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Title: Lucha de clases y paro
Description: La crisis, el paro y la reconversión capitalista no producen por sí solos la consciencia revolucionaria; parados y trabajadores deben unirse contra el sindicalismo con reivindicaciones que ataquen la acumulación del capital.
Date: 01/10/1985
Category: Alarme n.º 30
URL: https://marxismo.school/hemeroteca/alarme/1985-10-lucha-de-clases-y-paro
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*Alarme*, n.º 30, octubre-noviembre-diciembre de 1985 (págs. 8-11). [PDF del número completo](https://marxismo.school/assets/archivo/1958-93%20Hemeroteca%20del%20FOR/1978-93%20Alarme/alarme-n30.pdf) · [Texto original en francés](https://marxismo.school/hemeroteca/alarme/originales/1985-10-lutte-de-classe-et-chomage)

Todo el mundo habla de la crisis económica; unos para hacernos tragar la modernización, clave de la felicidad futura y del pleno empleo, otros para mostrarnos que es irremediable y, por ende, generadora de un alza de las luchas, las cuales, sumadas a la vanguardia consciente, permitirán la marejada revolucionaria. Para unos, la crisis, a pesar de los malos momentos que procura, empujaría a relanzar el crecimiento (el famoso «Vive la crise» de Yves Montand[^1]); para los otros, es una condición necesaria y, por consiguiente, objetiva para que se desencadene la revolución (el famoso, pero menos conocido, «Saludo a la crisis» de Révolution Internationale[^2]). De hecho, no existe hoy en día crisis general de sobreproducción, aunque potencialmente sea posible, al igual que la revolución, con o sin crisis económica.

No se trata en este artículo de definir qué es una crisis de sobreproducción (en realidad, de subconsumo), puesto que no haríamos más que repetir lo ya escrito por Marx. Sólo queremos tratar el problema de la lucha de clases hoy en día y del papel del paro. Pero para entender bien nuestro propósito, es menester emplazar la situación actual en su contexto histórico, es decir, que en vez de examinar con lupa las curvas de crecimiento, de productividad, etc., nos parece más pertinente y más justo partir de las paradojas que determinan, todavía con más fuerza hoy que ayer, la contradicción principal del capitalismo mundial: el antagonismo entre el capital y el trabajo. Nuestra principal base económica para estimar la situación política mundial no son las dificultades del capitalismo, ni el paro, ni las perspectivas de reconversión industrial, y menos aún la pretendida crisis de sobreproducción. Todo eso no sería más que puro economismo y, por tanto, de hecho, una manera de plegarse en definitiva a la lógica y a la contaminación cerebral que nos quiere imponer el capitalismo. Nuestra base económica es más amplia, la única compatible con la concepción materialista y dialéctica de la historia. El capitalismo como sistema social, independientemente del buen o mal funcionamiento de su economía, ha creado con creces las condiciones necesarias para ser arrasado por la clase proletaria sobre la cual se mantiene. El único problema real de hoy es el enorme desajuste entre lo que se ha hecho objetivamente posible y la mísera condición subjetiva general: es la ausencia o la ignorancia de un pensar teórico revolucionario.

> «Cuando se habla de ideas que revolucionan toda una sociedad, no se hace más que expresar el hecho de que en el seno de la vieja sociedad se han formado los elementos de una nueva, y de que la disolución de las viejas ideas avanza al mismo paso que la disolución de las viejas condiciones de vida.»
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> K. Marx (*Manifiesto del Partido Comunista*, 1847)[^3]

Los elementos de una nueva sociedad se formaron hace mucho tiempo, porque existían ya las condiciones históricas de su aparición, y desde el siglo XIX el proletariado ha mostrado muchas veces que era portador de «la disolución de las viejas condiciones de vida» y, por ende, de la transformación radical de la sociedad. La historia moderna de la lucha de clases está jalonada de victorias (en el sentido de la afirmación de la independencia de clase) y de derrotas seguidas de períodos más o menos largos de apatía en la clase históricamente revolucionaria: el proletariado. La desorientación actual, por no decir la pasividad de nuestra clase en muchos casos, es debida al inmenso impacto contrarrevolucionario extendido desde Moscú por la fuerza de las armas o por la de la propaganda falaz, posibilitada por la extracción de plusvalía, la explotación, el sudor y la sangre del proletariado en Rusia.

