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Title: ¡No hay victoria obrera sin destrucción de los sindicatos!
Description: Editorial sobre la revuelta de los siderúrgicos del Norte y de Lorena en 1979, que desbordaron a los sindicatos sin ponerlos en cuestión, y sobre la manifestación sindical del 23 de marzo en París.
Date: 01/04/1979
Category: Alarme n.º 4
URL: https://marxismo.school/hemeroteca/alarme/1979-04-no-hay-victoria-obrera-sin-destruccion-de-los-sindicatos
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*Alarme*, n.º 4, abril-mayo-junio de 1979 (págs. 1-4). [PDF del número completo](https://marxismo.school/assets/archivo/1958-93%20Hemeroteca%20del%20FOR/1978-93%20Alarme/alarme-n04.pdf) · [Texto original en francés](https://marxismo.school/hemeroteca/alarme/originales/1979-04-pas-de-victoire-ouvriere-sans-destruction-des-syndicats)

Ante las decenas de miles de despidos previstos por el plan de reestructuración de la siderurgia en el Norte y en Lorena, las cosas no han ido tan fácilmente como habrían deseado gobierno y oposición. Las exigencias de la competitividad del capitalismo eran esta vez demasiado grandes para que aquello pasara como una carta por correo, pese a las protestas previsibles y seguras de las centrales sindicales. Ocurrió lo que no estaba previsto.

Los sindicatos, en su papel «opositor», entablaron como de costumbre las negociaciones, esta vez con la patronal de la siderurgia, en cuyo nombre el presidente del grupo lorenés Sacilor, el señor Mayoux, detalló el plan de reestructuración del grupo Sacilor-Sollac, que preveía 8.500 supresiones de empleos. Solo que, mientras los grandes delegados sindicales negociaban con la dirección, los siderúrgicos estaban en la calle con la firme intención de no perder su puesto de trabajo, negándose a ir a engrosar la cantidad de parados que hay actualmente en Francia. Pese a los numerosos llamamientos a la calma, los siderúrgicos se armaban de tiragomas, hondas, cócteles mólotov y otros artefactos y se enfrentaban a las fuerzas del orden en numerosas ciudades del Norte y de Lorena. Contra la severa desaprobación de todas las centrales sindicales, los obreros atacaron comisarías y prefecturas, y llegaron a apoderarse de una emisora de la televisión FR3. El proletariado respondía a la violencia del capital con su propia violencia: LA VIOLENCIA DE CLASE. Eso es lo que asustó a los defensores del capitalismo: PATRONOS, ESTADO, SINDICATOS. Hacía demasiado tiempo que en Francia el proletariado no reaccionaba así contra un sistema que, gracias a la fuerza de encuadramiento sindical, empezaba a olvidar la existencia de un proletariado rebelde. Por eso saludamos la acción de los siderúrgicos de esas dos regiones. Pero nuestro papel como organización revolucionaria, como fracción específica del proletariado mundial, exige que no nos limitemos a quedarnos embobados de admiración ante esos acontecimientos, a describirlos periodísticamente y a glorificar a un proletariado que merece numerosas críticas: la contemplación nunca ha llevado a nada, mal que les pese a todos los imbéciles obreristas de la tierra. Entendemos por obreristas dos grandes corrientes de pensamiento, tan engañosas la una como la otra, sin olvidar sus subproductos más camuflados. La una glorifica como a un dios la espontaneidad de las masas, medio muy cómodo de no hacer nada, y la otra inciensa al proletariado sin considerarlo, de hecho, más que una masa de imbéciles a la que hay que mimar para poder, gracias al Partido, conducirla por los caminos tortuosos de su emancipación. Estas dos corrientes se oponen, en realidad, a la célebre frase: «la emancipación de los trabajadores será obra de los trabajadores mismos». La primera, porque excluye del movimiento revolucionario a las fracciones proletarias organizadas; la segunda, porque no ve más que una masa-objeto conducida por el Partido, considerado como único sujeto pensante de la historia. Por eso, y no como organización convencida de su infalibilidad que desea llevar tras de sí una masa compacta, debemos sacar lecciones, aunque a veces puedan parecer severas, de toda lucha del proletariado. Cerrado este paréntesis necesario, continuamos.

