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Title: ¡Mujer! No hay emancipación sin revolución
Description: Crítica del feminismo y de los izquierdistas que ven la liberación de la mujer en el trabajo asalariado: la doble opresión de la mujer proletaria solo terminará con la revolución comunista.
Date: 01/04/1985
Category: Alarme n.º 28
URL: https://marxismo.school/hemeroteca/alarme/1985-04-mujer-no-hay-emancipacion-sin-revolucion
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*Alarme*, n.º 28, abril-mayo-junio de 1985 (págs. 12-13). [PDF del número completo](https://marxismo.school/assets/archivo/1958-93%20Hemeroteca%20del%20FOR/1978-93%20Alarme/alarme-n28.pdf) · [Texto original en francés](https://marxismo.school/hemeroteca/alarme/originales/1985-04-femme-pas-d-emancipation-sans-revolution)

Cada año, el 8 de marzo, día internacional de la mujer, es para las feministas la ocasión de apropiarse de una fiesta de origen obrero. En efecto, data de 1908, cuando en Manhattan (Nueva York) las obreras del textil decidieron manifestarse lanzando consignas que estaban lejos de ser feministas. Entre las reivindicaciones figuraban la jornada de ocho horas, la abolición del trabajo infantil, el derecho de voto para las mujeres, etc... Hasta el nacimiento del feminismo, y durante mucho tiempo, las luchas de las mujeres proletarias se inscribían en la lucha de clases del proletariado. La mujer proletaria tuvo la fuerza de actuar y de rebelarse cuando el capitalismo la obligó a unirse a las filas de los esclavos modernos. Grita su cólera y manifiesta su rabia como miembro de una clase, y no de un sexo. ¡Qué diferencia con nuestras feministas de hoy, que parecen olvidar el origen de la doble opresión de la mujer! Estas honorables damas se equivocan deliberadamente de blanco. El malvado y feo ser perteneciente al sexo masculino es el responsable de todas sus desgracias. Olvidan que es un sistema económico y social lo que determina siempre las relaciones entre los individuos.

El movimiento feminista, igual que los ecologistas, antirracistas, etc..., no actúa más que en nombre de un sector de la sociedad. Ofrece remedios para curar mejor a la sociedad capitalista. Para nosotros se trata de enterrar de una vez por todas este sistema moribundo y putrefacto. Las feministas no querían admitir que el único responsable de la miseria de los individuos es una organización social basada en la explotación del hombre por el hombre. Las feministas nunca comprenderán que la única solución posible para el progreso global de la humanidad no puede ser otra que la revolución. La explotación de los individuos no la ejerce un sexo, sino una clase.

En la sociedad en que vivimos, la mujer proletaria está doblemente oprimida. En primer lugar, por su condición de esclava asalariada; después, como mujer oprimida en el hogar, donde debe asegurar el «bienestar» de la familia. Debe obedecer a su marido, que, mientras no se rebele contra el sistema que lo oprime también a él, despliega toda su agresividad y su autoridad contra su mujer. Hay que añadir a esto que todo el sistema quiere que siga sumisa y prisionera de su hogar, aunque se vea obligada a salir de él para ir a vender su fuerza de trabajo. Desde el punto de vista de la explotación, la situación de una mujer obrera es dos veces más penosa que la de un ama de casa, pues a la sumisión y al desprecio de que es objeto hay que añadir el desgaste físico y moral del trabajo asalariado. Debe asegurar la supervivencia del capitalismo y de la familia. Esta situación es innegable. Pero las mujeres obreras deben comprender que su situación de doble explotación es consecuencia de un sistema social y no de la voluntad de los «machos».

Pese a una apariencia de superioridad, el obrero sufre las consecuencias nefastas del capitalismo con la misma brutalidad que la mujer obrera. Así, del mismo modo que la mujer debe ser sumisa, obediente y quedarse siempre apartada, el hombre debe dar muestras de valor aunque sus capacidades no se lo permitan. Está obligado a ser una especie de superhombre que nunca debe decepcionar. Los sentimientos, ni conocerlos. ¡Un hombre no llora nunca! Aunque tenga ganas. En suma, el hombre está sujeto a tantas mutilaciones como la mujer. Los dos son víctimas de una sociedad que alimenta los antagonismos entre los individuos y da vida al racismo, al machismo, al feminismo, etc. El capitalismo evita así los enfrentamientos de clase que le serían mortales.

A primera vista, la situación favorece al hombre. En cierto modo es verdad, porque algunas de las migajas que el sistema capitalista da al proletariado siguen reservadas al hombre. Por ejemplo, un hombre puede ir libremente a ver un partido de fútbol con sus amigos, mientras que la mujer proletaria difícilmente puede ir al cine con una amiga sin encontrarse con un gran número de obstáculos (el cuidado de los niños, las comidas, etc...) que acaba por desanimarla. Pero esas pocas y miserables ventajas que el obrero puede tener sobre la obrera no tienen ninguna importancia si se piensa en todo aquello de lo que el capitalismo priva a la humanidad. Por esta razón los hombres y las mujeres proletarios deben unirse para combatir este sistema basado en la segregación de clase.

Por otra parte, ciertos grupos que se reclaman del socialismo (trotskistas y otros) estiman que la liberación de la mujer pasa forzosamente por su integración en los asuntos del Estado y en la producción. Es decir, por convertirse o bien en una esclava moderna, o bien en un verdugo encargado de perpetuar la existencia de las clases. No queremos ni a Thatcher ni a Bouchardeau[^1]. Esos grupos afirman que la integración de la mujer en la producción es la primera condición de su liberación. Nosotros respondemos que el trabajo asalariado en sí mismo nunca ha liberado a nadie, pues sin consciencia revolucionaria una mujer obrera seguirá sometida aunque sea asalariada. Los revolucionarios no deben contentarse con simples mejoras circunscritas al marco del capital. No preconizamos reivindicaciones democráticas que cualquier Estado capitalista puede otorgar a las mujeres para apaciguar así sus ánimos. Las mujeres no son seres inferiores y débiles que deban contentarse con simples migajas caritativas. Su papel es tomar su destino en sus manos y destruir la sociedad que las oprime.

Para esos grupos, que no son más que una fracción del capital, puesto que defienden las relaciones económicas mercantiles incluso en su sociedad supuestamente comunista, la liberación de la mujer significa que esta se haga cargo de las tareas más penosas que hasta ahora realizaban los hombres. Sin equivocarse pueden afirmar que la condición óptima para la liberación de la mujer se encuentra en Rusia, porque el 51 % de la fuerza de trabajo la aportan ellas. Conducen trenes, pilotan aviones, dirigen empresas, trabajan en la agricultura y en la construcción. En suma, es la exaltación de la mujer por el trabajo asalariado. Además, algunos izquierdistas aseguran que la intervención militar rusa en Afganistán abre la posibilidad de liberar a la mujer de la esclavitud del velo. Pero ¿de qué manera se libera a esas mujeres? Haciéndolas entrar en las filas del «ejército rojo» de ocupación. Pero ¿qué diferencia hay para la mujer entre llevar el velo o el quepis? ¡Ninguna! Porque esa situación no suprime la causa principal de su sometimiento en la familia y en la sociedad.

La emancipación real de la mujer solo es posible en una sociedad comunista basada no solo en una nueva reorganización económica, sino también en relaciones sociales nuevas. Es falso afirmar que la unión de las mujeres de las dos clases opuestas llevará al comunismo. Solo la lucha de todos los explotados asegurará la emancipación de las mujeres y de los hombres.

[^1]: Huguette Bouchardeau, dirigente del PSU, ministra en el gobierno socialista francés desde 1984.
