---
Title: Reestructuración, técnica, decadencia
Description: El progreso técnico bajo el capitalismo decadente se opone al desarrollo social: las fuerzas productivas que podrían liberar al hombre sirven para explotarlo y destruirlo.
Date: 01/01/1984
Category: Alarme n.º 23
URL: https://marxismo.school/hemeroteca/alarme/1984-01-reestructuracion-tecnica-decadencia
---


*Alarme*, n.º 23, enero-febrero-marzo de 1984 (págs. 8-11). [PDF del número completo](https://marxismo.school/assets/archivo/1958-93%20Hemeroteca%20del%20FOR/1978-93%20Alarme/alarme-n23.pdf) · [Texto original en francés](https://marxismo.school/hemeroteca/alarme/originales/1984-01-restructuration-technique-decadence)

> «Se puede distinguir a los hombres de los animales por la conciencia, por la religión o por lo que se quiera. Ellos mismos empiezan a distinguirse de los animales en cuanto empiezan a *producir* sus medios de vida, un paso que está condicionado por su organización corporal. Al producir sus medios de vida, los hombres producen indirectamente su propia vida material.»
>
> (Marx, Engels: *La ideología alemana*, 1845-46)[^1]

Hoy el hombre no solo produce sus medios de existencia, sino que dispone además de los medios, que también ha creado, de aniquilar su propia vida y la de la humanidad en su conjunto. Con esa espada de Damocles suspendida sobre su cabeza, el género humano permite a unos vivir, a otros sobrevivir y a los demás reventar lamentablemente, en el momento en que «la civilización» exhibe sus progresos y sus proezas técnicas: ¡del microordenador al superrobot, de la división de las moléculas al transbordador espacial!

«No se puede uno oponer al progreso. Hay que vivir con su tiempo, etc.», no dejan de repetirnos. Pero ¿quién se beneficia de esas puras maravillas que emanan de la inteligencia del *homo sapiens*, capaz de producir indirectamente su propia vida material? Seguramente no los millones de hombres enfrentados a la sequía, al hambre y a enfermedades medievales, que mueren como moscas en los cuatro rincones del mundo.

Menos aún los que se hacen destripar, despedazar, rociar con vitriolo, descuartizar, fusilar, decapitar, torturar... en conflictos que sirven directamente a las superpotencias que se reparten la corteza terrestre.

Tampoco los que tienen «la suerte» de sobrevivir en los países llamados avanzados, donde el monstruo sagrado de la progresividad técnica les pasa por encima como una apisonadora que aplasta a las bestias de carga que han sido durante su miserable vida de esclavos asalariados, y de las que ya no necesita momentánea o definitivamente.

Las tres cuartas partes de la humanidad sufren en realidad el peso desastroso de la dominación del capital sobre el trabajo. Esa es la realidad social, y no la emoción de quienes tienen tiempo de extasiarse ante las mil y una novedades científico-técnicas que su mundo abyecto consigue hacer vomitar a los esclavos modernos a taconazos en el vientre. La «revolución industrial», con la que se llenan la boca todos los apóstoles del orden social, nos hunde cada día un poco más en la barbarie social: del aire no contaminado del Sahel desecado, donde se muere por deshidratación, al aire superviciado de las grandes metrópolis que erigen la estatua de la sacrosanta tecnicidad «humana»; de los barrios lumpenproletarizados de Nueva York al hombre robotizado e informatizado de las industrias punta.

«Vivir con su tiempo», ¡todavía se atreven a decirnos cínicamente! Pero no acabamos de reventar de su tiempo, en el que disponen del nuestro a su antojo. Su tiempo es el de la decadencia, en el que crecimiento y desarrollo se oponen casi tan nítidamente como el agua y el fuego. Es el capitalismo, pese al crecimiento que efectivamente puede realizar, el que entorpece el progreso social a todos los niveles y, por consiguiente, el desarrollo de la humanidad. En ese sentido se puede decir que las capacidades productivas han entrado en contradicción con las relaciones de producción; relaciones que nos circunscriben en la aberración mercantil, cuando las condiciones materiales universales permiten de sobra acabar definitivamente con la explotación del hombre mediante el aniquilamiento del capitalismo, que la representa actualmente a escala mundial.

Pero, como todo sistema de explotación en la historia, el capitalismo, más que ningún otro, quiere justificar su existencia y sus actuaciones. No contento con dominar *ipso facto* por su modo de producción y, por tanto, por la fuerza que le confiere su existencia material, produce toda una serie de elucubraciones «ideológicas» con las que atiborra a la plebe que domina y explota. Eso puede ir desde la «epopeyización» de los beneficios de la revolución burguesa (que ya ni siquiera representa) —libertad, igualdad, fraternidad— hasta la apropiación del término comunismo para asentar su dominación allí donde no existe más que la propiedad estatal del capital y donde, por tanto, el productor está tan desposeído del producto de su trabajo y de sí mismo como en los países comúnmente reconocidos como capitalistas. Todas esas elucubraciones no son más que mentira difundida cotidianamente por todos los medios fantásticos de que dispone este sistema siniestro a escala planetaria, y de los que no dispuso ninguna otra sociedad de explotación en el pasado. La barbarie del sistema que alimentamos y que nos oprime es proporcional a los medios de que dispone y que nosotros hemos contribuido a edificar por el papel que tenemos «en la producción de los medios de existencia».

