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Title: Lío teórico y netitud revolucionaria
Description: Respuesta de Munis a Judith Allen: el carácter reaccionario de los sindicatos procede de su función de vendedores, y futuros compradores, de la fuerza de trabajo, no de la imposibilidad de reformas.
Author: G. Munis
Date: 01/07/1973
Category: Alarma (nueva serie) n.º 26-27
URL: https://marxismo.school/hemeroteca/alarma/1973-07-lio-teorico-y-netitud-revolucionaria
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*Alarma*, nueva serie, n.º 26-27, tercer y cuarto trimestre de 1973 (págs. 16-22). [PDF del número completo](https://marxismo.school/assets/archivo/1958-93%20Hemeroteca%20del%20FOR/1958-88%20Alarma/1973%20Alarma%2026-27.pdf)

*Contestación al artículo anterior*

El artículo que acaba de leerse no es una crítica de la obrita "Los sindicatos contra la revolución". A lo sumo, arguye lo que puede sobre lo que la autora cree haber entendido de su lectura y de otras ideas de antiguo definidas por el movimiento revolucionario. Por lo tanto, la contestación es supérflua desde el punto de vista teórico. Bastaría consignar: *no se refiere a lo escrito*, para que cualquier lector atento verificase, cotejando los textos respectivos, que no existe correspondencia entre lo criticado y la supuesta crítica. Hay que replicar, empero, no sólo procurando eliminar sorderas en la discusión, sino poniendo también en claro algunos puntos más que turbios en lo expuesto por la camarada Judith Allen.

La camarada ha emprendido su crítica porque en el trabajo mío no encuentra "un análisis desarrollado de los motivos de la transformación histórica de los sindicatos", "apenas una base imprecisa". Mejor que una crítica, quiere presentar "una explicación más completa", sin "empirismos", ni "yerros sobre las causas de la transformación definitiva de los sindicatos". Lo primero pues es localizar esa explicación. Empieza así, párrafo tercero: "Las bases fundamentales del sindicalismo moderno aparecieron en todos los países industrializados como respuesta de la clase obrera a las condiciones del capitalismo en el siglo XIX". Cierto, pero eso está mucho mejor expuesto y razonado en la parte del libro escrita por Benjamin Péret (no publicada por *Internationalism*) y nada tiene que ver con lo que se discute. Enseguida añade la camarada Allen: "Por lo tanto, el reformismo tenía una base material concreta en la capacidad del capitalismo para conceder a la clase obrera ventajas crecientes, en proporción relativa al incremento de la capacidad productiva. El movimiento sindicalista estaba fundamentalmente consagrado a fines reformistas, y mientras el capitalismo seguía siendo capaz de conceder reformas, las ideas revolucionarias quedaban en minoría".

Discúlpeme la camarada Allen la brusquedad con que me veo obligado a decirle que eso no es un comienzo de explicación, sino la introducción a un lío teórico. Además de ella, hay numerosos revolucionarios para quienes concesiones del capitalismo al proletariado y reformismo son una y la misma cosa. Que se tomen el trabajo de leer o releer "Reforma o revolución", de Rose Luxemburg. Cuando un revolucionario utiliza la voz *reformismo*, no debe hacerlo sino en la acepción que adquirió con Berstein, Hilferding y compañía, a saber, pretensa posibilidad, para la clase trabajadora, de modificar evolutiva y legalmente la estructura capitalista, hasta desembocar en el socialismo. El capitalismo no es ni ha sido jamás reformista, cual asume la camarada Allen. Su aptitud para transformarse y para hacer concesiones al proletariado, cualesquiera fueren, es congénita al sistema, está inscrita en la relación social capital-salariato. Consúltese ese pobre e ignorado Karl Marx. Con el empleo que la camarada Allen y tanto otros hacen del término, habría que considerar reformista cualquier mejora consentida por el capital, de grado o por fuerza, el propio capitalismo como sistema sería o habría sido un sistema reformista en el sentido estricto, el de Berstein. Y persiguiendo hasta sus confines la lógica en movimiento de dicha identificación, en el reformismo quedan prendidos, siquiera sea por inadvertencia, cuantos la incorporan a sus nociones. En apoyo de lo dicho, reléase lo escrito con tan profundizador propósito por la camarada de *Internationalism*: "Contrariamente a la aserción de Munis, que los sindicatos han abandonado su función reformista adoptando una posición reaccionaria, es el propio reformismo el que se ha convertido en reaccionario en medio del capitalismo actual. El programa reformista entero ha dejado de ser válido y sólo puede servir como diversión..." etc. (Párrafo 14).

