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Title: Huelgas obreras: el espíritu sindicalista pudre las luchas
Description: Balance de la huelga de ferroviarios de la SNCF del invierno 1986-1987: autoorganización en asambleas y coordinadoras, recuperación sindical, corporativismo, papel de los trotskistas y reivindicaciones de clase.
Date: 01/01/1987
Category: Alarme n.º 35
URL: https://marxismo.school/hemeroteca/alarme/1987-01-huelgas-obreras-el-espiritu-sindicalista-pudre-las-luchas
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*Alarme*, n.º 35, enero-febrero-marzo de 1987 (págs. 1-7). [PDF del número completo](https://marxismo.school/assets/archivo/1958-93%20Hemeroteca%20del%20FOR/1978-93%20Alarme/alarme-n35.pdf) · [Texto original en francés](https://marxismo.school/hemeroteca/alarme/originales/1987-01-greves-ouvrieres-l-esprit-syndicaliste-pourrit-les-luttes)

De noviembre del 86 a enero del 87, el clima social francés vio subir su curva de temperaturas, desmintiendo lo que la señora Capitalismo predecía: congelación de la lucha de clases durante la «tregua navideña». ¡Pero nanay! La lucha de clases iba, al contrario, a asomar la nariz con una determinación y una combatividad proletaria que alegraron el corazón. Esta subida brusca del termómetro social, iniciada con la huelga de los marinos y la protesta masiva de los estudiantes y liceístas que lograron la retirada del (ya famoso) «proyecto Devaquet», iba a acelerarse bruscamente con la huelga en la SNCF. Esta irrupción espontánea de una fracción mayor e importante de la clase obrera, a la inversa del movimiento estudiantil, iba a dar una fiebre de caballo al conjunto de quienes solo ven en el proletariado una masa de esclavos asalariados y en su dócil explotación un negocio bien jugoso: sindicatos, patronos, Estado y, claro está, la inevitable cohorte de parásitos que viven de esa explotación y que tienen la boca (o la pluma) llena de legalismo, democracia, unidad nacional, pacifismo y demás groserías para uso del proletariado.

## Un movimiento espontáneo que se autoorganiza

Iniciada en París-Norte por agentes de conducción (ADC), es decir, conductores de trenes, sindicados y no sindicados, y decidida en asambleas generales (AG), la huelga se propagó en 48 horas al conjunto de la red. Oposición a una nueva escala de salarios que recompensaba el mérito y ya no la antigüedad, mejora de las condiciones de trabajo, aumento de los salarios: tales eran las reivindicaciones que plantearon los conductores, que lanzaron su movimiento sin que los sindicatos desempeñaran en él papel alguno y, sobre todo, ¡sin que pudieran hacer nada por impedirlo! Muy al contrario, estos se emplearon a fondo en abortar la extensión de la huelga: la CGT se hará célebre por sus (ya famosos) «piquetes de trabajo»; la CFDT y la FGAAC (autónomos) dirán que sí con la boca pequeña, mientras E. Maire hacía vaivenes entre Matignon y sus despachos; en cuanto a FO, desaprobando el conflicto, se expresará por boca de Bergeron de una manera igual de clara: «es una máquina loca que ya no conseguimos controlar. ¡Es muy grave!». En resumen, de acuerdo con su función capitalista de encuadramiento y represión de la lucha proletaria, los sindicatos se emplearán en destruir, castrar y negar la voluntad de lucha y de autoorganización de los ferroviarios. Esta voluntad, claramente confesada, de tomar a su cargo la huelga sin los sindicatos se afirmará en el desarrollo de la misma, pues numerosos proletarios rechazaban los chanchullos de los aparatos sindicales, a los que además acusaban de ser incapaces de unirse en la lucha. Y es precisamente lo que la base logrará imponer: la famosa «unidad sindical en la base» contra las direcciones «traidoras», tan apreciada... por los izquierdistas, entre otros. Consciente de su fuerza, el movimiento se organiza: AG, comités de huelga, elección de delegados revocables, piquetes de huelga, al mismo tiempo que la huelga se extiende como mancha de aceite arrastrando al conflicto a los sedentarios. Muy pronto, siempre con la preocupación de guardar el control de su huelga, los conductores crean una coordinadora nacional que, según confiesan ellos mismos, no quiere «hacer la competencia a los sindicatos», sino que se constituye para «mantener a toda costa la unión y evitar la recuperación»: «ayer era la cacofonía; hoy son las AG, donde cada uno respeta al otro», en palabras de un ferroviario de Sotteville-lès-Rouen, desde donde se lanzó la iniciativa de una coordinadora nacional en eco a los huelguistas de París-Norte. Así pues, la combatividad de los ferroviarios para embarcarse en un conflicto duro, «contra las huelgas de 24 horas que no sirven para nada» organizadas por los sindicatos, no se debilitará, e incluso se extenderá. Verá a su vez la luz una segunda coordinadora nacional, intercategorías esta, que, más radical que la anterior, reivindicará su puesto al lado de las organizaciones sindicales para la negociación. Esta dualidad en el movimiento entre la desconfianza hacia los sindicatos y su reconocimiento como interlocutores responsables alimentará no pocas discusiones entre los huelguistas, y la ilustran bastante bien las palabras de un conductor de Grenoble: «los sindicatos son hoy nuestros socios. El movimiento partió de la base y sigue dirigido por ella. Si hubieran recuperado nuestra acción, yo habría dejado la huelga». Esta ilusión sobre el papel de los sindicatos será uno de los puntos centrales que, junto con el corporativismo en que se bañó este conflicto de un mes, no resuelto por los ferroviarios, precipitarán su derrota.

