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Title: Soberbia y poquedad de la contienda de mayo en Francia
Description: Balance de mayo de 1968 en Francia: la ocupación de las fábricas, el papel contrarrevolucionario del stalinismo y la CGT y los fallos teóricos de los grupos izquierdistas.
Author: G. Munis
Date: 01/05/1969
Category: Alarma n.º 12
URL: https://marxismo.school/hemeroteca/alarma/1969-05-soberbia-y-poquedad-de-la-contienda-de-mayo-en-francia
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*Alarma*, n.º 12, mayo-junio 1969 (págs. 7-21). [PDF del número completo](https://marxismo.school/assets/archivo/1958-93%20Hemeroteca%20del%20FOR/1958-88%20Alarma/1969%20Alarma%2012.pdf)

En un periquete se transpuso el enorme trecho que separa un período de marasmo y aborregamiento social, del arrebato político generalizado; el embauco de "la France renouvellée", de un momento insurreccional contra esa misma Francia; la tullidez vegetativa, del "todo es posible a la fuerza del espíritu", o sea, del Hombre en acción. Un soberbio tremor revolucionario proyectó el país de la sima a la cúspide del mundo, seña inequívoca de los grandes instantes.

Los sucesos mismos, es innecesario relatarlos. Los registra con prolijidad la copiosa cuanto somera literatura que a su respecto ha descargado desde todos los puntos del cuadrante político. Importa aprehender, en cambio, el por qué de su irrupción, sus potencialidades, el papel desempeñado por los diversas fuerzas ideológicas y orgánicas en presencia.

Lo primero a constatar es que la rebelión de mayo sorprendió en flagrante delito de falsedad teórica a toda suerte de pensadores. A los de la derecha y a los de la llamada, con inexactitud mayor o menor, extrema izquierda. Los primeros, economistas y sociólogos en boga, la testa repleta de nociones engendradas por los buenos negocios del capitalismo dirigido, tales como "sociedad de abundancia, integración a ella del proletariado y de cualquier oposición política, capacidad del sistema para superar sus propias contradicciones y conflictos, etc.", quedáronse en mayo tan atónitos como si la Tierra se hubiese puesto a desandar su órbita en torno al Sol. No pueden considerar lo acontecido sino como una aberración, la excepción que confirma la regla, algo sin base ni origen en las condiciones de la sociedad actual, por ende intranscendente. Todo lo más, y eso tras reflexión, ven en ello una imperfección a subsanar del dirigismo capitalista. Creyéndose los artesanos, mejor dicho, los científicos cuyo saber ha traído el crecimiento industrial postbélico, previendo una continuidad cada vez menos desarmónica del mismo, cae fuera de sus alcances que de golpe y porrazo, sin razón directa alguna, ni siquiera la tan socorrida en semejantes aprietos de una verdadera crisis de "sobreproducción", el capitalismo francés se viese en trance mortal. A tal respecto, basta echar un vistazo a las doctas patochadas del señor Raymond Aron o del otro señor Maurice Duverger.

Dentro de la misma clase de discurrente derechistas se hallan los dirigentes del stalinismo, variante de la otra por el colorín de su librea sobretodo. La economía rusa representa para ellos el modelo perfecto de la "integración" del proletariado, de la supresión, si no de la asimilación de las oposiciones políticas, del crecimiento industrial sin crisis cíclicas, de la suficiencia de economistas y sociólogos para continuarlo manipulando a discrecion capital y salariato, ideología y policía. No hacen ellos oposición al dirigismo occidental sino en la medida en que ansían ampliar su estatización a usanza moscovita. Oposición leal, de congéneres, que comporta una estrecha colaboración cotidiana, sindical y política, en pro de "la economía nacional". Es la via francesa, italiana, pronto española, etc., al capitalismo de Estado, motejado socialismo para la galería. La surgencia de situaciones cual la de mayo, la excluían tanto más taxativamente cuanto que les espantan, y que su aparato político-sindical acorrala al proletariado desde la guerra acá. En efecto, la única explicación que han encontrado es la negativa del poder gaullista a consultar sus medidas económicas con el liderato sindical, el cegetista en cabeza. Presumen de poder encarrilar las masas a su antojo y *hacer* la historia cual los antiguos déspotas. Pero aunque se lo disimulen no ignoran que hoy su influjo sobre el proletariado es sobretodo de carácter orgánico, concomitante a leyes, economía y represión capitalistas. El bofetón que hubieron de encajar en mayo-junio no es sino leve anticipo del trato que recibirán un dia u otro.

Párrafo aparte merece el stalinismo pekinés, no por diferenciarse del otro, pues en el acaecer político mundial la contrarrevolución rusa forma y encona el tumor canceroso original, siendo una de sus metástasis, no más, la que supura "el pensamiento de Mao Tse-tung", sino a fin de señalar su identidad esencial, corroborada por la oposición de intereses nacionalistas e internacionales entre ambos.

Si los secuaces de Pekín desplegaron en mayo-junio cierta determinación combativa, débese un poco a que algunos de ellos, ignaros, se hacen la ilusión de pertenecer a una organización revolucionaria. Pero el motivo principal reside en este hecho ramplón: el stalinismo pekinés carece por completo de las bases orgánicas que hacen del otro simultáneamente colega inseparable del capitalismo francés y valioso sirviente de su metrópoli; tiene que adquirirlas. Mas allí donde ha dispuesto de ellas, en la Indonesia de Sukakarno, en determinados estados de la India y durante cierto tiempo en Japón, su comportamiento ha sido semejante al del stalinismo-C.G.T. en mayo. Ha retenido a la clase obrera, incluso por la violencia, dentro de los intereses del capitalismo nacional e inducido éste, al mismo tiempo, a tratos económicos y políticos provechosos para China. Cualquier stalinismo, por mucho que se repute original o de "faz humana", está unido por lazos irrompibles al juego sucio de las potencias mundiales, la máxima anti-lucha de clases. En todo momento y lugar, la clave de su política la dan sin equivocación posible sus intereses nacionales en conjunción con los de su potencia metropolitana.

Así, el ajetreo de los filochinos tuvo por motivo mayor el consabido palabreo pro-Vietnam del Norte y Vietcong, por objetivo inmediato quitarle posiciones de mando a la C.G.T. y como perspectiva política constituir un nuevo Frente popular. Con su cuenta y razón, pues fué el Frente popular el que dió brusco frenazo y desbarató enseguida el movimiento revolucionario de 1936 en Francia y en España el que, asesinando la revolución, puso la victoria en manos de Franco. Pero también fué el que consagró al stalinismo francés como fuerza de orden en la producción y en la política nacionales. Si para Thorez y compañía era de suma importancia, en 1936, impeler el gobierno francés a una alianza con Rusia, para los populeros de 1968 el designio es idéntico tocante a China, y con mayor premura el de ahincar los intereses de Pekín en Vietnam, Laos, etc., con ayuda de Francia. Tal política y las exigencias revolucionarias de mayo-junio chocaban brutalmente entre sí. Los filochinos no podían, por tanto, desempeñar ningún papel positivo, y apenas negativo dado el escaso eco que encuentran. Incluso para traicionar es necesario un crédito revolucionario anterior del que están por entero horros.

Por lo demás, el pensante único de China ha echado su maldición sobre los países industrializados. Los tiene por decadentes, apoltronados en su riqueza, imperialistas de cabo a rabo, sin eximir clase alguna en su seno, viéndolos por ende destinados al aniquilamiento por los países menos industrializados (cerco de las ciudades por el campo), pretensas fuerzas nuevas y anti-imperialistas. En la sesera de Mao Tse-tung no hay cabida para una revolución proletaria en Occidente ni en verdad en Oriente, pues lo que él atavía de "guerra revolucionaria" no tendría otro resultado, caso de éxito, que un drenage de la plusvalía mundial hacia las capitales victoriosas, el grueso de ella hacia Pekín, se sobreentiende. Como antaño Stalin y todavía sus sucesores, Mao Tse-tung tiembla como un azogado a la sóla idea de una revolución proletaria en Occidente.