Hemos visto, pues, que en el Norte y en Lorena el proletariado reaccionó por fin violentamente, desbordando a los sindicatos con métodos de acción criticados por estos. El proletariado denunciaba la «pasividad» de los sindicatos; en una palabra, no tenía intención de dejarse hacer. Pero de eso se dieron cuenta el poder establecido y también los sindicatos, aunque un poco demasiado tarde. Y es precisamente eso lo que va a llevar a esa podrida jornada del 23 de marzo en París. No es la combatividad obrera lo que va a empujar a los sindicatos a decidir la jornada del 23 de marzo, sino precisamente el fin de la combatividad del proletariado. Volveremos más abajo sobre este tema.

Si es cierto que los sindicatos fueron desbordados, no fueron puestos en cuestión ni atacados como fuerza reaccionaria. Fueron desbordados porque el ataque del Capital fue demasiado brutal para que la reacción obrera se limitara al beneplácito de las direcciones sindicales. El desbordamiento de los sindicatos se produjo sobre todo y ante todo en cuanto a los medios de respuesta: NEGOCIACIÓN o VIOLENCIA DE CLASE. Si el capitalismo se inquietó es porque sus defensores (patronos, Estado, sindicatos) saben muy bien que solo eligiendo la violencia de clase, el enfrentamiento directo proletariado/capital, se encuentra el proletariado en las mejores condiciones para rebasar en la acción su propio pensamiento. Se hace camino al andar, y no sentado ante una mesa de negociación. Pero los sindicatos, por desgracia, conocen su oficio. Ciertamente, no apoyaron la violencia obrera, pero —y el hecho es significativo— el único tipo de acción que no criticaron severamente fue el bloqueo de las carreteras por los siderúrgicos, que impedían así el paso de productos extranjeros. Produzcamos francés, compremos francés, salvemos la siderurgia francesa, salvemos la economía nacional. Otras tantas consignas reaccionarias, defendidas por toda la chusma capitalista, que los sindicatos, pese a los desbordamientos obreros, consiguieron mantener en la cabeza de los siderúrgicos, por muy rabiosos que estos se mostraran. Los objetivos que perseguían los sindicatos no fueron rebasados, y menos aún puestos en cuestión. Eso tranquilizaba algo al capitalismo y a los propios sindicatos. Los siderúrgicos no rebasaron en la acción su propio pensamiento sencillamente porque las ideas defendidas por los sindicatos están todavía demasiado arraigadas en sus cerebros. Es ese espíritu el que hay que ayudar a combatir y a destruir, y no será extasiándose ante la violencia obrera como se acelerarán las cosas. El desbordamiento de los sindicatos en la acción no se transformó en enfrentamiento directo con ellos porque, a pesar de todo, el objetivo de esas luchas no rebasaba el objetivo de los sindicatos: solo difería el medio. Eso debe decirlo, proclamarlo, gritarlo todo individuo y toda organización que se pretenda revolucionaria. Debemos impulsar absolutamente, con todas nuestras fuerzas, la idea de que el proletariado es internacional y de que no tiene patria. No hay problema específico de los siderúrgicos franceses desde el punto de vista proletario. El proletariado debe rechazar en su lucha todos los programas que ligan su bienestar a la salvaguardia de la economía nacional. Nuestro problema no es el de una mejor gestión (poder establecido, autogestión, cogestión, control obrero de la producción, gestión obrera), sino LA TRANSFORMACIÓN DE LAS RELACIONES DE PRODUCCIÓN, es decir, ante todo la destrucción del capitalismo mundial. La cuestión es, pues, la misma para el proletariado del mundo entero. Eso es lo que nos ocultan todas las organizaciones tradicionales que se proclaman proletarias. Solo la solidaridad del proletariado a escala mundial, expresión de la unidad de la clase en su conjunto, puede acabar con la explotación del hombre por el hombre, hoy basada en el trabajo asalariado y la ley del valor, que acarrea el paro y todas las porquerías del mundo actual.

La acción de los siderúrgicos en Francia fue positiva porque mostró que el proletariado podía actuar pese a la desaprobación de los sindicatos. Solo en este tipo de iniciativa puede el proletariado rebasar los límites que el capitalismo impone a su propio pensamiento y, por tanto, radicalizarse para enfrentarse sin medias tintas a su enemigo: el capitalismo. Sin embargo, nos vemos obligados a reconocer que, por ahora —pues esto no ha terminado, esperémoslo—, los siderúrgicos, en su objetivo de lucha, no han sido gran cosa. Aceptar o no criticar los bloqueos de carreteras para impedir la entrada de productos extranjeros es alimentar el espíritu nacionalista en el seno de una clase que solo puede actuar internacionalmente.