El arranque de un movimiento internacionalista iniciado en Rusia tuvo repercusiones netamente revolucionarias hasta 1937 en España, cuando la revolución había sido ya masacrada en Rusia; y es esta última la que destrozó con las armas en la mano el movimiento revolucionario en España, entregando el poder a Franco atado de pies y manos. La famosa crisis económica mundial de 1929, a pesar de sus efectos tan venerados hoy por cantidad de revolucionarios, no pudo invertir la corriente y, por el contrario, facilitó el aplastamiento del proletariado a escala mundial: el obrero buscaba pitanza, y por tanto trabajo, a cualquier precio, hasta el punto de reforzar, por ejemplo, las SA nazis en Alemania. El desajuste enorme, que cualquiera puede comprobar, entre las posibilidades objetivas de una sociedad desembarazada de fronteras y de clases sociales y el estado actual de la consciencia revolucionaria de clase no es debido directamente ni a la crisis económica de 1929 ni en sí al gigantesco crecimiento de las fuerzas productivas tras la segunda guerra mundial, sino justamente a lo que acabamos de exponer brevemente más arriba.

Hecha esta aclaración, y seguiremos haciéndola de distintas formas en todas nuestras futuras publicaciones, podemos abordar ahora la cuestión de la lucha de clases y del paro hoy. En el mismo manifiesto que citábamos al principio de este artículo se dice: «El verdadero resultado de sus luchas (las de los proletarios, N. de la R.) no es el éxito inmediato, sino la unión cada vez más extensa de los obreros». Reafirmamos esta idea emitida en 1847, pero no sin tener en cuenta los cambios que han surgido en el seno mismo del sistema de dominación capitalista. Pues, desde entonces, organismos como, principalmente, los sindicatos se han convertido por su naturaleza intrínseca en órganos de regulación capitalista y en la principal fuerza policíaca en el seno de una clase que, para consolidar su unión creciente, tiene y tendrá que pisotearlos cada día con más fuerza. La independencia de clase y, por consiguiente, la revolución social sólo serán fuerza material a ese precio. Pero el sindicalismo no impide la unión creciente del proletariado únicamente por su dirigismo burocrático, cosa que muchos lacayos del stalinismo, más conocidos con el nombre de trotskistas, podrían reconocer. Pues la forma burocrática es en sí misma el resultado de un contenido específicamente capitalista.

Las «reivindicaciones» sindicales forman parte, de hecho, de la programación capitalista; una reducción de las horas de trabajo va así compaginada con un aumento de la explotación, un alza de salarios con un alza de precios, etc. Las «reivindicaciones» sindicales tienen, pues, como objetivo esconder o permitir un aumento de la explotación y la continuación de la pauperización relativa (e incluso absoluta para los sectores no viables para la economía capitalista) del proletariado. Eso no impide que el sindicato, acorralado por una radicalización de la clase, recoja algunas de sus consignas para confundirla mejor, al igual que el capitalismo está dispuesto a hacer concesiones para volver a tomar las riendas de la situación y, al fin y al cabo, aplastar al proletariado. De forma general, el sindicalismo nos impone, en nombre del inmediatismo y de la «lucha reivindicativa», su realismo capitalista, con todas las luchas de pega y las negociaciones que ello conlleva. Lo que el capitalismo acepta, desde lo alto de la dictadura que impone a la sociedad, son interlocutores sociales tan responsables como él mismo ante el asalariado que lo alimenta. Lo que no acepta, o lo que a veces tiene que soportar con el miedo en el cuerpo, es la lucha del proletariado como clase antagónica que se levanta frente a sus intereses.

