---
Title: Consciencia de clase y papel de los revolucionarios
Description: Sobre la distinción entre lucha de clases y consciencia de clase, la formación histórica de la consciencia revolucionaria y el lugar de las minorías revolucionarias en la espontaneidad de clase.
Date: 01/01/1981
Category: Alarme n.º 11
URL: https://marxismo.school/hemeroteca/alarme/1981-01-consciencia-de-clase-y-papel-de-los-revolucionarios
---


*Alarme*, n.º 11, enero-febrero-marzo de 1981 (págs. 5-8). [PDF del número completo](https://marxismo.school/assets/archivo/1958-93%20Hemeroteca%20del%20FOR/1978-93%20Alarme/alarme-n11.pdf) · [Texto original en francés](https://marxismo.school/hemeroteca/alarme/originales/1981-01-conscience-de-classe-et-role-des-revolutionnaires)

Con demasiada frecuencia, cuando nos expresamos, tendemos a confundir dos términos que no son en modo alguno equivalentes, a saber, la lucha de clases y la consciencia de clase. En efecto, la lucha de clases existe en todo momento porque la sociedad está dividida en clases sociales y porque la lucha de intereses, por ínfima que sea su expresión, es inherente a todo sistema de explotación. La consciencia de clase, en cambio, aunque solo puede existir a través de la lucha antagónica de las clases sociales de la sociedad, no aparece automática ni mecánicamente, ni de manera lineal. Eso es lo que vamos a tratar del modo más sencillo posible.

Para abordar el problema de la consciencia de clase partiremos de dos ideas que son fundamentales a nuestro juicio. La primera es que la existencia precede a la consciencia. La segunda, indispensable y complementaria de la primera para no caer en un materialismo vulgar y mecánico, la tomamos de las tesis de Marx sobre Feuerbach (III tesis)[^1]:

> «La doctrina materialista según la cual los hombres son producto de las circunstancias y de la educación, y por tanto los hombres transformados son producto de otras circunstancias y de una educación distinta, olvida que son precisamente los hombres quienes transforman las circunstancias y que el propio educador tiene que ser educado».

Dicho claramente, lo que es indispensable entender de esto es que no existe una consciencia pura, ideal, que flote en el aire y que haya que tratar de alcanzar. La consciencia en general, y la consciencia de clase en particular, no son productos geniales o diabólicos del cerebro, sino la consecuencia directa de la existencia material del hombre en la sociedad. Sin embargo, y esto es extremadamente importante para no caer en un mecanicismo estéril, los propios individuos tienen un papel muy importante que desempeñar en la consciencia de clase y con respecto a ella, una vez que están presentes las bases materiales. Es decir, que el materialismo histórico, por ser dialéctico, no excluye, sino todo lo contrario, una vez presentes los datos objetivos, la aportación importante y decisiva del factor subjetivo.

Lo que acabamos de expresar aquí está confirmado materialmente por la historia. La consciencia de clase se manifiesta, se expresa de maneras diferentes y en grados diversos según las clases sociales y las situaciones específicas. Esa consciencia de clase no cae del cielo, no es fruto de ninguna divinidad, sea cual sea el nombre que adopte (Dios, el Partido, la Organización, la clase obrera, la *intelligentsia*, etc.), sino el producto del antagonismo social entre una o varias clases sociales de la sociedad. Ese antagonismo es a su vez producto de la oposición de intereses, intereses que proceden de las condiciones materiales de existencia. Está claro que el señorío, aunque dependiente de la nobleza, y la propia nobleza tenían intereses distintos y opuestos a los de los siervos; del mismo modo, la burguesía, poseedora de los medios de producción en la sociedad capitalista, tiene intereses que van en contra del proletariado del que saca su beneficio. De ese antagonismo surge la lucha de clases y, a través de ella, una cierta consciencia de clase.

