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Title: Marx a Engels, Karlsbad, 21 de agosto de 1875
Description: Marx cuenta desde Karlsbad su cura, las disputas de los filisteos locales sobre la cerveza, sus compañeros de viaje —un comerciante estafado y un cura católico— y su conversación con Sonnemann en Fráncfort.
Author: Karl Marx
Date: 1875-08-21
URL: https://marxismo.school/archivo/marx-engels/cartas/1875-08-21%20Marx%20a%20Engels
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*Carta de Karl Marx a Friedrich Engels, que estaba en Londres, escrita en Karlsbad el 21 de agosto de 1875. Se conserva completa. Traducida de la primera MEGA (MEGA¹ III/4, Berlín, 1931, carta n.º 1446, pp. 427-430) por la Escuela de marxismo, 2026. Las notas son nuestras. [Texto original](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/cartas/originales/1875-08-21%20Marx%20an%20Engels).*

21 de agosto de 1875.

*Germania*, Schloßplatz, Karlsbad.[^1]

Querido Fred:

Llegué aquí el domingo pasado. El doctor Kraus ya se había vuelto a marchar a Gmund, donde está con su familia; ha vuelto a arreglar sus relaciones con su mujer.

Tal como me había propuesto, ahora soy mi propio médico, y, según me confió el doctor Gans con callada melancolía, ese es el caso de un tercio de los bañistas de cierta edad. También me sienta de maravilla la ausencia de mi médico de cabecera Kugelmann.[^2]

Pese al cambio de personas, el público tiene aquí el mismo aspecto una vez que otra: el *average man* de Quetelet[^3] es la excepción; predominan en cambio los extremos, gordos como toneles y flacos como husos.

Paso al menos doce horas al aire libre, y, despachado el negocio, mi principal diversión consiste en descubrir nuevos paseos, puntos y vistas en los montes y bosques, y estoy tanto más expuesto a sorpresas cuanto menos sentido de la orientación tengo.

Desde hoy —en que me han dado el recibo del pago de la tasa de cura— estoy a salvo ante la policía. Me inscribí como doctor en filosofía y no como rentista, lo cual le viene bien al bolsillo. Mi tocayo, el director de la policía de Viena, tiene la gentileza de llegar siempre al mismo tiempo que yo.

Anoche fui al Hopfenstock, que es famoso por su cerveza, a tomarme mi vaso de agua mineral de Gießhübel. Había allí filisteos de Karlsbad, y toda la conversación giraba en torno a la cuestión, aquí *inagotable*, de disputa y de partido sobre las respectivas ventajas de la Pilsen vieja, la cerveza burguesa y la cerveza de la sociedad anónima. «Pues yo», dijo uno, «de la vieja aguanto 15 vasos (y son grandes) como si nada». «Bah», dijo el otro, «yo también fui hombre de partido, pero ahora estoy por encima de esas riñas. Me las bebo todas revueltas con el mismo resultado», etc. Junto a estos sabios *natives*[^4] estaban sentados también dos *swells*[^5] berlineses, pasantes de juzgado o algo así. Discutían sobre las ventajas del café en los distintos restaurantes famosos de Karlsbad, y uno de ellos aseguró con solemne gravedad: «Está demostrado *estadísticamente* (!) que el café del jardín de Schönbrunnen es el mejor». En esto gritó un *native*: «¡Nuestra Bohemia es grande, hace cosas grandes! Su cerveza de Pilsen se manda a todos los países; en París el gran cervecero Salzmann tiene ahora una sucursal, ¡y va también a América! Lástima que no podamos mandarles con ella nuestras grandes bodegas en la roca, ¡y son parte de la Pilsen!».

Después de comunicarte *in nuce*[^6] las nuevas luces sobre el curso del mundo que he ganado aquí hasta ahora, algo sobre mis aventuras de viaje.

