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Title: La canalla sindical
Description: Ejemplos en Francia, Alemania, Japón y Bélgica del sindicalismo como cogestor de la explotación y pilar del capitalismo, contra el cual el proletariado debe organizarse de manera independiente.
Date: 01/07/1986
Category: Alarme n.º 33
URL: https://marxismo.school/hemeroteca/alarme/1986-07-la-canalla-sindical
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*Alarme*, n.º 33, julio-agosto-septiembre de 1986 (págs. 5-8). [PDF del número completo](https://marxismo.school/assets/archivo/1958-93%20Hemeroteca%20del%20FOR/1978-93%20Alarme/alarme-n33.pdf) · [Texto original en francés](https://marxismo.school/hemeroteca/alarme/originales/1986-07-la-racaille-syndicale)

Que el sindicalismo, en todas las latitudes del mundo capitalista sin excepción de nación alguna, es una fuerza contra la revolución, un pilar necesario del sistema mundial actual, lo hemos dicho y repetido en *Alarme*. Volvemos a subrayarlo e insistiremos en ello siempre, aun cuando en los países democráticos llamados avanzados la desindicalización represente un fenómeno relativamente importante, porque por ahora la óptica, el proceder y los fines sindicales siguen anclados en la mentalidad incluso de los sectores en apariencia más radicalizados. Dicho claramente: hay que devolver (hay que devolvernos) la confianza a los proletarios que, con su actitud en las huelgas, se encaminan mal que bien hacia la organización *independiente* de clase. Organización independiente que no debe ni puede orientarse sino hacia la unión creciente de los proletarios contra *las bases mismas* de su explotación: el trabajo asalariado y las relaciones sociales que este determina. El sindicalismo, por su parte, so capa de la defensa inmediata ya no solo de la clase obrera, sino de las categorías socioprofesionales (polis, cuadros...), tiene su propia perspectiva: dejar de ser un simple intermediario en la compraventa de la fuerza de trabajo para participar directamente en la gestión (como propietario o copropietario) de la explotación de los trabajadores.

Una simple mirada a los países *falsamente* llamados socialistas confirma esta afirmación; y, puesto que estamos en Francia, veamos lo que ocurre en los sectores industriales donde un sindicato (en este caso la CGT) es «el único representante» de la clase obrera (entre otros, Presse Routage, MNPP, los estibadores de El Havre). Allí el sindicato tiene el 100 % del poder de contratación. Lo que significa, claramente, que aunque te recomienden los grandes mandamases de la jerarquía patronal, es imposible conseguir un empleo si no te respalda directamente un jerarca sindical. Jerarca que puede responder todavía más de tu buena conducta si tienes el carné del P«C»F, porque es una baza de primer orden para ir a que te exploten en esos sectores.

¿Qué decir de un sindicato que puede hacer que la dirección patronal te eche de la empresa cuando, *por defender intereses de tu clase*, te pones en contra a las dos jerarquías?

¿Qué decir de una organización que, mientras *ella* no decida asignarte un puesto fijo, puede hacerte trabajar hasta tres turnos seguidos en Presse Routage (21 horas) en las cadenas de la explotación (procedimiento que llaman «Permanencia»)? Ya puede pronunciarse públicamente contra las horas extraordinarias: es ella quien las organiza allí donde tiene pleno poder.

¿Qué decir, en suma, de una organización que te mantiene sometido por la fuerza material al consenso dictado por patronal, Estado y sindicato?

¿Qué decir de una fuerza que asegura junto con la patronal la buena rentabilidad de la empresa mediante el cronometraje (ritmos) que ambas han decidido juntas y que controlan juntas? ¿Es casualidad que el secretario general del sindicato del libro (Lancry) recibiera la Legión de Honor, felicitado por toda la canalla de Francia y de Navarra?

