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Title: Respuesta al G.C.I.: «Praxis contra metodología»
Description: Polémica con el Grupo Comunista Internacionalista (Le Communiste n.º 23), que niega toda fase ascendente y decadente del capitalismo; el FOR defiende, con citas de Marx, la progresividad histórica y la decadencia actual del sistema.
Date: 01/05/1987
Category: L'Arme de la critique n.º 3
URL: https://marxismo.school/hemeroteca/arme-de-la-critique/1987-05-respuesta-al-gci-praxis-contra-metodologia
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*L'Arme de la critique*, n.º 3, mayo de 1987 (págs. 23-27). [PDF del número completo](https://marxismo.school/assets/archivo/1958-93%20Hemeroteca%20del%20FOR/1985-90%20L%20arme%20de%20la%20critique/armedelacritique-n03.pdf) · [Texto original en francés](https://marxismo.school/hemeroteca/arme-de-la-critique/originales/1987-05-reponse-au-gci-praxis-contre-methodologie)

En varios números de *Alarme* y de *L'Arme de la critique* hemos abordado la cuestión de la decadencia del capitalismo como sistema de civilización. Volvemos sobre este problema, de manera menos directa pero francamente polémica, en este artículo, tras la lectura del número 23 de *Le Communiste*, órgano central en francés del G.C.I.

Nos interesa toda polémica que ayude hoy a la constitución del proletariado en clase revolucionaria y, por tanto, en Partido. No hay el menor charlatanismo intelectual en nuestro proceder, porque comprender lo mejor posible la época que aplasta a la humanidad entera se suma activamente a las posibilidades de aniquilarla para siempre. Una última cosa antes de entrar en materia. Es costumbre utilizar las citas de Marx como escapulario. Advertimos desde ahora que no las emplearemos como textos sagrados, sino sólo en la medida en que vengan a confirmar, de manera concisa y a menudo expresada con más claridad, nuestra propia teoría, que pretende corresponder precisamente a los problemas que se nos plantean, eliminando con ello todo lo que nos parece superado. Así, son muchos —y el ejemplo está particularmente bien escogido para los «antidecadentistas»— los que sólo recogen las frases contundentes de Marx contra la democracia, el trabajo asalariado, la nación..., sin hacer nunca referencia a su defensa histórica de la democracia, del trabajo asalariado, de la nación, y prefieren abuchear a los «discípulos» (Lenin, Trotsky, Luxemburgo, Pannekoek, etc.) como traidores, en ciertos momentos, a la «invariancia del programa del Partido Comunista».

El GCI, a nuestro juicio, comprende cada vez menos lo que ha pasado en la historia, a fuerza de querer estar en simbiosis con la «invariancia», por otra parte muy cambiante; ¡la religiosidad no se expresa sólo en las iglesias! Aplica a su manera el idealismo de Hegel y cree, en su lógica especulativa, en una idea absoluta que el ser humano debe poder aprehender dialécticamente (por fin se ha soltado la palabra). Para Hegel, esa idea era el Estado. Para el GCI, como para todas las capillas bordiguizantes que se acusan perpetuamente unas a otras de alterarla, la idea es el programa invariante del Partido Comunista.

Si es cierto que las visiones decadentistas no siempre son dialécticas en su concepción materialista del mundo, es seguro que nunca lo son para quienes niegan la progresividad y, por tanto, la decadencia en la historia. ¿Acaso la humanidad no se propone únicamente las tareas que puede cumplir? Y para ser más precisos, ¿no acaba resolviendo sólo esas?

En su crítica virulenta de los «decadentistas», el GCI hace hincapié sobre todo en quienes basan su teoría en la incapacidad del capitalismo para hacer crecer sus fuerzas productivas (los trotskistas en general), en su incapacidad para salir de la crisis económica de superproducción (la CCI principalmente), en su incapacidad para superar la baja de la tasa de ganancia (PCI-pc, BIPR, etc.), pero no por ello dejamos de ser nombrados en lo que toca a la visión moral de la decadencia. Unos y otros quedan amalgamados cuando, crecido en su arrogancia, este grupo chilla: «Y no es por "azar" que nuestros decadentistas (de todas las escuelas) se encuentran en un coro común con todos los chacales reaccionarios que aúllan a la "decadencia de Occidente", desde los testigos de Jehová hasta los "nuevos filósofos", pasando por los neonazis eurocentristas, ¡hasta los adoradores de Moon! Y si los decadentistas se encuentran en tan siniestra compañía es porque en la realidad defienden la misma perspectiva reaccionaria y contrarrevolucionaria del progresismo (posición del materialismo vulgar)». (Página 11 de la revista n.º 23.)

