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Title: En Cuba. Aquellos polvos trajeron estos lodos
Description: La crisis de los misiles de Cuba revela el carácter imperialista de Rusia y la quiebra del antiimperialismo y del trotzkismo que apoyaba a Castro.
Author: G. Munis
Date: 01/01/1963
Category: Alarma (nueva serie) n.º 2
URL: https://marxismo.school/hemeroteca/alarma/1963-01-en-cuba-aquellos-polvos-trajeron-estos-lodos
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*Alarma*, nueva serie, n.º 2, enero de 1963 (págs. 18-24). [PDF del número completo](https://marxismo.school/assets/archivo/1958-93%20Hemeroteca%20del%20FOR/1958-88%20Alarma/1963%20Alarma%2002.pdf)

> "Cuando el proletariado está postrado por la derrota, las potencias reaccionarias disponen a su guisa del mundo, 'salvan' la paz o desencadenan la guerra, según convenga a sus siempre macabros intereses".

En mayo de 1961, el número 8 de *Alarma* decía: "Los Estados Unidos no ven en Cuba un régimen revolucionario, sino una cabeza de puente del ejército ruso cuya permanencia les es intolerable (...) Moscú utiliza el aventurero Castro principalmente para crear dificultades a Estados Unidos en América Latina, pero lo dejará caer a la primera presión seria o a cambio de cualquier concesión en otra parte del mundo". Y el número 7: "... los dirigentes cubanos definen su régimen, claro está, como 'democracia popular', con gran júbilo de Moscú y no más susto de Washington que la aprensión de ver a Cuba convertida en un sólo Guantánamo ruso tan vecino a Cabo Cañaveral. El régimen de los barbudos no les ofende de por sí, mal que pierdan algunas compañías, pués la hostilidad de fondo entre el Departamento de Estado y Castro no es política ni económica, *es militar*. Y así, lo mismo que empezó, podría acabar".

Nada hay que retraer de las palabras anteriores. El acierto de nuestros juicios sobre el régimen cubano no tiene mas que un mérito sencillo, si bién raro hoy entre los propios círculos avanzados: la certidumbre de que una revolución sólo puede originarla el proletariado, no un ejército, y menos el ejército de "los barbudos" aliado a un gobierno que tiene sobre las espaldas el asesinato de la revolución bolchevique y mucho más. Verdad primaria cuya ignorancia o desestimación incapacita para juzgar todas las situaciones que la guerra fría crea. Por desconsideración más que por ignorancia de cuanto de reaccionario implica toda concomitancia con la política rusa, la mayoría de los grupos revolucionarios han sido incapaces de atinar en sus juicios sobre Cuba.

Por ventura, los sucesos en torno a las bases atómicas rusas, poniendo la humanidad en la linde misma del cataclismo termo-nuclear, van a abrir muchos ojos. Cuando menos los de quienes no están asidos a interés alguno reaccionario o conformista. Sin quererlo, Khrutchef y Kennedy han esclarecido muchas ideas, disipado ilusiones, sacudido conciencias en torpor. El acontecimiento no dejará de contribuir a la renovación ideológica de la vanguardia proletaria mundial, condición *sine qua non* de todo triunfo revolucionario futuro. Esa misma vanguardia que por rutina intelectual, por un conservantismo teórico aberrante se ha negado, durante más de 20 años, a reconsiderar sus conceptos anticuados a la luz de la experiencia mundial, se ve de repente colocada ante una evidencia abrumadora: los proyectiles atómicos instalados en Cuba, el ultimatum de Kennedy, la retirada de Khrutchef y el acuerdo secreto (por ahora) entre los dos capitanes imperialistas. En los hechos vertiginosos de una semana se resumen y culminan cuarenta años de supercherías, cuarenta años durante los cuales el proletariado ha ido de derrota en derrota, recayendo siempre de una dominación en otra.

