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Title: A propósito de la dictadura del proletariado
Description: Respuesta al poeta cubano liberado que llamaba a la dictadura del proletariado «la más dura de las dictaduras»: los regímenes del Este son dictaduras del capital, y la verdadera dictadura del proletariado será la más amplia libertad para la clase y la destrucción de su enemigo.
Date: 01/10/1982
Category: Alarme n.º 18
URL: https://marxismo.school/hemeroteca/alarme/1982-10-a-proposito-de-la-dictadura-del-proletariado
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*Alarme*, n.º 18, octubre-noviembre-diciembre de 1982 (págs. 6-10). [PDF del número completo](https://marxismo.school/assets/archivo/1958-93%20Hemeroteca%20del%20FOR/1978-93%20Alarme/alarme-n18.pdf) · [Texto original en francés](https://marxismo.school/hemeroteca/alarme/originales/1982-10-a-propos-de-la-dictature-du-proletariat)

«La dictadura del proletariado es la más dura de las dictaduras», declaró el «poeta cubano» recientemente liberado tras 22 años de reclusión en las cárceles cubanas.[^1] Esa declaración, ampliamente difundida por los medios de comunicación del mundo occidental —cuando ya nadie puede ignorar ni callar lo que sucede en Polonia principalmente y en los países llamados socialistas en general—, nos sugiere algunos comentarios para poner las cosas en su sitio.

Tal como está enunciada y tal como la difunde Occidente, la frase es más que tendenciosa: es canallesca. Sirve para justificar y glorificar los países donde el simple delito de opinión (cuando no perturba el orden público) no se reprime tan duramente como en los países reconocidos como dictatoriales. La hipocresía no es por ello menos manifiesta para quienes se atreven y se toman la molestia de reflexionar fuera de los caminos trillados por todos los defensores de este mundo enteramente corrompido por el capitalismo, del Este al Oeste y del Norte al Sur.

Refiriéndose a Cuba y a otros países por el estilo, emplear la palabra dictadura delante de la palabra proletariado no es más que pura falsificación. Porque, si existe ciertamente una dictadura, no tiene nada de proletaria, todo lo contrario. Esa dictadura, mal que les pese a los intelectuales censurados en el Este, se ejerce principalmente sobre el proletariado, clase que, por su posición social, les ha permitido ser lo que son: intelectuales tan corrompidos como los que defienden los regímenes llamados socialistas y se acomodan en ellos cuando se encuentran allí.

En efecto, esos intelectuales «disidentes» —pese a su estrechez mental— están bien situados para saber que su posición social es privilegiada respecto de la masa proletaria en general. No insisten en ello todos esos señores que sueñan con la democracia occidental, donde podrían dar libre curso a su pensamiento. Democracia donde, cuando se es proletario, hay que callarse y aceptar ser explotado. Todo descontento que se exprese fuera de los organismos (sindicatos principalmente) democráticamente reconocidos por la patronal y el Estado como interlocutores sociales es reprimido de inmediato por la fuerza de los bonzos sindicales o de los polizontes del Estado. En cambio, esos intelectuales disidentes que llaman socialismo al capitalismo existente en los países del Este no arriesgan nada cuando tienen la suerte de escapar a la infame dictadura estatal de su país de origen. Por su parte, la glorificación más o menos exaltada del Oeste es de rigor.

Pero hoy, para todo revolucionario, ningún país escapa a la regla general, la de la dictadura del capital sobre el trabajo, del capitalismo sobre el proletariado, sencillamente porque el capitalismo existe en todo el planeta y en todas partes el proletariado es explotado. De nada sirve condenar el Este si se justifica el Oeste, y recíprocamente. Ahí reside el problema desde el punto de vista clasista. Y es partiendo de ahí como se puede hablar de la dictadura proletaria, dictadura que no existe hoy en ninguna parte.

