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Title: Los sindicatos contra la revolución
Description: Continuación del opúsculo de Munis: la función sindical ligada a la dualidad capital-salario, la experiencia española de 1936-37 y la crítica de la táctica intrasindical y del bordiguismo.
Author: G. Munis
Date: 01/05/1984
Category: Alarma (tercera serie) n.º 18
URL: https://marxismo.school/hemeroteca/alarma/1984-05-los-sindicatos-contra-la-revolucion
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*Alarma*, tercera serie, n.º 18, 1984 (págs. 6-10). [PDF del número completo](https://marxismo.school/assets/archivo/1958-93%20Hemeroteca%20del%20FOR/1958-88%20Alarma/1984%20Alarma%2018.pdf)

Un sindicato cualquiera es inconcebible sin la existencia universal del trabajo asalariado que, a su vez, *presupone* la existencia del capital.

Mientras éste último conservó el aspecto de los propietarios individuales entre sí enfrentados por la competencia mercantil gubernamentalmente representados por personas o partidos interpósitos, los sindicatos se hallaron en condiciones de regatear, no más, determinadas cláusulas de la explotación. Su función consistió, pues, en negociar y reglamentar la venta de la fuerza de trabajo al capital, dicho por lo claro, en hacer más llevadera y rentable la explotación de la clase obrera. Pero dicha función, al principio en aparente contradicción con la burguesía, fué haciéndose indispensable y benéfica para el capital a medida de la concentración del mismo.

Se convertía en indispensable actor de la estabilidad del sistema y hasta de salvación en momentos de sacudidas políticas o sociales: rebelión obrera, revoluciones, guerras imperialistas.

De ahí la importancia actual, en todas partes de los sindicatos en cuanto estructuras complementarias de la sociedad actual y por ende de su aspecto policíaco, el Estado.

La misma función que consintió a los sindicatos lucir su máximo de obrerismo constituía su limitación y señalaba su predestinación reaccionaria. En efecto su presencia y su vida en cuanto cuerpo orgánico depende por entero de la dualidad capital-salario.

La supresión de ésta los aniquilaría de todo en todo y por siempre; por el contrario, pueden inclinar cuanto se quiera del lado del capital sin destruir dicha dualidad, haciéndose, por el contrario, cada vez más solidarios de su mantenimiento. Así, mientras más gigantesca completa y anónima es la concentración del capital, más claramente se la yustaponen los sindicatos y más descaradamente consideran éstos su cometido como determinado por los grandes intereses "nacionales". Tanto que incluso los líderes estalinistas occidentales, esos encomenderos del imperialismo ruso, ponen especial prurito en presentar su política sindical como indispensable a la salvación "nacional". Falaces siempre que se dirijen al proletariado, no mienten en eso, que va dirigido en dirección opuesta: saben que su único porvenir posible consiste en llegar a ser el último baluarte del capitalismo.

Determinados grupos con más humos que penetración, achacan la evidente incompatibilidad de los sindicatos con la revolución a un carácter reformista que en verdad nunca tuvieron y por otra parte a la supuesta incapacidad del capitalismo hogañero para hacer concesiones al proletariado. Lejos de ello, la causa es esencial, no contingente. Lo que engendra el carácter reaccionario de la organización sindical no es otra cosa que su propia función organizativa. Obtenga o no determinadas mejoras, está directamente interesada en que el proletariado siga siendo indefinidamente proletariado, fuerza de trabajo asalariado, cuya venta negocia ella. Los sindicatos representan la perennidad de la condición proletaria. Es ese requisito de su existencia actual, al mismo tiempo que preparación , en Occidente, de su existencia futura. Ahora bien, representar la perennidad de la condición proletaria conlleva aceptar, y de hecho necesitar también, la perennidad del capital. Los dos factores antitéticos del sistema actual han de conservarse para que el sindicato desempeñe su función, de ahí su profunda naturaleza reaccionaria, independientemente de los vaivenes que modifiquen, para mal, para menos mal, o para mejor, la compra-venta de la mano de obra jugarreta clave del sistema capitalista.

