, el Banco tendría igualmente que considerar su tesoro metálico como garantía para el pago de sus depósitos, y con una salida de metal podría producirse el mismo pánico que en Hamburgo en 1857.

*Sexto*. Con la excepción, quizá, de 1837, la crisis efectiva solo estalló siempre después del giro de los tipos de cambio, es decir, en cuanto la importación de metal precioso volvió a imponerse sobre la exportación.

En 1825 el crac efectivo se produjo cuando ya había cesado la salida de oro. En 1839 hubo salida de oro sin que se llegara al crac. En 1847 la salida de oro cesó en abril, y el crac llegó en octubre. En 1857 la salida de oro al extranjero había cesado desde comienzos de noviembre; solo más tarde, en noviembre, llegó el crac.

Esto se pone de manifiesto con especial claridad en la crisis de 1847, en la que la salida de oro cesó ya en abril, después de haber provocado una precrisis relativamente suave, y la crisis comercial propiamente dicha no estalló hasta octubre.

Las declaraciones siguientes se prestaron ante el Secret Committee of the House of Lords on Commercial Distress 1848[^k20-t2]; los testimonios (evidence) no se imprimieron hasta 1857 (citado también como C. D. 1848/1857).

Declaraciones de Tooke:

> «En abril de 1847 se produjo una estrechez que, en rigor, equivalía a un pánico, pero que fue de duración relativamente corta y no vino acompañada de quiebras comerciales de importancia alguna. En octubre la estrechez fue mucho más intensa que en ningún momento de abril; se produjo un número casi inaudito de bancarrotas comerciales.» (2996.) — «En abril, los tipos de cambio, sobre todo con América, nos impusieron la necesidad de exportar una cantidad considerable de oro en pago de importaciones extraordinariamente grandes; solo con un esfuerzo sumamente violento logró el Banco detener la salida de oro y hacer subir el cambio.» (2997.) — «En octubre los tipos de cambio eran favorables a Inglaterra.» (2998.) — «El giro de los tipos de cambio había empezado en la tercera semana de abril.» (3000.) — «Oscilaron en julio y agosto; desde comienzos de agosto fueron siempre favorables a Inglaterra.» (3001.) — La salida de oro en agosto «procedía de la demanda para la circulación interior».

J. Morris, gobernador del Banco de Inglaterra: aunque desde agosto de 1847 el tipo de cambio se había vuelto favorable a Inglaterra y por eso había habido importación de oro, las existencias de metal del Banco disminuyeron, sin embargo.

> «2.200.000 £ en oro salieron hacia el interior del país a consecuencia de la demanda interior.» (137.) — Esto se explica, por una parte, por el aumento de la ocupación de obreros en la construcción de ferrocarriles y, por otra, por el «deseo de los banqueros de poseer una reserva de oro propia en tiempos de crisis». (147.)

Palmer, ex gobernador y desde 1811 director del Banco de Inglaterra:

> 684. «Durante todo el período que va de mediados de abril de 1847 al día de la suspensión de la ley bancaria de 1844, los tipos de cambio fueron favorables a Inglaterra.»

La salida de metal, que en abril de 1847 provoca un pánico monetario autónomo, no es, pues, aquí, como siempre, más que la precursora de la crisis, y ya ha dado la vuelta antes de que esta estalle. En 1839, con una gran presión sobre los negocios, hubo una salida de metal muy fuerte —para trigo, etc.—, pero sin crisis ni pánico monetario.

*Séptimo*. En cuanto las crisis generales se han consumido, el oro y la plata —prescindiendo de la afluencia de metal precioso fresco desde los países productores— vuelven a repartirse en las proporciones en que existían como tesoro particular de los diversos países en el estado de equilibrio de estos. En igualdad de las demás circunstancias, su magnitud relativa en cada país estará determinada por el papel de este en el mercado mundial. Sale del país que tenía una parte mayor que la normal y afluye al otro; estos movimientos de entrada y salida no hacen más que restablecer su reparto originario entre los distintos tesoros nacionales. Pero esta redistribución está mediada por la acción de diversas circunstancias que se mencionarán al tratar de los tipos de cambio. En cuanto se ha restablecido el reparto normal —más allá de este punto—, se produce primero un crecimiento y luego, de nuevo, una salida. {Esta última frase solo vale, naturalmente, para Inglaterra como centro del mercado monetario mundial. — F. E.}

*Octavo*. Las salidas de metal son, en la mayoría de los casos, síntoma de un cambio en la situación del comercio exterior, y este cambio es, a su vez, un presagio de que las condiciones vuelven a madurar hacia la crisis.[^k20-15]

*Noveno*. La balanza de pagos puede ser favorable a Asia y contraria a Europa y América.[^k20-16]

* * *

La importación de metal precioso se produce sobre todo en dos momentos. Por una parte, en la primera fase de tipo de interés bajo, que sigue a la crisis y es expresión de la restricción de la producción; y luego en la segunda fase, en la que el tipo de interés sube, pero aún no ha alcanzado su nivel medio. Esta es la fase en que los reflujos se efectúan con facilidad, el crédito comercial es grande y, por eso, la demanda de capital de préstamo no crece en proporción a la expansión de la producción. En ambas fases, en las que el capital de préstamo es relativamente abundante, la afluencia excedente de capital que existe en forma de oro y plata, es decir, en una forma en la que de momento solo puede funcionar como capital de préstamo, tiene que influir considerablemente en el tipo de interés y, con ello, en el tono de todos los negocios.

Por otra parte, la salida, la exportación fuerte y continuada de metal precioso, se produce en cuanto los reflujos ya no son fluidos, los mercados están sobresaturados y la prosperidad aparente solo se mantiene ya gracias al crédito; es decir, en cuanto existe ya una demanda de capital de préstamo muy reforzada y el tipo de interés, por eso, ha alcanzado ya por lo menos su nivel medio. En estas circunstancias, que se reflejan precisamente en la salida de metal precioso, se refuerza considerablemente el efecto de la sustracción continuada de capital en una forma en la que existe directamente como capital dinerario prestable. Esto tiene que influir directamente en el tipo de interés. Pero, en lugar de restringir las operaciones de crédito, la subida del tipo de interés las amplía y lleva a la tensión excesiva de todos sus recursos. Por eso este período precede al crac.

A Newmarch se le pregunta (B. A. 1857):

> 1520. «¿Así que el importe de las letras en circulación aumenta con el tipo de interés? — Así parece.» — 1522. «En tiempos tranquilos y normales, el libro mayor es el verdadero instrumento del intercambio; pero cuando surgen dificultades, cuando, por ejemplo, en circunstancias como las que he mencionado, se eleva el tipo de descuento del Banco..., entonces los negocios se resuelven por sí solos en el libramiento de letras; estas letras no solo son más adecuadas para servir de prueba legal del negocio concertado, sino que también se prestan mejor al fin de hacer nuevas compras y son, ante todo, utilizables como medio de crédito para tomar capital a préstamo.»

A ello se añade que, en cuanto el Banco eleva su tipo de descuento ante circunstancias algo amenazadoras —con lo cual se da al mismo tiempo la probabilidad de que el Banco someta a una restricción el plazo de vencimiento de las letras que ha de descontar—, surge el temor general de que esto irá in crescendo. Cada cual, y en primer lugar el caballero del crédito, trata, pues, de descontar el futuro y de tener a su disposición, en el momento dado, tantos medios de crédito como sea posible. Las razones que acabamos de exponer se reducen, pues, a que la mera cantidad del metal precioso, sea importado o exportado, no actúa como tal, sino que actúa, primero, por el carácter específico del metal precioso como capital en forma de dinero y, segundo, como la pluma que, añadida a la carga del platillo, basta para hacer bajar definitivamente hacia un lado la balanza oscilante; actúa porque interviene en circunstancias en las que cualquier exceso hacia uno u otro lado decide la cuestión. Sin estas razones sería totalmente incomprensible que una salida de oro de, digamos, 5 a 8 millones de £ —y este es el límite de la experiencia hasta ahora— pudiera ejercer efectos de alguna importancia; este pequeño más o menos de capital, que parece insignificante incluso frente a los 70 millones de £ en oro que circulan por término medio en Inglaterra, es, en efecto, una magnitud evanescente en una producción del volumen de la inglesa.[^k20-17] Pero es precisamente el desarrollo del sistema de crédito y bancario, que, por una parte, empuja a poner a la fuerza todo el capital dinerario al servicio de la producción (o, lo que viene a ser lo mismo, a convertir en capital todos los ingresos en dinero), y que, por otra parte, en una fase determinada del ciclo, reduce la reserva metálica a un mínimo en el que ya no puede cumplir las funciones que le corresponden; es este sistema de crédito y bancario desarrollado el que produce esta hipersensibilidad de todo el organismo. En fases menos desarrolladas de la producción, la disminución o el aumento del tesoro respecto de su medida media es una cosa relativamente indiferente. Del mismo modo, por otra parte, incluso una salida de oro muy considerable es relativamente inocua si no se produce en el período crítico del ciclo industrial.

En la explicación que hemos dado se ha prescindido de los casos en que la salida de metal se produce a consecuencia de malas cosechas, etc. Aquí, la grande y súbita perturbación del equilibrio de la producción, de la que la salida es expresión, hace innecesaria cualquier otra explicación de su efecto. Este efecto es tanto mayor cuanto más se produce tal perturbación en un período en que la producción trabaja a toda presión.

Hemos prescindido, además, de la función del tesoro metálico como garante de la convertibilidad de los billetes de banco y como eje de todo el sistema de crédito. El banco central es el eje del sistema de crédito. Y la reserva metálica es, a su vez, el eje del banco.[^k20-18] La conversión del sistema de crédito en el sistema monetario es necesaria, como ya he expuesto en el libro I, cap. III, a propósito del medio de pago. Que hacen falta los mayores sacrificios de riqueza real para mantener en el momento crítico la base metálica lo admite tanto Tooke como Loyd-Overstone. La disputa gira solo en torno a un más o un menos, y en torno al tratamiento más o menos racional de lo inevitable.[^k20-19] Una cierta cantidad de metal, insignificante en comparación con la producción global, está reconocida como eje del sistema. De ahí, aparte de la terrorífica ejemplificación de este carácter suyo de eje en las crisis, el bello dualismo teórico. Mientras trata ex professo «del capital», la economía ilustrada mira con el mayor desprecio el oro y la plata, como la forma de hecho más indiferente e inútil del capital. En cuanto trata del sistema bancario, todo esto se invierte, y el oro y la plata se convierten en el capital par excellence, a cuya conservación hay que sacrificar cualquier otra forma de capital y de trabajo. Pero ¿en qué se distinguen el oro y la plata de las otras figuras de la riqueza? No por la magnitud de valor, pues esta está determinada por la cantidad de trabajo objetivado en ellos. Sino como encarnaciones autónomas, expresiones del carácter *social* de la riqueza. {La riqueza de la sociedad solo existe como riqueza de individuos que son sus propietarios privados. Solo se acredita como social por el hecho de que estos individuos, para satisfacer sus necesidades, intercambian entre sí los valores de uso cualitativamente distintos. En la producción capitalista solo pueden hacerlo por medio del dinero. Así, solo por medio del dinero se realiza la riqueza del individuo como riqueza social; en el dinero, en esta cosa, está encarnada la naturaleza social de esta riqueza. — F. E.} Esta existencia social suya aparece, pues, como un más allá, como cosa, objeto, mercancía, junto a los elementos reales de la riqueza social y fuera de ellos. Mientras la producción fluye, esto se olvida. El crédito, que es asimismo una forma social de la riqueza, desplaza al dinero y usurpa su lugar. Es la confianza en el carácter social de la producción la que hace aparecer la forma dineraria de los productos como algo meramente evanescente e ideal, como mera representación. Pero en cuanto el crédito se ve sacudido —y esta fase se produce siempre, necesariamente, en el ciclo de la industria moderna—, toda la riqueza real ha de convertirse ahora real y súbitamente en dinero, en oro y plata: una exigencia descabellada, pero que brota necesariamente del propio sistema. Y todo el oro y la plata que han de satisfacer estas exigencias inmensas ascienden a un par de millones en los sótanos del Banco.[^k20-20] En los efectos de la salida de oro sale, pues, a relucir de un modo contundente el hecho de que la producción no está realmente sometida al control social como producción social, en la forma de que la forma social de la riqueza existe como una *cosa* fuera de ella. El sistema capitalista tiene esto, de hecho, en común con los sistemas de producción anteriores, en la medida en que descansan en el comercio de mercancías y en el intercambio privado. Pero solo en él se manifiesta de la manera más contundente y en la forma más grotesca de la contradicción absurda y del contrasentido, porque: 1) en el sistema capitalista es donde más completamente está abolida la producción para el valor de uso inmediato, para el uso propio de los productores, y, por tanto, la riqueza solo existe como proceso social que se expresa como entrelazamiento de producción y circulación; 2) porque, con el desarrollo del sistema de crédito, la producción capitalista tiende constantemente a superar este límite metálico, límite a la vez material y fantástico de la riqueza y de su movimiento, pero una y otra vez se rompe la cabeza contra este límite.

En la crisis surge la exigencia de que todas las letras, títulos y mercancías sean convertibles a la vez, simultáneamente, en dinero bancario, y todo este dinero bancario, a su vez, en oro.

### II. El tipo de cambio

{El barómetro del movimiento internacional de los metales monetarios es, como se sabe, el tipo de cambio. Si Inglaterra tiene que hacer más pagos a Alemania que Alemania a Inglaterra, sube en Londres el precio del marco expresado en libras esterlinas, y en Hamburgo y Berlín baja el precio de la libra esterlina expresado en marcos. Si este exceso de obligaciones de pago de Inglaterra frente a Alemania no se compensa de nuevo, por ejemplo mediante compras predominantes de Alemania en Inglaterra, el precio en libras de las letras en marcos sobre Alemania tiene que subir hasta el punto en que resulte rentable enviar de Inglaterra a Alemania, en pago, metal —dinero de oro o barras— en lugar de letras. Este es el curso típico.

Si esta exportación de metal precioso adquiere mayor volumen y duración, se ataca la reserva bancaria inglesa, y el mercado de dinero inglés, con el Banco de Inglaterra a la cabeza, tiene que tomar medidas de protección. Estas consisten esencialmente, como ya hemos visto, en la elevación del tipo de interés. Cuando hay una salida de oro considerable, el mercado de dinero está regularmente difícil, es decir, la demanda de capital de préstamo en forma de dinero supera considerablemente a la oferta, y el tipo de interés más alto se sigue de ello por sí solo; el tipo de descuento decretado por el Banco de Inglaterra corresponde a la situación y se impone en el mercado. Pero se dan también casos en que la salida de metal procede de combinaciones de negocios distintas de las habituales (por ejemplo, de empréstitos de Estados extranjeros, de inversiones de capital en el extranjero, etc.), en los que el mercado de dinero de Londres como tal no justifica en absoluto una elevación efectiva del tipo de interés; el Banco de Inglaterra tiene entonces que empezar por «hacer escaso el dinero», como se dice, tomando fuertes préstamos en el «mercado abierto», para crear así artificialmente la situación que justifica o hace necesaria una subida del interés; una maniobra que le resulta más difícil de año en año. — F. E.}

Cómo actúa esta elevación del tipo de interés sobre los tipos de cambio lo muestran las siguientes declaraciones ante la comisión de la Cámara de los Comunes sobre la legislación bancaria de 1857 (citada como B. A. o B. C., 1857).

John Stuart Mill:

> 2176. «Cuando los negocios se han vuelto difíciles... se produce una caída considerable del precio de los títulos... Los extranjeros hacen comprar aquí, en Inglaterra, acciones de ferrocarriles, o los propietarios ingleses de acciones de ferrocarriles extranjeros las venden en el extranjero... en esa misma medida se evita la transferencia de oro.» — 2182. «Una clase grande y rica de banqueros y de comerciantes en títulos, por medio de la cual se efectúa habitualmente la nivelación del tipo de interés y la nivelación de la altura del barómetro comercial (pressure) entre los distintos países..., está siempre al acecho para comprar títulos que prometan una subida de precio...; el lugar adecuado para que compren será el país que envía oro al extranjero.» — 2183. «Estas inversiones de capital se hicieron en 1847 en una escala considerable, suficiente para disminuir la salida de oro.»

J. G. Hubbard, ex gobernador y desde 1838 miembro del consejo de dirección del Banco de Inglaterra:

> 2545. «Hay grandes cantidades de títulos europeos... que tienen una circulación europea en todos los distintos mercados de dinero, y estos papeles, en cuanto bajan un 1 o un 2 % en un mercado, son comprados inmediatamente para enviarlos a los mercados en que su valor se ha mantenido todavía.» — 2565. «¿No tienen los países extranjeros deudas considerables con los comerciantes de Inglaterra? — ... Muy considerables.» — 2566. «¿Así que el cobro de estas deudas podría bastar por sí solo para explicar una acumulación muy grande de capital en Inglaterra? — En el año 1847 nuestra posición se restableció finalmente tachando tantos y tantos millones que América y Rusia debían antes a Inglaterra.»

{Inglaterra debía al mismo tiempo, precisamente a esos mismos países, «tantos y tantos millones» por trigo, y no dejó de «tachar» también por esta vía, en gran parte, mediante la bancarrota de los deudores ingleses. Véase el informe sobre la ley bancaria de 1857, más arriba, cap. 30, p. 31[^k20-t3].}

> 2572. «En 1847 el cambio entre Inglaterra y San Petersburgo estaba muy alto. Cuando se publicó la carta del Gobierno que autorizaba al Banco a emitir billetes sin atenerse al límite prescrito de 14 millones» {por encima de la reserva de oro} «la condición era que el descuento debía mantenerse al 8 %. En aquel momento, y con aquel tipo de descuento, era un negocio rentable hacer embarcar oro de San Petersburgo a Londres y prestarlo a su llegada al 8 % hasta el vencimiento de las letras a tres meses giradas contra el oro vendido.» — 2573. «En todas las operaciones con oro hay muchos puntos que tomar en consideración; depende del tipo de cambio y del tipo de interés al que se puede colocar el dinero hasta el vencimiento de la letra» {girada contra él}.

#### El tipo de cambio con Asia

Los puntos siguientes son importantes, por una parte, porque muestran cómo Inglaterra, cuando su tipo de cambio con Asia es desfavorable, tiene que resarcirse en otros países cuya importación de Asia se paga por mediación inglesa. Pero, en segundo lugar, porque el señor Wilson hace aquí de nuevo el necio intento de identificar el efecto de una exportación de metal precioso sobre los tipos de cambio con el efecto de una exportación de capital en general sobre estos cambios; en ambos casos se trata de una exportación que no se hace como medio de pago o de compra, sino para invertir capital. Ante todo, es evidente que, ya se envíen a la India tantos y tantos millones de £ en metal precioso o en carriles de hierro para invertirlos allí en ferrocarriles, ambas cosas no son más que formas distintas de transferir el mismo importe de capital de un país a otro; y, por cierto, una transferencia que no entra en la cuenta de los negocios mercantiles ordinarios y por la que el país exportador no espera otro reflujo que un rédito anual posterior procedente de los ingresos de esos ferrocarriles. Si esta exportación se hace en forma de metal precioso, actuará —por ser metal precioso y, como tal, capital dinerario inmediatamente prestable y base de todo el sistema monetario—, no necesariamente en todas las circunstancias, pero sí en las expuestas anteriormente, directamente sobre el mercado de dinero y, con ello, sobre el tipo de interés del país que exporta este metal precioso. Actúa también, igual de directamente, sobre el tipo de cambio. En efecto, solo se envía metal precioso porque, y en la medida en que, las letras, por ejemplo sobre la India, que se ofrecen en el mercado de dinero de Londres no bastan para hacer estas remesas extraordinarias. Hay, pues, una demanda de letras sobre la India que supera a la oferta, y así el cambio se vuelve momentáneamente contra Inglaterra, no porque esta esté endeudada con la India, sino porque tiene que enviar a la India sumas extraordinarias. A la larga, un envío así de metal precioso a la India tiene que tender a aumentar la demanda india de mercancías inglesas, porque aumenta indirectamente la capacidad de consumo de la India para las mercancías europeas. En cambio, si el capital se envía en forma de carriles, etc., no puede tener influencia alguna sobre el tipo de cambio, ya que la India no tiene que hacer por ello ningún pago de vuelta. Por eso mismo tampoco tiene por qué influir en el mercado de dinero. Wilson intenta sacar de ello una influencia de este tipo diciendo que tal desembolso extraordinario produciría una demanda extraordinaria de facilidades monetarias y actuaría así sobre el tipo de interés. Puede ser así; pero sostener que ha de ocurrir en todas las circunstancias es totalmente erróneo. Dondequiera que se envíen e inmovilicen los carriles, ya sea en suelo inglés o indio, no representan más que una determinada expansión de la producción inglesa en una esfera determinada. Sostener que una expansión de la producción, aun dentro de límites muy amplios, no puede producirse sin hacer subir el tipo de interés es una necedad. Pueden aumentar las facilidades monetarias, es decir, la suma de los negocios en que entran operaciones de crédito; pero estas operaciones pueden aumentar con un tipo de interés dado que permanece invariable. Así ocurrió realmente durante la manía ferroviaria de los años cuarenta en Inglaterra. El tipo de interés no subió. Y es evidente que, en lo que se refiere al capital real, es decir, aquí a las mercancías, el efecto sobre el mercado de dinero es exactamente el mismo tanto si estas mercancías están destinadas al extranjero como al consumo interior. Solo podría haber una diferencia si las inversiones de capital de Inglaterra en el extranjero restringieran su exportación comercial —la exportación que tiene que pagarse y que, por tanto, trae un reflujo—, o en la medida en que estas inversiones de capital fueran ya, en general, síntoma de una tensión excesiva del crédito y del comienzo de operaciones especulativas.

