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Title: Nuestra táctica: la intransigencia
Description: A partir de las fábricas donde los sindicatos están poco implantados (Peugeot-Sochaux, Talbot), el artículo sostiene que la táctica revolucionaria no puede atenuar el ataque contra los sindicatos y expone reivindicaciones dirigidas contra la acumulación del capital.
Date: 01/01/1982
Category: Alarme n.º 15
URL: https://marxismo.school/hemeroteca/alarme/1982-01-nuestra-tactica-la-intransigencia
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*Alarme*, n.º 15, enero-febrero-marzo de 1982 (págs. 8-10). [PDF del número completo](https://marxismo.school/assets/archivo/1958-93%20Hemeroteca%20del%20FOR/1978-93%20Alarme/alarme-n15.pdf) · [Texto original en francés](https://marxismo.school/hemeroteca/alarme/originales/1982-01-notre-tactique-l-intransigeance)

Actualmente, en cierto número de centros de producción importantes, los sindicatos C.G.T. y C.F.D.T. solo están débilmente presentes, lo cual se debe directamente a la voluntad de las direcciones patronales locales. El nuevo gobierno, a la inversa, quiere aumentar la implantación sindical.

Cabría entonces plantearse algunas preguntas: la libertad sindical, es decir, la posibilidad, la libertad de todo sindicato de tener casa abierta en el seno de una empresa dada, ¿representa un progreso para nosotros? ¿Representa un primer esbozo de ataque contra la explotación? Un patrono que no acepta la libertad sindical en su empresa, ¿sería más explotador que un patrono que acepta esa libertad?

Para dar una respuesta clara a este problema hay que saber lo que es un sindicato. Brevemente: en una época en que están presentes las condiciones objetivas de la destrucción del capitalismo (es decir, un proletariado que ha mostrado internacionalmente que es capaz de destruir el capitalismo, y unas fuerzas productivas más que suficientemente desarrolladas), ya no se trata de desarrollar el capitalismo en ninguna parte, sino de abatirlo en todas. Hoy, toda asociación política o económica que no aspire a la destrucción revolucionaria del capitalismo es, por tanto, reaccionaria, contrarrevolucionaria. Los sindicatos, que nunca fueron revolucionarios, se han convertido en organismos contrarrevolucionarios desde que el crecimiento económico del capitalismo proporcionó las armas para la destrucción de esta sociedad, desde que están presentes las condiciones objetivas de la realización del comunismo. Lejos de atacar al capitalismo, a su centro nervioso, la acumulación del capital, la extracción de plusvalía, el sindicato tiende a favorecerlos. Nuestra lucha no puede ser, pues, una lucha que aspire a aumentar la libertad sindical allí donde todavía no existe por completo.

Nuestro campo no es, pues, ni el de la C.G.T. y la C.F.D.T. ni el de las direcciones patronales locales (Peugeot, Talbot...).

Claramente definida nuestra estrategia, ¿podría nuestra táctica, en nombre de la realidad local (Peugeot-Sochaux, Talbot, por ejemplo), concentrarse en un ataque contra el patrono, reduciendo un tanto nuestro ataque contra el sindicato? En nombre de las milicias patronales, en nombre de la débil implantación sindical (en Peugeot-Sochaux, por ejemplo, en relación con la implantación sindical en ciertas empresas nacionalizadas: Renault...), en nombre de que un ataque radical contra los sindicatos sería tomado como una provocación por la aplastante mayoría de los obreros; sí, en nombre de todas esas realidades, ¿habría que deducir semejante táctica?

Vamos a responder a ello. Ante todo, la táctica en fábricas particulares, como la táctica en cualquier otra parte, está en función de la estrategia. Dicho de otro modo, nuestra táctica debe adaptarse a nuestra estrategia y no perjudicarla. Para Peugeot-Sochaux y demás en particular, se deduce, pues, que la realidad de esas fábricas (descrita a grandes rasgos más arriba) no puede interpretarse correctamente sin haber comprendido previamente la realidad global, el papel del sindicato hoy en el sistema que queremos destruir: el capitalismo. El sindicato es uno de los pilares fundamentales de este sistema en el siglo XX (y por eso un ataque radical contra los sindicatos encierra un ataque radical contra el patrono). Al poner como objetivo último de nuestras luchas la negociación, las convierte en no luchas, puesto que les hace perder el sentido que tienen: el de la revolución social, que es enfrentamiento de clase y no negociación de clases. Comprender el papel del sindicato y de sus milicias lleva, si no se ha hecho ya, a comprender el papel de las milicias patronales. Pero de la comprensión del papel de las milicias patronales, que es lo que hoy tiene la mayoría de los trabajadores, no se desprende una comprensión del papel de los sindicatos.

