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Title: Pacifismo
Description: Contra el movimiento pacifista de los euromisiles: la causa de las guerras no está en la cabeza de los dirigentes sino en la sociedad de clases, y solo la guerra social revolucionaria puede acabar con la guerra.
Date: 01/10/1983
Category: Alarme n.º 22
URL: https://marxismo.school/hemeroteca/alarme/1983-10-pacifismo
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*Alarme*, n.º 22, octubre-noviembre-diciembre de 1983 (págs. 5-7). [PDF del número completo](https://marxismo.school/assets/archivo/1958-93%20Hemeroteca%20del%20FOR/1978-93%20Alarme/alarme-n22.pdf) · [Texto original en francés](https://marxismo.school/hemeroteca/alarme/originales/1983-10-pacifisme)

Desde hace algún tiempo, la tensión entre los dos bloques imperialistas va en aumento; se enfrentan con más violencia, ya sea en el terreno militar (Granada, Líbano, euromisiles) o en el económico. Se ha vuelto habitual, al abrir un diario, al escuchar las noticias de la radio o de la televisión, enterarse de nuevas muertes y torturas en serie y a gran escala (véase el informe de Amnistía Internacional, *Le Monde*).

Las noticias se convierten en noticias de la muerte, los periódicos en vastas secciones necrológicas, los telediarios en la muerte en directo. Así nos acostumbramos cada vez más, y desde la infancia, a vivir con la muerte. En cuanto a la tercera guerra mundial, podría parecernos presente, tanto se recrea en ella la información cotidiana, que la hace, la rehace y la deshace, por no hablar de los reflejos fantásticos que adopta esta situación en forma de películas de anticipación. El «hombre del año 2000» que ensalza la propaganda capitalista no será, si este sistema subsiste todavía, más que un cadáver automatizado.

Ante esta situación, algunos preconizan la paz; está de moda (sobre todo en tiempo de guerra), especialmente en el Oeste. Ese movimiento desprende tufillos religiosos, o prorrusos (directamente favorables al capitalismo de Estado ruso), o bien llanamente pacifistas, con un poco de todo y de cualquier cosa. Su razonamiento parece, hasta a un niño, simple, claro y lógico, y no es de extrañar, porque es infantil: contra la guerra, la paz.

Y cuando decimos: contra la guerra y toda la podredumbre existente, un solo medio, la guerra; es decir, para acabar con el trabajo asalariado y todas las contradicciones que engendra (entre ellas la guerra), un solo medio, la revolución, la guerra social, entonces se nos tacha de inconscientes. Pero, contrariamente a las apariencias, son sus posiciones las que son, como mínimo, infantiles e inadecuadas y, como máximo, directa y conscientemente reaccionarias.

Expliquémonos, y para ello tomemos el caso sencillo de un accidentado que tuviera el brazo roto. ¿La terapéutica que debe seguirse consiste en decirle: contra la poca movilidad del brazo que ha provocado la fractura, hay que moverlo mucho más (y por tanto no solo no curar sino agravar la herida), o bien hay que decirle que contra esa poca movilidad, y para que pueda moverse correctamente después, hay que inmovilizarlo por completo con una escayola?

La posición que debe adoptarse aparece con claridad; los partidarios de la paz adoptan razonamientos tan primarios como la primera parte del ejemplo anterior. Según ellos, parecería que se puede acabar con la guerra votando decretos que limiten o prohíban las armas, como si se pudiera acabar con la religión prohibiendo toda religión. Para acabar con esas bobadas, hay que volver a la fuente de la violencia, de la guerra y de todas las contradicciones existentes.

¿Estará en una esencia maléfica propia del género humano, como pretenden los religiosos? ¿Se deberá a la existencia de malas direcciones gubernamentales, ya en el Este, ya en el Oeste, ya en ambos campos? Lo menos que se puede decir es que esas posiciones son típicamente idealistas, en la medida en que solo sitúan la causa de las guerras en la cabeza de los hombres y pretenden con ello haber dilucidado el problema. Es falso afirmar que los Reagan, Andrópov, etc., quieren la guerra mundial; la temen, porque en el próximo conflicto mundial no habrá vencedores, sino solo vencidos. Sin embargo, esta situación no es fija sino dinámica. Las camarillas dirigentes pueden verse llevadas, contra su voluntad inicial, en una situación dada, a desencadenar la guerra. Los tratados de paz no tienen nada que ver con eso, lo cual dice bien poco de su valor.

La causa de las guerras no está solo en la cabeza de los hombres, sino en la situación objetiva. No existe una esencia del hombre, buena o mala. El hombre es un producto social, un producto de su propia evolución. Así es como se puede ir a la fuente del problema: no deteniéndose en los conceptos mentales humanos, sino interesándose por el entorno social que los produce. La posibilidad de acabar con todas las guerras no existe porque muchos hombres piensen o puedan pensar en ello, sino porque la situación objetiva es portadora —hace posible mediante su superación revolucionaria— de una sociedad sin clases, humana.

Por tanto, para atacar la guerra hay que atacar a la sociedad dividida en clases, la explotación del hombre por el hombre. Así, las luchas políticas encuentran su solución en las luchas sociales. Para resolver los problemas de la guerra y de la paz hay que salir de ese marco restringido y tomar la distancia suficiente para comprender sus datos.

Queda, pues, acabar con esta sociedad capitalista, y eso se hará violentamente, no por amor a la violencia, sino porque frente a nosotros los sostenedores del capitalismo están y estarán armados. Ninguna clase se deja desposeer y derribar sin combatir ferozmente.

De ello se deduce que predicar el pacifismo no solo es completamente utópico (¿qué paz podría haber en un mundo atiborrado de contradicciones?), sino también reaccionario, y en definitiva se opone por completo a una verdadera paz. En ese sentido, la lucha de los pacifistas va en dirección opuesta a lo que pretenden defender: la paz.

Todas las personas íntegras que rechazan el capitalismo y sus manifestaciones horribles deben salir de las filas pacifistas. La paz presupone una sociedad humana; para combatir el capitalismo, no se puede sino trabajar por su destrucción. Las matanzas en serie y el embrutecimiento generalizado no son incidentes de recorrido de este sistema, sino, al contrario, necesidades de supervivencia que lo caracterizan. La supervivencia del Capitalismo hunde a la Humanidad en una profunda crisis social, la más profunda de todas las que han existido anteriormente. En efecto, nunca se habían reunido las condiciones de realización del comunismo como en esta época, y nunca habíamos estado tan cerca de hundirnos en el abismo (la regresión de la humanidad) por medio de una guerra atómica.

Hay que acabar con los intereses de las naciones y de la clase capitalista que justifican la existencia de esas armas. Para ello hay que acabar con las naciones (y con la Nación) y con la sociedad dividida en clases. Desde sus primeros pasos, la revolución tendrá que orientarse hacia la destrucción de todos los ejércitos y policías, de todas las armas nucleares, la toma en sus manos por el proletariado de las fábricas de armamento y la producción de armas (no nucleares) en función de sus intereses.