*Se ha convertido en reaccionario, ha dejado de ser válido, el programa reformista*. Luego fué válido y no reaccionario en concepto de nuestra o nuestros críticos. Hay pues en ellos proclividad reformista retroactiva, susceptible de convertirse en activa y actual, si por cualquier razón se convenciesen de que el capitalismo hogañero sí consigue hacer concesiones a sus explotados. A eso lleva la mezcolanza teórica inadmisible entre mejoras de la clase obrera dentro del capitalismo y concepción reformista de la lucha obrera. Esta última no era "el peor aspecto del reformismo", sino su único aspecto, y ni ella ni las concesiones al proletariado tuvieron nunca el carácter necesario para todo el siglo pasado que les atribuye Edith Allen, menos significación revolucionaria. Mal pueden, por consecuencia, haberlo perdido. Tampoco podían los sindicatos abandonar una posición reformista que nunca fué la suya, contrariamente a la opinión que me imputa la camarada referida. Así está dicho más de una vez en "Los sindicatos contra la revolución", a comenzar por el texto de Péret.

Según dicha concepción, el reformismo es toda una época del capitalismo y del movimiento obrero en su seno, tan insoslayable, que "las ideas revolucionarias quedaban en minoría". ¿Cómo explicar entonces que a pesar de todo se tratase de una minoría mucho más fuerte, en número y en calidad, que los ralos grupos en que viven confinadas, y a las veces raquitizadas, en nuestra época, cuando la necesidad de revolución es mucho más perentoria? Ese hecho innegable contradice la interpretación del capitalismo-reformismo que la camarada Allen se ha elaborado. Su aparente misterio estriba, dígolo resumiendo al máximo, en que durante la oleada revolucionaria anterior, primera tentativa de revolución mundial, el proletariado fué vencido por las que seguían pareciendo sus propias organizaciones, en primer término por la Tercera Internacional al servicio de la contrarrevolución stalinista rusa, en manera alguna por la burguesía. Fraguando en capitalismo de Estado, la consolidación de la contrarrevolución rusa repercutió en consolidación del sistema mundial, le consintió su crecimiento post-bélico, y de propina reblandeció el pensamiento de gran parte de revolucionarios. Ahí tienen su origen los peores aspectos de la actualidad en cada país e internacionalmente. Pero aquí me limito a consignar que a cada derrota de la revolución el capitalismo hallará un respiro y un crecimiento económico, sin nada que ver ya con su viabilidad como sistema.

El argumento más fuerte que añade la camarada Allen a su incongruente definición, helo aquí: "A medida que disminuían las posibilidades de abrir nuevos mercados, las crisis capitalistas cíclicas, de sobre-producción, se convertían en crisis permanente de un sistema obligado a nutrirse de su propia destrucción en gran escala. La era de la movilización militar en masa, de los gastos armamentales enormes, de la estatización de la economía, del corto respiro de la supuesta prosperidad mientras las contradicciones internas del capitalismo preparan nuevas y más destructivas crisis y guerras, esta era de decadencia del sistema, marca el término de la aptitud capitalista para conceder a la clase obrera importantes y durables reformas, marca el principio de un período de convulsiones sociales". (Párrafo 6). Y en el párrafo 10, la conclusión: "Pero siendo el reformismo una ilusión en el período de crisis permanente, el papel de los sindicatos convirtióse en movilizar a la clase obrera tras la burguesía, en la paz como en la guerra. Ellos garantizan la subordinación de las demandas obreras al criterio capitalista de aumento de la productividad y de competencia comercial. A un sistema en peligro, los sindicatos le aseguran la canalización mansa de cualquier descontento peligroso que amenace derrocarlo. Los sindicatos se han convertido en un pilar fundamental de la perduración del capitalismo".

Con eso está terminada la prometida "explicación más completa", sin "empirismos", de la naturaleza de los sindicatos. No hay otro análisis. El resto del artículo —y en buena parte también eso— es mera descripción de acontecimientos o de hechos consumados, puestos a contribución con desigual tino. Y bien, casi todo lo citado de la camarada Allen es erróneo, y lo acertado carece de base teórica o no hace al caso para lo que se discute. A fin de verlo más claro hay que reducir:

1. Los sindicatos siguen siendo reformistas; no han cambiado.

2. Lo que ha cambiado es el reformismo, válido en otro tiempo, ahora no válido y reaccionario.

3. Es reaccionario porque el capitalismo ya no puede consentir mejoras durables al proletariado, supuesta su carencia actual de bases económicas reformistas.

