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Title: Gangrena social
Description: Contra la idea de un capitalismo progresivo que integraría al proletariado y contra la identificación de la decadencia con la crisis económica: desde el punto de vista revolucionario, una sociedad es decadente cuando sobrevive a las condiciones de su superación.
Date: 01/04/1983
Category: Alarme n.º 20
URL: https://marxismo.school/hemeroteca/alarme/1983-04-gangrena-social
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*Alarme*, n.º 20, abril-junio de 1983 (págs. 11-14). [PDF del número completo](https://marxismo.school/assets/archivo/1958-93%20Hemeroteca%20del%20FOR/1978-93%20Alarme/alarme-n20.pdf) · [Texto original en francés](https://marxismo.school/hemeroteca/alarme/originales/1983-04-gangrene-sociale)

Los medios de información nos hablan periódicamente de los progresos sociales que, al parecer, nos otorgaría con regularidad un capitalismo en perpetuo desarrollo. En apoyo de esta afirmación pueden citar, por ejemplo, las vacaciones pagadas y, para ser más actuales, la semana de 39 horas, el reembolso de la IVE[^1], la jubilación a los 60 años..., y también el hecho de que el proletariado, en su gran mayoría, posee coches, frigoríficos, cocinas eléctricas, duchas y a veces incluso lavadora. Eso es el progreso, afirman.

A partir de ahí, algunos deducen que el proletariado está integrado por esta sociedad en progreso permanente y que, por tanto, la revolución es actualmente imposible. Para que vuelva a estar al orden del día, haría falta que el proletariado estuviera en gran parte en paro (¿se debería quizá su pasividad actual a un paro todavía insuficiente?), que no pudiera ya atender por completo a sus necesidades alimenticias, que no pudiera ya poseer ni coches, ni lavadoras, ni lavavajillas eléctricos...; entonces sí, por fin en la miseria negra, el proletariado ya no estará integrado (en realidad, en semejante situación, al no estar ya unido en el lugar de producción, se desintegra como clase productiva) y podrá por fin hacer la revolución. Bien: los hechos citados en apoyo de esas posiciones son irrefutables. Sin embargo, hay otros hechos igual de irrefutables: el uso de los descubrimientos técnicos, no al servicio de los trabajadores, sino contra ellos, intensificando rendimiento y productividad, y sin reducir las horas en la medida correspondiente a las posibilidades técnicas y humanas, depreciando el valor de la fuerza de trabajo, volviendo el trabajo embrutecedor, desprovisto de interés. Es más, puede observarse un reforzamiento considerable del Estado y, por tanto, de sus medios de represión contra las franjas proletarias que se atreven a plantarle cara (cf. Polonia), algunas de las cuales no han esperado para ello a la miseria absoluta. He ahí una serie de hechos que llevaría a pensar que esta sociedad, lejos de estar en perpetuo desarrollo, lejos de ser progresiva, está fundamentalmente podrida. No olvidemos tampoco que toda su «riqueza» acarrea miles y miles de muertos en el mundo. Pero definamos lo que debe entenderse por sociedad progresiva, y con ello lo que debe entenderse por progreso social.

El concepto de progreso social no puede definirse en lo absoluto, sin referirse a una sociedad dentro de la cual se inserta; en efecto, su simple enunciado contiene el término social. De ello se sigue, pues, que solo pueden nacer progresos sociales e históricos en una sociedad que es ella misma progresiva. Esto nos lleva, pues, a volver a precisar lo que los revolucionarios deben entender por sociedad progresiva. Hemos escrito bien: lo que los revolucionarios deben entender..., y no: lo que los capitalistas deben entender...; esto tiene importancia para lo que sigue. En efecto, para la clase capitalista, el grado de positividad o de negatividad solo puede medirse por el grado de extracción y de realización de la plusvalía, por el grado de acumulación del capital, y eso a la vista del lugar que ocupa en las relaciones de producción, lugar de compradores de la fuerza de trabajo, de explotadores. Un explotador ve la sociedad (y la hace ver) con sus propios ojos; concederá un criterio positivo a la sociedad cuando la explotación funcione correctamente, y negativo cuando esta se encuentre bastante atascada, ya sea por factores estrictamente internos a la propia sociedad desde el punto de vista económico (caso de la crisis de sobreproducción) o por otros, movimiento social... El proletariado, por su parte, dado el lugar que ocupa en las relaciones de producción, y por tanto los revolucionarios, tienen evidentemente un punto de vista radicalmente distinto. Puesto que apuntan a la destrucción de toda sociedad de explotación del hombre y a la construcción de una sociedad sin clases, humana, no conceden el criterio de progresividad a una sociedad de clases sino cuando esta hace germinar en su seno las condiciones propias de su superación revolucionaria hacia el comunismo. A la inversa, una sociedad se vuelve decadente cuando ya no tiene justificación histórica socialmente, cuando subsiste pese a haber desarrollado, más que suficientemente, las condiciones propias de su aniquilamiento.

