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Title: El Papa, defensor... del sindicalismo
Description: A propósito del discurso del Papa en São Paulo en favor del sindicalismo, el artículo muestra a la Iglesia y a los sindicatos como defensores del orden capitalista en Brasil.
Date: 01/07/1980
Category: Alarme n.º 9
URL: https://marxismo.school/hemeroteca/alarme/1980-07-el-papa-defensor-del-sindicalismo
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*Alarme*, n.º 9, julio-agosto-septiembre de 1980 (pág. 13). [PDF del número completo](https://marxismo.school/assets/archivo/1958-93%20Hemeroteca%20del%20FOR/1978-93%20Alarme/alarme-n09.pdf) · [Texto original en francés](https://marxismo.school/hemeroteca/alarme/originales/1980-07-le-pape-defenseur-du-syndicalisme)

Hace poco, en el estadio de São Paulo, ante 130 000 obreros según parece, el Papa se pronunció por el derecho al sindicalismo[^1]: nada más normal en un defensor del capital. Abucheó la lucha de clases y predicó, por tanto, el sindicalismo y la participación. He aquí un servidor más del capital que ha comprendido que el sindicato no es un órgano de lucha de clase del proletariado, sino que hoy es, por el contrario, un órgano capitalista. Cosa que no han comprendido todos los capitalistas de Brasil; lo que explica algunas tensiones que existen entre la mafia religiosa y ciertos capitalistas.

La Iglesia organiza ya en Brasil sindicatos de pequeños campesinos y de obreros agrícolas; ¿organizará pronto sindicatos de obreros, o dejará más bien la tarea por entero a su colega especialista en la materia, la mafia stalinista?

Los capitalistas brasileños deberían felicitarse de poseer en esa unidad de explotación suya que es Brasil una Iglesia tan inteligente. En efecto, durante la reciente huelga de los metalúrgicos de São Paulo, por ejemplo, algunas iglesias se prestaron a los huelguistas para que celebraran en ellas sus reuniones; también rezaban para que se satisficieran sus reivindicaciones. ¡Qué victoria resonante para... el mantenimiento del orden capitalista!

Esos proletarios no han comprendido que, al aceptar a los curas y a los burócratas sindicales en sus filas, y por tanto al estar bajo su influencia, al impulsar reivindicaciones «responsables con vistas al bien común», se quedan en el terreno del capital, porque bien común entre el proletariado y los defensores del capital no existe.

No han comprendido que, cuando el proletariado pase de su potencialidad revolucionaria a su dinámica revolucionaria, tendrá que deshacerse de creencias sin razón de ser, de ilusiones y de mitos, destruirlos, porque es el proletariado, y solo él, quien se liberará de sus cadenas, si algún día se libera de ellas. Y para eso no se pondrá en manos ni de un Dios, invención religiosa, ni de los burócratas capitalistas, ni de una droga cualquiera, términos los tres que proponen el paraíso barato (en efecto, basta con no rebelarse, con quedarse en el rebaño), pero en planos distintos: unos después de la muerte, otros antes, en los vastos campos de trabajo que son los países capitalistas de Estado, o después de absorber la susodicha droga. Negando todo esto en la práctica, el proletariado pasará entonces de objeto de la historia a sujeto de la historia: las iglesias arderán, como ya ardieron.

[^1]: Juan Pablo II visitó Brasil entre finales de junio y mediados de julio de 1980. La huelga de los metalúrgicos del ABC paulista, a la que se alude más abajo, tuvo lugar en abril y mayo de ese año.