La lección que encierra la conducta de los dos primeros explotadores de la Tierra debe ser asimilada por entero y sin ambages por la vanguardia ideológica, de lo contrario el proletariado, a merced de los bloques militares, continuará siendo alternativamente carne de cañón y de acumulación capitalista. Lo primero a establecer es el completo descarrío de todos los análisis de la naturaleza del régimen cubano hechos por la vanguardia. Pero conviene precisar de pasada, para los principiantes, que la noción de vanguardia revolucionaria es incompatible con la obediencia a Moscú o a cualquiera de sus hijuelas. No hay más vanguardia que la que se irguió contra Stalin en vida, sin dar ahora cuartel a sus continuadores. Y bién, esa vanguardia desperdigada por el mundo en grupos inconexos, ha dispensado por lo general un apoyo al régimen de Castro, que pone en evidencia ya su mediatización stalinista, ya su rutinarismo teórico, causa última de su ineficacia.
El oportunismo stalinizante lo representa y lo razona lo mejor que puede el fofo trotzkismo de la llamada IV Internacional. Mareada a fuerza de dar vueltas en su imaginativo dédalo de Estados "obreros degenerados", ofuscado el entendimiento por incontables oportunismos anteriores, se le aparece en Cuba la visión de la revolución permanente. En realidad, esa organización se desprende sin recato del ABC de la revolución permanente según Marx y Trotzky, y según Lenin en las *Tesis de Abril* y en la táctica bolchevique antes e inmediatamente despues de la toma del poder en 1917. En efecto, la revolución permanente presupuso en Rusia el poder y el armamento proletarios, la supresión del antiguo Estado, la libertad política en los soviets, el control obrero de la producción, etc., todo ello *mero preludio* a la organización socialista de producción y distribución. El termidor y la contrarrevolución stalinista cortaron este último desenvolvimiento, que es el contenido real de la revolución permanente, imprimiendo un movimiento inverso, capitalista. En Cuba ninguna de aquellas medidas ha tenido vigencia un instante siquiera. El ejército de "los barbudos" entró en La Habana gracias a la clase obrera, que alzada contra Batista le abrió las puertas. Pero a medida que el poder de Castro se estructuraba iba imitando la obra de la contrarrevolución stalinista, en manera alguna la de Octubre de 1917. Castro y Guevara mismos declaraban que no podía prescindirse de "cierto grado de stalinismo". Pronto, el ejército castrista —no sin elementos del de Batista incorporados por venalidad— adquiría las características de una nueva policía, encuadrando lo que alevosamente se llama "milicia popular". Dicho sea incidentalmente, el armamento general de los explotados es privilegio de la revolución social; ningún falsario lo resiste. Así también, la propia estructura estatal siguió siendo en gran parte la de Batista, como lo admitía, a su vuelta de Cuba, el "trotzkista" argentino Silvio Frondizi, siquiera minimizando la importancia del hecho. La admiración por Castro de eso "hombre de izquierdas", cual de tantos otros pseudo-revolucionarios e intelectuales americanos y europeos, está compuesta de vaciedades anti-imperialistas y empirismos existenciales, cruce mental de Stalin-Sartre macerado en el ambiente fétido de la guerra fría.

Dijérase que los hombres de la IV Internacional quieren hacerse olvidar "sus culpas" por el stalinismo colegial, pasando por alto lo esencial de la revolución permanente. Ni siquiera puede decirse de ellos que permanezcan fieles a la idea original de Trotzky y al esquema de la revolución rusa de 1917. Nuestra tendencia tiene, por su parte, la convicción de que la revolución permanente está en la actualidad superada en cuanto concierne a las tareas de la revolución democrática realizada por el proletariado. En todas partes, son las medidas de la revolución social las que se pueden y se deben emprender desde el primer día. Pero los deslavazados sucesores de Trotzky, aun reconociendo que no existe en Cuba poder proletario, hablan de un "Estado obrero", deserción flagrante de los principios mas elementales de las necesidades de clase, que ha culminado, durante la semana crítica, reclamando la guerra atómica como medida salvadora. Idea esta de matasietes diametralmente opuesta a las perspectivas insurreccionales de los explotados, en el fondo inspirada, como para los mandarines de Pekín, por los bulos corrientes sobre la superioridad rusa en armas nucleares. En ella, la guerra entre Estados y bloques militares se substituye a los antagonismos de clase, a la lucha revolucionaria internacional, igual que en 1914 y en 1939-45. Con esta diferencia: los oportunistas de antaño no reclamaban la guerra, aunque sí aceptasen sus reaccionarias obligaciones patrióticas; los de hoy reclaman esas obligaciones como un honor, piden la guerra, y en lugar de ver en su sóla declaración un triunfo de la reacción mundial, la revisten de atributos obreros. Jamás reaccionario de antaño soñó añagaza nacional tan perfecta. ¡Como que es del más puro abolengo stalinista!