Hasta aquí, nada contradictorio: la visión que se tiene de la sociedad depende principalmente del lugar social que ocupa el individuo, la clase. Lo que sí sería contradictorio es ser revolucionario y tener una concepción capitalista de la progresividad y de la decadencia del capitalismo, es decir, la primera de las dos concepciones descritas. Definidos de nuevo los términos, podemos continuar. Desde el punto de vista revolucionario, el calificativo que designa a la civilización capitalista no puede ser otro que decadencia. En efecto, esta sociedad ya no tiene razón de ser histórica. Más que ninguna de las sociedades anteriores, ha desarrollado las fuerzas productivas, ha unificado el mundo entero bajo su dominio, ha desarrollado internacionalmente la última clase de la historia, la clase que por fin puede materialmente echar abajo la división de la sociedad en clases: el proletariado. En eso fue progresiva respecto de las sociedades anteriores, aunque reaccionaria respecto del comunismo. La respuesta que dio el proletariado a la primera guerra mundial, la oleada revolucionaria de 1917-1937, fue la prueba tangible de que el comunismo estaba ahí, a la puerta de la historia. A partir de entonces, la supervivencia del capitalismo se quedaba sin razón de ser. Desde entonces la decadencia se ha acentuado. Hoy, de un momento a otro, la humanidad puede pasar de los triunfos tecnológicos de la era atómica a la barbarie primitiva de una lucha desesperada por su propia supervivencia contra las rudas fuerzas de la naturaleza, animadas e inanimadas. En tal caso, el comunismo no pasaría de ser una simple utopía, al haber sido destruidas sus bases objetivas. La decadencia capitalista es más profunda que todas las que la precedieron en la historia, porque el capitalismo no solo se opone a nuevas relaciones de producción progresivas, sino que su propia supervivencia puede negar algunas decenas de siglos de desarrollo social por medio de una guerra mundial. Desde el punto de vista capitalista, como hemos dicho, el grado de positividad o de negatividad depende directamente de la cantidad de plusvalía realizada a nuestra costa, de la «salud económica» del capitalismo. Para ello no hace ninguna falta referirse a las sociedades divididas en clases que precedieron al capitalismo, ni al comunismo. La evolución histórica y su motor, la lucha de clases, pueden dejarse de lado para los partidarios del economicismo. La historia contiene su propio desarrollo histórico, si no, no es historia: eso es lo que muchos parecen olvidar. Para ellos, el capitalismo puede así estudiarse con lupa, es decir, que sus turbulencias económicas se agrandan de manera más que desmesurada, de modo que al final ya no se entiende nada de la dirección, del desarrollo histórico y/o de sus causas.

Abramos aquí un paréntesis: un físico de principios de siglo llamado Heisenberg estableció un principio, el principio de incertidumbre, según el cual, cuanta más información precisa se tenía sobre el lugar, sobre la situación exacta de una partícula en movimiento, menos información podía deducirse sobre su movimiento, su velocidad, su dirección, adónde iba, de dónde venía. El paralelo que cabe trazar en este caso entre partículas en movimiento y evolución histórica es flagrante. Cerremos el paréntesis.

