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Title: Movimientos estudiantiles: no hay progreso social sin revolución proletaria
Description: Solo el proletariado puede derribar el capitalismo; a la luz de las huelgas belgas y del movimiento estudiantil francés contra la ley Devaquet, el FOR critica la confusión actual y el interclasismo estudiantil.
Date: 01/10/1986
Category: Alarme n.º 34
URL: https://marxismo.school/hemeroteca/alarme/1986-10-movimientos-estudiantiles-no-hay-progreso-social-sin-revolucion-proletaria
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*Alarme*, n.º 34, octubre-noviembre-diciembre de 1986 (págs. 1-6). [PDF del número completo](https://marxismo.school/assets/archivo/1958-93%20Hemeroteca%20del%20FOR/1978-93%20Alarme/alarme-n34.pdf) · [Texto original en francés](https://marxismo.school/hemeroteca/alarme/originales/1986-10-mouvements-etudiants-pas-de-progres-social-sans-revolution-proletarienne)

Que el capitalismo reina como amo absoluto sobre la totalidad del globo es cosa cierta, al menos para quienes quieren realmente destruirlo, tanto porque es un sistema que oprime y explota como porque esa es la única salida a todos los problemas de la humanidad hoy. El desarrollo de la sociedad pasa por la revolución comunista. Solo ella está hoy a la orden del día. Todas las tácticas o estrategias no orientadas directamente a ese fin son reaccionarias, desde las supuestas revoluciones democráticas, pasando por las luchas llamadas de liberación nacional, hasta incluso la posibilidad de revolución permanente a la salsa trotskista, contemporánea e inicial. En el Este como en el Oeste, en el Norte como en el Sur, solo el proletariado es capaz de realizar ese fin contra todos los Estados actualmente existentes. Por desgracia, hay un *desfase enorme* entre las posibilidades puramente materiales y el nivel de consciencia revolucionaria, factor indispensable para transformar lo potencial o latente en realidad concreta.

En nombre de los intereses de los trabajadores, todas las organizaciones conocidas y reconocidas, aquellas de las que hablan todos los medios de comunicación, se alinean a la cabeza de los defensores de la economía mercantil (sindicalismo, terrorismo, partidos de izquierda y de extrema izquierda). El descontento general es manifiesto y, sin embargo, gracias *fundamentalmente* a las fuerzas antes citadas, la subversión total de la sociedad capitalista mundial tiene dificultades para afirmarse. Este hecho pone en la picota todas las teorías más o menos «sabias» sobre la integración de la clase proletaria en el capitalismo, y aquellas que niegan, contra toda evidencia, la existencia de esa clase desposeída de todo salvo de su fuerza de trabajo. Se quiera o no, mientras no cambien las relaciones sociales entre los hombres, basadas principalmente en las relaciones de producción, es imposible que aparezcan nuevas ideas revolucionarias que vuelvan caducas y reaccionarias la totalidad de las antiguas ideas de emancipación social, tanto más cuanto que el capitalismo, por definición, no puede existir sin extracción de plusvalía, que obtiene de la manera más legal del mundo mediante la explotación de la fuerza de trabajo de sus esclavos modernos. Y como diría Sherlock Holmes a Watson: ¿hacia quién se dirigen principalmente las fuerzas capitalistas que se autodenominan obreras, socialistas, comunistas, etc.? Precisamente, responderá Watson con un poco de sentido común, hacia la única clase capaz de emanciparse emancipando a la humanidad entera. ¿A quién beneficia el crimen? Al capitalismo mundial, replicará sin necesidad de lupa, puesto que es visible a simple vista para quienes quieren mirar la realidad de frente y no a través del espejo deformante de la barbarie contemporánea. Elemental.