Veamos más de cerca algunos hechos históricos. Como clase, la burguesía tenía intereses que no podían expresarse plenamente dentro del modo de producción feudal. En vísperas de la revolución burguesa, la burguesía ocupaba como clase el primer lugar en la sociedad por su riqueza y su cultura, frente a una aristocracia en plena decadencia cuya dominación ya no correspondía al nivel alcanzado por las fuerzas productivas en pleno auge y constituía otras tantas trabas para el progreso social. UNIDA, la burguesía, apoyándose en las capas más explotadas de la sociedad, barrió el antiguo régimen. Al instaurar una nueva sociedad de explotación, los intereses y la consciencia de clase no podían desaparecer, puesto que las propias clases sociales iban a subsistir. La burguesía, consciente de sus propios intereses, se enfrentaba por una parte a los últimos vestigios de la sociedad feudal, a la clase que defendía esos últimos vestigios, y por otra parte a la clase social, el proletariado, que iba a cobrar cada vez más importancia a medida que se desarrollaban las nuevas relaciones de producción basadas en el trabajo asalariado: el capitalismo. Sin embargo, sería absurdo creer que, una vez en el poder, la burguesía con B mayúscula iba a permanecer unida e indivisible. En efecto, las relaciones de producción que instauró, que no tenían nada que ver con la constitución de una sociedad humana y sí con una sociedad basada en el beneficio, iban a dar origen a luchas intestinas, luchas que, por supuesto, no tenían nada que ver con la lucha de clases. Pero lo interesante es mostrar que la unidad de la burguesía y, por consiguiente, su consciencia de clase reaparecen cuando un sector que no forma parte de su clase lucha por sus propios intereses y pone en peligro su poder. Es lo que ocurrirá de modo cada vez más nítido desde las jornadas de febrero y luego de junio de 1848, pasando por la Comuna de París, hasta principalmente la oleada internacional de 1917-37 (de la revolución rusa a la revolución española). El proletariado se ha mostrado ya históricamente como fuerza independiente y, lo que es más, como fuerza internacional capaz de abatir el abyecto sistema de explotación del hombre por el hombre y deseosa de hacerlo.

Lo que ya podemos decir es que el proletariado, por su sola existencia, es la crítica, la negación de esas formas de existencia y, por consiguiente, la negación de su propia existencia y de la de la sociedad dividida en clases sociales. El proletariado como clase no tiene ninguna otra clase por debajo de él que explotar, y con su revolución no puede instaurar más que la comunidad humana mediante la supresión de las clases sociales. Pero señalemos desde ahora que, pese a la experiencia práctica del proletariado en lucha, solo minorías pueden ser conscientes de esto dentro del capitalismo. Pero volveremos sobre ello más adelante.

La consciencia de clase no aparece, pues, de repente, y menos aún mecánicamente. Entre la consciencia de pertenecer a una clase y la consciencia revolucionaria que expresa clara, teórica y prácticamente la voluntad de una transformación radical de la sociedad no hay, no puede haber, una lenta evolución progresiva. Ese proceso se hace a su vez por saltos cuantitativos y cualitativos, por saltos hacia adelante pero también por enormes saltos hacia atrás (por ejemplo, la dominación casi total del capitalismo sobre el proletariado gracias a la contrarrevolución rusa y al stalinismo). La existencia material de una clase no implica por sí sola una consciencia de clase, y menos aún una consciencia revolucionaria. Un amplio extracto del *Manifiesto del Partido Comunista* de Marx y Engels lo muestra con bastante claridad[^2]:

> «El proletariado pasa por distintas etapas de desarrollo. Su lucha contra la burguesía comienza con su existencia. Al principio luchan los obreros aislados, después los obreros de una fábrica, después los de una rama de la industria en una localidad, contra el burgués concreto que los explota directamente. No dirigen sus ataques solo contra las relaciones burguesas de producción, sino contra los propios instrumentos de producción; destruyen las mercancías extranjeras que les hacen competencia, rompen las máquinas, incendian las fábricas, intentan reconquistar la posición perdida del obrero de la Edad Media.
>
> En esta etapa los obreros forman una masa dispersa por todo el país y dividida por la competencia. La cohesión masiva de los obreros no es todavía el resultado de su propia unión, sino de la unión de la burguesía, que para alcanzar sus propios fines políticos tiene que poner en movimiento a todo el proletariado, y que por el momento aún puede hacerlo. En esta etapa, pues, los proletarios no combaten a sus enemigos, sino a los enemigos de sus enemigos: los restos de la monarquía absoluta, los terratenientes, los burgueses no industriales, los pequeñoburgueses. Todo el movimiento histórico se concentra así en manos de la burguesía; cada victoria alcanzada de este modo es una victoria de la burguesía».