La actitud de ese trotzkismo revierte a la de los nacionalistas suspirantes de patria fuerte —y de dominio tecnocrático— que van gritando en son de héroes: "¡Yankee no, Cuba sí!", incapaces evidentemente de gritar: "Revolución social sí, Moscú o Washington no!". En muchos casos son los mismos caballeros que ayer gesticulaban frente al imperialismo americano inspirados en la hitleriano "lucha contra la plutocracia". El ejemplo mas duradero de esa clase de anti-imperialismo
unilateral se dió en Argentina con la dictadura de Perón, mismo personaje que protegido ahora por Franco en Madrid, urde su retorno en colaboración con el castro-stalinismo argentino. Pro-germanos de ayer y pro-rusos de hoy estafan a las masas de idéntica manera: canalizan en dirección reaccionaria sentimientos y problemas económicos cuya satisfacción no puede ni quiere dar el bloque militar de su elección. Su jerigonza anti-imperialista encubre mal su parcialidad pro-otro imperialismo, eso cuando no se trata ostensiblemente de venalidad.

En todos los países subyugados, incluyendo Rusia y satélites, las masas sin conciencia ideológica ven con oscura simpatía al enemigo de su enemigo, quienquiera sea. Pero el papel de los revolucionarios consiste en dar a la animadversión de las masas contra el imperialismo por ellas padecido una forma y un contenido que redunden también contra el imperialismo rival acechante. De lo contrario se es, quiérase que no, juguete de las fuerzas reaccionarias que apabullan el mundo y en última instancia de los Estados Mayores.

La expereiencia de Cuba es en tal aspecto terminante: Castro, que recibió armas, subvenciones y popularidad de Estados Unidos, en parte incluso el poder, se convirtió pronto en un monigote inerme en manos de Rusia. El fracaso no es sólo suyo, sino del anti-imperialismo en general, nacionalismo tardío que para realizarse implora la ayuda de otras potencias y encuentra en ellas nueva humillación, lo único que el capitalismo actual consiente, por más que se rotule socialista. Mientras Castro pronunciaba estridentes discursos contra el imperialismo yankee y de afirmación nacional, Moscú construía sus bases de proyectiles nucleares, (puerto de pesca según la propaganda para la pesca real de incautos) enviaba aviones, expertos militares, soldados. Entretanto, los aviones americanos auscultaban la isla metro a metro volando impunemente al alcance de tiro de pistola, y siguen haciéndolo a capricho; las bases rusas desaparecían por imposición de Kennedy, pero Guantánamo continua allí, y los "consejeros" rusos también. Y en todo ello, el gobierno "anti-imperialista" cubano ha tenido tanta o menos libertad de decisión que el gobierno de Guatemala. La quiebra del anti-imperialismo no podía ser mas cabal y fraudulenta.

