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Title: Entre dos aniversarios: 14 abril 1931 + 19 julio 1936
Description: Del advenimiento de la República a la insurrección obrera de julio de 1936 y sus enseñanzas para la sucesión de Franco.
Author: G. Munis
Date: 01/05/1965
Category: Alarma (nueva serie) n.º 7
URL: https://marxismo.school/hemeroteca/alarma/1965-05-entre-dos-aniversarios-14-abril-1931-19-julio-1936
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*Alarma*, nueva serie, n.º 7, mayo de 1965 (págs. 8-13). [PDF del número completo](https://marxismo.school/assets/archivo/1958-93%20Hemeroteca%20del%20FOR/1958-88%20Alarma/1965%20Alarma%2007.pdf)

Hoy que está preparándose en todos los conventículos y mentideros políticos "la sucesión de Franco", sin contar para nada con las contradicciones y exigencias históricas de la sociedad mundial, ni tan siquiera con la historia inmediata del proletariado español, bueno es recordar el período que va desde la proclamación del República hasta la insurrección contra la cuartelada franquista. La nueva generación, que en general ignora aquellos sucesos salvo falsificados ya por Franco, ya por quienes le dieron la victoria, descubrirá en su significación medios ideológicos y orgánicos para llevar esta vez la lucha hasta su culminación.

A primera vista, el 14 de abril de 1931 fué un simple éxito electoral de los republicanos frente a los monárquicos. Alfonso XIII, que poco antes habíase visto forzado a poner fin a 7 años de dictadura de Primo de Rivera (padre del fascista igual nombre), hubo también de consentir elecciones municipales. Las había exigido toda la oposición a la monarquía, como condición de veracidad de futuras elecciones a asamblea constituyente. Táctica en sí atinada, pues los municipios, impuestos por Madrid desde 1923, podían influenciar o desnaturalizar la votación para diputados. Todas las esperanzas fueron rebasadas. Aun antes de terminar el escrutinio electoral en todo el país, la muerte de la monarquía era evidente. Al reyezuelo responsable de inumerables latrocinios y crímenes, el gobierno provisional republicano le puso galantemente puente de plata y la República fué proclamada en medio de un júbilo verbenero preñado de promesas. La aparente insignificancia del hecho ocultaba la apertura de un grandioso proceso revolucionario.

Los admiradores del parlamentarismo burgués no tardaron en ponerse a ensalzar el acontecimiento como una "admirable muestra de civismo dentro de ley y el orden", "ejemplo de España al mundo" y otras hoquedades. En realidad España seguía siendo incluso en lo político, más atrasada que las monarquías constitucionales de occidente, pues la República no llevó consigo el menor cambio de estructuras en ese orden ni en el económico. El país entero esperaba, sí, transformaciones profundas y contaba obtenerlas de la República, pero enseguida la asamblea constituyente fué cercenando sus esperanzas, y eso introdujo un cambio radical: la idea de revolución se abría camino en las conciencias, y no tardaría en verse que la República se negaba a satisfacerla.

La victoria electoral sobre la monarquía había sido, de hecho, obra de las masas trabajadoras, cuya unanimidad anti-monárquica forzó el voto de la pequeña burguesía. Los republicanos aparecían en primer plano de la actividad política, pero sólo porque socialistas y anarcosindicalistas, las dos organizaciones más influyentes entre los trabajadores, decidieron, la una achicarse ente los republicanos, la otra votarlos sin presentarse a la campaña electoral. Pero los republicanos burgueses sólo representaban en conjunto una pequeña parte de la población, con exclusión casi absoluta de población obrera. El gobierno republicano fué imagen de la coalición así constituida. La jefatura gubernamental fué dada a Alcalá Zamora, terrateniente, varias veces ministro de Alfonso XIII, para colmo beato, a quién meses después los socialistas decidieron abandonar la presidencia de República.

Las bases orgánicas del Estado monárquico permanecían intocadas: ejército, el de la monarquía, policía y Guardia Civil, las de la monarquía, magistratura y leyes, igual, clero subvencionado como bajo la monarquía. Y muy pronto el gobierno republicano-socialista echaría mano de la censura de prensa, la supresión de publicaciones y la clausura de locales obreros.

En cuanto a las bases económicas, la estructura social propiamente dicha, republicanos y socialistas habían prometido modificarla sólo en un aspecto, el agrario. Su aspiración, contrariamente a las ilusiones que las masas se habían forjado sobre ellos, consistía en favorecer el desenvolvimiento capitalista y creían conseguirlo también en el campo incorporando los latifundios, repartido entre nuevos propietarios burgueses, al cultivo capitalista. No comprendían que latifundistas y gran burguesía constituían, no dos clases, sino una sóla cuyos intereses estaban entrelazados de mil maneras. El capital cuyo auge les preocupaba no les consentiría modificar la propiedad latifundista sino en la medida en que fuese para él un negocio. Por ende, lo que salió de las cortes constituyentes como Ley de Reforma Agraria era una befa para todos los pobres del campo.

