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Title: En Rusia, segunda desestalinización stalinista
Description: Munis analiza la perestroika de Gorbachov como nueva maniobra de la nomenklatura para revigorizar el capitalismo de Estado ruso, igual que la desestalinización de Jruschov.
Author: G. Munis
Date: 01/05/1987
Category: Alarma (tercera serie) n.º 24
URL: https://marxismo.school/hemeroteca/alarma/1987-05-en-rusia-segunda-desestalinizacion-stalinista
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*Alarma*, tercera serie, n.º 24, mayo de 1987 (págs. 10-12). [PDF del número completo](https://marxismo.school/assets/archivo/1958-93%20Hemeroteca%20del%20FOR/1958-88%20Alarma/1987%20Alarma%2024.pdf)

El cadáver de Stalin apesga como montaña plúmbea sobre sus descendientes directos, sobre todos y cada uno de los componentes de la casta esquilmadora, sin perder de vista sus émulos y secuaces, los que gobiernan en otros países sobre todo. La razón de ello es simplicísima porque Stalin está vivo y, -sin retruécano- seguirá estándolo en cuanto hay y acontece de oficial en los vastos dominios oteados desde las torres del Kremlin.

Nada nuevo en la faramalla gesticulante del lucio secretario general de todas las Rusias. Ya Stalin en persona organizó espectáculos como el que ahora escenifica Gorvachev. Entre otras, el de la constitución de 1936, que culminó en el exterminio de los bolcheviques de 1917 mismo que dio sus característivas definitivas al sistema. Más audaz que Gorvachev fue Jrutchev siquiera de labia señalando la bestialidad de Stalin, y por ciertas medidas. Como Gorvachev hoy y el fundador antes, Jrutchev hizo críticas a la burocracia de manera imprecisa reconoció "imperfecciones" a corregir sin precisarlas, corrupción de funcionarios sin precisiones, escasa productividad del trabajo, sin precisiones, mala calidad de los productos y penuria de abastos, siempre sin precisiones. Prometió libertad, mejoría de todos los dominios y el oro y el moro hacia 1980. Apenas doblada esa fecha, he aquí una nueva escenificación con iguales críticas, las mismas imprecisiones, la misma autosatisfacción respecto a sistema y gobierno, y promesas no menos engañosas de próxima abundancia, libertad, fruición general. Siempre con un estilo estoposo, enteramente hueco (lengua de palo, dicen en Francia), que rezuma la superchería.

La recurrencia de esas situaciones y la bullanga publicitaria que se les imprime trae a la mente un antiquisismo ceremonial: ¡El rey ha muerto; viva el rey! La similitud con lo que sucede en Rusia es aún más de fondo que formal: ¡El secretario general ha muerto; viva el secretario general! El buen gobierno y la salud los imparte un individuo secretado por una institución inamovible, férrea, monarquía o partido. El sujeto secretado dice por revelación, lo que es error y lo que es acierto, señala el mal y el bien, más, a recaudo siempre de oposición lo que hay que hacer. El buen pueblo no tiene más que aplaudir, ejecutar disciplinadamente lo que se le manda y admirar tan sabia dirección así como el nuevo rey despertaba esperanzas, el nuevo secretario general causa espectación, inclusive algunas ilusiones pese a que él se limita a recalentar el viejo "plato picante" de de Stalin (Lenin dixit) antes reservido por Jrutchev. No debiera hacer falta decir que sólo una multitud humana sojuzgada, explotada, humillada, asqueada de sus gobernantes puede ver con beneplácito la llegada de un nuevo amo, secretario general o rey. En este caso, la interminable represión, la miseria, el constante lavado cerebral que padece la gran masa obrera, basta para explicar que cualquier palabreo de tartufo a la Gorbachev encuentre acogida. Lo mismoexplica el alcoholismo.