La raiz social de dicha quiebra es la incompatibilidad entre toda organización nacional —o la lucha por ella— y las necesidades del hombre explotado en cada país. La nación la engendra el sistema capitalista y es inseparable de él. El sistema se sobrevive debido a un grave retraso de la revolución proletaria, mas no por ello deja de ser una utopía reaccionaria la aspiración a nación fuerte e independiente. Ninguna puede serlo sino explotando y oprimiendo a otras. Los países que no han conocido la independencia nacional, o sólo en forma menguada como los de América Latina, *no la conocerán jamás*, por más que el imperialismo les conceda tal rango o ellos crean arrancárselo. Con derecho a gobierno propio o sin él, su servidumbre respecto del capital financiero e industrial de las naciones mas fuertes se estrecha implacablemente año tras año. Y así será mientras no supriman los explotados el trabajo asalariado, fuente del capital que a su vez engendra la competencia por el dominio de la plusvalía, la industria organizada para la guerra, los ejércitos y armas devastadores, la opresión política. Cualesquiera sean los problemas legados a un país por el desarrollo desigual del capitalismo, no existe ya otra manera de resolverlos sino mediante la revolución social. Sólo ella permitirá a los explotados disponer libremente de sí mismos y emprender una etapa superior de la civilización. El anti-imperialismo y la lucha por la nación, suponiéndoles motivos honrados y no dolosos, es algo así como la reinvención de la carreta de bueyes en la era de los vehículos radioguiados.

También hay quienes califican el régimen cubano de "revolución burguesa". Procede esa interpretación de luchadores proletarios, es evidente, y aunque peligrosa, parece error minúsculo en esta hora en que la voz de los falsarios anega el mundo desde redacciones de periódicos y estaciones de radio. Sinembargo, entraña concesiones a la dictadura castrista, incluso la colaboración con ella en determinados aspectos. Presupone, es indudable, la posibilidad y la necesidad histórica de una revolución capitalista, que el proletariado debiera esforzarse en llevar hasta sus consecuencia extremas, a fin de enontrarse en condiciones mejores
para emprender después su propia revolución, etc. La definición escueta: revolución burguesa, o sus equivalentes: nacional, democrática, anti-imperialista, afro-asiática, lleva aparejada la negación de toda posibilidad material de revolución social en el país de que se trate. Las tendencias que hacen suya tal definición (de revolución no proletaria hablan también refiriéndose a China, Egipto, Argelia, Indonesia, Ghana, etc.) son ciegas para la madurez *mundial* de las condiciones objetivas de la revolución socialista. La refutación de esa idea de abolengo economista la he hecho en otros trabajos. Aquí me limito a reafirmar que las posibilidades de revolución social no es posible calibrarlas nacional, sino internacionalmente, de lo contrario habría negar su existencia incluso en los países mas industrializados. En fin, la burguesía como gestora de la sociedad y del capital privado en desarrollo, obra de las revoluciones democráticas allí donde tuvieron lugar a tiempo, no lleva camino de florecer en parte alguna. Lo que resulta de las operaciones de guerra fría mal llamadas revoluciones nacionales, es un capitalismo de Estado más o menos completo, siempre contrarrevolucionario en la político tanto como en lo económico, asfixiante para la sociedad. El desarrollo desigual del capitalismo, espoleado por los antagonismos de Bloque, origina, en los territorios atrasados, regímenes que condensan en sí todas las lacras de los países capitalistas avanzados, sin ninguno de los rasgos que antaño confirieron a éstos su validez social. Tras cualquiera de ellos se descubre sin dificultad un parteador, ora Moscú, ora Washington, cuando no ambos a porfía.

No faltan militantes obreros que hablan de un "empate mundial" (stalemate) de la lucha entre proletariado y burguesía, de cual consideran residuo regímenes como el de Cuba y otras alacridades stalinistas. Tal interpretación tiene por fundamento la idea expresada por Trotzky en el folleto *Termidor y Bonapartismo*: el gobierno ruso es un bonapartismo burocrático dirigido contra el proletariado sí, pero que todavía (era en 1933) no alcanza el grado de contrarrevolución. Ahora bién, esa definición, preciso es reconocerlo, ha sido un yerro del gran revolucionario, tan grave que continúa trabando piés y manos a numerosos hombres de valía. En efecto, entre el poder político de la revolución francesa, base del análisis de Trotzky, y el poder político de la revolución rusa, el parangón sólo es formal, no esencial. El bonapartismo francés consolidaba el dominio de la burguesía sobre la sociedad, limitándose a poner coto a la intervención de las clases que, a izquierda, habían actuado contra monarquía y feudalismo. El bonapartismo ruso expulsaba al proletariado de poder y economía; tenía que aniquilar de arriba abajo la revolución, pues no podían engendrarlo y nutrirlo sino estratos sociales y factores económicos y mentales del capitalismo. Negarlo hoy equivale a admitir que, sin el proletariado y contra él, otras capas sociales a su derecha pueden organizar una economía socialista. No habría necesidad entonces de ninguna acción de clase, cayendo por tierra esta y otras nociones sociológicas fundamentales del marxismo.

