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Title: «Feminismo» o lucha de clases
Description: Con ocasión de la renovación de la ley Veil, crítica del feminismo como movimiento que separa la condición de las mujeres de la lucha de clases, y del derecho al aborto reclamado en nombre del feminismo y no contra el trabajo asalariado.
Date: 01/01/1980
Category: Alarme n.º 7
URL: https://marxismo.school/hemeroteca/alarme/1980-01-feminismo-o-lucha-de-clases
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*Alarme*, n.º 7, enero-febrero-marzo de 1980 (págs. 5-6). [PDF del número completo](https://marxismo.school/assets/archivo/1958-93%20Hemeroteca%20del%20FOR/1978-93%20Alarme/alarme-n07.pdf) · [Texto original en francés](https://marxismo.school/hemeroteca/alarme/originales/1980-01-feminisme-ou-lutte-de-classe)

Con ocasión de la votación para la renovación de la «ley Veil»[^1], las organizaciones políticas «de izquierda» y los diversos movimientos feministas convocaron numerosas manifestaciones por la promulgación de una ley sobre el aborto sin restricciones (libre, gratuito, supresión de la «cláusula de conciencia», etc.); la amplitud de las manifestaciones que han tenido lugar nos lleva, como revolucionarios, a definir claramente nuestra posición sobre esas organizaciones feministas que pretenden obrar por «la emancipación de la mujer». El problema de la mujer en la sociedad contemporánea, capitalista, que enfrenta a dos clases sociales de intereses y fines diferentes, no es un fenómeno nuevo, pero se exacerbó en el período en que el capital necesitó mujeres a las que someter a la explotación mediante el trabajo asalariado. La evolución de las relaciones sociales, la generalización de la proletarización y el progreso social permitían vislumbrar la posibilidad de una emancipación real: estábamos entonces en el período histórico en que las reivindicaciones de las mujeres proletarias por el «derecho de voto», la «igualación de los salarios» y la libertad política en general se inscribían en la lucha de clases por la emancipación del proletariado. Hoy los movimientos feministas son en su conjunto las correas de transmisión de las numerosas corrientes de «intelectuales» con falda, tan estúpidos como los que llevan pantalón, pero las más de las veces de organizaciones «obreras» del tipo P«C», P«S», «trotskistas», es decir, de las más mistificadoras que existen. En efecto, todas esas organizaciones se han erigido en campeonas del «progreso social» y de la «emancipación» en general... dentro del marco del sistema social presente. En un momento en que la única solución posible para el progreso global del género humano no puede ser sino la revolución social, todas las organizaciones que no atacan la división de la sociedad en clases son reaccionarias; y justamente la estrategia de los movimientos feministas consiste en arrastrar a «las» mujeres (y a algunos hombres) a un terreno totalmente capitalista: plantear la emancipación de la mujer como una reivindicación separada del conjunto de las demás luchas, es decir, mistificar a las mujeres ocultándoles que su condición de sobreexplotadas, de sobreoprimidas, es la consecuencia inmediata de la organización social presente, basada en el trabajo asalariado, en la explotación del hombre por el hombre. Las organizaciones feministas no aspiran a elevar la consciencia de clase de las mujeres; su objetivo es buscar la adhesión de una parte importante de ellas a un programa de capitalismo «de rostro humano» o a un seudocomunismo nacional (que no es en realidad más que capitalismo de Estado), cuando desde hace un siglo la barbarie capitalista se muestra y se afirma sin cesar. El capitalismo se nutre de las contradicciones sociales que desarrolla, y su ideología trata de presentarlas como independientes de la organización económica de la sociedad, como fenómenos sociales eternos, caídos del cielo, y cuyo acondicionamiento sería el único remedio que cabe aportarles. El feminismo moderno no ha caído del cielo: es el producto de la decadencia del sistema capitalista, cuya trayectoria progresiva se detuvo a principios de siglo con la madurez, demostrada por los hechos, de la revolución comunista.

El papel social que desempeñan hoy las feministas consiste en exacerbar las contradicciones con que se enfrenta cada individuo en sus relaciones con los demás, en levantar a la mujer contra el hombre so pretexto de que una es más miserable que el otro; acusar a los hombres de falócratas, de dominar a las mujeres con su místico poder, hablar de sociedad patriarcal, es pura estupidez criminal. Mirad lo que llamamos hombres, ese rebaño vulgar que se comporta como bestias, totalmente embrutecidos por su asquerosa condición de proletarios, individuos condenados a la subcultura, al subconsumo y a las humillaciones más insensatas; mirad a esos «hombres» y veréis que no son más que fracasados, raquíticos de la vida, sin otro poder que el de venderse a un patrono o a un Estado para subsistir. El poder de los hombres no es en realidad más que el poder de ciertos hombres de una clase explotadora cuyo interés es la división de la clase que oprime: división por el salario, los derechos políticos, el sexo, la nacionalidad o el color de la piel; si mañana el poder político pasara a manos de las mujeres, ¿qué habría cambiado? ¡Nada! Porque en caso de huelga, de reivindicación, ¿no mandarían esas mismas mujeres la policía o el ejército contra otras mujeres? ¿No se verá la mujer jefa de oficina o de taller llevada igualmente a comportarse como una canalla o como un poli para asegurar la buena marcha de la empresa? ¿Y acaso las señoras Gandhi o Thatcher, por mucho que sean mujeres, no participan en la explotación salvaje de las mujeres proletarias de su país? El problema de la mujer solo se plantea todavía porque vivimos en un sistema social que ya no es progresista, que ya no tiene ninguna razón de existir, pues está basado en la explotación de los hombres y de las mujeres proletarios, robots condenados al trabajo vacío y a la perpetuación de su esclavitud: los hombres y las mujeres viven juntos, pero la miseria de unas es mayor que la de otros, y es esa miseria social común la que debe animar la lucha por su emancipación.

El derecho a «disponer» del propio cuerpo y el derecho al aborto son ejemplos de reivindicaciones de personas que viven en la miseria social de su clase, no por culpa de los hombres (la burguesía siempre ha tenido medios económicos para hacer abortar a sus mujeres clandestinamente o en el extranjero), sino por culpa de una organización social que permite que un ser humano pueda disponer a su antojo de otros seres humanos. Que hoy las mujeres reivindiquen el derecho al aborto no es en absoluto criticable, pero que lo hagan no en nombre de un seudofeminismo, sino más bien como mujeres proletarias que obran y luchan contra su siniestra vida, como individuos totalmente negados y rechazados del mismo modo que cualquier hombre salido de la misma clase. El problema del aborto no es únicamente el de las mujeres, es también el de los hombres —las mujeres no paren solo niñas—, y la cuestión esencial no es saber si una mujer puede abortar gratuita y libremente de un futuro pequeño esclavo, sino más bien saber si debe dar la vida a un ser realmente humano en una sociedad sin clases que obre por la satisfacción de las necesidades materiales, afectivas y culturales de todos. Desmitificar el «derecho al aborto» como reivindicación feminista reaccionaria y, por el contrario, denunciar esa mendicidad como consecuencia de la negación de la libertad individual que perpetúa el trabajo asalariado: solo en esos términos puede concebirse la emancipación real de la mujer proletaria.

[^1]: La ley Veil, que despenalizó en Francia la interrupción voluntaria del embarazo, se votó en enero de 1975 por un período de prueba de cinco años; en noviembre y diciembre de 1979 la Asamblea votó su renovación definitiva.
