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Title: Léxico de la truhanería política contemporánea comparado con el léxico revolucionario IV
Description: Acepción stalinista y acepción revolucionaria de «destalinización», «autogestión» y «antiimperialismo».
Author: G. Munis
Date: 01/01/1971
Category: Alarma (nueva serie) n.º 16
URL: https://marxismo.school/hemeroteca/alarma/1971-01-lexico-de-la-truhaneria-politica-contemporanea-comparado-con-el
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*Alarma*, nueva serie, n.º 16, enero de 1971 (págs. 8-13). [PDF del número completo](https://marxismo.school/assets/archivo/1958-93%20Hemeroteca%20del%20FOR/1958-88%20Alarma/1971%20Alarma%2016.pdf)

DESTALINIZACION. *Acepción truhanesca*. Chanchullo demagógico de la alta burocracia rusa, enderezado a descargar sobre el cadáver de Stalin su propia responsabilidad en los incontables crímenes políticos y de sangre perpetrados en vida de él. Sabiéndose odiada en todo el ámbito de su imperio, la casta dictatorial quiso aprovechar la muerte del primer dictador para bienquistarse la población, o siquiera para aplacar su odio. Así lo reconocía explícitamente Khrutchef al declarar que la denuncia de Stalin se había hecho indispensable para colmar el enorme foso abierto entre la clase trabajadora y el Partido. Este gobierna y se impone en todas partes, sí, pero rodeado de sorda hostilidad, de una oposición general que aún sin articulación orgánica ni rumbo político definido resta eficacia, (cuando no echa por tierra) a los planes económicos y proyectos gubernamentales. Poniendo el terror policíaco permanente, origen de tal oposición, a cuenta personal de Stalin, sus cómplices y sucesores creían paliar sus graves dificultades.

La denuncia de Stalin es del característico burdo estilo stalinista, tanto por su enorme falacia, cuanto por la explicación del terrorismo ofrecida por los denunciadores. Tampoco podía ser de otro modo, porque el stalinismo no es el sujeto Stalin, ni las "violaciones de la legalidad soviética", menos aún "el culto de la personalidad", que vale tanto como decir: el Demonio. No, el stalinismo es precisamente, más allá de violaciones y abusos, la mismísima legalidad dicha soviética (1). Fué impuesta ella al mismo paso que la contrarrevolución iba consolidándose en forma de capitalismo de Estado y es la expresión jurídica de éste. De ahí que ningún acto, ninguna palabra dicha por cualquier representante de ese régimen --o por sus allegados en el mundo-- pueda ser otra cosa que acto y palabra stalinista, sin que importe el antifaz elegido. El propio deshonrroso servilismo con que toda la alta y la baja burocracia ensalzó al Jefe, rampó y se revolcó a sus piés, es también requerimiento del régimen, su efluvio espiritual. Se trata de las relaciones humanas que se desprenden de la estructura económico-política y de la legalidad de la contrarrevolución.

Ni uno sólo de los crímenes de Stalin habría existido, si no hubiesen correspondido a los intereses presentes y necesidad futuras del régimen, del conjunto de los individuos que lo implantaban privilegiándose tanto y más que la nobleza y la burguesía antiguas. Se trata pues de CRIMENES DE LA CONTRARREVOLUCION STALINISTA, no sólo de quien la encabezaba. Y el mayor de esos crímenes, cual queda dicho en el apartado correspondiente publicado en el número anterior de *Alarma*, es la destrucción de todas las tentativas de revolución mundial, empezando por la de Rusia y terminando por la de España. De ahí se desprenden todos los demás, incluyendo la falsificación sistemática de historia e ideas.

No puede haber otra explicación materialista. Lejos de ella, la burocracia *continuadora de la contrarrevolución*, su obra colectiva, se muestra incapaz de decir otra cosa que sandeces sobre los abusos, las violaciones o los errores personales de Stalin. En cambio, lo ensalza siepre por su obra social, por lo más criminal de todo, por aquello mismo que es origen de las deportaciones a Siberia por decenas de millones, de los asesinatos por decenas de miles, de los abyectos procesos de Moscú y otros, de la explotación redoblada y el encadenamiento total del proletariado, en suma, de la reaccionaria legalidad rusa.