La lucha viva iba a demostrar, cuando los trabajadores en general tuvieron las armas, y *el poder* en escala local si no nacional, es decir, en 1936, que la única solución revolucionaria a tal problema no era la parcelación de la tierra en pequeña propiedad burguesa, sino su socialización. En suma, el problema del campo era idéntico al problema industrial. Precisábase acabar con el capitalismo y todo intento de desarrollarlo, logrado o fracasado, era ya empresa reaccionaria.

De ahí que entre el gobierno republicano-socialista y el proletariado, el industrial y el agrícola indistintamente, campesinos pobres comprendidos, se estableciese enseguida una relación de lucha. No es necesario hacer aquí el inventario de los numerosos casos en que policía, la Guardia civil y el ejército dispararon contra los trabajadores, encarcelaron a los revolucionarios, o los asesinaron algunas veces aplicándoles la "ley de fugas" de los peores tiempos monárquicos. Lo que importa destacar como distintivo del primer período de la República, es el choque general entre los deseos y necesidades revolucionarias de las masas, siquiera inconscientes, y las intenciones muy netas del gobierno, nada revolucionarias. La república que éste imponía y la república entrevista por las masas, eran radicalmente contrapuestas.

Dos años después del 14 de abril, la mayoría abrumadora de los trabajadores tenía la convicción, a su costa adquirida, de que el nuevo gobierno no era el suyo. Siempre al abrirse un período revolucionario, la ignorancia y la inexperiencia política de las masas las induce a creer en hombres y organizaciones que sólo tienen palabreo democrático, o que han dejado de ser revolucionarios mucho tiempo antes. Por tal motivo, es imposible el triunfo de las masas sin un desplazamiento a izquierda de sus simpatías y filiación, hacia partidos minoritarios al principio de la crisis, pero de verdad revolucionarios. En el momento actual aun más que en el período anterior, los revolucionarios no pueden ser sino una organización pequeña hasta vísperas mismo de la revolución. Y se comprende, porque en el momento en que un partido revolucionario se convierte en un partido de masas, el triunfo de éstas sobre el capitalismo está asegurado. A la inversa, ningún partido de masas puede existir hoy con cierta permanencia dentro de la sociedad capitalista, sin ser en realidad, de una forma u otra, parte integrante de ésta. A falta de canales orgánicos nuevos que consientan el desplazamiento de las masas, resultará imposible pasar a la etapa suprema de la lucha, produciéndose entonces invariablemente un crecimiento y ofensiva de las tendencias reaccionarias viejas y nuevas.

No otro fué el resultado de dos años de gobierno republicano. Desde mediados de 1933 la ofensiva pertenecía a la reacción burguesa clerical y militarista, a cuya cabeza se hallaba Gil Robles. Este hombre que al barruntarse hoy una nueva acometida revolucionaria da la iniciativa frailuna llamada "democracia" cristiana, es el mismo que entonces se hacía llamar El Jefe —Caudillo antes que Franco— e iba a tomar consejo en Berlín. El y los suyos no han cambiado, excepto de procedimientos de protección del capitalismo. Y el hecho que ahora colaboren con él tantos hombres y organismos de la emigración da la medida de la evolución reaccionaria del mundo desde el decenio 30 hasta ahora.

Entonces, el proletariado español tenía una experiencia positiva. No estaba, ni con mucho, vencido, sino apático, carente de cohesión ideologica si quiera mediocre, y por ende sólo mometaneamente desmoralizado. Su descorazonamiento era de la República democrático-burguesa, no de la entrevista por él, cuya necesidad, por el contrario, había evidenciado la experiencia. Apenas columbró la posibilidad de luchar por esta, o sea, por una República anti-capitalista, un sobresalto de entusiasmo lo puso de nuevo en disposición de combate. Y el gobierno derechista instalado en noviembre de 1933 halló en frente una clase trabajadora alerta y con objetivos superiores. El triunfo de la revolución social parecía a muchos tan cierto como cercano.