Apúntese de paso que la visión maotsetunesca del devenir inmediato, producto recalentado de "resistencia nacional" stalino-capitalista, la comparten los señores de la Conferencia Tricontinental de La Habana, anfitrión en proa, y en grados diversos quienesquiera ven en el llamado Tercer Mundo, en la lucha guerrillera (de hecho pseudo-guerrillera y militarista) factores positivos. La propia idea de las "fuerzas marginales" del tan sonado profesor Herbert Marcuse, cuyo relente se hizo sentir durante los acontecimientos de mayo a desêcho de ser ellos negación de sus asertos, comporta la mácula de Stalin-Mao Tse-tung. Los dichos, sin excepción, estaban lejísimos de sospechar que algo semejante a lo de mayo pudiese producirse. Habían afirmado cien veces lo contrario.

Aquellos mismos que hicieron de eslabón que arranca la chispa, los estudiantes con sus diversos grupos políticos, fueron sorprendidos por sus efectos como niños que orinan sobre carburo. Tanto, que mientras de hora en hora millones y más millones de obreros entraban en huelga y en posesión de los instrumentos de trabajo, el de mayor nombradía y desparpajo entre los estudiantes, Daniel Cohn-Bendit, partía cachazudamente hacia otras latitudes. Ya se nos había dicho, verdad es, que "en el Movimiento del 22 de marzo todo el mundo es Cohn-Bendit"; pero la razón es flaca para justificar que ninguno de sus símiles se ausentase en el momento culminante, menos el que responde al nombre. La realidad es que no esperaban nada más allá de la ocupación de los centros docentes en Francia, y quizás en algún otro país.

Tampoco el análisis marxista vulgar estabe en condiciones de prever la surgencia de un acontecimiento revolucionario. Vive él, en efecto, al aguardo de una crisis de sobreproducción que de la señal de acabose al capitalismo y al proletariado motivo inmediato de sublevación. Necesita decenas, centenares de millones de obreros sin trabajo, bancarrotas por millares, o bien una nueva guerra mundial, para admitir la posibilidad de que el proletariado entre en liza contra el sistema. Mas como en este año 1968 el capitalismo continuaba y continua boyante, aunque lentezca su cadencia acumulativa, no vislumbraba qué hacer sino la rutinaria defensa de salarios, horas y condiciones de labor, etc. Que el tal marxismo sea más autoproclamado que cimentado en una interpretación certera de las condiciones sociales y, contando con ellas, de las *posibilidades revolucionarias inmediatas*, o sea, en aquello mismo que palpita en la obra de Marx, es de por sí evidente. Esa estrechez da la clave de su sorpresa y de los importantes fallos teóricos y prácticos de sus representantes, no otros que los diversos grupos "izquierdistas" actuantes en mayo --anarquistas de propina-- de sus yerros en la acción y de sus incongruencias.

Entre tales incongruencias, importa destacar la que mayores peligros conlleva para el porvenir. Los grupos "izquierdistas" todos, situábanse en materia internacional junto al stalinismo. Mal que esa afirmación pueda parecerles calumniosa, su anti-imperialismo se confundía con el de Rusia y el China, es decir, con el de una potencia imperialista fuerte y otra que se desvive por alcanzar el mismo rango. Los propios "enragés" de Nanterre salían a cada dos por tres en defensa de Vietnam y de Cuba, y exaltaban a Guevara cual si se tratase de un revolucionario. Todavía despues de los acontecimientos, el librito del "Movimiento del 22 de marzo" (1) nos dice que la solución reside en crearle al imperialismo yankee tres o cuatro Vietnam, cual aconsejaba el ayudante de Castro oficialmente muerto en Bolivia. Esa es la solución, no cabe duda, para el imperialismo rival del de Estados Unidos. Para el proletariado sería una de las peores maneras de renunciar a sus propios fines. La perversión de la mentalidad revolucionaria por la tan prolongada preponderancia del stalinismo, se hace sentir, poco o mucho, sobre casi todas las corrientes. Así se da el caso de que incluso enemigos del stalinismo sean incapaces de ver que Vietnam, Cuba, como ayer Argelia o Corea, representan escaramuzas de la rivalidad inter-imperialista mundial, tentativas para modificar la correlación mundial de potencias y preparativos de una tercera guerra mundial.

Ahora bien, las falsedades acreditadas por la propaganda nunca suscitarán la acción de las multitudes. Los estudiantes no consiguieron ninguna movilización ni éxito importantes sino agitando sus propios problemas frente a las autoridades universitarias, frente a la represión, frente a la sociedad capitalista en su conjunto. La falsa defensa de Vietnam pasaba a segundo plano o se desvanecía a medida que el combate estudiantil ganaba amplitud y contenido revolucionario explícito o implícito. De manera involuntaria, ya que no intencional, la lucha callejera y huelguística la relegó hasta su verdadero lugar, el de las trapisondas y crímenes del capitalismo occidental y oriental, cuya finalidad es aherrojar mejor al hombre. Fué por eso una feliz coincidencia la del momento más candente del movimiento de mayo y la apertura en París de la conferencia de paz en Vietnam. Pasó por completo desapercibida, pese a los esfuerzos de stalinistas pro-rusos y prochinos, más del gaullismo, para darle aires de gran suceso. Una lucha revolucionaria verdadera ponía por tal modo en acusación el carácter reaccionario de un Vietcong que los "izquierdistas" mismos jalean como lo contrario. Ellos, que proclaman la necesidad de que el proletariado tome consciencia, continuan despues de los acontecimientos sin tener consciencia de ese hecho, carencia que los veda sustraerse por completo al influjo deletéreo del stalinismo... y por su intermedio al del capitalismo occidental.

El mentado marxismo o revolucionarismo vulgar de los mejores grupos actuantes en mayo-junio, no se ha percatado, desdeñando cuanto grita la experiencia político-social, de que en el devenir de la actual civilización las crisis cíclicas han representado reajustes de las inversiones y de la balanza mundial del comercio, sirviéndole para propiciar un desenvolvimiento económico subsecuente. Eran la ordenación ciega de la "anarquía" del capital, sin que su aparición ni su intensidad privasen al sistema de la positividad social que fué la suya. Es pues un desatino, por mucho que la crisis cíclica dé ocasión a luchas obreras, juzgar por su presencia o por su ausencia la validez histórica del sistema, y tremenda pifia esperar de ella la creación de una situación revolucionaria. Pretender lo contrario es retroceder del materialismo dialéctico al materialismo mecánico, a un estulto economismo.

La civilización capitalista ha transpuesto ya, de largo, el lindero de su positividad. Nada justifica ahora su existencia. En todos los dominios, a comenzar por el económico, su funcionamiento es negativo y lo será más cada día. El crecimiento de los instrumentos de producción del que se regodean sus representantes y que tanto impresiona a los propios "izquierdistas", causa efectos adversos al florecimiento del individuo y de la sociedad; los oprime y envilece en lugar de asenderarlos a la libertad. Trátase, en consecuencia, de un crecimiento atrófico para la humanidad, por añadidura mezquino cuantitativamente dadas las posibilidades técnicas, y de remate *consentido por el eclipse del proletariado mundial desde la revolución española hasta el presente*. Porque entre la movilización revolucionaria y el crecimiento del capital existe una interacción dialéctica de antítesis a tesis, reflejo de la tesis antítesis congénita al sistema, pero de suprema importancia en la postrer etapa del mismo. Ni la capitalización, ni la productividad, ni el mercado mundial, ni la programación pueden bogar avante en medio de un proletariado levantisco. La afirmación del proletariado como clase y como sujeto de la historia, ¿no consiste en cercenar de un tajo el desarrollo económico obtenido por tal sistema? La negación de la negación capitalista que es el proletariado, contribuye a consolidar esta última en cuanto pasa de la rebeldía al sosiego, del ardor revolucionario a la modorra de la productividad por hora-hombre.