Lo mismo explica que los métodos de Stalin no hayan desaparecido en ningún momento, ni el terror, ni las acusaciones falsas contra opositores activos o pasivos, ni aún las violaciones de la legalidad. La burocracia no ha conseguido establecer, siquiera entre sí, relaciones de seguridad, cual reinan entre los privilegiados de otros despotismos, por ejemplo el franquista. Continua siendo un despotismo asiático sobre la base del gran capital industrial.

El chanchullo de la destalinización ha servido al menos para dar ánimo a todos los opositores, que cada vez alzan más la voz; por otra parte, cosa no menos importante, ha servido para poner en evidencia mejor que nunca la despreciable calidad del hombre stalinista. Los mismos individuos que al sólo nombre de Stalin entraban en trance delirante, que le juraban fidelidad personal y presentaban los más horrendos crímenes de su reinado como medidas de salud para la humanidad, han aplaudido a sus acusadores, han acusado ellos mismos y arrojan sobre su genio muerto la inmundicia de que son coautores y que llevan metida hasta el tuétano. Mañana aplaudirán a cualquier hipotética restalinización. La contrarrevolución no podía engendrar criaturas menos viles.

En fin, si la obra general del stalinismo se caracteriza por un retroceso prolongado de la revolución mundial, y una prostitución de las consciencias particularmente acusada en Rusia y sus calcamonias, hasta China y Cuba, como reacción frente a él se está gestando una ofensiva revolucionaria gigantesca. A ningún caso mejor que al suyo conviene el dicho: "En la historia como en la naturaleza, la podredumbre es el laboratorio de la vida".

*Acepción revolucionaria*. Es muy simple. La resume, haciendo superfluo cualquier añadido, la última declaración escrita de Natalia Sedova-Trozky:

> "El terror policíaco y las calumnias de Stalin no eran sino el aspecto político de una lucha a muerte contra revolución llevada a efeco por el conjunto de la burocracia. No se puede pues esperar el restablecimiento de toda la verdad sino del aniquilamiento de esa burocracia por la clase obrera que ella ha reducido a la esclavitud. (...) Cualquier destalinización revelará ser un señuelo; si no llega hasta la toma del poder por el proletariado y la disolución de las instituciones policíacas, políticas, militares y económicas, base de la contrarrevolución que ha instaurado el capitalismo de Estado stalinista".

AUTOGESTION. *Acepción truhanesca*. Fué introducida por Tito, con la doble intención de superar el estancamiento de la economía yugoslava y de dar el pego sobre la naturaleza de la misma al proletariado mundial. Ha conocido después cierta boga en países como Argelia y hasta en Rusia. También ha recogido, como reivindicación y proyecto, el beneplácito de ciertos grupos europeos dichos izquierdistas. La voz refiérese a la autogestión de cada empresa de por sí, con limitaciones silenciadas por sus defensores, algunas de las cuales se indicarán a continuación.

Antes es menester precisar que la autogestión en sentido estricto e irrestricto es como la prosa que monsieur Jourdain hablaba sin saberlo. De igual modo, los messieurs Jourdain pululantes hoy en política ignoran que ante sus cinco sentidos tienen tantos ejemplos de autogestión como empresas de propiedad individual, *burguesa*, perciban. Asimismo las empresas por acciones siempre que no estén financieramente dominadas por bancos o por trusts. Hasta la aparición del gran capital industrial, casi todas las empresas se autogestionaban, eran de ese género que ahora se nos presenta como nuevo; casi como un descubrimiento. En efecto, cada una hacía su propio proyecto de producción (plan), coordinaba sus diversos aspectos, vigilaba su ejecución en el proceso de trabajo, colocaba en el mercado sus productos, distribuía la plusvalía resultante según conviniese al ciclo de producción siguiente. La empresa, personificada en el capitalista propietario, era dueña de reinvertir, atesorar o despilfarrar los beneficios.

