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Title: Las prisas de nuestros sindicadores
Description: Contra la consigna unánime de sindicatos independientes en España, en favor de comités obreros libremente elegidos y revocables.
Date: 01/05/1965
Category: Alarma (nueva serie) n.º 7
URL: https://marxismo.school/hemeroteca/alarma/1965-05-las-prisas-de-nuestros-sindicadores
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*Alarma*, nueva serie, n.º 7, mayo de 1965 (págs. 1-3). [PDF del número completo](https://marxismo.school/assets/archivo/1958-93%20Hemeroteca%20del%20FOR/1958-88%20Alarma/1965%20Alarma%2007.pdf)

El hecho de que cualquier reclamación que altere el orden y las instituciones franquistas, suscítenla los trabajadores, los estudiantes, o la Iglesia y otras organizaciones capitalistas hoy clandestinas, tropiece con la enemiga gubernamental, cuando no directamente con la represión, oscurece el propósito de muchas de ellas. Recogen por ello entre los explotados una simpatía que en modo alguno merecen. Es lo que está ocurriendo, en primer lugar, con la reclamación de sindicatos independientes de la Falange y del gobierno.

En torno a esa demanda reina la unanimidad de todas las oposiciones, viejas y nuevas, reales y falsas. La aprueban la burguesía y los altos círculos de Falange, los otros falangistas que se apellidan de izquierda, la pide la Iglesia al cielo y a su Franco en la Tierra, la propagan a boca y periódicos llenos todas las tendencias ilegales, desde la capitalista de Estado (pseudo-comunista) y la democrático-burguesa de republicanos y socialistas, hasta las más izquierdistas y de verdad contiguas al proletariado. Cabe distinguir dos categorías entre ellas: las tendencias que utilizan la reclamación con fines torvos a sabiendas, y aquellas para las cuales tiene aún resonancias de añejo sindicalismo revolucionario. Estas últimas, salvo secundario error de juicio por nuestra parte, comprenden un sector indefinido de los socialistas no representado en la dirección, el antiguo anarco-sindicalismo de la C.N.T., el P.O.U.M. (Partido Obrero de Unificación Marxista), más, de manera imprecisa, algunos otros grupos nuevos como el que tiene por órgano *Frente Obrero*.

No existe, a nuestro saber, sino Fomento Obrero Revolucionario como organización opuesta a esa unanimidad de sindicadores. Naturalmente, no metemos a todos ellos en el mismo saco. Los del primer sector mencionado no hacen más que tender un cepo al proletariado, con plena conciencia de lo que hacen. Pero los otros, aun los mejor intencionados, ¿adonde van, en qué dirección empujan al proletariado con sus escozores sindicales? Por mucho que porfíen procurando convencernos de que su concepción supone un sindicato de lucha de clases o revolucionario, lo que en la práctica conseguirán es entregar sus propias fuerzas orgánicas a los poderosos aparatos burocráticos de aquellos otros sindicadores de intención capitalista. Todo argumento de regeneración sindical está ya irrefutablemente recusado por una experiencia de varios decenios en el mundo entero. El sindicalismo revolucionario existió en el pasado, pero como organización de lucha obrera dentro del capitalismo, *sin superarlo*. Su último estremecimiento vigoroso fué el anarcosindicalismo español hasta mediada la guerra civil. Pero desde bién antes, en Europa y en España misma ganaba terreno la corriente a la asimilación de los sindicatos por el capitalismo, en calidad de parachoques y lubrificante del sistema. Se ha generalizado después hasta tal punto, que no existe un sólo país de Europa donde los sindicatos no sean indispensables a la bonanza del capital, el gran capital monopolista y el estatal en primer lugar. E intentar revivir aquel sindicalismo cuyo recuerdo pone hoy a contribución todos los enemigos de la clase obrera, se revelará, en el mejor de los casos, añoranza perjudicial al porvenir inmediato del proletariado.

El sindicato es inconcebible fuera del sistema capitalista. Requiere la existencia de los instrumentos de trabajo como capital al cual la clase obrera haya de vender por un salario su fuerza de trabajo. En el instante mismo en que, victoriosa la revolución, los instrumentos de producción pasen a la clase trabajadora como un todo social, pierden su naturaleza de capital y el sindicato no encuentra función alguna que realizar, pues los antiguos asalariados regirán soberanamente la producción y el consumo que hoy les llega gota a gota mediante el jornal. El capitalismo moderno ha comprendido eso mejor que muchos revolucionarios apegados a una situación ida. No sólo favorece con su legislación los sindicatos dichos libres, sino que los subvenciona y los asocia a sus planes de acumulación de capital, fórmula que ha consentido, tanto en la versión occidental como en la rusa, los formidables negocios de los explotadores en los últimos 15 años. La clase obrera nunca estuvo tan explotada y privada de libertad.

A causa de ello, el capitalismo español mira con envidia al del resto de Europa. Pero tiene, a más de ese incentivo, una razón superior para propiciar abiertamente o bajo cuerda el pretenso sindicalismo libre. La rebelión de la clase obrera cunde y se profundiza día a día y el procedimiento sindical es el más apto para impedir que con el régimen de Franco ruede también por tierra el capitalismo. De ahí la prisa que ponen todos los representantes del capital, tengan por Meca Washington o Moscú, en meter al proletariado dentro de un aparato orgánico diferente del de Falange, ya más perjudicial que útil a los regentes de la acumulación ampliada. Es preciso decir sin ambages al proletariado que con la consigna de nuevos sindicatos se le está tendiendo una emboscada contra la cual debe reaccionar antes de que sea demasiado tarde.

No puede tratarse en manera alguna para las masas trabajadoras de aguantar el capitalismo bajo otra forma o supervisión política, sino de aprestarse a dar cuenta de él tomando en sus manos la economía, el poder político, las armas y la dirección completa de la sociedad. En el plano de la lucha económica y política actual, prolegómeno cierto de importantes acontecimientos, la clase obrera, desentendiéndose por completo de la sindicatos gubernamentales, debe tomar audazmente la iniciativa de dirigir sus luchas por sí misma, nombrando en cada empresa, y para cada acción huelguística, comités libremente designados, sin dejarse arrebatar ese derecho por ningún sindicato nuevo, cualquiera sea. Obrando así, las luchas inmediatas por aumentos de salario, horarios, organización del trabajo, etc., no serán frenadas por ningún interés ajeno, ni limitadas a lo conveniente al desarrollo del capital, *lo que no dejarán de hacer los nuevos sindicatos*.

Cosa mucho más importante, los comités libremente designados y destituidos permitirán al proletariado, a la primera ocasión favorable, reivindicar, no ya mejoras de salario, sino la expropiación del capital y la toma del poder político, sin las cuales no dejará de ser explotado. Por todas partes, los revolucionarios deben esforzarse en constituir esos comités y alertar a los asalariados contra la encerrona sindical que se les prepara. Así se creará un partido nuevo, cuyas ideas tengan en cuenta la experiencia mundial del proletariado, a falta del cual, los propios comités serían dominados y puestos al servicio del capitalismo privado o estatal, por los falsarios, cuyos planes en tal sentido están muy preparados de antemano. Y por añadidura, disponen de recursos económicos tan ilimitados como la propia oligarquía nacional.

En resumen, nuestra oposición a los sindicatos es derecha consecuencia de nuestra oposición completa al capitalismo y de la necesidad histórica ya *inmediata* de llevar a término la verdadera revolución comunista.