En Londres subió a nuestro vagón, con muchas prisas, un judiíllo[^7] de aspecto avispado con una maletita bajo el brazo. Poco antes de Harwich busca las llaves para abrir la maleta y ver, según dice, si su mozo de escritorio le ha metido la ropa necesaria. «Porque», dijo, «recibí en el escritorio un telegrama de mi hermano desde Berlín para que saliera inmediatamente para Berlín, así que mandé al mozo a mi casa a buscar los trastos necesarios». Después de mucho buscar de acá para allá encuentra por fin, no la llave verdadera, pero sí una llave que abre, y descubre que los pantalones y la levita no son del mismo traje y que faltan las camisas de dormir, el gabán, etc. En el barco el judiíllo me abre su corazón. «¡Una estafa así no se ha visto en el mundo!», exclamaba una y otra vez. La historia era esta: un yanqui alemán llamado Börnstein o Bernstein, que le había recomendado su amigo berlinés Neumann, le ha birlado 1700 £, ¡a él, que pasa por uno de los comerciantes más listos! Este individuo, que dice dedicarse al comercio con África, le enseñó facturas por muchos miles de libras de mercancías compradas en Bradford y en Manchester a las primeras casas; el barco con la carga está en Southampton. Él le dio entonces el anticipo que pedía. Pero como no vuelve a saber nada del hombre, le entra miedo. Escribe a Manchester y a Bradford, y hasta me enseña las cartas de respuesta, que vienen a decir que Börnstein había tomado muestras y comprado mercancías, que el precio de ambas había de pagarse al *recoger las mercancías*; las facturas eran puramente formales; las mercancías nunca se habían recogido. En Southampton se practica un embargo y resulta que las mercancías embarcadas de Börnstein son solo balas rellenas de colchones de paja. Nuestro judiíllo, a quien, aparte de las 1700 £, le irritaba sobre todo que se la hubieran dado con queso a un comerciante tan curtido, escribió a su amigo Neumann y a su hermano en Berlín. Este le había comunicado por telégrafo que habían descubierto a Börnstein en Berlín, que se había avisado a la policía, que lo vigilaba, y que tenía que ponerse en camino a escape. «¿Quiere usted», le pregunté, «llevar al hombre a los tribunales?». «¡Ni por asomo! Lo que quiero es sacarle el dinero». *Yo*: «Se lo habrá pulido». *Él*: «¡Ni por asomo! Si en la City (y aquí enumeró toda clase de tipos) ha timado a la gente en 1200 £. A mí me tiene que pagar. Los demás que vean dónde lo pillan». Lo mejor fue que a nuestra llegada a Róterdam resultó que solo podía ir hasta Minden y no salir de allí hasta el día siguiente a las once de la mañana. El tipo echaba pestes como un loco contra la *Railway Administration*.[^8] De nada le sirvió.

En el barco llevábamos un huésped singular: un muerto. Lo acompañaba un alemán pelirrojo; me contó que el muerto se llamaba Nassauer, un joven de 34 años de Maguncia que había ido de visita a Londres y había muerto atropellado; su familia quería enterrarlo en casa. Tampoco el acompañante del difunto pudo seguir viaje enseguida. El capitán del barco le declaró que no podían entregarle el muerto hasta que cumpliera ciertas formalidades ante el cónsul alemán.

Entre Colonia y Fráncfort (hice el viaje de un tirón) subió un cura católico de aire mundano. Por su conversación con los demás me enteré de que volvía de Dublín, donde había asistido a la fiesta de O'Connell,[^9] a Fráncfort, donde vive. Contaba con mucha viveza. En Coblenza, donde se cambiaba de coche, me quedé solo con él en el vagón. Había hecho la nueva ruta por Vlissingen: el barco, por lo visto, infinitamente preferible a la porquería de cascarón de Harwich. Intenté sonsacarle sobre el *Kulturkampf*.[^10] Pero al principio estaba desconfiado y sumamente reservado, aunque hablaba con gran entusiasmo de la elocuencia del monseñor Cappele. Por fin me vino en ayuda el Espíritu Santo. El cura sacó su *bottle*,[^11] estaba vacía; y entonces me contó que desde su llegada a Holanda pasaba hambre y sed. Le ofrecí la botella de coñac, que a los pocos tragos lo puso en marcha. Ahora se soltó a sus anchas. Cuando subían pasajeros, les gastaba chistes malos en la lengua materna, pero seguía su conversación conmigo en inglés, que habla muy bien. «Nuestra libertad en el Imperio alemán es tan grande que para hablar del *Kulturkampf* hay que chapurrear en inglés». Antes de bajarnos en Fráncfort le dije, aunque sin revelarle mi nombre, que no debía extrañarse si en los próximos días leía en los periódicos algo sobre una nueva conspiración entre la Internacional negra y la roja.[^12] En Fráncfort me enteré (en la redacción de la *Frankfurter Zeitung*) de que mi acompañante había sido el señor Mutzelberger, que en cierto modo hace allí las veces del obispo católico. También habrá encontrado mi nombre en la *Frankfurter Zeitung* (que lee). Traía una nota sobre mi paso por la ciudad.

