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Title: SNCF: ¿nada volverá a ser como antes?
Description: Balance de la huelga ferroviaria de diciembre de 1986 y enero de 1987: coordinaciones, papel de los sindicatos y de los trotskistas, límites corporativistas y necesidad de reivindicaciones que apunten a la abolición del trabajo asalariado.
Date: 01/05/1987
Category: L'Arme de la critique n.º 3
URL: https://marxismo.school/hemeroteca/arme-de-la-critique/1987-05-sncf-nada-volvera-a-ser-como-antes
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*L'Arme de la critique*, n.º 3, mayo de 1987 (págs. 3-6). [PDF del número completo](https://marxismo.school/assets/archivo/1958-93%20Hemeroteca%20del%20FOR/1985-90%20L%20arme%20de%20la%20critique/armedelacritique-n03.pdf) · [Texto original en francés](https://marxismo.school/hemeroteca/arme-de-la-critique/originales/1987-05-sncf-plus-rien-ne-sera-comme-avant)

La huelga nacional de los ferroviarios, empezada el 18 de diciembre del 86, duró casi cuatro semanas y sorprendió al conjunto de la sociedad por su determinación, su método de organización y su rápida extensión geográfica.

Los más obtusos de los reaccionarios que hoy están en el gobierno no supieron responder de inmediato más que con el insulto y la provocación, mientras que los partidos de izquierda y el presidente Mitterrand en persona, igual de reaccionarios pero más expertos en materia de paz social, empezaron por callarse. Forzados por los acontecimientos, los periodistas y los intelectuales al servicio del capitalismo balbucearon, cada cual con el tono propio de sus compromisos políticos; cierto es que ayer todos ellos, sociólogos avisados, habían visto en la caída de la afiliación sindical la prueba de la extinción o de la «integración» de la clase obrera. ¿Cómo explicar hoy un movimiento huelguístico cuya particularidad fue hacer aparecer a los no sindicados, que se reivindicaban como tales, casi en la punta del combate? A falta de explicación, si se excluye el murmullo del tendero que intenta pese a todo revender una mercancía caducada, nuestros intelectuales lamentaron todos el decaimiento del sindicalismo, indistintamente en las columnas de *Le Figaro*, de *Le Monde* y de *Libération*. Dice *Le Figaro* del 23 de diciembre: «Hay otro error, el de haber dejado decaer el sindicalismo». Y no citamos más que este pasquín para hacer sentir que en periodo de disturbios sociales hasta la derecha bruta y malvada que este periódico representa pide socorro a los Maire, Bergeron y Krasucki, cabecillas respectivos de los sindicatos CFDT, FO y CGT.

Sin embargo, mientras los periodistas y los políticos se hacían preguntas y exageraban las debilidades de los sindicatos, estos no se daban por vencidos. Tras haberse opuesto al movimiento cada uno por su lado —la CGT y sus famosos «piquetes de trabajo» conservaron esa honrosa tarea más tiempo que nadie—, los sindicatos dieron marcha atrás ante la potencia del movimiento y luego cogieron el tren en marcha, fingiendo respetar los caprichos organizativos de la «base», que desconfiaba de ellos. Por un instante pareció que la clase obrera había vuelto a los métodos de la lucha de clases, tan cierto fue que los ferroviarios pillaron a contrapié las veneradas reglas de la concertación social. Los sindicatos, la dirección de la SNCF y el gobierno tuvieron que tragarse las citas fijadas desde hacía tiempo para mediados de enero y adaptar el calendario de las negociaciones tradicionales a los acontecimientos. Mientras tanto, en la «base» se reforzaban asambleas generales de huelguistas, comités de huelga, coordinaciones, es decir, toda suerte de organismos no reconocidos por el capitalismo como expresión de los asalariados, pues esta es propiedad exclusiva de los sindicatos. Además, aparte de que la huelga empezó sin preaviso, la conducción inicial del movimiento tuvo aire de rebeldía. Delegaciones de obreros para extender la huelga, asambleas de huelguistas abiertas a expresiones diversas, iniciativas individuales: fueron otras tantas prácticas que contrastaron con las de las falsas huelgas sindicales programadas. Desde luego, esas características y esa conducción de la huelga no suscitaron unanimidad, y la coordinación intercategorías, con mucho la más interesante en comparación con la de los conductores solamente, no representaba más que 12.000 huelguistas de 100.000; pero en un movimiento el ascendiente moral de una minoría poderosa vale más que las estadísticas, tanto más cuanto que esa minoría agrupa a los elementos más decididos y menos cerrados a una expresión distinta de la de los sindicatos.

