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Title: La miseria del progreso
Description: A partir de la catástrofe de Bhopal (Union Carbide), el artículo muestra que en el capitalismo decadente el crecimiento técnico se vuelve contra la humanidad y que solo la revolución comunista puede poner la técnica al servicio del hombre.
Date: 01/01/1985
Category: Alarme n.º 27
URL: https://marxismo.school/hemeroteca/alarme/1985-01-la-miseria-del-progreso
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*Alarme*, n.º 27, enero-febrero-marzo de 1985 (págs. 10-11). [PDF del número completo](https://marxismo.school/assets/archivo/1958-93%20Hemeroteca%20del%20FOR/1978-93%20Alarme/alarme-n27.pdf) · [Texto original en francés](https://marxismo.school/hemeroteca/alarme/originales/1985-01-la-misere-du-progres)

Dos mil muertos y miles de heridos en una fuga de gas tóxico procedente de una fábrica norteamericana de pesticidas, la Union Carbide... No, no se trata de una película de ciencia ficción: es la ciencia realidad.

En efecto, el lunes 3 de diciembre de 1984, los habitantes de Bhopal, en uno de los estados más pobres de la India, fueron despertados por el horror apocalíptico. Un depósito que contenía un gas extremadamente peligroso, el isocianato de metilo, tuvo una fuga y desprendió durante más de una hora, antes de que se detectara el accidente, una inmensa nube de gas mortal comparable a los gases de combate, cuyo antídoto se desconoce. En esta ocasión el sistema de seguridad no funcionó. Según las versiones oficiales, 200.000 personas, es decir, la cuarta parte de los habitantes de Bhopal, se vieron afectadas en diverso grado por la catástrofe. Veinte mil de ellas tuvieron que ser hospitalizadas. Quienes escaparon a los efectos inmediatos de la catástrofe serán víctimas a su vez, pues hay que esperar los efectos secundarios de ese gas. Los habitantes de esta vieja ciudad, que conserva aún su aspecto del siglo XI, no han conocido más que el horror del progreso y de la técnica del siglo XX; tanto más cuanto que no es casualidad que el capitalismo instale sus fábricas de «alto riesgo» en las regiones más desheredadas del mundo, donde la población local casi no tiene ninguna posibilidad de protestar.

Para dar prueba de su amargura, la Union Carbide envió al lugar del siniestro a uno de sus patronos. Este fue detenido por las autoridades indias e inculpado de «negligencia criminal», pero fue puesto en libertad seis horas después, tras abonar una fianza equivalente a 20.000 francos. ¡Qué burla grosera para con los miles de víctimas! La liberación más que rápida del patrón de la Union Carbide muestra con toda claridad la complicidad que existe entre los distintos sectores del capital mundial. Pese a su voluntad de exhibir una imagen nacionalista y «contraria a las potencias extranjeras», Rajiv Gandhi, primer ministro indio, tuvo que llegar a un acuerdo con los responsables norteamericanos para echar tierra sobre el asunto y evitar motines.

Por otra parte, hay que señalar que la India no tiene la exclusiva en materia de catástrofes industriales. Parece que es Rusia quien posee este triste récord, pues en 1979, cerca de Novosibirsk, miles de personas habrían muerto a consecuencia de una explosión en una fábrica de armas bacteriológicas (todo esto en condicional, porque las autoridades rusas siempre se han negado a dar detalles sobre el asunto)[^1]. La Rusia «socialista», en realidad capitalista de Estado, tan asesina como el capitalismo occidental, no está exenta de este tipo de catástrofes, sencillamente porque se rige por la misma ley de acumulación del capital. Más recientemente, el pasado 19 de noviembre, en México, la explosión de unos depósitos de gas mató a 400 personas. Podrían citarse aún miles de ejemplos para ilustrar el horror capitalista. Lo que puede afirmarse es que los efectos criminales y nefastos de este sistema decadente y podrido no tienen fronteras, puesto que tampoco las tienen sus causas.

