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Title: ¡Revolución! ¿Política o social?
Description: Contra la idea de una revolución sólo política a la espera de la toma del poder mundial, el FOR defiende una revolución social que ataque el trabajo asalariado allí donde surja.
Date: 01/02/1986
Category: L'Arme de la critique n.º 2
URL: https://marxismo.school/hemeroteca/arme-de-la-critique/1986-02-revolucion-politica-o-social
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*L'Arme de la critique*, n.º 2, febrero de 1986 (págs. 3-8). [PDF del número completo](https://marxismo.school/assets/archivo/1958-93%20Hemeroteca%20del%20FOR/1985-90%20L%20arme%20de%20la%20critique/armedelacritique-n02.pdf) · [Texto original en francés](https://marxismo.school/hemeroteca/arme-de-la-critique/originales/1986-02-revolution-politique-ou-sociale)

Si tomáramos la totalidad de los partidos, tendencias, organizaciones, grupos y fracciones que se reclaman, fraudulenta o sinceramente, del comunismo, y les preguntáramos qué significa el término que reivindican, serían en suma capaces, ya espontáneamente, ya acorralados por preguntas incesantes, de responder o de confesar: un mundo sin clases, sin Estado, sin fronteras, sin trabajo asalariado; en una palabra, sin explotación del hombre por el hombre.

Dicho esto, la gran mayoría de esos partidos, organizaciones, etc., son de hecho los defensores del capitalismo de Estado contra el proletariado y su potencialidad subversiva. Lo que presentan como socialismo con Estado obrero sano o degenerado no es más que el reino del desprecio, de la mentira generalizada y de la esclavitud asalariada. El proletariado, que allí se supone que goza de las ventajas de una economía planificada, sufre unas condiciones de vida más que lamentables, y su fuerza de trabajo sólo puede vendérsela al único gran propietario y administrador del capital: EL ESTADO. ¡Y ay de las veleidades subversivas! «Marcha o revienta»: ésa es la suerte cotidiana del «paraíso proletario». Allí como en todas partes, la revolución proletaria es necesaria, y será social y no sólo política, porque su infraestructura es la misma que en los países comúnmente reconocidos como capitalistas. Decir, afirmar que habrá de ser social es de importancia primordial si no se quiere hacer, en última instancia y en primera, el juego de los defensores del capital en su forma más acabada, es decir, más concentrada y centralizada.

> «No se trata de perfeccionar el Estado, sino de suprimirlo, pues no es más que la organización de la clase explotadora para garantizar su explotación y mantener sometidos a sus explotados. Ahora bien, mal sistema es, para destruir algo, empezar por fortalecerlo. Y sería aumentar la fuerza de resistencia del Estado favorecer que acapare los medios de producción, es decir, de dominación. ¿No vemos a los obreros de las industrias del Estado doblegados, en comparación con los demás, bajo un yugo más difícil de sacudir?»
>
> (Gabriel Deville, 1883, en *Aperçu sur le socialisme scientifique*[^1]).

Ahora bien, en la primera tentativa fallida de revolución socialista mundial, iniciada en Rusia con los bolcheviques como catalizador de aquella inmensa chispa que conmovió el mundo, la contrarrevolución se consolidó precisamente, entre otras cosas, por el acaparamiento de los medios de producción por el Estado; un Estado alimentado por la plusvalía arrancada a la fuerza de trabajo de un proletariado vencido, y cuya única tarea sería en adelante servir a la planificación mercantil a golpe de batallas de la productividad.

Nos parece pues necesario mostrar ahora que, contrariamente a la idea más extendida, el ataque al trabajo asalariado y su abolición no pueden esperar a la toma del poder por el proletariado a escala casi mundial. Eso no significa, ni mucho menos, que el socialismo sea posible en un solo país. Tratemos de explicarnos.