A propósito de «nuestro querido país», es interesante destacar una pequeña noticia que pasó casi inadvertida en la prensa capitalista. En efecto, por primera vez un gobernador del Banco de Francia recibía... a un secretario general de la CGT, que había ido a celebrar el 50.º aniversario del sindicato CGT del Banco de Francia. No era un encuentro protocolario, indicó el señor Krasucki[^1] a la prensa, expresando el temor de que las reformas en curso desembocasen en «*un debilitamiento peligroso del Banco de Francia*».

Que no se preocupe, pues, el sindicalismo: con sus demás interlocutores sociales, Estado y patronal, se las arreglarán mal que bien para que el capital no se hunda.

En cuanto a los proletarios, cuando se manifiesten como clase revolucionaria sabrán seguir los consejos de los comunistas del pasado (¡1871 algo debe de recordar![^2]): no lo debilitarán, se apoderarán de él para destruirlo mejor. Hechos como una casa los hay a montones. ¿Qué pensar, por ejemplo, de uno de los mayores locales de la CFDT (un edificio de varias plantas) cuyo alquiler, mantenimiento, electricidad y llamadas telefónicas en la región parisina paga... el Ayuntamiento de París, a cuya cabeza se encuentra nuestro querido primer ministro, el señor Chirac?

Siendo tan internacionalistas desde un punto de vista revolucionario como lo son los sindicatos desde un punto de vista capitalista, no resistimos la tentación de dar algunos otros ejemplos significativos que se producen en otras santas patrias de la explotación mercantil. En Alemania Occidental (en la otra, el sindicato es ya directamente un administrador de la explotación de la fuerza de trabajo a escala nacional), un industrial de la alimentación, el señor Schiesser[^3], ha comprado *el imperio inmobiliario*... de la Federación de Sindicatos de Alemania Occidental (DGB), obligada a vender por mala gestión y corrupción. Fundada en 1954 a partir de la agrupación de todas las sociedades inmobiliarias de origen sindical, la Neue Heimat (imperio inmobiliario sindical) desempeñó un papel importante en los años de la posguerra en la construcción de viviendas sociales, hasta el día en que su *todopoderoso patrón*, Albert Vietor, se encontró algo estrecho en el corsé de su estatuto de utilidad pública. Era la época en que la especulación inmobiliaria estaba en pleno apogeo en la RFA. Sentado sobre sus 350.000 viviendas sociales, el señor Vietor tenía que conformarse con escasos beneficios mientras por todas partes se hacían fortunas colosales especulando con el ladrillo. Se creó una segunda sociedad, esta de derecho común, para utilizar *los beneficios* de la primera. Así nació la Neue Heimat Städtebau, pero también numerosas filiales que servían todas, más o menos, para chupar las finanzas de la casa matriz, en particular facturando servicios ficticios o sobrevalorados. Cuando estalla el escándalo en 1982, es la catástrofe. No solo los sindicatos tienen que echar mano urgentemente de sus cajas, impropiamente llamadas de huelga, para enjugar *1.300 millones de marcos* de errores de especulación en el extranjero (¡el capital no tiene fronteras!), sino que se descubre poco a poco que muchos dirigentes de la Neue Heimat y de sus filiales habían usado fondos para sus fines personales (¡nada tontos, los profesionales de la representación de la clase obrera!).

Y después de esto, los obreros tendrían derecho a quejarse de que los sindicatos les rompan las huelgas. ¡Hasta ahí podíamos llegar!

