---
Title: Las lecciones del último movimiento anarcosindicalista
Description: Balance de la huelga general anarquista y de la sucesión de golpes de la FAI que hacen retroceder al proletariado.
Author: L. Fersen
Date: 01/05/1933
Category: Comunismo n.º 24
URL: https://marxismo.school/hemeroteca/comunismo-ice/1933-05-com-las-lecciones-del-ultimo-movimiento-anarcosindicalista
---


*Comunismo*, n.º 24, mayo de 1933 (págs. 214-216). [PDF del número completo](https://marxismo.school/assets/archivo/1930-35%20Hemeroteca%20de%20la%20ICE/1933%20Comunismo%2024.pdf)

Los golpes anarquistas se vienen repitiendo con tanta más furia cuanto menor es su influencia entre las masas, como si quisieran coger por un golpe de audacia lo que se les escapa de las manos a consecuencia de sus propios errores. Se ensaya un golpe tras otro sin ton ni son, sin ningún cálculo, sin hacer nada para reforzar los propios cuadros sindicales ni llevar ninguna actuación hacia las grandes masas que no pertenecen a la C. N. T. Cada una de estas aventuras no sirve más que para aumentar la depresión del movimiento o provocarla cuando empieza a levantarse. Es este último el caso del 8 de enero. El enorme movimiento huelguístico que se manifestaba a fines del año—huelga minera en Asturias, amenaza de huelga ferroviaria, huelgas campesinas—quedó reducido a nada tan pronto los anarquistas quisieron convertirlo en un movimiento insurreccional. Ahora nueva huelga. Y nuevo fracaso, naturalmente.

La huelga última puede decirse que fué un fracaso en toda la extensión de la palabra y en casi toda la extensión de la huelga. Los paros fueron parciales—y hasta muy parciales—en su mayoría aplastante. Muy contados son los casos en que haya ido al paro la mayoría de la clase trabajadora. Si prescindimos de la impresión artificial de fuerza que dan en este caso los actos de sabotaje, las bombas y los petardos, claramente se ve el poco alcance de la huelga con relación a lo que debiera ser una protesta de la misma C. N. T. bien preparada y bien orientada. No hay que engañarse con el ruido. En Barcelona, donde se esperaba que el movimiento tendría más fuerza, el fracaso fué absoluto, y era de prever que no podía ser de otro modo: se acababa de salir de una huelga general que, aunque pacífica, fué un paro en que el proletariado respondió bien; un poco opresa por hilos de huelga anterior, se mantuvo durante dos días. Pero sería mucho soñar el soñar que a los pocos días se podría repetir con éxito la experiencia sin ninguna preparación previa y sin que se viese entre los obreros la voluntad de lucha que es indispensable para que triunfase el paro. Las bombas y los actos de terror no representan en este caso el brazo armado de la clase trabajadora, sino el intento de inyectarle vida artificial a un movimiento destinado al fracaso. La consecuencia natural de la aventura es que el movimiento obrero dé un paso atrás.

No se puede jugar a la huelga general, como no se puede jugar a la revolución. Cada golpe en falso que da el proletariado, cada error que comete, son posiciones que gana la burguesía. El 8 de enero ha sido el punto de partida de una ofensiva de la burguesía que no ha hecho más que crecer hasta hoy. El 10 de agosto, en cambio, como aventura y provocación que fué de la burguesía, la hizo retroceder en el momento en que estaba acometiendo con la misma violencia de estos días. Los avances y los retrocesos de las bandas lerrouxistas son en el Parlamento el termómetro que acusa la actitud de la burguesía. El intento de golpe de Estado militar sirvió para poner al descubierto la inestabilidad de la burguesía y lo falso que sería suponer que se ha consolidado y conseguido instalar bien en el nuevo régimen. La posición de la burguesía sigue siendo insegura, y cada paso en falso que da la obligan, como la «sanjurjada», a meterse en el burladero, poniendo por delante socialismo y radicalsocialismo para engañar a las masas. Pero igualmente erróneo es afirmar—erróneo por no decir necio—que la «revolución crece», a pesar de los visibles retrocesos del proletariado desde la caída de la monarquía. Es esto lo que no quieren ver los retóricos del comunismo, los melodramaturgos de la revolución. Aunque vean al proletariado con el agua al cuello y a punto de ahogarse, nos repetirán el consabido estribillo de que la «revolución crece». Los stalinianos nos decían también que crecía la revolución alemana cuando el proletariado, ya casi ahogado, no echaba por la boca más que espuma electoral.