Ahora bien, por mucho que se prolongue esa modorra, siguen subsistiendo las condiciones objetivas y la necesidad de la revolución social, añadiéndose a unas y otra factores más apremiantes. Hablo, claro está, del período actual, a partir del momento en que el capitalismo ha cubierto su margen civilizador. Por tal modo que si la quietud del proletariado ha sido el caldo de cultivo del último crecimiento capitalista, éste, en cambio, apenas habría favorecido breve tregua en aquel, a no ser porque la ponzoña stalinista, integrada al mundo de los explotadores socapa marxista, ha desquiciado el pensamiento revolucionario y opuesto al proletariado nuevas barreras sindicales y políticas. Mas la presencia misma del stalinismo, por cuanto significa en su aspecto gobernante de segunda red imperialista mundial y en su aspecto de rompiente de las actividades revolucionarias allí donde no gobierna, ha venido a constituir otro más de los dispositivos de seguridad del sistema, no por cierto de los secundarios.

No tiene otra causa la prolongada letargia en que ha estado sumergido el proletariado, en medio de un mundo que revienta de sus incontables lacras: del terror termonuclear, de los armamentos clásicos, de las guerras incesantes entre americanos, rusos y sus respectivos vasallos, de los regímenes políticos cada dia más corrompidos y policíacos, del acondicionamiento universal de las mentes por la televisión, la radio, la prensa, etc., de la turba de estafadores políticos que alardean de libertadores desde cualesquier proscenios nacionales; y también de la circulación de mercancías malas aposta fabricadas para durar poco (es "¡la abundancia"!.... de plusvalía), cuando es posible *dar* sin límite bienes de alta calidad, pero mudando el sistema; de la jornada de trabajo embrutecedora, siendo factible reducirla por bajo de su tercio produciendo mucho más; de la cultura y la enseñanza restringida a minorías y enderezada a la acumulación del capital, cuando es necesarios y hacedero impartirla a toda la juventud con muy distinto sentido y según aspiraciones individuales; abreviando, en una sociedad mundial que revienta de hallarse dirigida por un puñado de tecnócratas y burócratas, siendo así que el querer humano y el desarrollo mejor de economía, sociedad e individuo en sus mil aspectos, apremian la extensión universal del saber, y acabar con la separación entre trabajo intelectual y manual, entre trabajo técnico o científico y trabajo bruto.

Sin haber trazado sino rasgos principales, *he ahí la crisis del capitalismo*, no pasajera o cíclica, sino orgánica y en peoría ininterrumpida; he ahí las condiciones objetivas de la revolución social, presentes en permanencia, el trasfondo social que posibilitó el movimiento de mayo, en particular la toma de las fábricas por diez millones de obreros. Esos acontecimientos podían haberse producido "en cualquier parte, en cualquier momento" (2) y lo podrán en lo sucesivo, porque estamos adentrados en el conflicto máximo de la historia, del cual el hombre ha de salir en posesión de su propio devenir o de nuevo aniquilado por siglos. Ni marxistas vulgares ni jactanciosos cuanto hueros superadores del marxismo estaban en condiciones de verlo. Su mirar es siempre bizco.

Eso dicho, hay que señalar otra condición de los sucesos de mayo, contigua a los mismos, pero decisiva como punto de arranque. Entre los estudiantes, la camisola de fuerza que es la organización stalinista había sido hecha trizas tiempo atrás. Los mejores jóvenes quedaron en libertad para recapacitar y orientarse a su guisa hacia los diversos grupos trotzkizantes y anarquizantes. Los estudiantes se encontraron así en condiciones de dar suelta a su acometividad, y como resultas de ésta, mal que bien, en situación de polo subjetivo frente a las condiciones objetivas antes notadas. Sin tal hecho previo, concreción de la experiencia inmediata anterior, en Naterre y en París no se hubiese sobrepasado los límites de una camorra entre alumnos y autoridades docentes, resuelta por compromiso. La ruptura con el stalinismo será siempre la condición primera, aunque no suficiente, a la formación de militantes y a la acción revolucionaria. El mismo papel desempeñará en Inglaterra y Estados Unidos la ruptura con Trade Unions y Laborismo.

Hay quienes piensan, y no sólo entre los burgueses y reaccionarios tradicionales, que nada importante se habría producido si al regresar de Teherán Pompidou hubiese tomado una actitud dura en lugar de retirar la policía de Sorbona y Facultades, y "devolverlas a su vocación". Es pedir al primer ministro mostrarse más lince que los "izquierdistas", tan excépticos tocante a la posibilidad de una acción revolucionaria, por lo menos en lo inmediato. Evidentemente, haciendo una concesión a los estudiantes y a los maestros que iban sumándose a ellos, Pompidou creía terminar con la agitación callejera, y en segundo término preparar la reforma de la enseñanza superior según conviene a la actual concentración capitalista, exigencia máxima tanto del stalinismo como de la Federación de la Izquierda.

El capitalismo nunca cree que existan motivos de acción revolucionaria contra él, pese a cuanto le dice la experiencia; menos aún en ausencia de graves perturbaciones de su funcionamiento. En última instancia, cuenta con policía y ejército para desembarazarse de "los agitadores" y meter en vereda a las masas. "Reconózcase que la policía podía haberse mostrado mucho más brutal". Así hablaba el ministro del ramo para justificar el empleo de granadas de combate y de gases tóxicos contra los manifestantes, y para recordarles, de paso, que también disponía de ametralladoras y de tanques.

Los hechos que encadenándose conducen a un gran acontecimiento, parecen a menudo casuales. No es ciertamente imposible que faltando alguno o algunos de ellos, o bien produciéndose en sentido inverso, el acontecimiento no tenga lugar, pues no existe determinismo riguroso en la historia, menos aún en cada instante, *ni hecho ejemplar* alguno que haya de acarrear por fuerza otro intencionalmente buscado. No obsta para que el alzamiento de diez millones de trabajadores fuese una consecuencia nada casual, ni buscada, del saldo relativamente casual de las luchas en el Barrio Latino durante los primeros dias de mayo. La necesidad social e histórica del gran acontecimiento resulta por tal modo corroborada. Dicho de otra manera, en la situación social y política dada, el proletariado podía entrar en acción constantemente, en cuanto percibiese una oportunidad, porque lo exige dia a dia su condición de asalariado.

Las "barricadas" despertaron la simpatía de todos los obreros. No pocos de ellos acudieron a batirse desde antes del 10 de mayo. Pero lo que dió origen a la toma de las fábricas fué, sin lugar a dudas, el hecho de que los estudiantes, al ocupar las facultades, declarasen de rondón que ellos no querían ser futuros capataces del capitalismo. Esa negativa, siquiera vaga, pero secundada por la mayoría, poniendo en acusación el sistema social entero, halló eco mágico en un proletariado de apariencia letárgica. La cascada de huelgas y de ocupación de locales que se siguió, hasta la completa paralización de la actividad económica, fué tan alucinante espectáculo cuanto grandiosa lección de dialéctica dada por la historia viva incluso a los actores más radicales de los sucesos.

Los trabajadores entraban en huelga y se apoderaban de los instrumentos de producción *sin formular reivindicación alguna*, como ocurre siempre y doquier se pone en movimiento la totalidad de ellos. Las reivindicaciones ordinarias desaparecen entonces, abandonadas en la lejanía del tramposeo sindical por la amplitud misma de la huelga, que plantea en ese instante el embate supremo al sistema, salvo desmoronamiento de la misma. Yerran quienes juzgan al proletariado por su capacidad de expresión teórica o política, olvidando o ignorando de todo en todo que no puede, como clase, hallar otra expresión que la de sus hechos en libre acción, reventando las múltiple amarras reaccionarias que lo retienen o que desvirtuan sus propios hechos. "La toma de consciencia del proletariado" de que tanto se habla, no puede ser otra cosa que el acto revolucionario supremo, a partir del cual irá apareciendo una verdadera consciencia humana, no de proletariado. Lo que la ocupación de las fábricas formulaba era la aspiración y la necesidad de sus ocupantes de dejar de ser fuerza de trabajo asalariada por el capitalismo, *de dejar de ser proletariado*, objeto siempre triturado de una producción y una reproducción social ajenas. Sus hechos era mucho más elocuentes, mucho más revolucionarios, mucho más poéticos incluso --superioridad de la acción sobre el verbo-- que las mejores inscripciones de las facultades.