El sistema de explotación capitalista se distingue en parte de los sistemas de explotación anteriores porque su dominación, por naciones interpuestas, es hoy mundial. Su modo de producción y su propia dinámica lo llevaban a imponerse y a reinar como amo absoluto sobre la totalidad del globo. Por eso mismo su destrucción por el proletariado —fuerza igualmente mundial, puesto que, por su naturaleza intrínseca en el proceso de producción, es la antítesis del capital— no puede ser ni será sino mundial. De ahí la insistencia de todos los revolucionarios del pasado y del presente en la necesidad vital de internacionalizar las luchas del proletariado y la revolución. Sin esa internacionalización no hay salvación posible para el comunismo. Aunque lo que acaba de decirse es importante, hay que reconocer que está lejos de ser suficiente. Porque lo primordial que hay que definir ahora, a la luz de las experiencias pasadas y de las posibilidades actuales, es la base sobre la cual el poder proletario va a extenderse, y debe extenderse, a escala mundial. Debemos definir la naturaleza de la revolución en el lugar donde surja, si surge. ¿Debe ser política, a la espera de la internacionalización del poder proletario, o debe ser social y generalizarse sobre esa base? A eso es a lo que debemos responder de la manera más clara y menos equívoca posible.

Como la oleada revolucionaria de 1917 a 1937 fue aplastada no por la burguesía misma, en cuanto propietaria individual de los medios de producción, sino principalmente por el poder contrarrevolucionario stalinista, todo lo que representaba, por poco que fuera, el aliento inicial del movimiento revolucionario ruso fue truncado y deformado hasta la saciedad en favor de un sistema que ya no tenía razón de ser: el capitalismo mundial. Si es verdad que los jalones de la derrota son promesas de victoria, también es preciso que quienes aspiran a la victoria reflexionen sobre las razones de las derrotas anteriores, para no reproducir los errores del pasado o aplicar métodos que podrían revelarse catastróficos por los cambios de la situación.

La confusión sembrada, ya directamente por la contrarrevolución rusa, ya por la incomprensión de lo que ocurría por parte de los revolucionarios de la época, persiste todavía en el seno de los grupos y tendencias revolucionarios de hoy. En efecto, la revolución rusa no fue más que una revolución permanente y nunca pasó al estadio socialista. En nombre de unas condiciones objetivas que todos los marxistas del 17 consideraban insuficientes en Rusia, el proletariado debía realizar las tareas que la burguesía había sido y era incapaz de cumplir, enlazándolas sin solución de continuidad con las tareas socialistas que haría posibles el estallido de la revolución, considerada inminente, en los países industrialmente avanzados: tal era, grosso modo, lo que pretendían realizar los bolcheviques en vísperas de Octubre, enfrentándose sin concesiones en este punto a los «marxistas» mencheviques y demás, que sólo vislumbraban (con los textos de Marx por escapulario) la posibilidad de una revolución burguesa. Pero la economía rusa nunca dejó de ser capitalista. Sólo la propiedad había cambiado de manos, y pronto iba a pasar, a falta de avance revolucionario, únicamente a las de quienes iban a usar y abusar de la plusvalía y, por tanto, de la explotación de un proletariado desposeído de todo. El hecho de que la revolución en Rusia hubiera sido proletaria desorientó a más de uno, incluidos quienes hablaron relativamente pronto de capitalismo de Estado, sin llegar por lo demás a aprehender toda la nocividad de éste. A este respecto es bastante edificante la lectura del libro de Ciliga *Au pays du mensonge déconcertant*[^2], en particular los capítulos «La vida política en la cárcel» y siguientes, entre otras cosas para cerrarles la boca a todos los rebeldes de salón (antibolcheviques por principio) que piensan revolucionar el mundo con cuatro ideas conservadas en celofán esterilizado. Pero, en fin, sigamos; no es éste el tema.

Cuando Stalin proclamó que el socialismo era posible en un solo país, no buscaba más que consolidar, al principio dentro de sus propias fronteras, el sistema que le entregaba el fracaso de la revolución socialista mundial. En una palabra, ni los bolcheviques ni, después, el poder contrarrevolucionario stalinista hicieron socialismo en un solo país. Al hablar de ello Stalin mentía a sabiendas, aplastando a su alrededor todo lo que conservaba todavía, por poco que fuera, el aliento de Octubre del 17. Lo cual quiere decir que no se sostiene el argumento según el cual atacar el trabajo asalariado, y por tanto las relaciones de producción capitalistas, aun antes de la toma del poder por el proletariado a escala mundial o casi, es obrar por el socialismo en un solo país y dar muestras de bujarinismo, o peor, de stalinismo. Sería no haber comprendido lo que fue el stalinismo, atribuirle un objetivo que no corresponde, ni de lejos, a lo que fue: el verdugo más resuelto del comunismo y de sus defensores. Pero, en fin, continuemos.