> «Una sociedad o tipo de civilización está en desarrollo mientras van ampliándose y propagándose los factores estructurales y superestructurales contenidos en su original impulso, aquellos que han constituido su razón de ser, su necesidad histórica, su justificación humana. Porque un tipo de civilización —vale decir una clase— nunca se ha formado y elevado al rango de dominante sino como representación positiva, siquiera incompleta, de todas las clases, incluso de las que cargan con la peor suerte. Su sistema ha de consentir a todos un mejor estar material, cultural, moral, una brizna siquiera de libertad relativamente a la situación anterior. Ese contenido es lo único que cabe llamar desarrollo social.»
>
> (*Alarme* n.º 2, [«Imposibilidad de desarrollo capitalista»](https://marxismo.school/hemeroteca/alarme/1978-10-imposibilidad-de-desarrollo-capitalista)).[^2]

Ahora bien, globalmente, hoy ocurre todo lo contrario, a pesar de la recesión, el estancamiento o la reactivación, según se analice de una manera u otra la situación específica de la economía. La constante, en cambio, sigue siendo la misma: la civilización capitalista ha creado más que los medios materiales universales suficientes para su propia superación revolucionaria. Su supervivencia, a pesar de lo que se nos impone como progreso, tiende a alienar, a embrutecer, a idiotizar, a «cuartelizar» cada vez más las relaciones entre los hombres, porque solo el beneficio capitalista, su necesidad de acumulación constante mediante la extorsión y la realización de plusvalía, o trabajo no pagado, cuenta realmente para quienes administran la explotación de nuestra fuerza de trabajo y nuestra vida misma. El capitalismo, representado políticamente en sus comienzos por la clase burguesa y su Estado, siempre ha sido un sistema de explotación y de dominación. Pero, en relación con las sociedades anteriores, fue portador de progreso para la historia de la humanidad, al forjar, mediante la mundialización de su modo de producción, las condiciones objetivas que permiten al hombre barrer para siempre el reino de la necesidad y su historia, desbordante de hechos a cuál más bárbaro. De las luchas de los sans-culottes, que aplastarán los termidorianos de la revolución burguesa en Francia, pasando por el combate de los compañeros de Babeuf y Buonarroti (la conspiración de los Iguales), hasta el no menos célebre revolucionario Blanqui, nacerá el movimiento obrero moderno, que se afirmará cada día más en su praxis contra la existencia misma de la explotación. Todos esos movimientos, con las limitaciones propias de su época, tienen su fuente en la inmensa conmoción que suscitó la revolución francesa. En aquel momento, el crecimiento de las fuerzas productivas y el desarrollo social iban a la par, aunque la burguesía respondiera con la fuerza a la clase social que dominaba y desarrollaba al mismo tiempo; clase que representaba cada vez más un peligro mortal para su dominación: el proletariado.

Desde entonces, su sistema se ha mundializado. Desde entonces, el proletariado se ha manifestado como fuerza internacional independiente, portadora del comunismo. Desde entonces ha habido dos guerras mundiales que aniquilaron a millones de hombres. Desde el final de la segunda guerra mundial, con los acuerdos de Yalta, se lo reparten dos superpotencias capitalistas. Desde ese segundo conflicto mundial, la guerra ha perdurado en los cuatro rincones de un mundo enredado en sus contradicciones. Desde entonces, a pesar de la mundialización de su modo de producción y del despliegue de sus fantásticos descubrimientos técnicos y científicos, los hombres mueren en nombre de Alá, de Cristo o de Buda. ¡Para ser una sociedad en desarrollo, reconocerán ustedes que sobrepasa los límites de lo imaginable!

Pero sigamos. En los países llamados socialistas, que se supone que han superado el marco mezquino del capitalismo, se ha llegado a reclamar los derechos de la sacrosanta «democracia burguesa». En los países donde se supone que existe esa sacrosanta democracia burguesa, el proletariado sufre la dictadura del triunvirato Patrono-Estado-Sindicato, preocupado por mantener a su nación en el más alto rango mundial, y peor para quienes no se contentan con tener la panza más o menos llena. ¡Que se vayan a otra parte! Los trabajadores que llevan el nombre de inmigrantes saben algo de eso, puesto que, después de haber trabajado a destajo para sobrevivir lejos del lugar geográfico donde nacieron, gracias a la elegante actitud de los nuevos medios técnicos que ellos contribuyeron a edificar, se ven obligados a volver a la casilla de salida.

