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Title: El problema campesino en Francia y Alemania (1894)
Description: El último gran escrito de Engels sobre la cuestión agraria: frente a las concesiones de los socialistas franceses en Nantes y de Vollmar en Alemania, sostiene que el partido obrero no puede prometer al pequeño campesino la conservación de su parcela, sino solo ayudarle a pasar, sin coacción, a la explotación cooperativa, y que su campo de batalla decisivo está entre los jornaleros de los Junker prusianos.
Author: Friedrich Engels
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1894%20El%20problema%20campesino%20en%20Francia%20y%20Alemania
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*Escrito por Friedrich Engels en Londres entre el 15 y el 22 de noviembre de 1894. Publicado por primera vez en* Die Neue Zeit *(Stuttgart), año XIII, tomo I, núm. 10, 1894-1895. Traducido de la edición de Karl Marx/Friedrich Engels, Werke, tomo 22, Berlín, 1963, pp. 483-505, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. [Texto original en alemán](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/originales/1894%20Die%20Bauernfrage%20in%20Frankreich%20und%20Deutschland).*

## I

La población rural a la que podemos dirigirnos consta de elementos muy distintos, que a su vez varían mucho de una región a otra.

En el oeste de Alemania, como en Francia y en Bélgica, predomina el pequeño cultivo de los pequeños campesinos parcelarios, que en su mayoría son propietarios y en su minoría arrendatarios de sus tierras.

En el noroeste —Baja Sajonia y Schleswig-Holstein— hay sobre todo campesinos grandes y medianos, que no pueden arreglárselas sin criados y criadas, y ni siquiera sin jornaleros. Lo mismo ocurre en una parte de Baviera.

En la Prusia al este del Elba y en Mecklemburgo tenemos la región de la gran propiedad de la tierra y del gran cultivo, con criados de labranza, *Instleute*[^1] y jornaleros, y entre ellos pequeños y medianos campesinos en una proporción relativamente débil y en continuo descenso.

En Alemania central se encuentran todas estas formas de explotación y de propiedad mezcladas en distintas proporciones según la localidad, sin que ninguna predomine claramente en una superficie extensa.

Hay además regiones de diversa extensión en las que la tierra de labor, propia o arrendada, no basta para alimentar a la familia, sino que solo sirve de base para el ejercicio de una industria doméstica, a la que asegura los salarios bajos, de otro modo incomprensibles, que procuran a sus productos una salida constante frente a toda competencia extranjera.

¿Cuáles de estas subdivisiones de la población rural pueden ganarse para el partido socialdemócrata? Examinamos esta cuestión, por supuesto, solo a grandes rasgos; tomamos únicamente las formas bien definidas; nos falta espacio para tener en cuenta los grados intermedios y las poblaciones rurales mixtas.

Empecemos por el pequeño campesino. No solo es, para Europa occidental en general, el más importante de todos los campesinos, sino que nos ofrece además el caso crítico para toda la cuestión. Si tenemos clara nuestra posición ante el pequeño campesino, tendremos todos los puntos de apoyo para determinar nuestra actitud ante los demás componentes de la población del campo.

Por pequeño campesino entendemos aquí al propietario o arrendatario —sobre todo al primero— de un trocito de tierra no mayor del que, por regla general, puede cultivar con su propia familia, ni menor del que alimenta a la familia. Este pequeño campesino, como el pequeño artesano, es por tanto un trabajador que se distingue del proletario moderno por estar todavía en posesión de sus medios de trabajo; es, pues, un resto de un modo de producción pasado. De su antepasado, el campesino siervo de la gleba, el vasallo o, muy excepcionalmente, el campesino libre pero sujeto a censos y prestaciones personales, se distingue de tres maneras. En primer lugar, en que la Revolución francesa lo liberó de las cargas y servicios feudales que debía al señor y, en la mayoría de los casos, al menos en la orilla izquierda del Rin,[^2] le entregó su finca en plena propiedad. En segundo lugar, en que ha perdido la protección de la comunidad autónoma de la marca y la participación en ella, y con ello su parte en los aprovechamientos de la antigua marca común.[^3] La marca común se la escamotearon, en parte, los antiguos señores feudales y, en parte, una legislación ilustrada, burocrática y de derecho romano, y con ello se le quitó al pequeño campesino moderno la posibilidad de alimentar a su ganado de labor sin comprar forraje. Ahora bien, en lo económico, la pérdida de los aprovechamientos de la marca compensa con creces la supresión de las cargas feudales; el número de campesinos que no pueden mantener ganado de labor propio crece sin cesar. En tercer lugar, el campesino de hoy se distingue por haber perdido la mitad de su antigua actividad productiva. Antes producía con su familia, a partir de materias primas que él mismo obtenía, la mayor parte de los productos industriales que necesitaba; lo demás se lo procuraban vecinos del pueblo que practicaban un oficio además de la labranza y a los que en general se pagaba en especie o con servicios recíprocos. La familia, y más aún el pueblo, se bastaba a sí misma, producía casi todo lo que necesitaba. Era una economía natural casi pura; el dinero apenas hacía falta. La producción capitalista acabó con todo eso por medio de la economía monetaria y de la gran industria. Y si el aprovechamiento de la marca era una de las condiciones fundamentales de su existencia, la industria accesoria era la otra. Así, el campesino se hunde cada vez más. Los impuestos, las malas cosechas, los repartos de herencias y los pleitos empujan a un campesino tras otro a manos del usurero; el endeudamiento se generaliza cada vez más y es cada vez más profundo para cada uno; en una palabra, nuestro pequeño campesino, como todo resto de un modo de producción pasado, está irremediablemente condenado a la ruina. Es un futuro proletario.

Como tal, debería prestar oídos a la propaganda socialista. Pero por ahora se lo impide todavía su arraigado sentido de la propiedad. Cuanto más dura se le hace la lucha por su amenazado jirón de tierra, con tanta más desesperación se aferra a él y tanto más ve en el socialdemócrata que habla de transferir la propiedad de la tierra a la colectividad un enemigo tan peligroso como el usurero y el abogado. ¿Cómo ha de vencer la socialdemocracia este prejuicio? ¿Qué puede ofrecer al pequeño campesino que se hunde sin traicionarse a sí misma?

Aquí encontramos un punto de apoyo práctico en el programa agrario de los socialistas franceses de tendencia marxista, tanto más digno de atención cuanto que procede del país clásico de la pequeña explotación campesina.

