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Title: Extractos de la «Ojeada sobre el socialismo científico» de Gabriel Deville
Description: Extractos de la ojeada de Gabriel Deville (1883) sobre la libertad, la igualdad social, la dictadura de clase y la necesidad de la fuerza en la revolución social.
Author: Gabriel Deville
Date: 01/10/1980
Category: Alarme n.º 10
URL: https://marxismo.school/hemeroteca/alarme/1980-10-extractos-de-la-ojeada-sobre-el-socialismo-cientifico-de-gabriel-deville
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*Alarme*, n.º 10, octubre-noviembre-diciembre de 1980 (págs. 16-18). [PDF del número completo](https://marxismo.school/assets/archivo/1958-93%20Hemeroteca%20del%20FOR/1978-93%20Alarme/alarme-n10.pdf) · [Texto original en francés](https://marxismo.school/hemeroteca/alarme/originales/1980-10-extraits-apercu-sur-le-socialisme-scientifique-gabriel-deville)

*LE CAPITAL* de KARL MARX resumido y acompañado de una *OJEADA SOBRE EL SOCIALISMO CIENTÍFICO*, por Gabriel Deville (Bibliothèque Socialiste, Flammarion)[^1].

Asegurando a todos los organismos humanos igual parte ante las posibilidades de educación y de ejercicio, lejos de realizar la uniformidad, el socialismo hará germinar y acentuará las desigualdades naturales, musculares o cerebrales. Son diferencias que, aun cuando fuera posible, el socialismo científico se guardaría muy bien de borrar, sabiendo que esta heterogeneidad es una de las condiciones esenciales del perfeccionamiento de la especie.

Mientras no se establezca la igualdad social ante los medios de desarrollo y de acción, deducida de las tendencias íntimas de la producción moderna, proclamar el derecho del hombre a ser libre equivale a conceder liberalmente a un paralítico el permiso para andar. Solo con esa igualdad la libertad, dicho de otro modo, el juego de todos los organismos humanos según su voluntad consciente, se convertirá en una realidad.

El socialismo quiere la libertad entera del hombre, pero aquí no debe haber equívoco. No hay palabra más elástica que la palabra libertad: es un pabellón que cubre toda clase de mercancías.

So pretexto de libertad de cultos, los campeones del más radical de los liberalismos tolerarían en todo estado de cosas las prácticas religiosas, es decir, el peligro probado de la violación intelectual de los niños, que corren el riesgo de verse puestos por su cerebro deformado en la impotencia moral de ejercer a sabiendas su facultad de querer.

Otros defienden una libertad del padre de familia que a menudo no es sino un atentado legitimado contra el niño, al que se impide llegar a ser normalmente lo que su naturaleza comporta.

En nombre de la libertad del trabajo se consagra la libertad del capitalista para explotar a su antojo al trabajador, y para el trabajador la obligación de someterse.

Estas libertades, pródigamente concedidas a unos cuantos, están tan fundadas como lo estaría la libertad del guardagujas para maniobrar las agujas y hacer los cambios de vía según sus caprichos.

La libertad es para cada cual no el derecho, que no significa nada, sino el poder moral y material de satisfacer sus necesidades naturales o adquiridas. Derivada de la igualdad ante los medios de desarrollo y de aplicación de las facultades orgánicas, en otros términos, de la universalización de la instrucción y de la socialización de las fuerzas productivas, implica la acción común, la solidaridad.

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Somos partidarios de recurrir a la fuerza para llegar a la libertad, del mismo modo que en ciertos casos patológicos se recurre a la camisa de fuerza para conseguir la curación. Una vez curado, en estado de salud, se tiene la libertad entera de movimientos; mientras se está enfermo, puede haber prohibición de moverse para la parte del cuerpo cuyos movimientos comprometerían la salud general. Si en el periodo de tratamiento que exigirá la modificación del orden social negar la libertad a aquellos cuya acción podría poner en peligro nuestra reorganización es ser autoritario, somos autoritarios. Queremos proceder autoritariamente contra la casta enemiga, queremos suprimir las libertades capitalistas que traban el florecimiento de las libertades obreras.

Pero que aquí los jesuitas rojos o tricolores no desnaturalicen nuestro pensamiento. La autoridad que afirmamos útil no es en modo alguno la autoridad cesariana de las individualidades, sean cuales sean esas individualidades, sobre la masa: es la autoridad de la masa sobre las individualidades que emplea, es la acción directa de los interesados, la autoridad del proletariado y no sobre el proletariado. Esta autoridad del conjunto de quienes tienen interés en ser libres no podría ser opresiva para ellos, a menos de admitir la opresión de la gente por sí misma. La dictadura de clase deberá reinar hasta el día en que la libertad posible para todos pueda reconocerse a todos sin inconvenientes para nadie.

