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Title: Reafirmación
Description: Postfacio de la reedición de «Jalones de derrota»: lo que la revolución española de 1936 enseña frente a la rusa sobre el stalinismo, el control obrero y la nacionalización.
Author: G. Munis
Date: 01/04/1972
Category: Alarma (nueva serie) n.º 21
URL: https://marxismo.school/hemeroteca/alarma/1972-04-reafirmacion
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*Alarma*, nueva serie, n.º 21, segundo trimestre de 1972 (págs. 10-12). [PDF del número completo](https://marxismo.school/assets/archivo/1958-93%20Hemeroteca%20del%20FOR/1958-88%20Alarma/1972%20Alarma%2021.pdf)

*Acaba de aparecer el anunciado libro de G. Munis "Jalones de derrota: promesa de victoria (España 1930-1939)". Muy a pesar nuestro, nos vemos obligados a modificar el precio, pues el que indicamos en Alarma n.º 20 fué un error de cálculo del editor. Valdrá 39 francos el ejemplar. Presentamos nuestras excusas. No obstante, quienes han suscrito a un ejemplar lo recibirán como convenido y por nuestra parte podremos hacer una rebaja de 7 francos a nuestros camaradas y lectores: 32 francos el ejemplar, franco de porte. Se trata, repitámoslo, de un libro de 420 páginas, que abarca todo el período revolucionario del decenio 30. El autor ha añadido a la edición facsímil un postfacio bajo el título* Reafirmación, *que se leerá a continuación.*

Mientras más años contemplamos retrospectivamente hasta 1917, mayor importancia adquiere la revolución española. Fué más profunda que la revolución rusa y más extensa por la participación humana, esclarece comportamientos políticos hasta entonces indefinidos y proyecta hacia el futuro importantes modificaciones tácticas y estratégicas. Tanto, que en el dominio del pensamiento no pueden elaborarse hoy sino despreciables remedos de teoría si se prescinde del aporte de la revolución española, y precisamente en cuanto contrasta, superándolo o negándolo, con el aporte de la revolución rusa.

La revolución desbarató en España las estructuras de la sociedad capitalista, en lo económico, en lo político y en lo judicial, creando o insinuando estructuras propias. Se perfila sin equívoco como una revolución socialista, o sea proletaria. La revolución rusa no destruyó la estructura económica del capital, sino que, tras un momento de vacilación, la modificó de privada en Estatal. Fué una revolución democrático-burguesa o permanente hecha por el proletariado y muerta antes de alcanzar el estadio socialista. Por eso la contrarrevolución stalinista ha podido ser, también, sólo política, si bien cruelísima en proporción al apremio de revolución mundial.

Precisamente cuando llegaba a su pináculo la revolución en España, en 1936, la contrarrevolución rusa consolidaba su poder para muchos años exterminando a millones de hombres. En consecuencia, el ramal stalinista español tuvo desde el 19 de Julio de 1936 un comportamiento de abanderado de la contrarrevolución, lanzándose contra un proletariado que acababa de aniquilar al capitalismo. Un reflejo condicionado de los diferentes trozos de IV Internacional asigna al stalinismo en España un papel oportunista o reformista tipo Kerensky o Noske. Mas lo que el stalinismo hizo en España no fué servir de tapadera o auxiliar a la burguesía, sino dirigir políticamente la contrarrevolución y ponerla en práctica con su propia policía y sus propios esbirros. Apareció como el partido de extrema derecha reaccionaria, imprescindible para destruir la revolución. Característica *definitiva* del pseudo-comunismo stalinista puesta de relieve por primera vez en España, confirmada luego en Occidente y Oriente. Dondequiera acapara el poder es aplastado el proletariado y desaparece para largo tiempo la posibilidad de revolución. Y ese cometido, único compatible con su naturaleza e intereses, bien vale algunos camelos democráticos, y hasta obreristas, mientras se encuentra en la oposición.