En el congreso de Marsella de 1892 se aprobó el primer programa agrario del partido.[^4] Para los *obreros* rurales sin propiedad (es decir, jornaleros y criados de labranza) pide: salario mínimo, fijado por los sindicatos y los concejos municipales; tribunales laborales rurales, compuestos por obreros en la mitad de sus miembros;[^5] prohibición de vender las tierras comunales y arriendo de las fincas del Estado a los municipios, que deberán alquilar todas esas tierras, propias o arrendadas, a asociaciones de familias de jornaleros sin tierra para su cultivo en común, con prohibición de emplear asalariados y bajo el control del municipio; pensiones de vejez e invalidez, costeadas con un impuesto especial sobre la gran propiedad de la tierra.

Para los *pequeños campesinos*, entre los que aquí se tiene especialmente en cuenta a los arrendatarios, se pide: adquisición de maquinaria agrícola por el municipio, para alquilarla a los campesinos a precio de coste; formación de cooperativas campesinas para la compra de abono, tubos de drenaje, simiente, etc., y para la venta de los productos; supresión del impuesto sobre las transmisiones de bienes inmuebles cuando el valor no pase de 5.000 francos; comisiones de arbitraje según el modelo irlandés[^6] para rebajar los arrendamientos excesivos y para indemnizar a los arrendatarios y aparceros (*métayers*) salientes por el aumento de valor de la finca que hayan conseguido; abolición del artículo 2102 del Código Civil, que da al propietario de la tierra un derecho de prenda sobre la cosecha,[^7] y abolición del derecho de los acreedores a embargar la cosecha en pie; fijación de una dotación inembargable de aperos, cosecha, simiente, abono y ganado de labor, en suma, de todo lo que es imprescindible al campesino para el ejercicio de su oficio; revisión del catastro general, anticuado desde hace mucho, y, mientras tanto, revisión local en cada municipio; por último, enseñanza agrícola complementaria gratuita y estaciones de ensayos agrícolas.

Como se ve, las reivindicaciones en interés de los campesinos —las que favorecen a los obreros no nos importan aquí por el momento— no van muy lejos. Una parte de ellas ya se ha llevado a cabo en otros lugares. Los tribunales de arbitraje para arrendatarios invocan expresamente el ejemplo irlandés. Las cooperativas campesinas existen ya en las provincias renanas. La revisión del catastro es en toda Europa occidental un piadoso deseo permanente de todos los liberales e incluso de los burócratas. También los demás puntos podrían llevarse a la práctica sin causar un daño esencial al orden capitalista existente. Esto, simplemente, para caracterizar el programa; no hay en ello reproche alguno, al contrario.

Con este programa el partido hizo tan buenos negocios entre los campesinos de las más diversas regiones de Francia que —ya se sabe que el apetito viene comiendo— se sintió impulsado a adaptarlo todavía más al gusto de los campesinos. Se notaba, ciertamente, que se pisaba terreno peligroso. ¿Cómo se podía ayudar al campesino, no al campesino como futuro proletario, sino como campesino propietario actual, sin vulnerar los principios fundamentales del programa socialista general? Para salir al paso de esta objeción, se introdujeron las nuevas propuestas prácticas con una fundamentación teórica que trata de demostrar que está en el principio del socialismo proteger la propiedad del pequeño campesino contra la ruina a que la condena el modo de producción capitalista, aunque se comprende perfectamente que esa ruina es inevitable. Examinemos ahora más de cerca esta fundamentación, así como las propias reivindicaciones, que se aprobaron en septiembre de este año en el congreso de Nantes.[^8]

La fundamentación empieza así:

> «Considerando que, según los términos del programa general del partido, los productores solo pueden ser libres en la medida en que estén en posesión de los medios de producción;

> considerando que, si bien en el terreno de la industria estos medios de producción están ya centralizados de forma capitalista hasta el punto de que solo pueden devolverse a los productores en forma colectiva o social, no ocurre en absoluto lo mismo, al menos en la Francia de hoy, en el terreno de la agricultura, donde el medio de producción, a saber, la tierra, se encuentra todavía en muchísimos lugares como posesión individual en manos de los productores individuales;

> considerando que, aunque este estado de cosas caracterizado por la propiedad parcelaria está irremediablemente condenado a desaparecer (*est fatalement appelé à disparaître*), el socialismo no debe sin embargo acelerar esa desaparición, puesto que su tarea no consiste en separar la propiedad del trabajo, sino, por el contrario, en reunir en las mismas manos estos dos factores de toda producción, factores cuya separación tiene por consecuencia la servidumbre y la miseria de los trabajadores reducidos a proletarios;

> considerando que, si por una parte es deber del socialismo devolver a los proletarios agrícolas la posesión —en forma colectiva o social— de los grandes dominios, tras expropiar a sus actuales propietarios ociosos, por otra parte es deber suyo no menos imperioso mantener a los campesinos que trabajan por sí mismos en la posesión de sus trocitos de tierra frente al fisco, la usura y las intrusiones de los nuevos grandes terratenientes;

> considerando que es conveniente extender esta protección a los productores que, con el nombre de arrendatarios o aparceros (*métayers*), cultivan tierras ajenas y que, si explotan a jornaleros, se ven en cierto modo obligados a ello por la explotación de que ellos mismos son objeto,

> el Partido Obrero —que, a diferencia de los anarquistas, no cuenta para transformar el orden social con el aumento y la extensión de la miseria, sino que espera la liberación del trabajo y de la sociedad en general únicamente de la organización y de los esfuerzos comunes de los trabajadores, tanto del campo como de las ciudades, de su toma del gobierno y de la legislación— ha adoptado el siguiente programa agrario, para reunir así a todos los elementos de la producción rural, a todas las actividades que, con distintos títulos jurídicos, explotan el suelo nacional, en una misma lucha contra el enemigo común: el feudalismo de la propiedad de la tierra».[^9]

Examinemos ahora un poco más de cerca estos «considerandos». En primer lugar, la tesis del programa francés según la cual la libertad de los productores presupone la posesión de los medios de producción debe completarse con las que la siguen inmediatamente, a saber, que la posesión de los medios de producción solo es posible en dos formas: o bien como posesión individual, forma que nunca ni en ninguna parte ha existido de modo general para los productores y que el progreso industrial hace cada día más imposible; o bien como posesión común, forma cuyas condiciones materiales e intelectuales ha creado ya el propio desarrollo de la sociedad capitalista; y que, por tanto, hay que conquistar la toma de posesión *colectiva* de los medios de producción con todos los medios de que dispone el proletariado.[^10]

La posesión común de los medios de producción se establece aquí, pues, como el único objetivo principal que hay que perseguir. No solo para la industria, donde el terreno ya está preparado, sino en general, y por tanto también para la agricultura. Según el programa, la posesión individual nunca ni en ninguna parte ha regido de modo general para todos los productores; precisamente por eso, y porque el progreso industrial la elimina de todos modos, el socialismo no tiene ningún interés en mantenerla, sino en eliminarla; pues allí donde existe, y en la medida en que existe, hace imposible la posesión común. Si se invoca el programa, que se invoque entero, y el programa modifica muy considerablemente la tesis citada en Nantes, al encuadrar la verdad histórica general que en ella se expresa en las únicas condiciones bajo las cuales puede seguir siendo hoy una verdad en Europa occidental y en América del Norte.

