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Title: Afganistán entre Stalin, Mahoma y Carter
Description: La invasión rusa de Afganistán como operación estratégica contra China, y el internacionalismo revolucionario frente a la amenaza de guerra mundial.
Author: G. Munis
Date: 01/04/1980
Category: Alarma (tercera serie) n.º 9
URL: https://marxismo.school/hemeroteca/alarma/1980-04-afganistan-entre-stalin-mahoma-y-carter
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*Alarma*, tercera serie, n.º 9, segundo trimestre de 1980 (págs. 6-10). [PDF del número completo](https://marxismo.school/assets/archivo/1958-93%20Hemeroteca%20del%20FOR/1958-88%20Alarma/1980%20Alarma%209.pdf)

El territorio llamado Afganistán tiene fronteras, tuvo gobierno, pero nunca ha sido una nación, salvo formalmente, desde que Inglaterra le reconoció independencia, en 1921. Antes pués que otros territorios que se toman también por naciones queriendo imitar, ahora, lo que correspondía a los siglos XVI a XVIII. Gran parte de sus habitantes lo componen tribus en recorrido anual, algunas en vaivén de un lado y otro de la frontera con Pakistán, es decir, sin afiliación nacional precisa, solo tribal.

Su atraso económico es grande, incluso en el dominio agropecuario, gravado por el latifundio y el despotismo ancestral de los cheiks islámicos. En cambio su situación geográfica y su orografía hacen de su suelo un formidable reducto militar orientado en todas las direcciones que convenga a cualquier Estado Mayor instalado en él. Es tan grande como España y sus casi continuas y fragosas montañas alcanzan en muchos sitios entre 3 y 7 mil m.

Como consecuencia de la pujanza rusa después de la guerra mundial, la influencia extranjera y cuanto ese eufemismo oculta, fue resbalando de Londres a Moscú. Ante el embajador “comunista” se inclinaba el trono de Kabul y todas las jerarquías políticas y económicas, latifundistas comprendidos. “Consejeros técnicos”, instructores de esto o aquello, militares por descontado, fueron colocados en puestos claves con el sigilo acostumbrado, pero no sin aquiescencia oficial. En una palabra, Moscú disponía de cuanto pudiera serle indispensable para salvaguardar sus intereses económicos, políticos y militares.

Y sin embargo esa seguridad no le bastaba. Lo demuestra su intervención de ordeno y mando e impongo, política primero, militar a continuación. Tal vez hubiese preferido no correr el riesgo de la invasión, pero le ocurre como se ha visto repetidamente en la Europa oriental, que su avidez como potencia imperialista suscita una hostilidad creciente y se transforma en rebelión apenas hay oportunidad. Alemania oriental en 1953, Hungría en 1956, Checoeslovaquia en 1968, las dos sublevaciones del proletariado polaco, sin hablar de Yugoeslavia y China que lograron zafarse de la órbita esquilmadora rusa, ahorran palabras. Añádase que a pesar de sus esfuerzos Moscú no dispone en Afganistán de uno de esos aparatos de encuadramiento político-policíaco rotulados comunistas, por antífrasis constante en él y los suyos. Despidió pues al monigote rey, dió el poder a uno de sus limpiabotas, Taraki, luego Amin y proclamó otra antífrasis: la revolución. Las cosas fueron de mal en peor. Apenas un año despúes su hombre estaba a punto de ser colgado. Los tanques, casi 100.000 soldados con toda clase de pertrechos, incluso cohetes y gases, invaden Afganistán. Amin es asesinado por los suyos y le sucede Karmal. Segunda parte de la antífrasis.