## El Estado y los sindicatos organizan la represión

Pregunta: pero ¿qué hace el gobierno? Al principio no hace gran cosa, porque, como los sindicatos, está sorprendido y desbordado por los acontecimientos y, sobre todo, no comprende por qué, pese a la tregua navideña y a las negociaciones previstas para el 6 de enero con los sindicatos, esa masa de incultos puede ponerse en huelga de repente, sin preaviso, al margen de los sindicatos, y crear sus propios órganos de lucha. Y durante una decena de días los bocazas «liberales» se tragarán la lengua, no sin haber intentado levantar a la opinión pública y a los usuarios (esa nueva raza de rehenes) contra los huelguistas, con tanto efecto como un pedo de monja en la superficie de un lago. Y a pesar de la retirada informal de la (ya famosa) escala de salarios por méritos, la huelga gana todavía amplitud e incluso se endurece: bloqueo de las vías, piquetes de huelga en los puestos de cambio de agujas, etc.

Pero a medida que el movimiento se ampliaba y se endurecía, el gobierno Chirac emprendía un pulso con los ferroviarios y apostaba por el pudrimiento de la huelga. Al acercarse el final del período de fiestas, sus iniciativas se harán más violentas: campaña de prensa que denuncia la politización de la huelga —argumento al que el PCF se esforzará en dar crédito apoyándose en el asco de la clase obrera ante la política, mientras Lajoinie declaraba que el PC estaba en sintonía con los trabajadores en lucha—, denuncia de actos de sabotaje de la herramienta de trabajo, intoxicación sobre la vuelta al trabajo, de la que la CFDT se hará eco llamando a reanudarlo aquí o allá, intentos de coaligar a los parados y a los asalariados del sector privado contra esos privilegiados que no arriesgan su puesto y que ponen en entredicho la política de lucha contra el paro y la inflación, ¡etc., etc.! A ello vendrá a añadirse la presencia más musculosa de las CRS, hasta entonces «tranquilas»: se movilizan 4.000 representantes del desorden para desbloquear las vías, sustituyendo el guante de terciopelo por la porra de plomo para resolver los problemas del ferrocarril. Esta ofensiva irá acompañada de negociaciones con los sindicatos, que, tras haber dado un primer portazo al diálogo, se integrarán en la huelga con la aureola de una combatividad nueva. Esta maniobra les permitía recuperar la iniciativa y echar al olvido los órganos representativos que los ferroviarios se habían dado, chanchullo al que todo el mundo se someterá, izquierdistas incluidos.

Pregunta: pero ¿qué hace la oposición? Para el PS la consigna es no politizar, y a ello se dedicará, sin dejar de dirigir algunas críticas superficiales al gobierno: sobre los regalos a los médicos, a los agricultores, a las grandes fortunas, la falta de diálogo con los sindicatos...

Y Mitterrand jugará su propia carta recibiendo a dos delegados sindicales ferroviarios, tanto para reforzar su imagen de hombre por encima de los partidos, garante de la cohesión nacional, como para hacer fructificar su capital de candidato presidencial. En resumen, el PS, que ha apaleado, despedido, expulsado y sobreexplotado a la clase obrera francesa durante cinco años, ha desempeñado a la perfección su papel para incitar al proletariado a luchar, sí, pero sin armar jaleo, pacíficamente, respetando la salvaguardia del enderezamiento económico del país. ¡Solo los ciegos podían esperar otra cosa!

