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Title: Análisis de un vacío
Description: Crítica de la «dialéctica de la revolución mundial» de la Ligue Communiste y de Lutte Ouvrière sobre China, Cuba y el capitalismo de Estado.
Author: G. Munis
Date: 01/10/1971
Category: Alarma (nueva serie) n.º 19
URL: https://marxismo.school/hemeroteca/alarma/1971-10-analisis-de-un-vacio
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*Alarma*, nueva serie, n.º 19, octubre de 1971 (págs. 10-16). [PDF del número completo](https://marxismo.school/assets/archivo/1958-93%20Hemeroteca%20del%20FOR/1958-88%20Alarma/1971%20Alarma%2019.pdf)

Puede establecerse como regla sin excepción conocida hoy, que mientras más habla de dialéctica un grupo político más horro de ella está. Es el caso de la LIGUE COMMUNISTE francesa, adherida a la IV Internacional, y de la cual existe alguna esquirla española. El vacío de su prosa es total tocante a dialéctica, pero en cambio le rebasa por todas partes una chapucería oportunista que conviene colocar en el lugar que le corresponde.

La política mundial y las relaciones internacionales de una tendencia cualquiera constituyen el criterio supremo para juzgarla. Nadie acertará con una política revolucionaria cabal en el ámbito de su país, sin concebirla como función integrante de la lucha mundial del proletariado, lucha sólo retenida en el recinto fronterizo *para* las imposiciones administrativas, educativas, policíacas, etc., de un capitalismo que borra a cañonazos las fronteras cuantas veces le conviene, e incesantemente por la penetración económica de los más fuertes.

Partiendo de ahí, la filiación de la Liga Comunista a la IV Internacional casa bien con su actitud ante los problemas del mundo, y de ésta se desgaja su política francesa, como se verá después. La IV Internacional —sépanlo si lo ignoran los militantes de la Liga— dejó de ser una organización internacionalista durante la segunda guerra mundial, llegando hasta certificar el hecho en el congreso de 1948. Partido americano, partido inglés y partido francés colaboraron a la defensa nacional en su fase de resistencia y pusieron en práctica, en lugar del derrotismo revolucionario, un vergonzoso y vergonzante triunfismo pseudo-revolucionario[^1]. El congreso de 1948 se negó a condenarlos, a discutir siquiera el hecho, equivalente a una deserción. La resistencia nacional fué elevada tácitamente al rango de actitud internacionalista, y en consecuencia, perdido el Norte, el congreso definió como principal contradicción mundial resultante de la guerra, el enfrentamiento de Rusia transformada en potencia de gran magnitud, con Estados Unidos. Quitó así de su horizonte la contradicción entre capitalismo mundial y proletariado mundial. Desde ese momento, afiliarse a ella no conlleva mayor internacionalismo que entrar en la asociación mundial de esperantistas, si bien es mucho peor en lo político.

Para la recién llegada Liga Comunista, tampoco cuenta la contradicción de clase. Se la sustrae de mente y práctica precisamente aquello que ella considera su fuerte: su idea de "la dialéctica de los tres sectores de la revolución mundial", que la sitúa dentro de la contraposición Rusia-Estados Unidos y orgánicamente en la ya muy turbia IV Internacional.

Escuchémosla: "... el stalinismo ha zozobrado en el nivel en que encontraba su cohesión, el nivel internacional. Incapaz de retener por más tiempo el empuje de la revolución mundial, ha tenido que soportar o tolerar sucesivamente la victoria yugoslava, la revolución china, la revolución cubana y el auge de la revolución colonial en su conjunto. En semejante proceso internacional, la revolución vietnamita se le presenta como una calamidad a partir de la cual la correlación de fuerzas corría el riesgo de dar un vuelco definitivo". (Débats et résolutions du I Congrès de la Ligue Communiste. Maspero 1969, p. 68).

Se siente uno tentado de exclamar: no os ensañéis, dialécticos de la Liga, con esa pobre burocracia stalinista de París o de Moscú, ya casi sin resuello, en las últimas a fuerza de encajar revoluciones que no quería. Pero habría que impetrar gracia para infinidad de gente, nada menos que para los autores de las numerosas revoluciones mencionadas. En efecto, todos ellos, según pensar de la Liga, concorde con el de la IV Internacional degenerada, se han
visto obligados a hacerlas, han tenido que sufrir —¡dirigiéndola!— la revolución proletaria, y no por imposición del proletariado, cuya ausencia de actividad reconocen ambas, sino por obra de un espíritu santo que, identificado, ni siquiera resulta ser, como el de los evangelios, un símbolo genital; se trata, a la inversa, del símbolo de la impotencia pergeñando ramplonamente una cohartada política.