Antes de continuar, nótese una de las mentiras que hacen correr ambos bandos: que sea la revolución y el ateísmo lo que provoque la rebelión en Afganistán. En primer lugar, el ateísmo de fachada exhibido por el Kremlin y secuaces, se acomoda muy bien con cualquier religión, incluso las subvenciones. El mismo representa, de hecho, otra religión y como tal aspira a extenderse, tanques por misioneros de vanguardia. Se ve cómo prepara el terreno para entenderse con mollahs y ayatolahs, cuyo “realismo” terrenal es no menos agudo que el de las jerarquías católicas u ortodoxas. En segundo lugar, por mucho que la religión deposite su hez en el cerebro humano, ninguna puede impedir la victoria de una revolución social, porque opera ésta en el presente inmediato y tangible, al cual no pueden ser inferentes los oprimidos de ningún país.

Los trabajadores y campesinos rusos de 1917 estaban no menos intoxicados por la religión que hoy los de cualquier país de amodorramiento islámico. Pero lo que ofrecen los sirvientes de Moscú e imponen a sangre y fuego sus tanques, es lo contrario de una revolución. Frente a eso, cualquier Islam parece menos mal. ¿No está ocurriendo, en la propia Rusia, un resurgir cristiano, como reacción a la bestialidad contrarrevolucionaria gubernamental? Es característica de ésta, que quienquiera, reaccionario viejo tipo, politicastro cristiano, islámico o budista pueda denunciar sin mentir sus despóticas fechorías y su codicia imperialista. El influjo del Islam sobre las conciencias es prueba sobrada de que no encuentra enfrente una revolución sino una impostura no menos reaccionaria que la suya. Así en Irán, Jomeini, santurrón chacal y zorro, procura utilizar las dos imposturas en tentativa de nueva expansión islámica. La indiferencia cada vez más acentuada de la masa obrera empieza a poner las cosas en claro.

Rusia es incontestablemente, gracias a la cantidad de megatones apuntados hacia el resto del mundo, la segunda potencia imperialista. Económicamente, en cambio, está por debajo de la mayoría de los países de Europa y la desproporción entre su expansión imperialista y su propia economía es gigantesca. Su Imperio le viene ancho. Le es indispensable, para retenerlo, recurrir a la fuerza bruta. Mediante ella o la amenaza de ella obliga sus vasallos a dejarla chuparles una buena porción de sus respectivas plusvalías nacionales. De ahí el descontento de éstos, retenido, negado incluso pero cada vez más visible. Por ejemplo, durante su último viaje oficial el polaco Gierek solicitó de los occidentales una ayuda premiosa, para impedir que Polonia se convirtiese en otra Checoslovaquia. Gobiernos y prensa mantuvieron en secreto esa y otras noticias, hasta el choque de Afganistán. El propio Kadar, que en 1956 desempeñó en Budapest el mismo ignominioso papel que Karmal en Kabul, incluso por el asesinato de su predecesor, Nagy, refunfuña su descontento. Pero no deja de asentir. Saben hoy todos esos sátrapas que para aplacar la aversión de sus respectivos proletarios, necesitarían romper con el Kremlin, que les da la satrapía. Han envidiado siempre a Tito, pero no consiguen imitarlo, pues cuando no se mantienen gracias a la ocupación militar rusa, los tanques, a pocas horas de camino están listos para aviar otra operación “internacionalista”.

Ha sido dicho múltiples veces que lo económico prima sobre lo estratégico y lo determina salvo en raras ocasiones. Para el imperialismo ruso la excepción se ha convertido en regla. Su expansión estratégica no es una consecuencia de su pujanza económica, sino al contrario, de su debilidad. La inmunda mentira de ser país socialista espolea aquella y va aumentando ésta, por mucho que le redituen sus conquistas. Su achacosa economía es incapaz de asegurar siquiera el funcionamiento normal del todo, no digamos de mejorarlo. El asalto dado a Afganistán es la más descarada de las operaciones estratégicas. Económicamente, Rusia perderá allí más que ganará. Pero como centro estratégico en plena Asia, es importantísimo. Y no va dirigido, en lo inmediato, contra los EEUU ni contra Europa occidental, sino contra China. Por eso, las declaraciones más enérgicas han salido de Pekín, no de Wasignthon ni de cualquier capital europea. En la más amplia escala de tiempo y geografía, el lugar estratégico, Afganistán, apunta a Estados Unidos, el otro polo de hegemonía imperialista mundial. Mas en el cálculo del estado mayor ruso, antes de hacer frente a los Estados Unidos, y para hacerle frente, necesita cubrir dos etapas previas: la primera, recuperar China como nación subordinada, lo que pondría a sus piés a toda Asia y casi toda Oceanía; la segunda, resquebrajar la OTAN y dominar a Europa hasta el Atlántico, sin lo cual su feudo oriental terminará sublevándosele y hundiéndola.

