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Title: La antigua China de los Mao Tse-tun
Description: Análisis del régimen de Mao en China como producto de la derrota de la revolución de 1925-27 y forma de capitalismo de Estado contrarrevolucionario.
Author: G. Munis
Date: 01/03/1960
Category: Alarma n.º 5
URL: https://marxismo.school/hemeroteca/alarma/1960-03-la-antigua-china-de-los-mao-tse-tun
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*Alarma*, n.º 5, marzo de 1960 (número especial) (págs. 5-21). [PDF del número completo](https://marxismo.school/assets/archivo/1958-93%20Hemeroteca%20del%20FOR/1958-88%20Alarma/1960%20Alarma%2005.pdf)

El gobierno dominante en China desde hace diez años ha nacido de la derrota del proletariado y persigue finalidades contrarrevolucionarias, cuyos intereses condensa y vierte a sistema. Esa aseveración frontal es indispensable para abordar el tema, la China de hoy, sin que se me tome por uno de esos productores de melaza progresista tan numerosos en el mundo actual.

La propaganda nos mete por ojos las llamadas realizaciones del nuevo gobierno, hace relumbrar cifras de producción doblada o decuplicada, planes gigantescos, nos presenta proyectos de veloz marcha al comunismo, fotografías de hombres siempre sonrientes en el trabajo, literatura insalubre mal ataviada de marxismo y humos de mandarín bofia versificados por Mao Tse-tun. Dejémosla ir; propaganda es.

Recordemos, por nuestra parte, que todo régimen político, por reaccionario y cínico que sea, necesita darse una justificación moral, una engañifa filosófica presentable al vulgo. En ese aspecto, los regímenes stalinistas han adquirido el primer puesto. La preocupación de elaborar su engañifa y embutírsela en el cerebro al público mundial constituye una de sus actividades principales y un renglón elevadísimo de sus presupuestos. Que en vez de veracidad y calidad nos den cantidad y mentira, no es para ellos cosa de albedrío sino necesidad obligada. Hacen su trabajo de la única manera que pueden. Lo asombroso es que su decir sea tomado por moneda mas o menos contante en círculos que se tienen por revolucionarios e incluso por anti-stalinistas. A ojos de la mayoría de éstos, China goza de una tolerancia prejuiciosa mayor que cualquier otra de las dependencias rusas. Aquellos mismos que niegan la existencia de revolución socialista en China, adjudican al nuevo gobierno un carácter progresivo sacado, si no de la imaginación, ciertamente de la propaganda del propio stalinismo.

A favor de la postración del proletariado mundial, la propaganda degrada las mentes y da a sus baratijas visos de autenticidad. Pero su imperio no es absoluto ni menos eterno. Los Mao Tse-tun de cualquier laya no conseguirán darse mas que la satisfacción fugaz de los embaucadores y reaccionarios tradicionales: la que les consiente el abatimiento pasajero de la conciencia mundial. La primer sacudida revolucionaria barrerá de la escena sus palabras, su obra y sus personas mismas, producto de la mas proterva superchería que recuerda la historia.

Es imposible comprender bién la naturaleza de cualquier régimen sin situarlo en el marco histórico que le corresponde nacional e internacionalmente. Mucho mas tratándose del nuevo gobierno stalinista chino, cuyos gérmenes originarios, punto menos que desconocidos
para los propios "enterados" de la vanguardia ideológica, hay que ir a sacar de la lóbrega noche que envuelve el forcejeo de la revolución y la contrarrevolución en Rusia, corridos treinta años atrás, y de las estrechas relaciones de esta última con Cang Kai-chek.

El proletariado chino —dejando aparte el ruso— es el primero en caer víctima del curso peculiar de la contrarrevolución stalinista rusa, agachón y bestial al mismo tiempo. En 1926, un ataque general del proletariado y los campesinos en pro de su revolución tenía por completo desarticulado el viejo régimen chino[^c1]. Por todas partes, en ciudades, fábricas y pueblos se habían constituido soviets en representación de un nuevo poder revolucionario, mientras el antiguo poder capitalista del partido Kuo-Min-Tang yacía desarticulado, sin mas vigencia que la obtenida localmente por la ocupación territorial de sus fuerzas armadas y policíacas. Eran éstas muy insuficientes para asegurar el poder capitalista en la totalidad del territorio, y por otra parte, obreros y campesinos, armados por propia cuenta u organizados en milicias, representaban una potencia militar tan poderosa como la del capitalismo, numérica y moralmente muchísimo mas fuerte. Por añadidura, la correlación de partidos era extraordinariamente propicia a la revolución proletaria, tan propicia como no ha vuelto a serlo en ningún país. No existían de hecho sino dos partidos: el del capitalismo, el Kuo-Min Tang, y el Partido comunista. El primero era un partido de origen democrático-burgués en cuyo seno se albergaron rápidamente todos los intereses del pensamiento capitalista. Por su parte, el Partido comunista no encontraba en sus inmediaciones ninguna otra organización, o fracción siquiera, que le disputase la adhesión confiante de los oprimidos. Actuación y realizaciones de éstos, derrotas y triunfos, todo el curso de los acontecimientos, en suma, dependían por completo de él. No podía, cual hizo después en muchos países, descargarse de responsabilidad en la derrota culpando de mala voluntad o traición a otros partidos. No existían. Por consecuencia, derrota y traición recaen de lleno y únicamente sobre él. Veamos ahora lo ocurrido y por qué.

Precisamente cuando el poder revolucionario de los soviets alcanzaba mayor propagación, faltando sólo coordinarlos en poder único excluyente del poder capitalista, Moscú decide e impone al Partido comunista: disolución de los soviets, subordinación de las milicias revolucionarias y patrullas obreras en general al gobierno capitalista constituido, disolución del Partido comunista en el seno del Kuo-Min Tang. Resistieron las masas a la ejecución de esas directivas y también núcleos revolucionarios dentro del Partido comunista. Empero, logró imponerse el aparato burocrático, y la revolución fué yugulada. Mientras los generales desarmaban a obreros y campesinos, mientras los burgueses recuperaban "sus" propiedades y los bonzos de la religión budista reanudaban sus letanías, Mao Tse-tun, Chu En-lai, todos

[^c1]: Para ver la amplitud y profundidad de la acometida revolucionaria basta leer la novela del despues transfuga Malraux: *Les conquerants*.
los principales dirigentes de la China actual, fraternizaban con ellos. Chan Kai-Chek y Stalin intercambiaban fotografías mutuamente dedicadas. Poco despues, el Kuo Min Tang asesinaba en masa a los obreros revolucionarios. En resumen: la revolución china fué intencionalmente destruida por el Partido comunista actuando a las órdenes de Moscú y en colaboración estrecha con Chan Kai-Chek.

