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Title: Proletariado y consciencia de clase hoy
Description: Sobre la sumisión actual del proletariado, las no-huelgas sindicales y el papel de la organización revolucionaria, ni bolchevique ni bordiguista, como fracción más consciente de la clase.
Date: 01/01/1979
Category: Alarme n.º 3
URL: https://marxismo.school/hemeroteca/alarme/1979-01-proletariado-y-consciencia-de-clase-hoy
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*Alarme*, n.º 3, enero-febrero-marzo de 1979 (págs. 10-11). [PDF del número completo](https://marxismo.school/assets/archivo/1958-93%20Hemeroteca%20del%20FOR/1978-93%20Alarme/alarme-n03.pdf) · [Texto original en francés](https://marxismo.school/hemeroteca/alarme/originales/1979-01-proletariat-et-conscience-de-classe-aujourd-hui)

«El proletariado es revolucionario o no es nada».[^1] Sí: si es verdad que el proletariado es la clase revolucionaria que, al emanciparse, emancipará a la humanidad entera, destruyendo para siempre la sociedad dividida en clases, solo lo es históricamente. Mientras no actúa subversivamente no es nada, es decir, niega su potencialidad revolucionaria, sometido al trío Estado-Capital-sindicato, que prosigue su carrera desenfrenada hacia una barbarie cada vez mayor.

La burguesía ocupaba como clase, en vísperas de la revolución burguesa, el primer rango en la sociedad por su riqueza y su cultura frente a una aristocracia en plena decadencia, cuya dominación ya no correspondía al nivel alcanzado por unas fuerzas productivas en pleno auge y constituía otras tantas trabas para el progreso social. La burguesía, apoyándose en las clases pobres, barrió para siempre el Antiguo Régimen.

Ahora bien, ¿qué ocurre hoy con el proletariado, que vive en un mundo capitalista en plena decadencia? (Véase [«Imposibilidad de desarrollo capitalista»](https://marxismo.school/hemeroteca/alarme/1978-10-imposibilidad-de-desarrollo-capitalista), *Alarme* n.º 2.)[^2] Al contrario que la burguesía del siglo XVIII, no tiene ni riqueza ni cultura, y su lugar solo es preponderante en nuestras sociedades en la medida en que se vende y reproduce así las condiciones objetivas de su propia explotación y, por tanto, de la continuidad del mundo que lo explota. Es la última clase de la historia, la síntesis de la explotación del hombre por el hombre, y trabaja en una sociedad que, en proporción a su crecimiento, lo hace cada vez más miserable desde todos los puntos de vista; miseria cultural que, en primera instancia, hace la transformación comunista de la sociedad mucho más difícil hoy que ayer. Todos los conceptos —comunismo, socialismo, internacionalismo, revolución social, etc.—, que en cierta época representaban algo vivo en el seno de la clase históricamente revolucionaria, han sido deformados hasta tal punto que no suscitan ningún entusiasmo. Es la obra asesina de cuarenta años de contrarrevolución, a cuya cabeza se encuentran los partidos stalinistas, seguidos por su perro cada vez más fiel, la extrema izquierda, que no cesa de reclamar un lugar legítimo en el seno del movimiento antiobrero. Se añade a ello la acción del sindicato, que, o bien provoca huelgas de 24 horas para demostrar al capital su fuerza de encuadramiento, o bien desvía e interrumpe bruscamente las huelgas que podrían resultar peligrosas para el buen funcionamiento del sistema basado en el trabajo asalariado, del que es el ferviente defensor en las fábricas. El sindicalismo depende de la existencia del trabajo asalariado, del que se alimenta, y no hablamos aquí solo de los países llamados socialistas, donde forma parte integrante del Estado y donde, por tanto, la burocracia sindical se beneficia directamente de la plusvalía extraída de la fuerza de trabajo.