Hablarle a un obrero ruso, húngaro, cubano o chino de un empate en la arena mundial —o siquiera en la rusa— entre su clase y el capitalismo es mofarse de él, igual que para un obrero español, portorriqueño o congolés. Es transformar el equilibrio relativo de las fuerzas militares entre oriente y occidente en equilibrio de la lucha de clases, el terror militar y las presiones económicas de cada Bloque en sucedáneo de la contienda entre revolución y contrarrevolución. Khrutchef o Mao Tse-tung pueden basarse en argumento semejante; el proletariado no. La verdad cruda es que jamás éste último estuvo tan vencido y carente de ideología como hoy. Veinte años de tentativas revolucionarias infructuosas y casi veinte más de desmoronamiento de la conciencia de clases, han abocado a esta situación en que la guerra fría y el equilibrio del terror señorean en el mundo. Pese a todo, no habría caído tan bajo el movimiento obrero si sus grupos de vanguardia hubiesen asimilado bién cuál es la causa principal del reflujo de la revolución. No han visto que el proletariado no ha sido vencido directamente, en sitio alguno donde haya habido lucha, por la burguesía y sus gobiernos, sino por la intervención política o militar de la contrarrevolución rusa.

Sabemos hoy, en efecto, que ya el incipiente termidor ruso, en 1922-23, no mostró gran interés en ver triunfante al proletariado alemán, que reanudaba su ataque
iniciado casi simultáneamente al del proletariado ruso. A medida que el poder se desplazaba a la derecha convirtiéndose en contrarrevolución, la política exterior stalinista hacíase más deliberadamente anti-proletaria. Su enemiga a la revolución socialista china en 1926-27, no era falta oportunista, cual creyeron entonces Trotky y la Oposición de Izquierda, sino necesidad vital al mismo tiempo que condición de un futuro poder stalinista como el actual. A partir de ahí, el gobierno ruso tomó deliberadamente rumbo reaccionario, situándose en la política mundial como un potencia militar cualquiera, no como una fuerza de lucha de clases internacional. Dicho con mayor precisión, adoptaba la posición de clase del imperialismo: lucha patriótica entre potencias, contrapuesta a la lucha revolucionaria del proletariado mundial contra capitalismo y guerra. En 1933 dió órdenes estrictas a su partido alemán, cuya influencia se extendía a millones de trabajadores, para que dejase a Hitler subir tranquilamente al poder. Una huelga de transportes declarada espontáneamente por los obreros fué calificada de provocación por los dirigentes stalinistas, los mismos que hoy mangonean en Alemania oriental.

Sinembargo, la victoria de Hitler, fácil gracias a los intereses reaccionarios del gobierno ruso, no a tal o cual error ideológico, no había acabado aún con la ofensiva revolucionaria mundial. El último acto de la misma y el más fecundo, se produjo en España. Allí, en 1936, ya no se trataba de impedir que se desencadenase la revolución, como en China, Alemania y otros países que no menciono. La revolución proletaria era un hecho realizado por la victoria de la insurrección contra el ejército y el capitalismo nacionales. Entonces, Moscú y su partido hubieron de endosar el papel activo de la contrarrevolución. Hombres obedientes a Moscú, armas rusas machacaron la revolución, encarcelaron o asesinaron a los revolucionarios mientras tendían la mano a los fascistas y les facilitaban la victoria militar. Son los mismos que ahora nos hablan de socialismo en Cuba. En resumen, el ciclo revolucionario inaugurado en 1917 era ahogado en sangre por los valedores de la contrarrevolución stalinista, en colaboración activa o pasiva con el imperialismo occidental. Y el último acto independiente del proletariado español fué disparar las armas que le quedaban (insurrección catalana de mayo de 1937) contra los representantes de la política rusa y sus aliados.