Desde el punto de vista formal, filogenético cabe decir, la política seguida entonces por el stalinismo en China, era reformista. Pero la terminología y los puntos de referencia tradicionales no tienen validez alguna en el caso del stalinismo. Solo sirven para desdibujar sus rasgos, cuando no para hacerle francamente el juego. Si no se quiere errar fatalmente el juicio, hay que considerar sus hechos y sus propias teorizaciones en relación con el substrato económico y político de Rusia, su metrópoli universal.

La revolución china coincide con el periodo decisivo de entronización de la burocracia en Rusia. La lucha de la Oposición de Izquierda contra ésta, vindicaba al mismo tiempo las bases esenciales de la revolución de Octubre y la prosecución exterior de una política de revolución mundial. Uno de los libros principales de León Trotzky, *El gran organizador de derrotas* (en otras lenguas: *La Internacional comunista despues de Lenin*) evidencia, en grado aun mayor del que se proponía el propio Trotzky, lo funesto para el proletariado internacional de la política que Moscú estaba imponiendo en China. El conflicto en el seno del Partido y el gobierno rusos se imbricaba, en forma no menos cualitativa y áspera, con la lucha, en el seno del Partido comunista chino, entre los partidarios de la alianza con Chan Kai-Chek y la burguesía, y los partidarios del poder de los soviets y la revolución proletaria.

Estaban ya el gobierno ruso y la Internacional comunista mucho mas corrompidos de lo que creían los revolucionarios. Por consecuencia, no hubo lucha ideológica leal, validada por la participación y el voto de la militancia, sino imposición dictatorial de Moscú. La corrupción de los hombres por los puestos, el dinero, la vanidad, la falsificación de noticias y hechos, la vil calumnia arrojada sobre los revolucionarios impidiéndoles al mismo tiempo exponer sus ideas, fueron los medios; y como recurso supremo, la destitución, por ukase de Moscú, de miembros de la dirección y de comités enteros que habían sido elegidos democráticamente, mientras era designada con el dedo una dirección nueva, igual que el papa designa sus obispos. Así accedieron a los puestos clave del Partido comunista chino los Mao Tse-Tun, Chu En-Lai, etc., ya destituida la dirección revolucionaria de Chen Du-Siu, algunos de cuyos componentes morirían despues asesinados por sus mercenarios sucesores.

¿Quién no sabe, desde Darwin, desde Linneo mismo, que cada especie queda definitivamente marcada por los caracteres morfológicos originarios, por la mutación genética, como se diría hoy? Esa ley biológica es igualmente válida en sociología, pero con trascendencia propia, puesto que atañe a sociedades enteras y en ella interviene la voluntad de los individuos representada, en casos mutantes regresivos como el
que nos ocupa, por la coercción ideologíca y física surgente del milenario apabullamiento del hombre. Todos los Partidos comunistas padecieron la sustitución dictarial de sus direcciones elegidas, por otras formadas de funcionarios dóciles, pero principescamente pagados. Ninguna, sinembargo, está tan estrechamente ligada al nacimiento y consolidación de la contrarrevolución stalinista en Rusia como la que actualmente despotiza en Pekín.

El Moscú y el Pekin actuales se deben mutuamente la vida. De haber salido triunfante la revolución proletaria de 1926-27, la vigorización consecuente del proletariado mundial habría extrangulado en gérmen la contrarrevolución rusa, y la historia de los ultimos 30 años habría seguido un curso positivo, antipoda del actual. A su vez, el partido de Mao Tse-Tun no sería hoy señor de horca y cuchillo sobre 500 millones de hombres sin el triunfo de la tendencia contrarrevolucionaria en Rusia. Mutación reaccionaria rusa y mutación reaccionaria china produjéronse al par y axiliáronse recíprocamente. Quienquiera no lo tenga en cuenta al hablar de la China actual se desliza, quiéralo que no, a una zona de intereses opuesta a la del proletariado y baila a un son que le tocan. Es de recordar que los mejores propagandistas de la "nueva" China son representantes de la burgesía occidendal, descendientes directos —cuando no son ellos mismos— de aquellos que se lanzaron como jauria sobre los bolcheviques de 1917.

Para relizarse en el devenir como sociedad humana, el proletariado necesita adquerir por lo menos el grado de conciencia consentido por el rotar de la lucha de clases mundial. La experiencia dada por la contrarrevolución stalinista es mucho mas importante, por su tremenda y amenazadora negatividad, que la de los episodios victorioros, demasiado breves hasta el presente. En tal sentido, es importantísimo recordar hoy un documento casi totalmente ignorado en el mundo, llamado *Carta de Shangai* y suscrito, en el momento revolucionario del decenio 20, por un grupo de militantes responsables de la primera hora, cuando llamarse comunista y pertencer a los comités no significaba privilegio material ni esperanza de él, sino peligro y dedicación a la causa del proletariado. La *Carta*, critica la política pro-burguesa del partido chino, ya amputado de su verdadera dirección, y lanza contra él, creyendo ingénuamente que los hombres de Moscú se escandalizarían, estas dos acusaciones: 1ª, los nuevos comités no seleccionan sino a hijos de mandarines y de la burguesía para estudiar en sus escuelas, ser enviados a las escuelas rusas y para acceder a los cargos dirigentes, siendo tratados los obreros como calidad despreciable; 2ª, la concepción que de sus tareas tiene la nueva dirección es enteramente militar, ajena a la intervención directa y a la adquisición de conciencia política por parte de los explotados.