La posesión de los medios de producción por los productores individuales ya no confiere hoy a estos productores ninguna libertad real. El artesanado de las ciudades está ya arruinado; en grandes ciudades como Londres ha desaparecido incluso por completo, sustituido por la gran industria, el *sweating system*[^11] y míseros chapuceros que viven de la quiebra. El pequeño campesino que explota su tierra por cuenta propia ni está seguro en la posesión de su trocito de tierra ni es libre. Él, igual que su casa, su corral y sus pocos campos, pertenece al usurero; su existencia es más insegura que la del proletario, que al menos de vez en cuando vive días tranquilos, cosa que nunca le sucede al atormentado esclavo de las deudas. Suprimid el artículo 2102 del Código Civil, garantizad por ley al campesino una dotación inembargable de aperos, ganado, etc.; no podréis protegerlo de una situación apurada en la que tenga que vender «voluntariamente» su ganado, en la que tenga que entregarse en cuerpo y alma al usurero y se alegre de comprar un último plazo de gracia. Vuestro intento de proteger al pequeño campesino en su propiedad no protege su libertad, sino solo la forma particular de su servidumbre; prolonga una situación en la que no puede ni vivir ni morir; invocar aquí el primer párrafo de vuestro programa está, pues, completamente fuera de lugar.

La fundamentación dice que en la Francia de hoy el medio de producción, a saber, la tierra, se encuentra todavía en muchísimos lugares como posesión individual en manos de los productores individuales, y que la tarea del socialismo no es separar la propiedad del trabajo, sino, por el contrario, reunir estos dos factores de toda producción en las mismas manos. Como ya se ha indicado, esto último no es en modo alguno, con esa generalidad, la tarea del socialismo; su tarea es más bien solo la transferencia de los medios de producción a los productores como *posesión común*. En cuanto perdemos esto de vista, la tesis citada nos lleva directamente al error, a saber, a creer que el socialismo está llamado a convertir la actual propiedad aparente del pequeño campesino sobre sus campos en una propiedad real, es decir, a convertir al pequeño arrendatario en propietario y al propietario endeudado en propietario libre de deudas. Sin duda el socialismo tiene interés en que desaparezca esta falsa apariencia de la propiedad campesina; pero no de esta manera.

En todo caso, hemos llegado al punto en que la fundamentación puede declarar sin más que es deber del socialismo, y además deber imperioso,

> «mantener a los campesinos que trabajan por sí mismos en la posesión de sus trocitos de tierra frente al fisco, la usura y las intrusiones de los nuevos grandes terratenientes».

Con ello la fundamentación impone al socialismo el deber imperioso de llevar a cabo algo que en el párrafo anterior ha declarado imposible. Le encarga «mantener» la propiedad parcelaria de los campesinos, a pesar de que ella misma dice que esa propiedad está «irremediablemente condenada a desaparecer». El fisco, la usura y los nuevos grandes terratenientes, ¿qué son sino los instrumentos con los que la producción capitalista consuma esa desaparición inevitable? Con qué medios ha de proteger «el socialismo» al campesino contra esta trinidad, lo veremos más abajo.

Pero no solo hay que proteger en su propiedad al pequeño campesino. Es igualmente

> «conveniente extender esta protección a los productores que, con el nombre de arrendatarios o aparceros (*métayers*), cultivan tierras ajenas y que, si explotan a jornaleros, se ven en cierto modo obligados a ello por la explotación de que ellos mismos son objeto».

Aquí entramos ya en un terreno muy singular. El socialismo se dirige muy especialmente contra la explotación del trabajo asalariado. Y aquí se declara deber imperioso del socialismo proteger a los arrendatarios franceses cuando «*explotan* a jornaleros»; ¡así reza literalmente! Y eso porque se ven en cierto modo obligados a ello «por la explotación de que ellos mismos son objeto».

¡Qué fácil y qué agradable es deslizarse cuesta abajo, una vez que se está en el plano inclinado! Si ahora viene el campesino grande y mediano de Alemania y pide a los socialistas franceses que intercedan ante la dirección del partido alemán para que la socialdemocracia alemana lo proteja en la explotación de sus criados y criadas, y alega para ello «la explotación de que él mismo es objeto» por parte de usureros, recaudadores de impuestos, especuladores de granos y tratantes de ganado, ¿qué le contestarán? ¿Y quién les garantiza que nuestros grandes propietarios agrarios no les manden también al conde Kanitz[^12] (que, por cierto, ha presentado una moción de nacionalización de las importaciones de grano parecida a la suya)[^13] para pedir igualmente protección socialista para su explotación de los obreros agrícolas, alegando «la explotación de que ellos mismos son objeto» por parte de la Bolsa y de los usureros del dinero y del grano?

Digamos ya aquí que nuestros amigos franceses no tienen ni de lejos tan mala intención como parece. El párrafo citado solo pretende abarcar un caso muy especial, a saber, este: en el norte de Francia, como en nuestras regiones remolacheras, se arrienda tierra a los campesinos con la obligación de cultivar remolacha en condiciones extremadamente onerosas; tienen que vender la remolacha a una fábrica determinada al precio que esta fija, tienen que comprar una simiente determinada, emplear una cantidad fijada de un abono prescrito, y encima, a la entrega, se les estafa vergonzosamente. Todo eso lo conocemos también en Alemania. Pero si se quería tomar bajo protección a esta clase de campesinos, había que decirlo directa y expresamente. Tal como está redactada la frase, en su ilimitada generalidad, es una violación directa no solo del programa francés, sino del principio fundamental del socialismo en general, y sus autores no podrán quejarse si esta redacción descuidada es explotada contra su intención desde los más diversos lados.

Igual de susceptibles de malinterpretarse son las palabras finales de la fundamentación, según las cuales el partido obrero socialista tiene la tarea de

> «reunir a todos los elementos de la producción rural, a todas las actividades que, con distintos títulos jurídicos, explotan el suelo nacional, en una misma lucha contra el enemigo común: el feudalismo de la propiedad de la tierra».

