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Title: Religión y mistificación
Description: Con ocasión del premio Nobel de la paz a la «Madre» Teresa, denuncia de la religión como fuerza al servicio del capital contra el comunismo, y de las falsas alternativas humanitarias.
Date: 01/01/1980
Category: Alarme n.º 7
URL: https://marxismo.school/hemeroteca/alarme/1980-01-religion-y-mistificacion
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*Alarme*, n.º 7, enero-febrero-marzo de 1980 (págs. 10-11). [PDF del número completo](https://marxismo.school/assets/archivo/1958-93%20Hemeroteca%20del%20FOR/1978-93%20Alarme/alarme-n07.pdf) · [Texto original en francés](https://marxismo.school/hemeroteca/alarme/originales/1980-01-religion-et-mystification)

La «Madre» Teresa acaba de obtener el premio Nobel de la paz. La tele y los grandes medios de información del capital nos han roto los oídos con esa mística.

La crítica que hacemos de este acontecimiento, nosotros, revolucionarios, no se sitúa en el terreno de saber si estamos a favor o en contra de que esa mística haya recibido el premio. Eso es problema del capital, que concede sus recompensas, no nuestro.

Se trata para nosotros de mostrar que la religión en general, y esta mujer en particular, no desempeñan un papel positivo para la humanidad, como se nos repite, sino, al contrario, un papel enteramente negativo, nocivo y reaccionario.

La denunciamos como cristiana. Hoy, en este final del siglo XX, en pleno capitalismo decadente, cuando el mundo debería estar en pleno comunismo, ¡se nos quiere hacer creer en la existencia de un Dios!, de un ser sobrehumano, creador universal y dueño de nuestros destinos. ¡Vamos, pamplinas!

Lo que el proletariado debe saber es que no es un Dios quien lo ha creado, sino que es la evolución histórica la que lo ha creado, y la que ha creado el capital, y que, si el capital es destruido, no lo será tampoco por una invención mística, sino por el proletariado (o por la bomba atómica).

«No es Dios quien ha creado a los hombres, son los hombres quienes han creado a Dios». Tales invenciones, tales creaciones, solo pueden persistir en sociedades inhumanas, donde el hombre es esclavo, siervo o proletario que vende su fuerza de trabajo. Al hombre ya solo se le considera por su aptitud para producir, para producir siempre más. El hombre está destinado a ser una bestia productora, con, a ser posible, en su cerebro, para que no esté completamente vacío, la imagen tranquilizadora de un ser perfecto, padre espiritual de un mundo eternamente inhumano.

Cuando un hombre se hace revolucionario, no puede sino romper esa imagen ridícula; lucha contra el capitalismo, luego lucha contra la religión.

Cuando un proletario no tiene ninguna perspectiva revolucionaria, cuando ni siquiera se ha rebelado, creer en Dios le permite conservar aún la última esperanza de que, después de haber pasado la vida como borrego en el rebaño de los proletarios resignados, podrá por fin disfrutar de su muerte, dulce sueño muy provechoso para el capital.

Los revolucionarios no creen ni en Dios ni en el paraíso; no quieren esperar a la muerte para poder vivir por fin. Luchan por el comunismo, que no es el paraíso, sino la primera sociedad humana. Saben que el comunismo es hoy realizable muy rápidamente. En efecto, las condiciones objetivas están reunidas; ya solo faltan las condiciones subjetivas, es decir, el aliento de la rebeldía unido a la consciencia clara de lo que un ser humano no puede o no debería soportar.

La invención de un Dios para los esclavos resignados permite hacer creer en un mesías, un libertador que un día muy lejano vendrá a liberarlos de esta sociedad inhumana. No comprenden, o no quieren comprender, que solo con nuestras propias fuerzas, mediante la revolución social, nos liberaremos de nuestras cadenas. Los revolucionarios lo han comprendido y no pueden, por tanto, sino combatir una invención que hoy tiene por fin mantener el capital.

