---
Title: Polonia 1970-1988
Description: Repaso de veinte años de luchas obreras en Polonia contra el Partido-Estado y de las maniobras de la Iglesia y de Solidarnosc, con el eje de una intervención revolucionaria.
Date: 01/04/1988
Category: Alarme n.º 40-42
URL: https://marxismo.school/hemeroteca/alarme/1988-04-polonia-1970-1988
---


*Alarme*, n.º 40-42, abril-diciembre de 1988 (págs. 10-13). [PDF del número completo](https://marxismo.school/assets/archivo/1958-93%20Hemeroteca%20del%20FOR/1978-93%20Alarme/alarme-n40-42.pdf) · [Texto original en francés](https://marxismo.school/hemeroteca/alarme/originales/1988-04-pologne-1970-1988)

Hace unos veinte años que la clase obrera polaca se enfrenta regularmente al Partido-Estado, a pesar de los manejos de la «oposición» clerical, sindical y supuestamente democrática. En 1970-71, cuando Walesa es todavía un desconocido, probablemente ya admirador del papa y de Pilsudski (el dictador militar de los años treinta), la clase obrera propaga la huelga general en respuesta a una fuerte subida de los precios de los productos de primera necesidad. Pero eso no es todo: haciendo frente a la represión que empieza a abatirse sobre ella, se lanza al asalto de los locales del Partido y de las comisarías, donde se apodera de armas. En algunos lugares aparece incluso la reivindicación de un «Poder Obrero». El Ejército, equipado con tanques y helicópteros, interviene, y en las grandes concentraciones industriales, como Gdynia y Gdansk, los enfrentamientos causan cientos de muertos del lado obrero. No obstante, el gobierno cede y anula la subida de precios.

En 1976 vuelve a atacar, pero esta vez propone que la subida de precios se discuta en asambleas obreras convocadas por los miembros del Partido. De esas famosas asambleas surge de repente y con violencia la protesta, y el 25 de junio de 1976 se producen incidentes idénticos a los de 1970. En Radom sobre todo, una localidad industrial cercana a Varsovia, la violencia vuelve a alcanzar su colmo: saqueos de las tiendas reservadas a la burocracia, linchamientos de funcionarios del Partido, barricadas, combates contra las tropas de élite de la policía llevadas en avión, recordarán en esa ciudad los motines de seis años antes. Por segunda vez el gobierno tiene que retroceder y anular la subida de precios. Cuatro años más tarde, en 1980, intenta reincidir, y de nuevo le responde la huelga, primero de los puertos del Báltico y luego de todo el país. Surgen asambleas y comités obreros independientes del Partido, y a veces, como en la región de Lodz, organizan el abastecimiento de la población, eliminando así las eternas colas ante las tiendas. El movimiento es profundo y tenaz.

El poder, impotente, ve su represión desbaratada por huelgas de solidaridad, pero también por amenazas de sabotaje. Esta manera de ver puede parecer idílica, sobre todo si se sabe que la Iglesia católica, que se interpone inmediatamente, goza de cierta popularidad. Pero los hechos están ahí, y no se avienen con el espíritu evangélico. Antes de continuar este repaso, hay que comprender bien que el movimiento de 1980 llega tras diez años de protesta y que, en los momentos más fuertes de esta, el proletariado muestra claramente en la acción tendencias subversivas, y eso independientemente de lo que piense y crea. Hasta 1980, en diversos grados, y aunque no se exprese como un objetivo que alcanzar, armas, poder y economía están al alcance de su rebelión. El ronroneo de los gobiernos occidentales, de sus sindicatos y de los izquierdistas en torno a Solidarnosc tendería a hacérnoslo olvidar. Y con razón: para esa gente, y con certeza para los dos primeros citados, se trata de enterrar el movimiento reciente más formidable de nuestra época, que además desmitifica la naturaleza «socialista» u «obrera» de los países del Este. Dicho esto, podemos continuar.

En 1980, pues, la dirección del movimiento, el comité interempresas de Gdansk con Walesa a la cabeza, se constituye en un sindicato supuestamente libre e independiente del poder. Pero en realidad está enfeudado a la Iglesia católica, que veinticinco años antes había recobrado bienes y privilegios gracias a Gomulka, el jefe de Estado polaco de la era de Jruschov en Rusia. De todos modos, por muy «libre» que se pretenda, un sindicato es una organización capitalista. La diferencia entre Solidarnosc y los sindicatos de Estado del régimen polaco es que los segundos son directamente compradores de la fuerza de trabajo, mientras que el primero quiere instituirse en poseedor único de esa fuerza, que tendrá la misión de vender. Pero sigamos.