La actitud del PC querrá ser un poco más estruendosa: no dejará de vilipendiar a la «derecha que hace regalos a los ricos» e incitará a proseguir la huelga por «reivindicaciones legítimas». Sus distintos batacazos electorales y su pérdida de credibilidad en sus propias filas en tres años de cogestión capitalista con el PS lo empujaban todavía más a subir a la palestra para, en nombre de la lucha, rebañar votos en el electorado y romper, por CGT interpuesta, la huelga de los ferroviarios.

¿Y los sindicatos, entonces?

Sorprendidos por la huelga, no tardarán en coger el tren en marcha e infiltrarán el conflicto provocando votaciones con papeleta secreta, sector por sector, incitando a volver al trabajo en tal o cual centro y, sobre todo, se apoyarán en el corporativismo de los conductores para dejar pudrirse la huelga. Pero la CGT irá más lejos, quizá porque tenía todo que ganar mostrándose combativa y radical en comparación con las demás centrales sindicales, pero más aún porque, curtida en la experiencia de la represión obrera stalinista, quiere demostrar al Estado que puede ser la más apta para recuperar y desviar las luchas y que hay que contar con ella y apoyarse en ella. Krasucki, que llegará a participar en una cena de Nochevieja con los ferroviarios de Le Mans, proclamará su voluntad de «ver subir la marea», es decir, de que esta viniera a anegar a los ferroviarios, practicando al mismo tiempo el chantaje de la solidaridad activa del resto del personal de la SNCF. Dicho de otro modo, esa solidaridad no llegó nunca, como no fuera en forma de manifestaciones de pacotilla y dispersas. Su actitud no será más que un pretexto suplementario para recuperar el control de la huelga haciendo olvidar los «piquetes de trabajo» del principio, mientras Krasucki llamará con vehemencia «a la apertura inmediata de negociaciones serias». El comportamiento general de los sindicatos, previsible y conforme a lo que son, se vio reforzado por los propios ferroviarios, encerrados como estaban en su corporativismo.

Al cabo de quince días de huelga, el movimiento iba de capa caída, no por una pérdida de combatividad, sino esencialmente por su incapacidad de abrirse perspectivas nuevas. De este callejón sin salida los sindicatos sacarán el mejor partido para desplegar su arsenal de sabotaje, ayudados en ello por los sindicalistas de base —trotskistas en su mayoría—, cuya actividad antiobrera tiende cada vez más a ser preponderante en el fracaso de las diferentes luchas que el proletariado internacional desarrolla contra el capital. Esta práctica de la extrema izquierda, sobre la que volveremos con más detalle, nos lleva al corazón de la huelga de la SNCF, porque ilustra perfectamente el retraso ideológico del proletariado respecto de su potencial real para acabar con la esclavitud asalariada.

## Los límites del movimiento: corporativismo contra extensión y perspectiva comunista

El fenómeno nuevo de la huelga de la SNCF reside en la forma que los proletarios se dieron para tomar en sus manos y gestionar su lucha, retomando lo que el movimiento estudiantil había iniciado. A ello se añade el carácter ofensivo del movimiento, que se situaba en la perspectiva de una reducción del tiempo de trabajo y de un aumento de los salarios reales, rompiendo en este sentido con diez años de luchas reducidas en lo esencial a resistir a los despidos y a las distintas políticas de austeridad que la izquierda y la derecha aplicaban para sanear la economía capitalista francesa. Estos dos datos, de primer orden para la lucha del proletariado, constituyen un rayo de esperanza de ver por fin a la clase obrera reanudar actitudes de clase, internacionalmente escarnecida y humillada como está por toda la ralea reaccionaria, que solo le concede el derecho de automasacrarse en la guerra, económica o política, y de someterse a la bestialidad de un orden mundial inhumano y caduco.

La importancia de la autoorganización, tal como la pusieron espontáneamente en marcha los ferroviarios, es crucial por dos razones.

