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Title: Ruedo ibérico
Description: Repaso de partidos, ejército y monarquía en la España de 1981 y del desencanto de una clase obrera engañada por partidos y sindicatos.
Date: 01/12/1981
Category: Alarma (tercera serie) n.º 12
URL: https://marxismo.school/hemeroteca/alarma/1981-12-ruedo-iberico
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*Alarma*, tercera serie, n.º 12, diciembre de 1981 (págs. 7-11). [PDF del número completo](https://marxismo.school/assets/archivo/1958-93%20Hemeroteca%20del%20FOR/1958-88%20Alarma/1981%20Alarma%2012.pdf)

En la Corte de los Milagros que nunca dejó de ser España destacan por funambulescos dos tipos muy especificados: el vividor y el espadón.

Tablado histórico e histriónico de marionetas, ambos tipos se mueven y gesticulan con fieros ademanes. Las manos tenebrosas que tiran de los hilos tienen gruesos anillos de oro -símbolo de la riqueza- o huelen almibaradas al santo incienso de la oración. Capital e Iglesia; poder humano y poder "espiritual" unificados, moviendo a su antojo los hilos de quienes aparentemente escriben la historia actual: políticos y militares.

No deja pues de ser chocante que Juan Carlos de Borbón, rey constitucional de esta España sin Franco haya hecho en corto plazo severas y reiteradas advertencias a políticos y a militares.

Los partidos políticos se desmoronan.

No lo dude nadie; lo que se creó artificialmente, sin base real, fruto del engaño, sin nacer de una práctica -burguesa of course- de las normas democráticas no puede durar. Fácil: la democracia occidental ya no corresponde a la situación agónica del sistema. Todo lo más puede servir como base de turbios intereses en países "socialistas" o como careta eurocomunista de aquellos que nunca, nunca, fueron comunistas. Pudieron en un principio, alejados de esa práctica conservadora del chalaneo democrático, embaucar a unos y otros con hueros programas y bellas promesas. La simple confrontación con la práctica se ha encargado de abatir vendas y engendrar desengaños.

Ni los partidos de derechas han contentado al capital ni los absurdamente llamados de izquierda se han molestado en tener en cuenta a la clase obrera.

Unos y otros -todos son los mismos- se han dedicado a la prostitución democratiquera de chulear al pueblo.

UCD se rompe. Las "familias" se odian cordialmente y se soportan con santa resignación de contrarios al divorcio. Como partido burgués, UCD es un fracaso. Ni siquiera es capaz de solucionar al capital español sus problemas; se limita a repartir una y otra vez el pastel gubernamental y a coquetear con sus compinches de parlamento.

Su actuación contemplada desde la óptica más aberrante del caleidoscopio político es incomprensible.

El ANE (Acuerdo nacional de empleo) firmado con la aquiescencia del PSOE no puede contentar ni a patronos ni a obreros; su política autonómica pactada con la burguesía media vasco-catalana se ve sometida a vaivenes forzosos o forzados y no conduce a nada; sus programas económicos se incumplen como se incumplieron los famosos planes patrocinados por personajes tan afines como Stalin y Franco; sus leyes sociales se enmarañan en manos de leguleyos que ven en la perpetuidad del caos la perpetuidad del chollo; su descrédito ha llegado al summum con la adulteración alimentaria, etc. etc.

¿Cómo es posible que un partido así se mantenga en el poder?

Porque no hay en el espectro político burgués un partido más válido.

La alternativa no es el PSOE aunque su secretario general se desgañite una y otra vez en afirmarlo, con escasa convicción por cierto.

El PSOE ha perdido hasta el lento tren de la democracia española. Sólo sería válido si pudiese como al principio, presentarse como fuerza política capaz de frenar a la clase obrera. Y ya no lo es; más aún, su actuación pública lo denuncia como el más reaccionario y falso de los partidos existentes. Siempre dice no y nunca se opone. Firma lo que le echen, suscribe lo que le manden y defiende denodadamente un sistema burgués que le permite vivir a expensas del proletariado tras la falsa pantalla de oposición y -paradoja sublime- la autodenominación de "partido socialista".

Si los líderes socialistas no fuesen tan lerdos como demuestran ser, se podría pensar en una hábil y maquiavélica jugada política: traicionar a la clase obrera para provocarla, para lograr que reaccione y se levante contra el paro y la miseria social a que el PSOE, UCD y otros la tienen abocada. Y entonces presentarse de nuevo como controlador perfecto de la clase y garante del orden burgués, para acceder, entonces sí al poder y demostrar una vez más, desde nuevas posiciones, su buen talante capitalista y democrático.