El recurso a la fuerza, a la revolución, por parte de la clase que, para ser libre, se ve obligada a conquistar los medios de serlo, no será otra cosa que la fuerza vuelta por los explotados contra los explotadores.

La minoría poseedora ha puesto sus monopolios bajo la protección de una fuerza capaz de refrenar las tentativas de revuelta de la mayoría desheredada; en la existencia de clases antagónicas se encuentra la razón de ser de los ejércitos permanentes, que no son sino la permanencia de la fuerza necesaria para la seguridad de la clase privilegiada —Bélgica, por ejemplo, tiene un ejército permanente aunque su neutralidad la establecieron las potencias europeas— y que no desaparecerán sino con su causa.

Si el ejército permanente es, en toda su brutalidad, la organización de la fuerza a la que nunca vacilan en recurrir los apoderados de la casta propietaria en peligro, la legalidad no es más que la fuerza sistemáticamente coordinada en sentencias. Entre el empleo de la fuerza brutal y el empleo de la fuerza metódica no hay más que una simple cuestión de forma; el resultado es el mismo. Que lo muelan a uno a palos salvajemente o conforme a las reglas del boxeo, no por eso queda uno menos molido. La ley no es sino la consagración de la fuerza encargada de mantener intactos los privilegios económicos de la casta poseedora y dirigente; y oponiendo victoriosamente la fuerza a la fuerza, quebrando violentamente, por consiguiente, esa forma de la fuerza que es la legalidad, es como una clase inferior llega a su emancipación.

Si nuestro fin, la socialización de las fuerzas productivas, es una necesidad económica, nuestro medio, la fuerza, es una necesidad histórica.

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Para modificar al hombre y sus instituciones hay que empezar por modificar el medio económico del que son producto. Aunque conforme con las condiciones económicas del momento, una transformación social como la abolición de la esclavitud en los Estados Unidos, y actualmente entre nosotros la abolición del trabajo asalariado, no se opera sin perturbación violenta. El orden de cosas antiguo, matriz del organismo superior llamado a sustituirlo, no sufre sin resistir la eclosión de los elementos nuevos que ha engendrado: todo alumbramiento va acompañado de efusión de sangre.

Y no es hablando en nombre del derecho como podría evitarse el recurso a la fuerza. Pasaron los tiempos en que, soplando sus trompetas, los hebreos hacían caer los muros de Jericó: las parrafadas más altisonantes sobre el derecho y la justicia no desprenderían una piedra de la fortaleza capitalista. Si es verdad, desde el punto de vista subjetivo, que la fuerza no puede constituir un derecho, en la realidad ocurre otra cosa: la fuerza constituye el derecho en el sentido de que todo derecho que no tiene la sanción de la fuerza queda confinado en el dominio especulativo.

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En materia de revolución no predicamos el arte por el arte, como esos fantoches a lo Pyat[^2], revolucionarios de ópera bufa, que tutean al pueblo, hacen hablar a la pólvora en estilo ampuloso y no toman más pólvora que la de la huida, que brindan por las balitas pero tienen cuidado de «marcharse antes de que se disparen los fusiles»[^3]. La revolución no es nuestro fin; no es más que el medio que nos imponen las circunstancias para alcanzarlo.

Lo que perseguimos no es la instauración, por un golpe de fuerza, de una forma social cuyo plan tengamos en la cabeza; es la sustitución del orden capitalista por el orden cuyos elementos, como se ha mostrado anteriormente, se desarrollan cada día más en el seno mismo del orden actual. Esta transformación está subordinada a la toma de posesión previa del poder político. La clase obrera debe apoderarse por la fuerza de ese poder, que en sus manos será el instrumento de la expropiación económica de la burguesía y de la apropiación colectiva de los medios de producción.

Señalamos que G. DEVILLE, en un post scriptum al prefacio de su libro, declara haber cambiado de posición sobre la violencia. Ignoramos las causas y los motivos argumentados de esta decisión, pero remitimos al libro (que no hemos podido encontrar) en que desarrolla esta nueva posición: *Principes socialistes*[^4].

[^1]: Gabriel Deville (1854-1940), militante del Partido Obrero de Guesde, publicó en 1883 un resumen del libro I de *El capital*, acompañado de un *Aperçu sur le socialisme scientifique*. Los extractos que siguen proceden de esa *Ojeada*.
[^2]: Félix Pyat (1810-1889), dramaturgo y político republicano, miembro de la Comuna de París, famoso por su retórica incendiaria y por haberse puesto a salvo a tiempo.
[^3]: *Partir avant que les fusils ne partent*: juego de palabras con *partir*, «marcharse» y «dispararse».
[^4]: *Principes socialistes*, París, 1896.