En lo que sigue pregunta Wilson y responde Newmarch.

> 1786. «Usted decía antes, con respecto a la demanda de plata para el Asia oriental, que en su opinión los tipos de cambio con la India eran favorables a Inglaterra, a pesar de los considerables tesoros metálicos enviados continuamente al Asia oriental; ¿tiene usted razones para ello? — Ciertamente... Encuentro que el valor real de las exportaciones del Reino Unido a la India ascendió en 1851 a 7.420.000 £; a esto hay que sumar el importe de las letras de la India House, es decir, de los fondos que la Compañía de las Indias Orientales saca de la India para sufragar sus propios gastos. Estos giros ascendieron aquel año a 3.200.000 £, de modo que la exportación total del Reino Unido a la India fue de 10.620.000 £. En 1855... el valor real de la exportación de mercancías había subido a 10.350.000 £; los giros de la India House fueron de 3.700.000 £; la exportación total, por tanto, de 14.050.000 £. Para 1851 no tenemos, creo, ningún medio de determinar el valor real de la importación de mercancías de la India a Inglaterra; pero sí para 1854 y 1855. En 1855 el valor real total de la importación de mercancías de la India a Inglaterra fue de 12.670.000 £, y esta suma, comparada con los 14.050.000 £, deja en el comercio directo entre ambos países un saldo de 1.380.000 £ a favor de Inglaterra.»

Wilson observa a esto que los tipos de cambio se ven afectados también por el comercio indirecto. Así, por ejemplo, las exportaciones de la India a Australia y Norteamérica se cubren con giros sobre Londres y actúan, por tanto, sobre el tipo de cambio exactamente como si las mercancías fueran directamente de la India a Inglaterra. Además, si se toman juntas la India y China, el saldo sería contrario a Inglaterra, ya que China tiene que hacer continuamente pagos considerables a la India por el opio, e Inglaterra pagos a China, y los importes van por este rodeo a la India. (1787, 1788.)

En 1791 pregunta entonces Wilson si el efecto sobre los tipos de cambio no sería el mismo, tanto si el capital «saliera en forma de carriles de hierro y locomotoras como si saliera en forma de dinero metálico». Newmarch le responde muy acertadamente que los 12 millones de £ enviados a la India en los últimos años para la construcción de ferrocarriles habían servido para comprar una renta anual que la India tenía que pagar a Inglaterra en plazos regulares.

> «En lo que se refiere al efecto inmediato sobre el mercado del metal precioso, la inversión de los 12 millones de £ solo puede ejercerlo en la medida en que hubo que enviar metal para una inversión efectiva en dinero.»

> 1797. (Pregunta Weguelin:) «Si no hay reflujo por este hierro» (los carriles), «¿cómo puede decirse que actúa sobre el tipo de cambio? — No creo que la parte del desembolso que se envía en forma de mercancías afecte al nivel del tipo de cambio... el nivel del cambio entre dos países se ve afectado, puede decirse que exclusivamente, por la cantidad de obligaciones o de letras que se ofrecen en uno de los países, comparada con la cantidad que se ofrece frente a ella en el otro; esta es la teoría racional del tipo de cambio. En cuanto al envío de los 12 millones, estos 12 millones se suscribieron primero aquí; si el negocio fuera tal que estos 12 millones enteros se depositaran en moneda metálica en Calcuta, Bombay y Madrás..., esta demanda repentina actuaría violentamente sobre el precio de la plata y sobre el tipo de cambio, exactamente igual que si la Compañía de las Indias Orientales anunciara mañana que eleva sus giros de 3 a 12 millones. Pero la mitad de estos 12 millones se desembolsa... en la compra de mercancías en Inglaterra... carriles de hierro y madera y otros materiales...; es un desembolso de capital inglés en la propia Inglaterra para una cierta clase de mercancías que se envía a la India, y con ello se acaba la cuestión.» — 1798. (Weguelin:) «Pero la producción de estas mercancías de hierro y madera necesarias para los ferrocarriles produce un fuerte consumo de mercancías extranjeras, ¿y esto no podría afectar al tipo de cambio? — Ciertamente.»

Wilson opina entonces que el hierro representa en gran parte trabajo, y que el salario pagado por este trabajo representa en buena parte mercancías importadas (1799), y sigue preguntando:

> 1801. «Pero, hablando en términos muy generales: si se envían fuera las mercancías que han sido producidas por medio del consumo de estas mercancías importadas, de modo que no recibimos retorno alguno por ellas, ni en productos ni de otro modo, ¿no tendría esto el efecto de hacer que los cambios nos fueran desfavorables? — Ese principio es exactamente lo que ocurrió en Inglaterra durante la época de las grandes inversiones ferroviarias» {1845}. «Tres, cuatro o cinco años seguidos han desembolsado ustedes en ferrocarriles 30 millones de £, y casi todo en salarios. Durante tres años han mantenido ustedes, en la construcción de ferrocarriles, locomotoras, vagones y estaciones, una población más numerosa que en todos los distritos fabriles juntos. Esta gente... gastaba su salario en la compra de té, azúcar, bebidas alcohólicas y otras mercancías extranjeras; estas mercancías tenían que importarse; pero es un hecho que, durante el tiempo en que se efectuaba este gran desembolso, los tipos de cambio entre Inglaterra y otros países no se vieron perturbados en lo esencial. No hubo salida de metal precioso; al contrario, más bien una entrada.»

1802. Wilson insiste en que, con una balanza comercial equilibrada y un cambio a la par entre Inglaterra y la India, el envío extraordinario del hierro y las locomotoras «tendría que afectar al tipo de cambio con la India». Newmarch no logra verlo mientras los carriles se envíen como inversión de capital y la India no tenga que pagarlos en una u otra forma; y añade:

> «Estoy de acuerdo con el principio de que ningún país puede tener a la larga un tipo de cambio desfavorable con todos los países con los que comercia; un tipo de cambio desfavorable con un país produce necesariamente uno favorable con otro.»

A esto le objeta Wilson la trivialidad:

> 1803. «Pero ¿no sería la misma una transferencia de capital, tanto si el capital se envía en una forma como en otra? — En lo que se refiere a la obligación de deuda, desde luego.» — 1804. «¿Así que, tanto si envía usted metal precioso como mercancías, el efecto de la construcción de ferrocarriles en la India sobre el mercado de capitales de aquí sería el mismo, y elevaría el valor del capital igual que si se hubiera enviado todo en metal precioso?»

Si los precios del hierro no subieron, eso era en todo caso una prueba de que el «valor» del «capital» metido en los carriles no había aumentado. De lo que se trata es del valor del capital dinerario, del tipo de interés. Wilson querría identificar el capital dinerario y el capital en general. El hecho sencillo es, ante todo, que en Inglaterra se habían suscrito 12 millones para los ferrocarriles indios. Es una cosa que directamente no tiene nada que ver con los tipos de cambio, y el destino de los 12 millones es también indiferente para el mercado de dinero. Si el mercado de dinero se encuentra en una situación favorable, esto no tiene por qué producir efecto alguno, del mismo modo que las suscripciones ferroviarias inglesas de 1844 y 1845 dejaron igualmente intacto el mercado de dinero. Si el mercado de dinero está ya algo difícil, el tipo de interés podría verse afectado, ciertamente, por ello, pero solo en el sentido de una subida, y esto, según la teoría de Wilson, tendría que actuar favorablemente sobre los cambios para Inglaterra, es decir, frenar la tendencia a la exportación de metal precioso; si no a la India, sí a otra parte. El señor Wilson salta de una cosa a otra. En la pregunta 1802 se suponía que se veían afectados los tipos de cambio; en la n.º 1804, el «valor del capital»: dos cosas muy distintas. El tipo de interés puede actuar sobre los tipos de cambio, y los cambios sobre el tipo de interés; pero, con cambios variables, el tipo de interés puede permanecer constante, y con un tipo de interés variable pueden permanecer constantes los cambios. A Wilson no le cabe en la cabeza que, en el envío de capital al extranjero, la mera forma en que se envía produzca tal diferencia en el efecto, es decir, que la diferencia de forma del capital tenga esta importancia, y más aún su forma dineraria, cosa que contradice muchísimo a la ilustración económica. Newmarch responde a Wilson de manera unilateral en la medida en que no le hace notar en absoluto que ha saltado tan de repente y sin motivo del tipo de cambio al tipo de interés. Newmarch responde a aquella pregunta 1804 de manera insegura y vacilante:

> «Sin duda, si hay que reunir 12 millones, es indiferente, en lo que se refiere al tipo de interés general, que estos 12 millones se envíen fuera en metal precioso o en materiales. Creo, sin embargo» (bonita transición, este «sin embargo», para decir ahora exactamente lo contrario), «que esto no es del todo indiferente» (es indiferente, pero, sin embargo, no es indiferente), «porque en un caso los 6 millones de £ refluirían inmediatamente; en el otro no refluirían tan deprisa. Por eso habría alguna» (¡qué precisión!) «diferencia entre que los 6 millones se desembolsen aquí en el país o que se envíen fuera enteros.»

¿Qué significa que los 6 millones refluirían inmediatamente? En la medida en que los 6 millones de £ se han gastado en Inglaterra, existen en carriles, locomotoras, etc., que se envían a la India, de donde no vuelven, y su valor solo retorna por amortización, es decir, muy lentamente, mientras que los 6 millones de metal precioso quizá retornarían in natura muy deprisa. En la medida en que los 6 millones se han gastado en salarios, se los han comido; pero el dinero en que se adelantaron sigue circulando como antes en el país o forma reserva. Lo mismo vale para las ganancias de los productores de carriles y para la parte de los 6 millones que repone su capital constante. La frase equívoca del reflujo solo la emplea, pues, Newmarch para no decir directamente: el dinero se ha quedado en el país, y, en la medida en que funciona como capital dinerario prestable, la diferencia para el mercado de dinero (aparte de que la circulación hubiera podido tragarse acaso más moneda metálica) es solo la de que se gasta por cuenta de A en lugar de B. Una inversión de este tipo, en la que el capital se transfiere a países extranjeros en mercancías y no en metal precioso, solo puede actuar sobre los tipos de cambio (y, por cierto, no sobre el cambio con el país en que se invierte) en la medida en que la producción de estas mercancías exportadas exija una importación extraordinaria de otras mercancías extranjeras. Esta producción no está destinada entonces a liquidar esta importación extraordinaria. Pero lo mismo ocurre con toda exportación a crédito, ya sea como inversión de capital o para fines comerciales ordinarios. Además, esta importación extraordinaria puede provocar también, por repercusión, una demanda extraordinaria de mercancías inglesas, por ejemplo por parte de las colonias o de los Estados Unidos.

* * *

Antes, Newmarch había dicho que, a consecuencia de los giros de la Compañía de las Indias Orientales, las exportaciones de Inglaterra a la India eran mayores que las importaciones; sir Charles Wood lo somete sobre este punto a un interrogatorio cruzado. Este excedente de la exportación inglesa a la India sobre la importación procedente de la India se logra, en realidad, por medio de una importación de la India por la que Inglaterra no paga ningún equivalente: los giros de la Compañía de las Indias Orientales (ahora del Gobierno de las Indias Orientales) se resuelven en un tributo que se recauda de la India. Por ejemplo, 1855: la importación de la India a Inglaterra, 12.670.000 £; las exportaciones inglesas a la India, 10.350.000 £. Saldo a favor de la India, 2.250.000 £.

> «Si con esto quedara agotada la situación, estas 2.250.000 £ tendrían que remitirse de alguna forma a la India. Pero entonces vienen los requerimientos de la India House. La India House anuncia que está en condiciones de emitir giros sobre las distintas presidencias de la India por un importe de 3.250.000 £.» (Este importe se recaudaba para los gastos de Londres de la Compañía de las Indias Orientales y para los dividendos que había que pagar a los accionistas.) «Y esto no solo liquida el saldo de 2.250.000 £ que se originó por la vía del comercio, sino que da además un millón de excedente.» (1917.)

> 1922. (Wood:) «¿Entonces el efecto de estos giros de la India House no es aumentar las exportaciones a la India, sino disminuirlas pro tanto?»

(Quiere decir: disminuir la necesidad de cubrir en este importe la importación de la India mediante exportaciones a ese mismo país.) El señor Newmarch lo explica diciendo que, por estos 3.700.000 £, los ingleses importan a la India «buen gobierno». (1925.) Con acierto e ironía dice Wood, que, como ministro para la India, conocía muy bien la clase de «buen gobierno» importada por los ingleses, 1926:

> «Entonces la exportación que, según dice usted, ocasionan los giros de la India House es una exportación de buen gobierno y no de mercancías.»

Como Inglaterra exporta mucho «de esta manera» a cambio de «buen gobierno» y por inversiones de capital en países extranjeros —es decir, recibe importaciones que son completamente independientes del curso ordinario de los negocios: tributos, en parte por el «buen gobierno» exportado, en parte como rédito del capital invertido en las colonias y en otras partes, tributos por los que no tiene que pagar ningún equivalente—, está claro que los tipos de cambio no se ven afectados si Inglaterra simplemente se come estos tributos sin contraexportación; está claro, pues, también, que los cambios no se ven afectados si vuelve a invertir estos tributos, no en Inglaterra, sino productiva o improductivamente en el extranjero; si, por ejemplo, envía con ellos munición a Crimea. Además, en la medida en que las importaciones del extranjero entran en el rédito de Inglaterra —naturalmente, tienen que haberse pagado, ya sea como tributo, donde no hace falta equivalente, ya sea mediante el intercambio por estos tributos no pagados, o en el curso ordinario del comercio—, Inglaterra puede consumirlas o volver a invertirlas como capital. Ni lo uno ni lo otro afecta a los tipos de cambio, y esto lo pasa por alto el sabio Wilson. Ya sea un producto nacional o extranjero el que forme parte del rédito —donde el último caso solo presupone el intercambio de productos nacionales por extranjeros—, el consumo de este rédito, productivo o improductivo, no cambia nada en los tipos de cambio, aunque sí en la escala de la producción. De acuerdo con esto hay que juzgar lo que sigue.

1934. Wood le pregunta cómo afectaría al tipo de cambio con Turquía el envío de pertrechos de guerra a Crimea. Newmarch responde:

> «No veo cómo el mero envío de pertrechos de guerra afectaría necesariamente al tipo de cambio, pero el envío de metal precioso afectaría sin duda al cambio.»

Aquí distingue, pues, el capital en forma de dinero del resto del capital.

Pero ahora pregunta Wilson:

> 1935. «Si organiza usted una exportación en gran escala de cualquier artículo por el que no tiene lugar una importación correspondiente»,

(El señor Wilson olvida que, en lo que respecta a Inglaterra, tiene lugar una importación muy considerable por la que nunca ha tenido lugar una exportación correspondiente, salvo en forma de «buen gobierno» o de capital de inversión exportado anteriormente; en todo caso, ninguna importación que entre en el movimiento regular del comercio. Pero esta importación se cambia a su vez, por ejemplo, por producto americano, y el hecho de que se exporte producto americano sin importación correspondiente no cambia en nada la cuestión de que el valor de esta importación puede consumirse sin una salida equivalente hacia fuera; se ha recibido sin contraexportación, y por eso puede también consumirse sin entrar en la balanza comercial)

> «no paga usted la deuda exterior que ha contraído con su importación.»

(Pero si habéis pagado ya antes esta importación, por ejemplo mediante el crédito concedido en el extranjero, no se contrae con ello deuda alguna, y la cuestión no tiene nada que ver con la balanza internacional; se resuelve en un gasto productivo o improductivo, sin que importe que los productos así consumidos sean producto nacional o extranjero.)

> «Y por eso tiene usted que afectar con esta transacción a los tipos de cambio, puesto que la deuda exterior no se paga, porque su exportación no tiene una importación correspondiente. — Eso es cierto de los países en general.»

La exposición de Wilson se reduce a que toda exportación sin importación correspondiente es al mismo tiempo una importación sin exportación correspondiente, porque en la producción del artículo exportado entran mercancías extranjeras, es decir, importadas. El supuesto es que toda exportación de este tipo se basa en una importación no pagada o la genera; es decir, deuda con el extranjero. Esto es falso, aun prescindiendo de las dos circunstancias de que Inglaterra: 1) tiene importaciones gratuitas, por las que no paga ningún equivalente; por ejemplo, una parte de sus importaciones indias. Puede cambiarlas por importaciones americanas y exportar estas últimas sin contraimportación; en todo caso, en lo que se refiere al valor, solo ha exportado lo que no le ha costado nada. Y 2) puede haber pagado importaciones, por ejemplo americanas, que forman capital adicional; si las consume improductivamente, por ejemplo en munición de guerra, esto no constituye deuda alguna con América y no afecta al tipo de cambio con América. Newmarch se contradice en 1934 y 1935, y Wood se lo hace notar en 1938:

> «Si ninguna parte de las mercancías empleadas en la fabricación de los artículos que exportamos sin que haya reflujo» (gastos de guerra) «procede del país al que se envían estos artículos, ¿cómo afecta esto al tipo de cambio con este país? Suponiendo que el comercio con Turquía se encuentre en su estado habitual de equilibrio, ¿cómo se ve afectado el tipo de cambio entre Inglaterra y Turquía por la exportación de pertrechos de guerra a Crimea?»

Aquí pierde Newmarch la calma; olvida que ya ha respondido correctamente a la misma pregunta sencilla en el n.º 1934, y dice:

> «Me parece que hemos agotado la cuestión práctica y entramos ahora en una región muy elevada de discusión metafísica.»

* * *

{Wilson tiene todavía otra versión de su afirmación de que el tipo de cambio se ve afectado por toda transferencia de capital de un país a otro, tanto si esta se hace en forma de metal precioso como de mercancías. Wilson sabe, naturalmente, que el tipo de cambio se ve afectado por el tipo de interés, especialmente por la relación entre los tipos de interés vigentes en los dos países cuyo tipo de cambio recíproco está en cuestión. Si puede demostrar ahora que un excedente de capital en general, es decir, ante todo de mercancías de todas clases, incluido el metal precioso, ejerce un efecto codeterminante sobre el tipo de interés, ya se ha acercado un paso a su objetivo; la transferencia de una parte considerable de este capital a otro país tiene que cambiar entonces el tipo de interés en ambos países, y, por cierto, en sentido opuesto, y con ello, en segunda instancia, también el tipo de cambio entre ambos países. — F. E.}

Dice, pues, en el *Economist*, que él dirigía entonces, 1847, p. 574:

> «Está claro que un excedente semejante de capital, indicado por grandes existencias de todas clases, incluido el metal precioso, tiene que conducir necesariamente no solo a precios bajos de las mercancías en general, sino a un tipo de interés más bajo por el uso del capital (1). Si tenemos a mano existencias de mercancías suficientes para abastecer al país durante los dos años venideros, el mando sobre estas mercancías durante un período dado se obtendrá a un tipo mucho más bajo que si las existencias apenas alcanzan para dos meses (2). Todos los préstamos de dinero, en cualquier forma que se hagan, no son más que transferencia del mando sobre mercancías de uno a otro. Por tanto, si hay mercancías en abundancia, el interés del dinero tiene que ser bajo; si escasean, tiene que ser alto (3). Cuando las mercancías afluyen con más abundancia, el número de vendedores aumentará en comparación con el número de compradores, y en la medida en que la cantidad supere las necesidades del consumo inmediato, habrá que guardar una parte cada vez mayor para un uso posterior. En estas circunstancias, un poseedor de mercancías venderá a plazo, o a crédito, en condiciones más bajas que si estuviera seguro de que todas sus existencias se venderían en pocas semanas» (4).