A partir de ahí era fácil imaginar una radicalización del movimiento que rebasara sus objetivos de origen, y quien más creía en ella, más que cualquier hijo de vecino, era precisamente el primer ministro Chirac, que hablaba de «situación revolucionaria, insurreccional...». Pero no reprochemos al primer ministro que no entienda nada de la revolución ni que acumule meteduras de pata, porque si el movimiento no se radicalizaba no era culpa suya, ni de sus partidarios políticos, que provocaban a los huelguistas hasta en la calle en nombre de la «libertad de trabajo».

Tan grandes palabras en boca del primer ministro, unidas a agresiones tan cínicas a cargo de la peor ralea, los pequeños patronos, habrían merecido una respuesta contundente de la clase obrera, tanto más cuanto que, para alcanzar los récords de beneficio que hoy se exhiben a cuál más, el capitalismo se ve obligado a hacer vegetar a 3 millones de parados, ilustración ejemplar de la «libertad capitalista del trabajo». Si los ferroviarios hubiesen respondido en ese terreno con declaraciones o contramanifestaciones, su movimiento habría tomado un cariz más radical, porque así habrían expresado la respuesta de toda la clase obrera al capitalismo, acusando a este sistema social de ser incapaz de ofrecer a todos un trabajo útil a la humanidad pese a su alto desarrollo técnico.

En lugar de eso, los ferroviarios y sus coordinaciones se hacían los sordos, y era la misma inconsciencia de clase la que los volvía sordos a las acusaciones de Chirac, que ponía en duda la independencia política de su huelga.

En el peor de los casos, eso significaba que los huelguistas confiaban su suerte al partido «socialista» y al partido «comunista», con los que J. Chirac los acusaba de andar en tratos. En el caso «menos malo», quería decir —y numerosas declaraciones lo prueban— que los ferroviarios se refugiaban en el apoliticismo y la neutralidad. De hecho, y porque la experiencia de la izquierda en el poder estaba en el origen de medidas impopulares en la función pública, pensamos que el segundo caso pesaba más que el primero. Resultado: ni a favor ni en contra de la derecha, ni a favor ni en contra de la izquierda, aunque en la clase obrera en general se admita que una y otra familia política la maltratan, con un inevitable plus a favor de la derecha. En esas condiciones, Mitterrand, tranquilizado a pedir de boca, podía por fin salir de su silencio y lanzar conmovedores llamamientos a la calma, a la razón y a la paz social, ¡y podía tratar con la misma imparcialidad a los pequeños patronos ultrarreaccionarios que desfilaban por las calles y a los obreros en huelga! ¿Quién, entre los ferroviarios, pensó en clavar públicamente en la picota el supuesto socialismo del presidente de la república? ¡Nadie!

La constatación es terrible, aunque no nueva, y muestra que la clase obrera, pese a un movimiento inédito en comparación con estos últimos años, no logra reapropiarse las actitudes elementales de una política revolucionaria que se enfrente a todos los partidos capitalistas, del partido «comunista» al Frente Nacional, y que responda así a todas sus sospechas. Nos vemos obligados a abrir aquí un paréntesis, pues el movimiento de los ferroviarios ha hecho aparecer al trotskismo como una fuerza que cuenta en las filas obreras, pero que cuenta sobre todo como una fuerza reaccionaria responsable de la falta de perspectiva revolucionaria.

