---
Title: Vindicación de la guerra civil y gérmenes revolucionarios de la estrategia imperialista
Description: La transformación de la guerra imperialista en guerra civil y el uso revolucionario de la técnica militar moderna, contra el nacionalismo de la resistencia.
Author: G. Munis
Date: 01/08/1944
Category: Contra la Corriente n.º 18
URL: https://marxismo.school/hemeroteca/contra-la-corriente/1944-08-cc-vindicacion-de-la-guerra-civil-y-germenes-revolucionarios-de-la-estrategia-imper
---


*Contra la Corriente*, n.º 18, agosto de 1944 (págs. 21-32). [PDF del número completo](https://marxismo.school/assets/archivo/1939-58%20Hemeroteca%20del%20GCI/Contra%20la%20Corriente/18-19-20-21.pdf)

El año 1940, cuando el ejército alemán llegaba a las costas del canal de la Mancha, revolviéndose enseguida sobre París, escribí un artículo con este mismo título, Recojo hoy, y amplío, las ideas de aquel, al que pertenece el siguiente párrafo:

> "La sapiencia de los técnicos militares no logrará descubrir lo que hay de innovador y trascendente en la calidad y la potencia de los medios técnicos puestos en juego. Hitler mismo no lo sabe; y si al soplar más o menos conscientemente que el asno de la fábula en la flauta de la economía alemana, salieron disparadas columnas motorizadas, chaparrones de paracaidistas y remedos de quinta columna, a diferencia del asno, puede recibir una sorpresa que le aturda".

Aunque entreví, al escribir lo anterior, un rearme de las potencias aliadas capaz de rechazar la máquina militar alemana, no era ésta la aturdidora sorpresa a que alude el párrafo anterior. Se trata de algo de mucha más positiva trascendencia para la humanidad que la guerra entre dos imperialismos voraces. Tenía en la mente las facilidades que ofrece la técnica militar moderna de transformar una guerra nacional, burguesa, reaccionaria, destinada a decidir quién imperará en máximo explotador y verdugo del mundo, en una guerra de clases internacional, de proletariado contra burguesía, revolucionaria, destinada a franquear el paso de la miseria capitalista a la abundancia socialista. Volver a tratar el asunto es particularmente importante hoy, cuando nuevas columnas motorizadas asuelan Europa, caen sobre ella más chaparrones de paracaidistas, y los remedos de quinta columna desplazan el cabo de sus hilos movedores, de Berlín, a Londres-Washington; cuando la guerra imperialista, en forma ciega, ha empezado ya a transformarse en guerra civil; cuando movimientos de resistencia y guerrillas, a horcajadas sobre el filo de su propia dualidad, han de apearse por la derecha, constituyendo nuevos elementos de opresión y represión, o por la izquierda, fundiéndose con la revolución naciente e impulsándola.

La guerra, como la lucha de clases, es manifestación y medio de dominación de unos hombres por otros. Desde los tiempos históricos, unos tipos de sociedad han sucedido a otros, diversos han coexistido simultáneamente, el mismo se ha escalonado en multitud de grados de desarrollo, entremezclándose en porciones diferentes con tipos sociales envejecidos —caso del capitalismo—, y el todo humano, con retrocesos prolongados unas veces y otras breves, ha progresado. Con el progreso de las sociedades ha progresado también la forma de guerrear, pero el objeto de la guerra continúa invariable: dominación y saqueo del vencido. Entre el hombre remoto, cuyo honor y prosperidad pendían de la cuantía robada en sus correrías a los clanes vecinos, y el hombre del espacio vital o de la rendición incondicional, hay una diferencia cuantitativa; la calidad es idéntica. Sólo las banderías revolucionarias de las guerras civiles escapan a la finalidad de robo y dominación. Incluso guerras nacionales justas, como las de la revolución francesa, y las de independencia de los pueblos coloniales, han mezclado a sus fundamentales rasgos positivos, a compás del triunfo, elementos de saqueo y opresión de otros pueblos. Oliverio Cromwell llevó sus victorias exteriores mucho más lejos que la monarquía derrocada por él, arrebató Dunkerque a los franceses y la isla de Jamaica a los españoles; Carnot, jefe de los ejércitos revolucionarios franceses, decretó, aún bajo el Comité de Salud pública robespierrista, que aquellos se sostuvieran a expensas de los territorios extranjeros ocupados; los Estados Unidos, apenas independientes, pusieron la mano encima a territorios mejicanos e iniciaron su campaña de dominación económica de la América Latina, so capa de solidaridad continental.

Por el contrario, los bandos revolucionarios de las guerras civiles, desde los griegos Agis y Cleomenes, los romanos Cayo Gracco, Catilina y Spartaco, hasta los obreros de la guerra civil española —vencidos por una convergencia de tiros entre los fascista Franco, Hitler y Mussolini, y el "socialista" Negrín, el "comunista" Stalin, y sus colaboradores "anarquistas"—, han perseguido como fin la nivelación de la riqueza, la igualdad material como barrera a la opresión y a la degeneración social. En todo caso, el triunfo del bando revolucionario en una guerra civil, ha producido importantes progresos sociales. Los defectos, insuficiencias, imposibilidades o incapacidades de los movimientos revolucionarios, no invalidan su tendencia general a una mayor justicia, a la desaparición de la opresión, al disfrute por todos los hombres, de bienestar y libertad.

