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Title: Libres… ¡de dejarnos explotar!
Description: Tras las municipales de 1983: todas las fuerzas electorales, de la extrema derecha a la extrema izquierda, se disputan la mejor manera de gestionar nuestra explotación, y la democracia se revela porra en cuanto la lucha de clases se desborda.
Date: 01/01/1983
Category: Alarme n.º 19
URL: https://marxismo.school/hemeroteca/alarme/1983-01-libres-de-dejarnos-explotar
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*Alarme*, n.º 19, enero-febrero-marzo de 1983 (págs. 4-5). [PDF del número completo](https://marxismo.school/assets/archivo/1958-93%20Hemeroteca%20del%20FOR/1978-93%20Alarme/alarme-n19.pdf) · [Texto original en francés](https://marxismo.school/hemeroteca/alarme/originales/1983-01-libres-de-nous-faire-exploiter)

Tras la victoria de la izquierda en las presidenciales del 10 de mayo de 1981 y tras la victoria de esa misma fuerza en las legislativas un mes más tarde, el pueblo de Francia y de Navarra ha tenido derecho a nuevas elecciones para elegir a sus representantes en el ámbito municipal. Esta vez, lo que se llama alternancia, democracia o, más inteligentemente, farsa electoral ha dado un bofetón a las llamadas fuerzas de izquierda. Como ya habíamos dicho en otros artículos, lo importante en todo esto se resume en una metáfora deportiva: «Derecha, izquierda, izquierda, derecha: ¡el proletariado encaja!». Demos como prueba los *leitmotiv* de esa banda de politicastros, de los que toda persona sensata tiene derecho a preguntarse qué puede diferenciarlos en el fondo.

Todas las tendencias que ofrecen sus buenos y leales servicios a la nación a través de su candidatura a las elecciones nos asestan las mismas cantinelas: Francia, nación, economía nacional, justicia social, solidaridad nacional, unidad nacional, crisis económica, civismo, responsabilidad, lucha contra el paro, lucha contra la inflación, seguridad, democracia, y hasta la palabra etcétera, que ellas mismas nos dan de propina para cortar la larga lista del pobre vocabulario inmundamente reaccionario de los gestores del capital, ya se confiesen con la cabeza alta capitalistas o bien, hipócritamente, comunistas o socialistas.

En realidad, y de hecho, sobre la gestión del capital polemizan entre sí todos esos buenos demócratas, unas veces con arrebato (les va en ello su interés y su política), otras con calma (hay que mostrarse respetuoso con las opiniones ajenas). Lo que en la gente sensata provoca, según los casos, los estados de ánimo y el momento, un bostezo majestuoso o ganas de romperlo todo.

El espectáculo macabro que se nos ofrece por medio de la televisión, las radios y los periódicos se empeña a lo largo del día en mostrarnos las distintas maneras de gestionar nuestra explotación. A nosotros nos toca elegir, depositando un papel en una caja. ¡Eso es la democracia! Cada uno es libre… libre de dejarse explotar. ¡A quienes no acepten el santo balido del veredicto democrático, el Estado, fuerte porque ha sido elegido democráticamente, les hará conocer más de cerca de qué palo van sus centuriones mercenarios, comúnmente llamados sucios polizontes! Es cómico observar —y nosotros lo somos tanto más cuanto que lo señalamos— que siempre son los mismos, voten o no voten, por cierto, pese a la alternancia derecha-izquierda, quienes tienen que vérselas con las porras democráticas de la bofia de los elegidos del pueblo. El porqué es sencillo. Mientras exista el capitalismo, habrá oposición entre trabajo y capital. Cuando esa oposición o lucha de clases, pese al cloroformo sindical, se manifiesta con mayor o menor intensidad, sea cual fuere la tendencia política que se encargue de la gestión y la orquestación de la explotación del hombre; cuando esa oposición, inevitable porque es inherente al sistema, trascendida por la fuerza del movimiento mismo, se opone a todo lo que impide su desarrollo, entonces el lenguaje democrático ya no basta, entonces los bonzos sindicales ya no bastan, entonces es necesaria la represión más bestial, y quienes se han atrevido a enfrentarse a la legalidad de la explotación, que sólo reconoce como válidas las manifestaciones-procesiones y las no-huelgas sindicales, tienen el honor de vérselas con la «infantería, caballería, artillería», sinónimo de «libertad, igualdad, fraternidad». Esa misma democracia es la que todas las fuerzas que aceptan el juego electoral, de la extrema derecha a la extrema izquierda, honran, exaltan, defienden humildemente; los más radicales, por su parte, se esconden hipócritamente, al amparo de una tradición revolucionaria arrojada en realidad al olvido, tras el biombo «del mal menor». Que esos señores de la extrema izquierda relean los textos revolucionarios del siglo XIX, ferozmente contrarios a la democracia burguesa y a la proclamación de los derechos del hombre. Al releerlos, no podrán decir que son obra de sectas ultraizquierdistas: los escribieron los mismos de quienes ellos se reclaman. Además, eso era en el siglo XIX; estamos a finales del siglo XX, lapso de tiempo que abarca numerosas prácticas proletarias y, por tanto, otras tantas posibilidades de afinar la teoría anticapitalista.

Si hoy, en 1983, cuando el capitalismo domina en el mundo entero, hubiera que considerar el derecho electoral como progresivo en ciertos sectores «atrasados» y la democracia burguesa como un mal menor en la totalidad del globo, más valdría hacer comprender desde ya a las tribus amazónicas que es hora, ¡¡¡para acelerar!!! el proceso hacia el comunismo, de que pasen por las etapas necesarias del feudalismo o del esclavismo. Puede parecer excesivo, pero tal es la comprensión eminentemente dialéctica de los subproductos de la contrarrevolución rusa.

En el terreno económico (sólo separamos lo político de lo económico para mayor claridad de nuestras ideas), esas mismas fuerzas muestran claramente, pese a su fraseología a menudo mentirosa, sus aspiraciones procapitalistas. En efecto, como siempre en esas polémicas entre «especialistas», el buen hombre asiste a una partida de ping-pong interminable en la que cada uno devuelve la misma pelota, cargada de cifras y estadísticas a menudo distintas.

¿35 horas, posibles o imposibles?

¿El salario mínimo a 5.000 francos, posible o imposible?

¿Seis semanas de vacaciones pagadas, posibles o imposibles?

Para probar todo eso, esos señores nos atiborran de demostraciones en las que se entremezclan comercio exterior, balanza de pagos, déficit presupuestario, déficit exterior y todo el *tutti quanti* de la buena o mala gestión de la economía nacional.

En realidad, la verdadera problemática es ésta: ¿cómo explotar de la manera más ventajosa a quienes crean directa o indirectamente la riqueza social? ¿Cómo acumular el máximo de capital mediante la extorsión más fructífera de plusvalía? Y ello en una situación de «crisis económica mundial», como dicen hipócritamente para hacernos comprender bien que hay que apretarse el cinturón y no pedir demasiado.

Ése es el cuadro que debemos rechazar, entendamos o no lo que en él está escrito, porque está lleno de nuestro sudor, de nuestra angustia o de nuestra sangre. Si queremos acabar con su alternativa, que conduce al mismo resultado, no debemos tener en cuenta más que nuestros intereses, por encima y en contra de las divisiones que se nos imponen —nación, raza, sexo, nacionalidad…—, a fin de reanudar la unión creciente y consciente del proletariado contra el capitalismo mundial, que traba el libre desarrollo de la humanidad.