Acusaciones de alcance mucho mayor del que pensaban sus autores, que arrojan gran claridad sobre las charcas en que ha bebido el Partido "comunista" chino, y sobre su composición social. En efecto, sus cuadros políticos proceden casi en totalidad de las antiguas clases diri-
gentes, en particular de los clásicos y embrutecidos mandarines y de los serviles compradores surgidos al cotacto con el capitalimo occidental[^c2]. Durante muchos años, burócratas, generales y plumíferos de esa estirpe adocenada que el stalinismo llama teóricos eran de continuo intercambiados, como en osmosis natural, entre los respectivos cuarteles generales de Mao Tse-Tun y Chan Kai-Chek. Este mismo ha debido reflexionar mas de una vez sobre sus posibilidades de seguir a lomos de China desde una secretaría del partido stalinista. Necesitaba haber caído en cuenta mas a tiempo. ¿No le están ofreciéndo hoy mismo un alto puesto en el gobierno de Pekín, a condición de rendir Formosa? Imagínese a Lenin y Trotzky ofreciendo a Kornilof, Deninkin o Wrangel entrar en su gobierno y se tendrá, por oposición, una idea clara del caracter reaccionario de los hombres de Pekín. Por otra parte, para nadie que no lo olvide adrede es un secreto que despues de la última guerra, convertida Rusia en la segunda potencia imperialista, los generales de Chan Kai-Chek pasaban con armas y bagajes a Mao Tse-Tun o bien le vendian las armas recien recibidas de Estados Unidos. El gobierno yankee, aconsejado por sus embajadores y observadores, retiró a Chan Kai-Chek el suministro bélico, a ciencia y conciencia de condenarlo a la derrota. Washington esperaba, en verdad, hallar en los nuevos amos de China interlocutores condescendientes, y estar en Pekín tan presente, cuando menos, como Moscú. Todavía no ha ocurrido así, pero ocurrirá fatalmente, salvo derrota de Pekín a manos del proletariado o guerra próxima. Hay para ellos, entre otras razones de peso, esta irrecusable: no siendo el partido dictador una asociación ideológica revolucionaria, ni tampoco el partido ruso, la lucha por el disfrute de la plus-valia llevará aquel a contraponer Estados Unidos a Rusia tan pronto encuentre ocasión propicia. Mientras la sociedad esté regida por minorias explotadoras necesariamente tiránicas, éstas basan su "indepencia" y su "grandeza nacional" en la doblez respecto de las principales potencias. En el mundo actual, sometido a tremendas presiones económicas, políticas y militares, ha disminuido para pequeños y medianos la posibilidad de doble juego, pero en la misma proporción se acrece la importancia del hecho. La alianza entre Moscú y los diversos gobiernos de su órbita no se basa en ideas, y menos en una homogeneidad económica socialista. Nada mas indignante, a este respecto, que ver a hombres y grupos que se dicen anti-stalinistas hacerse en parte eco de las falsificaciones oficiales, befa para el proletariado. Muy otra es la realidad: todo partido o régimen dependiente de Moscú es perfectamente compatible con el servicio a Washington, sin necesidad de cambiar jota en su pretendida base económica socialista. No sin razón, el precedente de Tito saca de quicio al Kremlin, y en vano ha procurado éste, en los últimos años, mostrarse un caporal imperialista tan dúctil como el americano.

Con todo, la acusación esencial y mas clarividente de la *Carta de Shangai* es la tocante al abandono de la lucha de clases y su suplanta-

[^c2]: Este hecho ha sido señalado, en los últimos años, por personas que ignoraban la existencia de la *Carta de Shangai*, tales George E. Taylor y Etiemble.
ción por la lucha militar. Sobrepasaba, con mucho, el alcance que le dieron sus autores[^c3]. Creían todavía éstos que se trataba de una de una deformación peculiar al Partido comunista chino, protestando ante el Comité Ejecutivo de la Internacional cuando ésta había sido ya convertida en brazo tentacular del gobierno ruso, y el gobierno ruso, enteramente apresado por los intereses reaccionarios subsistentes en la sociedad, ponía sin recato en práctica *su* lucha de clases contra el proletariado. La situación política y económica se había volcado en Rusia del revés. Los intereses reaccionarios políticamente expuestos por la burocracia stalinista, incompatibles con el proletariado ruso y la revolución mundial, no tenían otro asidero que los métodos militares frente a peligros exteriores, y los policíacos frente al peligro interior de las masas. El "método" estaba inventado desde los Faraones.

Es un hecho netamente observable que desde la revolución china de 1926-27 la intervención del Kremlin en el movimiento obrero mundial se inspira cada vez menos en los intereses de clase del proletariado, hasta que finalmente, abandonándolos incluso en palabras con el Frente popular, aparece en flagrante delito de destrucción de la revolución española. El Kremlin se orientaba inequívocamente a la guerra, no a la revolución. Se había consumado una involución de muy grave trascendencia, cuyas consecuencias siguen abrumando al proletariado.

En efecto, si la revolución rusa encentó la acometida internacional del proletariado contra capitalismo y guerra, la derrota obrera llevaba por insoslayable consecuencia el desencadenamiento de una nueva guerra. La obstinación con que, a través de sus partidos, procuró el Kremlin la derrota de la revolución internacional revela cuanta conciencia tenía de la naturaleza reaccionaria de sus propios intereses. Se emplazaba voluntariamente en el mundo como una potencia imperialista mas, lejos del circuito histórico revolucionario. Fué él quién dió, aliándose a Hitler, la estrepada última al desencadenamiento de la guerra.

Esta ojeada a los acontecimientos mundiales ilumina como es debido la situación actual en China. La larga existencia de un ejército stalinista en los confines del país, su engrosamiento y victoria posteriores son consecuencia directa de la evolución militar y contrarrevolucionaria del Kremlin. Sin ella no existirían Mao Tse-tun ni sus Chu-En-lai, sino que asistiriamos tal vez a un embate del proletariado aun mas profundo que el de 1926-27. Porcima de la balumba propagandística y de la estulticia de tantos burgueses en pena de orpeles radicales, cuando no de oro amonedado, la estremecedora historia de los últimos decenios no deja lugar a duda: el nuevo gobierno de Pekín proviene de la derrota del proletariado internacional, el chino y el ruso los primeros.

[^c3]: La mayoría de sus firmantes habrán caido víctimas de Mao Tse-tun, pero no está excluido que algunos sean hoy potentados del nuevo gobierno, por virtud de la corrupción y el envilecimiento de los hombres que es la práctica primera del stalinismo. El valor político del documento sería así doblemente ratificado.

Entre las interpretaciones circulantes de la China actual, la mayoría, mera propaganda asoldada, no merecen consideración. Las mejores son flébil producto impresionista no exentas de involuntaria influencia oficial. Ninguna tiene en cuenta las premisas aquí delineadas, que son precisamente el acerbo camino donde los hombres han ido sembrando sus ideas y sus huesos.