4. En fin, el papel reaccionario de los sindicatos limítase a enganchar el proletariado al carro de la burguesía y a sacarla de malos trances (el texto dice "garantizar", "asegurarle" a la burguesía, imprecisión terminológica que rebasa el pensamiento de la autora).

Lo anterior da, para comenzar, este contrasentido: ausencia de base económica reformista, pero continuidad reformista de los sindicatos. Se ha leído: los sindicatos "garantizan la subordinación de las demandas obreras al criterio capitalista de aumento de la productividad y competencia". Es decir que el reformismo, según la mixtura embutida en la palabra por la camarada, sigue existiendo y manifestándose económicamente en las demandas sindicales. Además, no advierte la camarada que el aumento de la productividad ha sido *siempre* la condición previa o la consecuencia inmediata de las concesiones materiales obtenidas por los asalariados. Nada se demuestra pues con tal hecho, que no argumento.

En segundo término, el reformismo verdadero nunca fué válido y siempre fué reaccionario por relación a necesidades y posibilidades del proletariado. Hace tiempo que dejó de existir, habiendo reconocido los descendientes de sus representantes no ser otra cosa que "buenos administradores de los negocios capitalistas" (León Blum) y declarádose al fin compatibles con el sistema, parte de él (socialdemocracia alemana, italiana, sueca, laborismo británico). Carece sencillamente de sentido, por no decir algo peor, hablar hoy de reformismo, aplíquese a los sindicatos, a los partidos dichos socialistas o a los stalinistas.

Por consecuencia, para quienes concuerden con la camarada Allen, la prueba del carácter reaccionario de los sindicatos reposa única, exclusivamente, en la imposibilidad de arrancar al capitalismo mejoras estables. Ahora bien, eso es un simple aserto a contrastar con la realidad, no una demostración, y menos un análisis teórico.

Yo no voy a afirmar o a negar aquí su exactitud, porque lo uno o lo otro *es indiferente* para el problema discutido. La incompatibilidad absoluta de los sindicatos con la revolución no procede de la contingencia de unas mejoras inalcanzables en el seno del capitalismo, como las uvas para el zorro de la fábula. Aun en el caso contrario, permanece la incompatibilidad y también el carácter reaccionario de tal organización. Lo que engendra dicho carácter es esencial, no accidental, es intrínseco y no extrínseco a los sindicatos; no es otra cosa que *su propia función reivindicativa*. Están directamente interesados en que haya algo que reivindicar, cosa imposible sin que el proletariado siga siendo indefinidamente proletariado, fuerza de trabajo asalariada; los sindicatos representan la perennidad de la condición proletaria, vender la fuerza de trabajo a su compradores es condición de su existencia actual, al mismo tiempo que prepara su existencia futura, se verá a continuación. Representar la perennidad de la condición proletaria conlleva aceptar, si no representar también, la perennidad del capital. Los dos factores antitéticos del sistema han de conservarse para que el sindicato realice su función. De ahí su profunda naturaleza reaccionaria, independientemente de los vaivenes que modifiquen, para mal, para menos mal o para mejor, la compraventa de la mano de obra, jugarreta clave del sistema. Al margen de ese análisis, o con cualquier otro errado, se puede, a lo sumo, constatar lo que son en la práctica los sindicatos, pero no descubrir el por qué, lo indispensable para derrocar su imperio.

No más allá de una constatación fué la izquierda comunista alemana, cuyo acierto en ese aspecto respecto de Lenin y Trotzky está reconocido en "Los sindicatos contra la revolución", al contrario de lo que me reprocha Edith Allen. Constatación y no más es también la de dicha camarada, sin que tenga ella la disculpa de los comunistas de izquierda alemanes, en cuyo tiempo (1918-23) la enemiga de los sindicatos a la revolución (ya vista en 1917, durante la revolución rusa) semejaba una simple capitulación *ante la burguesía*, un adaptarse a *sus* intereses. La verdadera naturaleza de los sindicatos aparecía entonces tan imprecisa, sí, que incluso algunos comunistas de izquierda alemanes, emigrados a Estados Unidos, ingresaron en la I.W.W., la organización anarcosindicalista tan poderosa entonces.