Niego rotundamente que el partido obrero socialista de ningún país tenga la tarea de acoger en su seno, además de a los proletarios rurales y a los pequeños campesinos, también a los campesinos medianos y grandes, o incluso a los arrendatarios de grandes fincas, a los ganaderos capitalistas y a los demás explotadores capitalistas del suelo nacional. A todos ellos el feudalismo de la propiedad de la tierra puede parecerles un enemigo común. En ciertas cuestiones podremos ir con ellos, y luchar durante algún tiempo a su lado por fines determinados. Pero en nuestro partido podemos admitir individuos de cualquier clase social, pero en modo alguno grupos de intereses capitalistas, de la burguesía media o del campesinado medio. Tampoco aquí la intención es tan mala como parece; sus autores, evidentemente, no pensaron en nada de eso; pero por desgracia se les ha ido la mano con el afán de generalizar, y no deben extrañarse si se les toma la palabra.

Tras la fundamentación vienen las adiciones al programa propiamente dicho, recién aprobadas. Delatan el mismo descuido de redacción que aquella.

El artículo según el cual los municipios deben adquirir maquinaria agrícola y alquilarla a los campesinos a precio de coste se modifica en el sentido de que los municipios, en primer lugar, reciban subvenciones del Estado con ese fin y, en segundo lugar, pongan las máquinas gratuitamente a disposición de los pequeños campesinos. Esta nueva concesión no ayudará seguramente a medrar gran cosa a los pequeños campesinos, cuyos campos y modo de explotación apenas admiten el uso de máquinas.

Además:

> «Sustitución de todos los impuestos indirectos y directos existentes por un único impuesto progresivo sobre todas las rentas de más de 3.000 francos».

Una reivindicación parecida figura desde hace años en casi todos los programas socialdemócratas. Pero que se plantee especialmente en interés de los pequeños campesinos es nuevo y solo demuestra lo poco que se ha calculado su alcance. Tomemos Inglaterra. Allí el presupuesto del Estado asciende a 90 millones de libras esterlinas. De ellos, el impuesto sobre la renta aporta de 13½ a 14 millones; los 76 millones restantes se obtienen en una parte menor gravando operaciones (correos, telégrafos, timbre), pero en su mayor parte, con mucho, mediante cargas sobre el consumo de masas, mediante continuas sisas, en cantidades pequeñas e imperceptibles que suman muchos millones, sobre la renta de todos los habitantes, y sobre todo de los más pobres. Y en la sociedad actual apenas es posible cubrir de otra manera los gastos del Estado. Supongamos que en Inglaterra se cargasen los 90 millones enteros, en forma de impuesto directo progresivo, sobre las rentas de 120 libras esterlinas = 3.000 francos o más. La acumulación media anual, el aumento anual de toda la riqueza nacional, fue en 1865-1875, según Giffen,[^14] de 240 millones de libras esterlinas. Supongamos que ahora sea de 300 millones anuales; una carga fiscal de 90 millones devoraría casi un tercio de toda la acumulación. Dicho de otro modo, ningún gobierno puede emprender algo así salvo un gobierno socialista; cuando los socialistas estén en el poder, tendrán que llevar a cabo cosas junto a las cuales esa reforma fiscal solo figurará como un pago a cuenta momentáneo y sin ninguna importancia, y con las que se abrirán a los pequeños campesinos perspectivas muy distintas.

Parece que también se comprende que los campesinos tendrían que esperar bastante esta reforma fiscal, y por eso se les promete «entretanto» (*en attendant*):

> «Supresión del impuesto territorial para todos los campesinos que trabajan por sí mismos y reducción de este impuesto para todas las fincas gravadas con hipotecas».

La segunda mitad de esta reivindicación solo puede referirse a fincas campesinas mayores de las que puede explotar la propia familia; es, pues, de nuevo un favor a los campesinos que «explotan a jornaleros».

Además:

> «Libertad de caza y de pesca sin otras limitaciones que las que exijan la conservación de la caza y de la pesca y la protección de los cultivos en pie».

Suena muy popular, pero la segunda parte anula la primera. ¿Cuántas liebres, perdices, lucios y carpas tocan hoy ya a cada familia campesina en todo el término del pueblo? ¿Acaso más de lo que permitiría conceder a cada campesino un día de caza y un día de pesca al año?

> «Reducción del tipo de interés legal y convencional» —

es decir, nuevas leyes contra la usura, nuevo intento de aplicar una medida de policía que desde hace dos mil años ha fracasado siempre y en todas partes. Cuando el pequeño campesino se ve en una situación en la que ir al usurero es para él el mal menor, el usurero siempre encuentra los medios de chuparle la sangre sin incurrir en la ley contra la usura. Esta medida podría servir a lo sumo para tranquilizar al pequeño campesino, pero no le reporta ninguna ventaja; al contrario, le dificulta el crédito justamente cuando más lo necesita.

> «Asistencia médica gratuita y suministro de medicamentos a precio de coste» —

esto, en todo caso, no es una medida especial de protección del campesino; el programa alemán va más lejos y pide también medicamentos gratuitos.[^15]

> «Indemnización a las familias de los reservistas llamados a filas durante el servicio» —

existe ya, aunque en forma sumamente insuficiente, en Alemania y en Austria, y tampoco es una reivindicación especialmente campesina.

> «Rebaja de las tarifas de transporte para abonos, maquinaria agrícola y productos agrícolas» —

se ha llevado a cabo en lo esencial en Alemania, y precisamente, sobre todo, en interés de los grandes propietarios de tierras.

> «Inicio inmediato de los trabajos preparatorios de un plan de obras públicas para la mejora del suelo y el desarrollo de la producción agrícola» —

lo deja todo en el vasto terreno de la indeterminación y de las bellas promesas, y redunda también, sobre todo, en interés de la gran propiedad de la tierra. En resumen, después de todo el formidable impulso teórico de la fundamentación, las propuestas prácticas del nuevo programa agrario nos aclaran todavía menos cómo piensa arreglárselas el Partido Obrero francés para mantener a los pequeños campesinos en la posesión de una propiedad parcelaria que, según sus propias palabras, está irremediablemente condenada a desaparecer.

## II

En un punto nuestros camaradas franceses tienen toda la razón: en Francia no es posible ninguna transformación duradera contra el pequeño campesino. Solo que me parece que, para llegar hasta el campesino, no han aplicado la palanca en el punto adecuado.