Exento de propósito revolucionario, temeroso de la entrada en acción del proletariado, el ejército de Mao Tse-tun avanzó sobre las zonas vitales del país en medio de la indiferencia general. La llamada "gran marcha" es una fabulación tan grotesca como la "marcha sobre Roma" de Mussolini. Parecidas complicidades interesadas hicieron del hecho un paseo militar con horario y objetivos preconcebidos. En los centros industriales el proletariado se mantuvo renuente y desconfiado; la propia multitud campesina fué inerte, pues sabía que el ejército ocupante había ejecutado en diversos casos a trabajadores de la tierra por haber tomado la iniciativa de expropiar y distribuir latifundios. En Shangay, Cantón, Pekín y centros industriales en general, la prohibición de huelgas fué una de las primeras medidas del vencedor. Y doquiera encontró núcleos revolucionarios organizados, los fusiló o encarceló siempre que se negaron a sometérsele, cosa que no podían hacer sin traicionar todos los principios revolucionarios.

Lo caracterítico de una revolución, el venero mas abundante de su riqueza creadora es la exaltación de las masas abatidas y escarnecidas durante siglos. Su accesión al derecho y al poder, garantizado por su intervención directa en la gestión económica y política, es el primer signo y la condición de una revolución comunista. Nada parecido ha ocurrido en China, ni al principio de instalarse el nuevo gobierno ni después. Los pasos y medidas del ejército y el partido stalinistas fueron cautelosamente medidos para evitar la intervención de las masas y para vencerla caso de producirse. La propia burguesía apareció directamente aliada a Mao Tse-tun contra las tentativas obreras de exigencia y movilización. Ni un sólo dia, ni una sóla vez han dispuesto los explotados, no ya del poder político, sino del simple derecho de voto y de las libertades de expresión y organización. Cualquier revolución burguesa menor, sin necesidad de recurrir al gran ejemplo francés de 1793, consintió a las masas explotadas hablar, votar por quienes les petase, organizarse y luchar por sí y para sí. La propia república burguesa china de principios de siglo les consintió mas derechos que Mao Tse-tun. Hoy, la organización al margen del partido dictador sólo le está consentida a la iglesia, que sabe siempre servir a los amos; para los revolucionarios se traduce en cárcel o fusilamiento. Derecho de expresión no existe otro que el martilleo de la propaganda oficial, y en cuanto a elecciones o derecho de voto, representan una farsa muy similar a las que en España organiza Franco de cuando en cuando. Carlos Marx decía de la democracia burguesa que representaba sólo, para los trabajadores, el derecho de decidir, entre un determinado número de candidatos o partidos, quiénes habrían de oprimírlos gobernándolos. El gobierno chino se encarga él mismo de dictar a los trabajadores por quie-
nes han de votar taxativamente. Las listas únicas representan nada mas, para los en ellas inscritos, un premio a sus servicios otorgado por la dictadura.

Sólo por esmero de exposición cabe recordar que tampoco existen en China organismos obreros de poder. La revolución rusa fué obra molecular de los soviets. La revolución alemana de 1921-23, como la China de 1926-27, originaron una gran floración de organismos obreros del mismo nombre. En la España de 1936, los comités obreros fueron la base y el alma de la revolución, y su desaparición la causa principal de la derrota. Por el contrario, tan sólo propagar la idea de ellos bajo el gobierno de Pekín acarrea la persecución. Mucho antes de dominar el país entero, el aparato militar y policíaco ejercía todas las funciones gubernativas, atraillando a los hombres, dictándoles cuanto habían de pensar, decir y hacer.

El poder obrero no puede ser conquistado y preservado sino por el armamento de los obreros mismos. El armamento sin las ideas no decide aun en favor de la revolución, pero las ideas sin el armamento tampoco pueden triunfar. Mientras los trabajadores conserven el dominio de las armas, rechazar enemigos abiertos o solapados, enderezar desviaciones anti-revolucionarias no representa mas dificultad que adquirir la idea de hacerlo. De ahí que el primer paso de los enemigos de la revolución, siempre solapados despues del triunfo, sea arrebatar el dominio de las armas a los trabajadores. Rusia y España roja son los ejemplos mas salientes. Mediante maliciosas tretas, por la violencia o combinando tretas y violencia fué el proletariado desarmado y la revolución vencida. Mas allí y en otros sitios no citados existieron revolucines. En la China stalinista nada de eso ha sido necesario, por esta simple razón: el régimen ha sido impuesto a los explotados por la fuerza armamental del ejército y la policía. Ni un instante siquiera dispusieron de armas los de abajo.

Es natural que una parte de los políticos e intelectuales burgueses occidentales hablen con arrobo de "la revolución china". Si existiese tal revolución la combatirían, como combatieron ayer la revolución rusa y la española mientras fueron revoluciones. Son consecuentes consigo mismos: dan la mano y laudatorios elogios a regímenes que precaven la sublevación del proletariado y por ende la autentificación del hombre. Por el contrario, es antinatural e indignante oir la expresión, *revolución china*, en boca de hombres que se dicen trotzkistas. Fué la revolución china precisamente la que permitó a León Trotzky escribir una primera crítica sistemática de la política internacional del gobierno ruso. En su pensamiento, la política practicada en China era la versión externa de los intereses conservadores del termidor. Ahora que el termidor, hecho contrarrevolución, se extiende militarmente extrafronteras, hombres que invocan a Trotzky convalidan y dignifican la sucia obra de aquel. La razón no puede asistir a la vez a las tremendas acusaciones de León Trotzky y al incienso stalinizante de los tales trotskistas hoy. De rondón aprueban éstos el sistemático rechazo de la revolución mundial practicado por el Kremlin durante 30 años
y por consecuencia tácita, pero implícita, el asesinato de los bolcheviques, el de Trotzky incluido. Al fin y al cabo, según ellos, todo eso ha conducido a la revolución. Y lo dicen precisamente en el momento en que el mundo proletario, no sólo la vanguardia, empieza a darse cuenta de la naturaleza capitalista y contrarrevolucionaria del stalinismo. Involuntariamente, la imaginación se siente sobrecogida por el recuerdo de Malinousky[^c4].

Las derrotas del proletariado han consentido al stalinismo, cuya publicidad y peso material en el mundo son gigantescos, degradar el pensamiento de sus secuaces e incluso averiar, en parte, el de sus adversarios revolucionarios. Algunos de éstos, con todo y denunciar al stalinismo como anticomunista, le asignan, sinembargo, un cometido antifeudal, anti-imperialista e industrializador, al menos en China y similares países de zaga. Son incapaces de considerar el mundo en su devenir histórico complejo, pero aunado, y por otra parte, las cifras y hechos económicos les impresionan como a jefes de empresa. Creen ser materialistas cuando no son mas que economistas. Imaginan aplicar el pensamiento revolucionario según el nivel de desarrollo de cada país, cuando en realidad lo destazan en otras tantas partes inconexas y a menudo contradictorias.