Respecto a táctica, la revolución española invalida o supera con creces la de la revolución rusa. La consigna de gobierno sin burgueses, constituido por representantes de las organizaciones obreras, que tan útil fué en Rusia contra Kerensky, carecía de sentido en España o lo hubiese tenido negativo. Al día siguiente de la derrota de militares y fascistas a manos del proletariado pasó a éste todo el poder real, ejercido mediante Comités-gobierno inexistentes días antes, singularidad importantísima. Además, a partir de entonces, y por ende desde antes, la amenaza más mortal para la revolución provenía del partido stalinista, no de partido burgués alguno. Burgueses y socialdemócratas estaban atónitos contemplando la alevosa pericia anti-revolucionaria de ese pretenso partido obrero. Pero otorgaban.

Por completo superada por los hechos revolucionarios mismos resultó la consigna de "control obrero de la producción", todavía en cartel para numerosos izquierdistas. Los trabajadores pasaron sin transición a ejercer la *gestión de la producción*, aunque, como se ha visto en el texto del libro, la coordinación general de la misma fuese obstaculizada y al cabo impedida por el Estado capitalista, que iba reconstituyéndose con la participación de las dos centrales sindicales, C.N.T. y U.G.T., cuyo pacto final oficializaba un capitalismo de Estado. Pero bien antes de eso, el control obrero de la producción fué la maniobra indispensable para arrebatar la gestión a los trabajadores. El stalinismo se agazapó tras de él. Idéntico servicio retrógrado habría prestado la autogestión, variante de aquel con sonido distinto. Ha sido demostrado en España, y no sólo allí, que el proletariado no puede controlar la economía capitalista sin quedarse atascado en ella, como pájaro en liga. Si la gestión es el dintel del socialismo, el control es el postrer recurso del capital en peligro o su primera reconquista en circunstancias como la de España en 1936.

Repartir los latifundios a los campesinos es medida burguesa tan extemporánea y negativa como lo sería transformar las grandes industrias en múltiples pequeños talleres. Organizar koljoses —o su actual equivalente chino, las "comunas" agrarias— es medida de proletarización del agro correspondiente al capitalismo de Estado con su totalitarismo político. Ambas fueron desdeñadas en España en favor de las colectividades, cuyo desarrollo reclamaba la supresión del trabajo asalariado y de la producción de mercancías, que de hecho encentaron.

De toda esa experiencia, resultante de hondas exigencias sociales, aunque indeliberadas, se desprende una generalización teórica transcendente: la revolución democrático-burguesa en los países que no la han hecho es tan irrealizable por el proletariado en calidad de revolución permanente como por la burguesía misma. Las condiciones económicas del mundo, las necesidades concretas de las masas explotadas, a más de la degeneración de la civilización capitalista, lo que bastaría con colmo, *convierten en reaccionario* cuanto no sean medidas socialistas.

Y no puede considerarse en modo alguno medida socialista la nacionalización, fuere cual fuere el poder que la realice. Lo que necesita la clase obrera mundial es "erigir una barrera infranqueable, un obstáculo social que le vede tener que venderse al capital por 'contrato libre', ella y su progenitura, hasta la esclavitud y la muerte" (Marx). Le hace falta pues disponer a su albedrío de toda la riqueza social que hoy constituye la plusvalía del capital y establecer como primer derecho del Hombre el derecho a vivir, trabajar y realizarse sin vender sus facultades de trabajo manual o intelectual. Así revertirán a la sociedad los instrumentos de trabajo y desaparecerán las clases.

Dondequiera se apodere el proletariado de la economía, la nacionalización será la manera más engañosa de volver a quitársela. Se vió también en España. Por todo ello, las tendencias que ignoran las experiencias citadas se condenan a defender odiosos regímenes de explotación y opresión: Rusia, China, etc.; peor, se condenan a transformarse ellas mismas en explotadoras si por acaso el poder se les viniese a las manos.

Marzo 1972

G. Munis