Pero, aunque su práctica política sea realmente provocadora para la clase obrera, su pensamiento no llega más allá de la poltrona del poder.

Es el ejemplo perfecto del vividor político, capaz de venderse por entero a cambio de la comodidad parlamentaria. Nadie en España -ni Calvo Sotelo, ni Suárez, ni siquiera Carrillo- han dicho y afirmado en defensa del orden actual tamañas incoherencias como las vomitadas por los representantes "socialistas". Leer sus declaraciones, conocer sus pactos, ver su paquedad a la hora de plantear problemas como el paro, el golpismo o las actividades de la ultra derecha; ver su miedo a enemistarse con los poderes fácticos de la sociedad, es odiar su servilismo y su doblez.

Dentro de esta amalgama politiqueril, merecen párrafo aparte dos grupos y sus líderes respectivos: CD-AP y PCE.

Al primero y sobretodo a su voz cantante, Fraga, debe reconocérsele fidelidad plena a la línea inicial.

Fraga no ha engañado a nadie. Es un hideputa monolítico; sus ideas conservadoras son conocidas a todos los niveles y puede ser una salida válida para el capitalismo español (Galicia fue un aldabonazo). Bien visto por el ejército y por la iglesia, defensor acérrimo del liberalismo económico, franquista y demócrata a la gallega (sí, pero no) tiene ante todo un programa claro respecto a la clase obrera: la calle es suya, de Fraga... y quien dice eso, lo dice todo. Es un liberal de los de garrote.

El PCE tampoco ha engañado a nadie... pero al revés que Fraga (cuco, gallego y buen orador) Carrillo no engaña porque no puede, aunque quiera.

El comunismo del PCE es una fábula y su eurocomunismo el camelo del siglo, el "toco-mocho" de la política.

Carrillo que tiene manías de gran político y es en el fondo un tirano, no ha podido superar la contradicción entre sus sueños y sus realidades. Y a un doble nivel:

a) Interno. Las críticas de los sectores que en su propio partido se han tragado la píldora democratizadora del eurocomunismo se han unido a las de los sectores que rechazan la farsa y reclaman a nivel teórico lo que nunca ha faltado en el PCE: la tiranía del líder y el prosovietismo interpretado por este Macbeth de opereta que es Carrillo, asesino ayer y anatemizador hoy de quienes se oponen a su reinado.

b) Externo. La fachada de la política del PCE se ha resquebrajado y ha quedado al descubierto como traidor a la clase obrera. Su práctica le ha desenmascarado, como al PSOE, pero con un agravante: su peso específico es inferior al de los "socialistas" tanto a nivel parlamentario como en la clase obrera.

Como no llega ni a "partido alternativa" se mantiene en primer plano gracias a teatrales pataleos (en realidad accede también a todo) y espera el momento oportuno en que pueda claramente descubrir sus deseos hasta ahora fustrados: participar del poder.

Hasta aquí los vividores.

Hablemos ahora del ejército.

El ejército está confuso. Parte de él intenta aceptar su papel constitucional pero tiene un pasado secular y una práctica inmediata que contrarrestan estas intenciones. De ahí la existencia de un sector del mismo que se niega a perder su papel protagonista, el que durante años -muy próximos- desempeñó y con él las prebendas, los beneficios y, sobre todo, el ejercicio del poder.

Este sector es hoy por hoy minoritario. Los intentos golpistas como la operación Galaxia, el 23 de Febrero, varias intentonas fallidas, manifiestos como el que hace poco ha sacudido la opinión "pública" etc. etc., por su desarrollo y final demuestran este carácter minoritario... por el momento.

El problema es el tiempo.

Si los políticos no son capaces de garantizar al capital español un desarrollo normal de la situación, es decir, una aceptación total por parte de la clase obrera de la situación que el capital imponga, en el ejército recobrará fuerza el decimonónico golpismo. La iglesia se encargaría, como antaño, de fomentar el espíritu de "cruzada", colocándose en vanguardia espiritualmente, con la cruz en ristre y bendiciendo los cañones que masacrarían obreros. Nada nuevo.

De esta situación emanan las advertencias del rey a los políticos y militares y de ahí también el deseo del ingreso en la OTAN.

Juan Carlos no puede permitir ni el apoltronamiento actual de sus partidos ni las intentonas golpistas de parte del ejército. A unos y otros ha vapuleado con advertencias tajantes.

En una óptica de poder como el actual, la alternativa es clara: los políticos a pactar, a dictar leyes y a mantener los beneficios del capital a costa de incrementar la explotación sobre la clase obrera. Para ello, además, tienen los mecanismos sindicales y la propaganda del terror.