Cerrado en España el ciclo revolucionario, quedaba el camino libre a la guerra por un nuevo reparto del mundo, a la lucha imperialista de Estado a Estado. El resultado de ésta, convirtiendo a Rusia en la segunda potencia mundial, ha consolidado esa situación. Los gobiernos stalinistas de Europa central y Asia son una extensión de la contrarrevolución rusa, y los movimientos nacionalistas de cualquier continente meras maniobras paramilitares de las cuales los líderes locales de cualquier tipo y color esperan sacar mayor parte en la plusvalía de sus connacionales. Dentro de este último caso cae la conversión del castrismo al capitalismo de Estado. En todas esas combinaciones inter-imperialistas, Rusia desempeña el papel que antaño correspondió a Estados Unidos contra Inglaterra. Pero los tiempos no se prestan a la suplantación de un imperialismo por otro sino mediante la guerra total. Meros trabajos de aproche hacia ella, las tortuosidades de la convivencia pacífica han consentido a Rusia retirar importantes ganancias sin aventurarse a la guerra. El apoteósis de tal táctica lo señala la asimilación del régimen cubano y su secuela de maniobras anti-americanas en América latina, de las cuales el Kremlin esperaba un trastrueque de las posiciones estratégico-económicas supletorio de sus insuficiencias como segundo pujador imperialista.

En ese punto preciso, el desboque de las fuerzas militares resultante de la liquidación de la revolución mundial halla un freno, un tope en sí mismo, la impotencia dentro de su irrestricta prepotencia, la negación de su propia negación de la lucha revolucionaria. La segunda guerra mundial fué retardada mientras persistió la actividad insurgente del proletariado. ¿Quién, qué ha impedido esta vez a Rusia y Estados Unidos desatar las furias? El proletariado se encuentra sojuzgado, y aun más desviado de la acción revolucionaria que en 1939. Ni tan siquiera un amago de lucha suya ha pesado sobre las decisiones de los dos sujetos mas representativos del imperialismo actual, de cuyos arrechuchos de buén o mal humor pende todavía la vida o la muerte de las tres cuartas partes de la humanidad. Lo que ha paralizado a Khrutchef y Kennedy no es siquiera el miedo a la derrota, sino la certidumbre de
que, quienquiera resultare vencedor no podría sacar partido de la hecatombe termonuclear. La mayoría de la humanidad sucumbiría, casi la totalidad de la industria desaparecería, y la tierra, los mares, la atmósfera guardarían radiaciones deletéreas durante tiempo indefinido. Apenas quedaría sociedad organizada en los países avanzados, y cuando los supervivientes saliesen de sus guaridas descubrirían de la civilización actual sólo vestigios. En suma, Khrutchef y Kennedy se han sentido paralizados por un hecho social que los supera: la incompatibilidad entre su guerra y la existencia de esa misma humanidad por cuya dominación hegemónica contienden.

Los sucesores de los Romanoff han llegado tarde a la merienda de la plusvalía mundial, como ya habían llegado tarde, 30 años antes, los nazis del Tercer Reich. Si la guerra fuese todavía un medio cierto de expansión del capital, habría estallado durante la crisis de Cuba, tanto mas cuanto que la cantidad de megatones aventajaba visiblemente a uno de los bandos. Pero hubieron de recular ambos ante el peligro de desintegrar hombres y máquinas en cuatro continentes. Hecho de importancia primerísima, pués constituye una admisión pública de la imposibilidad de resolver por la guerra las contradicciones inter-imperialistas, y menos aun la crisis general de la sociedad. La "ultima ratio" niega su propia validez, se convierte en la última hora para todos.

El sistema capitalista revela así, militarmente, de la manera más inconcusa, terrorífica e inaguantable su total caducidad. Summum de la explotación del hombre por el hombre, guerra de clases permanente y legal, lo militar es su esencia y su aureola, su estructura última, actividad de vanguardia y paralela a la conquista planetaria de los mercados; para los dos únicos Grandes hoy, es el envite total y totalitario por la supremacía incontestada, por la posesión de la caja centralizadora del valor de la explotación padecida por 3.000 millones de habitantes de nuestro Globo.