Inmediatamente, el sindicato «libre» recién creado se arrodilla no solo ante Dios, sino también ante el Partido, cuyo papel dirigente no se trata en absoluto de discutir. «No atacamos ni a la milicia ni al aparato del Poder... no amenazaremos ni al gobierno, ni al Partido, ni al Socialismo, ni a las alianzas firmadas...», declaran Walesa y Solidarnosc, que multiplican además las declaraciones patrioteras. En febrero de 1981 llegan incluso a concluir una tregua de tres meses con el gobierno. Desde los bancos de la clase obrera estallan los primeros gritos de traición, y la protesta se instala en el interior mismo de Solidarnosc. Sin embargo, embebida de prejuicios nacionalistas y religiosos, pero sobre todo privada de perspectivas de envergadura, la clase obrera ya no sabe qué hacer y obedece a pesar de todo la orden de tregua. El 13 de diciembre de 1981, atada de pies y manos por Walesa y compañía, es entregada al golpe de Estado militar del general Jaruzelski.

Hay que esperar a 1988 para que se recobre de manera significativa, sin consigna sindical ni papal alguna. Estamos en abril-mayo: la huelga estalla en Bydgoszcz en los transportes, en Nowa Huta en la siderurgia y en Gdansk en los astilleros. Rápidamente el gobierno concede sustanciales aumentos de salario, lo que le vale ser reprendido por un tal Jacek Kuron, un ateo partidario de Solidarnosc que hace veinte años declaraba que el régimen polaco era reaccionario y capitalista.[^1] Lo citamos: «Las autoridades replicaron con un método suicida, concesiones salariales y negativa a toda negociación con los comités de huelga. En otras palabras, alentaron las reivindicaciones salariales sin darse los medios de detener la huelga». En el mismo sentido podríamos haber citado también a Walesa, pero esto basta para mostrar la evidente colusión de los intereses capitalistas entre el poder y el conjunto de la supuesta oposición.

Eso no puede escapar a la clase obrera, y sin embargo la huelga que reaparece en agosto y se extiende a todo el país lleva a la cabeza de sus reivindicaciones la legalización de Solidarnosc. Resumamos lo que sigue. A finales de mes, en lo más fuerte del movimiento, Walesa detiene la huelga bajo los abucheos de muchos obreros. No ha obtenido nada a cambio, pero desde entonces, con total impunidad, se pavonea a más y mejor como un verdadero jefe de Estado capitalista, dándose incluso el lujo de hacer aclamar a Thatcher de visita en Polonia. En octubre, al anunciarse el cierre de los astilleros de Gdansk, consigue además sofocar en el huevo una respuesta espontánea. A la vista del decenio 70-80, es innegable que el vigor del proletariado polaco ha disminuido bajo el peso de la dirección que se le ha impuesto y que ha aceptado. Sin embargo, guardémonos de toda conclusión apresurada.

Nada en Polonia, desde hace veinte años, puede comprenderse si se supone que la dinámica de los acontecimientos descansa únicamente en la voluntad de los obreros de llevar a buen término tal o cual lucha reivindicativa de carácter económico. La levadura de la agitación social reside también, y sobre todo, en el odio al poder stalinista. Añadamos que este se hace pasar por socialista, estafa mantenida juiciosamente por los bribones de la «oposición», y comprenderemos las razones del «éxito» de la Iglesia y de Solidarnosc. Ponemos la palabra éxito entre comillas porque el propio éxito no es tan profundo como quieren hacernos creer.