El recorrido de los sindicatos y el del capitalismo individual se funde y confunde en la centralización suprema, estatal, del capital y del poder político. La experiencia rusa, precisamente nos mete por los ojos el dicho recorrido sindical ya cumplido. Allí, los sindicatos no conviven con una
burguesía inexistente, ya no son vendedores sino compradores de la fuerza de trabajo obrera, como parte constituyente que son, de la depositaría general del capital, del Estado. En suma, su función cerca del capital variable ( el proletariado) les ha llevado a la copropiedad indivisa del capital constante. El siervo de ayer se ha transformado en señor, meta anhelada de los sindicatos y sus mentores políticos en el mundo occidental. Todos los sindicatos del mundo occidental y "neutro" sin excepción, están en trance de pasar de la "libre" concurrencia entre la oferta y la demanda de la fuerza de trabajo a la fase de regimentación de la oferta por la demanda, o sea, de la clase obrera por el capital monopolista o estatal, monopolio exclusivo. Por vía directa o indirecta, llevan parte en los beneficios capitalistas, las grandes centrales sindicales en particular. Las excepciones que podrían existir, sobretodo de pequeños sindicatos autónomos, confirman la regla y no lo son más que en este aspecto pues ellos también viven y se nutren de la contraposición de capital-salariado. En los propios países atrasados, los sindicatos desempeñan un papel odioso, ora asaltados por el Estado ora por la burguesía directamente. No es raro ver a los sindicatos de un mismo oficio competir sin lacha entre sí ofreciendo más baratos *sus* obreros a éste o aquel patrón ni tampoco declarar y mentener una huelga por cuenta de alguna compañía que mientras tanto acapara el mercado de la otra. Por repugnante que sea, ese bandolerismo de baja estofa no se distingue en nada esencial del bandolerismo político-social de los sindicatos europeos, estadounidenses, etc.

En fin la trayectoria completa de los sindicatos la tenemos en Rusia e hijuelas. Fue cumpliéndose al paso de la metamorfosis contrarrevolucionaria del país, hasta dar en su forma actual: los sindicatos copropietarios del capital, dictando *directamente* en nombre de éste, por lo tanto de sí mismos también, las condiciones en que los trabajadores han de venderle su capacidad de trabajo. Lo económico y lo político se interpenetran como casi siempre y han terminado allí por fusionar en el más duro de los absolutismos.

Los ejemplos de un sindicalismo de clase que mentes atardadas podrían objetar, fueron debidos a la influencia de los revolucionarios, y se sitúan sin excepción, en una época (clausurada por la revolución española) que permitía un juego bastante amplio de la lucha de clases circunscrita en el capitalismo. No obstante, los revolucionarios se vieron siempre mediatizados en los sindicatos, cuando no paralizados por los elementos meramente sindicalistas. Por otra parte, estaba lejos de verse claro que los sindicatos pasarían, de negociantes de la fuerza de trabajo (capital variable) a la de compradores de la misma, en calidad de copropietarios del capital constante.

En cuanto a los "revolucionarios" que todavía hoy se obstinan en sacar de los sindicatos algún partido, siquiera táctico y limitado, con vistas al devenir socialista, se condenan estúpidamente a la ineficacia o a algo mucho peor: la traición. Las pasadas batallas del sindicalismo francés español, italiano etc. fueron inspiradas por tendencias revolucionarias marxistas o anarquistas, en momentos del devenir social que todavía velaban su incompatibilidad con el sindicalismo. La CNT española nada habría sido sin la FAI ( Federación Anarquista Ibérica) a la cual debe sus mejores batallas y su fracaso final en inverecundo acoplo con el estalinismo. El año 1936 señala la bancarrota del anarcosindicalismo español bancarrota comparable a al de la CGT francesa en 1914. No sólo se sometió en lo esencial a la política estalinista (siempre presentada por este mismo de salvación nacional) sino que estableció con la UGT un pacto cuya realización hubiese desembocado en el capitalismo de estado. De tal caída el anarcosindicalismo no se repondrá jamás. Las corrientes revolucionarias que atraídas por un prestigio ajado pudieren surgir en su seno deberán poner rumbo a otros horizontes si no quieren castrarse.

La experiencia de las colectividades en España no es sindicalista sino por sus defectos. Se trató de un impulso irresistible surgido de la espontaneidad histórica - única real- en suelta tras el aniquilamiento del ejército "nacional" a manos del proletariado insurrecto. Sindicatos y partidos se hallaron puestos ante un hecho consumado. Otro tanto puede cirse en gran parte de la insurrección contra los militares el 19 de Julio de 1936 y, enteramente, de la insurreción de Mayo de 1937 contra el estalinismo que marca, hasta la fecha, el peldaño más alto de la lucha del proletariado mundial. Cuando, cumplidos ya los *hechos* revolucionarios principales, los sindicatos intervienen, controlan, administran,
el retroceso se insinúa yendo de lo imperceptible a lo innegable.