La etapa feudal de la sociedad no la han conocido mas que los países europeos, y ni siquiera todos. Es un grave error de apreciación histórica hablar de existencia o supervivencia de formas feudales en Asia y Africa. Quienes lo hacen, homologan al feudalismo toda economía agraria atrasada, al mismo tiempo que nos obsequian sus lucubrabraciones cual si resultasen del mas pristino rigor científico. En Asia y Africa superviven estructuras económicas y ligámenes políticos sin nada de común con la relación contractual o consuetudinaria de vasallo a señor que es el trazo esencial del feudalismo. Mas presentes están allí la relación de cliente a patricio, las formas económicas de los viejos imperios anteriores a la aparición del feudalismo europeo, y aun otras mucho mas arcaicas. Los seguidores de esquemas rectilíneos de evolución no sabrían qué recomendarnos si tuviesen en cuenta la verdadera estructura de la mayor parte de China y otros países rezagados. El comodín del feudalismo, dándoles por premisa lo que no existe, les consiente ordeñar su melaza progresista.

Tan funesto a la fecundidad del pensamiento humano como el idealismo, es ese materialismo que no sabe destacarse del sustrato material hasta el máximo posible dentro de cada situación dada. Engels dice en una carta que si en tiempos de los cruzados los gobiernos hubiesen tenido la idea de introducir el mercantilismo, la evolución humana se habría acortado de siglos. Ese es, a mis ojos, un pensamiento materialista digno del nombre, de posibilidades óptimas hoy mas que nunca recogido por el proletariado mundial. Los pueblos atrasados pueden, si, saltar etapas enteras de desarrollo que otros pueblos han tenido que recorrer paso a paso durante siglos. Cada vez mas, la humanidad aparece como un solo ente social, múltiple, homogéneo y solidario

[^c4]: Policía zarista introducido durante muchos años en las filas bolcheviques, donde desempeñó un importante papel, hasta ser descubierto, despues de la revolución.
al mismo tiempo. Se puede ir directamente de la carreta a la energía nuclear, de las prácticas animistas a la concepción revolucionaria del mundo. El otro materialismo obstruye el adelanto máximo posible.

La "progresidad anti-imperialista" de Mao Tse-tun, como la de Nasser o la de los afligentes remedos nacionales del mundo negro, es una de las peores aberraciones del automatismo materialista. La última guerra no ha dejado mas que dos naciones completa y verdaderamente independientes, en espera de que una de ellas aprese a la otra, perspectiva obligada salvo revolución mundial. Cada una de esas dos naciones es profundamente anti-imperialista *contra la otra*, y por interesado mimetismo sus respectivos satélites. Ya antes de la guerra, el capital financiero e industrial era bastante fuerte para confiar a los nacionalistas el gobierno de las colonias. Ahora, por contradicción de pura apariencia, las colonias se "independizan" gracias a la tremenda e inconciliable contraposición de los imperialismos ductores. Cada gobierno nacional nuevo, cada guerra "de independencia", la de Argel comprendida, es un chantage y un ofrecimiento de la burguesía nacional a los dos colosos. El F.L.N. argelino (Frente Nacional de Liberación) cuyos procedimientos e ideas serían calificados de fascistas en cualquier país de Europa, no habría conseguido desencadenar la guerra sin la protección de Rusia, que le suministra armas por muy diversos conductos; pero al mismo tiempo, está dispuesto a recibir el gobierno, y el futuro dinero, de manos de de Gaulle y de las finanzas yankees. La aspiración máxima de esos gobiernos nuevos es conservar sus posibilidades de maniobra y de chantage respecto de oriente y de occidente. Pero tienen que servir principalmente a uno u otro bando. Nerhú mismo, el modoso gobernante de la India "independiente", reconocía no hace mucho que la sujeción de los países nuevos al imperialismo permanecía bajo la fórmula farisaica de "buenas relaciones económicas y culturales".

El stalinismo, por sí sólo la segunda fuerza imperialista del planeta, que ha sido alternativamente doméstico del imperialismo anglo-francés durante los años de frente popular, del imperialismo nazi durante el pacto Hitler-Stalin, y otra vez del imperialismo yankee antes de convertirse en jefe de fila e iniciar la guerra fría, no es, como fuerza política exterior, mas que una tropa avanzada de su metrópoli. Su victoria sobre Estados Unidos en cualquier país marca allí el asentamiento de los intereses rusos. Asentamiento draconiano, por ser las posibilidades financieras del mismo relativamente exiguas[^c5], y tan grandes, en cambio, sus exigencias políticas, que hasta sus propios funcionarios locales las avalan de mal talante. ¡Deleznables revolucionarios quienes no equiparen los dos imperialismos!

[^c5]: Hemos visto antes al imperialismo alemán, cuya capacidad exportadora de capital financiero se quedaba detrás de la de sus rivales, apropiarse el capital ya constituido en los países que ocupaba, fuese en calidad de indemnizaciones de guerra o mediante operaciones de venta forzada a precio ínfimo, y servirse después de él colocándolo —ya capital propio— en los mismos sitios de expropiación o en otros.

Mas aunque el stalinismo fuese efectivamente una fuerza anti-imperialista, los revolucionarios no tendrían por qué deponer ante él, lo mismo que ante las burguesías nacionales propiamente dichas, su completa hostilidad. El proletariado no debe en ningún caso y bajo ningún pretexto sujetarse a la burguesía. Lenin mismo, entre todos los revolucionarios el mas resueltamente partidario de la lucha por la independencia nacional, asignó siempre en ella al proletariado conducta y pensamiento lejanos de la mas ligera subordinación al capitalismo autóctono. Y era todavía un tiempo en que se podía conjeturar, sin flagrante contradicción con la experiencia, que el alindamiento nacional de colonias y semi-colonias impulsaría su adelanto político y económico, al mismo tiempo que enfeblecía —resultado óptimo— las clases domiantes imperialistas, facilitando así el triunfo de sus respectivos proletariados. La experiencia ha echado por tierra esas conjeturas, tal cabalmente que la propia posición de Lenin, no ya la de los progresistas cuño de hoy, aparece en completo defecto.