Ratificando lo anterior, recuérdese que ni los autores de esas inscripciones, ni ninguno de los grupos "izquierdistas", estudiantes o no, advirtieron que se entraba de primer vuelo en una situación semi-insurreccional. Los hechos de éstos se quedaban mucho más cortos que sus palabras (mera imaginación, no en el poder, cierto), al contrario de lo que acontecía al proletariado y de lo que había sido el caso para los izquierdistas mismos hasta la ocupación de las facultades.

A tal propósito, algunos que se automotejan novedosos dejan caer su canto rodado: "En mayo de 1968, el proletariado industrial no ha estado en Francia a la vanguardia de la sociedad: ha sido su agobiadora retaguardia... Si el reloj de la historia se hubiese parado en ese instante, sería necesario decir que en mayo de 1968 el estrato más conservador, el más mistificado, el más apresado en las redes y engañifas del capitalismo burocrático moderno ha sido la clase obrera.." (3).

En semejante apreciación, la fecha desempeña un simple papel de acomodación, de colgajo destinado a confirmar una idea "descubierta" por el autor mucho tiempo antes, a saber, el conservantismo inherente a un proletariado que ve garantizada un alza contínua de su nivel de vida por las propias necesidades de expansión de un capitalismo apto en lo sucesivo para resolver sus propias contradicciones. Un hallazgo de tanta enjundia bien podía espigar una ratificación en los acontecimientos de mayo. Quédese ahí el descubrimiento, que tengo por nulo, y mírense con exactitud los sucesos. Diez millones de hombres en posesión de casi todos los centros vitales, paralizando el funcionamiento del capitalismo y durante varios dias del propio gobierno, suscitando hasta en sus enemigos interrogantes desaparecidos durante treinta años, que puso en jaque, aun estando desorganizado, al aparato político-sindical más poderoso y dañino de que se guarde memoria ¿pueden ser tenidos, sin ciscarse en la realidad, por "agobiadora retaguardia"? Nadie, ningún acontecimiento rayó más alto. La ocupación de las facultades fué muy importante, cierto, pero cuantitativamente muy inferior a la ocupación de las fábricas, donde vive y donde ha de morir el capitalismo, sin que fuese superior cualitativamente. Se vió en la mayoría de las asambleas de las facultades, embrollonas, y lo que es peor, a menudo agobiadas por bonzos de la intelectualidad oficial, asímismo en la manera como recuperó el gobierno los locales, sin lucha, cuando no entregados como la Sorbona.

Parafraseando la imagen del despectivo Coudray, "si el reloj de la historia" hubiese tenido la ocurrencia de quedarse sin cuerda en cualquier instante antes de mayo, habría sorprendido a los descubridores de ese jaez aderezando para degustadores fortuitos ideas de la O.C.D.E. y otras *fábricas* de planes de acumulación ampliada del capital. Ahí han sorbido ellos la *pretensa* aptitud del capitalismo para superar sus contradicciones, su noción del proletariado, y otras. A cada quien lo suyo.

Volviendo a los sucesos, por mucho que la Sorbona, Nanterre y demás escuelas se declarasen abiertas a los trabajadores, los invitasen a la discusión política o proclamasen que la lucha emprendida tenía que ser llevada a término por éstos mismos, lo que se requería era muy distinto. Y en ausencia de ello, el encadenamiento de los sucesos sería descendente, retrogresivo hasta el completo "restablecimiento del orden".

El polo subjetivo, de atracción, que hasta la ocupación de las facultades fué el movimiento estudiantil, sin distingos entre sus diversas tendencias políticas no stalinistas, empezó a fallar enseguida, presa él mismo de las nociones "sociológicas" ambientes (conservantismo del proletariado, sociedad de abundancia, inactualidad de la revolución, etc.) o bien de teorías revolucionarias caducas; es decir, empezó a mostrar sus propios defectos e insuficiencias. La energía combativa había llevado la junventud estudiantil y obrera allende sus aspiraciones inmediatas conscientes. Ahora bien, desde el instante preciso en que se abstuvieron de lanzar ellos mismos la idea de huelga general, perdían gran parte de la ventaja obtenida por su victoria, y ante todo perdían la ocasión tan excepcional de desarticular de repente el dispositivo reaccionario de la C.G.T. y demás centrales. El problema del enlace con la clase trabajadora no se habría planteado siquiera, y la huelga así desencadenada, aún más rauda y general de lo que fué, habría permitido pasar a otras medidas sin solución de continuidad, incluso allende la creación de órganos electos de dirección revolucionaria. Los Comités de acción, donde el número de obreros fué siempre reducido, sobre no ser electos, se encontraban en la incapacidad de asumir ese cometido; eran a lo sumo grupos políticos improvisados, al margen del funcionamiento económico-social y casi siempre tan heterogéneos que se paralizaban a sí mismos. Por otra parte, la mayoría dependían de los centros docentes hasta para su funcionamiento, siendo así que el combate tenía que librarse fuera de ellos y no en el Bario latino, sino en las calles de París y en su periferia obrera, aún más que en las fábricas mismas. Para ocupar éstas bastaba una minoría de obreros; el grueso de ellos debió haber marchado convergentemente sobre el centro de la ciudad, tomádola, constituidose en Poder.

Las diversas corrientes "izquierdistas" andaban lejos de pensar en lo último. Cuando, ya total la huelga, caen en cuenta de que es necesario "enlazar con los huelguistas", el momento más propicio había pasado. Tres o cuatro dias antes, el éxito habría sido cierto, dos dias después, quizás. Pero, cuando la primera manifestación de estudiantes y obreros jóvenes tomó rumbo a las fábricas, la C.G.T.-P.C. andaban ya formulándoles reivindicaciones a los trabajadores, primer paso para la devolución de los establecimientos ocupados "a sus legítimos propietarios". Por si no bastare, habían tomado contra los huelguistas precauciones presidiales, no sin ayuda directa del Ministerio de Gobernación. El stalinismo, siempre artero, tuvo fácil juego presentando los estudiantes como elementos ajenos a la clase obrera. Era ese, por lo menos, un hecho físico, sólo superable entonces por la violencia contra ese elemento de todo en todo ajeno al proletariado que es la CGT-PC. La manifestación estudiantil era demasiado rala para intentarlo, como si se hibiese querido hacer tan sólo un acto simbólico. Pero, ¿qué habría ocurrido si la iniciativa de huelga hubiese pertenecido a los mismos que involuntariamente la provocaron? Evidentemente, habrían aparecido como factores física y políticamente extraños al proletariado, no ellos, sino la CGT-PC y las otras centrales sindicales de propina.

Tan tremendo fallo, que prefigura el declive posterior de los acontecimientos, no se produjo por mera inadvertencia. Estaba contenido en las concepciones o en la ausencia de concepciones sobre determinados puntos políticos, de los grupos instigadores de la agitación estudiantil. Puede observársele, en escala reducida, durante las manifestaciones anteriores al 10 de mayo. Agresivas, con acierto, hacia periódicos como "Le Figaro" y "L'Aurore", se mostraron respetuosas hacia "L'Humanité", que rivalizaba con aquellos en la mentira sobre la agitación estudiantil, calumniándola por añadidura. Otro indicio neto y aún más escandaloso, la presencia en el patio de la Sorbona, desde el primer dia y en uno de los mejores lugares, de un tenderete de propaganda del partido stalinista francés, y otros dos de pro-chinos y vietnamitas. La libertad de expresión no justifica esa presencia, que se extendió de diverso modo a las asambleas, o bien habría que conceder igual prerrogativa a Occidente y a cualquier grupo fascista. Mientras los líderes stalinistas, en conciliábulo con el gobierno y con la patronal, secundados por la policía, apuñalaban el movimiento, en la Sorbona y demás escuelas se les permitía aparecer como una corriente dentro de él. En suma, durante todo el movimiento de mayo-junio el stalinismo fué tabú, en particular sus ramales vietnamita y chino, para todos los grupos conocidos como "izquierdistas". Ninguno de ellos, en efecto, hace frente al stalinismo como enemigo de clase del proletariado, en parte debido a inmadurez política de sus componentes, en parte por aceptación, siquiera parcial, de los embaucos y falsificaciones que le son característicos.