La autogestión de los truhanes políticos actuales lleva impuestas bastantes restricciones. Basta señalar dos de las principales para hacer la luz sobre ellas: 1 - Lo que ha de producir una empresa --cantidad y calidad-- le está señalado imperativamente o a título indicativo, por una dirección económica, (plan) colocada muy por encima de ella; 2 - Los beneficios de todas las empresas los concentra y los utiliza a su albedrío la misma dirección, asignando una parte a cada empresa según sus méritos. A su vez, esta última es distribuida, según escalafón de buenos servicios, por la dirección de la empresa, siempre bajo la zarpa del partido único. ¿Por qué pues hablar de autogestión cuando eso basta para hacerla imposible? Sencillamante porque los inventores del procedimiento que el término encubre son estafadores políticos que se presentan como amigos del proletariado siendo de hecho, y en derecho allí donde gobiernan, sus explotadores titulados. Lo que en realidad hace la dirección económica suprema es descargar sobre los trabajadores de cada empresa la responsabilidad de la ejecución de sus decisiones, forzando así la colaboración entre capital y trabajo tan cara a los antiguos reaccionarios, desde Hitler y Mousolini hasta Franco y Papandreu.

El hecho mismo de que se habla de autogestión de las *empresas* proclama ya la naturaleza capitalista de ellas. En efecto, allí donde existe, cualquier país de que se trate, los obreros se ven obligados a vender su fuerza de trabajo a los propietarios del capital, instrumentos de trabajo incluídos. El precio que por ella reciben es inferior al valor que su trabajo incorpora a los productos fabricados. La diferencia, la plusvalía, es propiedad de uso y abuso exclusivo de la alta dirección económica. Teniendo en cuenta que tal dirección se confunde con el gobierno dictatorial, que concentra en sus manos el poder policíaco, el judicial y el legislativo, se comprenderá lo que el prefijo *auto* añade al funcionamiento capitalista de las empresas. Así como el protestantismo pedía a cada cristiano convertirse en su propio sacerdote, el capitalismo de los autogestionistas pide a cada obrero, con todo el peso de sus poderes ilimitados, convertirse en su propio capataz, en su propio cronometrador; le pide erigirse en representante del capital frente a su propia naturaleza y consciencia de hombre explotado.

La paga del obrero se convierte entonces en función de la prosperidad del capital invertido en la empresa, y de su acatamiento o de su desacato de las normas de producción y de disciplina que le son dictadas. Hace más de un siglo que los capitalistas han aprendido a entregar a los trabajadores una parte del salario a fin de balance a título de participación en los beneficios.

*Acepción revolucionaria*. No tiene, toda autogestión, verdad o embuste, es capitalista. La reclamación revolucionaria es la *gestión obrera* de la economía (comprendida la distribución) en escala nacional, internacional, mundial. La clase obrera misma, mediante organismos especialmente elegidos al efecto, determina el proyecto de producción o plan, con arreglo a la urgente necesidad histórica de supresión del trabajo asalariado, comienzo obligado de la desaparición del capitalismo y de las clases. Lo que hoy constituye, (Estados Unidos, Rusia, China y demás países por igual), la plusvalía o tiempo de trabajo no pagado a los obreros, gratuitamente hecho para el capital, iría entonces, en parte al consumo inmediato, en parte a la creación de nuevas fuentes de producción --que no inversiones de capital. El todo siempre decidido y estrechamente vigilado por los representantes libremente electos, y en forma que cada individuo o grupo de individuos esté en condiciones de verificar cómo se distribuye el producto social destinado al consumo inmediato, y lo que se hace con el producto no consumido.

Estamos ahí a mil leguas de las engañifas verbales, trucos orgánicos, presiones económicas y policíacas de la pretensa autogestión. Entre el capitalismo, cualquier forma adopte, y la organización del socialismo inmediatamente despues de la revolución, las mutaciones que los distinguen son mayores que entre el simio y el hombre. La cadena que mantiene como esclavo al obrero y alienada a la humanidad entera está hecha de trabajo asalariado. No se trata de reforzarla con primas, supuestas participaciones en los beneficios y otros expedientes que obligan al obrero a intensificar su trabajo para ganar algo más, sin que jamás sea dueño de los productos. No, la revolución pone a la clase entera en condiciones de consumir más, sin venta de su fuerza de trabajo, así como de aumentar la producción reduciendo el tiempo a ella consagrado. Las aplicaciones técnicas pueden llegar ya hasta la automación completa de todos los procesos de producción no directamente sujetos al ciclo anual agrícola. No hay revolución allí donde el hombre no es dueño de su trabajo y por consecuencia de los productos del mismo.