Tanto el flamante secretario como los pasados, se presentan como remediadores de un mal que dimana del conjunto del Partido-Estado, de la totalidad de la *nomenklatura*, y de ellos en lo personal, por parte empingorotada de la misma. El mal no puede curarlo aquello que lo origina y agrava. La incompetencia y la venalidad de la jerarquía en completo, inclusive entre los intelectuales, no es de ahora. Victor Serge la denunciaba en su libro *El asunto Tulaef* (1936). Antes que él, Rakousky, en un artículo escrito en Siberia poco antes de ser asesinado por Stalin, señalaba que el partido ruso había dejado de atraer a los obreros para convertirse en covacha de trepadores venales. Por añadidura, hay el atraso técnico, la poca productividad, la desgana en el trabajo del proletariado; todo aquello, en suma, que Gorbachev quisiera atenuar al menos. Pregúntese quién lo necesita; ¿cómo es que ha podido producirse, ¡y durante medio siglo largo!, en un país dicho socialista? Allí donde todo debiera marchar mucho mejor y con libertad incomparablemente mayor que en los países democráticos -capitalistas, resulta que es al contrario. No hay enigmas. Las lacras señaladas, y otras, representan afectos y defectos característicos e inseparables del capitalismo en una u otra proporción; lo único singular
en Rusia es su enormidad. Con sólo eso, la verdad se hace incontrovertible: la economía rusa es capitalista de punta a cabo y la *nomenklatura* que la explota es el anti-socialismo por su función, por sus más profundos intereses, por su mentalidad y por sus orígenes también.

En efecto, es la casta que ahogó la revolución de 1917 en un mar de sangre, la sangre de los hombres que la dirigieron y de *millones* más que la hicieron; la que ha mantenido desde entonces un feroz terrorismo policiaco; que se ha amamantado y formado psicológicamente en la explotación estatal y en la falsificación de ideas - más de la historia- en Rusia y en escala mundial; en una palabra, es la casta y el sistema de la contrarrevolución. Gorbachov no habría conseguido en modo alguno ser lo que es, si no se hubiese arrastrado a los pies de esa casta y prestándole inmundos servicios, hasta trepar a sus altas esferas. En lo personal, él procede, sabido es, de la policía o KGB, a saber, del sector del Partido-Estado que constituye el principal instrumento de gobierno, su núcleo preponderante y el más temido, el epicentro de la contrarrevolución por excelencia. Declarando que el KGB está exento de corrupción, le rinde pleitesía, hace inequívoco acto de gran jefe policíaco y sobre todo tranquiliza a la *nomenklatura*, la habida casta burocrática cuya buena digestión depende del mismo KGB.

Por todo ello se trata para Gorbachev, como ayer para Jrutchev, de una tentativa de menguar la hostilidad del proletariado, de la población en general, con miras a facilitar la explotación del trabajo asalariado y mejorar los negocios del capitalismo estatal-policiaco. *Eso es el stalinismo, no el sujeto durante cuyo reino se instauró*. Por ello, todas y cada una de sus creaciones y de sus viradas llevan la marca indeleble del stalinismo. La llevan inclusive sus disidentes. En efecto, ninguno de ellos ha sido capaz de denunciarlo como capitalista, ni a sus gobernantes como estafadores políticos diciéndose socialistas. Gobernantes y disidentes a una, incluso Soljenitzin, exhiben su patriotismo, sentimiento despreciable, antípoda del ser socialista, gobierno o individuo. Veáse a Sajarov, tan maltratado en Rusia y tan ensalzado en Occidente, aplaudiendo al juego burdo de Gorbachev y el Foro de Moscú sobre desarme y paz.

El problema grave, el atolladero en que se encuentra el Partido-Estado, del que dimanan los múltiples problemas particulares, inclusive las borracheras y el robo generalizados, es el odio reprimido que respecto de él siente el proletariado, y con él la mayoría de la población. Cincuentitantos años de contrarrevolución stalinista han suscitado un desprecio y una resistencia pasiva tales que nada marcha allí bien, excepto, quizás, las privilegiadas industrias de guerra. La resistencia pasiva podría transformarse bruscamente en rebelión. Añádase la situación internacional, en peoría continua para Rusia, no debido a la amenaza de guerra, sino porque su antiguo prestigio -USURPADO- ha ido convirtiéndose en desprestigio a medida que se conoce la realidad social interior, y que se han hecho patentes sus andanzas exteriores imperialistas.