Sobre la proposición (1) hay que observar que puede producirse una fuerte *afluencia* de metal precioso al mismo tiempo que una *restricción* de la producción, como ocurre siempre en el período que sigue a una crisis. En la fase siguiente puede afluir metal precioso de los países que producen predominantemente metal precioso; la importación de las demás mercancías se compensa, en este período, habitualmente con la exportación. En estas dos fases el tipo de interés es bajo y solo sube lentamente; ya hemos visto por qué. Este tipo de interés bajo podía explicarse en todas partes sin intervención alguna de cualesquiera «grandes existencias de todas clases». ¿Y cómo había de producirse esa intervención? El bajo precio del algodón, por ejemplo, permite altas ganancias a los hilanderos, etc. ¿Por qué es entonces bajo el tipo de interés? No, por cierto, porque la ganancia que puede obtenerse con capital prestado sea alta. Sino única y exclusivamente porque, en las circunstancias existentes, la demanda de capital de préstamo no crece en proporción a esta ganancia; es decir, porque el capital de préstamo tiene un movimiento distinto del capital industrial. Lo que el *Economist* quiere demostrar es justamente lo contrario: que su movimiento es idéntico al movimiento del capital industrial.

La proposición (2), si reducimos el absurdo supuesto de unas existencias para dos años por adelantado hasta hacer posible que tenga sentido, supone una sobresaturación del mercado de mercancías. Esto provocaría una baja de los precios. Habría que pagar menos por una bala de algodón. De ello no se sigue en absoluto que el dinero para comprar una bala de algodón pudiera tomarse prestado más barato. Esto depende del estado del mercado de dinero. Si se puede tomar prestado más barato, es solo porque el crédito comercial se halla en una situación tal que se ve obligado a recurrir al crédito bancario menos que de ordinario. Las mercancías que sobresaturan el mercado son medios de subsistencia o medios de producción. El bajo precio de ambos eleva la ganancia del capitalista industrial. ¿Por qué ha de rebajar el interés, salvo por la oposición, en lugar de la identidad, entre la abundancia de capital industrial y la demanda de facilidades monetarias? Las circunstancias son tales que el comerciante y el industrial pueden darse crédito el uno al otro con más facilidad; gracias a esta facilitación del crédito comercial, tanto el industrial como el comerciante necesitan menos crédito bancario; por eso el tipo de interés puede ser bajo. Este tipo de interés bajo no tiene nada que ver con la afluencia de metal precioso, aunque ambos puedan ir uno al lado del otro, y las mismas causas que producen los bajos precios de los artículos de importación puedan producir también el excedente del metal precioso afluido. Si el mercado de importación estuviera realmente sobresaturado, esto probaría una disminución de la demanda de mercancías de importación, que sería inexplicable con precios bajos salvo como consecuencia de una restricción de la producción industrial nacional; pero esto, a su vez, sería inexplicable con importaciones excesivas a precios bajos. Puros absurdos para demostrar que la caída de los precios = caída del interés. Ambas cosas pueden darse simultáneamente, una al lado de la otra. Pero entonces como expresión de la oposición entre los sentidos en que se efectúan el movimiento del capital industrial y el movimiento del capital dinerario prestable, no como expresión de su identidad.

Por qué, en cuanto a (3), el interés del dinero ha de ser bajo cuando hay mercancías en abundancia, no se ve tampoco después de este desarrollo ulterior. Si las mercancías son baratas, para comprar una cantidad determinada necesito, digamos, 1.000 £ en lugar de las 2.000 de antes. Pero quizá invierta también ahora 2.000 £ y compre con ellas el doble de mercancías que antes, y amplíe mi negocio adelantando el mismo capital, que quizá tenga que tomar prestado. Compro ahora, como antes, por 2.000 £. Mi demanda en el mercado de dinero sigue siendo, pues, la misma, aunque mi demanda en el mercado de mercancías aumente con la baja de los precios de las mercancías. Pero si esta última disminuye, es decir, si la producción no se amplía con la baja de los precios de las mercancías, lo que contradiría todas las leyes del *Economist*, la demanda de capital dinerario prestable disminuiría, aunque la ganancia aumentara; pero esta ganancia creciente crearía demanda de capital de préstamo. Por lo demás, el bajo nivel de los precios de las mercancías puede deberse a tres causas. Primero, a la falta de demanda. Entonces el tipo de interés es bajo porque la producción está paralizada, no porque las mercancías sean baratas, ya que esta baratura no es más que expresión de aquella parálisis. O bien porque la oferta es excesiva en proporción a la demanda. Esto puede ocurrir a consecuencia de la sobresaturación de los mercados, etc., que lleva a la crisis, y en la propia crisis puede coincidir con un tipo de interés alto; o puede ocurrir porque el valor de las mercancías ha bajado y, por tanto, la misma demanda puede satisfacerse a un precio más bajo. ¿Por qué ha de bajar el tipo de interés en este último caso? ¿Porque crece la ganancia? Si es porque se necesita menos capital dinerario para obtener el mismo capital productivo o mercantil, esto solo probaría que la ganancia y el interés están en relación inversa. En todo caso, la proposición general del *Economist* es falsa. Los precios en dinero bajos de las mercancías y el tipo de interés bajo no van necesariamente juntos. De lo contrario, en los países más pobres, donde los precios en dinero de los productos son más bajos, también el tipo de interés tendría que ser el más bajo, y en los países más ricos, donde los precios en dinero de los productos agrícolas son más altos, también el tipo de interés tendría que ser el más alto. En general, el *Economist* admite que, si baja el valor del dinero, ello no ejerce influencia alguna sobre el tipo de interés. 100 £ siguen rindiendo 105 £; si las 100 valen menos, también los 5 de interés. La relación no se ve afectada por el aumento de valor o la desvalorización de la suma original. Considerada como valor, una cantidad determinada de mercancías es igual a una cierta suma de dinero. Si su valor sube, es igual a una suma de dinero mayor; a la inversa si baja. Si es = 2.000, el 5 % = 100; si es = 1.000, el 5 % = 50. Pero esto no cambia nada en el tipo de interés. Lo racional de la cuestión es solo que se requieren más facilidades monetarias cuando hacen falta 2.000 £ para vender la misma cantidad de mercancías que cuando solo hacen falta 1.000 £. Pero esto solo muestra aquí una relación inversa entre la ganancia y el interés. Pues la ganancia crece con la baratura de los elementos del capital constante y del variable, y el interés baja. Pero también puede ocurrir lo contrario, y ocurre con frecuencia. El algodón, por ejemplo, puede ser barato porque no hay demanda de hilo y de tejidos; puede ser relativamente caro porque una gran ganancia en la industria algodonera genera una gran demanda de él. Por otra parte, la ganancia de los industriales puede ser alta precisamente porque el precio del algodón es bajo. La lista de Hubbard demuestra que el tipo de interés y los precios de las mercancías describen movimientos completamente independientes entre sí, mientras que los movimientos del tipo de interés se ajustan exactamente a los movimientos del tesoro metálico y de los tipos de cambio.

> «Por tanto, si hay mercancías en abundancia, el interés del dinero tiene que ser bajo»,

dice el *Economist*. Justamente lo contrario ocurre en las crisis; las mercancías sobran, son inconvertibles en dinero y, por eso, el tipo de interés es alto; en otra fase del ciclo reina una gran demanda de mercancías, de ahí reflujos fáciles, pero al mismo tiempo subida de los precios de las mercancías, y, a causa de los reflujos fáciles, tipo de interés bajo. «Si» (las mercancías) «escasean, tiene que ser alto.» De nuevo ocurre lo contrario en los tiempos de distensión que siguen a la crisis. Las mercancías escasean, hablando en términos absolutos, no en relación con la demanda; y el tipo de interés es bajo.

Que, en cuanto a (4), con un mercado sobresaturado un poseedor de mercancías las malvenderá más baratas —si es que puede vender— que si prevé un rápido agotamiento de las existencias disponibles, está bastante claro. Menos claro es, en cambio, por qué ha de bajar por ello el tipo de interés.

Si el mercado está sobresaturado con la mercancía importada, el tipo de interés puede subir a consecuencia de una mayor demanda de capital de préstamo por parte de los propietarios, para no tener que lanzar las mercancías al mercado. Puede bajar porque la fluidez del crédito comercial mantiene todavía relativamente baja la demanda de crédito bancario.

* * *

El *Economist* menciona el rápido efecto sobre los cambios en 1847 a consecuencia de la elevación del tipo de interés y de otras presiones sobre el mercado de dinero. Pero no hay que olvidar que, a pesar del giro de los cambios, el oro siguió saliendo hasta finales de abril; el giro solo se produce aquí a comienzos de mayo.

El 1 de enero de 1847 el tesoro metálico del Banco era de 15.066.691 £; el tipo de interés, del 3½ %; el cambio a tres meses sobre París, 25.75; sobre Hamburgo, 13.10; sobre Ámsterdam, 12.3¼. El 5 de marzo el tesoro metálico había caído a 11.595.535 £; el descuento había subido al 4 %; el tipo de cambio cayó sobre París a 25.67½, sobre Hamburgo a 13.9¼, sobre Ámsterdam a 12.2½. La salida de oro continúa; véase el cuadro siguiente[^k20-t4]:

| Fecha, 1847 | Tesoro de metal precioso del Banco de Inglaterra, £ | Mercado de dinero | Cambios máximos a tres meses: París | Cambios máximos a tres meses: Hamburgo | Cambios máximos a tres meses: Ámsterdam |
|---|---|---|---|---|---|
| 20 de marzo | 11.231.630 | Descuento del Banco, 4 % | 25.67½ | 13.09¾ | 12.2½ |
| 3 de abril | 10.246.410 | Descuento del Banco, 5 % | 25.80 | 13.10 | 12.3½ |
| 10 de abril | 9.867.053 | Dinero muy escaso | 25.90 | 13.10⅓ | 12.4½ |
| 17 de abril | 9.329.841 | Descuento del Banco, 5½ % | 26.02½ | 13.10¾ | 12.5½ |
| 24 de abril | 9.213.890 | Presión | 26.05 | 13.12 | 12.6 |
| 1 de mayo | 9.337.716 | Presión creciente | 26.15 | 13.12¾ | 12.6½ |
| 8 de mayo | 9.588.759 | Presión máxima | 26.27½ | 13.15½ | 12.7¾ |

En el año 1847 la exportación total de metal precioso de Inglaterra fue de 8.602.597 £.

|  |  |
|---|---|
| De ello fue a los Estados Unidos | 3.226.411 £ |
| De ello fue a Francia | 2.479.892 £ |
| De ello fue a las ciudades hanseáticas | 958.781 £ |
| De ello fue a Holanda | 247.743 £ |

A pesar del giro de los cambios a finales de marzo, la salida de oro continúa todavía un mes entero; probablemente hacia los Estados Unidos.

> «Vemos aquí» (dice el *Economist*, 1847, p. 954) «con qué rapidez y contundencia actuaron la elevación del tipo de interés y la estrechez monetaria que la siguió en la corrección de un cambio desfavorable y en el giro de la marea del oro, de modo que volvió a fluir hacia Inglaterra. El efecto se produjo con total independencia de la balanza de pagos. Un tipo de interés más alto produjo un precio más bajo de los títulos, tanto ingleses como extranjeros, y dio lugar a grandes compras de ellos por cuenta extranjera. Esto aumentó la suma de las letras giradas desde Inglaterra, mientras que, por otra parte, con un tipo de interés alto, la dificultad de obtener dinero era tan grande que la demanda de estas letras cayó mientras su suma aumentaba. Por la misma causa sucedió que se anularan pedidos de mercancías extranjeras, que se realizaran inversiones inglesas de capital en títulos extranjeros y que el dinero se trajera a Inglaterra para invertirlo. Así leemos, por ejemplo, en el *Rio de Janeiro Price Current* del 10 de mayo: “El tipo de cambio” {sobre Inglaterra} “ha sufrido un nuevo retroceso, causado principalmente por una presión sobre el mercado de remesas contra el producto de ventas considerables de” {brasileños} “fondos públicos por cuenta inglesa”. El capital inglés que se había invertido en el extranjero en diversos títulos cuando el tipo de interés era aquí muy bajo fue traído así de vuelta cuando el tipo de interés hubo subido.»

#### La balanza comercial de Inglaterra

Solo la India tiene que pagar unos 5 millones de tributo, por «buen gobierno», intereses y dividendos del capital británico, etc., sin contar en absoluto las sumas que se envían cada año a la metrópoli, en parte por funcionarios, como ahorros de su sueldo, en parte por comerciantes ingleses, como parte de sus ganancias, para invertirlas en Inglaterra. Desde cada colonia británica hay que hacer continuamente, por las mismas razones, grandes remesas. La mayoría de los bancos de Australia, de las Indias Occidentales y del Canadá se han fundado con capital británico, y los dividendos han de pagarse en Inglaterra. Asimismo, Inglaterra posee muchos títulos de deuda pública extranjeros, europeos, norteamericanos y sudamericanos, de los que tiene que cobrar los intereses. A ello se añade además su participación en ferrocarriles, canales, minas, etc., extranjeros, con los dividendos correspondientes. Las remesas por todas estas partidas se hacen casi exclusivamente en productos, por encima del importe de la exportación inglesa. Lo que, por otra parte, sale de Inglaterra hacia el extranjero para los poseedores de títulos ingleses y para el consumo de ingleses en el extranjero es, en cambio, insignificante.

La cuestión, en lo que concierne a la balanza comercial y a los tipos de cambio, es

> «en cada momento dado, una cuestión de tiempo. Por regla general... Inglaterra concede largos créditos sobre su exportación, mientras que las importaciones se pagan al contado. En ciertos momentos, esta diferencia de usanza tiene un efecto considerable sobre los cambios. En una época en que nuestras exportaciones aumentan muy considerablemente, como en 1850, tiene que estar en marcha una expansión continua de la inversión de capital británico...; así, las remesas de 1850 pueden hacerse contra mercancías que se exportaron en 1849. Pero si en 1850 las exportaciones superan en 6 millones a las de 1849, el efecto práctico tiene que ser que se ha enviado fuera del país más dinero, por este importe, del que ha refluido en el mismo año; y de este modo se produce un efecto sobre los cambios y el tipo de interés. En cambio, en cuanto nuestro negocio está deprimido por una crisis y nuestra exportación muy restringida, las remesas que vencen por las mayores exportaciones de años anteriores superan muy considerablemente el valor de nuestra importación; los cambios se vuelven en consecuencia a nuestro favor, el capital se acumula rápidamente en el interior y el tipo de interés baja.» (*Economist*, 11 de enero de 1851.)

El tipo de cambio exterior puede variar:

1. a consecuencia de la balanza de pagos del momento, cualesquiera que sean las causas que la determinen: puramente mercantiles, inversiones de capital en el extranjero o gastos del Estado, en caso de guerra, etc., en la medida en que con ello se hagan pagos al contado en el extranjero.

2. A consecuencia de la desvalorización del dinero en un país, ya sea dinero metálico o papel moneda. Esto es puramente nominal. Si 1 £ representara solo la mitad de dinero que antes, se calcularía, como es natural, a 12½ francos en lugar de 25 francos.

3. Cuando se trata del cambio entre países de los cuales uno utiliza como «dinero» la plata y el otro el oro, el tipo de cambio depende de las oscilaciones relativas del valor de estos dos metales, ya que estas oscilaciones alteran evidentemente la par entre ambos. Un ejemplo de esto último fueron los cambios de 1850; eran contrarios a Inglaterra, aunque su exportación aumentó enormemente; y, sin embargo, no hubo salida de oro. Fue efecto de la subida momentánea del valor de la plata frente al valor del oro. (Véase el *Economist* del 30 de noviembre de 1850.)

La par del tipo de cambio es, por 1 libra esterlina: sobre París, 25 francos 20 céntimos; Hamburgo, 13 marcos banco 10½ chelines; Ámsterdam, 11 florines 97 céntimos. A medida que el tipo de cambio sobre París sube por encima de 25.20, se vuelve más favorable para el deudor inglés de Francia o para el comprador de mercancías francesas. En ambos casos necesita menos libras esterlinas para alcanzar su fin. — En los países más alejados, donde no es fácil obtener metal precioso, cuando las letras escasean y no bastan para las remesas que hay que hacer a Inglaterra, el efecto natural es hacer subir los precios de aquellos productos que habitualmente se embarcan hacia Inglaterra, porque surge entonces una mayor demanda de ellos para enviarlos a Inglaterra en lugar de letras; así ocurre a menudo en la India.

Un tipo de cambio desfavorable, e incluso una salida de oro, pueden darse cuando en Inglaterra reina una gran abundancia de dinero, un tipo de interés bajo y un precio alto de los títulos.

En el curso de 1848 Inglaterra recibió de la India grandes cantidades de plata, porque las buenas letras escaseaban y las mediocres se aceptaban de mala gana, a consecuencia de la crisis de 1847 y de la gran falta de crédito en el comercio con la India. Toda esta plata, apenas llegada, encontró pronto el camino del continente, donde la revolución provocó atesoramiento por todas partes. La misma plata hizo en 1850, en gran parte, el viaje de vuelta a la India, porque el estado del tipo de cambio lo hacía ahora rentable.

* * *

El sistema monetario es esencialmente católico; el sistema de crédito, esencialmente protestante. «The Scotch hate gold.» Como papel, la existencia dineraria de las mercancías tiene una existencia meramente social. Es la *fe* la que salva. La fe en el valor del dinero como espíritu inmanente de las mercancías, la fe en el modo de producción y en su orden predestinado, la fe en los agentes individuales de la producción como meras personificaciones del capital que se valoriza a sí mismo. Pero así como el protestantismo no se emancipa de los fundamentos del catolicismo, tampoco el sistema de crédito se emancipa de la base del sistema monetario.

## Capítulo trigesimosexto. Lo precapitalista

El capital que devenga interés o, como podemos llamarlo en su forma arcaica, el capital usurario pertenece, junto con su hermano gemelo, el capital comercial, a las formas antediluvianas del capital, que preceden con mucho al modo de producción capitalista y se encuentran en las más diversas formaciones económicas de la sociedad.

La existencia del capital usurario no requiere sino que al menos una parte de los productos se transforme en mercancías y que, a la par del comercio de mercancías, el dinero haya desarrollado sus diversas funciones.

El desarrollo del capital usurario va unido al del capital comercial y, en especial, al del capital de comercio de dinero. En la antigua Roma, desde los últimos tiempos de la República, cuando la manufactura estaba muy por debajo del nivel medio de desarrollo de la Antigüedad, el capital comercial, el capital de comercio de dinero y el capital usurario estaban desarrollados —dentro de la forma antigua— hasta su punto más alto.

Hemos visto cómo con el dinero aparece necesariamente el atesoramiento. Pero el atesorador profesional solo cobra importancia en cuanto se transforma en usurero.

El comerciante toma dinero prestado para hacer ganancia con ese dinero, para emplearlo como capital, es decir, para gastarlo. También en las formas anteriores, pues, el prestamista de dinero se le contrapone exactamente igual que al capitalista moderno. Esta relación específica la percibieron también las universidades católicas.

> «Las universidades de Alcalá, de Salamanca, de Ingolstadt, de Friburgo de Brisgovia, Maguncia, Colonia y Tréveris reconocieron una tras otra la legitimidad de los intereses de los préstamos comerciales. Las cinco primeras de estas aprobaciones están depositadas en los archivos del Consulado de la ciudad de Lyon e impresas en el apéndice del *Traité de l'usure et des intérêts*, Lyon, Bruyset-Ponthus.» (M. Augier, *Le Crédit public etc.*, París, 1842, p. 206.)

En todas las formas en que la economía esclavista (no la patriarcal, sino como en los tiempos griegos y romanos posteriores) existe como medio de enriquecimiento, en que el dinero es, por tanto, medio para apropiarse trabajo ajeno mediante la compra de esclavos, tierras, etc., el dinero, precisamente porque puede invertirse así, se vuelve valorizable como capital, se vuelve portador de interés.

