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Title: Bélgica: sin lucha antisindical no hay victoria obrera
Description: Las huelgas masivas de abril-junio de 1986 en Bélgica contra el plan de austeridad, ahogadas por los sindicatos y el sindicalismo de base izquierdista; lecciones para la autoorganización y las reivindicaciones anticapitalistas.
Date: 01/07/1986
Category: Alarme n.º 33
URL: https://marxismo.school/hemeroteca/alarme/1986-07-belgica-sin-lucha-antisindical-no-hay-victoria-obrera
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*Alarme*, n.º 33, julio-agosto-septiembre de 1986 (págs. 13-14 y 16). [PDF del número completo](https://marxismo.school/assets/archivo/1958-93%20Hemeroteca%20del%20FOR/1978-93%20Alarme/alarme-n33.pdf) · [Texto original en francés](https://marxismo.school/hemeroteca/alarme/originales/1986-07-belgique-sans-lutte-anti-syndicale-pas-de-victoire-ouvriere)

Durante dos meses, entre abril y junio del 86, Bélgica ha sido una vez más el centro geográfico de la lucha de clases en Europa. Una serie de huelgas masivas en todo el país se desarrolló como reacción al nuevo plan de austeridad que el gobierno «de derecha», renovado por las elecciones de octubre del 85, ponía en marcha. Ese plan, que preveía, entre otras cosas, un «adelgazamiento» importante en las minas de carbón, los astilleros y la siderurgia, el desmantelamiento del servicio público y la degradación de las prestaciones sociales, constituía un ataque brutal contra el proletariado belga, ya sometido a dura prueba por anteriores planes antiobreros.

Así, a mediados de abril, los mineros de la región de Limburgo pararon espontáneamente, cogiendo desprevenidas a las direcciones sindicales, que habían intentado agotar su rabia con jornadas de acción de 24 horas completamente de pega. Por impulso de la base (el 80 % del proletariado belga está sindicado) y de militantes izquierdistas del PTB (Partido del Trabajo de Bélgica, stalino-maoísta), los obreros constituían piquetes de huelga y delegaciones para buscar la solidaridad de otros sectores y extender el movimiento en la región. Tras 48 horas de huelga y en contra de su opinión inicial, las direcciones sindicales reconocían la huelga y la legitimaban desde un punto de vista capitalista. Esa huelga, que se insertaba en una agitación social de varios meses, nacida principalmente de la derrota electoral en el 85 de la «izquierda», que había contado con el apoyo abierto de la FGTB (sindicato prosocialista), iba a aparecer como el detonador de una explosión social casi general.

Tras quince días de huelga, y en el momento en que el sector público entraba en el baile, los sindicatos llamaban a volver al trabajo en las minas y rompían una vez más la posible solidaridad de franjas radicalizadas de proletarios. En la región de Henao (el Centre) la huelga será general durante quince días.

Al carácter masivo de esta lucha hay que añadir una verdadera combatividad de la clase obrera y la afirmación de su necesidad de unir y extender el combate por encima de las separaciones corporativistas y regionales. Esa combatividad se expresaba en los intentos del proletariado de tomar en sus manos la defensa de sus intereses y de vincular su acción mediante una misma consigna de rechazo de la austeridad que el Estado belga quería imponerle para aumentar la rentabilidad de su aparato productivo en la guerra económica por el acaparamiento de la plusvalía internacional. En este sentido, esta huelga en Bélgica llevaba en sí el germen de una verdadera perspectiva anticapitalista, basada en la confrontación de sus intereses de clase explotada con un nuevo atentado contra sus miserables condiciones de supervivencia. ¡Sin embargo, el movimiento iba a ser ahogado!

A continuación de numerosas acciones sectoriales (ferroviarios, luego docentes, luego transportes, etc.), encuadradas e impulsadas por los sindicatos, el 31 de mayo, a la llamada de la FGTB —que tenía programada una huelga general para esa fecha desde hacía dos meses—, 200.000 proletarios se encontraban en una *manifestación en la que no pintaban nada*, sin perspectivas, *y que anunciaba lo que iba a venir*: llamamientos a volver al trabajo, negociaciones por ramas profesionales o por sectores, huelgas rotatorias sectoriales y demás chanchullos sindicales, capitalistas, reaccionarios y mortales para la lucha del proletariado por su emancipación.

Por importante que fuera la movilización de la clase obrera belga, y a pesar de ciertas acciones violentas, en particular contra locales sindicales, o de enfrentamientos con la policía, lanzada a reprimir el movimiento cuando los sindicatos lo desautorizaban (entre los mineros, más particularmente, tras la llamada a volver al trabajo), se plantearon los mismos problemas, que quedaron sin solución y precipitaron el fracaso del movimiento: la cuestión del contenido de la lucha, de su organización y de su perspectiva solo fue abordada de manera embrionaria por ciertas franjas de proletarios más conscientes. Ante estas cuestiones vitales para la lucha de clases y para el avance de la consciencia del proletariado sobre su objetivo final, la tendencia general fue la sumisión al corsé sindical y a su ideología capitalista de «defensa de la herramienta de trabajo», del «realismo económico» o de la «unión nacional contra la competencia internacional», y demás eslóganes capitalistas. Pues, aunque el movimiento sorprendió a las direcciones sindicales, aparece claramente que nunca desbordó a los sindicatos como órganos del capital; pensar lo contrario sería no comprender el papel del sindicalismo de base como catalizador de la voluntad de lucha proletaria hacia... el sindicalismo, su legalidad, sus aspiraciones al sillón supremo de la explotación del hombre por el hombre. En Limburgo, por ejemplo, los delegados de base de la FGTB (izquierdistas pertenecientes al PTB en su mayoría) prepararon el terreno para hacerse cargo ellos mismos de los posibles desbordamientos: crítica de las direcciones «traidoras», llamamientos a la unión sindical FGTB-CSC,[^1] octavillas por la huelga general y desarrollo de una perspectiva política para la participación de los «socialistas» en el gobierno. El conjunto de esta práctica dará sus frutos muy pronto. En efecto, las asambleas generales y los comités de huelga que se crearon fueron alentados por ellos y se hicieron bajo su control, hasta el punto de apartar de ellos a los proletarios, a quienes se invitaba a combatir quedándose en casa o yendo a mendigar a derecha e izquierda un apoyo popular vacío de contenido de clase. En el resto del país, esos mismos delegados de base perpetuarán los esquemas de acción propios de todo izquierdista que se precie: peticiones, manifestaciones ante las gobernaciones, peticiones y piquetes de huelga sometidos a las orientaciones sindicales, ¡a las que se «exigía» más democracia! En resumen, ¡la panoplia del perfecto esquirol, vamos!

