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Title: Aurea mediocritas
Description: La sociedad capitalista impone la mediocridad gris y pacífica como ideal para negar la tarea revolucionaria del proletariado.
Date: 01/05/1982
Category: Alarma (tercera serie) n.º 13
URL: https://marxismo.school/hemeroteca/alarma/1982-05-aurea-mediocritas
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*Alarma*, tercera serie, n.º 13, mayo de 1982 (págs. 4-5). [PDF del número completo](https://marxismo.school/assets/archivo/1958-93%20Hemeroteca%20del%20FOR/1958-88%20Alarma/1982%20Alarma%2013.pdf)

Ni blanco ni negro: gris.

El tono general de la vida social española y desdichadamente mundial es el gris.

La época gloriosa de las grandes revoluciones sociales pertenece a un pasado cada vez más lejano no ya en el tiempo sino en el recuerdo de la conciencia misma de la clase obrera. Los trabajadores hemos momentáneamente olvidado nuestro papel histórico de revolucionarios para abrazar abúlicos la causa, perdida de antemano, de la evolución social.

Y hasta tal punto que los hipócritas de toda calaña que a costa nuestra medran en el entramado social capitalista, abjuran impune y públicamente de nuestra tarea histórica, de nuestra razón de ser sin que la conciencia de nuestra clase se rebele, sin que niegue a tantos y tantos traidores su injustificable validez como portavoces de una clase a la que no sólo nunca han pertenecido sino que utilizan.

Hablar hoy de revolución social, de dictadura del proletariado, de desaparición de las clases (incluída la clase obrera misma) es, cuando menos, anatematizable por los que sin razón alguna que lo avale sino todo lo contrario, detentan hoy públicamente la "verdad" del desarrollo social.

Ser revolucionario hoy es ser sectario. ¿Cuándo no lo ha sido?

Pero lo que antaño denunciaban como antisocial los detentores del poder capitalista basados en la inapelable razón de su carácter de clase dominante y por consiguiente negada a cualquier cambio, es el programa hoy de quienes se arrogan la representación social de la clase interesada en el cambio.

Que los capitalistas acusen de desestabilizadores a los revolucionarios es lógico. Su interés socio-histórico es inapelable: mantener el capitalismo a cualquier costa, incluso a costa de abocar la sociedad a la barbarie.

Que en nombre de la clase obrera se hable de evolución pacífica de la sociedad y de profundos "cambios" que llevarán al mundo al socialismo y que en nombre de tales planteamientos se condene a quienes luchan por un cambio social total y sin eufemismos alienadores, es un contrasentido inaceptable.

Y, sin embargo, este planteamiento absurdo, falso y enajenante es el que predomina en nuestra sociedad. Una sociedad, decíamos al principio, gris y mediocre.

La tarea histórica del proletariado es pese a quien pese la revolución social. No hay ni términos medios ni componendas fáciles ni medias tintas. O se es revolucionario o no se es. Fácil, claro y tajante.

Frente a esta tarea histórica se levanta como muralla casi insalvable la propia práctica social de la clase obrera. Parecería, incluso, que fuese ella la menos interesada en el cambio. Y no es así: las luchas actuales lo demuestran. La clase obrera sigue en la brecha y ataca el sistema que esclaviza a la sociedad entera. No podría ser de otra forma porque su mera existencia es ya un ataque al planteamiento social que se basa sola y exclusivamente en su existencia y permanencia como clase explotada y productora, no lo olvidemos, de beneficios.

Cierto que esta lucha se ve obstaculizada por complejos mecanismos que intentan desviar el punto de mira revolucionario de la acción de la clase.

La ideología de consumo, el temor a una crisis económica que sólo existe para la clase obrera (degradación de la vida, escasez de puestos de trabajo, salarios de hambre pactados a sus espaldas, pensiones ridículas, servicios mezquinos etc. etc.) el temor a la represión física.... son mecanismos de sumisión que caracterizan no sólo esta década sino toda la etapa de un capitalismo en decadencia interesado en mantenerse como estructura social a base de domeñar a la clase revolucionaria.