En repetir dicha constatación consiste el bagage anti-sindical de quienes concuerdan con el anterior artículo. Y la constatación, deducciones tácticas aparte, no se distingue en nada importante de la apreciación bolchevique, que luego hizo suya la IV Internacional. Ahora bien, que los sindicatos sean incompatibles con la revolución es tan sólo una consecuencia, y no la más importante, de su propia actividad como organismos. La venta de la fuerza de trabajo obrera, que es su especifismo, hace de ellos uno de los estamentos del sistema, de él inseparable y con él modificable. Pero la trabazón de los sindicatos con el mundo de la explotación es mucho más transcendente y peligrosa que sus más sucias conchabanzas con la burguesía y sus gobiernos. Estas últimas preparan día a día, en nuestras latitudes, otra función venidera, en parte a ciegas, en parte deliberadamente, bajo el impulso de la ley de concentración de capitales, mas no sin inspiración concreta de lo que ya acontece en buena parte del mundo. En efecto, ¿a qué burguesía viven sometidos los sindicatos de los países en que economía y poder político se hallan reunidos por entero en el Estado? Sencillamente, en ellos los sindicatos ya no son vendedores, sino *compradores* de la fuerza de trabajo proletaria, como parte de la depositaria general del capital que es el Estado. El siervo se ha transformado en señor. Su función cerca del capital variable les ha llevado a la copropiedad indivisa del capital constante. El recorrido del capitalismo individual y el de los sindicatos se funde y confunde en la centralización suprema de la economía y del poder político.

Todo lo anterior está mejor desarrollado en el opúsculo que nos ocupa, "Los sindicatos contra la revolución". Si alguien lo duda, que lea o relea ese trabajo, en particular sus últimas páginas, pues yo no tengo intención de extenderme aquí dando citas de mí mismo. Me basta lo expuesto para decir a la camarada Allen: he ahí la perspectiva mundial, en movimiento, de los sindicatos como parte del capitalismo en cuanto sistema. En ella debe cimentarse la táctica y la estrategia de los revolucionarios, no en las rutinarias, muy incompletas y a veces demagógicas acusaciones de sometimiento a la burguesía.

Por añadidura, ni siquiera es serio denunciar los sindicatos por no ser capaces de obtener unas mejoras que de antemano, por principio —en realidad por artículo de fe— se declaran inalcanzables. La renuencia o la diligencia sindical en la obtención de mejoras, proviene de la ausencia o la presencia, en cada instante, de factores muy varios, desde la depresión o la presión del proletariado, hasta las incidencias políticas nacionales y las relaciones inter-imperialistas. Verdad que el ideal de los sindicatos es hoy no reivindicar sino aquello que está a punto de ser concedido por el capital, a mayor generalización, lo que encaja en la programación dirigista. No obstante, negarles toda otra posibilidad es obnubilación de quienes no perciben que precisamente por ser parte integrante del mundo capitalista, los sindicatos y sus mentores políticos pueden ir tan lejos como necesite éste en cuestión de concesiones. Serán el canal de las mismas, y llegado el caso podrían forzarlas. Por ende, su puesta en acusación por los revolucionarios debe basarse en que, reivindiquen lo que reivindiquen, obtengan lo que obtengan, hacen cada día más pesado el imperio del capital sobre el trabajo. El problema de la clase trabajadora está en ponerse en condiciones de no tener que reivindicar nada, y en lo más inmediato, en alejar de sus relaciones con el capital a esos agentes del mercado del trabajo que son los sindicatos.

Y bien, es la mencionada naturaleza de los sindicatos, de futuros copropietarios del capital y compradores de la fuerza de trabajo, la que no se podía ver claro durante el decenio 20; tan poco claro, que nadie la previó. La cronología de la lucha de clases, es decir, de la historia, se nos impone. No se puede reprochar sin ligereza a Lenin y a Trotzky el no haber comprendido un fenómeno todavía mal perfilado. ¿Cuantos lo ha asimilado hoy, incluso entre los nuestros? Fué necesario el fracaso de la revolución, su metamorfosis en contrarrevolución, para que el capitalismo en Rusia, cerrada la perspectiva de desarrollo de la propiedad privada, burguesa, se adentrase en una acumulación estatal, y para que los sindicatos, a su vez, dejasen al descubierto todo su contenido y apareciesen, por así decirlo, de cuerpo entero.