Ese habría sido ciertamente el caso, si el desplazamiento a izquierda de las masas no hubiese adolecido de grave defecto original. El centro propulsor de la nueva lucha era un "ala izquierda" del Partido socialista. Determinadas circunstancias políticas nacionales e internacionales, resumidas en la amenaza de supresión del sistema parlamentario, la forzaron a pronunciarse en favor de una revolución proletaria que en realidad no se proponía hacer, *ni sabía cómo*, tan de antiguo estaba adaptada su organización *y la mente* de sus principales portavoces a la sociedad burguesa. Presentándose como dirección revolucionaria, la izquierda socialista cortaba la evolución posible de las masas hacia otro centro orgánico apto y realmente interesado en la toma del poder y de la economía por el proletariado, centro ya existente y que empezaba a atraer la atención de la juventud. Por consecuencia, la nueva ofensiva, enderezada en teoría, y en la práctica para el proletariado, a la supresión del sistema capitalista, parlamentario o lo que fuere, se parecería a una locomotora eléctrica lanzada adelante por vía montañosa, a la cual el maquinista cortara la electricidad cada vez que se aproximaba a la cumbre.

Hubo, si, magníficos movimientos huelguísticos, reivindicativos, netamente políticos o de solidaridad con huelguistas de determinadas ciudades, pero una huelga general de trabajadores del campo fué declarada indeseable y boicoteada por la izquierda socialista, no digamos por la derecha, lo que dejó fuera de combate a la mayoría del proletariado agrícola. Se constituyeron también organismos de unidad de acción o Alianzas Obreras, entre socialistas y otras organizaciones situadas a su izquierda, cual el Partido sindicalista, la Federación Tabaquera y la Izquierda comunista, pero quedaron reducidos a comités de enlace que Partido socialista y U.G.T. paralizaban a voluntad, gracias a su peso orgánico mayoritario. La anunciada toma del poder por el proletariado requería la creación previa de órganos adecuandos de representación, necesitándose para ello que el proletariado eligiese y destituyese cuando le conviniere los delegados a las Alianzas Obreras. Pero a los socialistas tal idea les aterraba, no solo porque podían perder la mayoría en las Alianzas, sino porque al llegar el momento insurreccional no estarían en ellos en condiciones de reducirlo a mera algarada.

El momento insurreccional, un partido revolucionario no lo deduce de manejos políticos en las alturas del poder capitalista, ni de plan alguno conspirativo. En el acontecimiento ha de participar la masa de la población explotada de todo el país, y por consecuencia su oportunidad la señala la mayor disposición combativa de esa masa, simultánea a un debilitamiento acentuado de las fuerzas enemigas. El momento insurreccional es, salvo como decisión a tomar, independiente de la dirección revolucionaria, que por el contrario desempeña el papel decisivo en las luchas anteriores que han de propiciar la aparición de aquel.

A la inversa, la izquierda socialista hacía creer en una misteriosa conjuración suya, al mismo tiempo que supeditaba el momento insurreccional —creyendo sin duda prevenirlo así— a la entrada en el gobierno de ministros de Gil Robles. Los ministros en cuestión fueron incorporados al gobierno, y las masas, fiadas en la palabra socialista, se echaron a la calle. Pero al instante mismo, la dirección socialista les cortó la energía dando la consigna de "huelga general pacífica". Y no hubo insurrección sino allí donde los trabajadores disponían por su cuenta de dinamita y de algunas armas, en Asturias, o en ciertos lugares de Cataluña donde los anarquistas la tomaron a su cargo. Octubre de 1934 demostró, una vez más, que una organización reformista es incompatible con la insurrección proletaria, por mucho que se jacte de prepararla.

Perdida esa batalla, padeciendo una represión tremenda (30.000 presos políticos quedaban a principios de 1936), los trabajadores españoles habían adquirido, sinembargo, una nueva experiencia de superior valor político, cuyas consecuencias se verían a partir del 19 de Julio de 1936. Lejos de seguir identificando sus aspiraciones confusamente con la república en general, sin determinación de clase, desde 1934 aparece como norte deliberado en las conciencias la república proletaria, el fin del capitalismo. Esa meta estaba en las exigencias históricas del proletariado mundial, del cual el español constituía uno de sus sectores más activos, y no había aparecido oscurecida hasta entonces sino por las gafas ahumadas del parlamentarismo socialista, que el borroso apoliticismo ácrata era inapto a arrancar. El miedo a la supresión del régimen parlamentario debido al triunfo del fascismo, reciente en Alemania y Austria, amenazante en Francia, Bélgica y España instalado desde hacía años en Italia, suscitó entre ciertos reformistas de todos los países un estremecimiento radicalizante meramente defensivo, sin relación profunda con las ideas revolucionarias. Pero en España sobretodo, las masas aprendieron, al precio de una fuerte sangría, es verdad, que debían y podían dar cuenta de la explotación y la opresión capitalistas. La universidad revolucionaria de los explotados es la lucha.

