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Title: Terror capitalista y violencia revolucionaria
Description: Ante la oleada de atentados, distinción entre el terrorismo, instrumento de los Estados y de los bloques imperialistas, y la violencia de clase del proletariado, ligada a su consciencia y a su organización.
Date: 01/01/1986
Category: Alarme n.º 31-32
URL: https://marxismo.school/hemeroteca/alarme/1986-01-terror-capitalista-y-violencia-revolucionaria
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*Alarme*, n.º 31-32, primer semestre de 1986 (págs. 19-21). [PDF del número completo](https://marxismo.school/assets/archivo/1958-93%20Hemeroteca%20del%20FOR/1978-93%20Alarme/alarme-n31-32.pdf) · [Texto original en francés](https://marxismo.school/hemeroteca/alarme/originales/1986-01-terreur-capitaliste-et-violence-revolutionnaire)

La oleada de atentados que se está produciendo nos vuelve a plantear el problema de la pertenencia de clase de los terroristas.

Islamistas, OLP, IRA, ETA, etc., son claramente los sicarios de Estados por construir o ya construidos.

Las organizaciones terroristas como las Brigadas Rojas, Action Directe, la Fracción del Ejército Rojo o las Células Comunistas Combatientes actúan de hecho por cuenta del stalinismo y reclutan militantes sobre la base de la rebeldía individual contra esta sociedad. No se diferencian de los izquierdistas, y representan respectivamente el aspecto terrorista y el aspecto pacifista de una misma mistificación.

Por último, como consecuencia de una acumulación de odio o de venganza contra este mundo repugnante, existen actos terroristas individuales de proletarios, de los que ya hemos tenido ocasión de hablar. Aunque erróneos, por un aislamiento completo de todo movimiento real, y por lo tanto inoportunos, como poco, no pueden meterse en el mismo saco que los demás.

La violencia complacientemente exhibida por cada bomba que estalla apenas oculta aquella, permanente y creciente, sobre la que descansa esta sociedad. El terrorismo, calificado de ciego y bárbaro, ataca espectacularmente a inocentes ciudadanos (a veces, pero más raramente, a otros menos inocentes: polis, periodistas, jueces, patronos... ¡sacad los pañuelos!). Todos los días el capital masacra a miles de hombres mediante accidentes de trabajo, guerras, hambrunas, enfermedades, catástrofes industriales o supuestamente naturales, etc. Todos los días, esperando que no sea el último, miles de millones de hombres se ven obligados a morir un poco más en el trabajo o en el paro para sobrevivir hasta el día siguiente.

So pena de muerte, tenemos que trabajar o padecer el paro sin rechistar, sin protestar contra la existencia y la organización demencial del capital.

Ante una bomba que estalla, la policía defenderá a los ciudadanos, y aun eso a condición de que ellos mismos se conviertan en delatores, en polis. Pero ante las fábricas como la de Bhopal, los accidentes de trabajo o el paro, los proletarios que se rebelen serán despiadadamente reprimidos, perseguidos, apaleados, torturados, etc.

En el caso del terrorismo, lo esencial para las fuerzas capitalistas es, en primer lugar, ocultar que todas las relaciones en que se sustenta la sociedad son relaciones de violencia, latente mientras no se las pone en cuestión, desencadenada en cuanto el Estado sospecha un peligro para su estabilidad. Después hay que ocultar (y ni los medios de comunicación ni los partidos ni los sindicatos escatiman esfuerzos para ello) que esa violencia no es generalmente una fuente de peligro para el capital, y sobre todo hacer creer que los locos de Dios o el «jefe de la revolución libia» representan la lucha revolucionaria contra la democracia capitalista e incluso contra el conjunto del capitalismo mundial.

Todo esto para mistificar a los proletarios. En efecto, es el capital el primer terrorista «internacional», que practica el terror de masas (guerras, catástrofes, vigilancia policial a gran escala, deportación...) o el terror individual (bombas de diversos orígenes y calidades en París o en Nueva Zelanda, en Roma o en Beirut).

Los grupos terroristas que el Estado (sea cual sea su forma) utiliza constituyen ni más ni menos que fracciones de los ejércitos nacionales comprometidos en las guerras interimperialistas. La intrusión de tales grupos o de sus patrocinadores en las luchas marca un retroceso o una derrota de estas.

Ciertamente, a los mineros británicos no los derrotó Gadafi solo, pero el simple hecho de aceptar que su caja fuera financiada por un director de agencia militar capitalista los comprometía, de buen o mal grado, a avalar la imagen «revolucionaria» de un vulgar mercenario, en este caso stalinista. En lugar de dejarse integrar en un aparato de guerra imperialista, el proletariado debe oponer e imponer *su* violencia de clase, *sus* expropiaciones, *sus* ataques, etc., al margen de todo apoyo de una embajada «proobrera» y rechazándolo, en particular cuando pasa por las cajas de los sindicatos, que, además, suelen estar afiliados al mismo bloque imperialista.

Cuando el proletariado actúa en su terreno de clase, las propuestas de un Gadafi, las bombas de un IRA o de ETA, las tomas de rehenes de religiosos histéricos se vuelven inconcebibles, incluso ridículas.

Al contrario, ese terrorismo, aunque tome prestados al proletariado algunos de sus métodos,[^1] se alimenta del reflujo o de la debilidad de un movimiento y actúa contra él, como agente del Estado, al menor paso en falso.