Sólo más adelante responderemos a esta afirmación repugnante, digna de quienes se ven, a fin de cuentas, como los únicos comunistas de la tierra y de la historia, expertos en el arte de lanzar la palabra «contrarrevolucionario» a tontas y a locas, dotados para alinear frases pedantes con resonancia científica, y que, lejos de asimilar la dialéctica, la vomitan permanentemente porque viene a cosquillear su radicalismo pomposo.

El insulto es a veces revolucionario. Lo es siempre cuando se dirige contra el enemigo de clase. No lo es nunca contra organizaciones comunistas, y entonces se vuelve por sí solo contra quienes lo han formulado.

Antes de emprender la crítica del artículo mencionado, que se adorna con un título de ambición altamente teórica —«Teoría de la decadencia, decadencia de la teoría. Primera contribución: la "metodología"»—, pongamos de relieve algunos pasajes pertinentes contra las concepciones economicistas del declive del capitalismo. En efecto, son muchos los revolucionarios que desde finales del siglo XIX enterraron el capitalismo desde un punto de vista económico, en particular Rosa Luxemburgo con su libro *La acumulación del capital* y sus polémicas contra el revisionista Bernstein, quien pensaba que el capitalismo, por su evolución constante, permitiría al proletariado sustituirlo por el socialismo mediante su participación en el parlamento burgués. O también Trotsky en su *Programa de transición* de 1938, que empieza con su célebre frase «las fuerzas productivas han dejado de crecer», y Lenin antes, con su *El imperialismo, fase superior del capitalismo*. Estamos a finales del siglo XX y, pese a las dificultades debidas a una importante reestructuración, el capital sigue concentrándose, acumulándose y, por tanto, explotando al proletariado a escala mundial. Nada que objetar, por consiguiente, cuando el GCI constata que «la producción industrial mundial, en 1948, superaba en un 36 % el nivel de 1937 y en un 74 % el de 1929. Entre 1878 y 1948 la producción industrial se multiplicó por 11. En el mismo periodo, la población de la tierra pasaba de 1.500 a 2.300 millones de habitantes, o sea, un aumento del 50 % aproximadamente». Ninguna teoría seria puede, pues, estipular que el capitalismo está en declive desde principios de siglo si se basa en los datos objetivos de una crisis económica irreversible ya existente. El crecimiento económico que siguió a la segunda guerra mundial fue formidablemente superior al que el capitalismo había vivido antes en sus mejores momentos. Pero ¿prueba ese hecho incontestable que el capitalismo es hoy el mismo que ayer? ¿Que hay que mantener el conjunto de las posiciones defendidas en el pasado (sindicalismo, parlamentarismo, democratismo...), o que en el pasado esas posiciones y esa práctica eran ya reaccionarias porque siempre lo fueron? CIERTAMENTE NO.

Ya hemos respondido en varios artículos a los «decadentistas» que ven la crisis económica irreversible igual que un pobre hombre perdido en el desierto ve oasis a cada paso. El delirio puede propagarse y agravarse; la realidad, en cambio, pesa con todo su peso material, independientemente de la percepción falsa o justa que se tenga de ella. Pero existen otras estupideces cerebrales que, satisfechas de sí mismas, sublimadas hasta la apoteosis «subversiva», borran alegremente desde lo alto de su praxis casi dos siglos de lucha proletaria. Con todo, podríamos preguntarnos por qué diablos detenerse tan pronto en el camino. ¿O es que no existían genios dignos del GCI 3.000 años antes de «nuestra» era? ¿Por qué engaño de la historia este programa omnipotente, omnipresente e invariante no se reveló antes a los pobres diablos que doblaban el espinazo ante los amos de la tierra? Porque faltaban las condiciones objetivas, replicarían. Pues bien, ahí estamos.

