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Title: Engels a Ferdinand Lassalle, Manchester, 18 de mayo de 1859
Description: La crítica de Engels al drama de Lassalle Franz von Sickingen: no olvidar lo realista por lo ideal ni a Shakespeare por Schiller; faltan el movimiento campesino y los elementos plebeyos, y en ellos estaría lo verdaderamente trágico; al final, la guerra como base de una revolución alemana.
Author: Friedrich Engels
Date: 1859-05-18
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/cartas/1859-05-18%20Engels%20a%20Ferdinand%20Lassalle
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*Carta de Friedrich Engels a Ferdinand Lassalle, que vivía en Berlín, escrita en Manchester el 18 de mayo de 1859. El original se conserva incompleto: se interrumpe en mitad de una frase. Publicada por primera vez por Gustav Mayer en* Ferdinand Lassalle. Nachgelassene Briefe und Schriften*, t. III:* Der Briefwechsel zwischen Lassalle und Marx *(Stuttgart y Berlín, 1922, carta n.º 74, pp. 179-185), según el original fragmentario, de donde se traduce, por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. [Texto original](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/cartas/originales/1859-05-18%20Engels%20an%20Ferdinand%20Lassalle)*

6 Thorncliffe Grove, Manchester, 18 de mayo de 1859.

¡Querido Lassalle!

Le habrá parecido algo extraño que no le escribiera en tanto tiempo, y tanto más cuanto que aún le debía mi juicio sobre su *Sickingen*. Pero justamente ese es el punto que me ha impedido escribirle durante tanto tiempo. En esta sequía de las bellas letras que reina hoy por todas partes, rara vez me ocurre leer una obra de este tipo, y desde hace años no me había ocurrido leer una *de tal manera* que el resultado de la lectura fuera un juicio a fondo, una opinión firmemente asentada. La basura no merece ese esfuerzo. Ni siquiera las pocas novelas inglesas mejores que todavía leo de vez en cuando, Thackeray[^1] por ejemplo, han conseguido nunca despertarme ese interés, pese a su indiscutible importancia para la historia de la literatura y de la cultura. Pero con un barbecho tan largo mi juicio se ha embotado mucho, y necesito bastante tiempo antes de permitirme expresar una opinión. Su *Sickingen*, en cambio, merece otro trato que aquellos bodrios, y por eso me he tomado el tiempo. La primera y la segunda lectura de su drama, nacional alemán en todos los sentidos, por la materia y por el tratamiento, me conmovieron tanto que tuve que dejarlo a un lado una temporada, y tanto más cuanto que el gusto, tan debilitado en estos tiempos de escasez, me ha reducido —tengo que decirlo para vergüenza mía— a que a veces cosas de menos valor no dejen de hacerme algún efecto en una *primera* lectura. Para ser del todo imparcial, del todo «crítico», dejé pues a un lado el *Sickingen*, es decir, dejé que unos conocidos (todavía quedan aquí algunos alemanes más o menos cultos en materia literaria) me lo sacaran prestado. *Habent sua fata libelli*:[^2] cuando se prestan, rara vez se vuelven a ver, y así también yo he tenido que reconquistar mi *Sickingen* por la fuerza. Puedo decirle que la impresión ha seguido siendo la misma en la tercera y en la cuarta lectura, y, consciente de que su *Sickingen* soporta la crítica, le doy mi opinión.[^3]