Las formas características en que el capital usurario existe en las épocas anteriores al modo de producción capitalista son, sin embargo, de dos clases. Digo formas características. Las mismas formas se repiten sobre la base de la producción capitalista, pero como formas meramente subordinadas. Aquí ya no son las formas que determinan el carácter del capital que devenga interés. Estas dos formas son: *primera*, la usura mediante el préstamo de dinero a grandes señores dilapidadores, esencialmente propietarios de tierras; *segunda*, la usura mediante el préstamo de dinero al pequeño productor que se halla en posesión de sus propias condiciones de trabajo, lo que incluye al artesano, pero muy específicamente al campesino, ya que en general, en las situaciones precapitalistas, en la medida en que admiten pequeños productores individuales independientes, la clase campesina tiene que formar su gran mayoría.

Ambas cosas, tanto la ruina de los ricos propietarios de tierras por la usura como la expoliación de los pequeños productores, conducen a la formación y concentración de grandes capitales dinerarios. Pero hasta qué punto este proceso suprime el antiguo modo de producción, como ocurrió en la Europa moderna, y si pone en su lugar el modo de producción capitalista, depende enteramente de la fase histórica de desarrollo y de las circunstancias dadas con ella.

El capital usurario, como forma característica del capital que devenga interés, corresponde al predominio de la pequeña producción, de los campesinos que trabajan por sí mismos y de los pequeños maestros artesanos. Donde al obrero, como en el modo de producción capitalista desarrollado, se le contraponen como capital las condiciones de trabajo y el producto del trabajo, no tiene, como productor, ningún dinero que tomar prestado. Cuando lo toma prestado, lo hace, como en la casa de empeño, por necesidad personal. En cambio, donde el obrero es propietario, real o nominal, de sus condiciones de trabajo y de su producto, se halla como productor en relación con el capital del prestamista de dinero, que se le contrapone como capital usurario. Newman expresa la cosa de manera insulsa cuando dice que el banquero es respetado, mientras que el usurero es odiado y despreciado, porque aquel presta a los ricos y este a los pobres. (F. W. Newman, *Lectures on Pol. Econ.*, Londres, 1851, p. 44.) Pasa por alto que aquí media la diferencia entre dos modos sociales de producción y entre los órdenes sociales que les corresponden, y que la cosa no se zanja con la oposición entre pobres y ricos. Antes bien, la usura que expolia al pequeño productor pobre va de la mano de la usura que expolia al rico gran propietario de tierras. En cuanto la usura de los patricios romanos hubo arruinado por completo a los plebeyos romanos, los pequeños campesinos, se acabó esta forma de explotación, y la economía esclavista pura ocupó el lugar de la economía de los pequeños campesinos.

Bajo la forma del interés, el usurero puede tragarse aquí todo el excedente por encima de los medios de subsistencia más indispensables (el importe del futuro salario) de los productores (lo que más tarde aparece como ganancia y renta del suelo), y por eso es sumamente absurdo comparar la altura de *este* interés, allí donde, con excepción de lo que corresponde al Estado, se apropia *toda* la plusvalía, con la altura del tipo de interés moderno, en el que el interés, al menos el normal, constituye solo una parte de esta plusvalía. Se olvida con ello que el obrero asalariado produce y entrega al capitalista que lo emplea la ganancia, el interés y la renta del suelo, en suma, la plusvalía entera. Carey hace esta absurda comparación para mostrar con ella cuán ventajoso es para los obreros el desarrollo del capital y la caída del tipo de interés que lo acompaña. Si además el usurero, no contento con exprimir el plustrabajo de su víctima, va adquiriendo poco a poco los títulos de propiedad sobre sus propias condiciones de trabajo, la tierra, la casa, etc., y se ocupa constantemente de expropiarlo así, frente a ello se olvida de nuevo que esta expropiación completa del obrero respecto de sus condiciones de trabajo no es un resultado al que tienda el modo de producción capitalista, sino el supuesto ya dado del que parte. El esclavo asalariado, lo mismo que el esclavo real, está excluido por su posición de convertirse en esclavo por deudas, al menos en su condición de productor; a lo sumo puede llegar a serlo en su condición de consumidor. El capital usurario, en esta forma, en la que de hecho se apropia todo el plustrabajo de los productores directos sin cambiar el modo de producción; en la que la propiedad, o la posesión, de los productores sobre las condiciones de trabajo —y la pequeña producción aislada que le corresponde— es un supuesto esencial; en la que, por tanto, el capital no se subordina directamente el trabajo y no se le contrapone, por ello, como capital industrial, este capital usurario empobrece este modo de producción, paraliza las fuerzas productivas en lugar de desarrollarlas y perpetúa al mismo tiempo estas lamentables condiciones, en las que la productividad social del trabajo no se desarrolla, como en la producción capitalista, a costa del trabajo mismo.

La usura actúa así, por una parte, socavando y destruyendo la riqueza antigua y feudal y la propiedad antigua y feudal. Por otra parte, socava y arruina la producción de los pequeños campesinos y de la pequeña burguesía, en suma, todas las formas en que el productor aparece todavía como propietario de sus medios de producción. En el modo de producción capitalista desarrollado, el obrero no es propietario de las condiciones de producción, del campo que cultiva, de la materia prima que elabora, etc. Pero a esta alienación de la condición de producción respecto del productor corresponde aquí una revolución real en el modo de producción mismo. Los obreros aislados se reúnen en un gran taller para una actividad dividida y engranada; la herramienta se convierte en máquina. El propio modo de producción ya no permite la fragmentación de los instrumentos de producción ligada a la pequeña propiedad, ni tampoco el aislamiento de los obreros mismos. En la producción capitalista, la usura ya no puede separar del productor las condiciones de producción, porque ya están separadas.

La usura centraliza patrimonios dinerarios allí donde los medios de producción están fragmentados. No cambia el modo de producción, sino que se adhiere a él como un parásito y lo vuelve miserable. Lo expolia, lo enerva y obliga a la reproducción a proseguir en condiciones cada vez más míseras. De ahí el odio popular a la usura, máximo en el mundo antiguo, donde la propiedad del productor sobre sus condiciones de producción era al mismo tiempo la base de las relaciones políticas, de la independencia del ciudadano.

En la medida en que impera la esclavitud o en que el plusproducto se lo comen el señor feudal y su séquito, y el poseedor de esclavos o el señor feudal caen en manos de la usura, el modo de producción sigue siendo también el mismo; solo se vuelve más duro para los trabajadores. El esclavista o el señor feudal endeudado expolia más porque él mismo es más expoliado. O, finalmente, cede su puesto al usurero, que se convierte a su vez en propietario de tierras o en poseedor de esclavos, como el caballero en la antigua Roma.[^k21-t1] En lugar de los antiguos explotadores, cuya explotación era más o menos patriarcal, porque era en gran parte un medio de poder político, aparece un advenedizo duro y ávido de dinero. Pero el modo de producción mismo no se modifica.

La usura solo actúa de manera revolucionaria en todos los modos de producción precapitalistas en cuanto destruye y disuelve las formas de propiedad sobre cuya base firme y sobre cuya reproducción constante en la misma forma descansa la articulación política. En las formas asiáticas, la usura puede perdurar mucho tiempo sin provocar otra cosa que decadencia económica y corrupción política. Solo donde y cuando están presentes las demás condiciones del modo de producción capitalista aparece la usura como uno de los medios de formación del nuevo modo de producción, mediante la ruina de los señores feudales y de la pequeña producción, por una parte, y mediante la centralización de las condiciones de trabajo en capital, por otra.

En la Edad Media no regía en ningún país un tipo de interés general. La Iglesia prohibía de antemano todo negocio con interés. Las leyes y los tribunales daban poca seguridad a los préstamos. Tanto más alto era el tipo de interés en los casos particulares. La escasa circulación del dinero y la necesidad de efectuar al contado la mayoría de los pagos obligaban a tomar dinero prestado, y tanto más cuanto menos desarrollado estaba todavía el negocio de letras de cambio. Reinaba una gran diversidad tanto en el tipo de interés como en los conceptos de usura. En tiempos de Carlomagno se tenía por usurario que alguien cobrase el 100 %. En Lindau, junto al lago de Constanza, ciudadanos del lugar cobraban en 1344 el 216⅔ %. En Zúrich, el Consejo fijó el 43⅓ % como interés legal. En Italia hubo que pagar a veces el 40 %, aunque del siglo XII al XIV el tipo habitual no pasaba del 20 %. Verona ordenó el 12½ % como interés legal. El emperador Federico II fijó el 10 %, pero solo para los judíos. Por los cristianos no quiso pronunciarse. El 10 % era ya en el siglo XIII lo habitual en la Alemania renana. (Hüllmann, *Geschichte des Städtewesens*, II, pp. 55-57.)

El capital usurario posee el modo de explotación del capital sin su modo de producción. Esta relación se repite también dentro de la economía burguesa en ramas industriales atrasadas o en aquellas que se resisten a pasar al modo de producción moderno. Si, por ejemplo, se quiere comparar el tipo de interés inglés con el indio, no hay que tomar el tipo de interés del B. de I., sino, por ejemplo, el de los que prestan pequeñas máquinas a los pequeños productores de la industria a domicilio.

Frente a la riqueza que consume, la usura tiene importancia histórica como proceso de génesis del capital en sí mismo. El capital usurario y el patrimonio de los comerciantes median la formación de un patrimonio dinerario independiente de la propiedad de la tierra. Cuanto menos se ha desarrollado el carácter del producto como mercancía, cuanto menos se ha adueñado el valor de cambio de la producción en toda su amplitud y profundidad, tanto más aparece el dinero como la riqueza propiamente dicha en cuanto tal, como la riqueza general, frente a su modo de representación limitado en valores de uso. En ello se basa el atesoramiento. Prescindiendo del dinero como dinero mundial y como tesoro, es sobre todo en la forma de medio de pago en la que aparece como forma absoluta de la mercancía. Y es sobre todo su función como medio de pago la que desarrolla el interés y, con él, el capital dinerario. Lo que quiere la riqueza dilapidadora y corruptora es dinero en cuanto dinero, dinero como medio para comprarlo todo. (También para pagar deudas.) Para lo que el pequeño productor necesita dinero, ante todo, es para pagar. (La transformación de las prestaciones y entregas en especie a los señores de la tierra y al Estado en renta en dinero e impuestos en dinero desempeña aquí un gran papel.) En ambos casos, el dinero se emplea como dinero. Por otro lado, el atesoramiento solo se vuelve real, solo cumple su sueño, en la usura. Lo que se le pide al poseedor del tesoro no es capital, sino dinero en cuanto dinero; pero mediante el interés él transforma para sí este tesoro dinerario en capital, en un medio con el que se adueña total o parcialmente del plustrabajo, y lo mismo de una parte de las propias condiciones de producción, aunque estas sigan figurando nominalmente frente a él como propiedad ajena. La usura vive aparentemente en los poros de la producción, como los dioses de Epicuro en los intermundios.[^k21-t2] El dinero es tanto más difícil de obtener cuanto menos es la forma de mercancía la forma general del producto. Por eso el usurero no conoce absolutamente ningún límite fuera de la capacidad de pago o de resistencia de los que necesitan dinero. En la producción de los pequeños campesinos y de la pequeña burguesía, el dinero se emplea como medio de compra sobre todo cuando el trabajador (que en estos modos de producción es todavía, de manera predominante, su propietario) pierde las condiciones de producción por accidentes o por conmociones extraordinarias, o al menos no puede reponerlas en el curso ordinario de la reproducción. Los medios de subsistencia y las materias primas constituyen una parte esencial de estas condiciones de producción. Su encarecimiento puede hacer imposible su reposición con lo obtenido por el producto, del mismo modo que simples malas cosechas pueden impedir al campesino reponer in natura su simiente. Las mismas guerras con las que los patricios romanos arruinaban a los plebeyos, obligándolos a prestar servicios de guerra que les impedían reproducir sus condiciones de trabajo y empobreciéndolos así (y el empobrecimiento, la atrofia o la pérdida de las condiciones de reproducción es aquí la forma predominante), llenaban a aquellos los graneros y las bodegas de cobre capturado como botín, el dinero de la época. En lugar de dar directamente a los plebeyos las mercancías que necesitaban, trigo, caballos, ganado vacuno, les prestaban ese cobre, inútil para ellos mismos, y aprovechaban esta situación para arrancarles enormes intereses usurarios, con los que convertían a los plebeyos en sus esclavos por deudas. Bajo Carlomagno, los campesinos francos fueron igualmente arruinados por las guerras, de modo que no les quedó otro remedio que pasar de deudores a siervos. En el Imperio romano sucedía a menudo, como es sabido, que el hambre provocaba la venta de los hijos y la autoventa de hombres libres como esclavos a los más ricos. Esto en cuanto a los puntos de inflexión generales. Considerada en particular, la conservación o la pérdida de las condiciones de producción depende para el pequeño productor de mil accidentes, y cada uno de esos accidentes o pérdidas significa empobrecimiento y se convierte en un punto en el que puede instalarse el parásito usurario. Al pequeño campesino le basta con que se le muera una vaca para quedar incapacitado de reanudar su reproducción en la escala anterior. Con ello cae en manos de la usura y, una vez caído, ya nunca vuelve a liberarse.

La función del dinero como medio de pago es, sin embargo, el terreno propio, grande y peculiar, de la usura. Toda prestación en dinero que vence en un plazo determinado, el censo, el tributo, el impuesto, etc., trae consigo la necesidad de un pago en dinero. Por eso la usura en gran escala se adhiere, desde los antiguos romanos hasta los tiempos modernos, a los arrendadores de impuestos, los fermiers généraux, los receveurs généraux.[^k21-t3] Luego se desarrolla, con el comercio y la generalización de la producción de mercancías, la separación temporal entre compra y pago. El dinero ha de entregarse en un plazo determinado. Las crisis monetarias modernas demuestran cómo esto puede llevar a situaciones en las que el capitalista dinerario y el usurero todavía hoy se confunden. Pero esa misma usura se convierte en el principal medio de desarrollar aún más la necesidad del dinero como medio de pago, al endeudar al productor cada vez más profundamente y destruirle los medios de pago habituales, haciendo imposible su reproducción regular con la propia carga de los intereses. Aquí la usura brota del dinero como medio de pago y amplía esta función del dinero, su terreno más propio.

El desarrollo del sistema de crédito se lleva a cabo como reacción contra la usura. Pero esto no debe malinterpretarse ni tomarse en modo alguno en el sentido de los escritores antiguos, de los Padres de la Iglesia, de Lutero o de los socialistas más antiguos. No significa ni más ni menos que la subordinación del capital que devenga interés a las condiciones y necesidades del modo de producción capitalista.

En líneas generales, el capital que devenga interés se adapta en el sistema de crédito moderno a las condiciones de la producción capitalista. La usura como tal no solo sigue existiendo, sino que en los pueblos de producción capitalista desarrollada se ve libre de los límites que le había puesto toda la legislación anterior. El capital que devenga interés conserva la forma de capital usurario frente a personas y clases, o en situaciones, en que no se toma prestado ni puede tomarse prestado en el sentido del modo de producción capitalista; en que se toma prestado por necesidad individual, como en la casa de empeño; en que se presta a la riqueza que disfruta para su dilapidación; o en que el productor es un productor no capitalista, pequeño campesino, artesano, etc., y por tanto, como productor directo, todavía poseedor de sus propias condiciones de producción; finalmente, en que el propio productor capitalista opera en una escala tan pequeña que se aproxima a aquellos productores que trabajan por sí mismos.

Lo que distingue del capital usurario al capital que devenga interés, en la medida en que constituye un elemento esencial del modo de producción capitalista, no es en modo alguno la naturaleza o el carácter de este capital mismo. Son solo las condiciones modificadas en que funciona y, por eso, también la figura totalmente transformada del prestatario que se contrapone al prestamista de dinero. Incluso cuando un hombre sin patrimonio recibe crédito como industrial o comerciante, ello ocurre en la confianza de que funcionará como capitalista, de que se apropiará trabajo no pagado con el capital prestado. Se le da crédito como capitalista en potencia. Y esta circunstancia, tan admirada por los apologetas económicos, de que un hombre sin patrimonio, pero con energía, solidez, capacidad y conocimiento de los negocios, pueda transformarse de este modo en capitalista —como, en general, en el modo de producción capitalista se tasa con mayor o menor acierto el valor comercial de cada cual—, por mucho que constantemente saque al campo, frente a los capitalistas individuales ya existentes, una serie mal recibida de nuevos caballeros de fortuna, consolida el dominio del capital mismo, amplía su base y le permite reclutarse con fuerzas siempre nuevas en el sustrato de la sociedad. Exactamente igual que la circunstancia de que la Iglesia católica formase en la Edad Media su jerarquía, sin consideración de estamento, nacimiento ni patrimonio, con las mejores cabezas del pueblo fue uno de los principales medios de consolidar el dominio de los curas y la opresión de los laicos. Cuanto más capaz es una clase dominante de acoger en su seno a los hombres más destacados de las clases dominadas, tanto más sólido y peligroso es su dominio.

En lugar del anatema contra el capital que devenga interés en general, es, pues, al contrario, su reconocimiento expreso el punto de partida de los iniciadores del sistema de crédito moderno.

No hablamos aquí de la reacción contra la usura que trataba de proteger de ella a los pobres, como los montes de piedad (1350 en Sarlins, en el Franco Condado, más tarde en Perugia y Savona, en Italia, 1400 y 1479). Solo son notables porque muestran la ironía histórica con que los piadosos deseos, al realizarse, se truecan en su contrario exacto. La clase obrera inglesa paga, según una estimación moderada, el 100 % a las casas de empeño, esas descendientes de los montes de piedad.[^k21-21] Tampoco hablamos de las fantasías crediticias de, por ejemplo, un doctor Hugh Chamberleyne o un John Briscoe, que en el último decenio del siglo XVII trataron de emancipar de la usura a la aristocracia inglesa por medio de un banco territorial con papel moneda basado en la propiedad de la tierra.[^k21-22]

Las asociaciones de crédito que se formaron en los siglos XII y XIV en Venecia y Génova surgieron de la necesidad del comercio marítimo y del comercio al por mayor fundado en él de emanciparse del dominio de la usura anticuada y de los monopolizadores del comercio de dinero. Si los bancos propiamente dichos que se fundaron en estas repúblicas urbanas se presentan al mismo tiempo como instituciones de crédito público, de las que el Estado obtenía adelantos sobre los impuestos por recaudar, no hay que olvidar que los comerciantes que formaban aquellas asociaciones eran ellos mismos los primeros personajes de aquellos Estados y tenían el mismo interés en emancipar de la usura a su gobierno que a sí mismos[^k21-23] y, a la vez, en someterse así el Estado más y con mayor seguridad. Por eso, cuando iba a fundarse el Banco de Inglaterra, los tories objetaron:

> «Los bancos son instituciones republicanas. Bancos florecientes existían en Venecia, Génova, Ámsterdam y Hamburgo. Pero ¿quién había oído hablar jamás de un banco de Francia o de España?»

El Banco de Ámsterdam de 1609, lo mismo que el de Hamburgo (1619), no marca una época en el desarrollo del sistema de crédito moderno. Era un banco puramente de depósito. Los bonos que emitía el banco no eran de hecho más que recibos del metal precioso amonedado y sin amonedar depositado, y solo circulaban con el endoso de quienes los recibían. Pero en Holanda, con el comercio y la manufactura, se habían desarrollado el crédito comercial y el comercio de dinero, y el capital que devenga interés había quedado subordinado al capital industrial y comercial por la propia marcha del desarrollo. Esto se mostraba ya en lo bajo del tipo de interés. Holanda, por su parte, pasaba en el siglo XVII por el país modelo del desarrollo económico, como Inglaterra ahora. El monopolio de la usura anticuada, basado en la pobreza, había sido derribado allí por sí solo.

