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Title: Huelga en la RATP y en la SNCF
Description: Las huelgas salvajes de la SNCF y de la RATP, desencadenadas al margen de los sindicatos, muestran el camino de la acción directa, pero se quedan en lo corporativo; los revolucionarios deben empujar a su extensión y al enfrentamiento con la explotación.
Date: 01/01/1986
Category: Alarme n.º 31-32
URL: https://marxismo.school/hemeroteca/alarme/1986-01-huelga-en-la-ratp-y-en-la-sncf
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*Alarme*, n.º 31-32, primer semestre de 1986 (págs. 6-8). [PDF del número completo](https://marxismo.school/assets/archivo/1958-93%20Hemeroteca%20del%20FOR/1978-93%20Alarme/alarme-n31-32.pdf) · [Texto original en francés](https://marxismo.school/hemeroteca/alarme/originales/1986-01-greve-a-la-ratp-et-a-la-sncf)

Dos huelgas en el sector nacionalizado, y además en el servicio público, han dado que hablar estos últimos tiempos: la de la SNCF (trenes) y la de la RATP (metro), no por su duración, sino porque la paralización de uno solo de estos sectores repercute directamente en «la vida cotidiana» de los «ciudadanos pacíficos» que se dirigen al lugar de su explotación, tanto más cuanto que en ambos casos no había habido preaviso de huelga.

Independientemente del contenido mismo de las reivindicaciones de los huelguistas, la totalidad de los periódicos capitalistas (de *Le Parisien libéré* a *Le Monde*, pasando por *Libération*) ha engordado ampliamente la cólera del buen pueblo (que volvía de vacaciones, en la huelga de la SNCF, o que iba al tajo o volvía del curro, en la huelga de la RATP). Irresponsabilidad, toma de rehenes, abuso del derecho de huelga, etc., son las palabras y expresiones que más se repetían, sin olvidar, desde luego, el muy conocido «de qué se quejan, si ellos tienen el empleo asegurado».

Si estas dos huelgas espontáneas han podido estar mal vistas por buena cantidad de gente, es en gran parte a causa de las huelgas (no-huelga o sabotaje de la lucha sería más correcto) que han organizado a menudo los sindicatos, y que se perciben muy justamente como acciones que cansan a quienes se ven empujados a hacerlas y exasperan a quienes las sufren.

Pero esta vez, e independientemente de las reivindicaciones, el movimiento estalló al margen de la voluntad sindical y en ambos casos se extendió a casi todo el gremio. Como en toda huelga salvaje, es ese impulso de solidaridad lo que hay que subrayar, al mismo tiempo que el enorme potencial que existe en el seno de la clase trabajadora y explotada para afinar y reforzar a la vez la consciencia y la fuerza que le confiere su simple posición en las relaciones sociales de producción. Está claro, pues, que la clase explotada, el proletariado, no puede ni debe reaccionar como a toda la clase capitalista le gustaría que reaccionase: como seres aislados, como ciudadanos, como individuos descontentos de no poder utilizar una mercancía (tren, metro, en este caso) que pagan con el dinero ganado con el sudor de su frente. Sino, muy al contrario, utilizar los mismos métodos en su lugar directo de explotación, única manera, por una parte, de imponer sus legítimas reivindicaciones; por otra, de enlazarlas con las reivindicaciones de otros sectores en huelga, y, por último, de afirmarse con ello en la lucha como una misma clase, rompiendo las separaciones de categoría, de sector, nacionales e internacionales.

Así pues, de forma general, la huelga salvaje o espontánea, sin preaviso de huelga y al margen de los especialistas de la negociación-derrota que representa el sindicalismo en todas las latitudes, es un medio que la clase obrera debe y deberá utilizar para afirmar su unión creciente hasta sus últimas consecuencias: la insurrección proletaria y la dictadura de clase para acabar con toda explotación y, por tanto, con las clases mismas.

Dicho esto, si es cierto que como método estas dos últimas huelgas han mostrado un buen camino que seguir, no es menos cierto que, a pesar del descontento general del proletariado y de las débiles huelgas dispersas y controladas en un momento u otro por la camisa de fuerza sindical, han sido de categoría, y por eso mismo limitadas y más fácilmente circunscritas en el capitalismo y por él.

La fuerza capitalista más presente en el medio obrero, a pesar de su descenso en número de militantes, es por supuesto el sindicalismo, que, aunque atento como poli de la masa explotada, puede dejarse sorprender de vez en cuando por movimientos incontrolados, a los que en la mayoría de los casos se apresura a subirse en marcha para pararlos mejor y devolverlos al redil sindical. Su actitud en estas dos huelgas ha sido notable, aunque fácil por el pobre contenido de las reivindicaciones, y el acto más turbio, más repugnante y más abyecto fue el reparto al público de una octavilla firmada por la CGT titulada «Disculpen». Si el célebre stalinista Thorez proclamaba «hay que saber terminar una huelga», el sindicato de su misma tendencia proclama hoy «disculpen si ha habido una huelga; las próximas veces sabremos evitarla», es decir, pararla antes incluso de que empiece. El sindicato confiesa él mismo algo que sus interlocutores sociales (Patrono, Estado) ya sabían. Los movimientos sindicales son no-movimientos; las huelgas sindicales, no-huelgas, que sirven para canalizar el descontento obrero y cansar a los obreros con acciones de pega.