Detenemos aquí la lista de los «beneficios» de la civilización que actualmente nos mece en sus brazos. No tiene razón alguna para seguir meciéndonos en ellos. Eso es lo importante.

Oprimida por los estrechos límites de un modo de producción caduco, la humanidad no puede aprovechar los enormes medios de que dispone. No son las realizaciones tecnológicas en sí lo que criticamos. Es la manera en que se emplean, el fin que se les asigna, así como la existencia de algunas de ellas.

En efecto, vivimos una situación en la que los gastos en armamento de Estados Unidos y Rusia por sí solos (productos nefastos donde los haya) bastarían para resolver el problema de la desnutrición a escala planetaria. Vivimos una época en la que la plena utilización de los medios tecnológicos útiles liberaría al hombre de las horas fastidiosas que las clases explotadas de la historia han pasado en la producción de los medios de existencia de la sociedad, y de las que hasta ahora no han recogido más que las migajas.

En los países llamados avanzados, de los que dependen militar y económicamente todos los demás, el empleo obligado (¡así lo exige la competencia capitalista!) de los nuevos medios técnicos somete al hombre todavía más a las vicisitudes de la sociedad inhumana de explotación. Junto a los grandes rascacielos neoyorquinos, que despliegan la riqueza de su atrocidad, se multiplican los centros que reparten sopa popular. Junto a los inmensos desfiles militares que exhiben en Moscú sus artefactos de guerra cruelmente sofisticados, se alinean centenares de miles de proletarios que intentan procurarse los artículos de primera necesidad. En cuanto a quienes pueden procurárselos en algunas zonas del mundo, que lo sepan: si tienen la «suerte» de trabajar y de recibir a cambio un salario que les permita más o menos holgadamente reproducir su fuerza de trabajo, están cada vez más explotados en relación con la riqueza social que han realizado, sin tener además la certeza de conservar ese puesto de trabajo al que tanto se aferran, en comparación con la existencia que llevan los innumerables parados que ellos mismos podrían ser mañana.

No puede haber, lo repetimos, una oposición más manifiesta que hoy entre las capacidades productivas y las relaciones de producción; entre el crecimiento de las fuerzas productivas y el desarrollo social; entre las posibilidades emancipadoras y el yugo que sufrimos.

Aristóteles, célebre filósofo griego nacido en el 385 antes de Jesucristo[^3] (¡cuánta sangre, cuánta agua y cuánto sudor han corrido bajo los puentes desde entonces!), escribió:

> «si cada herramienta pudiera ejecutar, a una orden o incluso anticipándose, la obra que le corresponde, como las obras de arte de Dédalo se movían por sí solas o los trípodes de Hefesto acudían por propio impulso a su trabajo sagrado, si así las lanzaderas tejieran por sí solas, ni el maestro artesano necesitaría ayudantes ni los amos esclavos».[^4]

El sueño de Aristóteles puede ser una realidad. Una realidad que más de sesenta años de contrarrevolución en el movimiento obrero (que se suman a las decenas de otros desviados por el reformismo en el seno de ese mismo movimiento obrero) han relegado al olvido entre los esclavos modernos, que ya no entrevén salvación fuera del trabajo asalariado, que mendigan a cualquier precio en un periodo de competencia acrecentada en el mercado capitalista mundial.

No tenemos nada que esperar de este sistema triturador de hombres. Cada una de nuestras luchas, forzosamente limitadas mientras el capital domine nuestra fuerza productiva, debe tender a la unificación de nuestra clase a escala planetaria. Debemos contribuir a crear la relación de fuerzas favorable a la insurrección proletaria, sin la cual no hay salvación y sin la cual seguiremos llevando una existencia de clase explotada, de clase dividida, de clase sometida a las leyes del capitalismo y a su moral antihumana.

QUE CADA UNA DE NUESTRAS LUCHAS SEA UN JALÓN MÁS EN LA SUBVERSIÓN DEL ORDEN SOCIAL ACTUAL. SIN TREGUA HASTA LA VICTORIA.

[^1]: Citamos según la traducción de la Escuela: [*La ideología alemana*, I, «Feuerbach»](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1846%20La%20ideolog%C3%ADa%20alemana.%20I.%20Feuerbach).

[^2]: Texto de Munis escrito en español; damos su original, [*La imposibilidad de desarrollo capitalista*](https://marxismo.school/archivo/1972%20La%20imposibilidad%20de%20desarrollo%20capitalista) (1972), del que *Alarme* reproduce en francés este párrafo.

[^3]: Aristóteles nació en el 384 a. C.

[^4]: Aristóteles, *Política*, I, 4. Citamos según la traducción que da Marx en [*El capital*, libro primero, cap. 13](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1867%20El%20capital.%20Libro%20primero.%20IV.%20La%20producci%C3%B3n%20de%20la%20plusval%C3%ADa%20relativa); el francés de *Alarme* dice «los trípodes de Vulcano».