Una ojeada a las diversas tendencias políticas permitirá justipreciarlas y localizar el origen de sus fallos. No hay entre ellas excepción tocante a la naturaleza del stalinismo. Lo gratifican de corriente reformista, pero obrera al fin y al cabo, así lo critican y como tal lo tratan en la práctica. Incluso las que señalan en el sistema ruso y chino el "capitalismo burocrático", ven en sus representantes franceses simples reformistas. La incongruencia es enorme y revierte a convergencia con el stalinismo en cuanto concierne a los lugares de rebatiña entre imperialismos (Sudeste asiático, Medio Oriente, Cuba, etc.) y en política sindical so color de regeneración. No es un secreto que el Movimiento del 22 de Marzo anduvo a partir un piñón con la gente de Mao Tse-tung y no sólo en defensa de la mentida "revolución vietnamita", cual si la "canalla stalinista" fuese una en el cuartel general de Brejnef o de Waldeck Rochet, y otra diferentísima en los cuarteles de jungla asiática, cual si el Vietcong fuese algo sin el Estado policíaco de Hochi-mihn y ambos sin la enorme fuerza capitalista representada por Rusia y China.

Por su parte, las organizaciones trotzkizantes (JCR-Frank, FER-Lambert, desdeñando al boqueante Posadas y al encubierto Pablo-Raptis), presas de delirio, creen ver en China, Vietnam, Cuba, la revolución permanente rediviva. En rigor no tienen perspectiva revolucionaria propia; la han abdicado desde el instante en que admitieron que los regímenes policíacos y de explotación estatal impuestos o favorecidos por Moscú se emparentan de cerca o de lejos con el socialismo. La menos descolorida de ellas, Voix Ouvrière-Union Communiste, tiene la humorada de atribuir a Mao Tse-tung, Ho Chi-mihn, Castro... la revolución democrático-burguesa, y cae en el mismo oportunismo incongruente sobre la naturaleza del stalinismo. Por otro lado, el "Programa de Transición", base oficial de esas organizaciones y al que unas más, otras menos imprimen un giro derechista, es hoy un lastre que veda tomar altura teórica y práctica. Pero debo aducir, para cortar regocijos indebidos a la lectura de lo anterior, que los principales errores o ideas superadas de dicho Programa los comparten aquellos mismos que se burlan de él o lo rechazan.

La más pagada de sí entre el lote grupuscular de mayo-junio, la dicha "Internacional situacionista", cuelga también el marchamo de revolución burguesa --igualándose a "Voix Ouvrière-Union Communiste" no obstante mirarla desde arriba-- a los movimientos pseudoindependistas cuya única razón de existencia es la querella inter-Bloques y cuyo trasfondo es la revolución socialista en derrota. La "coherencia" de que tal grupo hace gala, no para mientes en que, si la revolución mundial estuvo en el orden de lo posible, ¡y de lo intentado!, entre guerra y guerra, toda otra impulsión, doquiera ocurra y aunque sus motivaciones no fueren aviesas, clasifícase por ese sólo hecho como reaccionaria. La civilización capitalista es una y esencialmente la misma en toda la redondez de la Tierra, pese sus desproporciones. De lo que tienen necesidad hoy las zonas atrasadas, no es de industrialización y modernización sugún modelo occidental, sino, tanto como éste, de desembarazarse de ambas emprendiendo un desarrollo económico sin trabajo asalariado, no mercantil.

Lo anterior no es rebuscar motívos de crítica por los cerros de Ubeda. Los problemas internacionales serán en el período actual los decisivos para el devenir del proletariado y de cada organización o individuo de aspiraciones revolucionarias, pues no existe siquiera la posibilidad de una práctica anti-capitalista de fronteras adentro. El internacionalismo no se reduce a tiempos de guerra mundial, sino que hoy ha de hacer mella en los movimientos nacionales, en el guerrilleo, militarismo en cierne y función, como aquellos, de los preparativos bélicos, así como en los planes económicos y militares de cada país, regiméntese o no en cualquier Bloque; ha de hacer mella, sobretodo, en los representantes políticos de las principales potencias occidentales y orientales. No hay manera de llevar a término la revolución social en Francia o España pretendiendo que un tipo cualquiera de revolución se desenvuelve en Vietnam, China, Cuba, etc., no digamos admitiendo en Rusia y sucursales la existencia de un sistema económico distinto del de nuestras latitudes.

Sin disonar del mencionado disparate, el situcionismo habla de "lucha contra la "sociedad de abundancia" o "de espectáculo". Utiliza los entes creados por la alienación capitalista en el pináculo de su existencia hecha consciencia, contribuyendo por tal modo a adverarlos en lugar de derruirlos. Su "promoción de la guerrilla en los 'mass-media'" quédase a menudo al nivel de los chascarrillos de "Hara-Kiri", y el todo redúcese a la pretensión de sacar polvo del fondo del agua. Lo que en verdad sale es algo viscoso. A imitación de Naville, Morin, Lefebvre, Coudray y tantos otros de la flébil, borrosa, lisiada izquierda francesa, el situacionismo contrapone el disfrute ("la jouissance") a la alienación, que toma en uno sólo de sus aspectos, mientras introduce en el disfrute ingredientes que tienen su origen y lugar en la alienación misma.

En lo práctico, ese grupo se situa en la categoría de los escaldados por la revolución rusa. La solución de continuidad entre ella y la contrarrevolución stalinista escapa a su escrutinio. En consecuencia, equivalora bolchevismo y stalinismo, condena al primero como causa cierta del otro y deshaucia a cualquier partido revolucionario en cualquier tiempo y lugar. Tan sólo los consejos y la espontaneidad de las multitudes encuentran su gracia. Así, mientras 10 o 12 millones de hombres, habiéndose apoderado de los intrumentos de producción, de parte de los de distribución y paralizado el Estado, se hallaban en la imposibilidad de pasar adelante *sin transformar la huelga en nueva actividad económica bajo su propia gestión*, el situacionismo daba cartel a su "Consejo pro mantenimiento de las ocupaciones". Ahora bien, la espontaneidad verdadera no se encuentra en cada acción, donde siempre hay, a cualquier nivel que sea, una iniciativa; está, por el contrario, en la dinámica de la lucha obrera libre de trabas. Por lo tanto, una revolución hay que tomarla y darle cima tal como ella misma se presenta, sin hacerla entrar por el aro de requisito previo alguno, ni el de los consejos obreros, ni el de un partido, ni el de una plataforma o teoría cualquiera. No está excluido, ni por asomo, que el capitalismo sea aniquilado *antes* de que aparezcan aquellos organismos, que serían en tal caso resultado y no antecedente de la revolución. Comoquiera sea, los acontecimientos de mayo en Francia pusieron bien en evidencia el formalismo inane de la concepción consejista; no se reveló apta para crear siquiera un sólo consejo. Es que el paso inmediato a dar, una vez realizadas las ocupaciones, tenía que ser de orden muy distinto y *superior* al de la aparición de los consejos, no digamos al simple mantenimiento de aquellas. Por tal modo, los adictos a dicha concepción, creyendo apartarse de la experiencia de la revolución rusa, convencidos de superarla, halláronse apresados en la horma demasiado estrecha de la misma: soviets, dualidad de poderes, revolución.