Para ayudar a rebasar los objetivos todavía demasiado limitados de los obreros, decimos: si hoy nosotros, obreros y empleados, somos despedidos, es porque pagamos las dificultades de una economía que los sindicatos defienden, de la economía capitalista basada en el trabajo asalariado e indisociable de él, es decir, basada en la explotación de nuestra fuerza de trabajo. Nuestra suerte no debe depender de los avatares de una economía podrida en la que somos explotados, despreciados, comprados como mercancías, tratados como ganado. Nuestra suerte debe depender de nuestra voluntad común, de un sistema económico y social impuesto por nosotros, en el que hayan desaparecido las herencias de la barbarie y de la opresión. Los sindicatos nos empujan a limitarnos a reclamar trabajo, a reclamar seguir siendo explotados como asalariados. Ciertamente, cuando estamos en paro nuestra suerte no es mejor... Es un círculo infernal del que hay que salir.

Para salir de él nos hace falta:

- ante todo, organizarnos para luchar juntos contra todos los que nos explotan, contra los sindicatos, que nos reprimen cuando empezamos a poner en cuestión nuestra vida de esclavos y nos aíslan por empresas, por oficios; así, al asociar nuestra suerte a la de la economía nacional, los sindicatos nos separan también de nuestros camaradas obreros y empleados extranjeros y los enfrentan a nosotros como a nosotros contra ellos (por ejemplo, respecto de nuestros camaradas alemanes);
- no es contra lo que se llama «crisis» contra lo que hay que luchar, sino contra la explotación capitalista;
- hay que rechazar todo despido y exigir trabajo para todos y una reducción MASIVA de las horas de trabajo semanales sin reducción de salario;
- organizar distribuciones gratuitas a las capas sociales más pobres de los víveres y artículos de consumo almacenados como «excedentes de producción»;
- imponer la elección directa, sin ningún requisito sindical o judicial, de delegados de taller, de fábrica, revocables en todo momento por quienes los eligieron en asamblea;
- imponer la concertación, para todo evento y en cualquier momento, de nuestros delegados con los trabajadores de otras industrias o actividades, en todo el país e internacionalmente;
- por último, para salir verdaderamente del círculo infernal de la esclavitud asalariada y del paro, imponer nuestro poder por medio de comités democráticamente designados;
- expropiar el capital industrial, financiero y agrícola;
- gestionar la producción y la distribución de los productos, gestión inseparable de una planificación exclusivamente dictada por la abolición del salariado y la desaparición de las clases.

Hay que insistir absolutamente en un hecho. Mientras el proletariado no se enfrente a los sindicatos para destruirlos, no habrá lucha victoriosa. En Francia, pese a la gran combatividad de los siderúrgicos, no hubo huelga de solidaridad. Los sindicatos, por supuesto, impidieron que la hubiera, porque saben que las huelgas de solidaridad son las más peligrosas para el capitalismo. Cuando los siderúrgicos quisieron subir a París, todas las centrales sindicales se opusieron, por la sencilla razón de que los siderúrgicos, todavía no calmados, atacaban comisarías y prefecturas. Solo en el momento de la calma se fijó para el 23 de marzo la llegada de los obreros del Norte a París. Hacía falta disponer de un proletariado cansado, sometido al beneplácito sindical. Era entonces el momento culminante para llamar al proletariado parisino y nacional a unirse al triste desfile de costumbre, momentáneamente vencido, coreando frases irónicas y alegres contra «nuestro primer economista de Francia».[^1] El 23 de marzo en París fue la culminación de una victoria del Capital sobre la clase obrera, gracias a los cuidados protectores de todos los partidos tradicionales (P«C», P«S», L«C»R, etc.) y de la fuerza más reaccionaria que existe: el sindicato.

NEGUÉMONOS, PUES, DESDE AHORA MISMO A TODO AVAL O APOYO A LAS MANIFESTACIONES SINDICALES COMO LA DEL 23 DE MARZO: CON EL ENEMIGO NO SE ALÍA UNO... SE LE DESTRUYE.

[^1]: Raymond Barre, primer ministro, a quien Giscard d'Estaing había presentado como «el mejor economista de Francia».