Si es cierto, señor poeta católico cubano y consortes, que los regímenes calcados del de Moscú (de Berlín Este a Pekín) son de los más duros, lo son principalmente con el proletariado, y sólo desde ese punto de vista lo consideramos. Sin embargo, si ese «poeta» hubiese enunciado su frase sin referirse a dichos países «socialistas», habría tenido toda la razón, aunque aún habría hecho falta especificar con quién sería esa dictadura de las más duras. En efecto, la dictadura del proletariado será de las más duras con quienes defienden de un modo u otro la explotación del hombre por el hombre y, por tanto, con gentes como ese poeta, que sacan su posición social directa o indirectamente de la plusvalía extorsionada a la fuerza de trabajo de una clase explotada. Clase a la que se mantiene en la ignorancia por la fuerza de las «cosas» o de las bayonetas. Y por la fuerza de las bayonetas tendrá precisamente que imponerse el proletariado para desterrar para siempre la existencia de las clases sociales y, por tanto, la suya en particular.

¿Qué es, pues, en realidad esa dictadura del proletariado que tanto teme el mundo capitalista y que tan a menudo se asimila a la dictadura policíaca de los países del Este? Para responder, vamos a redefinir algunas nociones demasiado deformadas.

Redefinirlas es, entre otras cosas y principalmente, denunciar a quienes se reclaman del movimiento obrero, y de Marx en particular, y defienden de hecho el reino de lo que precisamente el movimiento obrero ha combatido siempre. Pero es también denunciar a quienes amalgaman lo que su boca infamante llama «marxismo» con las dictaduras policíacas ya mencionadas para probar que el «marxismo» desemboca en el totalitarismo policíaco. Empecemos, pues, por el abecé, aunque pueda parecer simplista y penoso a quienes, en el fondo, tienen miedo a una verdadera conmoción social. Conmoción social que barrerá también todas las elucubraciones de sus miserables cerebros, cuya razón de ser es justificar, aunque pretendan criticarlo, el bonito mundo del que son el producto llamado intelectual, a la altura del grado de putrefacción y de decadencia de todo este mundo que, desde su origen, se basa en el aplastamiento y la explotación del hombre. No se trata aquí de determinar sus razones.

Aunque esa explotación haya revestido formas diversas en el curso de la historia de la humanidad, se basa ante todo, independientemente de las relaciones de producción existentes, en el disfrute que se obtiene de la actividad productiva ajena. Lo específico de la explotación capitalista descansa fundamentalmente en el trabajo llamado libre, es decir, en la libertad/necesidad de vender la propia fuerza de trabajo a los propietarios de los medios de producción y, por tanto, de subsistencia. La única propiedad del esclavo moderno es su fuerza de trabajo, fuerza de la que el capital extrae la plusvalía en trabajo no pagado para subsistir y acrecentarse. El capitalismo, independientemente de la forma política de dominación a la que recurra, es de hecho dictatorial. La más pura e ideal democracia, «Libertad, Igualdad, Fraternidad», no corresponde sino a «Infantería, Caballería, Artillería»: basta que el proletariado mueva el dedo meñique fuera de la vía que democráticamente se le impone para que eso aparezca con claridad.

La alternativa dictadura/democracia, conservando las mismas bases económicas, no es más que un falso problema que conviene —porque queda circunscrito al marco del propio capitalismo— a todos los que temen su destrucción radical por la única fuerza capaz de llevarla a cabo: el proletariado, mal que les pese a los «nuevos sociólogos», que prefieren quitárselo de en medio haciendo creer en su inexistencia. A ese proletariado se le teme de Barcelona a Moscú y de La Habana a París porque es históricamente revolucionario, y lo es precisamente porque en todas partes es clase explotada y, por eso mismo, capaz de trastocarlo todo. Ahora bien, para imponerse se verá obligado, como ya lo estuvo, a emplear métodos autoritarios frente a un sistema que en el mundo entero no se privará de responderle con los medios de que dispone: LA FUERZA DE LAS ARMAS. El buen sentido, en semejante situación, descarta las jeremiadas democrático-castradoras del tipo «libertad de prensa», de palabra, de asociación, etc., para todos los individuos. Allí donde la revolución salga victoriosa, ninguna de esas libertades puede otorgarse al enemigo de clase; si no, más vale reconocer que las aspiraciones humanas visceralmente alzadas contra la división amo/esclavo sólo pertenecen al terreno imaginario del cuento infantil.