No entra aquí refutar la idea del poder y el socialismo de los consejos, sin partidos, concepción tan entrelazada con problemas actuales y futuros de envergadura. Pero es oportuno indicar que se presenta a primera vista cual mera imagen invertida, y no de signo contrario, a la que confiera a un partido --o siquiera a varios-- el poder político y la "construcción del comunismo". Para ponerla en práctica sería indispensable prohibir la constitución de partidos, de cualquier agrupación que buscase obtener la mayoría en los consejos; sería necesario perseguirlos en cuanto apareciesen. Por otra parte, el burocratismo, la corrupción, el peligro de ver la revolución atascada y transformada en su opuesto, es sandio pretender conjurarlo mediante receta alguna, fuere de carácter orgánico o político, además de que los consejos son tan susceptibles de burocratismo y de metamorfosis reaccionaria como un partido... y ciertamente más maleables. Nada, nadie, ningún organismo de por sí conseguirá preservar la revolución hasta que cubra ella todos sus objetivos, si no es la adquisición de consciencia socialista por la mayoría de los hombres y la desaparición de las clases. Verdad es que parte de los consejistas, si no todos, postulan, en lugar de ésta, la desaparición de mandantes y ejecutantes, otro "descubrimiento" del que se envanecen, reputándolo "contradicción principal del capitalismo moderno". Pero, demos otra vez a cada quien lo suyo. Se trata de una precisión de Engels referente a la desaparición de las clases, sin sentido fuera de ella. Son éstas las que hacen del ejecutante, además de un explotado, un hombre de aptitudes mínimas, cuando no represas durante toda su vida. Mas en una sociedad comunista, quienes en determinado momento y actividad, o en la misma actividad, aparecerían como mandantes, se presentarían en tales otros como meros ejecutantes, y a la inversa, siempre sin menoscabo ni medro personal ni social.

Las otras dos tendencias universitarias principales, representadas por sendos sindicatos (U.N.E.F., SNE-sup.), pertenecen por su naturaleza y por sus amistades políticas a la izquierda democrático-burguesa. Si bien radicalizadas por la situación, no podían dejar de tirar de las otras tendencias hacia la derecha. Entraron en tratos con la C.G.T. y nunca los rompieron con las otras centrales. El mitin del estadio Perlety, con la asistencia requerida de Mendes-France y la participación de stalinistas recién fugados de su organización, no dejó lugar a dudas sobre las intenciones de aquellas. El nuevo partido que proyectaron no habría alcanzado siquiera la categoría de los partidos centristas de 1936: el P.O.U.M. en España, el P.S.O.P en Francia, el I.L.P. en Inglaterra, impotentes en su nebulosidad e indecisión. Lejos de tener carácter revolucionario, no habría pasado de ser, ampliado por el aflujo de Mayo, sino el actual P.S.U., escombro de la vieja social democracia, cuya principal aspiración consiste en robustecerse lo necesario... para forzar una alianza con el stalinismo, el representante francés de la contrarrevolución rusa.

Con U.N.E.F. y SNE-sup estaban aliados y vivían en promiscuidad política los grupos anarquizantes y trotzkizantes. No elevaron frente a ellos desacuerdo importante alguno, ni marcaron pauta esencialmente diferente. También esperaban ver la C.G.T. "arrastrada" al movimiento y al cabo de él "desbordada", según esquema tan antañón como vacuo hoy. Así pues, la pasividad mostrada respecto al proletariado, a seguidas de la ocupación de las facultades y aún antes, no es imputable a la sorpresa, ni a cualquier otro factor ocasional, sino a grave error de concepción teórica. En efecto, considerando al stalinismo cual si fuese una organización reformista, le reservaban trato parecido al que dieron los bolcheviques a Kerensky y compañía, mismo que Trotzky recomendaba aplicar a la social-democracia alemana durante el período pre-hitleriano. En suma, ninguno de los grupos dichos izquierdistas había sacado todas las consecuencias que se imponen de la naturaleza capitalista y *calculadamente reaccionaria* del stalinismo, hállese o no en el poder. Por consecuencia, no sintieron la necesidad de alertar contra él a obreros y estudiantes, limitándose ellos mismos a actitudes y consignas salariales "a izquierda" de las que imponían los sindicatos aterrados, pero muy a la derecha de las requeridas por la situación. No es de extrañar que las posibilidades revolucionarias *inmediatas* no las vieran los izquierdistas, o que sólo empezasen a columbrarlas cuando el reflujo había comenzado. Stalinismo y sindicatos, el gobierno y su policía actuaban ya concertados para candar las puertas de las fábricas y transformarlas en otras tantas cámaradas de gas.

Algunos fallos iniciales contribuirían sobremanera a extinguir la flama apenas encendida. Uno de los primeros, el referente a la radiotelevisión. La información verídica y la transmisión instantánea de noticias y consignas, de consejos a militantes activos y huelguistas, puede resultar determinante tanto para la extensión del movimiento como para su culminación. La televisión y la radio, cuando no falsificaban los hechos los desnaturalizaban o los silenciaban. Una acción para arrebatárselas al poder era indispensable. Contaba de antemano con el asentimiento de la mayoría de la población y en aquellos momentos incluso con el apoyo de técnicos, obreros y locutores en ellas empleados. La acción estuvo al parecer en proyecto, pero no se llevó a cabo. Luego, la acción de apoderamiento fué substituida por una manifestación de protesta ante la sede de la radiotelevisión, y finalmente ésta misma anulada. Igual suerte corrieron diversos proyectos de instalación de emisoras de que se habló en diversas facultades. Gozando éstas, de hecho, de una situación de extraterriolidad, cualquier emisora bien utilizada habría permitido muchas cosas importantísimas. No sólo romper el cerco que los sindicatos organizaron en torno a los huelguistas, sino también acometer acciones de gran alcance. ¿Quien hizo presión para que ninguno de esos proyectos llegase a término? ¿Quienes accedieron sin denunciarlo ni intentarlo con sus propios medios? No estando al corriente de la pequeña historia, de cuanto se decía y hacía entre bambalinas, nada de fijo puede decirse, sino que también en ese terreno eran protagonistas los grupos trotzkizantes y anarquizantes, a más de los sindicatos mencionados. Comoquiera se repartan las responsabilidades, lo evidente es que ningún grupo "izquierdista" estuvo a la altura de la situación. Unos por otros, la información fué abandonada al Estado y a su puntal más sólido en mayo-junio: el stalinismo.

Cualquiera de los grupos de mayo sabe que el capitalismo ha creado, quiéralo que no, las condiciones sociales que permiten hoy la revolución proletaria, y, adrede, otras condiciones no menos objetivas que la combaten: policía, ejército, legislación represiva, acondicionamiento de las mentes por mil medios de inculcación y conculcación, si bién escapa por lo general a su entender que los planes de crecimiento industrial entrán en la misma categoría. En cambio, ninguno tenía consciencia de que las centrales sindicales con sus respectivos mentores políticos forman también parte del dispositivo capitalista destinado a combatir la revolución, de que son por ende el obstáculo más contiguo a arrollar, no a colonizar o modificar, para que el proletariado ponga a contribución aquellas condiciones objetivas, arranque de cuajo estructuras y superestructuras capitalistas y se plante de rondón en la Era comunista.

Así fueron encadenándose unos a otros fallos, torpezas, incapacidades teóricas y oportunismos de los "izquierdistas". En prolongación de los mismos, la jornada del 24 de mayo, la de la gran "manifestación" stalino-cegetista y del discurso de de Gaulle, marcó, sin lugar a dudas ya, la recuperación del Estado y dentro de él la reafirmación del gaullismo. El discurso presidencial anunciando nuevas elecciones legislativas tuvo en ello menor causa que la demostración decidida por el Buró Político. El objeto real de ésta era dar prueba fehaciente de que la combinación CGT-PC dominaba orgánicamente al proletariado y de que por consecuencia podía constreñirlo a resignarse una vez más a su condición de clase explotada. La pretensa manifestación fué de hecho, al mismo tiempo precesión y cuerda de obreros rigurosamente conducida por los forzudos profesionales del stalinismo, sin que le faltase, en segunda línea, la protección de la policía. La jornada transcurrió como si los líderes stalino-cegetistas y los gubernamentales se hubiesen concertado de antemano y dividido la faena: éstos últimos anunciando elecciones, proponiendo nuevos acuerdos salariales y arreciando su represión contra los izquierdistas en general; aquellos otros probándoles, mediante su conducción, bastarse para forzar la devolución de las empresas al capital, el retorno de los obreros a la producción de mayor capital, como si nada de importancia hubiese ocurrido entre el 10 y el 24 de mayo. La precipitación y el alivio con que los líderes stalinistas y sindicales (no sólo los de la C.G.T.) se acogieron a las elecciones y a la negociación-venta de Grenelle, ofrecida también ese día, en el momento mismo en que preponderaba netamente la fuerza de la clase trabajadora, hace sospechar un apalabramiento anterior entre ellos y el poder. Mas aunque no haya existido, el resultado es el mismo, pues la coincidencia entre unos y otros, aún sin previo convenio, dimana necesariamente de su común pertenencia al mundo de la explotación. Ese día, el stalinismo con su C.G.T. asestó al movimiento de mayo el golpe que determinaría su extinción.