Para el GCI no hay ascenso ni decadencia, porque eso sería pensar que en la primera fase no hay contradicciones, cuando la contradicción entre fuerza productiva social y relación de producción existe permanentemente en una sociedad dividida en clases. ¡Gracias por la lección de dialéctica, algo anticuada y frágil! Pero ¿qué «decadentista» podría negar que en la fase ascendente del capital hay contradicción entre proletariado y capital? Si no existiera, adeptos de la invariancia, no habría sociedad dividida en clases. Dejad, pues, de inventaros argumentos que no se tienen en pie.

Como dice muy justamente un texto demasiado poco conocido de nuestra organización, «Llamamiento y exhorto a la nueva generación», escrito en noviembre de 1966: «Ideológicamente no empezamos, sino que reanudamos, porque nunca interrumpimos. Venimos de muy lejos, desde el primer tiempo en que hubo hombres sublevados; vamos de camino, mucho más lejos todavía...». En efecto, los hombres del pasado no se encontraban en las condiciones objetivas requeridas para resolver pura y simplemente el problema de la explotación del hombre por el hombre, aunque ciertas circunstancias históricas hubieran podido acelerar el movimiento hacia su resolución. Si esto es una visión moral de la humanidad, entonces las ranas crían pelo. «En la historia como en la naturaleza, la podredumbre es el laboratorio de la vida»: ¡he ahí nuestra respuesta moralizante! Con la concepción materialista decimos: «Cuando se dice lado positivo del salariado, se dice lado positivo del capital, de la gran industria, de la libre competencia, del mercado mundial, y no tengo necesidad de explicarles a ustedes cómo, sin estas relaciones de producción, no se habrían creado ni los medios de producción, los medios materiales para la liberación del proletariado y la fundación de una nueva sociedad, ni el proletariado mismo habría alcanzado la unión y el desarrollo en que es realmente capaz de revolucionar la vieja sociedad y a sí mismo» (Marx, *Salario*, 1847). Y también: «Uno de los aspectos civilizadores del capital es que arranca este plustrabajo de una manera y en unas condiciones más favorables al desarrollo de las fuerzas productivas, de las relaciones sociales y a la creación de los elementos de una formación social nueva y superior que en las formas sociales anteriores de la esclavitud, de la servidumbre, etc.» (Marx, *El capital*, III).

Grandísimos sicofantes: reconocer la existencia de fases históricas no ha significado nunca defender una de las fases contra el comunismo, ni siquiera negar la posibilidad de revolución en la primera. Y reproducimos otra cita de uno de los adeptos de la secta Moon: «Los obreros saben muy bien que la burguesía no solo tiene que hacerles concesiones políticas más amplias que la monarquía absoluta, sino que, al servicio de su comercio y de su industria, crea contra su voluntad las condiciones para la unión de la clase obrera, y la unión de los obreros es el primer requisito de su victoria. Los obreros saben que la abolición de las relaciones de propiedad burguesas no se consigue conservando las feudales. Saben que el movimiento revolucionario de la burguesía contra los estamentos feudales y la monarquía absoluta no puede sino acelerar su propio movimiento revolucionario. Saben que su propia lucha con la burguesía solo puede empezar el día en que la burguesía haya vencido... Pueden y deben aceptar la revolución burguesa como una condición de la revolución obrera. Pero no pueden considerarla ni un instante como su fin último» (Marx, «L'Observateur rhénan», 1847).[^1]

No hemos querido concluir esta sucesión de citas con un texto escrito en 1848 y cuyo título es *Manifiesto del Partido Comunista*, porque habría habido que reproducirlo casi íntegramente. Por cierto, ¿forma parte ese texto de la invariancia? ¿Es defendible hoy todo lo que en él está escrito? Responder negativamente a ambas preguntas haría aparecer por fin de manera límpida a los «invariantes» la base ideológica de la contrarrevolución, sin ir a buscarla en la constitución de la II Internacional. Ha habido, en efecto, «nuevos filósofos» en las altas esferas de la intelligentsia mercantil; ¿por qué no «nuevos comunistas»? La historia de la lucha de clases no data de hoy; así que no la hagáis empezar con vosotros.