El materialismo histórico se oponía, y se sigue oponiendo, al materialismo burgués principalmente porque este último consideraba al ser únicamente como ser natural; el materialismo histórico, por su parte, ponía por delante el hecho de que ese ser natural formaba parte de una sociedad y era, por consiguiente, ser social. El hombre es principalmente el conjunto de todas sus sensaciones, de todas las interacciones que tiene con la sociedad. Del mismo modo, cada sociedad, cada modo de organización del trabajo, es fruto de las interacciones con la sociedad o las sociedades anteriores y con la sociedad o las sociedades cuyas bases objetivas creará el desarrollo histórico. No tiene una existencia únicamente encerrada en sí misma, autónoma. El materialismo burgués afirmaba que el cerebro segrega el pensamiento como el hígado la bilis[^2]. A lo cual respondía el materialismo práctico diciendo que el pensamiento de un hombre dado está determinado por la sociedad en que vive y la clase a la que pertenece (sin negar con ello la naturaleza biológica del cerebro). Del mismo modo, hoy el materialismo histórico debe oponerse a los economistas de pacotilla y demás que explican el capitalismo por sí mismo. No: el capitalismo no se explica por el capitalismo; si no, no se entenderá nada de nada. Se sigue de ello como corolario directo que todos los que en el medio revolucionario identifican decadencia social con crisis económica, es decir, todos los que identifican un concepto que no depende de los azares de la economía capitalista, sino de su naturaleza y de su función histórica, con un concepto estrictamente interno al capitalismo y dependiente de sus azares, se extravían. Las ideas dominantes en una sociedad dividida en clases son las de la clase dominante. Estimar que el capitalismo ya no tiene razón de ser únicamente porque estaría en crisis económica, definitiva o no, no es más que la imagen invertida, para el proletariado, de una idea que procede directamente de la clase dominante, a saber, una vez más, que para la casta capitalista la razón de ser de este sistema es producir plusvalía, y que cuando ya no es así, cuando su realización se vuelve casi imposible, caso de la crisis de sobreproducción, pierde su razón de ser. Los revolucionarios, que son una extrema minoría en período de paz social, deben tener una desconfianza cierta hacia las ideas dominantes y han de estudiarlas suficientemente. Si no han asimilado la decadencia social, la decadencia social sí los asimila a ellos, y bien puede hacerles adoptar un concepto de esencia capitalista.

En fin, como corolario final, resulta claro que una sociedad en plena putrefacción, como la que conocemos desde principios de este siglo, no puede conceder progreso social alguno. En la hora en que solo está al orden del día la revolución social, el fin de la explotación del hombre por el hombre, las vacaciones pagadas u otras «victorias obreras» no son entonces sino amargas píldoras. En cuanto a la ciencia, contrariamente a lo que algunos pretenden, no es un factor de progreso. Y eso no se debe a inversiones demasiado escasas o a «malas políticas». En realidad, la ciencia no puede obrar milagros: en una sociedad en decadencia, su marcha adelante es también un factor de decadencia. Hoy sus descubrimientos se deben en gran parte, en ciertos campos, a investigaciones militares, a investigaciones sobre la muerte. Los conocimientos y las investigaciones están en manos de un número ínfimo de especialistas, que respectivamente los detentan y las desarrollan, mientras al resto de la población se lo deja en la completa ignorancia en todos los campos. La ciencia es como esta sociedad esclerosada. Sus resultados ni se divulgan plenamente ni se usan para servir a la humanidad. En ciertos campos, los últimos descubrimientos se convierten en secretos militares, divulgados no por científicos, sino por espías. En la hora en que por fin es posible, dado el nivel de las fuerzas productivas, una sociedad que, mediante un trabajo común de todos sus miembros, diario y bastante breve, permita a todos los que lo deseen dedicarse a la investigación científica o a lo que les plazca, y por tanto en la hora en que son posibles inmensos progresos científicos realizados por el mayor número y para todo el mundo, en esa hora los descubrimientos científicos y técnicos actuales aparecen no solo como portadores a menudo de consecuencias negativas, sino también, cuando no es directamente el caso, como relativamente bien pobres. En conclusión, las ventajas o «progresos» obtenidos en esta sociedad decadente, cuando existen, no se insertan en un progreso social e histórico; al contrario, en el contexto histórico no son más que simulacros de progreso; son, como esta sociedad, miserables. En cuanto a los partidarios de la integración del proletariado, nos bastará recordarles que la contradicción fundamental sobre la que sobrevive el capitalismo es la contradicción de clase capital/trabajo. Negar esa contradicción integrando al proletariado equivaldría a negar la existencia misma del capitalismo.

[^1]: Interrupción voluntaria del embarazo, cuyo reembolso por la Seguridad Social se aprobó en Francia a finales de 1982.

[^2]: Fórmula de Pierre-Jean-Georges Cabanis, retomada por los materialistas alemanes del siglo XIX (Carl Vogt).