La revolución no crece, sino que viene retrocediendo de una manera progresiva, aunque con flujos y reflujos, desde el 14 de abril. Pero esto no quiere decir—lo repetimos—que la burguesía se haya consolidado. La revolución está situada en la disyuntiva de llevar el proletariado al Poder o de sucumbir aplastada por una dictadura fundamentalmente antiobrera. Bajo esta perspectiva amplia se viene desarrollando todo el proceso revolucionario. La insurrección de Fígols (enero de 1932) cerró todo un período de errores de la C. N. T. y marcó la consiguiente ofensiva de la burguesía. El movimiento de masas volvió a ponerse en pie el 10 de agosto, colocando al proletariado en situación excelente para recuperar lo perdido y dar un serio impulso a la revolución. Nada se obtuvo, sin embargo, por falta de orientación. El 8 de enero, nuevo retroceso del proletariado. Ahora la situación está indecisa.

Hasta este instante el proletariado se ha mostrado en nuestro país incapaz de orientarse y levantarse por la acción consciente de sus propios partidos y organizaciones. Viene procediendo por las reacciones elementales que provocan en él las distintas situaciones. La provocación burguesa, sobre todo si viene bajo la forma del charrasco militar y con la pretensión de restaurar la monarquía, consigue poner al proletariado en pie de lucha. La indignación contra los abusos y descaradas traiciones del Gobierno se traducen inmediatamente en el *pustch*, con la inevitable derrota y la inestable desmoralización. La situación era, pues, como para provocar una reacción del proletariado cuando sobrevino la última huelga. Los manejos monárquicomilitares, a punto de convertirse en un nuevo intento de asalto al Poder y con muy pocas posibilidades de triunfo, permitían esperar que sirviesen para dar la voz de alerta y estimulasen el resurgimiento rápido del movimiento obrero. Coincidiendo con el complot monárquico, estalló la huelga general, que vino a servirle de tapadera. La burguesía se esfuerza en este momento—y lo consigue—que todas las miradas se vuelvan hacia la última huelga de la C. N. T., y el complot monárquico pase desapercibido. Sin exagerar la importancia del retroceso y sin que pretendamos afirmar que la situación se ha decidido en beneficio de la burguesía, hay que reconocer que la última huelga sólo ha favorecido a la reacción burguesa y ha contribuído a consolidar sus posiciones. No hay nada más funesto para el proletariado que esos movimientos que sólo logran asustar a la burguesía sin conseguir hacerla retroceder. Es éste el caso de la última huelga.

Aunque es de suponer que no haya en el movimiento obrero quien crea que el advenimiento de un Gobierno de base más reaccionaria disminuiría los ataques monárquicos o militares, hay, en cambio, la inclinación evidente—esta inclinación es la gran desgracia del momento—a sacarle importancia, a no ver la gravedad que supondría la subida al Poder de un Gobierno Lerroux, por ejemplo. Aparte lo que significaría de por sí, los ataques monárquicomilitares aumentarían, así como aumentarían también sus probabilidades de éxito. Un Gobierno de esa significación y de esa base social no puede, ni quiere tampoco, oponer las masas—lo único seguro, lo que puede evitarlo—al golpe de Estado militar. En estas condiciones una nueva intentona militar podría triunfar con la misma facilidad que en 1923 y cambiar en poco tiempo toda la situación radicalmente.

El proletariado sigue teniendo, no obstante, la posibilidad de aprovecharse de los errores o de las adversidades de la burguesía—éstos hay que saber utilizarlos en cada ocasión, pero no se debe descansar en la esperanza de lo que pueda sobrevenir por azar—, sino que tiene, además, una posición extraordinariamente favorable para emprender el ataque contra la reacción y el peligro fascista—que es un peligro real—e inclinar la balanza a su favor.

\* \* \*

Pero si no queremos que la revolución siga, por decirlo así, desarbolada y moviéndose al azar, hemos de adoptar una posición clara en la cuestión sindical, y particularmente hacia la C. N. T. Sólo con una posición decidida y clara a este respecto podremos evitar que los anarquistas sigan saldando, liquidando a bajo precio las existencias revolucionarias, que no son inagotables.

L. FERSEN.