Por supuesto que hay lucha entre patronos y sindicatos, pero esa lucha, lejos de ser una lucha de clases, es una lucha de clanes. Clanes explotadores, que proponen cada uno métodos para explotarnos. Esos métodos, a menudo opuestos (lo cual se debe a intereses distintos), dan a sus luchas cierta intensidad (la mayoría de los sindicatos en Francia proponen, por ejemplo, nacionalizaciones, soluciones que expropiarían al patrono privado en provecho del Estado, soluciones, pues, [ilegible] por la mayoría de los patronos privados). Pero, sea más o menos fuerte la lucha que se libran, sea el sindicato, puntualmente, en una empresa, inexistente o aplastado por completo por la fuerza del patrono, no deja por ello de ser un órgano extraño y opuesto a nuestros intereses, un órgano capitalista que debe ser denunciado (y combatido) como tal. Nuestra lucha de clase no puede sacar partido de una lucha entre patrono y sindicato; no podrá salir bien parada de ese juego. Le es ajena y superior, pues permitirá con su victoria la realización de una sociedad superior a la actual. Superior en su objetivo, le es superior también en sus medios: lejos de acomodarse, por poco que sea, a la mezquina lucha de clanes entre patronos y sindicatos, deberá criticarla, denunciarla por lo que es. Nuestra lucha no podrá desarrollarse sino sobre la base de un ataque radical contra esta sociedad, contra sus bases, contra sus defensores (sindicatos...). Las falsas alternativas (falsas para el proletariado) —sindicato o patrono, capitalismo de Estado o capitalismo privado— deben ser barridas en provecho de la alternativa verdadera: sindicato, patrono, capitalismo, o bien comunismo. Explotación, producción en función de las ganancias de una clase de explotadores, o fin de la explotación, de la subordinación, producción en función de las necesidades, primero del proletariado y después, a medida que desaparezcan las clases, de las necesidades de la comunidad humana.

Nuestra lucha no debe, en nombre de realidades locales, poner sordina a nuestro ataque contra los sindicatos. No debe, en nombre del trabajo regular que hacemos, ir por etapas, es decir, radicalizar su ataque antisindical solo a medida que empecemos a ser conocidos, que empecemos a tener impacto. No se trata de llevar primero una lucha principalmente antipatronal y después, tras haber tenido algún impacto, tras haber sido conocidos, pasar a la etapa principalmente antisindical. En efecto, el impacto que tuviéramos con un ataque principalmente antipatronal se reduciría considerablemente al pasar a la etapa siguiente, pues el terreno de la lucha sobre todo contra el patrono está atestado de gente, pero el número de trabajadores dispuestos a luchar radicalmente contra el sindicato, y por tanto contra el capitalismo, es muy reducido. Y eso no lo cambiaremos gracias a tales o cuales tácticas: solo en el curso de un movimiento social cambiará esa realidad. Además, no buscamos el impacto por el impacto; el impacto no es un criterio en sí. Nuestro ataque debe ser claro, no tenemos nada que esconder; el impacto que queremos debe obtenerse, no porque mitiguemos algunas de nuestras posiciones antisindicales, sino, al contrario, entre otras cosas, por la radicalidad de nuestro ataque antisindical. Las realidades locales no deben cegarnos, perjudicar la visión de la realidad global. De lo contrario, por ejemplo, en ciertos países de África, en nombre exclusivo de la realidad local, el capitalismo tendría todavía una tarea progresiva que cumplir: hacer crecer las fuerzas productivas. Los indígenas de América no esperaron a saber servirse de la ballesta y de la pólvora antes de pasar directamente a la lucha con fusiles, armas de los europeos, contra los europeos. No; lo que debe contar para nosotros son las posibilidades históricas que el capitalismo ha creado allí donde es más poderoso, y las principales fuerzas sociales que le ayudan a subsistir bajo su forma decadente. La existencia precede a la consciencia, es verdad, pero, habiendo unificado este mundo las relaciones capitalistas, la consciencia, en cuanto aparece en algún lugar (consciencia, por ejemplo, del papel del sindicato allí donde está presente en este siglo XX), puede reflejarse en cualquier otra parte del mundo, y en particular allí donde no están directamente presentes los factores objetivos que le dieron nacimiento.

Dicho de otro modo, ya sea en tal o cual país de África, de Asia o de América del Sur, donde los sindicatos están ausentes o son clandestinos, ya sea en las fábricas Peugeot, donde los sindicatos, aun estando presentes, son «ligeros» frente a la dirección patronal local, o ya sea, por último, en los países del Este, donde el sindicato integrado en el Estado es omnipresente en los lugares de producción, el proletariado tiene las mismas tareas frente al sindicato: crear sus propios órganos de lucha, que no tienen, por tanto, ninguna función sindical, y luchar, por tanto, contra el sindicato en todas partes donde esté presente.