Durante todo el siglo XVIII resuena —y la legislación actúa en ese sentido—, con referencia a Holanda, el clamor por una reducción forzosa del tipo de interés, para subordinar el capital que devenga interés al comercial y al industrial, y no a la inversa. El principal portavoz es sir Josiah Child, el padre de la banca privada inglesa normal.[^k21-t4] Declama contra el monopolio de los usureros exactamente igual que los sastres de confección en masa Moses & Son se pregonan como combatientes del monopolio de los «sastres particulares».[^k21-t5] Este Josiah Child es al mismo tiempo el padre del agiotaje bursátil inglés. Así, él, el autócrata de la Compañía de las Indias Orientales, defiende el monopolio de esta en nombre de la libertad de comercio. Contra Thomas Manley (*Interest of Money mistaken*) dice:

> «Como adalid de la temerosa y temblorosa banda de los usureros, emplaza su batería principal en el punto que yo he declarado el más débil… niega rotundamente que el bajo tipo de interés sea la causa de la riqueza, y asegura que es solo su efecto.» (*Traités sur le Commerce etc.*, 1669, trad., Ámsterdam y Berlín, 1754.) «Si es el comercio lo que enriquece a un país, y si la reducción del interés aumenta el comercio, entonces una reducción del interés o una limitación de la usura es sin duda una causa principal y fecunda de las riquezas de una nación. No es en absoluto absurdo decir que una misma cosa puede ser al mismo tiempo causa en ciertas circunstancias y efecto en otras.» (l. c., p. 155.) «El huevo es la causa de la gallina, y la gallina es la causa del huevo. La reducción del interés puede causar un aumento de la riqueza, y el aumento de la riqueza puede causar una reducción todavía mayor del interés.» (l. c., p. 156.) «Yo soy el defensor de la industria, y mi adversario defiende la pereza y la ociosidad.» (p. 179.)

Esta lucha violenta contra la usura, esta exigencia de subordinar el capital que devenga interés al capital industrial, no es más que la precursora de las creaciones orgánicas que establecen estas condiciones de la producción capitalista en el sistema bancario moderno, que, por una parte, despoja al capital usurario de su monopolio al concentrar todas las reservas de dinero inactivas y lanzarlas al mercado de dinero y, por otra, limita el monopolio de los propios metales preciosos mediante la creación del dinero crediticio.

Igual que aquí en Child, en todos los escritos sobre el sistema bancario en Inglaterra del último tercio del siglo XVII y comienzos del XVIII se encontrará la oposición a la usura, la exigencia de emancipar de la usura al comercio y a la industria, lo mismo que al Estado. Al mismo tiempo, ilusiones colosales sobre los efectos milagrosos del crédito, de la desmonopolización de los metales preciosos, de su sustitución por papel, etc. El escocés William Paterson, fundador del B. de I. y del Banco de Escocia, es en todo Law el Primero.

Contra el B. de I. «todos los orfebres y prestamistas sobre prendas lanzaron un aullido de rabia». (Macaulay, *History of England*, IV, p. 499.)

> «En los primeros 10 años el banco tuvo que luchar con grandes dificultades; gran hostilidad desde fuera; sus billetes solo se aceptaban muy por debajo de su valor nominal… los orfebres» (en cuyas manos el comercio de metales preciosos servía de base a un negocio bancario primitivo) «intrigaron considerablemente contra el banco, porque por obra de este su negocio había disminuido, su descuento había bajado y sus negocios con el gobierno habían pasado a manos de este adversario.» (J. Francis, l. c., p. 73.)

Ya antes de la fundación del B. de I. surgió en 1683 el proyecto de un National Bank of Credit, cuyo fin era, entre otras cosas,

> «que los hombres de negocios, cuando poseyeran una cantidad considerable de mercancías, pudiesen con la ayuda de este banco depositar sus mercancías y tomar crédito sobre sus existencias inmovilizadas, dar ocupación a sus empleados y ampliar su negocio hasta encontrar un buen mercado, en lugar de vender con pérdida».

Tras muchos esfuerzos se estableció este Bank of Credit en Devonshire House, en Bishopsgate Street. Prestaba a industriales y comerciantes, sobre la garantía de mercancías depositadas, ¾ del valor de estas en letras de cambio. Para hacer que estas letras circulasen, se reunió en cada rama de negocios a cierto número de personas en una sociedad, de la cual todo poseedor de tales letras debía poder obtener mercancías a cambio de ellas con la misma facilidad que si ofreciese pago al contado. El banco no hizo negocios florecientes. La maquinaria era demasiado complicada; el riesgo, en caso de depreciación de las mercancías, demasiado grande.

Si uno se atiene al contenido real de aquellos escritos que acompañan y favorecen teóricamente la configuración del sistema de crédito moderno en Inglaterra, no encontrará en ellos sino la exigencia de que el capital que devenga interés y, en general, los medios de producción prestables se subordinen al modo de producción capitalista como una de sus condiciones. Si uno se atiene a la mera fraseología, la coincidencia con las ilusiones bancarias y crediticias de los saintsimonianos, hasta en la expresión, causará a menudo asombro.

Exactamente igual que el cultivateur, en los fisiócratas, no significa el agricultor real, sino el gran arrendatario, el travailleur, en Saint-Simon, y todavía de manera constante en sus discípulos, no significa el obrero, sino el capitalista industrial y comercial.[^k21-t7]

> «Un trabajador necesita ayudantes, segundos, *obreros*; los busca inteligentes, hábiles, abnegados; los pone a la obra, y sus trabajos son productivos.» (*Religion Saint-Simonienne. Économie politique et Politique*, París, 1831, p. 104.)[^k21-t8]

No hay que olvidar en general que solo en su último escrito, el *Nouveau Christianisme*, se presenta Saint-Simon directamente como portavoz de la clase trabajadora y declara su emancipación como fin último de sus aspiraciones. Todos sus escritos anteriores no son de hecho más que una glorificación de la sociedad burguesa moderna frente a la feudal, o de los industriales y banqueros frente a los mariscales y a los juristas fabricantes de leyes de la época napoleónica. ¡Qué diferencia comparados con los escritos contemporáneos de Owen![^k21-24] También en sus continuadores, como muestra ya el pasaje citado, el capitalista industrial sigue siendo el travailleur par excellence. Quien lea críticamente sus escritos no se asombrará de que la realización de sus sueños crediticios y bancarios fuese el Crédit mobilier, fundado por el ex saintsimoniano Émile Péreire, una forma que, por lo demás, solo podía llegar a predominar en un país como Francia, donde ni el sistema de crédito ni la gran industria se habían desarrollado hasta la altura moderna. En Inglaterra y en América algo así era imposible. En los siguientes pasajes de la *Doctrine de St. Simon. Exposition. Première année. 1828/29*, 3.ª ed., París, 1831, está ya el germen del Crédit mobilier. Se comprende que el banquero pueda adelantar más barato que el capitalista y el usurero particular. A estos banqueros les es, pues,

> «posible procurar a los industriales herramientas mucho más baratas, es decir, a *intereses más bajos*, que los propietarios de tierras y los capitalistas, que pueden equivocarse con más facilidad en la elección de los prestatarios». (p. 202.)

Pero los propios autores añaden en la nota:

> «La ventaja que debería resultar de la mediación del banquero entre los ociosos y los travailleurs se ve a menudo contrarrestada e incluso anulada por la ocasión que nuestra sociedad desorganizada ofrece al egoísmo de hacerse valer en las diversas formas del fraude y de la charlatanería; los banqueros se interponen a menudo entre los travailleurs y los ociosos para explotar a ambos en perjuicio de la sociedad.»

Travailleur está aquí por capitaliste industriel. Por lo demás, es falso considerar los medios de que dispone el sistema bancario moderno simplemente como los medios de los ociosos. En primer lugar, es la parte del capital que los industriales y comerciantes mantienen momentáneamente desocupada en forma de dinero, como reserva de dinero o como capital aún por invertir; es decir, capital ocioso, pero no capital de los ociosos. En segundo lugar, la parte de los réditos y ahorros de todos que está destinada, de manera permanente o transitoria, a la acumulación. Y ambas cosas son esenciales para el carácter del sistema bancario.

Pero nunca hay que olvidar, en primer lugar, que el dinero —en la forma de los metales preciosos— sigue siendo la base de la que el sistema de crédito, por la naturaleza de la cosa, *nunca* puede desprenderse. En segundo lugar, que el sistema de crédito tiene por supuesto el monopolio de los medios sociales de producción (en la forma de capital y de propiedad de la tierra) en manos de particulares, que él mismo es, por una parte, una forma inmanente del modo de producción capitalista y, por otra, una fuerza motriz de su desarrollo hacia su forma más alta y última posible.

El sistema bancario es, por su organización formal y su centralización, como ya se dijo en 1697 en *Some Thoughts of the Interests of England*, el producto más artificial y elaborado al que llega en general el modo de producción capitalista. De ahí el inmenso poder de una institución como el B. de I. sobre el comercio y la industria, aunque el movimiento real de estos quede por completo fuera de su alcance y ella se comporte pasivamente ante él. Con ello se da, ciertamente, la forma de una contabilidad general y de una distribución de los medios de producción a escala social, pero también solo la forma. Hemos visto que la ganancia media del capitalista individual, o de cada capital particular, no está determinada por el plustrabajo que este capital se apropia de primera mano, sino por la cantidad de plustrabajo total que se apropia el capital total, y de la que cada capital particular solo extrae su dividendo como parte proporcional del capital total. Este carácter social del capital solo queda mediado y plenamente realizado mediante el pleno desarrollo del sistema de crédito y bancario. Por otra parte, esto va más allá. Pone a disposición de los capitalistas industriales y comerciales todo el capital disponible, e incluso el potencial, aún no comprometido activamente, de la sociedad, de modo que ni el prestamista ni quien emplea este capital son sus propietarios o productores. Suprime con ello el carácter privado del capital y contiene así en sí, pero también solo en sí, la supresión del capital mismo. Mediante el sistema bancario, la distribución del capital se sustrae de las manos de los capitalistas privados y los usureros como un negocio particular, como función social. Pero con ello la banca y el crédito se convierten al mismo tiempo en el medio más poderoso de empujar la producción capitalista más allá de sus propios límites, y en uno de los vehículos más eficaces de las crisis y de la especulación fraudulenta.

El sistema bancario muestra además, mediante la sustitución del dinero por diversas formas de crédito circulante, que el dinero no es de hecho otra cosa que una expresión particular del carácter social del trabajo y de sus productos, la cual, sin embargo, en cuanto opuesta a la base de la producción privada, tiene que presentarse siempre en última instancia como una cosa, como mercancía particular junto a otras mercancías.

Finalmente, no cabe ninguna duda de que el sistema de crédito servirá de poderosa palanca durante la transición del modo de producción capitalista al modo de producción del trabajo asociado; pero solo como un elemento en conexión con otras grandes revoluciones orgánicas del modo de producción mismo. En cambio, las ilusiones sobre el poder milagroso del sistema de crédito y bancario, en sentido socialista, surgen del completo desconocimiento del modo de producción capitalista y del sistema de crédito como una de sus formas. En cuanto los medios de producción han dejado de transformarse en capital (lo que incluye también la abolición de la propiedad privada de la tierra), el crédito como tal ya no tiene ningún sentido, cosa que, por lo demás, comprendieron incluso los saintsimonianos. Mientras, por otra parte, perdura el modo de producción capitalista, el capital que devenga interés perdura como una de sus formas y constituye de hecho la base de su sistema de crédito. Solo el mismo escritor sensacionalista, Proudhon, que quería dejar subsistir la producción de mercancías y abolir el dinero[^k21-25], era capaz de soñar el engendro de un crédit gratuit, esta pretendida realización del piadoso deseo del punto de vista pequeñoburgués.[^k21-t9]

En la *Religion Saint-Simonienne, Économie et Politique* se dice en la p. 45:

> «El crédito tiene por fin, en una sociedad en la que unos poseen herramientas de la industria sin tener la capacidad o la voluntad de emplearlas, y en la que otros, gente industriosa, no poseen instrumentos de trabajo, transferir estos instrumentos, de la manera más fácil posible, de las manos de los primeros, sus poseedores, a las manos de los otros, que saben emplearlos. Observemos que, según esta definición, el crédito es una consecuencia del modo en que está constituida la *propiedad*.»

Por tanto, el crédito desaparece con esta constitución de la propiedad. Se dice además, en la p. 98, que los bancos actuales

> «se consideran destinados a seguir el movimiento que han puesto en marcha los negocios efectuados fuera de ellos, pero no a darles ellos mismos el impulso; en otras palabras, los bancos desempeñan, respecto de los travailleurs a quienes adelantan capitales, el papel de capitalistas».

En la idea de que los bancos mismos deben asumir la dirección y distinguirse

> «por el número y la utilidad de los establecimientos comanditados y de los trabajos promovidos» (p. 101)

está latente el crédit mobilier. Del mismo modo, Constantin Pecqueur exige que los bancos (lo que los saintsimonianos llaman Système général des banques)[^k21-t10] «gobiernen la producción». En general, Pecqueur es esencialmente saintsimoniano, aunque mucho más radical. Quiere que

> «la institución de crédito… gobierne todo el movimiento de la producción nacional. — Intentad crear una institución nacional de crédito que adelante medios al talento y al mérito desposeídos, pero sin enlazar a estos prestatarios entre sí de manera obligatoria mediante una estrecha solidaridad en la producción y en el consumo, sino, al contrario, de modo que ellos mismos determinen sus intercambios y sus producciones. Por este camino solo conseguiréis lo que ya consiguen ahora los bancos privados: la anarquía, la desproporción entre producción y consumo, la ruina repentina de unos y el enriquecimiento repentino de otros; de suerte que vuestra institución nunca irá más allá de producir para unos una suma de bienestar igual a la suma de la desgracia soportada por los otros… solo que habréis dado a los obreros asalariados que apoyáis con adelantos los medios de hacerse entre sí la misma competencia que ahora se hacen sus amos capitalistas.» (C. Pecqueur, *Théorie Nouvelle d'Économie Soc. et Pol.*, París, 1842, pp. 433, 434.)

Hemos visto que el capital comercial y el capital que devenga interés son las formas más antiguas del capital. Pero está en la naturaleza de la cosa que el capital que devenga interés se presente en la representación popular como la forma del capital par excellence. En el capital comercial tiene lugar una actividad mediadora, ya se la interprete como estafa, como trabajo o como sea. En cambio, en el capital que devenga interés el carácter autorreproductor del capital, el valor que se valoriza, la producción de la plusvalía, se presenta en estado puro como cualidad oculta. De ahí viene también que incluso una parte de los economistas políticos, sobre todo en países en los que el capital industrial no está todavía plenamente desarrollado, como Francia, se aferren a él como a la forma fundamental del capital y conciban, por ejemplo, la renta del suelo solo como otra forma suya, puesto que también aquí predomina la forma del préstamo. Con ello se desconoce por completo la articulación interna del modo de producción capitalista y se pasa enteramente por alto que la tierra, lo mismo que el capital, solo se presta a capitalistas. En lugar de dinero pueden prestarse, naturalmente, medios de producción in natura, como máquinas, edificios de negocios, etc. Pero entonces representan una suma determinada de dinero, y el hecho de que, además del interés, se pague una parte por desgaste se deriva del valor de uso, de la forma natural específica de estos elementos del capital. Lo decisivo es aquí de nuevo si se prestan al productor directo, lo que supone la inexistencia del modo de producción capitalista, al menos en la esfera en que esto tiene lugar, o si se prestan al capitalista industrial, lo que es precisamente el supuesto sobre la base del modo de producción capitalista. Aún más impropio y carente de concepto es traer aquí a colación el préstamo de casas, etc., para el consumo individual. Que la clase obrera es estafada también en esta forma, y además de un modo que clama al cielo, es un hecho evidente; pero esto lo hace igualmente el minorista que le suministra los medios de subsistencia. Es esta una explotación secundaria, que discurre junto a la originaria, la que tiene lugar directamente en el propio proceso de producción. La diferencia entre vender y prestar es aquí del todo indiferente y formal, y, como ya se ha mostrado, solo al completo desconocimiento de la conexión real se le aparece como esencial.

___________

La usura, lo mismo que el comercio, explota un modo de producción dado, no lo crea, se comporta exteriormente respecto de él. La usura trata de conservarlo directamente para poder explotarlo siempre de nuevo, es conservadora, solo lo hace más miserable. Cuanto menos entran los elementos de producción en el proceso de producción como mercancías y salen de él como mercancías, tanto más aparece su obtención a partir del dinero como un acto particular. Cuanto más insignificante es el papel que desempeña la circulación en la reproducción social, tanto más florece la usura.

Que el patrimonio dinerario se desarrolle como patrimonio particular significa, con respecto al capital usurario, que posee todos sus créditos en la forma de créditos en dinero. Se desarrolla tanto más en un país cuanto más se limita la masa de la producción a prestaciones en especie, etc., es decir, al valor de uso.

En la medida en que la usura produce un doble efecto —en primer lugar, formar en general, junto al estamento de los comerciantes, un patrimonio dinerario independiente; en segundo lugar, apropiarse las condiciones de trabajo, es decir, arruinar a los poseedores de las antiguas condiciones de trabajo—, es una poderosa palanca para la formación de los supuestos del capital industrial.

### El interés en la Edad Media

> «En la Edad Media la población era puramente agrícola. Y allí, como bajo el gobierno feudal, solo puede haber poco tráfico y, por tanto, también poca ganancia. Por eso las leyes contra la usura estaban justificadas en la Edad Media. Además, en un país agrícola rara vez alguien se ve en la situación de tomar dinero prestado, salvo si ha caído en la pobreza y la miseria… Enrique VIII limita el interés al 10 %, Jacobo I al 8, Carlos II al 6, Ana al 5 %… En aquellos tiempos los prestamistas de dinero eran, si no de derecho, sí de hecho monopolistas, y por eso era necesario someterlos a restricciones como a otros monopolistas… En nuestros tiempos la tasa de ganancia regula la tasa de interés; en aquellos tiempos la tasa de interés regulaba la tasa de ganancia. Si el prestamista imponía al comerciante una tasa de interés alta, el comerciante tenía que cargar una tasa de ganancia más alta sobre sus mercancías. Por eso se sacaba una gran suma de dinero de los bolsillos de los compradores para llevarla a los bolsillos de los prestamistas.» (Gilbart, *History and Princ. of Banking*, pp. 164, 165.)

> «Me dicen que ahora, en cada feria de Leipzig, se cobran al año 10 florines, es decir, 30 por ciento; algunos añaden la feria de Neuenburg, de modo que llega a 40 por ciento: si es así, no lo sé. ¡Qué vergüenza! ¿Adónde diablos va a parar esto al final?… Quien tiene ahora en Leipzig 100 florines cobra al año 40, que es tanto como haberse comido en un año a un campesino o a un burgués. Si tiene 1.000 florines, cobra al año 400, que es tanto como haberse comido en un año a un caballero o a un noble rico. Si tiene 10.000, cobra al año 4.000, que es tanto como haberse comido en un año a un conde rico. Si tiene 100.000, como debe ser entre los grandes mercaderes, cobra al año 40.000, que es tanto como haberse comido en un año a un gran príncipe rico. Si tiene 1.000.000, cobra al año 400.000, que es tanto como haberse comido en un año a un gran rey. Y no corre con ello peligro alguno, ni en su cuerpo ni en su mercancía, no trabaja nada, se sienta junto a la estufa y asa manzanas: así podría un salteador de poltrona quedarse sentado en casa y comerse un mundo entero en diez años.» (Esto es de *An die Pfarrherrn wider den Wucher zu predigen*, del año 1540. *Luther's Werke*, Wittenberg, 1589, 6.ª parte.)[^k21-t11]

> «Hace 15 años escribí contra la usura, cuando ya se había extendido con tanta fuerza que no sabía esperar enmienda alguna. Desde entonces se ha encumbrado de tal modo que ya no quiere ser vicio, pecado ni vergüenza, sino que se hace alabar como pura virtud y honra, como si hiciera a la gente gran caridad y un servicio cristiano. ¿De qué servirá ahora el consejo, si la vergüenza se ha vuelto honra y el vicio virtud?» (*An die Pfarherrn wider den Wucher zu predigen*, Wittenberg, 1540.)

> «Judíos, lombardos, usureros y sanguijuelas fueron nuestros primeros banqueros, nuestros primitivos traficantes de banca; su carácter podía llamarse casi infame… A ellos se unieron luego los orfebres de Londres. En conjunto… nuestros primitivos banqueros eran… una sociedad muy mala; eran usureros codiciosos, expoliadores de corazón de piedra.» (D. Hardcastle, *Banks and Bankers*, 2.ª ed., Londres, 1843, pp. 19, 20.)

> «El ejemplo dado por Venecia» (la formación de un banco) «fue, pues, rápidamente imitado; todas las ciudades marítimas y, en general, todas las ciudades que se habían hecho un nombre por su independencia y su comercio fundaron sus primeros bancos. El regreso de sus barcos, que a menudo se hacía esperar mucho, llevó inevitablemente a la costumbre de dar crédito, que el descubrimiento de América y el comercio con ella reforzaron luego todavía más.» (Este es un punto principal.) «Los fletamentos obligaban a tomar fuertes adelantos, cosa que ya había ocurrido en la Antigüedad en Atenas y en Grecia. En 1308 la ciudad hanseática de Brujas poseía una cámara de seguros.» (M. Augier, l. c., pp. 202, 203.)