Al parecer, se proponen ganarse al pequeño campesino de hoy para mañana, a ser posible ya para las próximas elecciones generales. Eso solo pueden esperar conseguirlo mediante promesas generales muy arriesgadas, para cuya defensa se ven obligados a lanzar consideraciones teóricas todavía mucho más arriesgadas. Si luego se mira más de cerca, se descubre que las promesas generales se contradicen a sí mismas (promesa de mantener un estado de cosas que uno mismo declara irremediablemente condenado a desaparecer) y que las medidas concretas o bien son completamente ineficaces (leyes contra la usura), o bien son reivindicaciones obreras generales, o bien favorecen también a la gran propiedad de la tierra, o bien, por último, tienen un alcance nada considerable en interés del pequeño campesino; de modo que la parte directamente práctica del programa corrige por sí sola el primer impulso fallido y reduce las grandes palabras de la fundamentación, de aspecto peligroso, a una medida de hecho inofensiva.

Digámoslo sin rodeos: con los prejuicios que nacen de toda su situación económica, de su educación y de su modo de vida aislado, y que alimentan la prensa burguesa y los grandes propietarios de tierras, solo podemos ganarnos de hoy para mañana a la masa de los pequeños campesinos prometiéndoles algo que nosotros mismos sabemos que no podremos cumplir. Tendríamos que prometerles, en efecto, no solo proteger su propiedad en todas las circunstancias contra todas las potencias económicas que la asaltan, sino también liberarla de las cargas que ya hoy la oprimen: convertir al arrendatario en propietario libre, pagar sus deudas al propietario que sucumbe bajo la hipoteca. Si pudiéramos hacerlo, volveríamos al punto de partida desde el cual el estado de cosas actual vuelve a desarrollarse necesariamente. No habríamos liberado al campesino; le habríamos procurado un plazo de gracia.

Pero no nos interesa ganarnos al campesino de hoy para mañana, para que, si no podemos cumplir la promesa, nos abandone de mañana para pasado mañana. Al campesino que nos pida que le eternicemos su propiedad parcelaria no podemos tenerlo como compañero de partido, como tampoco al pequeño maestro artesano que quiere eternizarse como maestro. El sitio de esa gente está con los antisemitas.[^16] Que se vayan con ellos y que se dejen prometer por ellos la salvación de su pequeña explotación; cuando hayan visto allí lo que hay detrás de esas frases deslumbrantes y qué melodías tocan los violines de que está lleno el cielo antisemita,[^17] comprenderán en medida cada vez mayor que nosotros, que prometemos menos y buscamos la salvación en una dirección completamente distinta, somos a pesar de todo la gente más de fiar. Si los franceses tuvieran, como nosotros, una ruidosa demagogia antisemita, difícilmente habrían cometido el error de Nantes.

¿Cuál es, pues, nuestra posición ante el pequeño campesinado? ¿Y cómo tendremos que proceder con él el día en que caiga en nuestras manos el poder del Estado?

En primer lugar, la tesis del programa francés es absolutamente justa: prevemos la ruina inevitable del pequeño campesino, pero en modo alguno nos corresponde acelerarla con intervenciones por nuestra parte.

Y en segundo lugar, es igual de evidente que, cuando estemos en posesión del poder del Estado, no podremos pensar en expropiar por la fuerza a los pequeños campesinos (con o sin indemnización, da igual), como nos veremos obligados a hacer con los grandes propietarios de tierras. Nuestra tarea respecto del pequeño campesino consiste, ante todo, en encauzar su explotación y su propiedad privadas hacia la forma cooperativa, no por la fuerza, sino mediante el ejemplo y el ofrecimiento de ayuda social para ese fin. Y para eso tenemos, desde luego, medios de sobra con los que poner ante el pequeño campesino ventajas que ya hoy tienen que resultarle evidentes.

Ya hace casi veinte años, los socialistas daneses, que en su país solo tienen una ciudad propiamente dicha —Copenhague— y que por tanto, fuera de ella, dependen casi exclusivamente de la propaganda entre los campesinos, trazaron planes de este tipo.[^18] Los campesinos de un pueblo o de una parroquia —en Dinamarca hay muchas grandes granjas aisladas— debían juntar sus tierras en una gran finca, cultivarla por cuenta común y repartir el producto en proporción a las parcelas aportadas, los anticipos en dinero y el trabajo realizado. En Dinamarca la pequeña propiedad solo desempeña un papel secundario. Pero si aplicamos la idea a una región de parcelas, veremos que, al juntar las parcelas y cultivar en grande su superficie total, una parte de la mano de obra empleada hasta entonces queda sobrante; precisamente en este ahorro de trabajo reside una de las principales ventajas del gran cultivo. Para esa mano de obra se puede encontrar ocupación por dos vías. O bien se pone a disposición de la cooperativa campesina más tierra procedente de grandes fincas vecinas, o bien se les proporcionan los medios y la ocasión de un trabajo industrial accesorio, en lo posible y preferentemente para el propio uso. En ambos casos se les coloca en una situación económica mejor y, al mismo tiempo, se asegura a la dirección social general la influencia necesaria para hacer pasar poco a poco la cooperativa campesina a una forma superior y para equiparar los derechos y deberes tanto de la cooperativa en su conjunto como de sus miembros individuales con los de las demás ramas de la gran comunidad. Cómo haya de llevarse a cabo esto en detalle en cada caso particular dependerá de las circunstancias del caso y de las circunstancias en que tomemos posesión del poder público. Así, es posible que estemos en condiciones de ofrecer a estas cooperativas otras ventajas más: que el Banco Nacional se haga cargo de toda su deuda hipotecaria con una fuerte rebaja de intereses; anticipos con fondos públicos para la instalación de la gran explotación (anticipos no necesariamente, ni preferentemente, en dinero, sino en los propios productos necesarios: máquinas, abonos artificiales, etc.), y otras ventajas aún.

Lo principal en todo esto es y sigue siendo hacer comprender a los campesinos que solo podemos salvarles, solo podemos conservarles la casa y los campos, transformándolos en propiedad y explotación cooperativas. Es precisamente la explotación individual, condicionada por la propiedad individual, la que empuja a los campesinos a la ruina. Si se aferran a la explotación individual, serán inevitablemente arrojados de casa y hacienda, y su anticuado modo de producción será desplazado por la gran explotación capitalista. Así están las cosas; y llegamos nosotros y ofrecemos a los campesinos la posibilidad de introducir ellos mismos la gran explotación, no por cuenta capitalista, sino por su propia cuenta común. ¿Será imposible hacer comprender a los campesinos que eso está en su propio interés, que es su único medio de salvación?