Era evidente que del éxito o el fracaso de la procesión stalino-cegetista dependía el retroceso o la marcha adelante del movimiento revolucionario. A los grupos izquierdistas tocaba apoderarse de ella desde dentro y transformarla en manifestación contra el poder y la sociedad existentes, o por lo menos desbaratarla *a todo costo*. No se les ocurrió sino convocar una manifestación simultánea y concurrente que no consiguió andar el corto trecho que separa la estación de Lyon de la plaza de la Bastilla y contra la cual se encarnizó como nunca la policía. Sus 50 o 60 mil manifestantes constituían fuerza sobrada para frustrar los planes del desfile stalinista, y habrían de seguro encontrado la colaboración de gran número de obreros traidos a él a remolque o descontentos. Pero había que tomar la determinación de batirse de frente contra el stalinismo, lo que sobrepasaba la intenciones de la mayoría de los organizadores de la manifestación izquierdista y rehuían los otros.

El saldo favorable al stalinismo de la jornada del 24 de mayo, llenó el espacio de la Concordia al Arco de Triunfo, seis días después, de una multitud negociante y bovina, en precesión gaullista esta vez. Recorrido más real y burdo que simbólico: de la concordia dentro dentro de la sociedad actual impuesta otra vez en las fábricas, al triunfo del capitalismo.

El movimiento de mayo finiquitaba. Aquellos mismos que le dieron el empellón inicial mediante la denodada lucha callejer y la ocupación de los centros de enseñanza, mostráronse pronto inaptos para abrirle perspectivas mayores: las de la revolución social, no existían otras. El polo de atracción que fueron por un instante, se desvaneció al tocar realidad del movimiento revolucionario mismo. La debilidad numérica de los "izquierdistas" no hace al caso ni es tanta; sí sus conceptos de lo que representan los sindicatos en general, el stalinismo en particular, su mezquina apreciación de las posibilidades revolucionarias instantáneas del proletariado, *por ende también de las suyas propias*, su apego rutinario, en mucho o en poco, a los lineamientos de la revolución rusa, y en el caso de algún grupo narcisista, también sus aberraciones psicopolíticas proclamadas libérrimas siendo de hecho escoria del mundo burgués.

El movimiento de mayo presentaba un cariz muy diferente del que precedió a la revolución rusa, sin hablar de sus respectivos antecedentes ni de sus bases sociales, aun más dispares. La ocupación de las industrias y de los centros de actividad comercial, administrativa, cultural, financiera en parte, etc., planteaba el problema de la supresión del sistema social existente a partir de esta ecuación:

POSESION ECONOMICA + OCUPACION DEL PODER POLITICO = TRANSFORMACION SOCIALISTA

Era eso imperativo trazado por los acontecimientos mismos, supremo guía de la revolución y de los revolucionarios. Los izquierdistas habían aprendido esta otra ecuación:

Ocupación del poder político + posesión económica = transformación socialista.

La diferencia es enorme cuando se trata de actuar imprimiendo nuevo derrotero a la historia. En el fondo sólo reside en el orden de las tareas a cumplir, pero ese orden escapará siempre al querer del proletariado y de sus partidos.

Atenidos al ejemplo ruso, ninguno de los grupos de mayo supo desembarazarse de él e inspirarse en el decurso de los sucesos. Por añadidura, los mejor organizados de entre ellos proyectan como medida económica subsecuente a la toma del poder político, la nacionalización, que centraliza, pero no suprime el capital. No paran mientes en que el Octubre ruso fué una revolución política realizada por el proletariado con perspectiva socialista no inmediata, sino mediata, mientras que hoy --en Francia o donde fuere-- sólo cabe hacer una revolución inmediatamente socialista. Aun más importante para el caso es que en Rusia existiese un mivimiento revolucionario anterior a octubre y que el proletariado crease los soviets con antelación suficiente para consentirles evolucionar de reclamaciones intranscendentes a la reclamación del poder político. Por el contrario, el movimiento de mayo estalló de súbito, en medio de una calma chicha que muchos daban ya por característica inseparable del "capitalismo moderno". Y de súbito el proletariado se encontró con que casi todos los instrumentos de producción estaban a su albedrío. Pero a los grupos "izquierdistas" les faltaban los soviets, sus "conseils ouvriers", y viéndolos ausentes, se quedaron tan encerrados en las ocupaciones como si los hubiese metido tras las rejas de una fábrica la CGT.

Tampoco les sirvió para maldita la cosa el ejemplo de la revolución española, durante la cual el ataque armado y victorioso del proletariado a reaccionarios, fascistas, militares y curas en son de cuartelada, hizo surgir por todas partes los Comités-gobierno o consejos obreros y entregó la economía a los productores, amén de las armas. Los organismos de poder revolucionario fueron resultado directo de la lucha insurreccional, no su antecedente. Sólo los hombres son copistas y rutinarios; los grandes acontecimientos de la lucha de clases, nunca; cada uno tiene sus peculiaridades. Así los hombres y grupos de mayo creían innovar hablando de impugnación total ("contestation"), sin caer en cuenta de que lo nuevo y muy allende cualquier impugnación era la brusca surgencia de una situación revolucionaria, sin ninguno de los signos premonitorios de las situaciones revolucionaras anteriores y en orden distinto. Diez millones de huelguistas no impugnaban, sino que negaban, por el sólo hecho de la ocupación, la naturaleza capitalista de los instrumentos de trabajo, base y fuente de su opresión cotidiana y secular. Era funesta pasividad limitarse a mantener las ocupaciones. Sin continuar adelante, el movimiento amainaría, dándose lugar a que los sindicatos y el gobierno forzasen, entre represión y compromiso, la devolución de los instrumentos de trabajo al capital.

Para que la acción obrera alcanzase toda su amplitud en Francia y todas las repercusiones internacionales posibles, era obligado reanudar la actividad productiva y distributiva *dirigida por los trabajadores y para los trabajadores*, poner en marcha los circuitos económicos, denegando al mismo tiempo suministros a los organismos gubernamentales y pro-gurbernamentales. Entonces se habría planteado inmediatamente y en condiciones óptimas, el acto decisivo para cualquier revolución: la toma del poder. Tras la negación del carácter capitalista de los instrumentos de trabajo, la negación y la destrucción de su gendarmería política. El Estado francés, flaqueante durante toda una semana hasta dar signos de inexistencia, se habría venido abajo o bien habría sido destruido por la violencia. Mas aún suponiendo que el encuentro hubiese resultado negativo, la lucha así emprendida habría adquirido para el porvenir una ejemplaridad de que carece el ahogo paulatino y sin brio presenciado en junio.