Que los intelectuales en busca de teorías nuevas que puedan halagar su vanidad frustrada dejen de parir artículos, que los alumnos de liceo y los estudiantes se pongan en huelga sin el apoyo de la clase productora de plusvalía, y nada, absolutamente nada, pondrá en peligro de muerte el sistema que nos domina y nos aplasta. Que los trabajadores, los proletarios, se autoorganicen contra el sindicalismo por iniciativa propia en la lucha, y entonces el Estado capitalista, enfrentado a semejante impulso, vacila, tiembla, se descompone ante el poder real de la calle. Que los trabajadores del gas y la electricidad, de los transportes, de las minas... paren su actividad de forma decidida durante tres semanas, como los estudiantes últimamente, y toda la actividad del país queda paralizada. Es el sistema capitalista el que resulta tocado en su centro nervioso, y no en su periferia con la dimisión de un Devaquet, ministro de Universidades.

¿Quién puede negarlo, sino precisamente quienes no tienen ningún interés en que se realice la transformación total de las relaciones sociales? En cuanto a quienes aspiran honradamente a ese fin pero niegan lo que acaba de exponerse, se pliegan, aun sin quererlo, a la ideología de la clase dominante. Privados con ello de la única praxis emancipadora, ofrecen su legítima rebeldía a los sacerdotes del capital en el altar de la explotación del hombre por el hombre. Creen haber superado lo que a sus ojos traba el movimiento de subversión (la militancia, que confunden con la alienación militante de las organizaciones de extrema izquierda; el proletariado, que creen integrado o inexistente), cuando en realidad van a remolque del mundo mercantil, que tritura su rebeldía de corta duración entre sus garras experimentadas. Lo que sin embargo sigue siendo verdad es que «el proletariado es revolucionario o no es nada»[^1]. En efecto, o lucha contra las condiciones materiales de existencia que se le imponen, o no es más que una masa explotable sometida al reinado de la acumulación del capital. Entonces no es nada para sí mismo, no es nada para la humanidad; lo es *todo* para el capitalismo mundial, que sobrevive a su costa. Que esa espalda encorvada se enderece, y los parásitos que protegen y defienden el sistema del salariado, una vez en el suelo, serán aplastados por los pies de quienes producían toda la riqueza social de la que no disfrutaban.

## Del porqué de la confusión actual

Decir que solo el proletariado, la clase de los esclavos modernos, puede transformar de arriba abajo un sistema de explotación que ya no tiene razón alguna de existir no puede llevar en modo alguno a un obrerismo estéril que apoye ciegamente toda acción de los trabajadores o justifique serenamente su pasividad. La situación actual no es coyuntural: se debe a la historia misma de la sociedad capitalista, y más particularmente a la del movimiento obrero. Los jalones de la derrota son promesas de victoria. Pero hace falta que minorías cada vez mayores hayan comprendido las razones de la derrota para sacar de ellas las posibilidades de victoria. Antes del fracaso de la revolución mundial iniciada en Rusia, no todo iba siempre viento en popa. Había altibajos en la constitución del proletariado en clase independiente que luchaba por sus propios intereses, opuestos a los del capitalismo. Pero, tanto en los flujos como en los reflujos, el enemigo era visible y claramente perceptible para cualquiera: era la burguesía. Cuando, tras un grave fracaso, la relación de fuerzas era favorable a la clase explotadora, quienes seguían en pie de guerra de clase sabían que había que mantenerse firmes en la perspectiva de una nueva situación que iba a presentarse inevitablemente, por la existencia misma de la explotación y por su propia actividad. Con la revolución en Rusia y su transformación desde dentro en contrarrevolución mundial, el panorama se modificó más considerablemente que en las derrotas anteriores, puesto que las fuerzas que se pretendían revolucionarias y progresistas, en nombre de la clase obrera mundial, se encontraban de hecho a la cabeza de la reacción y de la contrarrevolución. Son esas mismas fuerzas las que todavía hoy hacen estragos y a las que el proletariado, en primer lugar, tendrá que enfrentarse si quiere llevar a buen término su lucha inmediata e histórica. Es el único que puede hacerlo, concretándola, al margen de quienes de un plumazo creyeron poder eliminarlo y contra quienes sienten un malicioso placer en favorecer su inacción.