Hasta qué punto predominaba el préstamo a los propietarios de tierras y, con ello, en general, a la riqueza que disfruta, incluso todavía en Inglaterra en el último tercio del siglo XVII, antes del desarrollo del sistema de crédito moderno, puede verse, entre otros, en sir Dudley North, no solo uno de los primeros comerciantes ingleses, sino también uno de los economistas teóricos más importantes de su tiempo:

> «Del dinero prestado a interés en nuestro pueblo, ni la décima parte, ni con mucho, se entrega a hombres de negocios para que lleven adelante con él sus negocios; en su mayor parte se presta para artículos de lujo y para los gastos de gente que, aunque grandes propietarios de tierras, gasta dinero más deprisa de lo que le rinden sus tierras; y como temen vender sus bienes, prefieren hipotecarlos.» (*Discourses upon Trade*, Londres, 1691, pp. 6, 7.)

En el siglo XVIII, en Polonia:

> «Varsovia hacía un gran negocio de letras de cambio, que, sin embargo, tenía por fundamento y por fin sobre todo la usura de sus banqueros. Para procurarse dinero que pudieran prestar a los grandes señores dilapidadores al 8 por ciento y más, buscaron y encontraron fuera del país un crédito cambiario en blanco, es decir, que no tenía como fundamento ningún comercio de mercancías, y que el librado extranjero aceptó pacientemente mientras no faltaron las remesas creadas mediante el peloteo de letras. Por ello estos lo han pagado caro con las quiebras de un Tepper y de otros banqueros de Varsovia muy considerados.» (J. G. Büsch, *Theoretisch-praktische Darstellung der Handlung etc.*, 3.ª ed., Hamburgo, 1808, tomo II, pp. 232, 233.)

### Provecho que la Iglesia sacó de la prohibición del interés

> «La Iglesia había prohibido cobrar interés; pero no vender la propiedad para salir de un apuro; ni siquiera cederla al que prestaba dinero por un tiempo determinado y hasta su reembolso, para que este encontrase en ella su seguridad, pero también, durante la posesión, gozase en su usufructo la compensación del dinero que había prestado… La propia Iglesia, o las comunidades y pia corpora[^k21-t12] que le pertenecían, sacaron de ello gran provecho, sobre todo en tiempos de las Cruzadas. Esto puso una parte tan grande de la riqueza nacional en posesión de la llamada “mano muerta”, tanto más cuanto que al judío no le estaba permitido practicar la usura por esta vía, porque la posesión de una prenda tan firme no podía ocultarse… Sin la prohibición de los intereses, las iglesias y los conventos nunca habrían podido llegar a ser tan ricos.» (l. c., p. 55.)

[^k12-54]: Habría que citar aquí algunos pasajes en los que los economistas conciben la cosa de este modo. «¿Ustedes» (el Banco de Inglaterra) «son grandísimos negociantes en la *mercancía capital*?», se le pregunta a un director de este banco en el interrogatorio de testigos del *Report on Bank Act*, H. of C., 1857 [p. 104].

[^k12-55]: «Que un hombre que toma dinero prestado con la intención de obtener una ganancia con él deba dar una parte de la ganancia al prestamista es un principio evidente de la justicia natural». (Gilbart, *The History and Principles of Banking*, Londres, 1834, p. 163.)

[^k12-t1]: (Nota de la traducción.) En las fórmulas usamos letras españolas: D = dinero (en el original, G, *Geld*), M = mercancía (W, *Ware*); D′ = D + ΔD, el dinero incrementado; g = ganancia (en el original, p, *Profit*), i = interés (z, *Zins*) e i′ = tipo de interés (z′, *Zinsfuß*). En este capítulo, las letras A y B designan a las personas (prestamista y prestatario).

[^k12-t3]: (Nota de la traducción.) «Vivir trabajando», en francés en el original.

[^k12-56]: «Una casa», «dinero», etc., no deberían, pues, si fuera por Proudhon, prestarse como «capital», sino enajenarse como «mercancía… a precio de coste» (pp. 43, 44). Lutero estaba algo por encima de Proudhon. Sabía ya que la obtención de ganancia es independiente de la forma del préstamo o de la compra: «Hacen también del comprar una usura. Pero esto es ya demasiado para un solo bocado. Tenemos que tratar ahora de una sola parte, la de la usura en el préstamo; cuando la hayamos atajado (después del día del Juicio), le leeremos también la cartilla a la *usura en la compra*». (M. Lutero, *An die Pfarrherrn wider den Wucher zu predigen*, Wittenberg, 1540.)

[^k12-57]: «La equidad de cobrar interés no depende de que alguien obtenga o no obtenga ganancia, sino de que ello» (lo tomado en préstamo) «sea capaz de producir ganancia, si se emplea correctamente». (*An Essay on the Governing Causes of the Natural Rate of Interest, wherein the sentiments of Sir W. Petty and Mr. Locke, on that head, are considered*, Londres, 1750, p. 49. Autor del escrito anónimo: J. Massie.)

[^k12-58]: «Los ricos, en vez de emplear su dinero ellos mismos… se lo prestan a otras personas para que obtengan ganancia con él, reservando para los propietarios una proporción de las ganancias así obtenidas». (L. c., pp. 23, 24.)

[^k12-59]: «La expresión valor (value) aplicada a la currency tiene tres significados… 2) currency actually in hand, comparada con el mismo importe de currency que se recibirá en una fecha posterior. Entonces su valor se mide por el tipo de interés, y el tipo de interés está determinado by the ratio between the amount of loanable capital and the demand for it». (Coronel R. Torrens, *On the Operation of the Bank Charter Act of 1844 etc.*, 2.ª ed., 1847 [pp. 5, 6].) [(Nota de la traducción.) Currency: medio de circulación; currency actually in hand: medio de circulación disponible inmediatamente; by the ratio…: por la relación entre la cantidad de capital prestable y la demanda de él.]

[^k12-t4]: (Nota de la traducción.) Currency, en inglés en el original: el medio de circulación de un país, moneda metálica y billetes de banco. El currency principle («principio de la circulación») es la doctrina de la llamada escuela de la currency (Overstone, Torrens, Norman y otros), según la cual la circulación de billetes debía variar exactamente como lo haría una circulación puramente metálica; en ella se inspiró la ley bancaria de Peel de 1844. Se deja en inglés, como en el original, también en «teoría de la currency», «escuela de la currency» y «partidarios de la currency» (Currency-Theorie, Currency-Schule, Currency-Leute).

[^k12-60]: «La ambigüedad de la expresión valor del dinero o del medio de circulación, cuando se emplea indistintamente, como se hace, para significar tanto valor de cambio por mercancías como valor de uso del capital, es una fuente constante de confusión». (Tooke, *Inquiry into the Currency Principle*, p. 77.) La confusión principal (que está en la cosa misma), la de que el valor como tal (el interés) se convierta en valor de uso del capital, Tooke no la ve.

[^k12-61]: «La tasa natural de interés está gobernada por las ganancias del comercio de los particulares». (Massie, l. c., p. 51.)

[^k12-62]: Aquí se encuentra en el manuscrito la siguiente observación: «De la marcha de este capítulo resulta que, antes de investigar las leyes de la distribución de la ganancia, es mejor, después de todo, desarrollar primero cómo la división cuantitativa se convierte en cualitativa. Para hacer el tránsito del capítulo anterior a esto no hace falta más que suponer primero el interés como una parte cualquiera, no determinada más de cerca, de la ganancia».

[^k12-63]: «En el primer período, inmediatamente después de una época de presión, el dinero es abundante sin especulación; en el segundo período, el dinero es abundante y la especulación exuberante; en el tercer período, la especulación empieza a remitir y el dinero se busca; en el cuarto período, el dinero escasea y sobreviene la presión». (Gilbart, l. c., I, p. 149.)

[^k12-64]: Tooke lo explica «por la acumulación de capital excedente que acompaña necesariamente a la escasez de empleo rentable para él en los años anteriores, por la liberación de tesoros y por la recuperación de la confianza en las perspectivas comerciales». (*History of Prices from 1839 to 1847*, Londres, 1848, p. 54.)

[^k12-65]: «A un viejo cliente de un banquero se le negó un préstamo sobre un título de 200.000 £; cuando iba a marcharse para dar a conocer su suspensión de pagos, se le dijo que no había necesidad de dar ese paso: dadas las circunstancias, el banquero le compraría el título por 150.000 £». ([H. Roy,] *The Theory of the Exchanges. The Bank Charter Act of 1844 etc.*, Londres, 1864, p. 80.)

[^k12-66]: Como el tipo de interés está determinado en conjunto por la tasa media de ganancia, una especulación desaforada puede ir unida muy a menudo a un tipo de interés bajo. Por ejemplo, en la fiebre especulativa de los ferrocarriles del verano de 1844. El tipo de interés del Banco de Inglaterra no se elevó al 3 % hasta el 16 de octubre de 1844.

[^k12-67]: Así, por ejemplo, J. G. Opdyke, *A Treatise on Pol. Econ.*, Nueva York, 1851, hace un intento sumamente fallido de explicar por leyes eternas la generalidad del tipo de interés del 5 %. Incomparablemente más ingenuo es el señor Karl Arnd en *Die naturgemäße Volkswirthschaft gegenüber dem Monopoliengeist und dem Kommunismus etc.*, Hanau, 1845. Allí se lee: «En el curso natural de la producción de bienes no hay más que *un* fenómeno que —en los países enteramente cultivados— parece destinado a regular en cierta medida el tipo de interés; es la proporción en que las masas de madera de los bosques europeos aumentan por su crecimiento anual. Este crecimiento se produce, con total independencia de su valor de cambio» (¡qué cómico por parte de los árboles organizar su crecimiento con independencia de su valor de cambio!) «en la proporción de 3 a 4 por 100. Según esto, no cabría esperar» (puesto que el crecimiento de los árboles es, en efecto, completamente independiente de su valor de cambio, por mucho que su valor de cambio pueda depender de su crecimiento) «que descienda por debajo del nivel que él» (el tipo de interés) «tiene actualmente en los países más ricos». (Pp. 124, 125.) Esto merece llamarse el «tipo de interés silvícola originario», y su descubridor se hace todavía más acreedor, en la misma obra, al reconocimiento de «nuestra ciencia» como «filósofo del impuesto sobre los perros» [pp. 420, 421].

[^k12-t2]: (Nota de la traducción.) «La tasa real producida».

[^k12-68]: El Banco de Inglaterra eleva y rebaja su tipo de descuento, aunque, naturalmente, teniendo siempre en cuenta el tipo que rige en el mercado abierto, según la entrada y la salida del oro. «Con lo cual, el juego con los descuentos, anticipándose a las alteraciones del tipo del Banco, se ha convertido ahora en la mitad del negocio de los grandes jefes del centro del dinero», es decir, del mercado de dinero de Londres. ([H. Roy,] *The Theory of the Exchanges etc.*, p. 113.)

[^k12-69]: «El precio de las mercancías oscila constantemente; todas están destinadas a distintos tipos de uso; el dinero sirve para cualquier fin. Las mercancías, incluso de la misma clase, se diferencian por la calidad; el dinero en efectivo tiene siempre el mismo valor o, al menos, debe tenerlo. De ahí viene que el precio del dinero, que designamos con la palabra interés, posea una mayor firmeza y uniformidad que el de cualquier otra cosa». (J. Steuart, *Principles of Pol. Econ.*, trad. francesa, 1789, IV, p. 27.)

[^k12-70]: «Esta regla de división de las ganancias no ha de aplicarse, sin embargo, en particular a cada prestamista y prestatario, sino a los prestamistas y prestatarios en general… las ganancias notablemente grandes y pequeñas son la recompensa de la habilidad y de la falta de entendimiento, con las que los prestamistas no tienen absolutamente nada que ver; pues, así como no han de sufrir por la una, tampoco deben beneficiarse de la otra. Lo que se ha dicho de los individuos particulares en un mismo negocio es aplicable a las distintas clases de negocio; si los comerciantes y artesanos empleados en una rama cualquiera del comercio obtienen con lo que toman prestado más que las ganancias corrientes obtenidas por otros comerciantes y artesanos del mismo país, la ganancia extraordinaria es suya, aunque solo se requirieran para obtenerla una habilidad y un entendimiento corrientes, y no de los prestamistas, que les suministraron el dinero…; pues los prestamistas no habrían prestado su dinero para llevar adelante ningún negocio o comercio en condiciones más bajas que las que permitieran pagar tanto como el tipo corriente de interés; y, por tanto, no deben recibir más que eso, cualquiera que sea la ventaja que se obtenga con su dinero». (Massie, l. c., pp. 50, 51.)

[^k12-71]:

    | | | |
|---|---|---|
| Tipo del Banco | 5 | % |
| Tipo de descuento en el mercado, letras a 60 días | 3 5/8 | % |
| Ídem, a 3 meses | 3 1/2 | % |
| Ídem, a 6 meses | 3 5/16 | % |
| Préstamos a corredores de letras, de un día para otro | 1 a 2 | % |
| Ídem, por una semana | 3 | % |
| Último tipo a quince días, préstamos a corredores de bolsa | 4 3/4 a 5 | % |
| Interés de los depósitos (bancos) | 3 1/2 | % |
| Ídem (casas de descuento) | 3 a 3 1/4 | % |

    Cuán grande puede ser esta diferencia en un mismo día lo prueba el cuadro anterior de las tasas de interés del mercado de dinero de Londres el 9 de diciembre de 1889, tomado del artículo de la City del *Daily News* del 10 de diciembre. El mínimo es el 1 %; el máximo, el 5 %. [F. E.]

[^k13-t13]: (Nota de la traducción.) «Rédito» traduce Revenue: el ingreso periódico del capitalista (o de otras clases) destinado al consumo, por oposición al capital; no debe confundirse con la renta de la tierra (Rente, Grundrente). En nuestra traducción del libro primero se tradujo «renta»; en los libros segundo y tercero usamos siempre «rédito».

[^k13-t2]: (Nota de la traducción.) *Unternehmergewinn*, literalmente «ganancia del empresario»; en esta traducción, «ganancia empresarial».

[^k13-t3]: (Nota de la traducción.) Joseph Massie, economista inglés, autor de *An Essay on the Governing Causes of the Natural Rate of Interest* (1750).

[^k13-72]: «La ganancia empresarial depende de la ganancia neta del capital, y no esta de aquella». (Ramsay, l. c., p. 214. En Ramsay, net profits [(Nota de la traducción.) «ganancia neta»] es siempre = interés.)

[^k13-73]: «La supervisión es aquí» (en el caso del propietario campesino de la tierra) «completamente innecesaria». (J. E. Cairnes, *The Slave Power*, Londres, 1862, pp. 48, 49.)

[^k13-74]: «Si la naturaleza del trabajo exige que los trabajadores» (a saber, los esclavos) «estén dispersos por una superficie extensa, el número de capataces y, por tanto, el coste del trabajo que requiere esta supervisión aumentarán proporcionalmente». (Cairnes, l. c., p. 44.)

[^k13-t5]: (Nota de la traducción.) En inglés en el original: «Pues bien, señores».

[^k13-75]: A. Ure, *Philos. of Manufactures*, trad. francesa, 1836, I, pp. 67, 68, donde este Píndaro de los fabricantes les extiende al mismo tiempo el certificado de que la mayoría de ellos no tiene la más leve idea del mecanismo que emplea.

[^k13-76]: En un caso que conozco, después de la crisis de 1868 un fabricante quebrado se convirtió en obrero asalariado, a sueldo de sus propios obreros de antes. Tras la quiebra, en efecto, la fábrica la siguió explotando una cooperativa obrera, que contrató como director al antiguo propietario. — F. E.

[^k13-77]: Las cuentas aquí aducidas llegan como mucho a 1864, ya que lo anterior se escribió en 1865. — F. E.

[^k13-78]: «Los maestros son trabajadores tanto como sus oficiales. En este carácter, su interés es exactamente el mismo que el de sus hombres. Pero son además o bien capitalistas o bien agentes de los capitalistas, y en este respecto su interés se opone decididamente al interés de los obreros». (P. 27.) «La amplia difusión de la instrucción entre los oficiales mecánicos de este país disminuye día a día el valor del trabajo y de la destreza de casi todos los maestros y patronos, al aumentar el número de personas que poseen sus conocimientos peculiares». (P. 30. Hodgskin, *Labour defended against the Claims of Capital etc.*, Londres, 1825.)

[^k13-79]: «La relajación general de las barreras convencionales y las mayores facilidades de instrucción tienden a hacer bajar los salarios del trabajo cualificado en lugar de elevar los del no cualificado». (J. St. Mill, *Princ. of Pol. Econ.*, 2.ª ed., Londres, 1849, I, p. 479.)

[^k13-t7]: (Nota de la traducción.) En griego, *tókos* significa a la vez «interés» y «parto, cría», lo engendrado.

[^k13-t8]: (Nota de la traducción.) Alusión al *Fausto* de Goethe (primera parte, escena «La bodega de Auerbach»): en la canción de la rata envenenada, esta corre de un lado a otro «como si tuviera el amor en el cuerpo» (*als hätt' sie Lieb' im Leibe*).

[^k13-t9]: (Nota de la traducción.) En latín, «doble interés: el del daño emergente y el del lucro cesante». Más abajo, non verum sed phantasticum interesse, «un daño no verdadero, sino imaginario», y ex contingente necessarium, «de lo contingente, lo necesario», que Lutero glosa a continuación.

[^k13-t10]: (Nota de la traducción.) Fondo de amortización de la deuda pública, creado por la ley de 1786 que se cita más abajo.

[^k13-80]: Richard Price, *An Appeal to the Public on the subject of the National Debt*, Londres, 1772. Hace este chiste ingenuo: «Hay que tomar dinero prestado a interés simple para multiplicarlo a interés compuesto». (R. Hamilton, *An Inquiry into the Rise and Progress of the National Debt of Great Britain*, 2.ª ed., Edimburgo, 1814.) Según esto, pedir prestado sería en general el medio más seguro de enriquecerse, también para los particulares. Pero si, por ejemplo, tomo prestadas 100 £ a un interés anual del 5 %, al final del año tengo que pagar 5 £ y, suponiendo que este adelanto dure 100 millones de años, entretanto tengo cada año siempre solo 100 £ que prestar y tengo igualmente que pagar cada año 5 £. Por este proceso nunca llego a prestar 105 £ por el hecho de tomar prestadas 100 £. ¿Y de dónde voy a pagar el 5 %? Con nuevos empréstitos o, si soy el Estado, con impuestos. Pero, si el capitalista industrial toma dinero prestado, con una ganancia de, digamos, el 15 % tiene que pagar el 5 % como interés, consumir el 5 % (aunque su apetito crece con sus ingresos) y capitalizar el 5 %. Se presupone, pues, ya una ganancia del 15 % para pagar constantemente un 5 % de interés. Si el proceso continúa, la tasa de ganancia desciende, por las razones ya expuestas, digamos del 15 % al 10 %. Pero Price olvida por completo que el interés del 5 % presupone una tasa de ganancia del 15 %, y hace que esta persista con la acumulación del capital. No tiene nada que ver en absoluto con el proceso real de acumulación, sino solo con prestar dinero para que refluya con interés compuesto. Cómo lo consigue le es completamente indiferente, ya que esta es, en efecto, la cualidad innata del capital que devenga interés.

[^k13-t12]: (Nota de la traducción.) En inglés, «que todo lo absorbe»; más abajo, all-engrossing capital, with compound interest, «el capital que todo lo absorbe, con interés compuesto», expresión del *Economist* citado.

[^k13-81]: Véanse Mill y Carey, y el comentario de Roscher, que los malinterpreta.

[^k13-82]: «Está claro que ningún trabajo, ninguna fuerza productiva, ningún ingenio y ningún arte pueden satisfacer las abrumadoras exigencias del interés compuesto. Pero todo ahorro se hace a partir del rédito del capitalista, de modo que estas exigencias se plantean en realidad constantemente, y con la misma constancia la fuerza productiva del trabajo se niega a satisfacerlas. Por tanto, se establece constantemente una especie de equilibrio». (*Labour defended against the Claims of Capital*, p. 23. De Hodgskin.)

[^k14-t6]: (Nota de la traducción.) Abreviaturas de los informes parlamentarios, que el propio texto explica (caps. XXV, XXVI y XXXV): C.D. 1848/1857, las declaraciones prestadas en 1848 ante la comisión secreta de la Cámara de los Lores que investigó las causas de la crisis de 1847 (Commercial Distress), publicadas en 1857; B.C. o B.A. 1857 (y 1858), el informe de la comisión de la Cámara de los Comunes sobre las leyes bancarias (Report of Select Committee on Bank Acts). Los números que acompañan a las citas son los de las preguntas de los interrogatorios.