En efecto, el trotskismo, antigua tendencia obrera de reputación mundial, se había propuesto originariamente levantar la bandera de la revolución socialista internacional frente a la contrarrevolución stalinista, que pervertía todas las nociones de socialismo y de lucha de clases. Hoy el trotskismo no tiene ya de revolucionario más que el nombre, y si no es este el lugar de explicar esa degeneración, registremos de todos modos las últimas manifestaciones de quien obstruye la consciencia del proletariado. Frente a las provocaciones capitalistas, Daniel Vitry, portavoz de la coordinación intercategorías y militante de Lutte Ouvrière, se atrincheraba en las reivindicaciones del movimiento y proponía organizar una manifestación nacional con... ¡todos los sindicatos! La LCR, metida en la coordinación de los agentes de conducción, cedía la palabra a la CFDT y aprobaba todas sus maniobras contra la otra coordinación. En cuanto al PCI (lambertista), berreaba por la unidad sindical contra una y otra coordinación. Pero en el fondo todos los trotskistas estaban de acuerdo en dejar que las eminencias capitalistas, los Maire, los Bergeron y los Krasucki, usurparan una respuesta de clase necesaria. Y nos trae completamente sin cuidado el punto de vista táctico erróneo que cada tendencia trotskista quisiera justificar. Por una parte, porque los sindicatos no son organizaciones reformistas sino organizaciones contrarrevolucionarias consagradas por entero a la supervivencia del capitalismo; por otra, intentando rebajarnos al punto de vista trotskista, porque ninguna idea revolucionaria agita tanto al proletariado como para que la menor manifestación suya que forzara a los sindicatos corriera el riesgo de transformarse en un enfrentamiento revolucionario con el capitalismo. Todo el tacticismo de los trotskistas no es más que puro oportunismo reaccionario que le perdona a la «base» su actitud timorata en la lucha misma. Cerremos ahora el paréntesis y prosigamos.

En realidad, la tibieza política de los ferroviarios se explica también por la propia lucha. La huelga empezaba sin preaviso, pero los huelguistas reclamaban muy pronto un aval sindical; desconfiaban de los sindicatos y no estaban lejos de disputarles la dirección del movimiento, pero dejaban hablar a sus bonzos para informarse. Por otra parte, apenas se entablaban las negociaciones, los comités de huelga se aplastaban ante los sindicatos hasta el punto, como en Vénissieux, de disolverse. El movimiento se extendía con dificultad a toda la profesión y, además, más allá de ella, temía quedar ahogado en la masa. El hecho de que la CGT hablara de generalización debía de asustar a más de uno, pues era evidente que así buscaba ponerse a la cabeza del movimiento. Pero aun así esas tomas de posición y esos fenómenos de tolerancia hacia los sindicatos atestiguan el carácter corporativista y reaccionario de la huelga. Aun sin hablar de las reivindicaciones del movimiento, podemos decir que los huelguistas se moderaban voluntariamente en el momento en que corrían el riesgo de enfrentarse directamente al capitalismo, cosa que corroboran las facilidades de circulación que ofrecían a los CRS dentro de las estaciones. Se diría que todo les parecía normal en el mejor de los mundos capitalistas posibles. Normal que una sociedad que se pretende civilizada use la fuerza contra obreros a los que obliga a trabajar demasiado, pese a las reservas humanas existentes y pese a toda la técnica que ha acumulado.

No hace falta ser clarividente para reconocer las influencias del movimiento estudiantil en el conjunto del movimiento de los ferroviarios.