## Las luchas obreras y la actividad de las minorías conscientes

«La ideología dominante es la ideología de la clase dominante»[^2]. Es difícil desenredarse de ella, sobre todo cuando esta, batida en brecha durante la oleada de 1917-1937, se ha visto reforzada desde entonces por el stalinismo, y también por el sindicalismo, que por naturaleza tenía que integrarse en el mundo del salariado y después defenderlo. Pese a las huelgas obreras más o menos masivas, reconocemos que la relación de fuerzas y de consciencia sigue siendo favorable a los vampiros de la plusvalía. Pero sabemos perfectamente, contra todas las ideas falsas que se nos inoculan, que la única respuesta seria que puede darse al monstruo capitalista solo puede proceder de la clase explotada, la misma que tiene que librarse de las camisas de fuerza que la mantienen bajo el dominio de todos sus explotadores. Lo conseguirá principalmente mediante la lucha. Los revolucionarios, sea cual sea su origen sociológico, pertenecen a esa clase. Con ella pueden esperar derribar para siempre el resultado de los siglos de explotación contenidos en el mundo de hoy.

Por su lugar y su papel en las relaciones de producción, el proletariado está obligado a enfrentarse a quienes lo dominan. Y no solo no ha desaparecido a escala mundial, sino que ha aumentado por la proletarización de numerosos sectores. Es lo que se llama la lucha de clases. Esta lucha se manifiesta con mayor o menor intensidad, sin desaparecer nunca por completo. De lo contrario, los sindicatos, perros guardianes de la esclavitud asalariada, habrían desaparecido hace tiempo: si todavía existen, es precisamente para impedir que la clase explotada actúe por sí misma y para sí misma. Pero volveremos más adelante sobre este punto cuando hablemos de las luchas de los liceístas y estudiantes.

A los medios de comunicación les resulta más fácil extenderse sobre un movimiento estudiantil pluriclasista que sobre la lucha del proletariado cuando este, en tendencia y pese a graves limitaciones, intenta escapar al dominio de quienes viven gracias a su existencia y su explotación. Incluso Watson, sin ayuda de Sherlock Holmes, puede decir que nos referimos al sindicato. Para no poner demasiados ejemplos, mencionaremos la lucha reciente de los trabajadores en Bélgica (para más detalles, véanse los últimos números de *Alarme*). Allí el proletariado, supuestamente inexistente, se manifestó masivamente contra las nuevas medidas de austeridad, y sin esperar directiva alguna los mineros de la región de Limburgo pararon espontáneamente, cogiendo desprevenidas a las direcciones sindicales, que habían intentado agotar su rabia con jornadas de acción de 24 horas completamente de pacotilla. Más experimentados que la propia clase, los chanchulleros rompehuelgas sindicales, con la preciosa ayuda del sindicalismo de base supuestamente más radical, consiguieron desviar el movimiento del único camino que podía llevar a los huelguistas a la autoorganización general y a darse en la lucha un contenido anticapitalista más firme. Politizando el movimiento, los sindicalistas de base, aprovechando la situación, llamaron a la participación «socialista» en el gobierno. Como si los «socialistas», buenos administradores del capital, no hubieran llamado nunca ellos mismos a los explotados del mundo entero a apretarse el cinturón en nombre de la defensa de la economía nacional. Como si nunca, en nombre de esa defensa, hubieran llamado a los explotados del mundo entero a matarse entre sí en las guerras imperialistas locales o mundiales.