La «Madre» Teresa ayuda, según parece, a los pobres, a los huérfanos; la prensa del capital nos dice que eso está muy bien; la «Madre» Teresa es, según parece, una gran humanista. No, es falso: la «Madre» Teresa no es humanista, pues el género humano se muere bajo la barbarie del capitalismo decadente, y ella no lucha contra el capitalismo; al contrario, la religión lucha por el capitalismo y contra el comunismo (véase ALARME n.º 6, [artículo sobre los viajes del papa](https://marxismo.school/hemeroteca/alarme/1979-10-los-viajes-del-papa)).

Como lo único positivo hoy está en el comunismo y en la revolución social que lo traerá, los humanistas, si queda alguno, solo pueden encontrarse del lado revolucionario.

La Iglesia nace y se refuerza sobre la miseria del hombre en las sociedades inhumanas. La fuerza que adquiere la utiliza para agrandar nuestra pobreza y nuestra incultura, queriendo hacernos creer en un destino creado por un Dios: unos hombres estarían ahí para dejarse explotar, otros para explotar. Su objetivo es mantener las sociedades de explotación del hombre por el hombre. De esa explotación sacaba y saca todavía su riqueza. Hoy el capital tensa sus fuerzas para cerrar el paso al comunismo, y entre esas fuerzas encontramos, pues, la religión, ya sea la Iglesia católica, que envía a su papa de país en país (un gran número de países reclama todavía su visita) para intentar reducir los disturbios sociales (¿no dijo Juan Pablo II en su viaje a Polonia: «Debéis tener convicciones bien firmes, profundas y sinceras, ya sean cristianas o marxistas» —léase stalinistas—?), ya sea el ayatolá Jomeini, que, para hacer la unidad nacional, para devolver al proletariado iraní al trabajo, quiere concentrar todas las energías, todas las atenciones, en 50 rehenes y en una eventual intervención norteamericana.

Finalmente, todas las tendencias capitalistas —sindicatos, Iglesia, P«S», P«C», extrema izquierda, derecha— tienen el mismo objetivo: cerrar el paso al comunismo, luchar a muerte contra él, y para ello se nos quiere hacer creer en un Dios, se nos quiere hacer votar, se nos quiere hacer autogestionar nuestra explotación, se nos quiere hacer participar en las campañas de ayuda a los camboyanos. Como si la barbarie general del capitalismo, que en Camboya aparece con agudeza todavía mayor, pudiera resolverse con un envío de capitales. Señalamos aquí las buenas operaciones publicitarias que han logrado algunas grandes firmas capitalistas enviando gratuitamente a Camboya mercancías producidas por los proletarios que explotan. También aquí la única ayuda mutua verdadera sería la revolución social mundial, que liberaría al mundo de la barbarie. El fin de esa acción «humanitaria» es meter en un callejón sin salida a la gente asustada por el avance de la barbarie en el mundo, que no ve las atrocidades en que vivimos como resultado del capitalismo, sino como atrocidad particular y localizada en tal o cual punto del mundo, atrocidad debida a la política de tal o cual «mal dirigente».

Esas falsas alternativas las utiliza a menudo el capital: ¿te desagrada la contaminación?, hazte ecologista; ¿te horroriza la guerra?, hazte antimilitarista; ¿eres mujer y te maltratan?, hazte feminista; ¿tu corazón desbordante de amor ya no soporta el asesinato continuo de camboyanos en gran cantidad, pero soporta todavía la explotación del hombre aquí, porque sin duda se practica con más suavidad?, hazte desde hoy «humanista», es decir, envía dinero, siempre más, y no serás sino más «humanista»... y más pobre; ¿observas con razón que actualmente los individuos están extremadamente aislados, es decir, que existe muy poca comunidad, entendiendo por comunidad un conjunto de hombres unidos solidariamente, por ejemplo, por un fin común (existe así la comunidad revolucionaria, por reducida que sea; en cuanto a la comunidad capitalista, solo existe frente a un movimiento comunista; si no, los capitalistas se devoran entre sí), y ese aislamiento te pesa?, hazte «comunitario», es decir, reúne en un piso a seis personas aisladas y escribe en la puerta de entrada, en grandes letras azules: COMUNIDAD.

La conclusión de este artículo es corta y sencilla. Ninguna de las atrocidades de este mundo puede considerarse un problema aislado y soluble dentro del capitalismo. Frente a la barbarie del capital, la única solución es destruir el trabajo asalariado, es decir, destruir el intercambio de mercancías.