Así, el sindicalismo de base desempeñó su papel de policía social con la misma naturalidad con que lo asegura políticamente la extrema izquierda con su programa capitalista de Estado. Pertenece al arsenal capitalista para desmoralizar, castrar y desviar al proletariado más consciente hacia el «sindicalismo de combate» y contra los burócratas «timoratos y traidores». De hecho, la cuestión del «sindicalismo de combate» no es más que polvo en los ojos. Se pretenda «de combate» o se le abuchee por «burocrático», el sindicalismo sigue siendo la fuerza principal de la represión obrera. El sindicalismo de base es hoy el arma esencial de la clase capitalista contra el proletariado y corresponde a la necesidad de adaptarse al desmoronamiento del sindicalismo en Europa, en un periodo en el que las direcciones sindicales se han mojado más que de sobra para hacer tragar al proletariado la píldora de la reestructuración. Hoy la consciencia de clase del proletariado está muy por debajo de su capacidad objetiva para destruir la sociedad de explotación, y el nivel de sus luchas solo conocerá una verdadera mejoría oponiéndose abiertamente a los aparatos sindicales; es decir, la confrontación no podrá limitarse a la crítica de las direcciones, sino que deberá apuntar al conjunto del órgano sindical, capitalista por naturaleza.

El fracaso de la huelga de los mineros ingleses en el 84, de Dinamarca en el 85 y, en la propia Bélgica, del sector público en el 83 lleva el sello de la práctica capitalista de los sindicalistas de base. A una política capitalista el proletariado solo puede responder con una práctica proletaria, crítica en actos de la dictadura del capital sobre el salariado. *En Bélgica, lo que fundamentalmente le faltó a la combatividad obrera fue su capacidad para rechazar las formas y los contenidos sindicales, tanto en su autoorganización como en sus reivindicaciones.* Reanudar la lucha subversiva impone a la clase obrera rechazar la legalidad democrática, haciéndose cargo de la lucha y negando en todas partes cualquier otro interés que los suyos como clase explotada: rechazo de los despidos, aumento de los salarios reales, reducción del tiempo de trabajo con incorporación de los parados, elección de delegados en asambleas generales y revocables en todo momento, solidaridad activa mediante la creación de piquetes de huelga antisindicales y abiertos al conjunto de la clase, rechazar el «derecho al trabajo» echando a los esquiroles de las fábricas, ¡etc.! Con un contenido de lucha anacional, e internacionalista de hecho por sus tareas, adaptado a la única perspectiva comunista de ataque a la plusvalía, alcanzará la clase obrera su madurez de clase revolucionaria. Para ello tendrá que desmantelar y destruir el sindicalismo. Esta necesidad se plantea de manera más vital aún para las organizaciones revolucionarias en su participación e intervención en las luchas: no se puede «ver rojo todo lo que se mueve» y llamar tontamente a la extensión de un movimiento (en Bélgica los izquierdistas ya se encargaron de ello), sino que, al contrario, hay que proponer medidas anticapitalistas contrarias a los eslóganes sindicales, sea cual sea su «radicalidad». En esa medida la lucha se hará con un espíritu nuevo y capaz de trastocar el orden capitalista, liberando esa famosa subjetividad que falta a las luchas proletarias y que es indispensable para la extensión del movimiento.

En Bélgica, la amplitud del movimiento mostró la fuerza potencial del proletariado para enfrentarse al Estado, pero mostraba al mismo tiempo la necesidad de organizaciones revolucionarias que pongan por delante el objetivo comunista de cada combate de clase y del desarrollo de la lucha como respuesta a la explotación capitalista y sindical. Y aun a riesgo de ir a contracorriente del propio proletariado, es esa afirmación del combate por la revolución comunista mediante la lucha cotidiana lo que no debe abandonarse; de lo contrario, sindicatos y partidos políticos empujarán todavía más a nuestra clase a los atolladeros de la reacción: defensa de la democracia capitalista y de su legalismo, defensa de la economía nacional y de sus fronteras, defensa del trabajo asalariado y de su miseria anacrónica.

Para el proletariado internacional, el porvenir de sus luchas tiene ese precio si quiere acabar con el paro, con las limosnas llamadas prestaciones sociales, con el embrutecimiento por el trabajo y con la búsqueda de alguien que compre su fuerza de trabajo y lo despoje de todo: otros tantos aspectos de la miserable existencia que el capitalismo le reserva.

[^1]: El original dice «FGTB-CSL»; el sindicato cristiano belga es la CSC (Confédération des syndicats chrétiens).