Los militares, a lo suyo, a incrementar el potencial bélico del bloque occidental, a formarse en el espíritu democrático castrense y a estar, como siempre, preparados para la guerra... contra los de siempre. De ahí la conveniencia para el ejército español de la asimilación a la OTAN. Su papel será igual al del ejército de otros países europeos, Alemania es un ejemplo. Un papelón cómodo: el de cartuchos en la reserva dispuesto para la masacre.

Las perspectivas inmediatas que se preven en nuestro Ruedo Ibérico son:

1.º Es difícil que el sector de militares golpistas alcance su objetivo. La democratización del ejército es una realidad por conveniente para el ejército mismo. Intentonas como las pasadas o realidades como la del 39 están condenadas al fracaso, máxime si como parece, existen pactos secretos entre el ejército y el poder político.

Otra cosa son "golpes a la turca" que sólo dependerán de cómo le interese mover los hilos al capital en reacción a la actividad de los partidos. No hay que excluir esta posibilidad a pesar de las manifestaciones gubernamentales en sentido contrario.

2.º UCD es de momento el único candidato posible al desgobierno nacional; el PSOE no; sólo lo sería en circunstancias muy especiales, las que antes hemos enunciado y ante las que su credibilidad ha disminuído al compás de su actuación política.

Fraga es la solución con más futuro. Máxime si logra la coalición de la derecha que pretende. Tiempo al tiempo.

En este rápido repaso a la actualidad española hemos dejado conscientemente para el último lugar un elemento primordial: la clase obrera y su actuación social.

Todo el tinglado de interdependencias, concesiones, ataques etc. etc. de las "fuerzas vivas capitalistas" está planeado en función de la clase obrera. Lo importante para ellos es conseguir domeñarla sea como sea; discutirán la forma cómo hacerlo y quizás se peleen por tener el honor de dirigir el poder; pero una cosa es segura, que sus rencillas y discursiones acaban rápidamente ante la necesidad de actuar. Políticos con sus aparatos democráticos o militares con sus armas... poco importa; para el capital ambos son útiles si de domar a la clase obrera se trata y a ambos utiliza según las circunstancias.

Hoy por hoy al capitalismo español y a sus aliados occidentales les basta en España los políticos; más aún, les bastan los mediocres de UCD en el poder y la condescendiente no-oposición en la izquierda parlamentaria para dominar a la clase obrera.

Hemos insistido -nunca en demasía- en la situación actual de la clase obrera. Hagamos de nuevo un rápido repaso.

La muerte de Franco y la llegada de los demócratas al poder coincide con una época de luchas obreras muy fuertes que sin embargo, se saldan con duras derrotas por tener una característica común: las manipulaciones de las luchas por parte de los recién legalizados o permitidos sindicatos.

Efectivamente, toda la labor de los prosindicalistas se redujo en aquellos años de la agonía franquista a plantear las luchas obreras incluso las nacidas de necesidades muy concretas (prácticamente la mayoría de ellas) como luchas prodemocráticas y antifascistas, quitándoles todo su carácter de clase en favor del "beneficio de la sociedad". Era la política de reconciliación nacional frente a Franco preconizada por el oportunista Carrillo, precedente inmediato de la no menos oportunista teorización del eurocomunismo, parida posterior cuya gestación debe buscarse en oscuros contubernios de estos años de final de Franco.

Nacida la democracia o muerto el generalito, que todo fue uno -señal inequívoca de acuerdos precedentes- los aparentemente libres sindicatos inician la labor de engatusar a la clase obrera; toda la avalancha ideológica de la democratización y de renuncia da sus frutos. La clase obrera española, distinguida anteriormente por su lucha, se afilia masivamente a los sindicatos.

Es la época bulliciosa de la "lucha sindical", de la reafirmación del sentir democrático impuesto a una clase que tantas y tantas veces ha demostrado en la historia su carácter revolucionario. En nombre de la nueva libertad los sindicatos a mandato de sus líderes, cambian las reivindicaciones concretas en reivindicaciones políticas. El interés de los políticos burgueses, los del poder y los de la oposición, enmascarado tras la fórmula conciliadora del "interés de todos frente al fascismo asesino", sustituye a los intereses concretos de la clase.

Todas y cada una de las movilizaciones obreras son manipuladas en nombre de una falsa libertad y se transforman en victorias burguesas y consecuentemente en derrotas de la clase que lucha.

Es el momento de los slogans mayoritarios, de la unidad a cualquier precio; la euforia de libertades falsas y mitificadoras ahoga las luchas en el estrecho cerco de lo político, relegando a un segundo e hipotético plano lo social.