Por otro lado, si bien es cierto que para el proletariado en su conjunto la lucha cotidiana es «la escuela de guerra del comunismo», en tanto que revolucionarios, producto y a la vez factor activo, no podemos defender objetivamente acciones que dividen a nuestra clase o/y que fortalecen a nuestro enemigo en nombre del muy célebre adagio «no separarse de la masa», pues de hecho es el capitalismo quien nos separa de ella, ayudado por todos sus partidos llamados obreros y por sus sindicatos, y esto con el inmenso ajuar de medios de que dispone: desde la calumnia más cínica hasta los golpes de fuerza de los bonzos sindicales.

¿Qué presenciamos hoy concretamente? La reestructuración industrial ligada a las necesidades de la acumulación del capital se desembaraza de sectores viejos, caducos por no ser rentables, lo que provoca un aumento del ejército de reserva que constituyen los parados. Pero, por otro lado, a pesar de las dificultades, el capital sigue acumulándose. Hay acumulación de riqueza en un polo y acumulación de miseria relativa o absoluta en otro polo, de la misma forma que la existencia de países ricos implica la existencia de países pobres. La tensión social que resulta de esta situación específica (reestructuración) del capital no engendra automáticamente una consciencia revolucionaria de clase, tanto más cuanto que ninguna organización revolucionaria puede pretender hoy tener una influencia real en el proletariado. Este hecho lamentable lo debemos a los leales servicios que la contrarrevolución rusa ha prestado al capitalismo mundial. Las fuerzas reaccionarias en el medio obrero cortan toda perspectiva que ponga en cuestión la explotación misma de la fuerza de trabajo y anulan toda solidaridad de clase que pueda consolidar la única unión proletaria que conmovería el mundo, esa unión que no debe preocuparse más que de sus intereses, rechazando la parcelación de la lucha, la separación entre trabajadores y parados, entre nacionalidades, sexos, etc. Esta o estas separaciones son facilitadas por el miedo a perder el puesto de trabajo para el que lo tiene, y la obsesión de encontrar uno para el que no lo tiene. En el momento de los despidos puede así «desencadenarse» el rugido de un proletariado sometido de antemano a las exigencias mismas del capital, de su economía, de sus empresas, de «su nación». Desde hace mucho tiempo no ha habido una respuesta colectiva y solidaria por parte del proletariado contra el ataque que perpetra este sistema criminal. Las huelgas contra los despidos son sectoriales; cuando despiden en la siderurgia, el automóvil se calla, y viceversa. Aunque las luchas reduzcan en un sector el número de despedidos, lo que presenciamos es de hecho una derrota obrera, aun teniendo en cuenta que a través de la lucha algunas franjas del proletariado hayan podido tender a radicalizarse.

Todo el mundo teme el paro, y el viejo trabajo asalariado aparece como una liberación cuando es la causa de él, y es aboliéndolo como la humanidad podrá merecer ese nombre. Este sistema basado en el beneficio sigue su loca carrera mientras nuestra clase no consigue responder como es debido con la fuerza potencial que le otorga su posición social en las relaciones de producción. Ahora bien, para responder al capital, el proletariado necesita su consciencia y su fuerza, y en manera alguna caridad o contemplaciones obreristas.