No pretendemos aquí dilucidar si en aquella época la idea de una revolución permanente era o no defendible, porque de todas formas, si la revolución se hubiera extendido victoriosamente a otros países, la cuestión ni siquiera se plantearía. Pero hoy, fracasada la revolución y preparando la próxima, la cuestión es muy otra y, sin duda, mucho más tajante. Son muchos los que coinciden en decir, incluso en ciertas corrientes que ya nada tienen que ver con el comunismo, como los trotskistas, que las condiciones materiales objetivas están maduras. Maduras, sí, pero ¿para hacer qué? Entremos en materia. ¿Revolución política o revolución social?

«Los que hacen revoluciones a medias cavan su propia tumba», decía Saint-Just. Los partidarios de la primera hipótesis cavan en efecto su propia tumba si enuncian su posición sin segundas intenciones, y cavan voluntariamente la de la revolución en el caso contrario, en nombre de las sempiternas etapas necesarias, cuya utilidad ni siquiera se conoce ya, puesto que, pese a su razonamiento materialista vulgar, las condiciones objetivas están igualmente maduras en el mundo según ellos. A menos que por «en el mundo» entiendan la suma aritmética de las naciones, y por qué no de las tribus, algunas de las cuales, habida cuenta de su atraso, podrían todavía, a falta de revolución comunista en los países avanzados, seguir el largo camino de sus hermanos mayores. ¡Qué dialéctica tan estrambótica, diantre! De todos modos, en un caso como en el otro, esa posición debe ser combatida, porque sus defensores, si persisten en su idea, se pondrán frente al movimiento social, si movimiento revolucionario hay. En efecto, decir que las condiciones objetivas están maduras significa que el capitalismo ha forjado de sobra las condiciones sociales necesarias para que el proletariado lo destruya de arriba abajo, dando vida, por su propia negación como clase, a la única sociedad humana posible: EL COMUNISMO. Ahora bien, la toma del poder por el proletariado no es un fin en sí, no es más que un medio que posee la clase para cumplir ciertas tareas, y que deberá utilizar obligatoriamente; eso era verdad antes y lo sigue siendo hoy. Criticar la concepción de la revolución permanente sólo es justo a condición de no mantener una posición que, por su estatismo, es todavía peor que la anterior. Ésta tenía al menos en cuenta el movimiento y era profundamente dialéctica (tanto en su esencia teórica como en su tentativa de puesta en práctica). Pero los defensores de la revolución política internacional, considerada como objetivo principal para poder realizar las tareas socialistas, se guardan muy bien de pronunciarse, siquiera sumariamente, sobre el período de transición. Para ellos ese período se resume en las frases siguientes: «poder de los consejos obreros, dictadura del proletariado, Estado obrero, etc.». Sobre las realizaciones sociales que hay que intentar impulsar a toda costa, se contentan todos con decir: imposibilidad de destruir las relaciones de producción capitalistas, so pena de pronunciarse por el socialismo en un solo país. Con semejantes sandeces cabría preguntarse cómo diablos pudo cristalizar la concepción materialista dialéctica, y por tanto comunista, del mundo en plena mitad del siglo XIX. ¿No son las condiciones materiales de existencia de una época las que permiten la aparición de ideas nuevas y, por tanto, revolucionarias? ¿No proceden esas ideas fundamentalmente de la existencia y la actividad del proletariado mismo? En cuanto el proletariado se manifestó como fuerza independiente, ¿no lo hizo directamente contra su condición de clase explotada y contra la clase deseosa de mantener esa condición? Aunque en aquella época disponía de condiciones materiales menos favorables que hoy para el triunfo de su emancipación total, el proletariado, cuando se manifestaba en su terreno, aspiraba irremediablemente a ese noble objetivo, y los revolucionarios dignos de ese nombre empujaban al enfrentamiento sin tergiversaciones contra la burguesía.