La lucha de clases no expresa, pues, por sí misma una consciencia de clase revolucionaria. La historia muestra únicamente que es en la lucha donde el proletariado puede constituirse en clase independiente, en clase revolucionaria, y que es a través de ella como se desarrolla la consciencia de clase. Por eso hay que distinguir entre el conjunto de la clase y las minorías que se han apropiado de la historia de la lucha de clases y que tienen una consciencia más o menos clara del objetivo histórico que hay que realizar (minorías que pueden proceder de la propia clase en el curso de la lucha o de personas sociológicamente ajenas a la clase obrera, pero que han tomado partido por lo que esta está llamada históricamente a ser). El proletariado, con su práctica, tiende casi siempre a ir más allá de la consciencia que tiene de esa práctica, pero nunca es el conjunto de la clase el que aprehende las lecciones de la lucha de clases pasada o presente y las saca. En ese sentido decía un Lenin que el proletariado, con sus meras luchas defensivas, solo podía acceder a una consciencia tradeunionista, y concluía que no había práctica revolucionaria sin teoría revolucionaria, es decir, sin vanguardia organizada. Pero esta concepción, cuando menos coja, así como el conjunto de la teoría que se le vincula en lo tocante a la organización (el saber revolucionario) y a la clase, descuidan totalmente el aspecto dialéctico de la cuestión, aunque sus defensores lo reivindiquen. En efecto, si es verdad que sin teoría revolucionaria no hay práctica revolucionaria, no es menos verdad que no hay teoría revolucionaria sin práctica revolucionaria. La teoría no cae del cielo, no es el producto exclusivo de un genial cerebro emancipador. ¿No rectificó Marx su posición sobre el Estado tras la experiencia práctica de la Comuna de París? Y los bolcheviques, ¿no cambiaron su posición sobre los consejos obreros tras la experiencia práctica de 1905 en Rusia?

Criticar, rechazar, combatir esta concepción de la organización y, por consiguiente, la teoría según la cual la consciencia revolucionaria solo puede venir de fuera de la clase, no significa que caigamos en la absurda creencia mítica en un proletariado que se vuelve espontáneamente revolucionario, a menos que se incluya en esa espontaneidad la práctica de los elementos más decididos que obran en la lucha proletaria por la desaparición de las clases sociales. Pero en esa hipótesis Lenin, Bordiga o cualquier otro «bestial dirigente burocrático» forman parte de esa espontaneidad, porque, a menos de creer en los milagros y en la primera comunión, ningún movimiento social aparece sin la determinación más o menos consciente de una de sus partes, por ínfima y por antidirigista que sea. Por consiguiente, los revolucionarios organizados no se encuentran ni más allá ni más acá del proletariado: forman parte de él tanto como cualquier comité de fábrica, cuando hay comité revolucionario. Su intervención en la lucha de clases tiene que ser, pues, total en todos los planos (organizativo, político y social), y tanto mejor si el movimiento social supera en la lucha sus propias concepciones. Por desgracia, no hemos llegado a eso. Por eso los argumentos del tipo: no vale la pena avanzar reivindicaciones con vistas a atacar al capitalismo, eso le toca a la clase, ya lo ha hecho; no vale la pena contribuir a la organización del proletariado, eso le toca al proletariado, ya ha dado prueba de ello; por eso, decimos, son de una inconsecuencia total. Porque, en nombre de un democratismo a toda prueba, esa argumentación resulta igual de antidialéctica y, en todo caso, mucho más inoperante (para bien o para mal, poco importa aquí) que la posición del Partido o de la Organización infalible que se arroga la posesión exclusiva de la consciencia de clase, que va a ofrecer graciosamente al pobre proletariadito inculto.

No es la aceptación de los términos Partido u Organización lo que cambiará nada si en la práctica, pese a la propaganda de principio, uno se remite a lo que falsamente se llama espontaneidad. Si se afirma que los revolucionarios son una parte más consciente y decidida del conjunto del proletariado, hay que afirmar también que forman parte de la espontaneidad de clase. Si no, se quiera o no, uno se sitúa como elemento ajeno al movimiento histórico de clase.

[^1]: Citamos la tercera tesis según la traducción de la Escuela de la versión de Engels (1888): [*Tesis sobre Feuerbach*](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1845%20Tesis%20sobre%20Feuerbach).
[^2]: Citamos según la traducción de la Escuela: [*Manifiesto del Partido Comunista*](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1848%20Manifiesto%20del%20Partido%20Comunista). La versión francesa que da el artículo omite, por error, «sino a los enemigos de sus enemigos».

---

*Nota.* Existe una traducción española de este artículo, «La consciencia de clase y el papel de los revolucionarios», en la recopilación [*Textos del FOR sobre organización política y consciencia de clase*](https://marxismo.school/archivo/1973-85%20Textos%20del%20FOR%20sobre%20organizacion%20politica%20y%20consciencia%20de%20clase), traducida del francés (la recopilación da como fuente *Alarme*, n.º 11, 1981); no hemos hallado versión española en *Alarma*. La hemos tomado como base y la hemos corregido contra el francés allí donde traducía mal u omitía algo («por su riqueza y su cultura», «un sector», «mucho más inoperante», «sobre los consejos obreros», la frase final del primer párrafo, entre otros).