La actividad del proletariado en general, de los revolucionarios en particular, retrocede; es el preludio de la derrota de la revolución a la vez que preludio de la victoria de Franco.

Ni atribuir a los sindicatos contenido revolucionario ni proponerse sacar de ellos partido táctico alguno, ni crear sindicatos nuevos puede redundar hoy en favor del proletariado. Mediante tales tácticas nadie conseguirá sino desquiciar el espíritu de los hombres que tengan por misión aplicarlas, si es que no los transforman en obtusos burócratas.

Los sindicatos están impregnados de las múltiples y potentes fuerzas coercitivas y deformantes de la sociedad capitalista, cuya erosión bate sin cesar los hombres hasta aniquilar y venalizar su espíritu. Tan lejos están de ser modificables en sentido revolucionario como cualquier otro estamento de la sociedad de explotación. A imagen de ésta, utilizan la clase trabajadora para sus fines particualres, mientras los hombres jamás hallarán modo de adaptarlos a sus exigencias revolucionarias; sólo pueden destruirlos.

Incluso desde el punto de vista práctico, la tentativa de modificarlos resulta quimérica. La masa de los trabajadores no está ya en los sindicatos ni siquiera cuando la sindicación es impuesta. LLevan o no el carnet en el bolsillo, miran con desconfianza creciente a sus pretendidos representantes. En los países de mayor experiencia, los obreros no recurren a los sindicatos sino en caso de violación flagrante de los derechos que la ley capitalista les concede, sin que consigan siempre hacerla respetar. Es una formalidad obligada, semejante a la de dirigirse a la comisaría de policía en caso de robo. Pero saben que es baldío dirigirse al sindicato para luchar contra las leyes capitalistas y sobretodo contra la más oprimente de todas ellas porque no legislada: la ley del valor que origina y perpetúa la explotación y la opresión del proletariado.

De ahí la caída vertical de los efectivos sindicales en los últimos años, doquiera la filiación a ellos no sea obligatoria directa o indirectamente. En estos casos el sindicato es ya parte del capital constante, puesto que sólo con el carnet en el bolsillo puede un obrero encontrar empleo. Disfrutando de una legalidad y de una red burocrática particulares, los sindicatos no necesitan de la clase obrera sino como elemento dócil de maniobra y precisamente a fin de propulsarse en cuanto instituciones legales e indispensables a la sociedad en que vivimos. Su vida cotidiana particular y la de las masas trabajadoras son por entero diferentes, porque diferentes son también sus móviles respectivos. Por ende, cualquier trabajo táctico de oposición en su seno revierte en ventaja sindical, inmediata o mediatamente, por mucho que parezca lo contrario a quienes la promueven.

La opinión de Lenin y de Trotsky sobre las posibilidades de trabajo revolucionario dentro de los sindicatos, al menos mientras no se constituyesen órganos obreros propios ( comités, consejos, soviets...) fué también la de la Tercera Internacional, recogida después por la Cuarta. Tal proyecto presuponía explícitamente un proletariado inexperimentado, poco o nada organizado anteriormente, henchido de ilusiones y aglutinado en masa tras unos sindicatos, cuyo respeto de la democracia en su seno daría pié a los revolucionarios para hacerse conocer, extender su influencia, seleccionar luchadores , derrocar la burocracia sindical. Además de las *ilusiones* de las masas trabajadoras respecto de sindicatos y organizaciones seudorevolucionarias en general, era premisa clave de tal táctica, la naturaleza constitutiva, de *clase*, si no reformista de las mencionadas organizaciones, que entonces estaban interesadas en menguar la parte capitalista del producto del trabajo. Era el ala izquierda de un sistema que no había alcanzado ( o lo parecía) el tope de su desarrollo social, más allá del cual su crecimiento industrial es socialmente deletéreo.

Esos fueron los fundamentos de una táctica que críticos sin calado tildan hoy de leninista, haciendo de Lenin cabeza de turco. Ni Lenin ni Trotsky han hecho otra cosa, en efecto, que prolongar y glosar lo hecho y dicho por el movimiento revolucionario desde el siglo XIX y por Marx y Engels en persona, amén de la otra vertiente, la anarquista.

No se trata en ese dominio de rechazar un leninismo o un trotskismo ausentes, por que son mero comodín polémico, sino toda la táctica anterior, incluyendo lo dicho por Marx y por Engels, su fuente teórica. Las condiciones históricas y las condiciones sociales concretas que inspiraron tal táctica
han cambiado con la modificación del capitalismo. Son las coordenadas de referencia de la revolución comunista las que se han desplazado y por lo tanto marchan a contrasentido quienes continúan orientándose por las antiguas coordenadas.