Véaseles tejer la cohartada. En el folletito "Lutte Ouvrière et la Revolution Mondiale" (Maspero 1971), la Liga escribe, Denise Avenas por medium: "El olvido del *punto de vista internacional* acarrea un segundo error no menos importante: la incomprensión del papel de la pequeña burguesía urbana y rural en los países del Tercer Mundo, y de su capacidad de alinearse en las posiciones del proletariado como realidad internacional" (página 4).

Y en la página 8 sobre China, pero con alcance hasta cualquier país atrasado: "Además del hecho de preparar el campesinado a pasar a posiciones de clase proletarias, el enfrentamiento directo con el imperialismo hacía definitivamente caduca la noción de 'dictadura democrático burguesa', *constriñendo* los revolucionarios a proceder inmediatamente a las grandes transformaciones económicas y a la abolición de la propiedad privada en las ciudades y en el campo. A partir de ahí, incluso *en ausencia de un papel activo del proletariado urbano*, una dirección revolucionaria *adherente* a sus posiciones de clase podía y debía dar cumplimiento a la revolución proletaria, *incluso apoyándose esencialmente, para vencer, en el campesinado*". (Subraya el autor de esta crítica).

La teoría revolucionaria ha considerado siempre a la pequeña burguesía incapaz de desempeñar un papel histórico. Para llevarla a secundar la revolución social consideraba indispensable una fuerte presión del proletariado, la presión máxima, verdad corroborada por decenas de experiencias. Al revés, hela ahí ahora, gracias a la imprenta de la Ligue Communiste-IV Internationale, *forzándole la mano al proletariado*, arrastrándolo quiera que no a su revolución, *haciéndosela* y entregándosela, por así decir, a domicilio. Se entrevé el "cerco de las ciudades por el campo" de Mao Tse-tun, Guevara y otros mistificadores que la Liga acepta. (En la p. 68 del primer folleto citado).

Complétese el cuadro: en Cuba, por ejemplo, los campesinos y la pequeña burguesía *obligan* a los dirigentes, o sea a Castro, Guevara y compañía, no a someterse a sus intereses, sino a los de la revolución proletaria y comunista. "La dirección revolucionaria cubana fué llevada a alinearse en posiciones del proletariado internacional, de la revolución proletaria, incluso si el proletariado cubano no tomó en ello parte preponderante" (p. 17 del segundo folleto citado). Para facilitar el trago de esa rueda de molino, la autora convierte a gran parte de los soldados de Castro en *asalariados* agrícolas. Pero están tan ausentes de sus propias meditaciones, que tiene que ir a buscar el enlace con el proletariado internacional; un proletariado que por entonces no se movía sino del trabajo a la cama y de la cama al trabajo.

Así también, después de recordar en la página 11 que el stalinismo ha ahogado la consciencia *revolucionaria* del proletariado internacional, salva milagrosamente de la corrupción stalinista a la dirección china, que fué precisamente la primera incondicional de Stalin y de su política mundial —y hasta hoy—, a fin de insuflarle el espíritu del proletariado internacional, antes de que se metiese con sus tropas en Nankín, Pekín, Cantón, Shangay, etc.

Los textos citados son el meollo de la pretensa "dialéctica de la revolución mundial". Como está dicho casi textualmente en ellos, se trata de la revolución proletaria hecha por interpósita clase no asalariada, concretamente por la pequeña burguesía, lo que después va a repercutir en los cuatro puntos cardinales, siempre según la Liga. Ahora bien, la antítesis dialéctica del capital es y no puede ser otra que el salariato personificado en la clase obrera. Aunque la pequeña burguesía sea arrastrada por ésta en determinadas condiciones, sus raíces sociales y sus aspiraciones atávicas la retienen en el círculo del capitalismo, *dentro de la tesis a destruir*, y eso hasta su dilución como tal pequeña burguesía. Lo que se nos sirve pues en nombre de la dialéctica de la revolución es un embrollo sin piés ni cabeza, ni menos concreción social en parte alguna del mundo. Filosóficamente no representa siquiera idealismo. En él se engarza por sus presuposiciones y a él revierte por sus repercusiones políticas. Mas así visto en su inmediatidad, resultan meras aseveraciones sacadas de la manga de quienes escriben.