Sé que no le hago un gran cumplido si digo que ninguno de los poetas oficiales de Alemania de hoy sería capaz, ni de lejos, de escribir un drama así. Pero es un hecho, y demasiado característico de nuestra literatura para no decirlo. Para empezar por lo formal, me ha sorprendido muy gratamente la hábil manera de atar el nudo y lo dramático de la obra de principio a fin. En la versificación, eso sí, se ha permitido usted algunas libertades que, de todos modos, molestan más en la lectura que en el escenario. Me gustaría haber leído la versión para la escena; tal como está la obra, desde luego no es representable. Tuve aquí a un joven poeta alemán (Karl Siebel),[^4] paisano y pariente lejano mío, que ha tenido bastante que ver con el teatro; quizá vaya a Berlín como reservista de guerra de la Guardia prusiana, y en ese caso quizá me tome la libertad de darle unas líneas para usted. Tenía muy buena opinión de su drama, pero lo consideraba completamente irrepresentable por los largos parlamentos, en los que solo tiene algo que hacer un actor, mientras los demás podrían agotar dos o tres veces todo su repertorio de mímica para no quedarse allí como figurantes. Los dos últimos actos demuestran suficientemente que a usted le resulta fácil hacer el diálogo rápido y vivo, y como, salvo en algunas escenas (lo que ocurre en todo drama), me parece que lo mismo podría hacerse en los tres primeros, no dudo de que habrá tenido en cuenta esta circunstancia en la versión para la escena. El *contenido de ideas* tiene que resentirse de ello, naturalmente, pero es inevitable, y la plena fusión de la mayor hondura de pensamiento, del contenido histórico consciente, que no sin razón atribuye usted al drama alemán, con la vivacidad y la riqueza de acción de Shakespeare, solo se alcanzará probablemente en el futuro, y quizá ni siquiera la alcancen los alemanes. En eso veo, desde luego, el futuro del drama. Su *Sickingen* va del todo por buen camino; los principales personajes que actúan *son* representantes de clases y tendencias determinadas y, por tanto, de ideas determinadas de su época, y no encuentran sus motivos en mezquinos caprichos individuales, sino precisamente en la corriente histórica que los lleva. Pero el progreso que aún habría que hacer es que esos motivos pasen al primer plano de manera más viva, activa, por decirlo así, espontánea, por el curso mismo de la acción, y que, en cambio, el debate argumentativo (en el que, por cierto, he reencontrado con gusto su antiguo don oratorio de los tribunales de jurado y de las asambleas populares)[^5] se vuelva cada vez más superfluo. Usted mismo parece reconocer este ideal como meta al distinguir entre el drama para la escena y el drama literario; creo que el *Sickingen* podría convertirse en el sentido indicado, aunque con dificultad (porque alcanzar la perfección no es, de verdad, poca cosa), en un drama para la escena. Con esto se relaciona la caracterización de los personajes. Con toda razón se opone usted a la *mala* individualización que hoy domina, que se reduce a puras pequeñas sabihondeces y es un rasgo esencial de la literatura de epígonos que se pierde en la arena. Sin embargo, me parece que una persona no se caracteriza solo por *lo que* hace, sino también por *cómo* lo hace; y en este sentido creo que no habría perjudicado en nada al contenido de ideas del drama que algunos caracteres se hubieran distinguido entre sí de un modo algo más tajante y más contrapuesto. La caracterización de los *antiguos* ya no basta hoy, y aquí, a mi juicio, habría podido usted tener un poco más en cuenta, sin perjuicio alguno, la importancia de Shakespeare para la historia del desarrollo del drama. Pero estas son cuestiones secundarias, que menciono solo para que vea que me he ocupado también de lo formal de su drama.