El círculo máximo de la casta burocrática tenía que hacer algo procurando salir del atolladero. Las muertes sucesivas de tres secretarios generales y la relativa juventud de Gorbachev eran ocasión pintiparada. Pero, quienquiera proceda del Partido-Estado poco o nada podrá hacer más allá del paripé publicitario que siempre ha constituido el mascarón de la estafa ideológica gobernante. Será la segunda destalinización stalinista, enderezada a revigorizar el sistema. Lo develan quiéranlo que no el XXVII Congreso y el dictador general en persona: "Nuestra política internacional está determinada por nuestra política interior" -dicen gedeónicamente uno y otro-. La trampa la descubren ellos mismos hablando de restructuración técnica, lo mismo que está en curso en cualquier país occidental. Tampoco difieren los procedimientos: "... supervisar la medida del trabajo y del consumo, establecer una dependencia más rigurosa del salario respecto de la productividad del trabajo y de sus indicadores de calidad" (1). Ya lo dijo, entre otros muchos, un tal Franco a huelguistas españoles: "Queréis ganar más, producid más". Uno para vosotros; diez para nosotros, es la *supervisión* del XXVII Congreso y ley capitalista universal. Reconocimiento explícito de ello, en la página 144 del librejo citado. Es un guiño de compinche al otro Bloque: "la dialéctica real del desarrollo contemporáneo reside en la conjugación de la emulación del enfrentamiento histórico de dos sistemas y de la creciente tendencia hacia la interdependencia de los Estados de la comunidad mundial". Interdependencia de capitalismo y socialismo: la desfachatez de la casta dictatorial alcanza
ahí el súmmum. La anti-explotación excluye a todas luces su contrario, la explotación; en ningún caso y para nada puede ser interdependiente de ésta, ni lo inverso.

Si la función económica rusa fuese socialista su política exterior estaría vuelta hacia la revolución proletaria, nunca hacia los Estados. Para extenderse y triumfar, necesitaría, no armamentos ni Afganistanes, sino abrir de par en par sus fronteras afin de que los explotados occidentales fuesen a cerciorarse de lo bien que viven sus colegas rusos y de que éstos viniésen a ver con sus propios ojos la situación material y política del proletariado en Occidente. El socialismo resplandecería y su superioridad enorme lo haría invencible. Pero ésa es una *transparencia* temible para el Partido-Estado.

Muy otra es la realidad. Una vez destruida la revolución el capital concentrado en el Estado permitió llevar la explotación del hombre por el hombre, no sin latigazos, crímenes y saqueo de otros países hasta el crecimiento económico actual. Cualquiera sea, Rusia llega a la carrera del desarrollo capitalista con un retraso tan grande como negativo, cuando el sistema entero se encuentra ya en decadencia, y su crecimiento industrial se revuelve contra el desarrollo, es socialmente perjudicial, teratológico. Tanto y peor que a cualquier otro capitalismo (desde al menos al más industrializado) se le impone, por imperativo de su propio rotar en acumulación ampliada, utilizar técnica y ciencia para intensificar la explotación y la dominación de las masas trabajadoras. Exactamente lo opuesto haría, desde sus inicios, una economía socialista. Por más "faz humana" que intente adoptar el Partido-Estado, -y no pasará de zurdo remedo- el sistema ruso es parte del capitalismo mundial, y parte indisolublemente atada a su decadencia.

Añadiendo Gorbachev su propia falsía a la de sus antecesores y semejantes - herencia obligada - se ha permitido hablar de "un nuevo hálito de la revolución". Se trata en verdad de conjurarlo de un exorcismo, de un vade retro, Satanás, del nuevo Papa de todas las Rusias, pues sabe bien que cuando se produzca será una insurrección generalizada que pulverizará todas las instituciones existentes.

¡Abajo el Partido-Estado! ¡Viva la revolución comunista rusa y mundial!

G. Munis.

(1) Edición española oficial del informe sobre el XXVII Congreso, página 150. Ediciones Novosti, Moscú 1986