La primera, porque confirma claramente que la clase obrera tiene la fuerza y la imaginación necesarias para hacer las cosas por sí misma, que encuentra en la asunción de las tareas por cumplir los medios capaces de reforzar su determinación y prueba, más fundamentalmente aún, que los sindicatos no le sirven de nada. Pero que, en cambio, sí le sirven a la clase capitalista, que no ha dejado de afirmar, tanto a la «derecha» como a la «izquierda», que hacen falta sindicatos fuertes, «gente responsable». Es decir, que esta casi unanimidad capitalista prefiere tener enfrente a unos órganos que han dado sobradas pruebas de su eficacia y de su devoción a la economía nacional, a la democracia, a la legalidad y al regateo de la fuerza de trabajo proletaria. La segunda, porque pone de relieve la debilidad de la clase obrera, tanto en su consciencia de clase como en su madurez para rechazar el espíritu sindicalista y su contenido capitalista. La convocatoria de AG, la revocabilidad de los delegados salidos de ellas, la creación de comités de huelga, que aparecieron como puntos positivos de la autoorganización, han sido también la demostración de que la forma sin el contenido puede revelarse estéril y negadora de la lucha del trabajo contra el capital. La espontaneidad de la huelga, consecuencia tanto del hartazgo ante la degradación de las condiciones de supervivencia que nos impone el capitalismo como de una desconfianza confesada hacia los sindicatos oficiales, se inscribe más en una fase de revuelta que en un verdadero cuestionamiento de la explotación asalariada. «¡Nos tratan cada vez más como a máquinas, no como a hombres!». Esta protesta refleja más la necesidad de «vivir decentemente» la explotación cotidiana que la consciencia de pertenecer a una clase cuyos individuos tienen todos intereses comunes y cuyo enfrentamiento con el capital y su Estado implica la negación de la especificidad de asalariado de tal o cual sector. Este corporativismo, del que el sindicalismo es punta de lanza y en el que el proletariado se reconoce en su gran mayoría, lleva consigo el reforzamiento de la atomización de los proletarios, los divide por sectores, los opone entre parados y activos, inmigrantes y ciudadanos, y favorece por consiguiente a la clase capitalista, que solo encuentra frente a sí una suma de individuos maleables y sumisos. No es, pues, casualidad que los ferroviarios hayan planteado frente al capitalismo sus debilidades mayores como si fueran su fuerza: pacifismo en el momento de los desalojos *manu militari* por las CRS; no intervención contra las sociedades de transporte que aseguraron los viajes a la nieve respetando ese famoso «derecho al trabajo» tan apreciado por los sindicatos; apolitismo en el sentido más negativo, negando todo carácter de clase a la lucha; legalismo, en la medida en que siempre mendigaron el aval sindical; sectarismo, por último (particularmente entre los conductores), contra otros proletarios no ferroviarios y contra las organizaciones revolucionarias, sistemáticamente rechazadas en las AG. De hecho, mecidos por las ilusiones que mantienen en el seno del proletariado izquierdistas y sindicatos, los ferroviarios han puesto al desnudo que una lucha —incluso muy combativa— no puede quedarse en la camisa de fuerza corporativista y que su salida pasa por una extensión que vaya a contrapié del aislamiento por categorías. La ilusión de vencer con su sola fuerza lleva derecha a la recuperación sindical.

De su autoorganización, el movimiento produjo lo peor que cabe: un sindicalismo paralelo a las organizaciones ya existentes, sindicalismo cuya expresión centralizada serán las coordinadoras nacionales, producidas por la base para la base e infiltradas o iniciadas por la extrema izquierda trotskista. Despejar una perspectiva para una lucha —sea cual sea— solo puede hacerse con el proletariado ya en lucha o llamándolo a sumarse a ella, creando delegaciones hacia las empresas, planteando reivindicaciones que abarquen a toda la clase, en particular a los parados. Es lo que no hicieron los ferroviarios, aunque existían posibilidades reales de concretarlo: huelga en la EDF, en la RATP o en los puertos, sobre todo en Marsella, donde la combatividad era tan fuerte como en la SNCF. Esta es la lección que debe sacar la clase obrera, lección que solo se aprenderá sabiendo reconocer al enemigo de clase —patronos, sindicatos, PC, PS, extrema izquierda— y enfrentándose a él.

## Los trotskistas en auxilio del capitalismo

Lutte Ouvrière y la Ligue Communiste Révolutionnaire, dos organizaciones trotskistas importantes en Francia, tomaron parte en la huelga de los ferroviarios y en las dos coordinadoras nacionales: la primera, en la llamada «de Daniel Vitry», intercategorías; la segunda, en la de los conductores de París-Norte. Su intervención y su participación en esos órganos de lucha que se habían dado los huelguistas fueron indispensables para mantener la huelga en el vil terreno corporativista.