Nunca jamás podremos prometer a los pequeños campesinos parcelarios el mantenimiento de la propiedad individual y de la explotación individual frente a la fuerza superior de la producción capitalista. Solo podemos prometerles que no intervendremos por la fuerza en sus relaciones de propiedad contra su voluntad. Podemos, además, abogar por que la lucha de los capitalistas y de los grandes propietarios de tierras contra los pequeños campesinos se libre ya hoy con los menos medios ilegítimos posibles y por que se impidan en lo posible el robo directo o la estafa, que se dan con demasiada frecuencia. Eso solo se conseguirá excepcionalmente. En el modo de producción capitalista desarrollado nadie sabe dónde termina la honradez y dónde empieza la estafa. Pero siempre habrá una diferencia considerable según que el poder público esté del lado del estafador o del estafado. Y nosotros estamos decididamente del lado del pequeño campesino; haremos todo lo que sea mínimamente admisible para hacerle más llevadera su suerte, para facilitarle el paso a la cooperativa si se decide a ello, e incluso, si todavía no puede tomar esa decisión, para permitirle un plazo de reflexión más largo en su parcela. Lo hacemos no solo porque consideramos al pequeño campesino que trabaja por sí mismo como virtualmente de los nuestros, sino también por interés directo del partido. Cuanto mayor sea el número de campesinos a los que ahorremos la caída efectiva en el proletariado, a los que podamos ganarnos ya como campesinos, tanto más rápida y fácilmente se llevará a cabo la transformación social. No nos serviría de nada tener que esperar para esa transformación a que la producción capitalista se haya desarrollado en todas partes hasta sus últimas consecuencias, a que también el último pequeño artesano y el último pequeño campesino hayan caído víctimas de la gran explotación capitalista. Los sacrificios materiales que en este sentido haya que hacer con fondos públicos en interés de los campesinos solo pueden parecer dinero tirado desde el punto de vista de la economía capitalista, pero son, sin embargo, una inversión excelente, pues ahorrarán quizá diez veces esa suma en los costes de la reorganización social en general. En este sentido podemos, pues, proceder con mucha generosidad con los campesinos. No es este el lugar para entrar en detalles ni para hacer propuestas concretas en esta dirección; aquí solo puede tratarse de las líneas generales.

Según esto, no podemos prestar peor servicio, no solo al partido, sino a los propios pequeños campesinos, que con promesas que den siquiera la apariencia de que pretendemos el mantenimiento duradero de la propiedad parcelaria. Eso sería cerrar directamente a los campesinos el camino de su liberación y rebajar el partido al nivel del antisemitismo de alboroto. Al contrario. Es deber de nuestro partido explicar a los campesinos una y otra vez la absoluta falta de salvación de su situación mientras domine el capitalismo, la absoluta imposibilidad de conservarles su propiedad parcelaria como tal, la absoluta certeza de que la gran producción capitalista pasará por encima de su pequeña explotación, impotente y anticuada, como un tren por encima de una carretilla. Si lo hacemos, actuaremos en el sentido del desarrollo económico inevitable, y este ya se encargará de abrir las cabezas de los pequeños campesinos a nuestras palabras.

Por lo demás, no puedo dejar este asunto sin expresar mi convicción de que también los autores del programa de Nantes comparten en lo esencial mi opinión. Son demasiado inteligentes para no saber que también el territorio que hoy está en propiedad parcelaria está destinado a pasar a la posesión común. Ellos mismos admiten que la propiedad parcelaria está llamada a desaparecer. El informe del Consejo Nacional redactado por Lafargue[^19] para el congreso de Nantes confirma plenamente esta opinión. Se ha publicado en alemán en el *Sozialdemokrat* de Berlín del 18 de octubre de este año. Lo contradictorio de la manera de expresarse del programa de Nantes revela ya que lo que sus autores dicen realmente no es lo que se proponen decir. Si no se les entiende y se abusa de sus palabras, como de hecho ha ocurrido ya,[^20] la culpa es, desde luego, suya. En todo caso, tendrán que explicar mejor su programa, y el próximo congreso francés tendrá que revisarlo a fondo.

Pasemos ahora a los campesinos más grandes. Aquí, sobre todo como consecuencia de los repartos de herencias, pero también del endeudamiento y de las ventas forzosas de tierras, encontramos todo un muestrario de grados intermedios, desde el pequeño campesino parcelario hasta el gran campesino que posee su antigua *Hufe*[^21] completa, y aún más. Donde el campesino mediano vive entre pequeños campesinos parcelarios, no se distinguirá esencialmente de ellos en sus intereses ni en sus ideas; su propia experiencia ha de decirle cuántos de sus iguales han descendido ya a pequeños campesinos. Pero donde predominan los campesinos medianos y grandes y la explotación requiere en general la ayuda de criados y criadas, la cosa cambia por completo. Un partido obrero tiene que defender, naturalmente, en primer lugar a los asalariados, es decir, a los criados, criadas y jornaleros; con ello se le prohíbe de por sí hacer a los campesinos cualquier promesa que implique la continuación de la esclavitud asalariada de los obreros. Pero mientras los campesinos grandes y medianos sigan existiendo como tales, no podrán prescindir de los asalariados. Si es, pues, por nuestra parte una simple necedad hacer esperar a los pequeños campesinos parcelarios su existencia duradera como tales, prometer lo mismo a los campesinos grandes y medianos rayaría ya directamente en la traición.

Aquí tenemos de nuevo el paralelo con los artesanos de las ciudades. Ciertamente, están ya más arruinados que los campesinos, pero todavía quedan algunos que, además de aprendices, emplean a oficiales o en cuyos talleres los aprendices hacen trabajo de oficial. Aquellos de estos maestros artesanos que quieran eternizarse como tales, que se vayan con los antisemitas hasta que se convenzan de que tampoco allí se les ayuda. Los demás, los que han comprendido que la ruina de su modo de producción es inevitable, vienen a nosotros, pero están dispuestos también a compartir en el futuro la suerte que espera a todos los demás obreros. Lo mismo ocurre con los campesinos grandes y medianos. Sus criados, criadas y jornaleros nos interesan, por supuesto, más que ellos. Si estos campesinos quieren la garantía de que su explotación continuará, eso no podemos ofrecérselo en absoluto. Su sitio está entonces con los antisemitas, los de la Liga Campesina[^22] y partidos semejantes, que se complacen en prometerlo todo y no cumplir nada. Tenemos la certeza económica de que también el campesino grande y mediano sucumbirá infaliblemente ante la competencia de la explotación capitalista y de la producción barata de cereales de ultramar, como demuestran el creciente endeudamiento y la decadencia visible por doquier también de estos campesinos. Contra esta decadencia no podemos hacer nada salvo recomendar también aquí la unión de las fincas en explotaciones cooperativas, en las que la explotación del trabajo asalariado pueda ir eliminándose cada vez más y pueda iniciarse su transformación gradual en ramas, con iguales derechos e iguales deberes, de la gran cooperativa nacional de producción. Si estos campesinos comprenden que la ruina de su actual modo de producción es inevitable y sacan de ello las consecuencias necesarias, vendrán a nosotros, y será cosa nuestra facilitarles también a ellos, en la medida de nuestras fuerzas, el paso al nuevo modo de producción. De lo contrario, tendremos que abandonarlos a su suerte y dirigirnos a sus asalariados, entre los que ya encontraremos eco. Probablemente renunciaremos también aquí a la expropiación por la fuerza y, por lo demás, podremos contar con que el desarrollo económico hará también accesibles a la razón estas cabezas más duras.