Porque no existe en ningún país tal revolución, tíldesela de proletaria o de burguesa, *ni tampoco masas* campesinas y pequeño-burguesas en acción insurreccional. Si los militantes de la Liga sienten necesidad de creer en ella para darse moral, recordémosles el adagio japonés caro a Trotzky: "se puede creer hasta en una cabeza de sardina; la cuestión está en creer".

Antes de decirles lo que existe en sus países "proletarios", conviene elucidar la polémica contra "Lutte Ouvrière", para quien la cabeza de sardina toma el aspecto aberrante de revolución burguesa. Transpuesta a la hagiología laica moderna, esa divergencia es del mismo género, y no menos infecunda, que la antiquísima disputa sobre la naturaleza divina o semi-humana de los ángeles. De todos modos, ángel ven ambos polemizantes. "Lutte Ouvrière" carga a primera vista con la peor parte. Retrocede con su idea, en efecto, más atrás de la revolución permanente y de las Tesis de Abril de Lenin. Por añadidura, reconociendo la posibilidad de la revolución democrático-burguesa en cualquier país, la hace implícitamente extensible a la mayoría atrasada del mundo, y ello iría acompañado de una larga perspectiva de desarrollo de la civilización capitalista. En rigor, eso negaría actualidad a la revolución proletaria en los propios países adelantados. Después de haberse taponado así el camino, "Lutte Ouvrière" procura zafarse del lío teórico en que se ha metido, y tranquilizar a su público, asegurando que se trata tan sólo de una tentativa condenada al fracaso, a menos que el proletariado acometa la revolución permanente. Ergotismo. Sin hablar de la Europa rusificada, también poderes burgueses en su pensar, la "tentativa" china dura ya más tiempo del transcurrido entre la caída de Luis XVI y Waterloo, ya bien enhiestas las instituciones capitalistas francesas y enriquecidos los pequeño-burgueses de 1789-1793.

Pero, ¿dónde está la proliferación de una nueva clase burguesa y la aparición de las normas de derecho y de las relaciones sociales consecuentes? A "Lutte Ouvrière" le está prohibido contestar, y si contestase sería para embrollarse aún más. El retroceso numérico de la burguesía está en relación directa con la concentración del capital, concentración que lleva inscrita en su automatismo la supresión del capital privado o burgués. Y precisamente en los países atrasados, está excluido un crecimiento capitalista, por modesto que sea, sino partiendo de un capital ya muy concentrado, sólo al alcance del Estado o de los grandes trusts internacionales. En cambio, la revolución burguesa presupone capitales numerosos, pequeños, dispersos y en libre concurrencia mercantil. Ni esa condición material sine qua non, ni los factores anejos de las explotaciones rurales en plena vida y de la libertad política han estado presentes siquiera breve tiempo en los países a que atañe la polémica. La ausencia de libertad política y económica es en ellos muchísimo mayor que en los regímenes anteriores, dichos feudales.

En resumen, "Lutte Ouvrière" habla de revolución burguesa cuando las condiciones objetivas de la misma han quedado muy atrás y sin que se advierta ninguno de sus efectos. Peor, en la época en que el sistema creado por la burguesía debe morir. Ha hecho trabajo de invención y de acomodo de la realidad a sus ideaciones *y a sus prejuicios*, no trabajo de investigación teórica.