No tengo conocimiento de grupo alguno que orientase su actividad en tal sentido, o siquiera que discirniese así el imperativo de la situación, aunque en algunas fábricas se hablase de avituallar a los huelguistas, mero expediente. El mismo carácter, tinto del "libre intercambio de productos" caro a Proudhon, tiene el suministro directo de alimentos a los huelguistas, organizado por algunos grupos. En resumen, quienes no se quedaron al nivel de las reivindicaciones dentro del capitalismo, se atascaron en las ocupaciones, al aguardo de una "dualidad de poderes" tan quimérica como supérflua en aquellos instantes. Una vez más, las tendencias de "extrema izquierda" fueron sorprendidas en posición derechista respecto de una situación revolucionaria inesperada. Ninguna fué capaz de renovarse sobre la marcha ¿Lo serán despues de la experiencia? Viéndolas obcecarse en el tranquillo teórico y las nociones manidas que en mayo las dejó rezagadas, se impone la respuesta negativa. Una tendencia nueva deberá crearse.

Alguien hubo, sí, para comprender que de la ocupación de industrias podía pasarse a la actividad económica bajo gestión obrera, y de ahí al copo de la sociedad capitalista, pero ese alguien forma parte del enemigo de clase del proletariado. Lo comprendió mejor que el poder gaullista y acorrió sin tardanza a evitarlo. La jesuítica mesura con que el Buró Político stalinista recomendó a los huelguistas via C.G.T.: "¡Formulad vuestras reivindicaciones!", él, ducho en tretas para imponérselas, encerraba todas las posibilidades tácticas reaccionarias consentidas por el hecho consumado. Según evolucionase la lucha emprendida, las tales reivindicaciones podían ir desde un aumento de salario y una disminución de la jornada de trabajo, hasta la nacionalización de las industrias, el control obrero de la producción, de los libros de cuentas, etc., y hasta el "gobierno popular", pero dejando intacta la relación estructural capital-salariato y su coronamiento estatal. No necesitó, se ha visto, echar mano a los grandes procedimientos de salvación del capitalismo. Cada dia transcurrido, una vez generalizada la huelga, sin que se pasase a medidas superiores, daba a los aparatos sindicales mayor capacidad de dispersión de la lucha contra el sistema en múltiples luchitas triviales, y de bloquear a los trabajadores en las negociaciones entre capital y sindicatos. Por ese procedimiento, el stalinismo salvó, no sólo la sociedad capitalista francesa, sino también, dentro de ella, el poder gaullista. Y no actuó así por oportunismo, por ser reformista, según le reprochan disparatadamente los grupos izquierdistas a una, sino en estricta conformidad con sus intereses capitalistas presentes y futuros, nacionales e internacionales.

Eso dicho, importa señalar que los izquierdistas habrían creido arrancar una victoria importante, caso de que sindicatos y gobierno se hubiesen visto en la necesidad de introducir el control obrero y la nacionalización, a fin de seguir extrayendo plusvalía a cada hombre. No disciernen el valor de engaño y de lucha contra la revolución de tales medidadas.

La diferencia entre el resultado del movimiento de 1968 y el de 1936 es sintomática y elocuentísima. Durante éste último fué muy inferior el número de huelguistas ocupantes, así como la duración del paro. También en aquella fecha, el camino a la revolución les fué cortado a los trabajadores por el partido stalinista, más la SFIO. No obstante, obtuvieron la semana de 40 horas (sin salario base ni destajos), las vacaciones pagadas, y una libertad en los lugares de trabajo que contrasta con la disciplina cuartelaria que padecen hoy. En junio de 1968, los aumentos de paga eran en buena parte fictivios al cesar la huelga, y los que no están volatilizándose al ritmo de la carestía. Lo único durable de Grenelle es el reconocimiento de la sección sindical de fábrica, grillete suplementario para la actividad revolucionaria. Así pues, el saldo del movimiento más formidable conocido en Francia desde la *Commune* es negativo incluso desde el mezquino punto de vista salarial, sin hablar de la confirmación del poder gaullista. La causa de semejante diferencia reside en que el stalinismo de 1936 aún no había completado la transformación reaccionaria que Moscú le marcaba, mientras que la SFIO conservaba todavía rasgos de organización reformista. Juntos actuaron en 1936 como izquierda burguesa, mientras que a estas fechas no tienen latitud de representar otra cosa que el capital monopolista, estatal o no, el de Oriente o el de Occidente. Los tiquismiques entre el stalinismo francés y Mandes-France o el conjunto de la Federación de la Izquierda, P.S.U. en el saco, no tienen mayor calado.

Mas a despecho del saldo práctico negativo, el movimiento de mayo fué un soberbio acontecimiento. No tanto por su magnitud y persistencia, cuanto por las nociones erradas que ha echado por la borda, y las que ha insinuado para un desenvolvimiento revolucionario futuro. Los sacamuelas de la integración del proletariado al capitalismo, de la sociedad de abundancia, de la capacidad de la misma para superar sus contradicciones, y para "represar las fuerzas revolucionarias tanto tiempo cuanto logre producir más 'mantequilla y cañones', y abusar de la población mediante formas nuevas de control total" (4), recibieron en mayo definitiva afrenta. Bastó la acción del proletariado francés para que sonasen a hueco sus ideaciones. El prolongado torpor del proletariado mundial, no ha sido consecuencia de la creciente productividad del capitalismo, sino a la inversa. Y a su vez, ese torpor es resultado de hecho, por lo general inconsciente, de las derrotas padecidas, derrotas que le han sido infligidas, no por la burguesía, sino por el peso político, cuando no policíaco, del stalinismo. Este y no el proletariado es el que sido asimilado por la sociedad de explotación.

No menos mal parada resultó --ya se ha visto-- la tesis de la crisis de "sobreproducción" como catapulta de una situación revolucionaria. Mayo corroboró la primacía del factor subjetivo, una vez dado el desarrollo industrial indispensable para acometer la organización del comunismo. La lucha física en el Barrio Latino y la ocupación de las facultades obraron como factor subjetivo, por más que ellas mismas, es decir sus protagonistas, apareciesen enseguida como factor subjetivo insuficiente, chambón, entreverado de oportunismos, y por ende más ilusorio que real.

La contradicción entre lo precario de dicho factor subjetivo y las grandiosas posibilidades inmediatas que ofrecían 10 millones de ocupantes, da cuenta de la poquedad final de los acontecimientos de mayo y de la reafirmación del poder de las momias, en el Estado y en su brazo sindical.

A pesar de ello, quedó claro que la toma del poder político puede plantearse también en ausencia de órganos obreros (consejos, comités, juntas, soviets), a partir de una ocupación de los centros económicos, puestos enseguida a funcionar como instrumentos de trabajo social, no mercantil. La revolución no conoce pasos que hayan de darse obligatoriamente en un orden cualquiera. Muerda por donde mordiere en su primer empellón, le es indispensable dar cima, sopena de ser rechazada, a sus tres requisitos primordiales: poder, armas, economía, al proletariado, retoño de una sociedad sin clases.

A despecho de su poquedad inmediata, los acontecimientos de mayo fueron un ventarrón de aire fresco cuyas repercusiones purificadoras se harán cada día más sensibles en la clase obrera y en sus medios políticos. El oprobio recaído sobre el stalinismo y su C.G.T., la vergonzante complicidad de las otras centrales sindicales, prometen luchas obreras independientes y denodadas. Habrá de seguro trabajo para los revolucionarios. Ahora bien, las tendencias que aparecieron como tales en mayo, no lo son sino muy a medias; algunas menos. Sólo la transformación de ellas, de alguna de ellas, o la aparrición de otra nueva que adapte sus nociones teóricas y sus perspectivas inmediatas tanto a la experiencia de 50 años como a la urgencia de revolución proletaria desde Tokio, Pekín y Moscú, hasta Washington, permitirá suscitar las energías y las ideas adecuadas a la gran sublevación. La jóven generación, no abollada la cabeza por esquemas muertos, descubrirá el camino probablemente antes y mejor que los viejos grupos atardados.

Noviembre 1968 — G. Munis

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(1) "Ce n'est qu'un debut, continuons le combat!"

(2) *Pro Segundo Manifiesto Comunista*, pg. 59. Ed. Le Terrain Vague. Paris 1965.

(3) Coudray, en el número de *La Brèche* sobre Mayo.

(4) Herbert Maruse: "L'Homme unidimensionnel". París 1968, p. 11