Y, hablando de poder, es interesante señalar que en Japón el señor Shioji, presidente del sindicato de Nissan (automóvil), pasaba por ser tan poderoso como el presidente del grupo, el señor Kawamata; pero esta estructura de poder se degradó a principios de los años ochenta con la desaceleración del crecimiento de Nissan. Empezó entonces una guerra abierta (¡no de clases, lo han adivinado!) entre el señor Shioji (sindicato) y el nuevo presidente de Nissan, el señor Ishihara. Este recuperó poco a poco el derecho de la dirección a destinar discrecionalmente a los obreros a determinadas tareas. Prueba de que la dirección lo había perdido en beneficio del sindicato, sindicato cuya base militante son los capataces y jefes de equipo, que son a la vez los intermediarios normales de la jerarquía y los cuadros sindicales. El sindicato de Nissan se había arrogado de hecho el derecho a negociar con la dirección los destinos y traslados de los trabajadores de mono azul, así como los ascensos (uno de cuyos criterios inconfesados era *la carrera* sindical). Y todo esto, no lo olvidemos sobre todo, se hace en nombre de la defensa de los trabajadores.

Como no hemos querido poner ejemplos (en singular deberíamos escribir: ejemplo) de Rusia, tampoco los daremos de los Estados Unidos. Por lo demás, es demasiado conocido; cualquiera sabe que allí es una especie de mafia; pero lo que todo el mundo debería saber es que *en todas partes es igual*.

Como Bélgica es conocida en Francia sobre todo por sus patatas fritas y por los chistes de los que es blanco, tampoco resistimos las ganas de reproducir un fragmento de la declaración que el señor Jean-Claude Vandermeeren (secretario nacional de la FGTB, sindicato belga) hizo durante las huelgas de los mineros:

> «Las negociaciones han proseguido desde esa fecha, pero sin llegar nunca a un acuerdo. Porque el gobierno ha suplantado a los interlocutores sociales, obstaculizando el funcionamiento de la libre negociación. Así es como la reputación belga de *paz social*, basada en la concertación a todos los niveles, se desbarata cada vez más. Las repercusiones son muy graves para el futuro... Conclusión: el gobierno podrá imponer su voluntad por la fuerza... hasta el momento en que el hartazgo provoque explosiones que ya no controlará el movimiento sindical y que serán cada vez más difíciles de reconducir mediante la concertación.»

Y volviendo a Francia, el ex primer economista de Francia, Barre, ¿no había dicho él mismo en 1983: «el peligro está menos en la fuerza de los sindicatos que en su debilidad»? Pues sí, señor Barre: esa lección de cosas la aprendimos hace tiempo nosotros, que con nuestra clase social, la de los explotados del mundo entero, queremos precisamente representar un peligro para su sistema asesino, que nos aplasta y nos oprime.

Los ejemplos que hemos dado, aunque por sí solos no puedan ser un fundamento teórico sólido para probar que los sindicatos, como organismos, son contrarrevolucionarios, bastan para aborrecerlos visceralmente. En efecto, estos ejemplos no son epifenómenos, desviaciones lamentables, sino la esencia misma de un organismo que el capitalismo, globalmente hablando, necesita. Hoy el capitalismo supone el sindicalismo y el sindicalismo supone el capitalismo; son condición el uno del otro, se crean mutuamente, igual que el trabajo asalariado. Por eso el proletariado solo puede organizarse fuera de ellos y contra ellos, para cortar el oxígeno que patronos, Estado y sindicatos se insuflan boca a boca.

Es a *la causa* de nuestra explotación a lo que debemos atacar.

ABAJO EL CAPITALISMO, ABAJO EL SINDICALISMO. ORGANIZACIÓN INDEPENDIENTE DE CLASE.

*Leed nuestro folleto: Los sindicatos contra la revolución.*

[^1]: Henri Krasucki (1924-2003), secretario general de la CGT de 1982 a 1992 y miembro del buró político del PCF.

[^2]: Alusión a la Comuna de París, a la que Marx y Engels reprocharon no haberse apoderado del Banco de Francia.

[^3]: El original escribe «Schliesser», «Albert Victor», «Nue Heimat Stadebau» e «Ishiwara»; se trata de Horst Schiesser, fabricante berlinés de pan, que compró la Neue Heimat en 1986; de Albert Vietor, presidente de la Neue Heimat hasta 1982; de la Neue Heimat Städtebau, y de Takashi Ishihara, presidente de Nissan.