Las ideas como la neutralidad política y la tolerancia estaban en el aire y tenían virtudes movilizadoras. Pero esas ideas encubren un profundo respeto del orden capitalista, puesto que permiten a los peores canallas capitalistas actuar y expresarse. Al menos en lo que concierne a la clase obrera, al capitalismo le traen sin cuidado tales ideas y prefiere con mucho consideraciones más materiales. No es casualidad que los medios de comunicación insistieran más en las molestias causadas a los usuarios que en la buena conducta del movimiento. Pero los ferroviarios, iluminados por las virtudes imbéciles de su movimiento, no querían responder a ese chantaje e incluso preferían descargarse de la responsabilidad de la huelga. Y sin embargo tenían los medios de asumir esa responsabilidad, igual que podían desbaratar de un solo golpe todas las acusaciones, tanto la de hacer política como la de tomar como rehenes a sus propios hermanos de clase, a los que el capitalismo, calificándolos de usuarios, quería hacer desempeñar el papel de esquiroles. Reivindicando en nombre de la clase obrera los géneros de los capitalistas almacenados en las vías por la fuerza de las cosas, exigiendo la contratación inmediata de todos los obreros parados y llamando a la clase obrera en su conjunto a imitar su ejemplo, los ferroviarios habrían respondido con una política de clase a todos los hipócritas que dicen amén al capitalismo. Si proponemos estas pocas medidas, discutibles en un movimiento, es para hacer comprender que si la clase obrera quiere reconquistar su dignidad debe proponer una alternativa revolucionaria y no respetar la hipocresía capitalista. Eso lo saben los sindicatos, y por eso, alegrándose del mutismo de los ferroviarios, pusieron como pretexto las molestias causadas a los usuarios y los riesgos de deriva política para emprender la vuelta al trabajo, abiertamente en el caso de E. Maire y la CFDT, de manera disfrazada en el de la CGT (los famosos «trenes conducidos por los huelguistas con destino a los veraneantes», y tan caros como los conducidos de ordinario). «Nada volverá a ser como antes», decía una inscripción en un local de huelguistas. Pero si los huelguistas autores de esa frase tenían en mente al principio poner en guardia contra los sindicatos, hoy deben de estar muy decepcionados: podemos incluso apostar que esa amargura es casi general, tan bien han sabido los sindicatos, y principalmente la CGT, ser los amos indiscutidos de la vuelta al trabajo. Así hemos podido ver a la CGT hablar de generalizar la lucha y hacer volver al trabajo alegando condiciones locales desfavorables y mintiendo sobre la moral de los huelguistas. Ciertamente, muchos ferroviarios amargados deben de preguntarse ahora cómo los sindicatos los han privado finalmente de su lucha, sentimiento de amargura sin duda mayor que el que engendra la no satisfacción de las reivindicaciones. Sin embargo, ni la amargura ni la reconsideración de las formas del movimiento pueden proporcionar explicaciones capaces de orientar mejor una próxima lucha hacia una independencia total respecto de los sindicatos y de los partidos capitalistas ligados a ellos. Que habrían hecho falta más comités, más piquetes de huelga, más coordinaciones, que había que extender la lucha de tal o cual manera práctica: todo eso son desalentadores sucedáneos de análisis si no se inscriben en un cuestionamiento general de lo que todo el mundo cree que es la lucha obrera. Porque, al fin y al cabo, ¿para qué hacer comités y coordinaciones, y por qué no sóviets, si el movimiento no tiende en sus objetivos a desmarcarse de los objetivos capitalistas de los sindicatos?

Los trotskistas de Lutte Ouvrière, que saben crear estructuras extrasindicales, nos responderían que somos pesimistas y que no queremos registrar los pequeños pasos que da la clase obrera hacia su independencia de clase. Nos detendremos en esta crítica plausible, porque por debajo de ella no hay sitio más que para una lógica capitalista y por encima no hay nada más que variantes un poco menos oportunistas. Ello nos permitirá definir lo que son los sindicatos y lo que debe ser la lucha de la clase obrera hacia su independencia de clase. La crítica plausible de Lutte Ouvrière sería justa si el paso mencionado se hubiera dado cualitativamente hacia el reconocimiento de lo que son los sindicatos. Es decir, no, como afirman los trotskistas, organizaciones reformistas que chocan con los asaltos revolucionarios del proletariado y con la voluntad conservadora de una clase dominante que estabiliza las bases de su poder; no organizaciones cuya inconsecuencia merecería ser denunciada. No: los sindicatos, si nunca fueron revolucionarios en el pasado, puesto que su papel ha sido siempre vender la fuerza de trabajo de los obreros, hoy están netamente definidos como contrarrevolucionarios, porque el mantenimiento del trabajo asalariado como principio de producción social es en sí mismo un obstáculo para un desarrollo superior de la humanidad. Peor aún: lo que el capitalismo concede a la clase obrera como «ventajas», por mediación de los sindicatos, no es más que la planificación del mantenimiento de su nefasta dominación. Todo esto se traduce, por lo demás, menos en «ventajas» para los obreros que para los sindicatos, que así se adueñan de los tejidos del Estado capitalista. Para los obreros, las «ventajas» se limitan a trabajar una o dos horas menos, a ganar cien o doscientos francos más y a perder tiempo y dinero mendigando otras «ventajas» ante los organismos sociales gestionados por los sindicatos. El capitalismo edita cada día miles de libros, pero la cultura que ofrece a los obreros gracias a los sindicatos y a sus «ventajas» es rellenar un impreso de la Seguridad Social. Pero Lutte Ouvrière es incapaz de distinguir una crítica revolucionaria de los sindicatos de una crítica formal; consecuencia o fundamento de su oportunismo, ¡qué más da! Puede seguir registrando todos los pasos de la clase obrera que quiera: el paso de los ferroviarios en huelga, que reprochaban a los sindicatos su falta de combatividad y su antidemocratismo, no fue mucho más reflexivo que el paso de un regimiento de infantería.