Recíprocamente, como en España entre 1974 y 1976, durante las grandes luchas que marcaron lo que se ha convenido en llamar la «transición democrática», y en las que los proletarios demostraron su gran capacidad de organización y de imaginación, así como una gran combatividad, el terrorismo capitalista quedó entre paréntesis.

En particular, los obreros tomaron el control de Vitoria, en el País Vasco, al margen, por supuesto, de todo encuadramiento sindical, y ETA, en el suelo sagrado de su patria, se guardó muy bien de asomar la nariz; por lo demás, los proletarios nunca la invitaron a «hacerles un servicio», pues sentían demasiado bien el foso de clase que los separaba de ella.

Solo por la fuerza, por las armas, podrán romperse las fuerzas que defienden el capital. Pero el hecho de que en ciertas fases de la lucha revolucionaria se puedan o se deban efectuar actos violentos para los que no se consultará al conjunto de la clase, como complemento de otros métodos en un movimiento de clase, no tiene precisamente nada que ver con el terrorismo capitalista.

Los objetivos inmediatos y la naturaleza de las acciones que la clase obrera lleva a cabo están subordinados al objetivo de la toma del poder y de la transformación de la sociedad para suprimir las clases. Ese movimiento es el desarrollo de una guerra de clases, librada primero por minorías y que va ampliándose.

En esa guerra, y para realizar sus tareas, el proletariado no puede renunciar *a priori* a utilizar todas las armas, todas las formas de violencia que puedan serle necesarias.

Lo que distingue el terror burgués de la violencia proletaria y de la dictadura del proletariado es la subordinación del empleo de la violencia, de la fuerza, a fines diferentes, y, por consiguiente, es esa diferencia la que configura el uso de la violencia.

En particular, el hecho de que el proletariado en el poder no sea una nueva clase explotadora hace resaltar sus victorias, generalmente magnánimas comparadas con los espantosos baños de sangre generalizados del capital triunfante.

> «Y sobre todo las milicias obreras se encargan de la lucha contra los militares: cuatro días después del final de los combates en Barcelona, una columna de obreros en armas parte, bajo la dirección de Durruti, para liberar Zaragoza. Avanzará por Aragón como un ejército de liberación social, aplicando el método del anarquista italiano Malatesta: "apoderarse de una ciudad o de un pueblo, poner allí a los representantes del Estado en la imposibilidad de causar daño e incitar a la población a organizarse por sí misma". No tengo la menor intención de dar aquí una visión idílica. Eso no se hizo siempre sin conflictos, sin errores, e incluso crímenes, pero *se hizo*.»
>
> C. Semprun-Maura, *Révolution et contre-révolution en Catalogne*, pág. 30, Éditions d'aujourd'hui.[^2]

Además, hay otra diferencia en el empleo de la violencia entre el proletariado y el capital. En efecto, a diferencia de las demás clases revolucionarias del pasado, el proletariado no es una clase consciente de forma permanente y en su mayoría de sus fines, de su historia y de sus medios. Por eso las explosiones de violencia obrera no se caracterizan por el grado de violencia al que recurre la clase, sino por el grado de consciencia que modela el empleo de la fuerza. Y esa consciencia se manifiesta, desde luego, en el grado de organización que alcanza el proletariado en su enfrentamiento con el capital, y que permite definir con rigor los blancos que abatir, las medidas que tomar y las tareas que realizar. La fuerza, la consciencia y la organización del proletariado están indisolublemente ligadas y se refuerzan mutuamente, al contrario que en el capital, que separa estricta y jerárquicamente la fuerza de la consciencia y de la organización. Por eso las revueltas más violentas de los proletarios, a pesar de su determinación a enfrentarse con algunas de las fuerzas de policía, permanecen en el terreno del capital, al no conseguir aún dotarse de una organización independiente que dirija el combate hacia el derrocamiento del sistema capitalista.

Puede decirse, pues, que el «provecho» que saca el capital de los atentados mencionados más arriba es, por una parte, presentarse como virgen y mártir de la violencia y, por otra, asimilar toda violencia «privada» a ese terrorismo capitalista, o, en el mejor de los casos, imbécil.

Los comunistas deben, pues, reafirmar que la lucha de clases es violenta, que hoy la violencia la ejerce en esa lucha la organización de la clase dominante: el Estado capitalista, cuya represión de la clase dominada se efectúa mediante la intimidación y la brutalidad.

La inversión de la situación actual es, por tanto, un proceso en el curso del cual la clase dominada invierte la relación de fuerzas existente, adquiere consciencia de lo que es históricamente y se organiza para dominar la sociedad y mantener su poder hasta que las medidas inmediatas de transformación de las relaciones de producción hagan irreversible toda vuelta atrás.

En el curso de ese proceso mundial, que forzosamente se pone en marcha en minoría, los proletarios en lucha tendrán que utilizar todas las armas que tengan a su disposición y que se den.

Todo parecido con el terrorismo capitalista de grupos particulares es fruto de la propaganda del capital.

[^1]: (Nota del original.) En los años setenta, grupos como Prima Linea o Lotta Continua utilizaron métodos como las «jambisations» (las *gambizzazioni* italianas), que consistían en disparar a las piernas de los capataces o de los esquiroles, como lo habían hecho los proletarios en 1968-1969. P. L., L. C. o las Brigadas Rojas, aunque se reclamaban formalmente del proletariado, nunca fueron más que grupos stalinistas, al servicio directo o indirecto del Estado, italiano o ruso.

[^2]: Carlos Semprún Maura; el libro tiene edición española (*Revolución y contrarrevolución en Cataluña*), que no hemos podido cotejar; la cita se traduce aquí del francés.