La práctica de estas organizaciones solo puede aparecer claramente si se tiene en cuenta lo que son en realidad: grupos que defienden el capitalismo de Estado y aspiran a él, que difunden por ello una mentira desmesurada sobre la naturaleza del Estado ruso, al que conceden la etiqueta de «socialismo» cuando su papel desde hace 60 años consiste en ahogar toda tentativa del proletariado revolucionario hacia su emancipación. En la misma óptica, su defensa del sindicalismo se inscribe en la misma perspectiva de desviar al proletariado de su terreno de clase, cuando sindicalismo y comunismo son dos antítesis, cada una de las cuales es condición necesaria de la desaparición de la otra. Estos dos aspectos políticos que la extrema izquierda afirma como «obreros» no son en realidad más que secuelas de la contrarrevolución rusa, que consiguió hacer olvidar que la clase obrera dio nacimiento a los consejos obreros en 1917 con la voluntad de acabar con su explotación de clase, de la que el salariado es hoy garante en todo el planeta. A la luz de lo que acaba de exponerse, el papel antiobrero del trotskismo solo extrañará a quienes tienen de la clase obrera y de su papel histórico una visión reducida a la de una masa de maniobra que recibiría la «verdad revolucionaria» de unos profesionales, cuando esa verdad solo puede proceder de una práctica diferente, contra el sindicalismo, las nacionalizaciones, la jerarquía o cualquier otra lacra nacionalista que los trotskistas de todo pelaje contribuyen a mantener en las filas del proletariado.

La actividad trotskista durante la huelga ferroviaria tendrá por principio mantener el carácter específico de la huelga: «¡las reivindicaciones solo conciernen a la SNCF, no hay que salirse de ahí!». Después, su discurso sobre la extensión de la lucha será una vez más el de la extensión... a la SNCF, en el caso de Lutte Ouvrière: «Los trabajadores de los demás sectores saben lo que tienen que hacer; no nos toca a nosotros decírselo. ¡No somos dadores de lecciones!». Este estribillo, que la LCR retomará de manera todavía más sectaria —después de haberse hecho con el control de la coordinadora de París-Norte— con el pretexto de no dejarse recuperar por los sindicatos, de evitar las provocaciones, o halagando a los conductores por su capacidad para vencer solos, se adornará con una negativa casi sistemática a enviar delegaciones a la RATP, a Correos y Telecomunicaciones, a la EDF o a empresas del sector privado. Pero, y esto es lo más importante, los delegados de base trotskistas reconducían sin cesar la desconfianza de los obreros hacia los sindicatos a un reconocimiento de estos. Sin dejar de participar en las críticas contra las direcciones y su cobardía o traición, los delegados de base harán todo lo posible por avalar a las organizaciones sindicales adornándolas con la etiqueta obrera y con el papel de defensoras de los intereses de la clase obrera. La actitud de Lutte Ouvrière será, por su parte, más ambigua: su aspiración a crear su propio sindicato bajo la cobertura de la coordinadora nacional dejaba creer que su radicalismo crítico hacia los sindicatos oficiales era un cuestionamiento de estos, cuando toda su práctica demostrará lo contrario: se mostrará más combativa, desde luego, pero siempre en el terreno del corporativismo, y no tendrá nada de extraño que reclame su puesto al lado de los sindicatos para negociar. Esta defensa del sindicalismo pese al escepticismo de los proletarios más lúcidos, el reforzamiento del corporativismo en la lucha, el agotamiento de los huelguistas en acciones a fin de cuentas estériles (bloqueo de vías, manifestaciones ante las direcciones de la SNCF, peticiones, etc.) llevan el sello de la negación de la lucha, de su extensión y de su contenido de clase. Que estalle una huelga importante, como la de los mineros ingleses en el 83[^1] o la de Dinamarca en el 85 y, más recientemente, la de Bélgica en la primavera del 86, sin los sindicatos, y enseguida surgen los perros guardianes trotskistas para amordazar el movimiento y darle una dirección capaz de enviarlo a morir en el estercolero capitalista. La clase obrera tendrá que pelear, tan necesariamente como contra los sindicatos, contra sus actuales puntas de lanza: ¡el trotskismo! De la voluntad afirmada por las coordinadoras nacionales de «negociar al lado de los sindicatos» o de «en ningún caso sustituirlos» se desprende que el cordón umbilical de los sindicatos y de la extrema izquierda tiene su origen en el mismo sitio: el ombligo capitalista. Es ese cordón el que tendrá que desgarrar el proletariado para reapropiarse de una lucha de clases a la altura de su formidable objetivo: ¡el comunismo!