ANTI-IMPERIALISMO. *Acepción truhanesca*. Empieza allí donde termina lo revolucionario. Su capa de lucha contra un imperialismo, por lo general el yankee, actua en pro de otro, por lo general el ruso, pero tambien puede ser el chino u otros. Históricamente, esa designación aparece como residuo inmediato de la victoria del stalinismo en Rusia, que la suscitó como tendencia pseudo revolucionaria, y la costeó, entre guerra y guerra. Inaugura oficialmente una política de potencia capitalista en medio de otras más fuertes, que con el tiempo y la abundante ayuda de Estados Unidos consentiría a Rusia adquirir el puesto de segunda potencia imperialista.

No es la primera vez, ni mucho menos, que un país ya establecido como imperialista o con tendencia a ello, habla, actua y contribuye a la lucha armamental contra otros países cuya dominación económica o territorial codicia. En los albores del capitalismo, esa fué la pugna de Francia e Inglaterra contra España en los mares, en Europa y en America. La misma Inglaterra, y Estados Unidos, por entonces en posición de aspirante similar a la que hoy ocupa China, apoyaron con armas y con retórica propagandística la independencia de toda América Latina, dentro de la cual sería pronto dominante el imperialismo británico. Contra éste, a su vez, azuzó la lucha Estados Unidos, que a finales de siglo declararía la guerra a España y en nombre de la libertad y de la soberanía nacional arramplaría con Filipinas y Cuba. El propio Hitler se alzaba indignado contra "las plutocracias" que se habían repartido el mundo sin dejar lote a Alemania, lo que le valió la simpatía de casi todos los nacionalistas, desde Perón hasta Suekarno, pasando por los líderes árabes. Todavía en estos años hemos visto a Francia, apenas relevada militarmente en Indochia por el ejército yankee, entonar su copla anti-imperialista. En suma, el anti-imperialismo no es sino un aspecto de la contienda inter-imperialista. Llegada ésta al estallido de la guerra mundial, aquel se encuentra de rondón absorbido por uno de los dos bando.

Lo que distingue a los anti-imperiatas de hogaño es su charlatanismo revolucionario, junto a una esclavitud total respecto de intereses, nociones y métodos del capitalismo decadente y corrompido hasta la fetidez. Pretenden constituir naciones soberanas y grandes, lo que fué obra del capitalismo ascendente, siendo lo urgente hoy acabar con las fronteras y hundir en el pasado todas las grandezas nacionales; se enorgullecen de su patria como cualquier burgués obtuso, siendo el patriotismo una de los peores tóxicos de la vieja reacción, a descuajar de las consciencias alienadas; proyectan industrializar estatizando la economía -- a lo que llaman socialismo--, y en cuanto llegan al poder establecen métodos de trabajo y explotación aún más duros que los de sus antecesores; en suma, hablando revolución mientras representan una nueva reacción. Fallan incluso incluso en aquello en que son sinceros, si bien atardados de más de un siglo: la aspiración de constituir nación independiente. No pueden desarrollar su industrialización capitalista, ni siquiera hacerla vivotear, más que agachando las orejas ante el poderío imperialista occidental u oriental.

Romper ese poderío es una imposibilidad física, a menos de saldar la contradicción capital-salariato a satisfacción del segundo, única soberanía revolucionaria y dintel de la soberanía de cada persona en una civilización comunista mundial. Pero los señores anti-imperialistas pertenecen al polo capital de dicha contradicción. Lo único que tienen latitud de hacer es canalizar hacia otras cajas imperialistas la plusvalía arrancada a los trabajadores de sus países, descontada la que ellos se apropian. Aun así, la potencia económica internacional del capitalismo más fuerte, el de Estados Unidos, recupera por mil vericuetos parte de la plusvalía absorbida por terceros, aún tratándose de Rusia o de China. Los señores anti-imperialistas no pueden pasar de la condición de encomenderos del gran capital mundial.