Pero cuando estalla un movimiento sin el acuerdo sindical, zafarrancho de combate: los estados mayores se movilizan, se apresuran a encontrar una mesa y unas sillas y se sientan alrededor; lo que no es más que una amistosa discusión entre ciudadanos respetuosos del mismo orden social lo reproducen los medios de comunicación en forma de algunos improperios y de algunas declaraciones bien contundentes que hacen creer a los «huelguistas» en la enemistad profunda entre los especialistas de la mesa redonda; se firma el acuerdo, la jugada está hecha, el capital ha ganado y hace creer a los obreros que los sindicatos los han defendido bien y han obtenido el máximo, dada «la mala coyuntura económica mundial». Y si los huelguistas no están contentos y quieren continuar la lucha, peor para ellos: se les habrá avisado, la puerta está abierta de par en par; hacia la salida para los provocadores irresponsables, y hacia la entrada para los innumerables parados que esperan poder ser explotados.

En el caso de huelgas del servicio público, que afectan directamente a usuarios de la misma clase y de condición media similar a la de los huelguistas, hay que hacer absolutamente que el movimiento sea lo más popular posible. Eso es lo que falta incluso en el caso de estas dos últimas huelgas espontáneas. Pues, aunque salvajes y, por tanto, decididas por los propios trabajadores, estas dos huelgas, por ejemplo, no rompieron, por atavismo, con la mentalidad y con ciertos métodos sindicales. Que en un primer momento la huelga se extienda a casi la totalidad del gremio es algo bueno, si no es por espíritu corporativista. En efecto, todo movimiento auténtico en un sector muestra de hecho a los demás sectores que la condición media de la clase explotada es la misma en todas partes. Pero nada debe impedir, muy al contrario, que el sector en huelga fuerce una constatación vivida demasiado a menudo pasivamente, llamando al conjunto de la clase a mostrarse solidaria e impulsando conjuntamente reivindicaciones unificadoras, que no faltan. Y en el caso de huelgas en la SNCF o en la RATP, no faltan medios para popularizar la huelga, por ejemplo mediante la palabra directa. Es necesario, desde luego, convocar asambleas al margen y en contra de la estructura castradora del sindicalismo, pero sería todavía más interesante que los huelguistas se sirvieran del poder que de hecho ejercen para llamar a los usuarios bloqueados a conocer la huelga, a discutirla, a solidarizarse con ella, sin que éstos, pasivamente como siempre, tengan que esperar el relato que de la huelga y de los perjuicios que les ha causado les harán los medios de comunicación al servicio del sistema que los explota. Este tipo de experiencia, es decir, la vuelta a huelgas que tanto por su forma como por su contenido merezcan por fin su nombre, no puede sino devolver a corto plazo la confianza al proletariado en su totalidad. Hay que insistir en esto, y no extasiarse ante todo lo que se mueve, si como revolucionarios queremos contribuir a superar el nivel actual de las luchas dispersas, no solidarias y limitadas. Vivimos en un momento de la historia de la humanidad en el que están ampliamente reunidas todas las condiciones materiales para arrasar esta sociedad inmunda e imponer la única salida posible para la especie humana: el comunismo. Eso sólo la clase proletaria es capaz de realizarlo, pero aún hace falta que a través de su lucha se dé cuenta de su fuerza y de su capacidad. Aún hace falta que las débiles fuerzas revolucionarias no se sitúen, en la práctica, por debajo o al mismo nivel que el conjunto de la clase a la que pertenecen histórica y prácticamente.

En efecto, se quiera o no, existe una diferencia cuantitativa y cualitativa entre el conjunto de la clase proletaria y las minorías revolucionarias organizadas. Esta diferencia se reduce o aumenta según el nivel y la intensidad de la lucha del trabajo contra el capital.

Entre la lucha cotidiana y la lucha consciente por el comunismo no hay relación lineal o matemática. Los revolucionarios deben esforzarse con su combate por impulsar consignas que rompan la dinámica del capital en todos los niveles, de hecho entremezclados: político, organizativo, económico y social.

Contra la organización sindical, del lado capitalista, organización independiente de clase (asamblea soberana, delegados revocables en todo momento…).

Contra las reivindicaciones supeditadas a la buena marcha de la economía nacional, de las empresas, de los trusts, de los Estados o de la economía mundial, ataque a la acumulación del capital, obtenida mediante la plusvalía arrancada a nuestra fuerza de trabajo.

Contra el poder dictatorial del capitalismo en todas las latitudes, dictadura de clase revolucionaria para la abolición de las clases sociales.

No hay muro de hormigón entre la lucha inmediata y la lucha histórica del proletariado por el comunismo. Quienes piensan que reivindicar para no tener que hacerlo más es una frase hueca que no tiene en cuenta la realidad social son reaccionarios y, en el mejor de los casos, imbéciles.

En efecto, la unidad del proletariado es necesaria para barrer el modo de producción actual. Pero, confinada en el ciclo ataque del capital/defensa proletaria, esta misma clase, aunque obtenga algunas reivindicaciones, no deja de ser un juguete en manos del sistema que la explota si no lo abate. Los revolucionarios, como fracción más decidida y consciente de la clase trabajadora, deben empujar al enfrentamiento contra la explotación misma, no para aminorarla, sino para suprimirla.

Si eso es idealismo o utopía, dejamos a los materialistas vulgares chapotear en su cientifismo mal digerido y combatimos su desprecio por una clase social a la que creen incapaz de reflexionar. La idea, cuando se basa en un hecho real, es decir, en la posibilidad de transformar de arriba abajo una sociedad bien precisa, es una fuerza material. Llamamos, pues, a todos los proletarios que no aceptan su condición a continuar su lucha, independientemente de las huelgas puntuales o de las radicalizaciones posibles, militando en organizaciones políticas que vean la clase como un todo a escala mundial y que quieran precisamente transformar este mundo en su totalidad.

¡A LA LUCHA!