Por su parte, la Liga Comunista, con sus revoluciones proletarias "auténticas" o "deformadas" —terminología suya— deja comparativamente en poco la incongruencia y el oportunismo de "Lutte Ouvrière". En primer lugar, las masas campesinas de que se prevale, vista la absoluta imposibilidad de hablar del proletariado, no son otra cosa que ejércitos regulares pertrechados a
través de fronteras seguras, o bien organizados *allende* esas mismas fronteras. Tal ha sido el caso desde el ejército de Mao Tse-tun hasta el sudvietnamita. El de Castro fué una variante de lo mismo favorecida por la pequeñez territorial y la situación geográfica de Cuba. Recibió municiones de guerra y boca desde Estados Unidos, incluso por avión, la prensa capitalista yankee le dió popularidad, y jefes militares de Batista le abrieron el acceso a La Habana. Ni uno sólo de esos ejércitos se ha constituido a partir de una insurrección de masas, siquiera campesinas, sino que, una vez constituidos o implantados en cualquier zona, *han enrolado* a campesinos y trabajadores rurales, a menudo por el terror[^2]. A un revolucionario, eso le bastaría holgadamente para denunciar como ajenos al devenir histórico todos los movimientos militares en cuestión. Para la Liga-IV Internacional representa, a lo sumo, una anomalía baladí entre otras. Desde el momento en que acepta que el campesinado puede hacer una revolución proletaria sin el proletariado, a condición de verse guiado por una dirección "revolucionaria", es secundario, en efecto, que los propios campesinos sean llevados de grado o por fuerza a emancipar al proletariado. Y resulta en cualquier caso que sin necesidad de apoyarse en la lucha de clases tal como se dá en la realidad, al margen enteramente de la contradicción capital-salariato, la dirección fabrica una revolución socialista a partir de la nada. Los hombres hacen pues la historia y no a la inversa.

A todo esto, ¿de dónde sale esa dirección revolucionaria? De la más inesperada de las matrices: sale de la contrarrevolución rusa. Precisando, directamente de la entrepierna de Stalin, que *nombró* a Mao Tse-tun, Chu En-lai y demás Ho Chi Minh de por esos mundos. Lo que arroja el siguiente resultado: la contrarrevolución rusa selecciona una dirección nacional, la impone a un partido para mejor desembarazarse del trotzkismo, suprime con ella la revolución proletaria (1926-27) en convergencia con Chiang Kai-chek, acto seguido la mentada dirección se refugia en el confín fronterizo chino-ruso, organiza un ejército de campesinos, y con él ejareta al proletariado la misma revolución proletaria destruida por ella veinte años antes, cuando las masas del campo y de la ciudad estaban en plena actividad, parcialmente armadas y organizadas en soviets. La incongruencia, la enormidad que así se nos sirve como saber teórico y dialéctica de las contradicciones mundiales raya en la insanía. Pero aún queda por decir. La tal dirección pone en práctica la revolución proletaria, y *simultáneamente la contrarrevolución* política, puesto que el proletariado no ha ejercido el poder un sólo instante en China, ni en Vietnam, ni en parte alguna. Lo certifica la propia Liga: "El aparato del Estado presenta, en grados diversos, todas las taras del aparato stalinista". ("Lutte Ouvrière et la révolution mondiale", p. 13).

Después de lo anterior, parece trivial la paradoja consistente en acusar a "Lutte Ouvrière" de no tener en cuenta el peso sofocador del stalinismo", que según la Liga explica "las impurezas" de lo que ella llama revolución proletaria. La Liga y sus mentores veteranos cuartistas dicen así más de lo que les conviene; en otros términos, se van de la lengua renegando explícitamente de aquello mismo que dió origen a la fundación de la IV Internacional. Vuélvase a leer subrayado: *renegando*, porque la sofocación, el ahogo de la revolución mundial por el Kremlin y su Tercera Internacional estaba cumplido ¡en 1933! Lo que hasta entonces había parecido algo parcial y dubitativo, apareció incuestionablemente como total y definitivo con la traición a la revolución alemana. De la imposibilidad de que el stalinismo ayudase en lo sucesivo a cumplir el cometido histórico del proletariado, se dedujo imperativamente la creación de la IV Internacional. Atribuyéndole ahora al stalinismo la revolución social, siquiera deformada, se declara innecesario, falso y nulo el acto de creación y la permanencia actual de la IV Internacional. En todo lo esencial, Stalin y cualesquier Mao Tse-tun habrían tenido razón y hecho buena obra.