Desde sus orígenes, el capitalismo ha aplicado la técnica y la ciencia a lo militar de manera preferente y más extensa que a la propia producción de sus mercancías. Sabía por experiencia que los instrumentos mortíferos eran custodia y levadura indispensable a sus instrumentos de producción. De guerra en guerra, de fusión en fisión de átomos y de relatividad generalizada en mecánica ondulatoria nos ha traído a un punto en que la aplicación de sus ciencias destructivas mata la sociedad entera y hasta la vida orgánica. Hipóstasis supranacional de la explotación del trabajo asalariado, las aplicaciones militares de la ciencia expresan y trascienden hoy —¡de qué manera!— la incompatibilidad general entre las más urgentes necesidades humanas y el sistema capitalista. Pero, ¡ay! de quienes olviden que para los sicofantes de Moscú *El Capital* es un manual de saqueo intensivo del trabajo asalariado.

No quiere decir lo anterior que el equilibrio del terror se baste para alejar indefinidamente la guerra, ni siquiera para retraerla a los procedimientos y armas llamados clásicos. Sin suprimir las causas persistirá el efecto, verdad palmaria olvidada o falsificada por quienes pretenden que una victoria rusa suprimiría el capitalismo siquiera en una parte del mundo. Si la Rusia stalinista eligió la guerra como sistema de defensa, no sólo pretiriendo la revolución sino estrangulándola con sus propias manos, es que para ella la revolución representaba el peligro principal. Con mayor razón hoy, cuando su capitalismo de Estado, derramado a parte de Europa y Asia —no sin la tolerancia de las viejas potencias— ambiciona el puesto del imperialismo yankee. La nacionalización de las industrias a que da lugar la imitación del sistema ruso, es tan contrapuesta al socialismo como la guerra imperialista lo es a la guerra civil. Por tal modo, que nunca antes la competencia económica, militar y política fué tan redondamente inter-imperialista como ahora entre bloque americano y bloque ruso. Llevados por su propio automatismo absorbedor de plusvalía desencadenarán, a todo riesgo, el cataclismo termonuclear.

No hay otra manera de oponerse a ese curso reaccionario y criminal que reavivar la lucha del proletariado y de los explotados en general por la toma del poder político, la gestión de producción y distribución, en pro de su propio arma-
mento y del derecho a desmantelar por sí mismo todos los instrumentos de guerra inter-Estados —atómicos o clásicos— y a reconvertir las industrias de guerra a la producción de bienes de consumo, a suprimir ejércitos y fronteras. Tan pronto surja una tendencia revolucionaria en tal sentido, en cualquier parte del mundo que sea, se verá cambiar rapidamente la sucia situación internacional. Producto ésta, con todos sus Castro, sus Benbella y sus Franco, de la derrota de una ofensiva proletaria, de su reanudación *sólo* depende el fin de aquella.

Quienes pretenden practicar la lucha revolucionaria defendiendo siquiera parcialmente a Castro, Mao Tse-tung, etc. o bien son falsarios implicados en la contrarrevolución rusa, o bién lúgubres atardados y oportunistas incapaces de distinguir lo que es capitalismo y lo que es imperialismo, mas allá de los individuos o países que tienen a bién reconocerlo.

Noviembre 1962

G. Munis

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> "Cada vez mas, el capital aparece como una potencia social cuyo funcionario es el capitalista."
>
> "El trabajo de dirección y de control, en la medida en que resulta (se desprende) de la índole antagónica, de la dominación del capital sobre el trabajo, caracteriza todas las formas de producción basadas en la explotación de clases, y, por consecuencia, el sistema capitalista. En este sistema, se amalgama de manera directa e indisoluble con las funciones productivas que todo trabajo social combinado impone a ciertos individuos como trabajo especial."
>
> Karl Marx en *El Capital*, tomo III.
