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Title: ¿Socialismo? ¡Y una mierda!
Description: Contra los discursos sobre la «vuelta al capitalismo» de China tras Mao: la toma del poder de 1949 no hizo más que instaurar un capitalismo de Estado modelado sobre el de Rusia.
Date: 01/04/1979
Category: Alarme n.º 4
URL: https://marxismo.school/hemeroteca/alarme/1979-04-socialismo-y-una-mierda
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*Alarme*, n.º 4, abril-mayo-junio de 1979 (págs. 12-13). [PDF del número completo](https://marxismo.school/assets/archivo/1958-93%20Hemeroteca%20del%20FOR/1978-93%20Alarme/alarme-n04.pdf) · [Texto original en francés](https://marxismo.school/hemeroteca/alarme/originales/1979-04-socialisme-mon-cul)

Desde la muerte de Mao hasta la guerra chino-vietnamita, pasando por los avatares de la «banda de los cuatro», la aparición de *dazibaos* que reclamaban libertades y/o menos burocracia y, sobre todo, la aparición de una «nueva política económica», se ha hablado mucho de «cambio fundamental», de «desmaoización» e incluso de «vuelta al capitalismo». Ante esta avalancha de cretinismo/cretinización periodística, conviene describir la naturaleza política y económica de China, y ello a partir de los pocos hechos conocidos al respecto, demasiado a menudo ignorados o silenciados.

En primer lugar, es necesario recordar que en 1949, en China, la toma del poder por el Partido de Mao no fue la culminación victoriosa de una revolución proletaria tras quince años de combate revolucionario. El Partido, encarnizado defensor de la política stalinista, libró una guerra de liberación nacional, ya contra Chiang Kai-shek, ya contra el ejército japonés aliándose con el primero. El régimen instaurado tras una victoria militar nunca defendió, ni por lo demás había declarado nunca querer defender, las tareas de una revolución comunista. Para los maoístas, el modelo económico, político, cultural, etc., era el modelo ruso de Stalin, pero el régimen pretendía innovar en la teoría marxista apoyándose preferentemente en los campesinos pobres más que en el proletariado de los grandes centros urbanos, donde estaba débilmente implantado. Jamás el Partido «Comunista» chino, desde su Larga Marcha hasta su toma del poder, se vio de otro modo que como dirigente único e infalible de la «revolución», del proletariado y del «pueblo» chino. Para toda esa máquina de triturar el pensamiento, nunca se trató más que de expropiación de los propietarios y de propiedad del Estado, de apología del trabajo asalariado, de apología del Partido-Estado. De hecho, se trataba de imponer la continuación de la producción capitalista y de las relaciones sociales ligadas a ella, caracterizadas fundamentalmente por el salariado y la extracción de plusvalía a costa de los obreros.

La toma del poder de 1949 no abolió, pues, las relaciones (económicas, políticas, etc.) capitalistas; solo las modificó, e incluso las reforzó. Evidentemente no podía constituir la abolición del feudalismo; en efecto, este desapareció en China con el movimiento confuciano, hace 2.000 años. A partir de entonces, las relaciones económicas fueron las de un capitalismo mercantil y agrario más o menos desarrollado según las dinastías, con relaciones políticas compuestas de una mezcla de restos de feudalismo y de fuerte estatización. En el siglo XIX, y sobre todo durante la guerra de 1914-18, China se integró (en realidad, fue integrada a la fuerza por las potencias occidentales) en el sistema capitalista mundial. La guerra mundial tuvo un impacto formidable en la economía china: la gran industria se desarrolló allí con una fuerza y una rapidez impresionantes, abasteciendo los mercados de los países occidentales, volcados casi exclusivamente en el esfuerzo de guerra. El proletariado chino creció entonces considerablemente y se reveló enseguida muy combativo; es decir, el capital no se libró en China de la oleada revolucionaria internacional que siguió a la guerra imperialista. La lucha del proletariado chino culminó entre 1925 y 1927, con grandes revueltas campesinas paralelas en algunas provincias. Sin embargo, el proletariado, numéricamente débil en relación con la masa campesina, quedó aislado de las revueltas del interior del país y, sobre todo, fue derrotado gracias (¡ya entonces!) al stalinismo: el P«C» chino, dócil, debía aplicar su política de apoyo a Chiang Kai-shek. Uno de los actos más grandiosos del partido stalinista fue usar de toda su influencia y de todo su peso (la aureola de la Rusia revolucionaria planeaba sobre esos stalinistas) para que el proletariado de Shanghái, victorioso, organizado en milicias y consejos obreros, regalara la ciudad a Chiang Kai-shek.[^1] El movimiento revolucionario chino, fragmentado, combatido «desde dentro» por los stalinistas y aislado internacionalmente... por la III Internacional, fue aplastado y ahogado en sangre en 1927. Desde entonces, los stalinistas chinos se lanzaron a la lucha de liberación nacional, alternativamente contra, con y luego contra Chiang, y triunfaron en 1949 sobre un régimen en plena descomposición. China pasó entonces de un capitalismo privado y debilitado a un capitalismo de Estado modelado, en primera aproximación, sobre el capitalismo ruso.

De hecho, hubo diferencias desde el principio. En particular, que para Mao importaba más producir según la ortodoxia maoísta, y dentro de ella, que producir mucho. El trabajador, por supuesto, produce más en adelante, pero más bajo una coacción ideológica que económica. Así, las obras (algunas de las cuales son puras invenciones para las necesidades de la propaganda dentro y fuera del país) realizadas a lomo y brazo de hombre, ¡con el único sostén del espíritu santo maoísta! Lo mismo en las cárceles y los campos, donde se fabrica una mano de obra rentable por estar esencialmente «reeducada» y, por tanto, dócil. Lo más importante es sin duda el antagonismo que surgió entre China y Rusia, pacífico mientras el régimen maoísta no estuvo suficientemente consolidado, y que se volvió belicoso cuando los burócratas chinos se desembarazaron de la tutela rusa, que consistía en un saqueo en toda regla de China, en detrimento, pues, de ellos mismos, a quienes debía corresponder «legítimamente» toda la plusvalía extraída de la explotación de su proletariado nacional. Los viejos burócratas que se libran una lucha sin cuartel por el poder nunca han abandonado esa actitud de guerra fría con Rusia, e incluso la han endurecido a medida que aumentaba su dependencia respecto de los EE. UU. Con los conflictos de Camboya y Vietnam, este antagonismo se ha acrecentado todavía más, por supuesto a costa de los proletariados camboyano y vietnamita, ya agotados por largos años de guerras, y chino, que están dándose cuenta de que el nuevo equipo dirigente, aun deseando impulsar un crecimiento económico, no piensa aflojar la presión ideológica sobre los trabajadores. Con todo, esas tradicionales series de campañas de «democratización» y de «rectificación» habían exasperado ya antes a los trabajadores y habían provocado revueltas.

En suma, esta democratización/rectificación, ligada a la «nueva política económica» china, da garantías de seguridad para atraer los capitales extranjeros. Pero, haya o no «democracia», el proletariado sigue sufriendo la dominación del capitalismo de Estado.

[^1]: En marzo de 1927, la insurrección obrera de Shanghái tomó la ciudad antes de la llegada del ejército del Kuomintang; el 12 de abril, Chiang Kai-shek desarmó y masacró a los obreros y comunistas de la ciudad.