Precísase ahora ir al fondo del problema, ver qué cambios *económicos* ha habido en China y lo que representan. Obedeciendo a su querencia stalinera, la Liga Comunista ni siquiera se interroga sobre lo que es una transformación socialista de la estructura económica. Nos dice, "Tras una especie de NEP de gran envergadura (...) los chinos pusieron rápidamente en pié una economía estatizada y planificada sin gran cosa que ver con una economía 'burguesa'. Desde 1952, el Estado dirigía el 80 % de la industria pesada y el 50 % de las demás industrias. Controlaba la mayoría de los intercambios comerciales al por mayor y al por menor, etc. Verdad que las masas no participaban en el control y en la gestión de la economía; pero la estructura que le dió la dirección china no permite por nada clasificarla entre los Estados capitalistas, de hecho si no en teoría. Sobretodo, en 1958, la reorganización total, efectuada con rapidez vertiginosa, de las relaciones de producción en el campo, que vedaron al campesinado continuar siendo la matriz permanente del capitalismo, lo que es tradicionalmente. La instalación de las comunas populares, cualesquiera sean, por lo demás, sus debilidades y sus carencias, dieron al menos por resultado el trastrocamiento total de la estructura económica y social del campo, zapando en su base las diferenciaciones sociales del campesinado, por lo menos con la amplitud que adquirieron en la U.R.S.S. de los años 1925-29". ("Lutte Ouvrière et la révolution mondiale", p. 13).

Diríase que los escritores de la Liga ignoran que desde Chiang Kai-chek la gran industria era propiedad del Estado en proporción aproximada a la referida por ellos tan jubilosamente. Mas para el análisis revolucionario eso es indiferente. *Concedámosles* sin discusión que la totalidad de la industria y del comercio, exterior e interior, esté acaparada por el Estado y de propina bien planificada. No por ello existiría transformación estructural de las relaciones de producción capitalistas en relaciones de producción socialistas. A lo sumo cabría hablar de acomodo o reorganización de las relaciones de producción características del capitalismo, cosa que ha intervenido numerosas veces, evolutiva o convulsivamente, en el decurso de la existencia del sistema. La Liga evita adrede ser clara. Su definición, obsérvese en la cita, es taimada y ambagiosa, a imitación de otras definiciones de la IV Internacional. Escribe: economía Estatizada y planificada, *no burguesa*. Ese culebreo terminológico se lo impone la existencia, innegable incluso para ella, de la explotación de los trabajadores en China, no menos que en Rusia y demás pretendidos países socialistas. Empero, los explotadores no son, en general, propietarios individuales de instrumentos de producción. La economía, reconózcase, no es burguesa. Ahora bien, definirla así es servirse de una verdad intrascendente para colar de contrabando una monstruosa mentira cargada de trascendencia reaccionaria, a saber, que gracias a ese hecho no se trata de capitalismo.

Hay en semejante planteamiento trampa y hasta falsificación del conocimiento teórico, siquiera sea, en la Liga, inconsciente o inducido "por sus mayores". Para juzgar la naturaleza de una economía, el único criterio válido es el de la *función* de los instrumentos de trabajo, función capitalista o socialista, según no dispongan o dispongan los trabajadores de los instrumentos de producción, según empleen éstos o no empleen trabajo asalariado. Que el empleador sea el burgués propietario individual, un gran trust o el Estado, trust exclusivo, la función capitalista es la misma, y con ella la de sus adyacentes, la planificación y el control del comercio. Capital son los productos del trabajo anterior, acumulados al margen de los productores y puestos en función mediante nueva compra de fuerza de trabajo. Sin salirse de ese marco, podría llegarse a la supresión de la paga en dinero del salario (caso de las "comunas" chinas al principio, y de alguna "experiencia" local de Castro). Subsistiría, con agravantes, el salariato, siempre determinado por la dependencia del trabajador respecto de los instrumentos de trabajo, dependencia que acarrea automática, férreamente, su desposesión de los productos del trabajo. En consecuencia, la única transformación estructural socialista es la supresión de tal dependencia. Existiendo, sigue en pié el capitalismo, cualquier forma orgánica adopte.

La organización de las "comunas populares" a que tanta importancia concede la Liga, cual si el sector agrario de un país, muy atrasado por añadidura, pudiese ir en delantera del sector industrial, no ha suprimido las diferencias sociales del campesinado; las ha incorporado, por el contrario, a las jerarquías del Estado capitalista colectivo, acentuándolas arriba y extendiendo la proletarización abajo. En las ciudades, cuantos privilegiados no se han opuesto al régimen stalinista conservan su situación como funcionarios del nuevo poder. Le era indispensable a éste producir en el campo igual asimilación, por razones que se verán en la segunda parte de éste trabajo. El nombre, "comunas", es tan mendaz como el del partido-Estado: comunista.