Pero mucho antes de llegar a esos resultados, aún sin alcanzarlos, ya han prestado al imperialismo del dolar por una parte, al de la contrarrevolución ruso-china por otra, el para ellos más preciado de todos los servicios: el de rechazar la lucha de la clase proletaria internacional, adoptando la lucha entre capitalismos. Amigos o enemigos, entre truhanes queda el juego.

*Acepción revolucionaria*. No existe en sentido estricto, pues los trabajadores de cada país, incluyendo los más saqueados por un imperialismo, tienen como enemigo de clase inmediato a sus explotadores compatriotas, *a través de los cuales* únicamente pueden hacer mella en el capital imperialista, y suscitar la acción del proletariado de los países exportadores del mismo. Es la lucha del mundo trabajador contra el capital nacional e internacional la que, derrocando éste, acabará con el imperialismo. Los revolucionarios deben despojarse de todo atributo nacional, sacudirse como una basura las taras del patriotismo, a fin de hallarse en condiciones de organizar la rebeldía de los asalariado doquiera sea, cualquier uniforme los aliste. "Toda lucha nacional es reaccionaria. Colonias o metropolis, Rusia o Estados Unidos, los explotados deben tener por objetivo inmediato universal el combate por la toma del poder, la expropiación del capital privado o estatal, la socialización internacional de producción y consumo" --declara *Pro Segundo Manifiesto Comunista* de Fomento Obrero Revolucionario.

Así planteado el problema en sus términos de clase (no tiene otros) los anti-imperialistas aparecen de cuerpo entero como embaucadores, soldados voluntarios o mercenarios de otro imperialismo y pioneros de una tercera guerra mundial. No empece que parte de ellos sean, a su vez, embaucados. De todos modos, uno de los primeros deberes es ponerlos en la picota como enemigos de clase del proletariado. Quienes no cumplen ese deber arrumban, cuando no traicionan de lleno, el principio inconmovible: "Contra la guerra imperialista, guerra civil".

Cuanto pueda redargüirse con textos de Lenin, Trotzky o la Tercera Internacional, es mera tergiversación exegética. Independientemente de los yerros en que dichos textos han incurrido --no por cierto el de la emasculación anti-imperialista--, los datos o coordenadas que les servían de orientación no tienen hoy validez, han cambiado o desaparecido. Las coordenadas de que debe partir el pensamiento revolucionario en la actualidad son las siguientes:

1 -- El sistema de producción capitalista, con su distribución basada en la venta de mercancías, perfora todas las fronteras y aprieta sin cesar las amarras que sujetan los débiles a los fuertes. Pero hace del mundo una sóla entidad económica, a partir de la cual debe elaborarse el proyecto revolucionario.

2 - El ciclo de la civilización capitalista está cerrado y sus resultados materiales son sobrado amplios para acometer la revolución social en cualquier parte.

3 - El crecimiento industrial de los países atrasados es siempre muy inferior al de los países adelantados, sin que en ningún caso eso consienta hablar de desarrollo de la civilización capitalista, ni de emancipación de los primeros por relación a los segundos. La concesión formal de la independencia no da siquiera por resultado un debilitamiento del poderío imperialista, saldo político importante con que contaban las resoluciones de los tres primeros congresos de la III Internacional.

4 - Los revolucionarios de los países atrasados deben basar su táctica y estrategia contando con el desarrollo económico actual y posible de los países más industrializados. Deben apuntar, no a la independencia nacional, objetivo reaccionario, sino a la unidad de una economía socialista a establecer en todos los continentes.

5 - Los revolucionarios deben comportarse como si el mundo entero fuese un sólo país.

6 - Toda lucha nacional es por ende ajena a las exigencias de la revolución comunista mundial, *es contrapuesta a ella*.

(a continuar)

G. Munis

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(1) Los soviets fueron oficialmente disueltos hace 35 años y desde mucho tiempo antes habían sido anulados como órganos de expresión y de poder del proletariado.