Económicamente, la independencia nacional conlleva, como máximo, un desplazamiento de la plus-valía. En los casos mismos en que aumenta la porción de la burguesía autóctona, continua e incluso se agrava la subordinación, ya a la antigua metrópoli, ya a otra nueva con cuya complicidad consiguiere obtener el rango de nación. Las masas explotadas nada ganan en derechos y libertad, cuando no pierden netamente, cual sucede a menudo en los países árabes, donde la teocracia islámica asfixia los hombres, y en los "libertados" por la totalitaria aplanadora rusa. Y apenas es necesario mencionar, por demasiado conocida, la protección del imperialismo americano, en nombre del "mundo libre" a Sigman Ree, el reyezuelo marroquí, Franco y tantos otros de su laya en tres continentes. Quienes hablan de revolución nacional o revolución afro-asiática prostituyen el lenguaje y enturbian peligrosamente las ideas.

Las revoluciones burguesas fueron, cierto, acontecimientos de magnífica trascendencia para el futuro de la humanidad. Pero en vano se buscará una similitud siquiera remota de los movimientos nacionalistas, no ya con la gran revolución francesa, sino con cualquier otra de las revoluciones menores europeas. La época de las revoluciones burguesas y de las naciones ha periclitado. En ningún país hay lugar para otra revolución que la proletaria. El propio capitalismo englute fatalmente las naciones en su torbellino, subordinándose incluso el adelanto puramente industrial en las zonas que él llama "deprimidas". Los Nasser, Kassem, Mao Tse-tun, Sigman Ree, Nerhú, etc., no son Robespierres, ni tan siquiera tórpidos Bismarks. No son resultado de un progreso en marcha, sino del retroceso revolucionario y de la derrota del proletariado durante decenios. El mundo revienta de la existencia de las naciones y de los bloques imperialistas. El dia quizás no lejano en que el proletariado los haga saltar —necesidad urgente— las vergonzantes nacionaliades nuevas se esfumarán, junto con las viejas e imperialistas, ante el primer acto constitutivo del mundo revolucionario. Mientrastanto, significan una fuerza de policía mas.

La propia euforia del economismo y las estadísticas nos ha enseñado de sobra que ese dominio del número y la exactitud es uno de los que mas admiten la inexactitud y la mentira deliberada. Los gobernantes chinos saben sacar de eso tanto partido como cualesquiera otros embaucadores políticos. Por nuestra parte, los revolucionarios debemos precavernos de caer en la tela de araña de las estadísticas, y juzgar, en cambio, el sentido histórico y el contenido de clase de los hechos económicos. El desarrollo de los medios de producción por sí mismo es una de las mas importantes peculiaridades del capitalismo, sustento de la explotación obrera y de la alienación del hombre en general. Los medios de producción, gigantescamente desarrollados, aparecen frente al hombre como ingentes fuerzas para él incontrolables, oprimiéndolo, empequeñeciendo cada vez mas su personalidad, menguando su libertad, haciendo del trabajo una carga embrutecedora. Lo grandioso y mas prometedor de la revolución proletaria consiste precisamente en volcar por entero esa milenaria situación del hombre respecto de los instrumentos de trabajo, poniéndolos enteramente a discreción de sus necesidades.

La China de Mao Tse-tun ha puesto los medios de producción a discreción de la minoría gobernante, en la cual se codean amistosamente burgueses, mandarines, generales, compradores asimilados y ex-revolucionarios envilecidos, todos ellos convertidos en "embolsadores de beneficios" (Engels). Por relación al proletariado los medios de producción no han cambiado de manos, igual que cuando una empresa privada pasa a ser sociedad anónima. Todo desarrollo ulterior de los medios de producción en China será pues, al mismo tiempo, un desarrollo de la explotación y una confirmación y una confirmación de la alienación del hombre. El carácter de clase es contrario al del proletariado, y el sentido histórico netamente reaccionario.

Al contrario de lo que cree la mayoría de la vanguardia revolucionaria de hoy (y entiendo por tal *únicamente* grupos y personas que señalan en Rusia la contrarrevolución y el capitalismo de Estado), no todo desarrollo de los instrumentos de producción es positivo, por mas que arroje índices ascendentes de mercancias, haga ingenieros y acrezca el número de trabajadores. Es tiempo de terminar con un materialismo de tan simplón jaez, engendrador de torpezas teóricas y de derrotas proletarias. Para ser progresivo, el desarrollo de los medios de producción debe ir acompañado de un aumento del consumo de la población laborante, de su cultura y su libertad. La propia burguesía lo ha realizado así en línea relativamente recta hasta el momento de su crísis decisiva. Para una economía socialista o que pretende orientarse al socialismo, ese trazado es demasiado pobre. En ella, el desarrollo de los instrumentos de producción ha de ser función directa del consumo, de la cultura, de la libertad y de la desaparición completa de las diferencias económicas, o sea de las clases. Y bién, el capitalismo de Estado no realiza siquiera el mezquino trazado de la vieja burguesía, trátese de China, Rusia, o de cualquier otro país. Lo que en la economía capitalista ha consentido al proletariado mejorar su situación material, y por consecuencia su situación política y cultural en la
sociedad, es el derecho a rechazar el precio y las demás condiciones ofrecidas a su fuerza de trabajo por el capitalista. Bajo el stalinismo desaparece esa libertad, tan de consuno en la práctica que ni siquiera era pensada como libertad. Su supresión fué la piedra angular de la erección del capitalismo de Estado en Rusia, como está siéndolo en la China de hoy. La mano de obra es movilizada y distribuida coercitivamente, al precio que los amos dicten. No se planifican los instrumentos de producción para someterlos a las necesidades del proletariado, sino que se regimenta el proletariado para someterlo por entero a los instrumentos de producción. Por mas que ese sistema de semi-esclavitud pretenda ser bautizado de socialismo, las multitudes que lo padecen resisten a él de mil maneras, individuales y colectivas, pasivas y clandestinas o activas y descaradas. Tanto mas el gobierno recurre a una minuciosa y fria represión totalitaria. El stalinismo es inseparable de ella, con Khrutchef igual que con su predecesor, con Mao Tse-tun igual que con Tito. Se construye así un sistema que exacerba los rasgos mas odiosos del capitalismo tradicional, en contradicción completa con las necesidades y posibilidades actuales de la humanidad. Tal es la base económica de la China de hoy.