En primer lugar, la Iglesia tiene oficialmente casa abierta, y sus capillas se alinean junto a las casas del pueblo y otros centros del culto del Partido. Ese privilegio no puede dejar de chocar al espíritu rebelde que se enfrenta a un Estado totalitario. En segundo lugar, los sermones de la Iglesia sobre la libertad de opinión solo engañan porque el stalinismo ha opuesto socialismo y libertad. En cualquier otro lugar donde el stalinismo no está en el poder tienen mucho menos éxito. En cuanto a Solidarnosc, como oficina clerical, no vale mucho más. Por último, sabemos que el sentimiento de haber sido traicionada por la una y por el otro no deja de crecer en la clase obrera. Para que ese sentimiento se transforme en rebelión abierta y en acusación directa contra la Iglesia y Solidarnosc, no como traidores, sino como aliados objetivos del gobierno contra la clase obrera, es preciso que la naturaleza misma del régimen sea denunciada por lo que es: no socialista, sino capitalista. El obstáculo es esencialmente de orden ideológico y heredado de la contrarrevolución stalinista. La perspectiva, en cambio, sigue siendo revolucionaria.

De lo que acabamos de exponer se deduce el eje de una intervención revolucionaria en Polonia. Abajo el Partido-Estado capitalista y, por consiguiente, abajo la Iglesia y Solidarnosc. Hoy, más que hace diez, quince o veinte años, es peligroso focalizar la atención del proletariado polaco en la lucha reivindicativa por el aumento de los salarios, la bajada de los precios, etc. Esas reivindicaciones no son revolucionarias por sí mismas, en cuanto tales. Lo hemos mostrado en nuestro repaso: en el fuego de la acción, el proletariado tiende incluso a superarlas y a imponer su propia gestión (Lodz, 1980). ¿De qué sirve tirar de él otra vez hacia atrás, cuando esa ha sido ya toda la fuerza de una organización sindicalista y reaccionaria como Solidarnosc? Dijimos en un número anterior de nuestra revista, a propósito del movimiento de 1980, que la espontaneidad del proletariado polaco no tendía hacia la creación de un sindicato, sino hacia la creación de órganos de un poder proletario, comparables, entre otros, a los sóviets rusos de 1905 y a los comités-gobierno españoles de 1936.

Hacia esa tendencia debe encaminarse de nuevo la clase obrera, contra cualquier especie de sindicato. Aconsejarle que se aferre a la lucha reivindicativa so pretexto de que Walesa y el Vaticano la desvían hacia el terreno democrático es, pues, totalmente absurdo. La lucha reivindicativa no adquiere más contenido revolucionario porque, por otro lado, el proletariado se manifieste con el crucifijo y la bandera nacional por delante. Pretender lo contrario significa ni más ni menos halagar al proletariado para arrastrarse mejor ante sus prejuicios reaccionarios, cuyo arraigo, por lo demás, se exagera. En una palabra, es privarse de medios para el objetivo perseguido, la lucha política, porque las ilusiones democráticas capitalistas no se combaten desde el único punto de vista que puede aspirar a la eficacia, a saber, el de la revolución socialista.

Además, hay que tener mucho cuidado de no hacer ninguna concesión ideológica al poder stalinista, pues podrían hacerse concesiones so capa de no hacérselas, supuestamente, al proletariado. Entendámonos, pues: las ideas socialistas no se oponen a la sed de libertad de un proletariado mantenido bajo un yugo totalitario, y recordemos que esa sed, y no solo el hambre, lo llevó a tomar las armas en 1970 (señalemos de paso que las huelgas de agosto de 1988 partieron del sector mejor retribuido de la clase obrera polaca: los mineros...). ¡Bien! Lo que el proletariado debe comprender es que la más amplia democracia, confiscada en todo tipo de Estado capitalista, reclama su dictadura de clase. El discurso antidemocrático por sí mismo, es decir, apoyado en un materialismo raquítico, es inepto para conducir esa lucha política. Esta debe transmitir necesariamente un contenido social del mismo calibre. A la gestión capitalista de Estado y a la planificación de la penuria para la clase explotada hay que oponer la gestión socialista y la planificación de la satisfacción de las necesidades por el proletariado mismo, con exclusión del Estado, de un Partido o de un sindicato.

En la hora en que la protesta sacude los países del Este, un partido revolucionario en Polonia debería alzarse a la altura de las posibilidades existentes. Esa sería su única fuerza para llevar a la lucha de clases a romper las fronteras en el Este, pero también en el Oeste. ¡Viva la revolución mundial!

---

[^1]: Alusión probable a la *Carta abierta al Partido* (1965) de Jacek Kuron y Karol Modzelewski, que analizaba el régimen polaco como dominación de clase de la burocracia.