Hoy la mayoría de las huelgas son huelgas miserables, que, lejos de demostrar la combatividad revolucionaria del proletariado, señalan de hecho su profunda sumisión. Ciertamente, el proletariado practica la lucha de clases, pero ello por su propia naturaleza, puesto que es una de las contradicciones del sistema. Pero son raras las veces que se opone al capital de manera consciente. Las huelgas de hoy son, en la gran mayoría de los casos, NO-HUELGAS que, lejos de hacer temblar al sistema en su conjunto, lo refuerzan. En efecto, ¿qué consciencia revolucionaria puede despertarse en «huelgas» de 24 horas o limitadas por los aparatos sindicales?, ¿qué entusiasmo, qué combatividad pueden brotar de un proletariado que tiene trazado el camino de sus manifestaciones y cuyas ocupaciones de fábricas harían sonrojarse al proletariado del siglo pasado? De hecho, con excepción de algunas huelgas salvajes (poco numerosas en el mundo entero), el proletariado no combate en el terreno de clase.

Esquematizando, obtenemos la situación siguiente: un proletariado cada vez más ignorante de su propio pasado de clase revolucionaria, fuertes organizaciones antiobreras (sindicatos, P«C», P«S», L«C»R, O«C»«I», etc.) que saben tener a la gente y a sus propias tropas en las filas, y organizaciones revolucionarias débiles, muy débiles, que, contrariamente a lo que algunas creen, no pesan verdaderamente gran cosa en la balanza.

Nuestro deber y nuestra necesidad de revolucionarios no es regodearnos cada vez que el proletariado de un lugar dado intenta romper las cadenas que le ponen todas las organizaciones de que ya hemos hablado, sino luchar por extender ese tipo de acciones, sembrar la subversión en todas partes, y no ser una organización que espera el día D para dirigir al proletariado hacia el paraíso construido artificialmente en su cerebro irreprochable. La necesidad de una o de varias organizaciones es indiscutible y representa en todo caso un arma que no tenemos en absoluto por qué rechazar, todo lo contrario. Pero la cuestión que se plantea es la siguiente: qué tipo de organización, cuál debe ser su papel antes, durante y después de la revolución. Tema que aquí solo exponemos muy brevemente.

Hay que rechazar, como lo prueba la experiencia histórica del movimiento obrero:

1.º La concepción bolchevique de la organización: el centralismo democrático, que impide a las tendencias minoritarias expresarse como tales fuera del Partido, pues están obligadas a someterse a la mayoría, y la concepción del revolucionario profesional.

2.º La concepción bordiguista del Partido, que, pretendiéndose el Partido histórico del proletariado, solo concibe la revolución por medio de él. Su centralismo orgánico, en el que se suprime el derecho de tendencia, debe proscribirse igual que el centralismo democrático del bolchevismo. Debe proscribirse también la identificación que establece el bordiguismo entre dictadura del proletariado y dictadura del Partido. La clase obrera debe dejar de padecer la historia para hacerla, y ello como sujeto consciente. No admite, pues, camisa de fuerza alguna. Toda toma del poder por una o varias fracciones organizadas de la clase, por revolucionarias que sean, conduciría al fracaso de la transformación comunista de la sociedad.

La organización revolucionaria se basa en un conjunto de posiciones políticas en relación con el análisis global del período, lo que implica que no puede tener un programa invariante y, por tanto, que sus posiciones son profundamente dinámicas. Tiene por objeto empujar al proletariado a la acción revolucionaria, impulsar el despertar de su consciencia de clase y su generalización, ayudar al proletariado, tanto hoy en su lucha cotidiana como en la revolución, como fracción más consciente de la clase, ligada a la clase.

[^1]: Eco de la frase de Marx «La clase obrera es revolucionaria o no es nada», de su carta a J. B. von Schweitzer de febrero de 1865, que copia en la [carta a Engels del 18 de febrero de 1865](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/cartas/1865-02-18%20Marx%20a%20Engels).

[^2]: El texto, de Munis, tiene versión española: [«Imposibilidad de desarrollo capitalista»](https://marxismo.school/hemeroteca/alarma/1979-06-imposibilidad-de-desarrollo-capitalista), *Alarma*, tercera serie, n.º 7, verano-otoño de 1979.
