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Title: ¡Ni racismo ni antirracismo: comunismo!
Description: El racismo es una barrera mental nacida de la división en clases y empleada para desviar al proletariado; el antirracismo como lucha parcial es una ilusión que divide, y solo la lucha comunista contra el capital lo hace desaparecer.
Date: 01/10/1979
Category: Alarme n.º 6
URL: https://marxismo.school/hemeroteca/alarme/1979-10-ni-racismo-ni-antirracismo-comunismo
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*Alarme*, n.º 6, octubre-noviembre-diciembre de 1979 (págs. 2-3). [PDF del número completo](https://marxismo.school/assets/archivo/1958-93%20Hemeroteca%20del%20FOR/1978-93%20Alarme/alarme-n06.pdf) · [Texto original en francés](https://marxismo.school/hemeroteca/alarme/originales/1979-10-ni-racisme-ni-anti-racisme-communisme)

«Hay que luchar contra el racismo.

—¡No!, se trata de luchar contra el capitalismo.

—¡Pero precisamente!, la lucha contra el capitalismo es la lucha contra el racismo, contra la opresión de las mujeres, contra la contaminación, y patatín, y patatán...

—¡Paparruchas!»

Expliquémonos.

El racismo no es más que una de las expresiones de las múltiples barreras que separan a los hombres unos de otros, de la inexistencia de la Humanidad, es decir, de una entidad realmente viva, indivisible y solidaria. En realidad, la xenofobia y el racismo son barreras mentales, reflejos y a la vez desplazamientos de las barreras reales que están en la base de la división de la humanidad: las barreras socioeconómicas de las clases. El racismo hizo su aparición en las sociedades divididas en clases y se «teorizó» en el siglo que acaba de transcurrir. Si esta «teorización» elaborada del racismo, que ensalza a tal o cual raza prometida a un papel de dominación mundial o considerada de inteligencia superior, se ha efectuado en este último siglo, hay una razón para ello. Es, en realidad, fruto de la exacerbación y la culminación de la contradicción entre el explotado y el sistema de explotación, entre proletariado y capitalismo. La xenofobia o el racismo han sido empleados, y siguen siéndolo, por los defensores del capitalismo con el fin de desviar el foco del descontento, de apartar al proletariado de su lucha, de dividirlo para reinar mejor.

Pero el empleo por los defensores del capitalismo (al menos por algunos, puesto que otros se sirven del «antirracismo» para esquivar el fondo del problema) del racismo o de la xenofobia para desviar la atención desengañada del pueblo llano —¿puede hablarse en efecto con justeza de proletariado cuando no es revolucionario?— contra el chivo expiatorio idóneo que es el extranjero, el que es diferente por sus costumbres o por el color de su piel, ese empleo, decimos, para que se dé, tiene que encontrar en la sociedad un terreno propicio, un racismo latente. Y es el capitalismo, con sus vejaciones, sus humillaciones y toda la podredumbre que va directamente ligada a él, el culpable de ese racismo latente. El racismo encuentra un terreno fértil en la vergüenza y en el asco profundo de sí mismo, la vergüenza de la propia sumisión y de la propia condición miserable. El proletario, sociológicamente hablando, está muy a menudo entre los más racistas, junto con los miembros de las clases medias del tipo de los pequeños comerciantes, etc. Sencillamente, para no despreciarse demasiado a sí mismo, con su cobardía, sus vicios condenados por la («buena») sociedad, su ignorancia, desprecia a otro. Pero no a cualquier otro: a otro diferente de él. Así, el racismo le permite tranquilizarse edificando una falsa solidaridad con otros semejantes a él, otros que, como él, han bajado la cabeza ante lo que un hombre digno de ese nombre, o incluso a veces un animal, no habría aceptado. El racismo le permite también reproducir una relación de fuerza que él sufre por parte de sus superiores jerárquicos, contra los cuales le es difícil rebelarse individualmente; reproducción de una relación de fuerzas que cree que le favorece, pero que en realidad lo aliena un poco más y justifica lo que sufre a diario.

Cuando la tendencia al comunismo reaparece abiertamente por la acción subversiva del proletariado, entonces, y solo entonces, el racismo desaparece en el seno del proletariado —y es el racismo en el seno de esta clase el único que debe entristecernos— sin que haya en absoluto lucha contra él. En efecto, el proletariado se muestra entonces en cuanto clase, en cuanto agrupación social formada por individuos solidarios que luchan contra un mismo y único enemigo. Entonces las diferencias de raza y de sexo ya no tienen ningún efecto de división en el seno de la clase; las verdaderas barreras se revelan en la mente de quienes combaten juntos. En cambio, la intervención de los antirracistas se deja sentir en ese momento, más que en ningún otro, como factor de división: luchando contra el racismo, los antirracistas de todo pelaje, si logran obtener cierta influencia, desvían al proletariado de su lucha; desviándolo, lo llevan al fracaso, y el fracaso trae consigo un recrudecimiento del racismo y del falocratismo.

Como acabamos de ver, pues, combatir el racismo, es decir, considerar que el racismo puede ser realmente combatido y derrotado en la sociedad actual, no es más que una ilusión. Es un poco como querer ahuyentar el humo sin apagar el fuego. La división de la sociedad humana en clases sociales está en la base de todas las divisiones de la sociedad. Al racismo, a los Estados con sus fronteras y a las múltiples barreras que dividen a la humanidad, solo pondremos fin atacando su base socioeconómica. Abatir, pues, el capitalismo, es decir, el modo de producción basado en la explotación de la fuerza de trabajo del obrero mediante el trabajo asalariado: he ahí nuestro objetivo, nuestro único objetivo, ¡pero qué amplio y universal!

Añadamos, por último, que el argumento según el cual la lucha contra el capitalismo es una lucha contra diversas cosas pequeñas puestas una tras otra es totalmente falso y anticomunista. La lucha contra el capitalismo por el comunismo es una lucha contra la base de la organización presente de la sociedad, pero eso no significa en absoluto que el comunismo sea un movimiento árido que ignore los problemas cotidianos de la vida. Al contrario, al atacar la base de toda explotación —es decir, el intercambio de mercancías— mediante el ataque al trabajo asalariado, ligado indisolublemente al capital, el socialismo es un movimiento que implica una refundición total —e imposible de concebir hoy con mucha precisión— de la sociedad, de todos los aspectos de la vida social: afectividad, sentimientos, familia, educación, etc. El comunismo es, pues, universal en su esencia. Y considerarlo como un conjunto de pequeñas luchas puestas una tras otra es ignorar radicalmente lo que es precisamente el comunismo.