Lo que la clase proletaria tiene que reconocer son todos sus enemigos, y sobre todo los que se hacen pasar por sus amigos, para aniquilarlos mejor. Rompiendo esas cadenas disimuladas romperá mejor las otras, más visibles, que la atan al trabajo alienado. Ahí interviene la necesidad de organizaciones políticas capaces de denunciar, combatir y enfrentarse a todas las fuerzas que cierran el paso a la emancipación total de la humanidad. Tales organizaciones, pese a sus divergencias, existen en el mundo. Son embrionarias y la mayoría de ellas, ya sea en nombre del Partido todopoderoso, único sujeto revolucionario, ya en nombre de la actividad espontánea de las masas, amputan la amplitud de la actividad hoy necesaria. Una organización revolucionaria, sin sobrestimar ni subestimar la actividad de los trabajadores, debe, porque pertenece a la clase misma y es un producto de ella, intentar responder a los problemas que se plantean en todos los terrenos, que forman en realidad un todo (económico, político y social...).

En el caso, por ejemplo, de una lucha masiva como la de Bélgica, debemos plantear perspectivas de lucha concretas, ligadas forzosamente a la inversión de la relación de fuerzas y de la dominación del capital. Mientras unos proletarios luchan contra la reestructuración, contra los despidos, mientras extienden su lucha y muchos de ellos están en paro, los revolucionarios no pueden esperar pasivamente los saltos cualitativos de la lucha. Muy al contrario, deben provocarlos en la medida de sus posibilidades. Generalización y extensión son factores importantes. La denuncia de los sindicatos, mediante la lucha, es obligada. La unión creciente de los trabajadores pasa por ahí, pero, si quiere ser efectiva, debe crear también las condiciones políticas que hagan posible el salto del reino de la necesidad al de la libertad[^3]. Debe, como los mineros asturianos (España, octubre de 1934), mostrar que tras una derrota prepara un asalto todavía más potente y decidido. Para ello, una organización comunista debe plantear medidas que ataquen la base misma de la explotación, la acumulación del capital mediante la extracción de plusvalía, y que prefiguren a la vez las tareas mismas de la dictadura social del proletariado y de la revolución.

¡Ni un solo parado! ¡No a los despidos! La reducción masiva de las horas de trabajo y el aumento del salario *real* son ejes, entre otros, que, utilizados en la dinámica misma de la lucha, atacan de lleno al capital. No son una garantía en sí mismos, porque hasta el triunfo de la revolución, en el terreno reivindicativo, la clase obrera sigue siendo un juguete en manos del capital. No se trata, evidentemente, de desarrollar el capital donde sea, sino de abatirlo en todas partes. Como proletarios, tenemos que iniciar el único combate que merece la pena librar. En las huelgas masivas a escala de uno o varios países, la clase explotada muestra de hecho, aunque no siempre sea consciente de ello, que sin ella todo deja de funcionar. Ese es el momento, si la toma del poder se juzga prematura en el contexto mundial, de imponer el mayor número de medidas que hieran de muerte a la sociedad de explotación y de consolidar así la consciencia y la fuerza de quienes padecían las medidas necesarias al capitalismo.

## Movimientos de liceístas y estudiantes

En el mes de diciembre[^4], un movimiento estudiantil que iba a extenderse rápidamente al conjunto de las universidades y liceos partía de Villetaneuse contra el proyecto de ley Devaquet. Hacía mucho que la juventud escolarizada no se manifestaba masivamente en la calle. Los medios de comunicación hablaban incluso de la «generación bof»[^5]. Algunas franjas del movimiento iban a endurecer lo que al principio no era más que una apacible demostración de presencia, al anunciarse la negativa ministerial a retirar la ley en cuestión. La muerte de un estudiante, Malik Oussekine[^6], de 22 años, abatido por la policía, iba a hacer subir la cólera del movimiento y a obligar al gobierno a ceder. Devaquet dimitió y su proyecto de ley fue retirado. Es un movimiento interclasista el que ha obtenido «la victoria» sobre una fracción capitalista que cometió pifia tras pifia, favoreciendo con ello a las demás fracciones que están en la oposición. En la medida en que todo se jugaba en el terreno del capitalismo, la «victoria» le estaba asegurada a este de todos modos, y sin combate, puesto que nunca ha luchado contra sí mismo. Las reivindicaciones estudiantiles se refirieron al modo de funcionamiento del sistema educativo actual, y no a la escuela como engranaje de la reproducción del mundo de la explotación. Codo con codo se encontraban *futuros explotadores y futuros explotados*. Inútil precisar quién es el pagano en esta historia.