Reconocer la progresividad de un modo de producción respecto de otros (contemporáneos o anteriores) no es una visión burguesa de la marcha de la humanidad, aunque esa clase explotadora tuviera el mismo tipo de apreciación (que no es el caso). Esta se presentó, desde luego, como la representante de la libertad, de la igualdad, de la fraternidad universal, como la encarnación y la culminación final de la civilización y del Progreso, pero... para explotar mejor a la clase que iba a dominar libremente al tiempo que la desarrollaba: el proletariado.

El F.O.R., que forma parte de lo que el G.C.I. llama peyorativamente los decadentistas, no es proesclavista hasta tal fecha, profeudal hasta tal otra... procapitalista hasta 1914. Está contra toda explotación. Ningún movimiento subversivo puede caer en la fase mala, porque forma parte de la posibilidad de resolución del antagonismo entre explotados y explotadores en general, porque es la más alta manifestación de la dignidad humana. Reivindicándonos de los primerísimos hombres que se sublevaron, no podemos estar sino con ellos, sea cual sea el momento en que se desarrolló su lucha, aunque su combate estuviera de inmediato condenado al fracaso en cuanto a la transformación comunista de la sociedad. Queremos hablar no sólo de Babeuf, Buonarroti, Blanqui y los utópicos, sino también de los Thomas Münzer, de los niveladores y de los Espartacos de la tierra. La contradicción está presente todo el tiempo, pero las posibilidades materiales (objetivas y subjetivas) de verla resolverse son mucho más limitadas mientras crecimiento y desarrollo social van de la mano (cf. «Imposibilidad de desarrollo capitalista», en *Alarme* n.º 2).

Esta vez no nos privaremos del placer de citar una vez más: «En la realidad, la consciencia limitada corresponde a un grado determinado del desarrollo de las fuerzas productivas materiales, de la riqueza. Ciertamente, el desarrollo no tuvo lugar sólo sobre esta base: hubo también desarrollo de la base misma. El punto de despliegue más alto de esta base misma (la floración en que se transforma sin dejar de ser esa base, esa planta en cuanto flor; de ahí su marchitarse tras la floración y como consecuencia de la floración) es aquel en que ha alcanzado una forma que la hace compatible con el más alto desarrollo del individuo. En cuanto se alcanza ese punto, la continuación del desarrollo aparece como un declive, y el nuevo desarrollo empieza a partir de una base nueva» (Marx, *Elementos fundamentales para la crítica de la economía política*, 1857-1858).

Los hombres se han liberado cada vez no sólo en función de su ideal del hombre, sino en la medida en que las fuerzas productivas existentes les prescribían y les permitían liberarse. Todas las liberaciones del pasado descansaban sobre fuerzas productivas limitadas, cuya producción, insuficiente para el conjunto de la sociedad, sólo podía traer consigo una evolución si una parte del cuerpo social vivía a costa de la otra (somos morales hasta el final, ¿verdad?). Por consiguiente, unos —la minoría— tenían el monopolio de la evolución, mientras que los otros —la mayoría— estaban provisionalmente (es decir, hasta la creación de fuerzas productivas nuevas y revolucionarias) excluidos de toda evolución, forzados a luchar sin cesar por la satisfacción de las necesidades más urgentes.[^2] Al voluntarismo radicalizante, que no puede sustituir la pasión revolucionaria que, es verdad, les falta a buen número de «científicos comunistas» que hacen malabares con las cifras, preferimos la duda plenamente humana que no pretende erigir su concepción del mundo en una ganzúa histórico-filosófica cuya suprema virtud consistiría, de hecho, en ser suprahistórica.

«No podemos negar que la sociedad burguesa ha vivido por segunda vez su siglo XVI, un siglo XVI que espero que la lleve a la tumba tal como el primero la empujó a la vida. La tarea propia de la sociedad burguesa es la creación del mercado mundial, al menos en sus contornos, y de una producción que descanse sobre su base. Como el mundo es redondo, esto parece haber quedado concluido con la colonización de California y de Australia y con la apertura de China y del Japón. La cuestión difícil para nosotros es esta: en el continente la revolución es inminente y tomará además enseguida un carácter socialista. ¿No será necesariamente aplastada en este pequeño rincón, dado que en un terreno mucho mayor el movimiento de la sociedad burguesa es todavía ascendente?» ([Carta de Marx a Engels, 8 de octubre de 1858](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/cartas/1858-10-08%20Marx%20a%20Engels)).