Sintetizando, a la elaboración, papel y tinta en mano, de una revolución proletaria sin el proletariado, la Liga no tiene empacho en añadir un cambio estructural que deja en pié y acrece la base más sólida del sistema capitalista: el proletariado, sin otros bienes de mesa, ropero y escuela que los obtenidos por la venta de su fuerza trabajo, que produce y reproduce su condición de clase... y la acumulación del capital. Esa suerte de malabares es bautizada dialéctica.

La clave de tantos disparates y escandalosos contrasentidos (más de los que se verán a continuación) es la noción del Estado. Menester es pues declarar inconcusamente que el Estado no tiene cometido económico que cumplir, ni aún en el caso de que sea convertido en propietario por una insurrección obrera, no ya por las combinaciones stalinino-campesinas que la Liga nos fragua. La idea de un Estado organizador y dispensador del comunismo es, en el mejor de los casos, idealismo hegeliano diametralmente opuesto al materialismo dialéctico; en el peor, es inmundicia propagandística stalinista. La Liga se ha limitado a adoptar la posición de la IV Internacional, que aún despojada de las *retorsiones* derechistas introducidas por los Frank, Mandel, Maitán y otros Hansen norte y sudamericanas, participa de aquel idealismo y ha sido invalidada hasta la saciedad por la experiencia.

Una ojeada retrospectiva se hace indispensable aquí. León Trotzky incurrió en el error de afirmar que la propiedad estatizada en Rusia fué introducida por la revolución de 1917. En realidad lo fué por la no transformación de esa revolución *permanente* en revolución socialista, su única razón de ser. El capital pasó al Estado, y lejos de perder su naturaleza fué acendrándola con caracteres cada día más brutales a medida que surgía y se redondeaba la contrarrevolución; contrarrevolución política, sí, porque sólo en política se quedó, antes de ser anulada, la revolución de 1917[^3].

Partiendo de tal error, Trotzky creía que, hallándose en guerra, el stalinismo usurpador del poder se vería obligado a hacer concesiones al proletariado y que éste reanudaría la revolución. El Kremlin, por el contrario, fué reforzando su terrorismo al mismo paso que los ejércitos nazis avanzaban suelo ruso adentro. Y lejos de aparecer contradicción alguna entre el sistema de propiedad ruso y el viejo capitalismo, el sector occidental del mismo acorrió en su auxilio y lo salvó de la derrota desdeñando las ofertas de paz que simultáneamente le hacía Hitler. En otros términos, las contradicciones internas del capitalismo, causa de la guerra entre Alemania y los Occidentales, fueron muy superiores a lo que se suponía ser oposición irreductible entre el sistema de propiedad capitalista y el sistema ruso. La prueba quedó hecha: no existía tal oposición. Rusia estaba incursa en las contradicciones internas del sistema capitalista mundial, y nada más.

Por otra parte, Trotzky esperaba también que otras revoluciones triunfarían y liquidarían el stalinismo hasta las raíces. Lo que se produjo fué una extensión territorial enorme del dominio stalinista, su apoteosis. El análisis de Trotzky era evidentemente errado, como se había adelantado a reconocer él mismo, para caso de que sus previsiones no se verificasen.

No obstante lo irrecusable de la experiencia, los principales partidos trotzkistas, aligerados de internacionalismo durante la guerra, comprometidos en la defensa nacional resistencia mediante, sacaron conclusión opuesta: el stalinismo extiende la propiedad socialista, mal que le pese al propio proletariado. Sencillamente, les era imprescindible tapar con algo sus graves carencias revolucionarias. De ahí que su posición actual, que la Liga adopta, tenga mucho más de engañifa stalinista que de error político o sociológico.

(Continúa en el siguiente número de *Alarma*)

Octubre 1971

G. Munis

[^1]: Consúltese: "El S.W.P. y la guerra imperialista", folleto crítico del Grupo Español en Méjico de la IV Internacional; Méjico 1945.

[^2]: Véase la voz *guerrilla*, en "Léxico de la truhanería política contemporánea, comparado con el léxico revolucionario", en *Alarma*, números 14 a 17.

[^3]: Tocante a la idea de enderezamiento del régimen ruso mediante una simple revolución política, consúltese *La revolución ninguna*, en ALARMA, nueva serie, n.º 9.