No estamos procesando a la sociedad industrial para preconizar la vuelta a una sociedad tribal. Es verdad que, históricamente, el capitalismo, representado en su origen por la clase burguesa, fue una sociedad progresiva *en relación* con los tipos anteriores de sociedades *de explotación*. Los progresos que realizó en el terreno de las ciencias y las técnicas, sobre la base de la plusvalía arrancada al proletariado, fueron beneficiosos en la medida en que repercutían más o menos sobre el conjunto de la sociedad, *creando las condiciones de su propia superación* por la *revolución comunista*. Hay que subrayar, sin embargo, que las consecuencias positivas del capitalismo no emanan en modo alguno de un altruismo humanitario, pues la industrialización que desarrolló nunca tuvo en cuenta las necesidades reales del individuo mercancía, sobre el que descansa en realidad, y de hecho, la totalidad del sistema capitalista. Su único interés es acrecentar el capital y los beneficios sacados de la explotación de millones de trabajadores. Al principio, pese a la explotación, el desarrollo social y el crecimiento iban casi a la par. Ya no es así. Hoy el capitalismo es incapaz, por sus intereses mezquinos e inhumanos, que son los mismos que antes, de proseguir su desarrollo. El dominio de la tecnología y el desarrollo de la ciencia progresan con consecuencias cada vez más nefastas para la humanidad; crecimiento y desarrollo se oponen en adelante o, más exactamente, el primero se zampa al segundo a falta de revolución social.

Hace muchísimo tiempo que la sociedad capitalista entró en su fase de decadencia, pese a su crecimiento económico. La plusvalía sacada de los trabajadores nunca ha sido tan grande y, por consiguiente, el beneficio del capital crece de día en día. La automatización, la informatización... permiten al capitalismo explotar y controlar mejor al proletario, privándolo así de toda libertad, cuando los enormes medios técnicos podrían liberar al hombre de las horas fastidiosas dedicadas a la reproducción de los medios necesarios para su vida. Lo que se llama ocio es necesario, dentro del capitalismo, para la reproducción y el mantenimiento de la fuerza de trabajo (igual que el salario). En una sociedad comunista el ocio no tiene ninguna razón de existir, pues el foso que existe entre el trabajo y los intereses del individuo social quedará borrado. Nunca ha estado el proletariado tan desprovisto de individualidad (no confundir con individualismo). Forma parte de este sistema igual que una máquina. La angustia y la desmoralización se han convertido en el estado corriente de los individuos, lo que acarrea una resignación favorable al capital, tanto más cuanto que la fomentan todos los partidos llamados obreros y sus sindicatos.

Toda la literatura de ciencia ficción o futurista concibe el porvenir como la prolongación del presente, en la que la crueldad de la guerra y del totalitarismo serán nuestra única perspectiva. Es inquietante comprobar que el universo que pintan esos novelistas se acerca cada vez más a la realidad.

Por nuestra parte, aun siendo realistas, todavía no nos ha alcanzado el virus del fatalismo. Pensamos que actualmente existen en la sociedad medios más que suficientes para colmar las necesidades de cada individuo. Pensar en una sociedad de la abundancia ya no es un mito ni un sueño. Todo está ahí: basta con arrancar de las manos del capital todas las riquezas creadas por la clase obrera y ponerlas por fin al servicio del hombre. Mientras el capitalismo sea el amo, la situación miserable actual empeorará. La clase obrera debe tomar consciencia de ello y actuar en consecuencia, pues es la única clase revolucionaria capaz de aniquilar a esos verdugos de la humanidad y de construir la única sociedad compatible con el porvenir: el comunismo, sociedad sin clases.

Cerrar el paso al capitalismo, de Estado o privado, es la única condición para asegurar nuestra supervivencia. El sistema en el que vivimos es incompatible con una expresión humana de la sociedad.

[^1]: El accidente de 1979 en la planta de armas biológicas de Sverdlovsk (hoy Ekaterimburgo), en los Urales, no cerca de Novosibirsk; las autoridades soviéticas no lo reconocieron hasta 1992.