El peor de los contratiempos con que han tropezado los estrategas del Kremlin es la ruptura de China. Habiéndoles fallado varias tentativas de recuperación política, desde el interior, no escatiman medios para cercarla militarmente. Han hecho a la India concesiones militares y económicas mucho mayores que a sus vasallos de Europa; ofrecen el oro y el moro al Japón, que continúa desdeñoso, atizan y asoldan la hostilidad de Vietnam, por toda la frontera siberiana mantienen en estado de alerta sus divisiones y sus silos de bombas termonucleares. Incluso Thaiwan recibe furtivamente trato de favor; con la ocupación de Afganistán, el cerco militar de China se estrecha y se hace cada vez más amenazante, salvo defección de la India. La esperanza del Kremlin es que su terrorífico amago provoque en el Partido-Estado chino un movimiento de vuelta a su férula metropolitana y tener así guardada la espalda para dedicarse a dislocar la Otan. Los esfuerzos de su diplomacia para conseguir que los del Mercado Europeo se disocien de las represalias tomadas por Estados Unidos, hablan por sí solos. Ahora bien, suponiendo que al contrario, China acendre su enemiga frente a Rusia, lo más probable, y por otra parte que Rusia se instale en Afganistán venciendo o aplacando la hostilidad de la población, lo que está por ver, ¿dará el Kremlin orden de ataque a China?

Nótese que, según el punto de vista de falaz propaganda, debiera haberla dado hace más de diez años. Desde la invasión de Checoeslovaquia, el titular de la falsificación teórica, Suslof, sopló a Brejnef, *post factum*, como siempre, la alta obligación moral “marxista-leninista” de salvar el “socialismo” con divisiones blindadas, doquiera Moscú lo declare en peligro. Es lo que se ha llamado doctrina Brejnef. Ha sido invocada también con motivo de Afganistán y por la propia prosa del falsificador titular.

Sin embargo, respecto de China, se desentiende Rusia de tan alta obligación moral, no obstante de acusar de fascista a su gobierno y recíprocamente, sin otra verdad que ser contrarrevolución capitalista de Estado Rusia y China, su imitación. Tal retención no la causa sólo la enormidad demográfica y la extensión geográfica de China, nada invadible en poco tiempo, sino, principalmente, el poderío militar y económico de Estados Unidos, que también se siente “moralmente” obligado a salvar la China “socialista” del zarpazo ruso. No hay duda de que le dispositivo nuclear americano resguarda a China, por lo menos desde que Chu-en Lai lo declaró excelente para proteger a Japón.

Mientras tanto, centenares de hombres caen acribillados diariamente en media docena larga de guerras locales, armados y regimentados por los dos cabezas de fila o sus validos. Y la invasión de Afganistán marca un grave paso hacia otra guerra mundial que podría saldarse por el exterminio de casi toda la humanidad.