## Luchas inmediatas y revolución comunista

Las huelgas que se sucedieron, tanto entre los marinos como en la SNCF o en la RATP, movilizaron a un número importante de proletarios impregnados de una combatividad real, pero el carácter masivo de estas luchas no puede hacer olvidar la evidente debilidad de la clase obrera actual, clase atomizada y lejos de pelear en su terreno de clase. Esta debilidad es en gran parte fruto de cincuenta años de dominio sindical sobre las luchas, que el fracaso de la oleada revolucionaria de 1917-1937 amplificó y al que la extrema izquierda aportó su servil contribución. Esta práctica y esta ideología reaccionarias, contra las que tropieza desde hace demasiado tiempo la lucha del proletariado internacional, han desviado a buen número de proletarios hacia el callejón sin salida de falsas perspectivas y de reivindicaciones capitalistas:

- sumisión a las necesidades de la economía nacional;
- al parlamentarismo y a su alternativa «derecha-izquierda»;
- a la defensa de la jerarquía social mediante el salario;
- aceptación de la sobreexplotación en nombre de la empresa y de su supervivencia;
- aceptación de pseudorreducciones del tiempo de trabajo que son en realidad otras tantas ganancias de productividad para el capital, etc.

La lucha inmediata del proletariado para arrancar al capital los medios de asegurar su propia supervivencia y mejorar «lo ordinario» de su condición de explotado es el camino por el que encontrará los medios de desarrollar esa «unión creciente»[^2] indispensable para su victoria definitiva, a condición de plantear tareas y reivindicaciones sin solución de continuidad con las de la revolución comunista y la dictadura del proletariado:

- menos trabajo y más paga;
- incorporación de los parados a la producción;
- derecho de palabra, de organización y de huelga para el proletariado;
- rechazo de las escalas salariales y de las jerarquías y competencias entre obreros que implican;
- rechazo de los consensos sociales, de la defensa de la patria y de la economía nacional.

Es en ese terreno, en el que ni los ferroviarios, ni los marinos, ni los agentes de la RATP o de la EDF quisieron situarse más que con veleidades, donde se ganará el entusiasmo de la clase obrera por la solidaridad de clase y la revolución social.

Que no se haya producido ningún enlace entre los sectores en lucha indica además que, aun debilitados por todo lo que han hecho tragar a la clase obrera —sobre todo durante la gestión del capitalismo francés por la «izquierda»—, los sindicatos tienen todavía el poder de yugular la revuelta obrera, poder realzado por la apatía de la «clase en su conjunto», que no supo ni pudo seguir los pasos de los huelguistas y se contentó con esperar hipotéticas consignas sindicales o una solidaridad caída del cielo.

No obstante, la brecha abierta en la SNCF por la «base», que tomó a su cargo la lucha y la hizo vivir al margen de los sindicatos (¡por desgracia, no contra ellos!), marca el espíritu de las luchas venideras con una experiencia de independencia organizativa de la clase obrera. Es esa experiencia la que tendrán que reproducir los proletarios más conscientes, ampliándola y vitalizándola con un contenido de clase que vaya a contrapié de lo sindical, desarrollando reivindicaciones comunes al conjunto de su clase. El nacimiento de una sociedad sin clases, sin fronteras y sin explotación del hombre por el hombre se convertirá entonces en una perspectiva clara.

[^1]: La gran huelga de los mineros británicos duró de marzo de 1984 a marzo de 1985.

[^2]: «La unión cada vez más extensa de los obreros», fórmula del [*Manifiesto del Partido Comunista*](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1848%20Manifiesto%20del%20Partido%20Comunista) que el FOR cita con frecuencia.

*Nota de la edición.* *Alarma* (tercera serie), n.º 24, mayo de 1987, publicó en español una versión reelaborada y más breve de este artículo: [«Huelgas en Francia»](https://marxismo.school/hemeroteca/alarma/1987-05-huelgas-en-francia). Comparte con el texto francés el arranque y buena parte del relato de la huelga, cuya redacción hemos seguido aquí, sobre todo en el primer párrafo, allí donde ambos textos dicen lo mismo; pero suprime los apartados y el análisis de la actitud del gobierno, de la oposición y de los sindicatos, resume de otro modo la crítica de los trotskistas (añade la del PCI lambertista) y termina con otras reivindicaciones. Como no es el mismo texto, el francés se ha traducido íntegro.