El espíritu revolucionario caló tan hondo en las masas obreras de la ciudad y del campo indistintamente, que a despecho de los soporíferos que les fueron prodigados su explosión siguiente iba a desvencijar por completo el capitalismo.

La represión del gobierno Leroux-Gil Robles no impidió que la insurrección, aún limitada a Asturias y algunos otros puntos ejerciese poderosa fascinación en todo el país y se convirtiese en fermento de un nuevo ataque revolucionario. El desplazamiento a izquierda de las masas había sido tan sólo retenido por la derrota de Octubre, pero continuaba tan presto a manifestarse, que él impidió que el poder cayese enteramente en manos del filofascismo, o que se estabilizara siquiera la combinación de éste con los "republicanos históricos" que Lerroux presidía. La caída de tal gobierno y la disolución de su parlamento no se hizo esperar mucho más de un año.

Entretanto, como era previsible, prodújose el reacomodo de la izquierda socialista a su tradicional parlamentarismo burgués. Pero esa vuelta al redil hubiese sido ya, para la revolución, más beneficiosa que perjudicial de no haber hallado aval y refuerzo en la organización que usurpaba el prestigio de la revolución rusa, el Partido comunista. Si éste había sido incapaz de desempeñar papel positivo alguno, debíase a que lo dirigían funcionarios de quita y pon, sin otra preocupación real que ganar los favores de Moscú, en el momento en que Moscú, habiendo hecho tabla rasa de la revolución de 1917, asesinaba metódicamente a los supervivientes de ella. En el área internacional, ese acontecimiento reaccionario entre todos los del siglo XX, se manifestó imponiendo Moscú a todos sus partidos la única política que convenía en adelante al capitalismo de Estado stalinista: política de guerra imperialista, diametralmente opuesta a la política de revolución proletaria. Por eso el Frente Popular fué acogido con los brazos abiertos por reformistas, burgueses y toda suerte de patriotas.

La aviesa operación vino a sacar del atolladero a la izquierda socialista. Los "comunistas" se revelaban más burgueses y parlamentarios que ella. En su nuevo aspecto, más concorde con la realidad que su anterior carátula pseudo-revolucionaria, iban a desempeñar en España el mismo papel que Stalin en Rusia, si bién el beneficiario inmediato de su obra sería Franco.

Pese el funesto augurio de la tramoya frentepopulista, las masas, henchidas de dinamismo y de su experiencia anterior, sólo en apariencia se dejaron encuadrar en el pacto enteramente burgués del Frente Popular. Votaron sus candidaturas para desembarazarse de la situación existente, pero hicieron caso omiso del programa de aquel tan pronto pasaron a la acción. A seguidas de las elecciones de febrero de 1936, en todo el país se multiplicaron las agresiones a la propiedad capitalista y a sus fuerzas armadas, su defensa principal en momentos de crisis. Tan amenazante era la situación para la milenaria sociedad de los poseyentes, que la propia reacción filofascista se puso al amparo del Frente popular como factor de orden.

Al mismo tiempo, las instituciones principales del capitalismo: ejército, policía, clero, alta burocracia estatal y judicial, se aprestaban, a cobijo de la legalidad frentepopulista, a imponer ellos mismos su orden a las masas. Consideraron llegado el momento oportuno en Julio de 1936, si bien desde meses antes se burlaban del Gobierno sin que éste se atreviese a levantarles la mano.

El 17 y 18 de Julio, el ejército salió a la calle creyendo dominar fácilmente la situación. Informado del principio de la militarada, el gobierno declaraba: "Se ha frustrado un nuevo intento insurreccional... El gobierno declara que el movimiento está circunscrito a determinadas ciudades de la zona del Protectorado, y que nadie, absolutamente nadie, se ha sumado en la península a este absurdo empeño".

Evidentemente, para el Gobierno era más importante que la sublevación reaccionaria impedir que las masas corrieran a las armas y se enfrentasen por sí mismas a los militares. Respaldando ese imperativo de toda dirección política no revolucionaria, y para que nadie tuviese dudas sobre la unidad de criterio entre el Frente Popular y su gobierno, un comunicado conjunto de los partidos comunista y socialista, añadía: "El Gobierno manda, el Frente Popular obedece". Si ejército y clero no triunfaron inmediatamente, sin más que un paseo militar, como ellos daban por descantado, no se debió, ciertamente, al gobierno del Frente Popular.