Lo que antes era represión brutal, clara y sin tapujos se ha sutilizado hoy. Los mecanismos de integración capitalista han encontrado un nuevo objetivo que sirve a la perfección sus intereses. Pretenden transformar en mediocre a una clase que históricamente está incapacitada para serlo. Y aparentemente lo han logrado de momento.

El ideal social es hoy el hombre gris, pacífico, abierto al diálogo, democrático, que comprende y acepta a sus enemigos sociales en virtud de una paz y una convivencia que son el summun: la negación de la lucha de clases no por decreto como en los regímenes fascistas sino por aceptación lógica del "devenir social".

Se niega la revolución. Sutilmente, sí, pero de forma intransigente. Se habla de evolución pacífica fruto de la convivencia y de un porvenir indemostrable.

Para ello ha sido necesario lograr que la clase obrera aceptase la delegación de funciones, la representatividad social de unas minorías que históricamente han aparentado ser revolucionarias: partidos y sindicatos.

Los socialistas de hoy son el perfecto hombre gris, el ideal social de nuestra época: la izquierda prudente y no aventurera que ha relegado al futuro imperfecto no la revolución social que niegan sino el simple y cacareado cambio pacífico; son la oposición moderada que apoya en nombre de inconfesables intereses comunes la tarea de dominar a la clase obrera, tarea fundamental para el capitalismo; son los perpetuos dialogantes, la comprensión hecha política, el consenso hecho práctica social.

Los comunistas de hoy, abandonados los cuernos y rabos demoníacos de la propaganda capitalista son los perfectos acólitos; nunca partido "obrero" alguno fue tan prudente y pacato en sus tímidas propuestas y nunca títere alguno desarrolló con tal perfección su papel de comparsa no molesto.

Y no sólo ellos son ejemplo vivo del ideal mediocre que articula nuestra sociedad; el mismo capitalismo ha abandonado ya la figura del héroe, del cruzado, del salvador de patrias amenazadas cual tímidas vírgenes por el ogro de la revolución social. Sus representantes son también un claro exponente de esa aurea mediocridad de que hablamos.

Se niega, por lo tanto el ideal revolucionario. Lo violento no es mediocre, es puntual, destaca y es ejemplar.

Pretenden una y mil veces con sus peroratas y sus prácticas convencer a la clase obrera de que este nuevo ideal es el necesario, el imprescindible para lograr a "las buenas" y sin estridencias un objetivo social al que todos, sin excepción, han renunciado por la sencilla razón de que nunca ha sido el suyo.

Pero no lo lograrán. La mediocridad mal puede ser la característica de una clase social que debe ineludiblemente realizar una tarea puntual: evitar la barbarie capitalista.

La mediocridad nunca podrá ser el ideal de la clase obrera. Bastará para demostrarlo que la clase en su práctica social abandone el conformismo actual, reniegue de sus falsos representantes y recobre el protagonismo puntual y ejemplar que parece haber abandonado.

Demócratas pacifistas, evolucionistas sociales, contrarrevolucionarios vergonzantes, todos quedarán barridos por la clase en lucha.

Nuestro futuro no es esa feliz mediocridad con que nos bombardean sino una áspera y dura tarea: la revolución social que, indudablemente no puede ser y no será fruto de quienes defienden lo vulgar y anodino.

Aurea mediocritas = Pervivencia de la explotación, conformismo, abulia..... qué bello ideal para todos los que de una u otra forma niegan a la clase obrera su razón de ser y pretenden mantenerla ligada al sistema que la esclaviza.

Partidos políticos, sindicatos y demás traidores tienen ante sí una tarea imposible: jamás lograrán transformar a la clase obrera en un estrato social amorfo, a imagen y semejanza suya.

Lo mediocre, lo abúlico, lo gris no es el motor de la revolución.

Y la revolución es nuestra meta.