Solo en el caso de la gran propiedad de la tierra la cosa es completamente sencilla. Aquí tenemos una explotación capitalista sin disfraz, y no valen escrúpulos de ningún tipo. Tenemos aquí ante nosotros masas de proletarios rurales, y nuestra tarea está clara. En cuanto nuestro partido esté en posesión del poder del Estado, tendrá simplemente que expropiar a los grandes propietarios de tierras, igual que a los fabricantes industriales. Que esta expropiación se haga con o sin indemnización dependerá en gran parte, no de nosotros, sino de las circunstancias en que lleguemos al poder, y en particular también de la actitud de los propios señores grandes propietarios. No consideramos en modo alguno que una indemnización sea inadmisible en todas las circunstancias; Marx me expresó —¡cuántas veces!— su opinión de que lo más barato para nosotros sería poder comprar a toda la banda. Pero eso no nos importa aquí. Las grandes fincas así devueltas a la colectividad tendríamos que entregarlas en usufructo, bajo el control de la colectividad, a los obreros agrícolas que ya hoy las cultivan, organizados en cooperativas. Con qué modalidades, es algo que hoy no puede fijarse todavía. En todo caso, la transformación de la explotación capitalista en explotación social está ya aquí completamente preparada y puede llevarse a cabo de la noche a la mañana, exactamente igual que, por ejemplo, en la fábrica del señor Krupp o del señor von Stumm.[^23] Y el ejemplo de estas cooperativas agrícolas convencería también a los últimos pequeños campesinos parcelarios que acaso se resistieran todavía, y seguramente también a no pocos grandes campesinos, de las ventajas de la gran explotación cooperativa.

Aquí, pues, podemos abrir a los proletarios rurales una perspectiva tan brillante como la que se ofrece al obrero industrial. Y con ella, conquistar a los obreros agrícolas de la Prusia al este del Elba solo puede ser para nosotros una cuestión de tiempo, y por cierto del más breve. Pero, una vez que tengamos a los obreros agrícolas del este del Elba, soplará inmediatamente otro viento en toda Alemania. La semiservidumbre de hecho de los obreros agrícolas del este del Elba es la base principal de la dominación de los *Junker* prusianos[^24] y, con ello, de la supremacía específicamente prusiana en Alemania. Son los *Junker* del este del Elba —cada vez más hundidos en el endeudamiento, el empobrecimiento y el parasitismo a costa del Estado y de los particulares, y precisamente por eso aferrados con tanta mayor violencia a su dominación— los que han creado y mantienen el carácter específicamente prusiano tanto de la burocracia como del cuerpo de oficiales del ejército; su soberbia, su estrechez de miras y su arrogancia han hecho que el Imperio alemán de nación prusiana[^25] sea tan odiado en el interior —pese a que se comprende que es por el momento inevitable como única forma de unidad nacional hoy alcanzable— y tan poco respetado en el extranjero, a pesar de todas sus brillantes victorias. El poder de estos *Junker* descansa en que, en el territorio compacto de las siete antiguas provincias prusianas[^26] —es decir, aproximadamente un tercio de todo el territorio del Imperio—, disponen de la propiedad de la tierra, que aquí lleva consigo el poder social y político, y no solo de la propiedad de la tierra, sino también, por medio de las fábricas de azúcar de remolacha y de las destilerías de aguardiente, de las industrias más importantes de esa región. Ni los grandes propietarios de tierras del resto de Alemania ni los grandes industriales se encuentran en una situación tan favorable; ni unos ni otros disponen de un reino compacto. Unos y otros están dispersos por extensas zonas y compiten entre sí, y con los demás elementos sociales que los rodean, por la supremacía económica y política. Pero esta posición de poder de los *Junker* prusianos pierde cada vez más su base económica. El endeudamiento y el empobrecimiento se extienden imparablemente también aquí, a pesar de toda la ayuda del Estado (y desde Federico II esta ayuda forma parte de todo presupuesto de *Junker* que se precie);[^27] solo la semiservidumbre de hecho, sancionada por la legislación y la costumbre, y la explotación ilimitada de los obreros agrícolas que esta hace posible mantienen todavía a flote a duras penas a la casta de los *Junker*, que se hunde. Arrojad la semilla de la socialdemocracia entre estos obreros, dadles el valor y la cohesión para hacer valer sus derechos, y se habrá acabado el esplendor de los *Junker*. La gran potencia reaccionaria, que representa para Alemania el mismo elemento bárbaro y conquistador que el zarismo ruso para toda Europa, se desinflará como una vejiga pinchada. Los «regimientos de élite» del ejército prusiano se volverán socialdemócratas, y con ello se producirá un desplazamiento de poder que lleva en su seno toda una revolución. Por eso precisamente ganarse a los proletarios rurales del este del Elba es mucho más importante que ganarse a los pequeños campesinos de Alemania occidental, o no digamos ya a los campesinos medianos de Alemania meridional. Aquí, en la Prusia al este del Elba, está nuestro campo de batalla decisivo, y por eso el gobierno y los *Junker* lo pondrán todo en juego para cerrarnos aquí el acceso. Y si, como se nos amenaza, se llega a nuevas medidas de fuerza para impedir la expansión de nuestro partido,[^28] será sobre todo para proteger de nuestra propaganda al proletariado rural del este del Elba. A nosotros nos da igual. Lo conquistaremos de todos modos.

[^1]: Obreros agrícolas de las grandes fincas de la Alemania oriental contratados por años, que recibían vivienda, un trozo de tierra y una parte de la cosecha a cambio de trabajar, con su familia, para el señor.