Pero volvamos a lo nuestro. A diferencia del siglo pasado, las condiciones están archimaduras a escala mundial, de suerte que la única salida para la clase explotada y para la humanidad pasa por la sociedad sin clases. Si están maduras, el proletariado no tiene que crearlas. Debe, pues, y no puede sino atacar las relaciones de producción capitalistas para destruirlas, sea cual sea el lugar donde se insurja. Eso no tiene nada de utópico. Lo contrario, en cambio, lo sería totalmente en una perspectiva socialista, a menos de creer en la infalibilidad del ser humano y pretender que no puede ser corrompido. Es útil recordar aquí el abecé del comunismo: son las relaciones de producción las que determinan las relaciones sociales, y no a la inversa. Negarlo en la práctica es caer de cabeza en el más vulgar de los idealismos. Por eso afirmamos que toda revolución que se confinara en el terreno puramente político (toma del poder por el proletariado) degeneraría muy rápidamente y desembocaría inevitablemente en el capitalismo de Estado. Ningún poder proletario, por puro que sea, puede mantenerse sin realizaciones sociales comunistas; o, más exactamente, un poder sólo puede ser hoy verdaderamente obrero si el proletariado actúa como fuerza independiente contra todo lo que representa la explotación del hombre por el hombre, y por tanto contra el capitalismo como sistema social. No se ve, por lo demás, qué otra cosa podría hacer si se insurge como clase resuelta y consciente de sus intereses y de los de la humanidad en su conjunto. No olvidemos que el proletariado es históricamente la clase revolucionaria por excelencia por su posición en las relaciones de producción, y se comprende mal qué poder real y exclusivo puede tener sin trastocar su papel y su posición social.

En un momento en que el comunismo es la única alternativa para la humanidad, es sobre esta base, y sólo sobre esta base, como el proletariado puede, con su acción, levantar el entusiasmo de su clase en el mundo entero. Por lo demás, dejando aparte el error sobre las nacionalizaciones, cuando los revolucionarios del pasado preconizaban la necesidad de una revolución en Alemania y en Europa, defendían prácticamente la necesidad de una revolución directamente socialista, pues consideraban que en esos países se daban las condiciones requeridas para ese objetivo, condiciones que según ellos faltaban, por ejemplo, en el antiguo imperio del zar. ¿Y hoy, más de medio siglo después, en la era de la robótica, de la energía nuclear y de los viajes espaciales, en nombre de un concepto lanzado por el sepulturero número uno de la revolución mundial, el «socialismo en un solo país», limitaríamos la revolución al terreno político? Creyéndose más inteligentes que los cretinos cuyo psitacismo anima todo su pensamiento (los izquierdistas actuales en general), los defensores de semejante aberración hacen avanzar la historia hacia atrás.

Lo que acaba de decirse no es un deseo piadoso ni una declaración platónica: es la orientación que deberá tomar materialmente la revolución venidera, si queremos realmente su victoria y si queremos, por consiguiente, tener todas las bazas a nuestro favor para que se internacionalice suprimiendo las fronteras. Dicho esto, no somos de los que se forjan bonitos esquemas en sus cabecitas de cavilaciones aventuradas.

En efecto, pese a los gigantescos medios técnicos y científicos actuales, la revolución puede hallarse en una situación contingente execrable que frene las necesarias realizaciones socialistas, impidiéndonos con ello franquear a grandes pasos los límites «donde toda vuelta atrás sea imposible». Somos conscientes de ello, pero no es un argumento para imponernos límites antes de la revolución misma. Si es verdad que es la historia la que nos impone las circunstancias, no lo es menos que sólo podemos cambiarlas con medidas directamente socialistas, a menos de reconocer al capitalismo virtudes superiores. En cuyo caso, ¿por qué diablos luchar contra él?

En suma, sea cual sea la situación contingente, para que la revolución sea proletaria y conserve su tendencia socialista, es preciso:

> «1. Que el plustrabajo, *pl*, deje de concentrarse en una categoría social, sin lo cual su distribución entre *c* y *v* no puede ser hecha con arreglo a los intereses de *v*, sino con arreglo a los intereses de la categoría social que maneja *pl*. Esa es la piedra angular de la planificación.
>
> 2. Que los productos pierdan la naturaleza de mercancías que tienen bajo el capitalismo. De lo contrario el consumo de las masas, y la capitalización, se encuentran trabados por la realización de la plusvalía en forma monetaria o en forma de posesiones, como en la sociedad burguesa, fomentando el desarrollo de capas sociales especialmente interesadas en ella.
>
> 3. Que la educación técnica y la cultura general de la población trabajadora comprendida en *v* se eleve. Esta condición es una consecuencia del reparto. Sin ella, el aumento mismo de *c* y la planificación se hallan limitadas por la capacidad —que representa también intereses económicos— de la minoría técnicamente capaz. Por otra parte, es también condición del debilitamiento y desaparición del Estado.
>
> Sin estas tres condiciones, la propiedad colectiva de los medios de producción se hace ficticia, y el hombre continúa estando separado de los instrumentos de trabajo, origen de toda sociedad dividida en clases».
>
> (G. Munis, *[Los revolucionarios ante Rusia y el stalinismo mundial](https://marxismo.school/archivo/1946%20Los%20revolucionarios%20ante%20Rusia%20y%20el%20stalinismo%20mundial)*, 1946[^3]).