Es inútil sacar aquí a colación las nuevas fábricas construidas y los indices de crecimiento de la producción. Las antenas los dan a voleo, falsificados o tergiversados como de costumbre. Aun veraces, no son mas que el signo de la acumulación del capital, sin ninguno de los factores que antaño hicieron de ella algo progresivo. Mas importa contestar aquí a quienes pretenden que en China no se puede hacer otra cosa, dada la innegable necesidad de insdustrialización. Fastidiosa categoría de revolucionarios que considera el socialismo incapaz de industrializar un país. No ve que la técnica mundial está igualmente presente para ser utilizada por los "embolsadores de beneficios" del capitalismo de Estado o por el proletariado en despliegue de sus formas socialistas. Evidentemente, los procedimientos de producción y *distribución* socialistas realizarían gigantescos adelantos económicos inalcanzables para el capitalismo de Estado, y además concordes con la libertad y la elación del individuo indispensable al nacimiento de una nueva civilización. Aquello mismo que con el látigo y en detrimento de los hombres realiza restringidamente el capitalismo de Estado, constituye una prueba, por contraposición, de lo que realizaría la revolución triunfante. Mas en el caso de China conviene añadir que no conseguirá jamás recorrer el camino de Rusia. Esta benefició de una revolución efectiva y del prestigio consecuente en el interior y en el exterior. Nada similar en China, y en cuanto a prestigio, el del stalinismo mundial ya no existe verdaderamente sino del lado reaccionario. Sólo los atardados piensan todavía que Rusia y sus satélites sean socialistas. Por lo demás, la propia Rusia se encargará de reducir a sus conveniencias el crecimiento industrial de China.

Los gobernantes de Pekín han enriquecido los procedimientos y el lenguaje mismo de sus progenitores moscovitas. A la mentira como factor principal de información y educación, a la falsificación premedita-
da de las ideas y aun de la letra del marxismo, antigua práctica en Rusia, han sumado la viscosa doblez de los cortesanos imperiales, los bonzos búdicos y los letrados y mandarines del antiguo régimen. En sus formas y costumbres acusan la triple herencia que los tara: la vieja tiranía manchú de origen divino, la mas venal y reciente de Chang Kai-chek, y la tiranía stalinista rusa. Versos y teoría de Mao Tse-tun, en los que difícilmente se encontrará algo que se eleve por encima de lo ramplón[^c6], recuerdan las vaciedades olímpicas y cursis de los letrados en corte. Al principio de la ocupación de Shangay, el "filósofo" y delicado Mao rogó humildemente a grupos y comités obreros anti-stalinistas acudir a aconsejarle e informarle. Quienes le complacieron dejaron pronto de estar en condiciones de acudir a parte alguna. La campaña de confesiones públicas y purificación de los confesantes fué un inmundo torneo de bajezas que recuerda a la vez el Ejército de Salvación británico, los procesos de Moscú y el látigo con que los monarcas manchús corregían en público a sus nobles, que así volvían también a la gracia del soberano. Mas tarde, la llamada "campaña de las cien flores", invitación personalmente hecha por Mao Tse-tun a la crítica libre y sin represalias, transformada enseguida en campaña de las cien tumbas, es del mas puro viejo estilo oriental. En fín, la actitud de los gobernantes hacia los gobernados es, como ayer, de desprecio y vejación de la personalidad. Los jefes no están mas cerca del pueblo que la antigua nobleza, y viven cual potentados, rodeados de clamoroso fasto en medio de la miseria general. Se trata, sí, de la misma vieja China que pone al dia sus métodos de opresión.

Sin duda la síntesis mas patente de la ancestral maulería oriental y de la impudente falsificación stalinista es la reciente iniciativa de las "comunas rurales". Mientras Moscú no se ha atrevido a prometer el comunismo sino para un futuro indeterminado, limitándose a hablar de socialismo, sus discípulos de Pekín, aventajando al maestro, presentan su embauco como un atajo al comunismo. Era demasiado. Moscú puso morros al proyecto, no por creerlo defectuoso o veraz, sino porque en su calidad de caporal imperialista le es intolerable verse arrebatar la iniciativa, siquiera se trate de engañifas propagandísticas. Aunque Pekín ha bajado evidentemente el tono, el altercado continua entre banbalinas. No es una querella ideológica sino de secretos intereses entre las dos capitales.

[^c6]: Sabido es que los reaccionarios franceses de Argelia se han servido de las ideas de Mao Tse-tun para aterrorizar y encuadrar a la población árabe. Serían evidentemente inutilizables para tal fin si se tratase de ideas revolucionarias. Pero no es ese sólo el aspecto en que la reacción occidental se inspira en el bando adverso. Buena parte de los modernos procedimientos de explotación de los obreros en las industrias europeas y americanas son calcados de los de Rusia, así como esa otra técnica innoble que es la técnica de la represión policiáca. En los calabozos de la dirección de seguridad de Madrid, un jefe de policía me ponderaba la solidez del régimen: "Aquí hacemos como en Rusia. Para que nadie se mueva ni haya huelgas atizamos de lo lindo".

Hay que decir de una vez por todas que socialismo y comunismo son voces absolutamente sinónimas expresivas de un mismo concepto: la sociedad sin clases ni Estado, que permite al hombre la plena posesión de sus facultades. Fué la forma subrepticia y cazurra en que se produjo la contrarrevolución rusa bajo Stalin lo que llevó, por necesidades de fraude, a hacer de de cada sinónimo una etapa diferente de la sociedad: la etapa socialista, en la cual vivirían ya Rusia y países cauda, y otra etapa comunista celestialmente remota. La propaganda extendió esa superchería. Así se le colocó el marchamo de socialismo a un capitalismo de Estado construido con ayuda de los propios esquemas de la acumulación del capital dados por Marx en su obra fundamental. Procedimientos y leyes de la explotación burguesa rigen allí con tal evidencia, que el hecho fué oficialmente reconocido hace casi 20 años. El genio de Stalin —anunció la prensa rusa— había descubierto que la ley del valor era la base de la etapa socialista. Ahora bién, la ley del valor constituye al mismo tiempo el cimiento mas hondo y la fisiología entera del capitalismo.