La tendencia italiana de Bordiga, otrora criticada por Lenin como ultraizquierdista, hizo acto de contricción en ese aspecto después de la segunda guerra mundial y desde entonces presenta la mejor argumentación izquierdista en pro de la actividad intrasindical. En su órgano Il Programma Comunista (26-5-1960) sentencia:

> Puesto que todas las condiciones que engendraron los organismos sindicales siguen presentes, no se ve cómo negar su funcionalidad en *nuestros días*"

Y remite en consecuencia la desaparición de los sindicatos al momento de la desaparición de "las características específicas de la sociedad burguesa", una vez aplanada " la separación de los productores respecto de los instrumentos de producción ".

Se trata de una escapatoria doctoral más que de un argumento. Lo que se puede reconocer en ella de veraz rebota contra la pretensión de cualquier actividad revolucionaria en los sindicatos. En efecto si se entiende por condiciones que engendraron los sindicatos la compra por los acaparadores de los instrumentos de trabajo, de la fuerza humana creadora de riqueza y vida o , de manera más general, las relaciones sociales propias del capitalismo, entonces se reconoce implícitamente que los sindicatos constituyen un solo cuerpo orgánico con esas mismas relaciones, de las cuales son mero mecanismo de servidumbre que sólo *con ellas* y *por ellas* subsisten.

A partir de ahí una funcionalidad sindical útil a la revolución es tan impensable como si se tratase de la funcionalidad de la bolsa de valores. También en los sindicatos es cuestión de valores, por lo menos y en espera de intereses de mayor monta, de valores en el terreno de la trata y contrata del trabajo asalariado, no sin relación con dividendos y cotizaciones de bolsa.

Mas a tales condiciones de funcionamiento de los sindicatos es preciso añadir otras, de causalidad más inmediata y netamente delimitadas en el tiempo no menos que en el espacio. El revolucionarismo bordiguista es demasiado conservador para contar con ellas. La invariabilidad del marxismo por él defendida es falsa pero le sirve, como a todas las ortodoxias, para amarrarlo al pasado e innovar sólo lo indispensable a su retención en el pasado. Así baja pudibundo los ojos ante dos hechos de evidencia abrumadora:

Primero: la antigua positividad de los sindicatos, *lo que en verdad los engendró*, fué el período ascendente de la civilización capitalista cuya libre concurrencia, comprendida la concurrencia en el mercado de la fuerza de trabajo, consintió a la clase trabajadora obtener, siquiera lucha mediante, las mejoras compatibles con el sistema; sin salir pues de su condición de clase atada corto por la presencia de los instrumentos de trabajo como capital.

Segundo: el gigantismo y la concentración de capital em grandes truts internacionales o un truts estatal exclusivo de cualquier otro, imponen a los sindicatos, por simple necesidad de conservación, por imperativo funcional adaptarse a las condiciones del mercado, no ya libre, sino dirigido, despótico, malthusiano incluso. Llegados a tal punto los sindicatos se convierten en organismos indispensables a la acumulación ampliada del capital, en espera de ser copartícipes de la misma. Su naturaleza reaccionaria es ya absoluta, no ya tan sólo por relación a las posibilidades históricas cual en otro tiempo.

Se sigue rigurosamente que las condiciones originarias de los sindicatos han dejado de existir, mientras que han aparecido otras condiciones de su existencia actual o futura que los sitúa de lleno en el polo capitalista de la sociedad, frente al polo proletario. Quienes a estas alturas siguen hablando de su doble naturaleza han perdido toda capacidad de interpretación crítica y abismádose, ellos sí, en la antigua doble naturaleza de los sindicatos.

En fin, la escapatoria consistente en adiar la desaparición de los sindicatos hasta la esfumación de los vestigios capitalistas, por tanto hasta la plena floración del comunismo, aventaja la tendencia al capitalismo de estado ingénita al sistema e implícita en esa concepción misma, puesto que supone la continuación del trabajo asalariado durante un tiempo más o menos largo después de la revolución. Al contrario de lo que Bordiga y otros co-
limbran, la desaparición del proletariado no puede ser asociada a la de toda la violencia social; menos aún la desaparición de los sindicatos que ha de ser previa a la del proletariado y una de sus principales condiciones.

( CONCLUYE EN EL PROXIMO NUMERO).
