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Title: Origen de la inflación
Description: La inflación nace del dinero no cubierto por trabajo productivo y del parasitismo, no del consumo obrero que los gobiernos recortan.
Date: 01/07/1980
Category: Alarma (tercera serie) n.º 10
URL: https://marxismo.school/hemeroteca/alarma/1980-07-origen-de-la-inflacion
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*Alarma*, tercera serie, n.º 10, 1980 (págs. 13-14). [PDF del número completo](https://marxismo.school/assets/archivo/1958-93%20Hemeroteca%20del%20FOR/1958-88%20Alarma/1980%20Alarma%2010.pdf)

"A 6.000 millones de liras asciende el corte dado a salarios y sueldos por el Gobierno, apoyado por los sindicatos. Ese corte, mejor dicho, esa rapiña la perpetran con el doble objeto de afianzar los beneficios de las empresas y de menguar el consumo interno", el alza de precios o inflacción.

La noticia procede de "Bataglia Comunista" de Milán. Junio-Julio, 1980.

Es el remedio universal del capitalismo en cada país para contrarrestar lo que llama inflacción y su pérdida de competitividad exterior. Enjuague inmundo pues lo que gane y gaste la clase obrera es, en cualquier caso, muy inferior al producto de su trabajo. Imposible que de ella proceda una demanda que fuerce el aumento de los precios, a su vez efecto y no origen de inflacción. Tal aumento, más o menos rápido, es incesante en todos los países. Lo engendra *siempre* el volumen de dinero circulante no cubierto por un trabajo productivo, directo o indirecto es decir creador de productos o de servicios sociales contribuyentes a la producción general. Caen en ese caso no sólo los astronómicos gastos militares y concomitantes policíacos y burocráticos con muchísimas otras actividades por completo parasitarias en administración, el llamado sector terciario, sino también en la agricultura y en la industria. Ascienden a millones en cada país las personas cuya capacidad de consumo, sin contribución creadora, pero muy por encima de lo que puedan consumir los obreros mejor pagados, ejercen sobre los precios una presión constante; de ahí la carestía.

He aquí la inflacción, muy en resumen.

Medidas gubernamentalo-sindicales cual la citada en Italia ocurren periódicamente en todos los países sin excepción. Su resultado es encubrir provisionalmente parte del proceso inflaccionista, tajando los recursos de compra de la clase obrera. Pero, lejos de cegar esto la fuente de inflacción le confiere pronto mayor caudal pues desplaza de abajo arriba la demanda sobrante de mercancías y el sistema continúa cultivando la proliferación de sanguijuelas de la economía, personas y unidades de la producción parasitarias o criminales.

Una lucha enérgica es susceptible de retener, en el mejor de los casos de aumentar, la capacidad de compra del proletariado. Caso ejemplar las huelgas de Polonia de este verano.

El centro capitalista de decisión se resarcirá indirectamente después por mil vericuetos sigilosos.

No puede subsistir él (no el país, como dicen) sin prolongar de una manera u otra el tiempo de trabajo impagado a la clase explotada, de donde manan plusvalía y productividad.

En ciertas ocasiones y bajo determinadas condiciones, aunque cada vez menos, un capitalismo consigue moderar la inflacción aparente aumentando la productividad general y realizando extrafronteras (divisas) la plusvalía en ella contenida. Así ocurre en Japón, más que en Alemania Federal.

Lo que en verdad hace es desplazarla en la arena internacional y a costa de condiciones de trabajo de su propio proletariado, vecinas a la esclavitud legal. La productividad es convertida en un mito sacrosanto; obreros y empleados aceptan por contrato sindical obedecer a cuantos desplazamientos de lugar o de ocupación dicte el patrón. En muchas empresas grandes los trabajadores en formación cantan cada mañana un himno a la productividad. Pese a todo, el parasitismo, consumidor voraz, va agrandándose a la chita callando y prepara nuevos accesos de inflacción visible.

Añádase al himno nipón la coletilla "socialista" y se tendrá el género gregoriano entonado a la productividad en los países en que el Estado es único o principal capitalista. Pero a estas alturas se trata, más en ellos de un sólo patrón, el partido-estado, explotador colectivo de la plusvalía. Lejos de cantarlo, el proletariado lo aborrece y, sobretodo, lo desobedece. Los obreros desprecian primas y ascensos.

Eso no restringe, es cierto, el *libre* ensanche del parasitismo general de inflacción pero sí señala cómo impedir uno y otra: negarse a todo aumento de la productividad y a toda producción o trabajo que no sea en beneficio de cuantos efectúan una actividad útil. Pero resulta imposible sin suprimir la compra-venta de la fuerza física e intelectual de trabajo. La inflacción, como cualquiera de los males y abominaciones de la sociedad actual, plantea al proletariado la necesidad de acabar con todo el sistema, en cada país y mundialmente, zona rusa y americana sin distinción.

Agosto 1980.