En cuanto al contenido histórico, ha representado usted de manera muy plástica, y con una alusión justificada al desarrollo posterior, los dos aspectos del movimiento de entonces que más cerca le quedaban: el movimiento nacional de la nobleza, representado por Sickingen, y el movimiento humanista y teórico con su desarrollo ulterior en el terreno teológico y eclesiástico, la Reforma. Las escenas entre Sickingen y el emperador y entre el legado y el arzobispo de Tréveris (aquí ha conseguido usted al mismo tiempo, en el contraste entre el legado, hombre de mundo, de formación estética y clásica, de amplias miras políticas y teóricas, y el obtuso príncipe eclesiástico alemán, una bonita caracterización individual que, sin embargo, se desprende directamente del carácter *representativo* de los dos personajes) son las que más me gustan; también en la escena de Sickingen y Carlos la caracterización es muy acertada. En la autobiografía de Hutten, cuyo *contenido* califica usted con razón de esencial, ha elegido sin duda un recurso desesperado para meter ese contenido en el drama. De gran importancia es también la conversación entre Balthasar y Franz en el quinto acto, en la que el primero le reprocha a su señor no haber seguido la política *verdaderamente revolucionaria* que habría debido seguir. Ahí sale a la luz lo propiamente trágico; y precisamente por esa importancia me parece que habría convenido aludir a ello con algo más de fuerza ya en el tercer acto, donde hay varias ocasiones para hacerlo. Pero vuelvo a caer en cuestiones secundarias. La posición de las ciudades y de los príncipes de aquella época está también representada varias veces con gran claridad, y con ello quedan bastante agotados los elementos, por así decir, *oficiales* del movimiento de entonces. A lo que, según me parece, no ha dado usted el énfasis debido es a los elementos no oficiales, plebeyos y campesinos, con su representación teórica paralela. El movimiento campesino era, a su manera, tan nacional y estaba tan dirigido contra los príncipes como el de la nobleza, y las colosales dimensiones de la lucha en la que sucumbió contrastan muy notablemente con la facilidad con que la nobleza, dejando en la estacada a Sickingen, se resignó a su profesión histórica de cortesanos. También para su concepción del drama, que, como habrá visto, me parece algo demasiado abstracta, no lo bastante realista, me parece por eso que el movimiento campesino habría merecido un tratamiento más detenido; la escena campesina con Jost Fritz[^6] es característica, desde luego, y la individualidad de ese «agitador» está muy bien representada, pero no representa con fuerza suficiente, frente al movimiento de la nobleza, la corriente de la agitación campesina, que entonces crecía ya con fuerza. Para *mi* concepción del drama, que consiste en no olvidar lo realista por lo ideal, ni a Shakespeare por Schiller, la incorporación de la esfera social plebeya de entonces, tan maravillosamente variopinta, habría proporcionado además una materia completamente distinta para dar vida al drama, un fondo impagable para el movimiento nacional de la nobleza que se desarrolla en el proscenio, y solo así lo habría puesto bajo la luz adecuada. ¡Qué tipos tan curiosos y significativos ofrece esta época de disolución de los vínculos feudales, con los reyes mendigos que mandan, los lansquenetes sin pan y los aventureros de toda clase! Un fondo a lo Falstaff, que en un drama histórico en *este* sentido tendría que ser aún más eficaz que en Shakespeare. Aparte de esto, me parece precisamente que este relegar el movimiento campesino es el punto que le ha llevado a representar también de manera inexacta, en un aspecto, según creo, el movimiento nacional de la nobleza, y a dejar escapar al mismo tiempo el elemento *verdaderamente* trágico del destino de Sickingen. A mi juicio, la *masa* de la nobleza inmediata del Imperio de entonces no pensaba en aliarse con los campesinos; se lo impedía su dependencia de las rentas que obtenía oprimiendo a los campesinos. Una alianza con las ciudades habría sido más posible; pero tampoco llegó a hacerse, o solo muy parcialmente. Ahora bien, la revolución nacional de la nobleza solo podía imponerse mediante una alianza con las ciudades y los campesinos, sobre todo con estos últimos; y en eso está precisamente, a mi juicio, el momento trágico: en que esta condición fundamental, la alianza con los campesinos, era imposible; en que la política de la nobleza tenía que ser por eso necesariamente mezquina; en que, en el mismo momento en que quería ponerse a la cabeza del movimiento nacional, la masa de la nación, los campesinos, protestaba contra su dirección, y en que tenía, así, que caer necesariamente. No puedo juzgar hasta qué punto está históricamente fundada su suposición de que Sickingen estuvo de verdad en alguna relación con los campesinos, y tampoco importa en absoluto. Por lo demás, los escritos de Hutten, si no recuerdo mal, cuando se dirigen a los campesinos, pasan de puntillas por el delicado punto de la nobleza y procuran concentrar la ira de los campesinos sobre todo en los curas. Pero no quiero en modo alguno discutirle el derecho a concebir a Sickingen y a Hutten como si se hubieran propuesto emancipar a los campesinos. Con eso tenía usted enseguida la contradicción trágica de que ambos estaban situados entre la nobleza, por un lado, que decididamente *no* quería eso, y los campesinos, por otro. Ahí estaba, a mi juicio, la colisión trágica entre el postulado históricamente necesario y la ejecución prácticamente imposible. Al dejar de lado ese momento, reduce usted el conflicto trágico a las dimensiones menores de que Sickingen, en vez de enfrentarse de una vez al emperador y al Imperio, solo se enfrentó a *un* príncipe (aunque también aquí, con tacto acertado, mete usted a los campesinos), y lo deja hundirse sin más por la indiferencia y la cobardía de la nobleza. Pero esta estaría motivada de un modo muy distinto si antes se hubiera destacado más el movimiento campesino que ya rugía y el estado de ánimo de la nobleza, que los anteriores Bundschuh y el Pobre Konrad habían vuelto sin duda más conservador.[^7] Por lo demás, todo esto no es más que *una* de las maneras en que se habría podido incorporar al drama el movimiento campesino y plebeyo, y hay por lo menos otras diez igualmente agradecidas, o mejores.[^8]