No se está más vivo por negar la muerte, ni se es más revolucionario por afirmar como programa único desde 1848 (¿por qué no antes?) la dictadura del proletariado y la abolición del trabajo asalariado, de las fronteras y de las clases sociales. Biblia en mano, el GCI enseña sus cartas en su texto: «Primera contribución: la metodología». Nosotros hablaríamos más bien de *la praxis real* del proletariado (vanguardias incluidas) a lo largo de su oposición al capitalismo por su mera existencia como clase explotada, considerando, claro está, que sólo es revolucionaria históricamente. El proletariado no se manifestó *como clase independiente*, mediante la defensa de sus intereses *exclusivos*, de la noche a la mañana y sin dificultades. Tampoco la elaboración de la teoría emancipadora de la clase obrera pudo aparecer y consolidarse sin dificultades, puesto que se basa en la existencia y la práctica mismas de la última clase de la historia. Así, corrientes revolucionarias erigidas por su espíritu y su práctica contra la dominación del hombre sobre el hombre propugnaban —porque evolucionaban en cierta fase del desarrollo de la explotación burguesa y porque procedían del impulso revolucionario de 1789— ideas que hoy parecen totalmente superadas y reaccionarias, como el patriotismo o el republicanismo, aunque defendieran al mismo tiempo que «la tierra no es de nadie, los frutos son de todos». Del mismo modo, la Primera Internacional (no nos detengamos en la II), prueba donde las haya de la inmensa voluntad emancipadora a escala mundial, estaba compuesta por comunistas, lassalleanos, anarquistas e incluso burgueses radicales. Si esto es inimaginable hoy, no es por azar (y los azares existen en la historia), señores «invariantistas». Es precisamente porque el capitalismo ha entrado en su fase de declive a escala mundial y ya no tiene frente a sí más que una sola clase: la que explota. Por eso no hay ya más que una salida: la revolución comunista.

Debemos recordar a estos materialistas vulgares y burgueses la excelente respuesta de Marx a Vera Zasúlich, cuando hablaba de la posibilidad que tenía Rusia de renovarse sin empezar por suicidarse: de apoderarse de los frutos con que la producción capitalista ha enriquecido a la Humanidad sin pasar por el régimen capitalista, régimen que, considerado exclusivamente desde el punto de vista de su duración posible, apenas cuenta en la vida de la sociedad. Pero, añadía, hay que descender de la teoría pura a la revolución rusa; de ahí su teoría de la permanencia de la revolución. Podríamos recordarles también las frases de Trotsky en la introducción de su *Historia de la revolución rusa*, donde observa muy a propósito que no hay etapas intermedias obligatorias cuando existen las condiciones materiales para saltarlas, y además porque se está obligado a ello: «los salvajes renuncian al arco y las flechas para tomar enseguida el fusil, sin recorrer la distancia que en el pasado separaba esas diferentes armas»...

Esta metodología es la nuestra. La única compatible con la interpretación revolucionaria del mundo en la actualidad. La vuestra, aun con conclusiones prácticas más justas que las de la horda izquierdista, es estática y, por consiguiente, antidialéctica. Además, vuestra metodología es timorata, porque no se atreve a atacar a aquel de quien todavía queréis reivindicaros: ¡el señor Karl Marx! Haced el esfuerzo y caeréis aún más duramente bajo el peso de su crítica, la misma que formulaba en el seno de la Liga de los Comunistas en 1850 contra la minoría de Willich y Schapper:

> «En lugar de la concepción crítica, la minoría pone una dogmática; en lugar de la materialista, una idealista. En vez de las relaciones reales, es la mera voluntad la que se convierte para ella en el motor de la revolución. Mientras que nosotros decimos a los obreros: "Tenéis que pasar por 15, 20, 50 años de guerras civiles y de luchas entre pueblos, no solo para cambiar las relaciones, sino para cambiaros a vosotros mismos y capacitaros para la dominación política", vosotros decís por el contrario: "Tenemos que llegar enseguida al poder, o podemos irnos a dormir"... Igual que los demócratas, sustituís el desarrollo revolucionario por la frase de la revolución»...