Los propietarios de los medios de producción y sus lacayos encontrarán siempre provocadoras nuestras intervenciones. ¡Y con razón! Como revolucionarios, luchamos para ayudar a provocar un movimiento que, destruyendo la propiedad privada (individual, colectiva o de Estado) de los medios de producción, destruya por eso mismo a los capitalistas y a sus servidores.

En período de paz social, las ideas dominantes son las de la clase dominante; nada más normal que nuestras intervenciones resulten provocadoras para la gran mayoría de los obreros. Si no fuera así, sería que, o bien ya no estaríamos en período de paz social, o bien ya no seríamos revolucionarios, y en tal caso el impacto que tuviéramos perjudicaría a la revolución social.

Las pocas luchas que tienen lugar actualmente en algunas fábricas de Francia, y que se centran en la cuestión de los horarios de trabajo, de los ritmos y de los salarios, están perdidas de antemano si se quedan bajo el corsé sindical. Atención: en la lucha entablada entre la CGT, la CFDT y ciertas direcciones patronales no tenemos nada que ganar. Su eventual acuerdo se hará a nuestra costa. Una vez que se han puesto de acuerdo sobre el precio de nuestra fuerza de trabajo y sobre las modalidades de nuestra explotación, hay que trabajar en serio, hay que producir, producir para otros.

Nuestro objetivo es fundamentalmente diferente y opuesto al de los sindicatos. Nosotros queremos acabar con la explotación, mientras que ellos, esos interlocutores privilegiados de los patronos o del Estado (cuando no están ya a la cabeza del Estado propietario de los medios de producción), buscan mantener la paz social y, con ella, nuestra explotación. Nuestras reivindicaciones son, pues, fundamentalmente diferentes de las de los sindicatos. Nosotros apuntamos a atacar la acumulación del capital. Las suyas son propicias y están interesadas en esa acumulación. Nuestras reivindicaciones, con su realización, permitirán hacer cada vez más palpables las posibilidades históricas y, por eso mismo, permitirán que la consciencia se desarrolle y que el movimiento social acreciente su dinámica. Así, nuestras reivindicaciones no son fines en sí; deben considerarse a través de la dinámica que permiten engendrar. Reivindicamos para no tener que hacerlo más. Para ello hay que apuntar al centro nervioso del capitalismo, el trabajo asalariado, que permite al capital realizar la plusvalía.

Reducción de las horas de trabajo, sí... Pero no debe depender de los intereses de la empresa ni de la nación. Son nuestros intereses los que están en juego, y no los de la economía nacional, opuestos a los nuestros. Así, semejante reducción no podrá limitarse a unas pocas horas por semana; será mucho más importante.

Reducción radical de los ritmos y aumento de los salarios, y poco importa que la empresa sea menos competitiva en el mercado.

Trabajo para todos, parados y jóvenes, y reducción de las horas laborables en proporción al número de obreros y al perfeccionamiento del utillaje.

Nuestros intereses impuestos por fin a costa de los de la nación, unidad de explotación: he ahí el sentido de nuestra lucha, que aparece claramente.

A estas reivindicaciones deben añadirse las que se refieren a que los delegados sindicales no son los delegados del proletariado. Rechazo de todo reglamento interior de empresa dictado por el patrono «burgués» o por el Estado, o por estos y los sindicatos conjuntamente.

Con nuestra lucha debemos tender a recuperar todos los productos que fabricamos, esos mismos que se nos escapan una vez terminada su producción. Nuestra miseria nunca ha sido tan grande en relación con todas las riquezas que producimos. Este sistema sin razón de ser se apropia cotidianamente de los productos que fabricamos para perpetuar su abyecto sistema mercantil. La clase capitalista disfruta de esas riquezas y utiliza algunas de ellas contra nosotros cuando hace falta. Desde los furgones Peugeot que equipan a la policía hasta los neumáticos Michelin que equipan esos mismos furgones, pasando por la empresa nacionalizada Renault, que equipa a la policía y al ejército con coches, camiones..., todas esas producciones se vuelven contra nosotros. Sin contar los fusiles y pistolas ametralladoras, técnicamente perfeccionados, cuyas balas son las únicas que eventualmente nos están destinadas.

Así será mientras aceptemos doblar el espinazo, mientras no luchemos contra los sindicatos, los patronos, los Estados y sus soluciones capitalistas, mientras no luchemos por imponer, con el poder en nuestras manos, nuestras soluciones, las soluciones comunistas al problema capitalista y, lo que es más, al problema de la humanidad misma.