Ese proceso es el de la degeneración del sistema capitalista en su conjunto y por lo tanto no es rectilíneo. Tiene lugar con altibajos en el tiempo y sobretodo en el espacio, es decir, en los diferentes países. Si a la camarada Allen le parece incongruente que yo señale la transformación de la CNT española en 1936-38, dos decenios después de que el sindicalismo europeo se sumase al sanguinario patriotismo burgués, que se queje del proceso histórico mismo: yo no lo fabrico. En cambio, la CNT cayó de golpe en el capitalismo de Estado, mediante el Pacto CNT-UGT, sin pasar por la degradante defensa nacional, como todo el sindicalismo de los beligerantes en 1914-18. Sólo cabe añadir, para evitar una visión unilateral a quienes no han leído el opúsculo de que se trata en esta discusión, que los sindicatos son también, digan lo que digan sus estatutos, entidades políticas dominadas por partidos y tendencias más o menos percatadas de su pertenencia al mundo del capital. Por ello mismo, una tendencia revolucionaria debe mostrarse hoy tan incompatible con los sindicatos y sus mentores políticos como lo son éstos con la revolución social.

Ahora cedo una vez más la palabra a Judith Allen:

> "Que Munis no ha asimilado por completo la futilidad de las formulaciones reformistas, lo demuestran sus proposiciones tocante a demandas transitorias. Las reclamaciones de "reducción de la jornada de trabajo a 5 o 6 horas sin disminución de paga", de "negarse a todo incremento de la productividad que no redunde en beneficio de la clase obrera", de "libertad completa en los lugares de trabajo", son simplemente utópicas en el seno del capitalismo, como reconocerá indudablemente el propio Munis. (...) Munis parece rechazar el sindicalismo sin rechazar por completo su contenido: reformismo huero, incluso no limitándose a simples demandas de salarios. Prolongado fuera de las estructuras sindicales, el reformismo puede ser un grave obstáculo al desarrollo ulterior de huelgas salvajes. Una consciencia parcial cuajada en programas y consignas de transición es el instrumento más fácilmente co-optable por la burguesía. Reclamaciones utópicas no pueden movilizar a la clase obrera sobre una base de clase, en particular siendo postuladas por revolucionarios cuyos análisis demuestran su futilidad". "En el trabajo de Munis, tales reclamaciones aparecen como mero *non sequitor* a la lógica de los argumentos".

El rigor terminológico es a todas luces parte constituyente del rigor teórico. Sin él no puede tener lugar una discusión seria, porque una misma palabra designa ideas diferentes para los interlocutores; menos aún puede hacerse, sin él, un análisis inequívoco de cualquier problema. Ya se ha visto al principio de esta réplica que la terminología de la camarada Allen es tan borrosa, que desliza tres nociones diferentes dentro del término, *reformismo*: las reivindicaciones salariales, las concesiones del capitalismo y el verdadero reformismo. En la última cita abunda todavía añadiendo otras dos nociones, el "Programa de transición" y reclamaciones como las nuestras. Cinco nociones distintas en un sólo reformismo *inexistente* hoy en parte alguna del mundo. Eso es echar vocablos-exorcismo unos encima de otros, caigan como caigan.

Lo primero a responder a nuestra amable crítica es que Munis está lejos de reconocer que las consignas por ella citadas sean utópicas en el seno del capitalismo. Han sido formuladas a sabiendas de que, en determinadas condiciones, sí podrían realizarse dentro del actual sistema; sabiendo, por añadidura, que en otras condiciones también podrían ser utilizadas con miras contrarrevolucionarias. No hay truco que nos ponga a salvo de esas trampas, porque nada, absolutamente nada está a cubierto de utilización aviesa. No ya las huelgas salvajes, repetidamente utilizadas con fines sindicales y hasta stalinistas, ni siquiera las consignas "revolución comunista" y "abolición del trabajo asalariado", no digamos la de "consejos obreros" en que con tantos otros la camarada Allen ve un talismán. En cambio, como realizaciones de la revolución en pleno ímpetu, las consignas referidas abordan, junto con otras no citadas, la abolición de trabajo asalariado por los asalariados mismos. En tal dirección apuntan. Pero sin duda es pertinente recordar aquí a Marx, vista la parte de hagiología que aparece como residuo en tantas consciencias revolucionarias. ¿No ha repetido él que la solución al problema de la clase obrera tiene que empezar por una disminución importante de la jornada de trabajo? ¿No ha machacado a saciedad que el capitalismo es, ante todo, la extracción de plusvalía? Y los aumentos de salario que el capitalismo otorga, por vía sindical o por su propio querer, ¿no proceden de un aumento del producto de cada trabajador, a quien se le da como incentivo una minúscula parte de su propio producto adicional?