No comprender esto es no comprender la base material sobre la que pudo prosperar la abyecta contrarrevolución que desde Rusia se desencadenó sobre el resto del mundo. Calificar a Rusia de capitalista de Estado, y a los trotskistas de agentes reaccionarios, no cambia nada, puesto que en la práctica, en el tema que tratamos, aparte de la «no defensa incondicional de la URSS» por considerar capitalista a Rusia, la diferencia juega al escondite con su sombra. En efecto, si los trotskistas defienden «las conquistas de la revolución de Octubre» es porque, según ellos, mal que bien, la planificación socialista existe; lo que hay que combatir es el lastre que arrastra a sus pies, esa famosa excrecencia burocrática. Como si el poder político y la economía pudieran desplazarse en direcciones opuestas. Conclusión para ellos: lo que hace falta en Rusia es una revolución política (toma efectiva del poder por el proletariado) que vuelva a poner lo político y lo económico en brazos uno del otro. Los trotskistas, a quienes criticamos, combatimos y denunciamos también como fuerza reaccionaria, tienen el mérito de ser coherentes consigo mismos. Sabemos al menos qué esperar si por desgracia tomaran el poder en algún sitio: un capitalismo de Estado que destilara la misma planificación «socialista» y descargara los mismos latigazos sobre un proletariado obligado a participar en la batalla de la producción como clase explotada. Y entonces no faltará algún trotskista decepcionado que vea en ello una buena excrecencia burocrática de las de antes.

En cuanto a las tendencias (*Battaglia Comunista*, CWO[^4], CCI, etc.) cuyo odio visceral al trotskismo se remonta a su nacimiento; cuyo programa no es más que una suma de evidencias más o menos asimiladas sobre todos los aspectos políticos (partido, consejos y un pequeño etcétera), y que o bien no se definen claramente sobre la orientación social que debe tomar la revolución, o bien afirman que tras la toma del poder por el proletariado éste seguirá, por desgracia, siendo explotado hasta que la conquista del poder se haga mundial, no les reconocemos en este punto ninguna diferencia con el tan criticado trotskismo.

Porque, aunque sólo fuera en el caso de una muy hipotética revolución proletaria iniciada en Rusia, y dejando aparte la diferencia de criterio sobre la naturaleza de la planificación existente, la revolución sería igualmente política a la espera de la toma del poder a escala casi mundial. Decididamente, en este tema como en tantos otros (no hay en realidad posiciones más o menos buenas, sino una concepción global buena o mala), el movimiento histórico y la dialéctica que ayuda a comprenderlo y a transformarlo se utilizan como una maza que acaba cayendo sobre el proletariado mismo.

Del mismo modo que la lucha cotidiana del proletariado, cuando lucha en su propio terreno, rompe las separaciones entre lo económico y lo político, la revolución misma no puede ser sino social (política y económica a la vez). Es la única revolución total de la historia de la humanidad, en la que una clase sólo puede afirmarse para destruirse mejor barriendo las clases sociales en su conjunto. Por eso hemos refutado la idea reaccionaria de una simple revolución política, por considerar que acentuaba los innumerables peligros que todo movimiento lleva en su seno. Y, lo que es peor, que añadía otros antes incluso de que se produjera un movimiento revolucionario de envergadura. En efecto, un Estado obrero no puede en modo alguno mantenerse y luego extinguirse si la revolución internacional no estalla. Por tanto, el socialismo no puede establecerse en un solo país, sea cual sea la naturaleza de la revolución (política o social). Pero es aquí donde el pensamiento doctrinal y dogmático de la mayor parte de las corrientes llamadas de ultraizquierda se muestra hermético a las experiencias proletarias que tuvieron lugar tras el fracaso de la revolución en Alemania. Aludimos, claro está, a la revolución española de 1936-37. Si es verdad que el proletariado en España no centralizó el poder (político, económico, militar y social) que tuvo en sus manos el 19 de julio del 36, no lo es menos que, una vez insurrecto y con las armas en la mano, expropió por sí mismo a los propietarios de los medios de producción en la zona llamada republicana, sin abandonarlos sin más en manos de un Frente Popular a su vez completamente aturdido por el empuje irresistible de un proletariado que luchaba no sólo contra las tropas de Mola y Franco, sino contra su condición de proletario. Desde lo alto de su pretensión de vanguardia ilustrada (sic), todos los que niegan la revolución en España pueden muy bien burlarse amalgamando colectividad y autogestión, movimiento auténticamente comunista y lucha antifascista, guerra civil de clase y guerra imperialista: pese a las críticas necesarias, el proletariado en España mostró ante todo que, al insurgirse, ponía directamente en cuestión la explotación de clase, pese a todas las sandeces o canalladas vertidas a raudales por los partidos u organizaciones que pretendían representarlo (PC, CNT, FAI, POUM, PS, UGT), y que temblaron muchas veces ante aquel proletariado resuelto. (Sobre este tema, véase el n.º 1 de *L'Arme de la critique*.)