Ya ve que aplico a su *opus* un criterio muy alto, el *más alto* de todos, tanto desde el punto de vista estético como desde el histórico, y que tenga que hacerlo para poder poner aquí y allá alguna objeción será para usted la mejor prueba de mi reconocimiento. *Entre nosotros* la crítica es, desde hace años, en interés del partido mismo, necesariamente tan franca como sea posible; por lo demás, a mí y a todos nosotros siempre nos alegra que haya una nueva prueba de que nuestro partido, en cualquier terreno en que aparezca, aparece siempre con superioridad. Y eso es lo que ha hecho usted también esta vez.

Por lo demás, los acontecimientos mundiales parecen querer tomar un rumbo muy satisfactorio. Difícilmente puede pensarse en una base mejor para una revolución alemana a fondo que la que da una alianza franco-rusa. A los alemanes el agua tiene que llegarnos al cuello para que entremos *en masse*[^9] en el *furor teutonicus*;[^10] y esta vez el peligro de ahogarse parece querer acercarse lo bastante. *Tant mieux*.[^11] En una crisis así, todos los poderes existentes tienen que arruinarse y todos los partidos desgastarse uno tras otro, desde la *Kreuzzeitung*[^12] hasta Gottfried Kinkel y desde el conde Rechberg[^13] hasta «Hecker, Struve, Blenker, Zitz y Blum».[^14] En una lucha así tiene que llegar el momento en que solo el partido más implacable y más decidido sea capaz de salvar a la nación, y tienen que darse al mismo tiempo las condiciones en las que únicamente es posible arrojar por la borda todo el viejo trasto, la división interior, por un lado, y los apéndices polacos e italianos que trae Austria, por otro. De la Polonia prusiana no podemos ceder ni una pulgada, y lo que ……

[^1]: William Makepeace Thackeray (1811-1863), novelista inglés, autor de *La feria de las vanidades*.
[^2]: En latín, «Los libros tienen su destino», verso de Terenciano Mauro.
[^3]: En el original, «*meinen Senf dazu*»: literalmente, «mi mostaza».
[^4]: Karl Siebel (1836-1868), poeta de Barmen, pariente lejano de Engels; ayudó después a dar a conocer *El capital* en la prensa alemana.
[^5]: Lassalle se había hecho célebre por sus defensas ante los tribunales en el largo pleito de divorcio de la condesa de Hatzfeldt y por su propio proceso ante el jurado de Düsseldorf en 1849.
[^6]: Joß Fritz (h. 1470-h. 1525), campesino de la región de Bruchsal, organizador de las conjuraciones del Bundschuh de 1502, 1513 y 1517.
[^7]: El *Bundschuh* («bota con correas», el calzado de los campesinos, que les servía de enseña) y el *Pobre Konrad* fueron las conjuraciones y sublevaciones campesinas del suroeste de Alemania de 1493-1517 y de 1514 en Wurtemberg, precursoras de la guerra de los campesinos.
[^8]: Según Mayer, la concepción de Engels se basa en los estudios que había hecho para *La guerra de los campesinos en Alemania*, publicada en 1850 en la *Neue Rheinische Zeitung. Politisch-ökonomische Revue*.
[^9]: En francés, «en masa».
[^10]: En latín, «furia teutónica».
[^11]: En francés, «Tanto mejor».
[^12]: La *Neue Preußische Zeitung*, llamada *Kreuzzeitung* por la cruz de hierro de su cabecera, órgano de los junkers y de la extrema derecha prusiana.
[^13]: Johann Bernhard von Rechberg (1806-1899), nombrado ministro austriaco de Asuntos Exteriores en mayo de 1859.
[^14]: Estribillo de una canción revolucionaria de 1849: «Hecker, Struve, Blenker, Zitz y Blum, ¡matad a los príncipes alemanes!». Friedrich Hecker, Gustav von Struve, Ludwig Blenker, Franz Zitz y Robert Blum fueron jefes demócratas de las revoluciones de Baden, del Palatinado y de Viena de 1848-1849.