Lo que era revolucionario quedó reducido casi a la nada por la contrarrevolución mundial que se extendió desde Moscú, que asesinó a miles de revolucionarios y que prostituyó, mucho más fuertemente que la socialdemocracia, las ideas y la práctica de emancipación social, en el momento mismo en que todas las condiciones objetivas estaban, y están siempre, más que presentes para destruir a la bestia inmunda. Os dejamos la crítica estúpida de los moonistas, neonazis y demás nuevos filósofos, para dedicar todas nuestras fuerzas a nuestro único objetivo: el comunismo.

La II Internacional, en su constitución, se proponía fines y una práctica netamente revolucionarios, aunque, hablando a escala mundial, y aunque fuera más una federación de secciones nacionales que un Partido mundial centralizado, iba a degenerar hasta transformarse en un considerable apéndice de la burguesía, gracias a todas las tendencias que no querían el combate revolucionario. El parlamentarismo de antaño (hasta, aproximadamente, el ministerialismo de Millerand y compañía y la teoría de Bernstein y Hilferding) no era más que *táctico* y en modo alguno *estratégico*. El poder percibido y defendido como revolucionario era el de la calle, no el del cretinismo parlamentario, burgués de hecho. Los maestros «ortodoxos» del marxismo, como Kautsky y Plejánov, fueron severamente condenados y combatidos por las tendencias que querían mantenerse en la línea de la oposición radical al capital, hasta la ruptura con una internacional que ya no servía más que a los intereses de la clase explotadora. Tampoco eso fue fácil, aunque se pueda pensar que la ruptura fue incompleta, o incluso tardía para muchos. Hizo falta una determinación intransigente para realizarla. Eso forma parte, se quiera o no, de un *momento importante* del combate de nuestra clase por defender sus propios intereses. Momento que no se puede despachar con una «metodología» más que dudosa, emitida cuando es fácil dar vueltas en redondo por *falta* de actividad netamente subversiva del proletariado, puesto que no se puede ser parte interesada, actuante y dirigente de un movimiento insurreccional inexistente.

Sin embargo, pese a todos los esfuerzos de la II Internacional degenerada, del capitalismo planetario y de su primera guerra a la misma escala, el proletariado levantará la cabeza hasta la toma del poder en octubre del 17 en Rusia. Una vez más, el combate será más duro en la realidad que sobre un trozo de papel. Y nosotros preferimos la «metodología» de Lenin [...]

*Dirección del G.C.I.: B.P. 54 - 1060 Bruselas 31 - BÉLGICA.*

[^1]: El pasaje no procede del artículo de Marx contra el *Rheinischer Beobachter* («El comunismo del *Rheinischer Beobachter*», 1847), sino de [«La crítica moralizante y la moral crítica»](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1847%20La%20cr%C3%ADtica%20moralizante%20y%20la%20moral%20cr%C3%ADtica), también de 1847. (N. del T.)

[^2]: Las tres primeras frases de este párrafo reproducen casi literalmente, sin comillas, un pasaje de *La ideología alemana* de Marx y Engels. (N. del T.)

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*Nota.* Las citas de Marx se dan según las traducciones de la Escuela cuando las hay ([*Salario*](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1847%20Salario), [«La crítica moralizante y la moral crítica»](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1847%20La%20cr%C3%ADtica%20moralizante%20y%20la%20moral%20cr%C3%ADtica), la carta a Engels del 8 de octubre de 1858 y la intervención de Marx en el Comité Central de la Liga del 15 de septiembre de 1850, citada en [*Revelaciones sobre el proceso de los comunistas en Colonia*](https://marxismo.school/archivo/marx-engels/1853%20Revelaciones%20sobre%20el%20proceso%20de%20los%20comunistas%20en%20Colonia)); la del «Llamamiento y exhorto a la nueva generación», según el texto español del FOR ([Presentaciones programáticas del FOR](https://marxismo.school/archivo/1958-79%20Presentaciones%20programaticas%20del%20FOR)). Las de *El capital*, los *Grundrisse*, Trotsky y el GCI están traducidas del francés del artículo.