En más de una ocasión anterior, el proletariado había frustrado amagos de golpes de Estado, el último en febrero, ya firmado por el Presidente de la República el decreto de proclamación del estado de guerra. Pero aunque reprimido duramente por el gobierno desde febrero a julio, su ardor revolucionario seguía intacto y en trance insurreccional. La actitud conciliante del Frente Popular lo exasperaba a tal punto, que se disponían a la lucha armada no sólo las organizaciones más al margen del de la coalición, sino también la mayoría de los obreros encuadrados por socialistas y stalinistas. Inútilmente se colgó Pasionaria a la estación emisora de radio recomendando al pueblo confianza en el gobierno y tildando de provocadores a quienes acometían por sí mismos el combate armado contra los militares. Una tentativa de incorporar al gobierno algunos de los generales franquistas, desencadenó la explosión de las masas, que pasaron a la insurrección abierta, nulificando toda posiblidad de conciliación.

El 19 de Julio de 1936, el fragor del combate entre las masas trabajadoras y el ejército retumbaba en todo el país. Y el ejército nacional, suprema, mortífera representación del Estado capitalista, fué derrotado y deshecho en batalla. Tan sólo quedó en pié en escasos sitios, donde los representantes gubernamentales consiguieron impedir que el proletariado cogise un mínimo de armas. La fecha ha quedado inscrita entre las más ejemplares del proletariado mundial.

El 20 de Julio de 1936, el lucero del alba rutilaba con resplandor nuevo. Fusil al hombro, el proletariado entraba en posesión de la economía y del poder político, nuncio de una sociedad nueva, sin clases ni opresión. Miles de Comités-gobierno laboraban celularmente en la transformación revolucionaria.

Para impedirles completar su obra sublime, se concitó toda la reacción mundial de polo a polo y por encima de rivalidades nacional-imperialista. Una parte apoyó directamente al ejército, mientras la otra incitaba al Frente Popular a reconstituir las fuerzas represivas del capitalismo desbaratadas por la insurrección proletaria. Las armas rusas vinieron a crear, antes que nada, una fuerza de policía contra el proletariado, al mismo tiempo que el petróleo ruso vendido a Mussolini suministraba a aviones y tanques de Franco. Cuando el Frente Popular y su partido principal entonces, el de Moscú, se vieron más y mejor armados que las masas trabajadoras, emprendieron campaña por la reconciliación con generales y fascistas, para persuadir a los cuales lanzaron estas consignas: "Quienes expropian son ladrones, las milicias obreras son tribus de salvajes; quienes hablan de revolución son provocadores", más otras por el estilo y aún peores.

En esa campaña que consiguió reconstituir el Estado capitalista está la causa principal del triunfo de Franco.

Jamás ha habido en la historia de España impulso creador tan vasto y digno del hombre como el que condujo al desbarate del ejército nacional y demás instituciones de la explotación. León Trotzky me decía pocos meses antes de su asesinato por los mismos que entregaron el poder a Franco: "El proletariado español ha derrochado energía para hacer la revolución no una sino varias veces, y para extenderla a Europa".

"Lo que le ha faltado —comenté yo— es percatarse de que los hombres de Moscú no representan ya la revolución de 1917 sino la contrarrevolución". En realidad, tampoco le faltó eso, sino una organización que se guiase por esa idea con plena consecuencia, pues a partir de la sublevación de Cataluña contra el gobierno y sus reaccionarios inspiradores pro-rusos, decir stalinista o facista era todo uno para obreros y revolucionarios.

Entre el 14 de abril de 1931 y el 19 de julio de 1936, la historia viva puede resumirse así: de un simple voto contra la monarquía a la revolución proletaria; de la candorosa inexperiencia a la conciencia de la necesidad histórica.

A la caída de Franco quedará inaugurado un nuevo ciclo revolucionario, ya en gestación en los movimientos huelguísticos. Otra vez, las masas tenderán fuertemente a tomar la dirección de poder y economía, a emprender el socialismo. Pero se atravesarán en su camino los mismos partidos que ayer, y aún otros de apariencia nueva. Los unos se esforzarán en imponer el capitalismo estatal apellidándolo democracia popular o socialismo, los otros un capitalismo frailuno pseudo-democrático. No será ello obstáculo para que, caso de dominar estos últimos, los primeros colaboren con ellos, según el ejemplo italiano, y a la inversa según el ejemplo polaco, arreglos que se están encargando de facilitar el Vaticano y su concilio.

Tanto y más que en el período 1931-37, la victoria requiere la agrupación del proletariado en torno a un partido radicalmente opuesto a aquellas tentativas y que haya sacado todas las conclusiones revolucionarias de la experiencia española y mundial. De tal partido es germen Fomento Obrero Revolucionario.

Mayo 1965