Las burdas mentiras, la brutalidad militarista y policíaca, la propia hipocresía cada vez más cínica siempre puestas en juego por el Kremlin sobrepasan los atropellos y falacias de cualquier otro imperialismo; son la versión exterior del régimen represivo y oscurantista en lo cultural reinante fronteras adentro. Denunciarlos con la mayor energía es obligación evidente, pero poco, nada positiva, o una mentira más si no se hace para suscitar una actividad revolucionaria contra la guerra en todas partes, pero muy principalmente en Rusia y sus dependencias, en Estados Unidos y Europa, en China y Japón. La invasión de Afganistán agudiza la amenaza de guerra pero la situación mundial que ha permitido esa agravación no es nueva. Lo peor de ella consiste en que la clase trabajadora mundial, única fuerza apta para impedir la guerra, se encuentra maniatada y amordazada por secuaces descarados o vergonzantes, trátese de partidos políticos, o de sindicatos, de los dos bloques imperialistas. Condenen o defiendan a Rusia, su verdadero empeño, muy a sabiendas, consiste en hacer leva paramilitar.

Existen por otra parte tendencias sinceramente enemigas de los dos Bloques que ven en la guerra mundial ocasión favorable para la revolución, sino indispensable a su triunfo. Ocurrencia descabellada y suicida. Baste recordar que cuando cualquier poder es puesto en peligro por la clase obrera declara el *estado de guerra*, que le consiente reprimir y fusilar a discrección. Muchísima mayor facilidad de represión les confiere la guerra misma, mientras que movilización y dispersión de la clase obrera hacen casi siempre imposible la menor actividad revolucionaria.

Por si no fuese suficiente la guerra de armas termonucleares arrasaría la base objetiva de la revolución, los instrumentos de trabajo, y de su factor humano, el proletariado, no quedaría vivo y sano -suponiendo que algo quedase- sino una pequeña parte privada de condiciones materiales y de resortes sicológicos de acción. Incluso argumentar sobre ello parece supérfluo.

El sistema capitalista mundial ha rebasado el límite de su desarrollo viable en tal grado, que su continuidad condena a la humanidad al exterminio, o a la degeneración si por acaso el miedo a las radiaciones atómicas aplazase indefinidamente otra guerra mundial.

Para hacer retroceder esas dos perspectivas, el INTERNACIONALISMO REVOLUCIONARIO se hace cada día que pasa más indispensable. Hablando de él, el Kremlin no consigue desvirtuarlo, pues las intervenciones por él ordenadas se identifican por sí mismas como vulgares operaciones imperialistas, mediante un ejército archi-militarizado, que el internacionalismo proletario ha de desarmar y disolver. Resumiendo mucho su contenido, el internacionalismo revolucionario consiste en acciones del proletariado inmediata o mediatamente convergentes en la disolución de los ejércitos, el allanamiento de las fronteras, la supresión del capitalismo a la occidental y a la oriental. Una acción internacionalista de los obreros enrolados en el ejército ruso de Afganistán, consistiría en unirse o tratar de unirse a sus semejantes afganos en lucha común contra las jerarquías respectivas y contra los explotadores de ambos países. La guerra santa islámica (la *Jihad*) apenas encontraría entonces otros soldados que los profesionales del timo religioso.

Dadas las condiciones represivas reinantes en todo el Bloque Oriental, es en Estados Unidos, Europa Occidental y Japón, donde asambleas obreras, siquiera reducidas, podrían proclamar su derecho internacionalista a tratar con los obreros rusos, chinos, etc. etc. libre y directamente contra la guerra, de la disolución de todos los ejércitos y de cuanto interesa a la clase obrera mundial. No pueden decirse revolucionarios quienes no se esfuercen por actuar en tal sentido. Faltan, es cierto, organizaciones revolucionarias numéricamente fuertes. Pero para ampliarlas o para crearlas, el programa concreto de la lucha internacionalista, inseparable del de la revolución social, constituirá un instrumento de la mayor eficacia (1).

Contra los dos Bloques imperialistas, contra la guerra, local o mundial, atómica o clásica, contra la amenaza de humanicidio:

VIVA LA ACCION COMUN Y LA SOBERANIA INTERNACIONAL DEL PROLETARIADO

Abril 1980

G. Munis

(1) Véase *Pro Segundo Manifiesto Comunista*.