Para concluir, añadiremos que la supresión de las relaciones capitalistas de producción no equivale en absoluto al socialismo (o comunismo, que es lo mismo), sino únicamente —y en todo esto suponemos una destrucción efectuada por la clase obrera misma— a un paso hacia el socialismo. Pero ese paso, afirmamos, debe darse lo más rápidamente posible. Es decir, que, aun aislada, la clase obrera que haya hecho triunfar la revolución en un solo país —e incluso en el curso de la batalla— deberá eliminar las bases económicas de las clases, y no podrá hacer otra cosa si no quiere seguir siendo una clase explotada. Para eso deben prepararse los revolucionarios: para empujar adelante al proletariado en su tarea; si no, se condenan a no ser más que frenos, o peor, obstáculos en la marcha del proletariado en revolución. Sin ese ataque a las relaciones de producción con vistas a su abolición *lo más rápida posible*, la revolución se pudriría en el sitio. Y de esa putrefacción se alzaría una contrarrevolución enmascarada e interna a los organismos mismos de la dictadura proletaria, y la experiencia del fracaso de la revolución rusa, con esa ruptura nada evidente entre revolución y contrarrevolución, se reproduciría esta vez con consecuencias incalculables para el porvenir de la humanidad.

> «Sólo la desaparición de la ley mercantil del valor, basada toda ella en el trabajo asalariado, acarreará la extinción del Estado. Sin adentrarse en ésta desde el principio mismo de la revolución, el Estado se transforma rápidamente en el organizador de la contrarrevolución».
>
> (F.O.R., *[Pro segundo manifiesto comunista](https://marxismo.school/archivo/1961%20Pro%20Segundo%20Manifiesto%20Comunista)*[^5]).

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> Las primeras barricadas.
>
> En cuanto a nosotros, ciudadanos de París, tenemos la misión de llevar a cabo la Revolución moderna, la más amplia y la más fecunda de cuantas han iluminado la historia.
>
> Tenemos el deber de luchar y de vencer.
>
> 19 de abril de 1871. LA COMUNA DE PARÍS[^6]

[^1]: Gabriel Deville (1854-1940), introductor del marxismo en Francia con su resumen de *El capital* (1883), precedido de un *Aperçu sur le socialisme scientifique* («Ojeada sobre el socialismo científico»). El texto francés del artículo da el título como «aperçu du socialisme scientifique». La traducción de la cita es nuestra.

[^2]: Ante Ciliga, *Au pays du mensonge déconcertant* («En el país de la mentira desconcertante», París, 1938), testimonio de un comunista yugoslavo encarcelado y deportado en la URSS entre 1930 y 1935. Los títulos de los capítulos se traducen del francés.

[^3]: Cita según el texto español de Munis. La versión francesa del artículo glosa entre paréntesis, en la primera condición, *c* («lo que era el capital constante»), *v* («el ex capital variable… parte del capital C que sirve para pagar a la masa explotada») y *pl* («producto de la explotación»).

[^4]: Nota del original: «*Battaglia*, CWO: BIPR; en Francia, c/o L'Herbe rouge, 1 bis rue d'Alésia, 75014 París». (Buró Internacional por el Partido Revolucionario, formado por el Partito Comunista Internazionalista y la Communist Workers' Organisation británica.)

[^5]: Cita según el texto español del *Pro segundo manifiesto comunista* (1961).

[^6]: De la *Declaración al pueblo francés* de la Comuna de París, 19 de abril de 1871. La traducción es nuestra.