Y toda la canalla politiquera, a regocijarse insistiendo pesadamente en la seriedad, el civismo y el sentido de la realidad de una juventud sana (pese a los miles de energúmenos que se enfrentaban a la policía), consagrada en cuerpo y alma al mantenimiento de la igualdad de oportunidades en la carrera de los títulos y del éxito social. Este movimiento es un trampantojo respecto de sí mismo, porque bajo la apariencia de una solidaridad entre jóvenes momentáneamente escolarizados proclama de hecho el sálvese quien pueda individual para el futuro, el de la entrada en el mundo del trabajo. Bajo una generosidad barata, se declara contra la selección y a favor de la revalorización de los títulos. Ni siquiera se da cuenta de la contradicción flagrante, puesto que su lógica es la del sistema, que pare leyes de enseñanza cada vez que hay un nuevo ministro en ese terreno. En efecto, no se puede estar a la vez *contra la selección y a favor de la revalorización de los títulos*. Porque cuanta *menos* gente los posee, *más* valor tienen (¡mercantil, evidentemente!).

Mucho antes de la selección escolar, legítima desde el punto de vista del capital, está la selección social. La igualdad de oportunidades y la casi gratuidad de la enseñanza son un señuelo. En su gran mayoría, los hijos de proletarios (activos o parados) se encontrarán con toda naturalidad en la misma situación que sus progenitores. ¡Que un hijo de obrero pueda llegar a director general o a investigador al servicio de una tecnología que hoy despoja a la humanidad no cambia nada! Es imposible escapar a la existencia de las clases, necesaria para la perpetuación del sistema basado en la explotación del hombre por el hombre —como tampoco escaparon a ella los antiguos sesentayochistas—, si no se aborda la raíz del problema para arrancarla. ¿Cómo podría una sociedad que sobrevive gracias al embrutecimiento de la multitud realizar la igualdad ante la instrucción?