Para que la clase obrera pueda forjar su independencia de clase contra los sindicatos, y no con ellos ni a su lado, tendría que captar lo que la Técnica acumulada, liberada de las trabas de la carrera por el provecho, podría ofrecer a la humanidad en su conjunto. En negativo, haría falta también que comprendiera que la utilización de esta Técnica en el capitalismo y las «ventajas» sindicales que concede son peligros para ella misma y para el porvenir del planeta, pues la estrechez del espíritu corporativista y nacionalista por un lado y la guerra mundial larvada por el otro son, conjuntamente, las características de la decadencia del género humano.

Pero esta comprensión sólo será efectiva si minorías revolucionarias, aprovechándose de la parálisis de la economía a causa de la huelga, y de la responsabilidad que por ello le incumbe a la clase obrera, saben decir toda la verdad: que sólo la revolución comunista mundial es una necesidad urgente. ¡Entonces sí que nada volvería a ser como antes respecto de los sindicatos, si la clase obrera respondiera presente y tuviera en cuenta en sus reivindicaciones lo que acabamos de decir! ¿Quiere esto decir que los ferroviarios se equivocaban al poner en cuestión la duración de la jornada de trabajo, al rechazar el ascenso por méritos o, una vez más, al reivindicar 700 francos de aumento? ¡No, no y mil veces no! Sólo que, si ese contenido reivindicativo indica que los obreros están hartos de la búsqueda capitalista de la máxima rentabilidad, no implica un cuestionamiento del capitalismo mismo: todo el desarrollo del movimiento de los ferroviarios lo prueba. Esto no significa que sus reivindicaciones fueran malas en sí, aunque estuvieran mal expresadas en su versión no expurgada por nosotros y fuertemente teñidas de particularismos corporativistas. Lo que decimos contra el contenido reivindicativo de los ferroviarios es que no alcanza ni la cuarta parte de la mitad de las necesidades que plantea el periodo actual: la alternativa no es conservar la propia condición de esclavo asalariado o aceptar ser un parado más; es decadencia de toda la sociedad, obreros incluidos, o revolución social. Lo urgente no es rechazar una escala de salarios cuyo principio de ascenso por «méritos» es repugnante; es acabar con la división capitalista del trabajo, que raciona a toda la clase obrera y la obliga a comportarse de manera repugnante. Por eso el proletariado debe proponer reivindicaciones que no sólo respondan a sus temores inmediatos y legítimos, sino que además socaven irremediablemente las bases de una acumulación capitalista desastrosa. Hoy no pueden subsistir ya dudas entre los intereses inmediatos e históricos de la clase obrera, so pena de ver a los sindicatos invadir los espacios vacíos de la duda y desnaturalizar unos y otros en provecho del capitalismo. ¡Menos trabajo y más paga!, desde luego. Pero en la perspectiva de acabar con la explotación capitalista.

Por consiguiente, ¡la «abolición del trabajo asalariado» es el mejor grito de guerra de los explotados, contra los sindicatos!

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*Nota.* *Alarma*, tercera serie, n.º 24, mayo de 1987, publicó sobre la misma huelga un artículo distinto, [«Huelgas en Francia»](https://marxismo.school/hemeroteca/alarma/1987-05-huelgas-en-francia), que comparte con este algunos pasajes; en ellos (sobre todo el párrafo inicial y los dos penúltimos párrafos) seguimos de cerca su redacción española. El resto es traducción nuestra del francés.