En tanto que proletarios revolucionarios, vivimos la misma situación que nuestros hermanos de clase, y debemos hacernos notar no por un seguidismo borreguil, sino por lo que nos caracteriza: nuestra voluntad comunista, basada no en una genial idea utópica, sino en las posibilidades concretas de su realización. Tenemos, pues, que partir de la necesidad urgente del comunismo para plantear los problemas de hoy, y no a la inversa, lo que nos encerraría en el marco mismo del capitalismo. Si los parados constituyen comités, no lo deben hacer como parados, sino como proletarios que admiten a camaradas que trabajan. Deben, gracias a su posible movilidad, imponer la solidaridad de clase a los que se hallan en el presidio de la producción, puesto que de la actitud clasista de estos últimos depende la constitución de una fuerza social capaz de imponerse. Nuestras reivindicaciones no pueden tener como objetivo «mejorar» el sistema basado en nuestra explotación; en consecuencia, no pueden tener en cuenta las posibilidades de la economía capitalista de la empresa, de la nación, de los cárteles, trusts o del Estado, sino que han de estar dirigidas contra ellos. Hay, por consiguiente, que organizarse para mostrar nuestra fuerza y nuestra consciencia con ejes reivindicativos que ataquen la acumulación del capital, por una parte, y que prefiguren al mismo tiempo las medidas necesarias para la dictadura del proletariado y la abolición del trabajo asalariado. No queremos el reparto de la miseria (cosa que propone el sindicato de parados), sino aprovechar directamente la riqueza producida por nuestra clase. En los lugares de trabajo, los proletarios deben no sólo luchar contra los despidos, sino combatir por la reducción masiva de las horas de trabajo y por un aumento de su salario real, exigiendo la incorporación de sus camaradas sin trabajo. Sea o no posible de realizar, lo importante es que después de cada lucha, victoriosa o derrotada, el capital sepa que una clase toma cada vez más consciencia de su fuerza, de esa fuerza que la camisa de fuerza sindical quiere aniquilar. Y no es puro azar si ha aparecido en Francia un sindicato de parados que organiza acciones y manifestaciones que tienden a quebrar el más mínimo espíritu de rebeldía y, sobre todo, la más mínima voluntad de lucha activa y conjunta entre parados y trabajadores que tienen un puesto donde ser explotados.

Reivindicar, defenderse, SÍ, pero para no tener que hacerlo más; para que el capitalismo y todos sus servidores tiemblen ante el espectro del comunismo, de Washington a Moscú, de Pekín a Estambul, de La Habana a El Salvador.

No somos ni mendigos ni miserables. ¡Somos una clase que debe reafirmar su existencia para mejor destruirse y acabar con los Estados, las fronteras y las clases sociales!

[^1]: *Vive la crise!* («¡Viva la crisis!»), programa de televisión emitido en febrero de 1984 por Antenne 2 y presentado por el actor y cantante Yves Montand, que exaltaba la modernización y el esfuerzo ante la crisis. El texto francés imita la pronunciación italianizante de Montand («Vivé la Crisé»).

[^2]: Révolution Internationale, sección francesa de la Corriente Comunista Internacional (CCI).

[^3]: Así fecha el artículo el *Manifiesto*, publicado en febrero de 1848. Las citas del *Manifiesto* se dan según la traducción de la Escuela: [*Manifiesto del Partido Comunista*](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1848%20Manifiesto%20del%20Partido%20Comunista).

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*Nota.* Texto español según «Lucha de clases, despidos, paro», [*Alarma*, tercera serie, n.º 22, marzo de 1986, págs. 3-6](https://marxismo.school/hemeroteca/alarma/1986-03-lucha-de-clases-despidos-paro), versión revisada del mismo artículo, cotejado con el francés y ajustado a él donde ambos difieren. La versión de *Alarma*, posterior, separa en párrafo propio la frase sobre la ausencia de crisis general de sobreproducción; da la crisis como «de 1929-34»; dice «reajuste técnico» donde el francés dice «reconversión industrial» y «acumulación ampliada» donde dice «acumulación»; añade que el sindicalismo actúa «como aparato o con la mentalidad que ha inculcado a los obreros»; omite la frase final sobre la derrota obrera aun cuando las luchas reducen los despidos y el paréntesis sobre el sindicato de parados; habla de «sindicatos de parados» en Europa y no en Francia, y cierra con una cita del *Pro Segundo Manifiesto Comunista* (1961) del FOR que no figura en *Alarme*.