No es, no puede ser, en el seno de los parlamentos occidentales, de los que está democráticamente excluido y donde por lo demás nada tiene que hacer, ni en el seno de los organismos que se le imponen dictatorialmente, donde el proletariado está en condiciones de expresarse, sino en los organismos que él mismo haya forjado en su lucha abierta y consciente contra el orden mundial existente, organismos a través de los cuales IMPONDRÁ su voluntad y ejercerá su dictadura de clase, que no puede implicar sino el aniquilamiento *en todos los planos*, político, económico, cultural, etc., de su enemigo irreductible.

Dictadura, es importante subrayarlo, que se distingue en que debe asestar desde los primeros días un golpe decisivo al fundamento más acabado de la explotación del hombre, el trabajo asalariado, y ello allí donde aparezca. Ese combate duro y encarnizado no cesará hasta que el enemigo del comunismo —sociedad sin clases y, por tanto, sin dictadura— sea diezmado internacionalmente; de lo contrario, todo habría que volver a empezarlo. En efecto, ninguna dictadura proletaria es viable a la larga en un marco nacional, pues el comunismo no puede ser sino anacional y, por tanto, mundial. El advenimiento de semejante sociedad sólo puede hacerse realidad si la clase en su conjunto y sus elementos más conscientes y decididos libran el combate intransigente que deben librar, sabiendo hacer tabla rasa llegado el momento. Esa dictadura se distinguirá también por la más amplia de las libertades en su seno. Libertad que nunca ha podido otorgar la más «honrada» de las democracias, principalmente porque ésta se basa en la dominación de una clase explotadora. Por otra parte, afirmar que el proletariado debe ser sujeto de la historia implica que debe tener todas las bazas en la mano para realizar lo que ninguna otra clase podía hacer: destruir para siempre la sociedad dividida en clases.

> «¿Qué pueden tener en común la docilidad bien reglamentada de una clase oprimida y el levantamiento organizado de una clase que lucha por su emancipación íntegra?
>
> No es partiendo de la disciplina impuesta por el Estado capitalista al proletariado (tras haber sustituido simplemente la autoridad de la burguesía por la de un comité central socialista), sino sólo extirpando hasta la última raíz esos hábitos de obediencia y de servilismo, como la clase obrera podrá adquirir el sentido de una disciplina nueva, de la autodisciplina libremente consentida…
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> El hábil acróbata no se da cuenta siquiera de que el único “sujeto” al que incumbe hoy el papel de dirigente es el “yo” colectivo de la clase obrera, que reclama resueltamente el derecho a cometer ella misma errores y a aprender ella misma la dialéctica de la historia. Y, por último, digámoslo sin rodeos: los errores cometidos por un movimiento obrero verdaderamente revolucionario son históricamente infinitamente más fecundos y más preciosos que la infalibilidad del mejor “comité central”».
>
> Rosa Luxemburg[^2]

La revolución debe permitir, en el seno del campo proletario revolucionario, la libertad más completa en todos los planos. La relación de fuerzas favorable al campo comunista y la confianza de la clase en su conjunto en sus elementos más conscientes no se obtendrán nunca por decreto ni por imposición, sino por la práctica en el seno del movimiento social de subversión, sin compromisos, mediante el aniquilamiento completo del enemigo.

Por la democracia proletaria

Por la dictadura del proletariado

¡Muerte a la sociedad de clases!

[^1]: El poeta Armando Valladares, encarcelado en Cuba desde 1960 y liberado en octubre de 1982.
[^2]: Pasajes de *Problemas de organización de la socialdemocracia rusa* (1904), su crítica de *Un paso adelante, dos pasos atrás*; el «hábil acróbata» es Lenin. Los traducimos de la versión francesa que cita *Alarme*.