Mientras exista la esclavitud asalariada existirán la selección, el hambre en el mundo, los ejércitos, las policías, la delincuencia y todas las demás consecuencias que pesan sobre nuestra existencia. Puramente corporativistas al principio, los escolarizados, que tienen padres de todas clases (también en la policía), quisieron interesar a la población en sus problemas mezquinos, y para ello llamaron a los sindicatos profesionales a unirse a su manifestación del miércoles 10 de diciembre de 1986. Eso es lo que todos quisieron hacer pasar por la solidaridad entre estudiantes y trabajadores. No es casualidad que un movimiento llamado apolítico, dominado en todo momento por la política capitalista de la actual oposición, pidiera la participación de esos perros guardianes del mundo mercantil que son los sindicatos. Ese día, en la manifestación, los obreros iban encuadrados por sus polis directos, que enarbolaban la bandera azul, blanca y roja, símbolo llamativo del orden capitalista y de la nación. Como el llamamiento a los obreros sobre la base de la defensa de los títulos era antiobrero, la presencia sindical mostraba perfectamente con quién tendrían que vérselas los menos afortunados de la masa escolarizada. Con su presencia, los sindicatos mostraban que estaban allí precisamente para impedir que los explotados combatieran el derecho de los más afortunados a gestionar su explotación y la de sus vástagos. Pero, aunque no hubieran estado presentes, no puede haber solidaridad efectiva entre trabajadores y estudiantes en un terreno tan cenagoso y tan contrario al interés histórico de los explotados y de la humanidad. Quienes pidieron la solidaridad de los trabajadores a través de los sindicatos, ¿han manifestado alguna vez su solidaridad con los proletarios en lucha, que se enfrentan todos los días al dominio capitalista de los sindicatos? El boca a boca continuo entre sindicalismo y capitalismo es patente: hoy son condición el uno del otro, se crean mutuamente. Un movimiento reaccionario por sus objetivos tenía que pedir también la ayuda de quienes, so capa de lucha contra la injusticia, mantienen a la última de las clases en la ignorancia y la sumisión. Quienes, más decididos dentro del movimiento, más conscientes de su miserable futuro, se plegaron en nombre de la unidad a las directivas de la coordinadora nacional estudiantil se extraviaron. Se situaban en un terreno que no era el suyo. Estos, con todos los que, aprovechando la movilización, querían ir más lejos, habrían tenido que ir contra el movimiento inicial para reclamar la solidaridad del conjunto de la clase de los trabajadores sobre bases totalmente diferentes, las que atacan las consecuencias y sobre todo las causas de la sociedad actual, mediante el rechazo de los títulos, de la selección, de la escuela presente, única manera de enlazar el descontento de unos y otros con reivindicaciones comunes, como trabajadores y futuros trabajadores explotados. Así, quienes aspiraban únicamente a ser los nuevos cuadros de la sociedad, gracias a títulos revalorizados, habrían quedado fuera y en contra del único movimiento subversivo, el que es consciente de que sin la actividad proletaria no hay solución para todos los problemas ni para cada uno de ellos. No hay universidad «buena» ni «mala». No hay capitalismo sin segregación social y racial. Todas las escuelas y todas las enseñanzas que en ellas se imparten están sometidas a las leyes del beneficio y de la rentabilidad capitalista. La escuela no asume la educación: castra los espíritus. Esto vale para todas las regiones del mundo. Ya sea en China, en Rusia, en Sudáfrica, en América Latina, en los Estados Unidos o en Europa, los movimientos estudiantiles que allí se desarrollan no tienen ninguna perspectiva progresista sin un vínculo directo con la lucha de clases, a la que todas las fuerzas capitalistas ya citadas en este texto hacen todo lo posible por retener en el regazo de la explotación del hombre por el hombre.

La clase desposeída de todo, no solo de la riqueza social que produce, sino también del saber, enviará esta sociedad inmunda al museo de la historia, pasando por encima de movimientos que, nacidos de la putrefacción del mundo actual, serán incapaces de ir en el sentido de la emancipación del género humano. FUERA DE ESTE TERRENO, TODO ES REACCIONARIO.

[^1]: Fórmula de Marx en su carta a J. B. von Schweitzer del 13 de febrero de 1865, que cita él mismo en la [carta a Engels del 18 de febrero de 1865](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/cartas/1865-02-18%20Marx%20a%20Engels): «La clase obrera es revolucionaria o no es nada».

[^2]: Paráfrasis de *La ideología alemana*: «Las ideas de la clase dominante son en cada época las ideas dominantes» ([*La ideología alemana. I. Feuerbach*](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1846%20La%20ideolog%C3%ADa%20alemana.%20I.%20Feuerbach)).

[^3]: Expresión de Engels: «Es el salto de la humanidad del reino de la necesidad al reino de la libertad» ([*Del socialismo utópico al socialismo científico*](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1880%20Del%20socialismo%20ut%C3%B3pico%20al%20socialismo%20cient%C3%ADfico)).

[^4]: El movimiento contra el proyecto de ley de reforma universitaria de Alain Devaquet empezó en realidad a mediados de noviembre de 1986 y culminó a principios de diciembre.

[^5]: De *bof*, interjección francesa de indiferencia: la generación del «me da igual».

[^6]: El original escribe «Houssekine». Malik Oussekine murió apaleado por la policía en París en la noche del 5 al 6 de diciembre de 1986.