Vi a Sonnemann,[^13] que acababa de comparecer otra vez ante el tribunal por haberse negado a dar el nombre de un corresponsal y había obtenido otro aplazamiento de diez días, pero esta vez el último. Sonnemann es un hombre de mundo, aunque se le nota la conciencia de su importancia. En una larga conversación me explicó que su objetivo principal es atraer a la pequeña burguesía al movimiento socialdemócrata. La fuerza financiera de su periódico reside en que es reconocidamente la mejor hoja de bolsa y de comercio del sur de Alemania. Tiene perfectamente claro el servicio que su periódico presta como propagandista político de la prensa obrera. Pero, por otro lado, ese partido no hace nada por él. Por ejemplo, había contratado a Vahlteich[^14] como corresponsal, pero la dirección de los coaligados[^15] le *prohibió* la corresponsalía. Liebknecht se comporta en el Reichstag demasiado como demagogo; Bebel, en cambio, goza del reconocimiento más general, etc. Lo volveré a ver a la vuelta. También vi al doctor Guido Weiß,[^16] que estaba unos días de visita en casa de su hija (mujer del doctor Stern, uno de los redactores de la *Frankfurter Zeitung*). Si llego a entrar en la redacción unos minutos antes, me habría pasado una desgracia: el encontronazo con Karl Mayer de Suabia (el ex hombre del *Beobachter*).[^17]

Dicho sea de paso: los negocios en Fráncfort y en todas las grandes plazas comerciales van todavía mucho peor de lo que se ve por los periódicos alemanes.

Tu amigo Cafiero vive con Bakunin y hasta le ha comprado la casa de Lugano.[^18]

Y ahora, *vale faveque*.[^19] Tengo que volver al negocio. Muchos saludos a madame Lizzy.

Tu Mohr.

[^1]: Marx se alojaba en Karlsbad en la casa *Germania*, en la Schloßplatz.
[^2]: Ludwig Kugelmann, médico de Hannover y amigo de Marx, que lo acompañó en su cura de Karlsbad de 1874; allí se enemistaron.
[^3]: Adolphe Quetelet, estadístico belga, autor de la teoría del «hombre medio» (*homme moyen*); *average man*, en inglés en la carta.
[^4]: «Nativos», gente del lugar.
[^5]: «Señoritos», petimetres.
[^6]: «En pocas palabras».
[^7]: En el original, «Jüdel», diminutivo despectivo de «Jude» (judío), que Marx usa a lo largo de la anécdota.
[^8]: «Administración del ferrocarril».
[^9]: Las fiestas del centenario del nacimiento de Daniel O'Connell, el caudillo del nacionalismo católico irlandés, celebradas en Dublín en agosto de 1875.
[^10]: La lucha del Gobierno de Bismarck contra la Iglesia católica y el partido del Centro desde 1871.
[^11]: «Botella».
[^12]: La «Internacional negra» era la Iglesia católica (los ultramontanos), y la «roja», la Internacional obrera; la prensa liberal alemana las presentaba como aliadas contra el Imperio.
[^13]: Leopold Sonnemann, banquero, fundador y propietario de la *Frankfurter Zeitung*, demócrata burgués y diputado en el Reichstag.
[^14]: Julius Vahlteich, socialdemócrata, antiguo secretario de la Asociación General de Obreros Alemanes de Lassalle.
[^15]: La dirección del partido unificado en el congreso de Gotha (mayo de 1875) por la fusión de los eisenachianos y los lassalleanos; véase la [*Crítica del programa de Gotha*](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1875%20Cr%C3%ADtica%20del%20programa%20de%20Gotha).
[^16]: Guido Weiß, periodista demócrata berlinés.
[^17]: Karl Mayer, demócrata suabo, redactor del *Beobachter* de Stuttgart, órgano del Partido Popular.
[^18]: Carlo Cafiero, internacionalista italiano, había puesto su herencia al servicio de Bakunin, para quien compró la villa La Baronata, junto a Locarno; después Bakunin se instaló en Lugano.
[^19]: «Adiós y que te vaya bien» (latín).