La clase accede a hipotecar su lucha y se entrega atada de pies y manos a sus enemigos, los sindicatos que la inmolan ante el altar de los nuevos dioses, los partidos parlamentistas.

¿Cómo es posible que una clase obrera luchadora, que se había sustraído a la influencia del dogal de la política y que había logrado con sus luchas modificar las decisiones del gobierno de Franco, pueda claudicar tan fácilmente ante la nueva perspectiva de la democracia partidista?

Por falta de organización.

La clase obrera aún en sus luchas estaba huérfana de una coordinación eficaz, de unas perspectivas de clase encauzadas hacia su único interés real, el socialismo.

De esta falta de organización, de la falta de control directo de la clase sobre sus propios "líderes" obreros y del oportunismo o debilidad de gran parte de éstos, vendidos fácilmente al capital a cambio del plato de lentejas de cargos y prebendas parlamentarias, nace la debilidad de la clase obrera española ante la nueva situación. Y de ahí la falta de perspectiva, la diáspora y el hundimiento momentáneo pero importante de la clase obrera.

Una vez en el poder, al que han sido aupados por las luchas de la clase, los partidos políticos reniegan de ella, agudizan su compadreo con los antiguos represores y utilizan los medios sindicales para encuadrar, dirigir y utilizar, una vez más a los trabajadores.

Es la época de las elecciones, de la estructuración de una constitución aberrante, del abandono de todas y cada una de las características más importantes de las luchas que, a través de la influencia ideológica y práctica de los líderes, vendidos a ajenos intereses, adquieren una característica común: la de no ser lucha de clases.

El desencanto es la nota predominante entre los trabajadores; la abstención en los referendums, la apatía política son síntomas preocupantes; la clase obrera no ha olvidado su potencial de lucha; simplemente se abstiene porque se siente manipulada. La ruptura de carnets amedrenta a los sindicatos incapaces ya de contener en su marco reaccionario a los obreros que se alejan más por asco que por convicción.

Y esto se nota también a nivel "político". La fuerza de los partidos llamados de izquierda se debilita a pasos agigantados: les falta el apoyo de la clase que en principio utilizaron y les atan los pactos y chalaneos a que se comprometieron.

De ahí nace la lucha de destrucción de la conciencia de la clase obrera, utilizando mecanismos ideológicos y prácticos.

Ideológicos:

El pacifismo; la idea de que la democracia significa a nivel general convivencia y a nivel de clase obrera mansedumbre; el temor a la "crisis", al desempleo; la degradación evidente de las condiciones de vida y trabajo; los pactos sindicales, verdaderos pactos de miseria; las falsas y cacareadas libertades modernas (divorcio, autonomías, ecología, feminismo, homosexualidad, drogas......).

Y prácticos:

el paro, la congelación salarial, la descapitalización, la permisividad ante las intentonas militares y los grupos paramilitares de derechas cuyo objetivo claro es la clase obrera aún rebelde, las todavía frecuentes cargas de la policía contra trabajadores (en Polinyá, Estampaciones de Sabadell, sin ir muy lejos) etc. etc.

Bombardeada desde "derecha e izquierda", práctica e ideológicamente, la clase obrera se oculta, no lucha.

Cierto que existen acciones esporádicas y aisladas pero sus características han sido ya enunciadas en nuestra editorial. Falta un determinante claro de la conciencia de clase, la solidaridad, fruto de la organización.

Por eso la represión (gobierno y oposición con sus leyes, sindicatos con los pactos y grupos paramilitares con sus agresiones físicas) es más fácil. La respuesta de la clase es mínima. Incluso cuando se produce es domeñada, mansa, pacata y fácilmente dirigida. Las manifestaciones pacíficas contra todo y contra nada están ya al orden del día y de ellas, menos mal, "pasa" también la clase.

Desencanto en la clase obrera. No; no ha sido vencida; ha sido engañada, prostituída y chuleada por partidos y sindicatos... pero, muy importante, no ha sido vencida porque se ha retirado sin luchar; no reacciona hoy por hoy a todos estos ataques y se muestra fría y distante como si el peso de su propia vergüenza la anonadase.

Falta que este desengaño dé paso al análisis correcto de la situación y de su papel social; que acaben de caer las vendas y renazcan los ardores revolucionarios; que la democracia sea sustituída por la conciencia de clase y que la inhibición dé paso a la organización.

Todos, en esta tarea de despertar el espíritu de lucha de la clase obrera tenemos mucho que hacer. Manos a la obra. De nuestra actitud y de la respuesta de la clase obrera depende que el panorama fácil que antes hemos señalado para la clase dominante se transforme en su calvario final.