[^k14-t8]: (Nota de la traducción.) «Facilidades monetarias» traduce Geldakkommodation: el préstamo o adelanto de dinero que conceden los bancos (descuento de letras, adelantos sobre títulos).

[^k14-t7]: (Nota de la traducción.) «Estrechez» traduce Klemme (Geldklemme, estrechez de dinero): la situación del mercado de dinero en que el crédito se contrae y escasean los medios de pago.

[^k14-t1]: (Nota de la traducción.) «Sálvese quien pueda».

[^k14-83]: Es decir, antes se fijaba primero el dividendo y luego, al pagarlo, se descontaba de él a cada accionista el impuesto sobre la renta; pero después de 1844 se pagaba primero el impuesto sobre la ganancia global del Banco y luego se repartía el dividendo «free of Income Tax» [(Nota de la traducción.) libre del impuesto sobre la renta]. Los mismos tantos por ciento nominales son, pues, en este último caso, más altos en el importe del impuesto. — F. E.

[^k14-t2]: (Nota de la traducción.) «Eso es lo que se llama hablar claro».

[^k14-t3]: (Nota de la traducción.) «Aristócrata de estercolero».

[^k14-t4]: (Nota de la traducción.) «¡Alto ahí!».

[^k14-t5]: (Nota de la traducción.) Issue department / banking department: departamento de emisión y departamento bancario del Banco de Inglaterra, separados por la ley bancaria de 1844 (Peel's Act).

[^k14-84]: Más sobre la confusión conceptual de Overstone en materia de capital, al final del cap. XXXII. [F. E.]

[^k15-85]: «La circulación media de billetes del Banco de Francia fue en 1812 de 106.538.000 francos; en 1818, de 101.205.000 francos, mientras que el curso del dinero, la masa total de todos los ingresos y pagos, fue en 1812 de 2.837.712.000 francos; en 1818, de 9.665.030.000 francos. La actividad del curso en Francia en 1818 era, pues, a la de 1812 como 3 : 1. El gran regulador de la velocidad de la circulación es el crédito... Por eso se explica que una fuerte presión sobre el mercado de dinero coincida habitualmente con una circulación llena.» (*The Currency Theory reviewed etc.*, pág. 65.) — «Entre septiembre de 1833 y septiembre de 1843 surgieron en Gran Bretaña cerca de 300 bancos que emitían billetes propios; la consecuencia fue una contracción de la circulación de billetes de 2 1/2 millones; esta era a finales de septiembre de 1833 de 36.035.244 £ y a finales de septiembre de 1843 de 33.518.544 £.» (L. c., pág. 53.) — «La maravillosa actividad de la circulación escocesa le permite despachar con 100 £ la misma cantidad de negocios monetarios que en Inglaterra exige 420 £.» (L. c., pág. 55. Esto último se refiere solo a lo técnico de la operación.)

[^k15-86]: «Antes de la creación de los bancos, el importe de capital requerido para la función del medio circulante era en todo momento mayor de lo que exigía la circulación real de mercancías.» (*Economist*, 1845, pág. 238.)

[^k15-t1]: (Nota de la traducción.) Aufhebung, aufheben: «supresión», «suprimir» en todo este capítulo; la palabra alemana une los sentidos de abolir, superar y conservar en un nivel superior.

[^k15-t2]: (Nota de la traducción.) La United Alkali Company, fundada en 1890 con la fusión de las fábricas británicas de sosa por el procedimiento Leblanc.

[^k15-87]: Véanse, p. ej., en el *Times* las listas de quiebras de un año de crisis como 1857 y compárese el patrimonio propio de los quebrados con el importe de sus deudas. — «En verdad, el poder de compra de las personas que poseen capital y crédito supera con mucho todo lo que cabe en la imaginación de quienes no tienen un conocimiento práctico de los mercados especulativos.» (Tooke, *Inquiry into the Currency Principle*, pág. 79.) «Un hombre que tiene fama de poseer capital suficiente para su negocio regular y que goza de buen crédito en su ramo puede, si tiene opiniones optimistas sobre la coyuntura alcista del artículo con que comercia y si al comienzo y en el curso de su especulación le favorecen las circunstancias, efectuar compras de una extensión verdaderamente enorme en comparación con su capital.» (Ibidem, pág. 136.) — «Los fabricantes, comerciantes, etc., hacen todos negocios que exceden con mucho su capital... El capital es hoy en día mucho más la base sobre la que se edifica un buen crédito que la barrera de las transacciones de cualquier negocio comercial.» (*Economist*, 1847, pág. 1333.)

[^k15-t3]: (Nota de la traducción.) La Compañía del Canal de Panamá, de Ferdinand de Lesseps, quebró en 1889; a finales de 1892 se descubrió que había sobornado a ministros, diputados y periodistas (escándalo de Panamá).

[^k15-88]: Th. Chalmers. [(Nota de la traducción.) Thomas Chalmers (1780-1847), teólogo y economista escocés.]

[^k15-t4]: (Nota de la traducción.) John Law (1671-1729), banquero escocés, controlador general de las finanzas francesas durante la regencia de Felipe de Orleans; su sistema de papel moneda y de especulación con las acciones de la Compañía del Misisipi terminó en la bancarrota de 1720. Isaac Pereire fundó en 1852 con su hermano Émile el Crédit Mobilier; ambos habían militado en la escuela sansimoniana.

[^k15-89]: Damos aquí en el original el pasaje correspondiente de Tooke, citado en alemán y en extracto en la pág. 390 [(Nota de la traducción.) Página de la edición de 1894; el pasaje está en el capítulo XXV.]: «El negocio de los banqueros, dejando a un lado la emisión de pagarés pagaderos a la vista, puede dividirse en dos ramas, correspondientes a la distinción señalada por el Dr. (Adam) Smith entre las transacciones entre comerciantes y comerciantes y entre comerciantes y consumidores. Una rama del negocio de los banqueros consiste en reunir *capital* de quienes no tienen para él un empleo inmediato y distribuirlo o transferirlo a quienes lo tienen. La otra rama consiste en recibir depósitos del *ingreso* de sus clientes y pagarles el importe a medida que lo necesitan para gastarlo en los objetos de su consumo... la primera es una circulación de *capital*; la segunda, de currency.» (Tooke, *Inquiry into the Currency Principle*, pág. 36.) La primera es «la concentración del capital por un lado y su distribución por el otro»; la segunda es «la administración de la circulación para los fines locales del distrito» (ibid., pág. 37). — Mucho más cerca de la concepción correcta está Kinnear en el siguiente pasaje: «El dinero se emplea para efectuar dos operaciones esencialmente distintas. Como medio de cambio entre comerciante y comerciante, es el instrumento por el que se efectúan transferencias de capital; es decir, el cambio de un importe determinado de capital en dinero por un importe igual de capital en mercancías. Pero el dinero desembolsado en el pago de salarios y en la compra y venta entre comerciante y consumidor no es capital, sino rédito; la parte del rédito de la colectividad que se emplea en los gastos diarios. Este dinero circula en un uso diario continuo, y es lo único que, en sentido estricto, puede llamarse medio de circulación (currency). Los adelantos de capital dependen exclusivamente de la voluntad del banco o de otros poseedores de capital, pues prestatarios siempre los hay; pero el importe del medio de circulación depende de las necesidades de la colectividad dentro de la cual circula el dinero con el fin del gasto diario.» (J. G. Kinnear, *The Crisis and the Currency*, Londres, 1847.)

[^k15-t5]: (Nota de la traducción.) Thomas Tooke (1774-1858), autor de *A History of Prices* y de *An Inquiry into the Currency Principle* (1844); James Wilson (1805-1860), fundador de *The Economist*; John Fullarton, autor de *On the Regulation of Currencies* (1844), del que salen las citas de este capítulo. Los tres combatieron la teoría de la Currency School.

[^k15-t8]: (Nota de la traducción.) Página de la edición de 1894; la declaración está en el capítulo XXV.

[^k15-90]: «Una demanda de capital en préstamo y una demanda de circulación adicional son cosas completamente distintas y no se encuentran asociadas a menudo.» (Fullarton, l. c., pág. 82, título del cap. 5.) — «Es en verdad un gran error imaginar que la demanda de acomodación pecuniaria (es decir, de préstamo de capital) es idéntica a una demanda de medios de circulación adicionales, o siquiera que ambas van asociadas con frecuencia. Cada demanda se origina en circunstancias que la afectan de modo peculiar, y muy distintas entre sí. Es cuando todo parece próspero, cuando los salarios son altos, los precios están en alza y las fábricas trabajan, cuando suele requerirse una oferta adicional de currency para cumplir las funciones adicionales inseparables de la necesidad de hacer pagos mayores y más numerosos; mientras que es principalmente en una fase más avanzada del ciclo comercial, cuando las dificultades empiezan a presentarse, cuando los mercados están sobresaturados y los retornos se retrasan, cuando el interés sube y se ejerce una presión sobre el Banco para que adelante *capital*. Es cierto que no hay otro medio por el que el Banco suela adelantar capital que el de sus pagarés, y que, por tanto, negar los billetes es negar la acomodación. Pero, una vez concedida la acomodación, todo se ajusta conforme a las necesidades del mercado; el préstamo permanece, y la currency, si no se necesita, vuelve a quien la emitió. En consecuencia, un examen muy somero de los informes parlamentarios puede convencer a cualquiera de que los títulos (securities) en manos del Banco de Inglaterra fluctúan con más frecuencia en dirección opuesta a su circulación que de acuerdo con ella, y de que, por tanto, el ejemplo de ese gran establecimiento no constituye ninguna excepción a la doctrina en la que tanto insisten los banqueros de provincias, a saber, que ningún banco puede ampliar su circulación si esa circulación ya es adecuada a los fines a que se aplica comúnmente una circulación de billetes de banco, sino que toda adición a sus adelantos, una vez rebasado ese límite, tiene que hacerse de su capital y proveerse mediante la venta de algunos de los títulos que tiene en reserva o absteniéndose de nuevas inversiones en tales títulos. La tabla compilada a partir de los informes parlamentarios para el intervalo entre 1833 y 1840, a la que me he referido en una página anterior, ofrece continuos ejemplos de esta verdad; pero dos de ellos son tan notables que será del todo innecesario que vaya más allá. El 3 de enero de 1837, cuando los recursos del Banco estaban tensados al máximo para sostener el crédito y hacer frente a las dificultades del mercado de dinero, encontramos sus adelantos en préstamo y descuento elevados a la enorme suma de 17.022.000 £, un importe apenas conocido desde la guerra y casi igual al total de las emisiones, que, entretanto, permanecen inmóviles en un nivel tan bajo como ¡17.076.000 £! Por otro lado, tenemos el 4 de junio de 1833 una circulación de 18.892.000 £ con un estado de títulos privados en cartera que, siendo casi, si no del todo, el más bajo registrado en el último medio siglo, no asciende a más de ¡972.000 £!» (Fullarton, l. c., págs. 97, 98.) — Que una demanda de acomodación pecuniaria (demand for pecuniary accommodation) no tiene por qué ser en absoluto idéntica a una demanda de oro (demand for gold) (lo que Wilson, Tooke y otros llaman capital) se ve en las siguientes declaraciones del señor Weguelin, gobernador del Banco de Inglaterra: «El descuento de letras hasta ese importe» (un millón diario tres días seguidos) «no disminuiría la reserva» (de billetes de banco) «a menos que el público pidiera un importe mayor de circulación activa. Los billetes emitidos al descontar letras refluirían por mediación de los bancos y por medio de depósitos. A menos que esas transacciones tengan por fin la exportación de oro, o que en el interior reine un pánico tal que el público retenga sus billetes de banco en lugar de ingresarlos en los bancos, la reserva no se vería afectada por transacciones tan enormes.» — «El Banco puede descontar diariamente millón y medio, y esto ocurre continuamente sin que su reserva se vea afectada en lo más mínimo. Los billetes vuelven como depósitos, y el único cambio que se produce es la mera transferencia de una cuenta a otra.» (*Report on Bank Acts, 1857*, Evidence n.º 241, 500.) Así pues, los billetes sirven aquí solo como medio de transferencia de créditos.

[^k15-t9]: (Nota de la traducción.) Página de la edición de 1894: es la nota 90 de este capítulo.

[^k15-t11]: (Nota de la traducción.) Lombardgeschäft: préstamo con garantía de títulos o de mercancías dados en prenda.

[^k15-91]: El pasaje del original que sigue ahora es ininteligible en este contexto y ha sido reelaborado por el editor hasta el cierre de la llave. En otro contexto, este punto ya se ha tratado en el cap. XXVI. — F. E.

[^k16-1]: «El obrero tiene valor de capital, que se encuentra si se considera el valor en dinero de sus ganancias anuales como rendimiento de intereses... Si se capitalizan... los tipos medios del jornal al 4 %, se obtiene como valor medio de un obrero agrícola de sexo masculino: Austria alemana, 1.500 táleros; Prusia, 1.500; Inglaterra, 3.750; Francia, 2.000; Rusia interior, 750 táleros.» (Von Reden, *Vergleichende Kulturstatistik*, Berlín, 1848, p. 434.)

[^k16-2]: {Inmediatamente después de la revolución de febrero, cuando en París las mercancías y los títulos estaban depreciados al extremo y eran totalmente invendibles, un comerciante suizo de Liverpool, el señor R. Zwilchenbart (que se lo contó a mi padre), convirtió en dinero lo que pudo, viajó con el efectivo a París y fue a ver a Rothschild para proponerle hacer un negocio en común. Rothschild se le quedó mirando fijamente, se precipitó hacia él y, agarrándolo por ambos hombros: «Avez-vous de l'argent sur vous?» — «Oui, M. le baron.» — «Alors vous êtes mon homme!» [(Nota de la traducción.) En francés en el original: «¿Lleva usted dinero encima?» — «Sí, señor barón.» — «¡Entonces es usted mi hombre!»] — Y ambos hicieron un negocio brillante. — F. E.}

[^k16-3]: {Esta duplicación y triplicación del capital se ha desarrollado considerablemente en los últimos años, por ejemplo mediante los Financial Trusts, que ocupan ya una rúbrica especial en el boletín de la Bolsa de Londres. Se forma una sociedad para la compra de cierta clase de papeles que devengan interés, digamos títulos de la deuda pública extranjera, títulos de deuda municipales ingleses o públicos norteamericanos, acciones ferroviarias, etc. El capital, digamos 2 millones de £, se reúne mediante suscripción de acciones; la dirección compra los valores en cuestión, o especula con ellos de manera más o menos activa, y reparte el rendimiento anual de intereses, una vez deducidos los gastos, como dividendo entre los accionistas. — Además, en algunas sociedades por acciones se ha introducido la costumbre de dividir las acciones ordinarias en dos clases, preferred y deferred [(Nota de la traducción.) Acciones preferentes y acciones diferidas]. Las preferred reciben un interés fijo, digamos del 5 %, siempre que la ganancia global lo permita; si queda luego algo, lo reciben las deferred. De este modo, la inversión de capital «sólida» en las preferred se separa más o menos de la especulación propiamente dicha, en las deferred. Ahora bien, como algunas grandes empresas no quieren plegarse a esta nueva moda, ha ocurrido que se han formado sociedades que invierten uno o varios millones de £ en las acciones de aquellas y emiten a continuación, por el valor nominal de estas acciones, nuevas acciones, pero la mitad preferred y la otra mitad deferred. En estos casos se duplican las acciones originarias, al servir de base a una nueva emisión de acciones. — F. E.}

[^k16-t1]: (Nota de la traducción.) Adam Smith, *La riqueza de las naciones*, libro II, cap. IV. Marx da la cita en alemán (así ya en la 1.ª edición, 1894); la traducimos de su versión.

[^k16-4]: {Cuánto ha aumentado aún esto desde entonces lo prueba el siguiente estado oficial de las reservas bancarias de los quince mayores bancos de Londres en noviembre de 1892, tomado del *Daily News* del 15 de diciembre de 1892:

    | Nombre del banco | Pasivo, £ | Reservas en efectivo, £ | En porcentaje |
|:--|--:|--:|--:|
| City | 9.317.629 | 746.551 | 8,01 |
| Capital and Counties | 11.392.744 | 1.307.483 | 11,47 |
| Imperial | 3.987.400 | 447.157 | 11,21 |
| Lloyds | 23.800.937 | 2.966.806 | 12,46 |
| London and Westminster | 24.671.559 | 3.818.885 | 15,50 |
| London and S. Western | 5.570.268 | 812.353 | 14,58 |
| London Joint Stock | 12.127.993 | 1.288.977 | 10,62 |
| London and Midland | 8.814.499 | 1.127.280 | 12,79 |
| London and County | 37.111.035 | 3.600.374 | 9,70 |
| National | 11.163.829 | 1.426.225 | 12,77 |
| National Provincial | 41.907.384 | 4.614.780 | 11,01 |
| Parrs and the Alliance | 12.794.489 | 1.532.707 | 11,98 |
| Prescott and Co. | 4.041.058 | 538.517 | 13,07 |
| Union of London | 15.502.618 | 2.300.084 | 14,84 |
| Williams, Deacon, and Manchester & Co. | 10.452.381 | 1.317.628 | 12,60 |
| Total | 232.655.823 | 27.845.807 | 11,97 |

    De estos casi 28 millones de reserva, por lo menos 25 millones están depositados en el Banco de Inglaterra, y a lo sumo 3 millones en efectivo en las cajas de caudales de los propios 15 bancos. ¡Pero la reserva en efectivo del departamento bancario del Banco de Inglaterra no llegó nunca, en ese mismo noviembre de 1892, a 16 millones completos! — F. E.}

[^k16-5]: {La suspensión de la ley bancaria de 1844 permite al Banco emitir cantidades cualesquiera de billetes de banco, sin atender a su cobertura por el tesoro de oro que se halla en sus manos; es decir, crear cantidades cualesquiera de capital dinerario ficticio de papel y hacer con él adelantos a los bancos y a los corredores de letras y, a través de ellos, al comercio.}

[^k16-6]: «Los fondos públicos no son otra cosa que el capital imaginario que representa la parte del rédito anual destinada a pagar la deuda. Un capital equivalente ha sido disipado; es él el que sirve de denominador al empréstito, pero no es él lo que el fondo público representa; pues el capital ya no existe en ninguna parte. Sin embargo, tienen que nacer nuevas riquezas del trabajo de la industria; una porción anual de estas riquezas se asigna por adelantado a quienes prestaron las que fueron destruidas; esta porción se quitará mediante los impuestos a quienes las producen, para darla a los acreedores del Estado, y, según la proporción usual en el país entre el capital y el interés, se supone un capital imaginario equivalente a aquel del que podría nacer la renta anual que los acreedores han de recibir.» (Sismondi, *Nouveaux Principes*, II, pp. 229, 230.) [(Nota de la traducción.) La MEW da esta cita en alemán y no la recoge entre sus citas en lengua extranjera; traducimos del original francés que trae la 1.ª edición (1894), según la MEGA II/15.]

[^k16-7]: Una parte del capital dinerario prestable acumulado es, de hecho, mera expresión de capital industrial. Si, por ejemplo, Inglaterra había invertido hacia 1857 en ferrocarriles y otras empresas norteamericanas 80 millones de £, esta inversión estuvo mediada casi por completo por la exportación de mercancías inglesas, por las que los norteamericanos no tenían que hacer ningún pago. El exportador inglés giraba contra estas mercancías letras sobre América, que eran compradas por los suscriptores ingleses de acciones y enviadas a América para el desembolso de los importes de las acciones.