El movimiento revolucionario prevé de siempre, entre la revolución y la realización del comunismo, una "etapa de transición" durante la cual *desaparece la ley del valor* y con ella todas sus consecuencias sociales, políticas y psicológicas. Ningún paso es posible en ese sentido sin suprimir el disfrute de la plus-valía y el mangoneo de los instrumentos de trabajo por una minoría social. Ahora bién, el proyecto chino pretende que sus comunas, si no son ya el comunismo con medios rudimentarios, nos lleva hacia él a toda prisa. Pekín mismo nos ha dado suficiente información para saber de qué se trata. Los campesinos son expulsados de sus casas y chozas y alojados en dormitorios promiscuos, como en las cárceles superpobladas de la España franquista. La libertad de cocinar y comer por cuenta propia desaparece, quedando obligada la población a nutrirse en refectorios y cocinas semejantes a los de las obras pias. La escasa tierra y los instrumentos de producción de que dispusieren los campesinos, obreros y artesanos les son arrebatados en nombre del "bien común". En cambio, la distribución de los productos y aquello que permitiría a los campesinos garantizar el bién común, las armas, son de uso y abuso exclusivo de los funcionarios impuestos por el partido gobernante. La propaganda silencia las condiciones económicas en que éstos viven, señal cierta de que, bién al margen de lo que ellos llaman comunismo, se reservan la parte del león. Su monopolio de las armas, como del poder político y de la libertad de palabra, traduce el brutal hecho económico de su monopolio de la distribución y del disfrute. En cambio, estos devotos "comunistas" inciensan los méritos de *su* régimen, que da a los campesinos, "tres veces al dia y gratis", un tazón de arroz. Es todo el salario en muchos casos. Al mismo tiempo, Mao Tse-tun habla de crear un tipo de hombre planificado, como quién dice autómata, de docilidad garantizada. Si los stalinistas rusos pretenden hacer pasar por socialismo su oprimente capitalismo de Estado, sus homólogos chinos les dan evidentemente ciento y raya presentando la vida de cuartel, convento o cuadra como algo relacionado con el comunismo. Proyectos semejantes sólo pueden nacer de la necesidad de ejercer
un control policíaco estricto sobre la inmensa población china. Así se construye la esclavitud, que de hecho ya está en parte organizada. Para el comunismo se requiere en China, antes de proceder a otras medidas, el fusilamiento previo de la reaccionaria e impostora pandilla gobernante.

Es imposible comprender la grave situación presente del mundo, ni ninguno de sus sucesos aisladamente, sin una visión aunada del complejo histórico de los últimos 40 años. Los Mao Tse-tun, Nasser, Tito, Nerhú, como por la otra banda los Franco, Adenauer, de Gaulle, Eisenhower y el Vaticano mismo, no nacen o superviven sino como funciones apenas diferentes entre sí de la derrota de la revolución socialista internacional. En la marcha adelante de la historia no habría lugar para ellos; lo han encontrado en el retroceso impuesto por las fuerzas reaccionarias durante decenios. Pero hay que entender esas fuerzas reaccionarias en su pleno sentido, no en el sentido cambalístico que les da una propaganda surgida ella misma del mas retrógrado de los fondos sociales. El hecho dominante en la historia contemporánea, sin superar el cual la humanidad no saldrá del punto muerto actual, es la reversión contrarrevolucionaria acaecida en Rusia durante el decenio veinte, enteramente consumada en los primeros años del siguiente. Estremeciendo la conciencia del proletariado mundial, la revolución rusa lo puso en camino de su triunfo. Pero el capitalismo mundial, *comprendiendo sus restos sociales e ideológicos dentro de Rusia*, tuvo aun vitalidad suficiente para corroer y transformar en su opuesto la revolución. Desde entonces, Moscú es una fuerza reaccionaria de primera magnitud. En China, causó sucesivamente el triunfo de Chang Kai-chek y el de Mao Tse-tun, en Alemania el de Hitler y después respectivamente el de Ulbricht y Adenauer, en España dió directamente el triunfo a Franco. En el mundo entero abrió curso a la guerra imperialista en lugar de la revolución internacional. Durante la guerra, organizó movimientos de resistencia nacional con el designio de impedir que la guerra imperialista fuese transformada por el proletariado en la esperada revolución. En fín, triunfante sobre las potencias del eje gracias a la ayuda del capitalismo occidental, orienta descaradamente su política en el sentido de un reparto del mundo con el imperialismo americano o bién de un encuentro bélico decisivo con él. Cualquier cosa excepto la revolución mundial, incluso si esa cosa ha de ser el triunfo ulterior de su rival. Al fin y al cabo, la posición de vasalla permitiría a la burocracia stalinista seguir siendo la explotadora del proletariado ruso.

La vieja burguesía, sea de Europa, América, Asia o Africa, pervive gracias a la contrarrevolución rusa. Esta ha aniquilado el potente movimiento revolucionario internacional, desmoralizado la esperanza y la conciencia del proletariado, prostituido casi la totalidad de la intelectualidad comunista y transformado la situación a tal punto que no existe hoy una sóla organización grande verdaderamente obrera. Incluso la vanguardia revolucionaria, necesariamente anti-stalinista, aparece desorientada. Contrariamente a lo que ocurría antes de la contrarrevolución rusa, las ideas están hoy confinadas a reducidísimos gru-
pos, mientras la gran masa, descorazonada y excéptica con razón, pero sin saber por qué, es víctima de los aparatos todopoderosos. Retorne a la religión, hágase stalinista, conviértase en gamberro (Teddy-boy) o amolúsque en simple demócrata, el hombre, obrero o intelectual, manifiesta, no el vigor de su personalidad, sino el abatimiento de su espíritu, su renuncia y pasividad acomodaticias.

En suma, la humanidad padece un enorme retraso ideológico por relación a sus posibilidades materiales. Antes que el núcleo de los átomos debiera haber estallado el proletariado mundial contra el capitalismo y sus guerras. Pero no por eso cambia de cariz ningún problema, ni admite solución diferente de la exigida por la necesidad internacional de socialismo. Dejemos a los aficionados supurar su melaza progresista sobre China, los movimientos nacionales, Argelia o cualquier otro señuelo. El proletariado no reconstituirá su organización y recuperará la iniciativa, la humanidad no levantará cabeza, sino planteando todos los problemas, de países atrasados y adelantados por igual, en función directa de la necesidad de revolución socialista internacional.

Pero vengamos a las últimas consecuencias. La sublevación y el triunfo mundial del proletariado sigue impidiéndolos hoy, principalmente, la potencia orgánica y embrutecimiento propagandístico sistemático desplegados por el aparato stalinista. En tal sentido, cabe afirmar que la victoria del proletariado, en cualquier país, contra el enorme aparato stalinista será un grandioso acontecimiento revolucionario. Occidental o ruso, el capitalismo le sobrevivirá apenas, si es que no rueda por tierra al mismo tiempo.

Mayo 1959, en Italia. G. Munis
