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Title: Bélgica
Description: Balance de la huelga espontánea del sector público belga de septiembre de 1983, iniciada por los ferroviarios de Charleroi: su fuerza, la solidaridad por encima de las divisiones, y sus debilidades, la falta de autoorganización y la toma en mano por los sindicatos y los izquierdistas.
Date: 01/10/1983
Category: Alarme n.º 22
URL: https://marxismo.school/hemeroteca/alarme/1983-10-belgica
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*Alarme*, n.º 22, octubre-noviembre-diciembre de 1983 (págs. 11-12). [PDF del número completo](https://marxismo.school/assets/archivo/1958-93%20Hemeroteca%20del%20FOR/1978-93%20Alarme/alarme-n22.pdf) · [Texto original en francés](https://marxismo.school/hemeroteca/alarme/originales/1983-10-belgique)

El 9 de septiembre de 1983, unos ferroviarios de Charleroi, en Bélgica, desencadenaban un movimiento de huelga espontáneo al anunciarse las futuras medidas de austeridad que el gobierno cristiano-liberal quería aplicar para enderezar el capital belga. Esa huelga pronto se extendería como mancha de aceite y alcanzaría a otras partes del sector público: funcionarios, marina mercante, tranvías, estibadores, enseñantes, etc. El movimiento contrastó, por algunos de sus aspectos, con las seudoluchas encuadradas, planificadas y estériles que suelen impulsar los aparatos sindicales. Pero también mostró de manera característica las terribles debilidades de la clase obrera internacional, que tiene que volver a aprender la lucha de clase independiente y consciente de sus fines históricos, fines que sesenta años de contrarrevolución stalinista han edulcorado, falsificado y reprimido mediante la labor de zapa de los seudopartidos comunistas, de todos los sindicatos y de toda la franja izquierdista... A nuestro juicio, se desprenden dos puntos positivos para el desarrollo ulterior de los próximos conflictos que librarán el proletariado belga y el internacional. En primer lugar, esta huelga fue fruto de un hartazgo, y empezó sin preaviso y, por tanto, sin bendición sindical alguna. Esa espontaneidad suscitó rápidamente la solidaridad de los demás sectores del servicio público con los ferroviarios de Charleroi, iniciadores del movimiento. Esa solidaridad, nacida de un hartazgo generalizado y de una comunidad de intereses real, que rompía las tradicionales separaciones lingüísticas entre valones y flamencos, corporativas, y entre obreros y empleados, se impuso bruscamente como una fuerza real en movimiento, como una fuerza de oposición real a la explotación capitalista. La unión y la determinación iniciales de los proletarios belgas en huelga permitieron una oposición consciente al sacrificio de sus intereses de clase frente a los intentos del Estado belga de introducir medidas de sobreexplotación.

En segundo lugar, el rechazo puro y simple de las medidas de austeridad creó un frente común de respuesta al Estado capitalista belga, abriendo una brecha en las sempiternas reivindicaciones sectoriales y de intereses particulares, características de las divisiones antiproletarias que mantienen los sindicatos en cuanto órganos del capitalismo mundial en el seno de la clase obrera. Los dos puntos que acabamos de señalar muestran la fuerza y la iniciativa potenciales de cada acción proletaria. Veamos ahora lo que jugó en contra del despertar de la consciencia de clase, quebrando la necesaria radicalización y extensión de cada lucha contra la sociedad capitalista decadente, que son lo único que, en Bélgica como en todas partes, podrá emancipar a la humanidad mediante la destrucción de las clases, de la explotación del hombre por el hombre.

Ante todo, la falta de autoorganización de los proletarios belgas, que dejaron a los sindicatos (CGSP y CSC) ese aspecto tan importante de la lucha de clases. A la espontaneidad del movimiento correspondió al mismo tiempo una dejación de responsabilidad de la mayoría, pese a algunos intentos más decididos de unos pocos. La huelga decidida el 9 de septiembre, aunque en ese momento no fue reconocida por los sindicatos, fue muy pronto tomada en mano por estos una vez pasado el efecto sorpresa; y esa toma en mano se produjo sobre todo a través de los delegados de base, entre los que había numerosos izquierdistas (LRT/PTB).[^1] En efecto, como todo izquierdista que se precie, los delegados de base de esas organizaciones no dejaron de predicar la unidad sindical mientras denunciaban la incapacidad de las direcciones. Al dejarles las manos libres, el proletariado dejó en realidad las manos libres a los sindicatos para establecer contactos y desempeñar su papel de «representantes de la clase obrera», dejando a los proletarios en lucha a la expectativa de consignas, encerrados en sus lugares de trabajo y con negociaciones sector por sector. Para nosotros es evidente que la lucha pierde posibilidades de victoria si la dirigen, ya directamente desde arriba —la dirección sindical—, ya desde abajo —los militantes izquierdistas más o menos combativos y más o menos ciegos—. No hay buenos sindicatos y malas direcciones sindicales, y todo el magma izquierdista que reivindica un sindicalismo unido o radicalizado actúa como sargento de reclutamiento más que como vanguardia revolucionaria.

El segundo punto, que se desprende lógicamente de lo que acabamos de afirmar, es que el proletariado fue incapaz de romper con la práctica sindical, quedándose en el terreno de la legalidad, de la concertación y, de hecho, de la sumisión al orden capitalista. En 1960-61, la clase obrera había roto con esa no-consciencia de clase y lo había afirmado llevando la llama de la revuelta del sector público al sector privado, creando el mayor pánico que haya conocido el Estado capitalista belga.[^2] Ese es el camino que hay que recuperar.

El poderío de la contrarrevolución stalinista ha producido un formidable marasmo en la consciencia de clase del proletariado, en el reconocimiento de sus enemigos de clase. Las luchas que su lugar en las relaciones de producción capitalistas le obliga a producir son su reflejo. Y la huelga de septiembre del 83 en Bélgica es una prueba de ello, como lo son las numerosas luchas independientes del proletariado. De un movimiento espontáneo potencialmente capaz de romper el corsé que estrangula al proletariado, la clase capitalista (sindicatos, izquierdistas y seudosocialistas incluidos), al cabo de diez días de parálisis de la economía belga, desarticuló la unidad y el frente común que habían manifestado los obreros y empleados de los servicios públicos: el trabajo se reanudó esencialmente a cambio de nada y de la garantía de que las próximas medidas se negociarían con... los sindicatos.

La ausencia de vanguardias organizadas en las luchas del proletariado, capaces de poner de relieve en la práctica los chanchullos sindicales y de dar un contenido de clase a esas luchas, resalta todavía más. Esa ausencia muestra el foso que separa al proletariado del «medio revolucionario», y mientras la lucha obrera no se oponga abierta y conscientemente a los sindicatos (sean los que sean), ese foso seguirá abierto. A través de luchas reivindicativas que afirmen su carácter político contra el conjunto del sistema capitalista, mediante la destrucción de los sindicatos, la clase obrera sentará las bases de su emancipación, imponiendo con su dictadura la destrucción de las clases y la abolición del salariado.

[^1]: Ligue révolutionnaire des travailleurs, sección belga de la IV Internacional (Secretariado Unificado), y Parti du travail de Belgique, de origen maoísta. La CGSP es la central socialista de los servicios públicos; la CSC, la confederación de sindicatos cristianos.

[^2]: La huelga general de diciembre de 1960 y enero de 1961 contra la «ley única» de austeridad del gobierno Eyskens.