Con la ideación de la camarada Allen —que no le es privativa, repitámoslo— reformistas son también las huelgas salvajes y cualesquiera de sus peticiones, y reformista sería la propia reivindicación de libertad de los huelguistas perseguidos. No caen en cuenta que incluso una modesta reivindicación de salario —pronto nula, si no antes de obtenida— tiene significación diametralmente opuesta según sea obtenida por la representación sindicalo-capitalista o por huelga salvaje no devuelta al redil sindical. La importancia de estos movimientos reside, mucho más que en sus reclamaciones, en que contribuyen a romper el grillete sindical y a restituir al proletariado su acometividad potencialmente invencible. Más vale hoy la derrota de una huelga antisindical que cualquier victoria impartida por los sindicatos. Esta tapona el camino a luchas revolucionarias, aquella lo va jalonando y consiente a los trabajadores una experiencia propia.

La creencia de que el capitalismo nada puede crear ni conceder una vez alcanzada su fase decadente, asunción clave de la crítica anterior, viene rodando de texto en texto, desde los de Lenin y Trotzky hasta los de *Internationalism* y otros grupos afines o adversos, los trotzkistas actuales englobados. Y desde entonces, una y otra vez los hechos han demostrado lo contrario. Pareció verdad durante algún tiempo, en el intervalo de las guerras imperialistas, pero esta segunda post-guerra ha presenciado un auge enorme del capital y por consecuencia del capital variable, o sea de la masa salarial. Ha habido aumento del consumo de cada obrero, al mismo tiempo que una pauperización tremenda relativamente a la totalidad de la riqueza social. Negar lo primero es pseudomaterialismo, es acomodar los hechos a una idea, que se revela así prejuicio. Pero quienes continuan erre que erre proclamando esa negación lo hacen porque no comprenden que pueda haber sublevación del proletariado y revolución, sino por una catástrofe económica que produzca *necesariamente* la consciencia revolucionaria en millones y millones de trabajadores hambrientos. Contemplan la revolución como resultado del no funcionamiento del sistema, en lugar de verla como respuesta a *su* funcionamiento, dicho con mayor exactitud, a la exorbitancia de sus características funcionales. Debido a ello, no porque sea incapaz de mantener en su actual nivel la esclavitud salarial, el capitalismo es ya un tipo de civilización nocivo y atentatorio al devenir inmediato de la humanidad. La decadencia se manifiesta en que sus virtudes de ayer se convierten, tanto como sus defectos, en otras tantas llagas purulentas que reclaman el hierro cauterizante de la acción proletaria.

Somos los revolucionarios los primeros en tener que adquirir consciencia de ese hecho, a fin de hacer frente al capitalismo, sus sindicatos comprendidos, con soluciones de clase, es decir, tendentes a la desaparición de las clases, para cada problema y para el conjunto de ellos. Es lo que persiguen las demandas citadas por la camarada Allen y otras resumidas así: poder, armas, economía al proletariado. No obstante, importa reiterarlo, ni aún mediante eso quedaremos a cubierto de utilizaciones dolosas (vulgo de mala leche) ni de retorsiones contrarrevolucionarias anteriores o posteriores a la toma del poder por el proletariado. Para ponernos a salvo, es menester que la producción de mercancías sea substituida por la producción de bienes consumibles por quienes los necesitan, sin compra ni venta. Si la camarada Allen o quienquiera están en el secreto de algún otro remedio, tengan a bien revelárnoslo. Se trataría, puede asegurarse, de magia, no de conocimiento teórico.

En cuanto a concesiones posibles por parte del capitalismo, basta haber visto, o conocer en detalle, un proceso revolucionario, para saber que pueden ir siempre muy lejos. En el porvenir, aprovechando su experiencia y las "faces humanas" de tanto pseudocomunista y pseudosocialista, se hallará en condiciones de ceder aún más terreno llegado el caso, con miras a recuperarlo luego con creces. Nada más elemental en la lucha de clases.

Repita ahora si lo cree indispensable la camarada Allen, que las referidas consignas son un *non sequitor* a los análisis de que se desprenden. Por mi parte, yo arrojo la pluma.

Septiembre 1973

G. Munis