[^2]: La orilla izquierda del Rin estuvo anexionada a Francia desde la década de 1790 hasta 1814: allí se abolieron las cargas feudales sin rescate y rigió el Código Civil napoleónico de 1804, que siguió en vigor en la Renania prusiana hasta 1900. Su régimen de reparto igualitario de la herencia entre los hijos favoreció la división de la tierra en parcelas cada vez más pequeñas.

[^3]: La marca (*Mark*) era la comunidad rural germánica que poseía en común bosques, pastos y aguas, cuyo aprovechamiento correspondía a todos los vecinos. Engels había trazado su historia en el apéndice «La Marca» (1882) de la edición alemana de *Del socialismo utópico al socialismo científico*.

[^4]: El Partido Obrero (Parti ouvrier, luego Parti ouvrier français), fundado en 1879-1880 por Jules Guesde y Paul Lafargue, era la corriente marxista del socialismo francés. Su congreso de Marsella (septiembre de 1892) aprobó un primer programa agrario, que el de Nantes amplió en 1894.

[^5]: En el original, *ländliche Gewerbegerichte*: los *conseils de prud'hommes*, tribunales paritarios de patronos y obreros que en Francia resolvían los conflictos de trabajo, extendidos aquí al campo.

[^6]: La Ley agraria irlandesa de 1881 (Land Law Act), del gobierno Gladstone, creó tribunales que fijaban rentas «justas» a petición de los arrendatarios; la de 1870 había reconocido ya a estos una indemnización por las mejoras hechas en la finca.

[^7]: El artículo 2102 del Código Civil francés concedía al arrendador un privilegio sobre los frutos de la cosecha del año y sobre los bienes muebles de la finca para el cobro de la renta.

[^8]: El congreso del Partido Obrero francés celebrado en Nantes del 14 al 16 de septiembre de 1894.

[^9]: Engels cita los considerandos en su propia traducción alemana del texto francés; traducimos su versión.

[^10]: Engels se refiere a los considerandos del programa general del Partido Obrero, aprobado en el congreso de El Havre de 1880, cuya parte teórica había dictado Marx a Guesde en Londres en mayo de ese año.

[^11]: El «sistema de sudor» (*sweating system*; en el original, *Schwitzsystem*): trabajo a destajo en pequeños talleres o a domicilio, con jornadas interminables y salarios ínfimos, a través de una cadena de subcontratistas; estaba muy extendido en la confección londinense.

[^12]: Hans Wilhelm von Kanitz-Podangen (1841-1913), conde, diputado conservador en el Reichstag y portavoz de los grandes agrarios prusianos. En 1894 propuso que el Estado monopolizara la importación de cereales para mantener altos sus precios.

[^13]: En 1894 Jean Jaurès había defendido en la Cámara de Diputados francesa, en nombre de los socialistas, la nacionalización del comercio de importación de trigo.

[^14]: Robert Giffen (1837-1910), estadístico y economista inglés, jefe del departamento de estadística del Ministerio de Comercio británico, autor de estudios sobre el crecimiento del capital nacional.

[^15]: El programa de Erfurt de la socialdemocracia alemana (1891) pedía la «gratuidad de la asistencia médica, incluida la asistencia al parto, y de los medicamentos».

[^16]: Los partidos antisemitas alemanes, que en las elecciones al Reichstag de 1893 obtuvieron dieciséis diputados, buscaban sus votos entre los artesanos y los campesinos endeudados, sobre todo en Hesse, con una agitación contra el «capital judío» y el usurero.

[^17]: Juego con el modismo alemán *der Himmel hängt voller Geigen*, «el cielo está lleno de violines», que se dice de quien lo ve todo de color de rosa.

[^18]: Dinamarca era entonces un país esencialmente agrario, de campesinos medianos y grandes, con Copenhague como única gran ciudad. La socialdemocracia danesa, surgida de la sección danesa de la Internacional (1871), se reorganizó como partido en 1876; Engels alude a los proyectos de cultivo cooperativo que esta discutió en aquellos años.

[^19]: Paul Lafargue (1842-1911), yerno de Marx y, con Jules Guesde, dirigente del Partido Obrero francés; presentó en Nantes el informe del Consejo Nacional del partido sobre la cuestión agraria.

[^20]: Alusión sobre todo a Georg von Vollmar (1850-1922), dirigente de la socialdemocracia bávara, que en el congreso de la socialdemocracia alemana celebrado en Fráncfort del Meno (21-27 de octubre de 1894) invocó el programa de Nantes para defender medidas de protección del campesino propietario. El mismo congreso discutió la aprobación del presupuesto de Baviera por los diputados socialdemócratas bávaros y nombró una comisión para preparar un programa agrario, que el congreso de Breslau rechazaría en 1895.

[^21]: La *Hufe* era la unidad tradicional de tenencia campesina en Alemania, la tierra que bastaba para sostener a una familia con un tiro de arado; su extensión variaba según la región.

[^22]: Las ligas campesinas surgidas en 1893, como la Liga Campesina bávara (Bayerischer Bauernbund) y la Liga de los Agricultores (Bund der Landwirte), esta dirigida por los grandes propietarios prusianos.

[^23]: Friedrich Alfred Krupp (1854-1902), dueño de las acerías y fábricas de armamento de Essen, y Carl Ferdinand von Stumm-Halberg (1836-1901), magnate de la siderurgia del Sarre y diputado conservador, enemigo declarado de la socialdemocracia.

[^24]: Los *Junker* eran la nobleza terrateniente de Prusia, sobre todo al este del Elba, donde explotaban grandes fincas con mano de obra sometida a reglamentos de servidumbre doméstica (*Gesindeordnungen*) que, entre otras cosas, prohibían a los criados de labranza abandonar el servicio o ponerse en huelga. De sus filas salían buena parte de la oficialidad y de la alta burocracia.

[^25]: Juego con el nombre del antiguo Sacro Imperio Romano Germánico, en alemán «Sacro Imperio Romano de Nación Alemana».

[^26]: Prusia Oriental, Prusia Occidental, Brandeburgo, Pomerania, Posen, Silesia y Sajonia.

[^27]: Federico II de Prusia (1712-1786) sostuvo a la nobleza terrateniente con créditos hipotecarios baratos, a través de las asociaciones de crédito de los propietarios (*Landschaften*), creadas a partir de 1770.

[^28]: En el otoño de 1894 el emperador y el gobierno anunciaron nuevas medidas contra la «subversión», que se concretaron en el proyecto de ley presentado al Reichstag en diciembre de 1894 (*Umsturzvorlage*) y rechazado en mayo de 1895.