[^k16-8]: {Como ya he observado en otro lugar [(Nota de la traducción.) En el prólogo de Engels a la edición inglesa del libro primero (1886)], se ha producido aquí un giro desde la última gran crisis general. La forma aguda del proceso periódico, con su ciclo decenal habitual hasta ahora, parece haber cedido el paso a una alternancia más crónica, más prolongada, que se reparte en distintos momentos por los diversos países industriales, de una mejoría de los negocios relativamente breve y débil con una depresión relativamente larga e indecisa. Pero quizá se trate solo de una prolongación de la duración del ciclo. En la infancia del comercio mundial, 1815-1847, pueden comprobarse ciclos aproximadamente quinquenales; de 1847 a 1867 el ciclo es decididamente decenal; ¿estaremos en el período preparatorio de un nuevo crac mundial de una vehemencia inaudita? Muchas cosas parecen apuntar en esa dirección. Desde la última crisis general de 1867 se han producido grandes cambios. La colosal expansión de los medios de comunicación —barcos de vapor transoceánicos, ferrocarriles, telégrafos eléctricos, canal de Suez— ha creado realmente por primera vez el mercado mundial. Junto a Inglaterra, que antes monopolizaba la industria, han aparecido una serie de países industriales competidores; a la inversión del capital europeo excedente se le han abierto en todas las partes del mundo territorios infinitamente mayores y más variados, de modo que se reparte mucho más y la sobreespeculación local se supera con más facilidad. Por todo ello, la mayoría de los antiguos focos de crisis y de las ocasiones de formación de crisis han desaparecido o se han debilitado mucho. Junto a esto, la competencia en el mercado interior retrocede ante los cárteles y los trusts, mientras que en el mercado exterior la limitan los aranceles proteccionistas de que se rodean todos los grandes países industriales, salvo Inglaterra. Pero estos mismos aranceles proteccionistas no son sino los armamentos para la campaña industrial general final que ha de decidir el dominio del mercado mundial. Así, cada uno de los elementos que se oponen a una repetición de las antiguas crisis lleva en sí el germen de una crisis futura mucho más violenta. — F. E.}

[^k17-t1]: (Nota de la traducción.) Leihkapital = capital de préstamo; leihbares (verleihbares) Geldkapital = capital dinerario prestable; Geldkapitalist = capitalista dinerario; wirkliches Kapital = capital real. Los «agentes reproductivos» traducen die Reproduktiven, los capitalistas que actúan en el proceso de reproducción (industriales y comerciantes).

[^k17-t3]: (Nota de la traducción.) En inglés en el original: floating capital = capital flotante; circulating capital = capital circulante; money = dinero; bullion = metal en lingotes; circulation = circulación (aquí, los billetes en circulación); a commodity / commodities = una mercancía / mercancías; fixed capital = capital fijo.

[^k17-t4]: (Nota de la traducción.) En inglés en el original: corredores de letras, intermediarios que descontaban y redescontaban letras de cambio en el mercado de Londres.

[^k17-t5]: (Nota de la traducción.) La respuesta 1364 no es de Weguelin, sino de William Newmarch, como indica la MEW.

[^k17-9]: B.A. 1857, declaraciones de Twells, banquero: 4516. «Como banquero, ¿hace usted negocios con capital o con dinero? — Comerciamos con dinero». 4517. «¿Cómo se ingresan los depósitos en su banco? — En dinero». 4518. «¿Cómo se pagan? — En dinero. — ¿Puede decirse, entonces, que son algo distinto del dinero? — No».

    Overstone (véase el cap. XXVI) se embrolla continuamente entre «capital» y «money». «Value of money» [(Nota de la traducción.) En inglés en el original: «valor del dinero»; más abajo, value of capital, «valor del capital».] significa para él también interés, pero en la medida en que está determinado por la masa del dinero; «value of capital» sería el interés en la medida en que está determinado por la demanda de capital productivo y por la ganancia que este rinde. Dice: 4140. «El uso de la palabra capital es muy peligroso». 4148. «La exportación de oro de Inglaterra es una disminución de la cantidad de dinero en el país, y esta tiene que causar naturalmente una mayor demanda en el mercado de dinero en general» (según esto, pues, no en el mercado de capitales). 4112. «A medida que el dinero sale del país, disminuye la cantidad que hay en el país. Esta disminución de la cantidad que queda en el país produce un aumento del valor de este dinero». (Esto significa originariamente en su teoría un aumento del valor del dinero como dinero, causado por la contracción de la circulación, en comparación con los valores de las mercancías; donde, pues, este aumento del valor del dinero = caída del valor de las mercancías. Pero como entretanto se ha demostrado de manera irrefutable, incluso para él, que la masa del dinero circulante no determina los precios, ahora es la disminución del dinero como medio de circulación la que habría de elevar su valor como capital que devenga interés y, con ello, el tipo de interés). «Y este valor aumentado del dinero que queda pone freno a la salida y se mantiene hasta que ha hecho volver tanto dinero como es necesario para restablecer el equilibrio». La continuación de las contradicciones de Overstone, más adelante.

[^k17-10]: Aquí aparece ahora la confusión de que ambas cosas son «dinero»: el depósito como derecho a un pago por parte del banquero, y el dinero depositado en manos del banquero. El banquero Twells, ante la comisión bancaria de 1857, pone el siguiente ejemplo: «Comienzo mi negocio con 10.000 £. Con 5.000 £ compro mercancías y las meto en mi almacén. Las otras 5.000 £ las deposito en casa de un banquero para girar contra ellas según mis necesidades. Pero sigo considerando el todo como mi capital, aunque 5.000 £ de él se encuentren en forma de depósito o de dinero». (4528.) De ahí surge el siguiente bonito debate: 4531. «¿Así pues, ha dado usted sus 5.000 £ en billetes de banco a otra persona? — Sí». 4532. «¿Entonces esta tiene 5.000 £ de depósitos? — Sí». 4533. «¿Y usted tiene 5.000 £ de depósitos? — Exactamente». 4534. «¿Él tiene 5.000 £ en dinero y usted tiene 5.000 £ en dinero? — Sí». 4535. «¿Pero, a fin de cuentas, no es más que dinero? — No». La confusión se debe en parte a lo siguiente: A, que ha depositado las 5.000 £, puede girar contra ellas, dispone de ellas tan bien como si todavía las tuviera. En esa medida funcionan para él como dinero potencial. Pero en todos los casos en que gira contra ellas, destruye pro tanto su depósito. Si retira dinero real y su dinero ya ha sido prestado a otro, no se le paga con su propio dinero, sino con dinero depositado por otro. Si paga una deuda a B con un cheque contra su banquero, y B deposita este cheque en casa de su banquero, y el banquero de A tiene a su vez un cheque contra el banquero de B, de modo que los dos banqueros no hacen más que intercambiar los cheques, el dinero depositado por A ha desempeñado dos veces la función de dinero: primero, en manos de quien ha recibido el dinero depositado por A; segundo, en manos del propio A. En la segunda función es compensación de créditos (el crédito de A contra su banquero y el crédito de este último contra el banquero de B) sin intervención de dinero. Aquí el depósito actúa dos veces como dinero, a saber, como dinero real y luego como derecho sobre dinero. Los meros derechos sobre dinero solo pueden ocupar el lugar del dinero mediante la compensación de créditos.

[^k17-t6]: (Nota de la traducción.) En inglés en el original: especuladores de bolsa, intermediarios que compran y venden títulos por cuenta propia.

[^k17-t7]: (Nota de la traducción.) En inglés en el original: «todos los títulos convertibles de carácter corriente».

[^k17-t8]: (Nota de la traducción.) James Morris, según indica la MEW.

[^k17-t10]: (Nota de la traducción.) Wechselwirtschaft: juego de palabras; el término designa en alemán la rotación de cultivos, pero aquí se refiere al giro de letras de cambio (Wechsel) unas sobre otras.

[^k17-t11]: (Nota de la traducción.) Fair Orleans: calidad de algodón de Nueva Orleans; secunda mule twist: hilo de segunda calidad hilado en la mule; el n.º 40 indica la finura del hilo.

[^k18-11]: Número medio de días durante los cuales un billete de banco permanecía en circulación:
| Año | 5 £ | 10 £ | 20-100 £ | 200-500 £ | 1.000 £ |
|---|---|---|---|---|---|
| 1792 | ? | 236 | 209 | 31 | 22 |
| 1818 | 148 | 237 | 121 | 18 | 13 |
| 1846 | 79 | 71 | 34 | 12 | 8 |
| 1856 | 70 | 58 | 27 | 9 | 7 |
(Cuadro elaborado por el cajero del B. de I., Marshall, en el *Report on Bank Acts*, 1857, II, Appendix, p. 300, 301.)

[^k18-t3]: (Nota de la traducción.) «Los escoceses odian el oro.»

[^k18-t4]: (Nota de la traducción.) Kirchturmrennen («carrera de campanarios») calca el inglés steeple-chase, carrera de obstáculos.

[^k18-t6]: (Nota de la traducción.) Public deposits: depósitos públicos, es decir, los fondos del Estado depositados en el Banco.

[^k18-t7]: (Nota de la traducción.) Thomas Attwood (1783-1856), banquero de Birmingham, cabeza de la llamada escuela de Birmingham, partidaria del papel moneda inconvertible.

[^k18-t8]: (Nota de la traducción.) La casa Overend, Gurney and Co., que suspendió pagos el 10 de mayo de 1866.

[^k18-t9]: (Nota de la traducción.) Heine, «Disputación» (*Romancero*, 1851). El Tausves Jontof (*Tosafot Yom Tov*) es un comentario rabínico de la Mishná.

[^k18-12]: En la junta general de accionistas de la Union Bank of London del 17 de enero de 1894, el presidente, señor Ritchie, cuenta que el B. de I. elevó en 1893 el descuento del 2½% (julio) al 3 y al 4 % en agosto, y, como a pesar de ello perdió en cuatro semanas 4½ millones de £ en oro, lo elevó al 5 %, tras lo cual el oro refluyó y el tipo bancario se rebajó en septiembre al 4 y en octubre al 3 %. Pero este tipo bancario no habría sido reconocido en el mercado. «Cuando el tipo bancario era del 5 %, el tipo de mercado era del 3½% y el tipo para el dinero del 2½%; cuando el tipo bancario bajó al 4 %, el tipo de descuento era del 2½% y el tipo del dinero del 1¾%; cuando el tipo bancario era del 3 %, el tipo de descuento era del 1½% y el tipo del dinero algo más bajo» (*Daily News*, 18 de enero de 1894). — F. E.

[^k18-t10]: (Nota de la traducción.) Las partidas de estos dos cuadros van en inglés en el original: Bonuses and increased dividends; New stock divided among proprietors; Increased value of capital; Summa. Dividends as by returns due 1821; Declared Bonus; Increased assets; Increased value of capital; Summa.

[^k18-t11]: (Nota de la traducción.) Stock-jobbers: agiotistas de bolsa.

[^k19-13]: Marx, *Contribución a la crítica de la economía política*, Berlín, 1859, pp. 150 y ss.

[^k19-t4]: (Nota de la traducción.) Los little shilling men («hombres del chelín pequeño»): la escuela de Birmingham, los partidarios de Thomas Attwood, que querían llamar chelín a una cantidad de oro menor que la fijada por la antigua ley de la moneda; véase la *Contribución a la crítica de la economía política* (1859).

[^k20-14]: Cómo influyó esto en el mercado de dinero lo muestran las siguientes declaraciones de W. Newmarch: 1509. «Hacia finales de 1853 hubo considerables temores en el público; en septiembre el Banco de Inglaterra elevó su descuento tres veces seguidas... en los primeros días de octubre... se manifestó un grado considerable de inquietud y de alarma en el público. Estos temores y esta intranquilidad se disiparon en su mayor parte antes de finales de noviembre, y quedaron casi completamente eliminados por la llegada de 5 millones de metal precioso de Australia. Lo mismo se repitió en el otoño de 1854 con la llegada, en octubre y noviembre, de casi 6 millones de metal precioso. Lo mismo se repitió en el otoño de 1855, como es sabido una época de agitación e intranquilidad, con la llegada de unos 8 millones de metal precioso durante los meses de septiembre, octubre y noviembre. A finales de 1856 encontramos que sucede lo mismo. En suma, podría muy bien apelar a la experiencia de casi todos los miembros de la comisión para preguntar si no nos hemos acostumbrado ya a ver, ante cualquier estrechez financiera, el remedio natural y completo en la llegada de un barco cargado de oro.»

[^k20-t2]: (Nota de la traducción.) «Comisión secreta de la Cámara de los Lores sobre la crisis comercial de 1848».

[^k20-15]: Según Newmarch, la salida de oro al extranjero puede deberse a tres clases de causas, a saber: 1) a causas puramente comerciales, es decir, cuando la importación ha sido mayor que la exportación, como entre 1836 y 1844, y de nuevo en 1847, principalmente por una fuerte importación de trigo; 2) a la necesidad de procurar los medios para invertir capital inglés en el extranjero, como en 1857 para ferrocarriles en la India; y 3) a un gasto definitivo en el extranjero, como en 1853 y 1854 para fines bélicos en Oriente.

[^k20-16]: 1918. Newmarch: «Si toma usted juntas la India y China, si tiene en cuenta las transacciones entre la India y Australia y las transacciones, todavía más importantes, entre China y los Estados Unidos —y en estos casos el negocio es triangular y la compensación se efectúa por nuestra mediación...—, entonces es cierto que la balanza comercial no solo era contraria a Inglaterra, sino también a Francia y a los Estados Unidos.» (B. A. 1857.)

[^k20-17]: Véase, por ejemplo, la ridícula respuesta de Weguelin, en la que dice que 5 millones de oro salido son otro tanto menos de capital, y con ello quiere explicar fenómenos que no se producen con subidas de precios o desvalorizaciones, expansiones y contracciones infinitamente mayores del capital industrial real. Por otra parte, no es menos ridículo el intento de explicar estos fenómenos directamente como síntomas de una expansión o contracción de la masa del capital real (considerado en sus elementos materiales).

[^k20-18]: Newmarch (B. A. 1857): 1364. «La reserva metálica del Banco de Inglaterra es en realidad... la reserva central o el tesoro metálico central sobre cuya base se llevan todos los negocios del país. Es, por así decir, el eje en torno al cual han de girar todos los negocios del país; todos los demás bancos del país consideran al Banco de Inglaterra como el tesoro central o el depósito del que han de sacar su reserva de moneda metálica; y el efecto de los tipos de cambio exteriores recae siempre precisamente sobre este tesoro y este depósito.»

[^k20-19]: «En la práctica, pues, ambos, Tooke y Loyd, harían frente a una demanda excesiva de oro mediante una restricción temprana de los créditos por medio de la elevación del tipo de interés y la disminución de los adelantos de capital. Solo que Loyd, con su ilusión, provoca restricciones y prescripciones {legales} molestas e incluso peligrosas.» (*Economist*, 1847, p. 1418.)

[^k20-20]: «¿Está usted completamente de acuerdo en que no hay otro camino para modificar la demanda de oro que la elevación del tipo de interés?» — Chapman {socio de la gran firma de corredores de letras Overend, Gurney & Co.}: «Esa es mi opinión. Cuando nuestro oro baja hasta un cierto punto, lo mejor que podemos hacer es tocar enseguida a rebato y decir: estamos en declive, y quien envíe oro al extranjero tiene que hacerlo por su cuenta y riesgo.» — B. A. 1857, Evid. n.º 5057.

[^k20-t3]: (Nota de la traducción.) Página de la segunda parte del libro tercero en la primera edición (Hamburgo, 1894), según la MEGA II/15; la copia de la MEW de que traducimos dice «S. 311». Remite al informe citado en el capítulo 30 de esta traducción.

[^k20-t4]: (Nota de la traducción.) Los cambios se dan, como en el original, por la cantidad de moneda extranjera que se obtiene por 1 £ (véase más abajo la par del tipo de cambio): en francos y céntimos sobre París; en marcos banco y chelines sobre Hamburgo, etc. Se conserva el punto del original para separar las unidades.

[^k21-t1]: (Nota de la traducción.) El eques romano, miembro del orden ecuestre.

[^k21-t2]: (Nota de la traducción.) Según Epicuro, los dioses viven en los intermundia, los espacios vacíos entre los mundos, sin intervenir en el curso de estos.

[^k21-t3]: (Nota de la traducción.) En francés en el original: fermiers généraux = arrendadores generales (de impuestos); receveurs généraux = recaudadores generales.

[^k21-21]: «Es a consecuencia de los frecuentes empeños y desempeños en el mismo mes, y del empeño de un artículo para sacar otro y obtener con ello una pequeña diferencia en dinero, por lo que el interés de las casas de empeño se vuelve tan excesivo. En Londres hay 240 prestamistas sobre prendas con licencia, y en provincias unos 450. El capital empleado se estima en aproximadamente 1 millón. Rota al menos tres veces al año, y cada vez, por término medio, al 33½ %, de modo que las clases bajas de Inglaterra pagan al año el 100 % por el adelanto temporal de un millón, sin contar la pérdida por los artículos empeñados cuyo plazo de rescate ha vencido.» (J. D. Tuckett, *A History of the Past and Present State of the Labouring Population*, Londres, 1846, I, p. 114.)

[^k21-22]: Incluso en los títulos de sus obras daban como fin principal «el bienestar general de los propietarios de tierras, el gran aumento del valor de la propiedad territorial, la exención de impuestos para la nobleza y la gentry, etc., el aumento de sus ingresos anuales, etc.». Solo saldrían perdiendo los usureros, esos peores enemigos de la nación, que habían hecho a la nobleza y a la yeomanry más daño del que habría podido hacerles un ejército invasor venido de Francia.

[^k21-23]: «Carlos II de Inglaterra, por ejemplo, todavía tenía que pagar a “los orfebres”» (los precursores de los banqueros) «enormes intereses usurarios y agios, del 20 al 30 %. Un negocio tan lucrativo movió a “los orfebres” a hacer cada vez más adelantos al rey, a anticipar la totalidad de los ingresos fiscales, a tomar en prenda cada concesión parlamentaria de fondos en cuanto se hacía, y también a competir entre sí en la compra y la toma en prenda de bills, orders y tallies [(Nota de la traducción.) letras de cambio, órdenes de pago y tarjas], de modo que en realidad todos los ingresos del Estado pasaban por sus manos.» (John Francis, *History of the Bank of England*, Londres, 1848, I, pp. 30, 31.) «La fundación de un banco se había propuesto ya antes algunas veces. Al final se había vuelto necesaria.» (l. c., p. 38.) «El banco era necesario ya solo para el gobierno, expoliado por los usureros, a fin de obtener dinero a un tipo de interés soportable sobre la garantía de las concesiones parlamentarias.» (l. c., pp. 59, 60.)

[^k21-t4]: (Nota de la traducción.) Sir Josiah Child (1630-1699), comerciante, banquero y economista mercantilista inglés, autor de *Brief Observations concerning Trade and Interest of Money* (1668), donde defendía la reducción legal del tipo de interés.

[^k21-t5]: (Nota de la traducción.) Moses and Son, gran casa de ropa confeccionada de Londres, famosa por su publicidad.

[^k21-t7]: (Nota de la traducción.) En francés en el original: cultivateur = cultivador; travailleur = trabajador. Más abajo, travailleur par excellence = trabajador por excelencia; capitaliste industriel = capitalista industrial.

[^k21-t8]: (Nota de la traducción.) Cita en francés en el original; se traduce del francés.

[^k21-24]: Al reelaborar el manuscrito, Marx habría modificado sin duda este pasaje considerablemente. Está inspirado por el papel de los ex saintsimonianos bajo el Segundo Imperio en Francia, donde precisamente cuando Marx escribía lo anterior las fantasías crediticias redentoras del mundo propias de la escuela se realizaban, por obra de la ironía histórica, como especulación fraudulenta en una potencia hasta entonces inaudita. Más tarde Marx solo habló con admiración del genio y de la cabeza enciclopédica de Saint-Simon. Si este, en sus escritos anteriores, ignoró la oposición entre la burguesía y el proletariado que en Francia apenas empezaba a surgir, si contó entre los travailleurs a la parte de la burguesía activa en la producción, ello corresponde a la concepción de Fourier, que quería reconciliar el capital y el trabajo, y se explica por la situación económica y política de la Francia de entonces. Si Owen vio aquí más lejos, fue porque vivía en otro entorno, en plena revolución industrial y en medio de una oposición de clases que ya se exacerbaba. — F. E.

[^k21-25]: Karl Marx, *Misère de la Philosophie*, Bruselas y París, 1847. — Karl Marx, *Kritik der Polit. Oekonomie*, p. 64.

[^k21-t9]: (Nota de la traducción.) En francés en el original: crédito gratuito.

[^k21-t10]: (Nota de la traducción.) En francés en el original: sistema general de bancos.

[^k21-t11]: (Nota de la traducción.) An die Pfarrherrn wider den Wucher zu predigen = «A los párrocos, para que prediquen contra la usura» (Lutero, 1540). La 1.ª edición (1894) atribuía el pasaje a los *Bücher vom Kaufhandel und Wucher* («Libros sobre el comercio y la usura», 1524); se sigue la lectura de la MEW.

[^k21-t12]: (Nota de la traducción.) En latín en el original: corporaciones piadosas.