La guerra entre las naciones, en cualquiera de sus formas, constituye un desdoblamiento de la guerra económica permanente entre las clases de cada nación. La moderna guerra imperialista, abarcando a todo el mundo en dos coaliciones antagónicas, desvelando sin pudor la doble finalidad de saqueo del adversario y afianzamiento de la opresión capitalista, extremando la técnica de matar y destruir más y mejor que la técnica de la producción para el consumo, es como una abstracción y un acabamiento de la guerra en general. Abstracción, porque tanto las bases materiales como las ideológicas que han permitido el despliegue de las guerras nacionales están ya superadas y en pleno período de desaparición; acabamiento, porque la misma amplitud del capitalismo, y de la guerra en particular, suministran los elementos de su propia destrucción, la piden a grandes voces. Ninguna de las naciones motoras de la guerra —y esto desde 1914—lucha por su conservación como tal. Los instrumentos de producción han desbordado torrencialmente las barreras nacionales; pero encuentran por tope, de una parte, la competencia de terceras naciones, de otra, la limitación de la capacidad adquisitiva del mundo propia del sistema capitalista. Por la guerra, los fuertes se apoderan del mercado, oprimiendo de mil maneras diferentes a las demás naciones, saqueándolas, convirtiéndolas en clientes o en intermediarios suyos. Al mismo tiempo, en su propio país, el vencedor aumenta la separación entre ricos y pobres, la tiranía de gobernantes para gobernados. Millones de hombres son lanzados a la degeneración física mediante el paro; la mercancía-trabajo desciende de precio produciendo el hambre también entre los obreros ocupados; el conflicto entre ricos y pobres, entre capital y trabajo, estalla inevitablemente. Y el mismo gobierno que llamó a morir por "la patria" y por "la libertad", restringe o suprime ésta y dispara sus ametralladoras sobre los supervivientes de la lucha por "la patria" y por la "libertad". La dominación de su propio proletariado es para las necesidades imperialistas de la burguesía lo que son los cimientos con relación al edificio. Pero todo esto, por fortuna, empieza a ser ya del dominio común. La mayoría de los combatientes, compuesta en ambos bandos de explotados, sabe o sospecha que no se bate por la patria sino por sus capitalistas, no por la libertad sino por su esclavitud y la del mundo en general. Las condiciones materiales y psicológicas de la defensa nacional, desaparecen de la sociedad y se pudren en el cerebro de cada quién. Más aún que por la propaganda revolucionaria, las masas pobres, civiles o movilizadas, son inducidas por la mecánica de la situación a localizar el puesto de sus enemigos en su respectivo país; no en las nacionalidades rivales, sino en sus capitalistas y gobernantes, expresión inmediata de todo el mundo burgués. En tiempos de guerra, más apremiantemente que en los de paz, la población explotada de todos los países es forzada a fijar su atención en el proceso interior de la lucha civil.

La humanidad ha superado ya con creces el estadio de la guerra nacional e imperialista. Sólo ha podido recaer en ella, después de la experiencia de 1914-1918, por incumplimiento de la tarea histórica del siglo; destrucción del sistema capitalista. La responsabilidad de ello no es en manera alguna impersonal. Cargan con ese oprobioso baldón, la Segunda Internacional en el período siguiente a la pasada guerra, y en colaboración con ella, la Tercera a partir de su actuación en la revolución china. Una tras la otra, traicionaron la lucha de clases cuando mejores oportunidades tenía el proletariado de vencer a la burguesía. Facilitaron así la consolidación del capitalismo, abriéndole de par en par las puertas de esta segunda degollina imperialista. Pero la prueba más irrefutable —¡triste, sangrienta prueba!—, de que las necesidades históricas rechazan la guerra imperialista y exigen la guerra civil contra el capitalismo, nos la da la propia guerra imperialista. Ni en los países que gobierna u ocupa el Eje, ni en los "democráticos" y sus satélites, pueden las clases pobres progresar lo más mínimo en el terreno económico o en el de la libertad política, sin emprender una lucha abierta con las clases poseyentes, esto es, sin entrar por el camino de la guerra civil. Aún los países triunfantes salen de la guerra con menos libertad y con mayor miseria. Y en la misma medida en que las masas reconocen la realidad del monstruoso engaño que es la guerra imperialista, a medida que palpan sus consecuencias, pierden interés en ella y desplazan su actividad hacia el terreno interior. La lucha se vuelve civil. Aunque en los primeros momentos, especialmente en los países triunfantes, no sobrepase la etapa de una lucha de clases movimentada, su prolongación y redondeamiento es la lucha de clases armada, la guerra civil.

Mucho más claro es este proceso en los países dominados por el Eje. Allí las necesidades de guerra del imperialismo germano han extremado todas aquellas contradicciones de la sociedad capitalista que empujan las clases pobres a destruirla. Agravada esta situación por la derrota, a través de toda la Europa continental la guerra imperialista está ya, de hecho, en pleno período de transformación en guerra civil. El valor histórico de esta prueba es tanto más irrecusable cuanto que, convergiendo, cómplices del eje y de las "democracias" se ha desvivido por reducir las masas a la inmovilidad o por encauzarlas contra los alemanes en un sentido puramente nacionalista. A pesar de todo la transformación de la guerra imperialista en guerra civil ha tomado vastas proporciones. El análisis revolucionario se confirma ruidosamente; nuestra época exige la transformación de la guerra reaccionaria en una guerra mundial de pobres contra ricos. Pese a todo, los serviles rastacueros de las internacionales Segunda y ex-Tercera, continuarán esforzándose en devolver la naciente guerra civil al cauce de la charca imperialista.

Para alcanzar sus finalidades, el movimiento revolucionario dispone de su propio método de clase, en concordancia con sus objetivos. Aprovechando las facilidades que la técnica militar moderna le ofrece, el método de clase, como veremos después, abreviaría y facilitaría grandemente la derrota del nazismo y burguesía. Lo que se ha dado en llamar movimientos de resistencia, más las guerrillas o "maquis", representan, por el contrario, un intento de poner la combatividad de las masas al servicio del imperialismo exterior y la burguesía nativa, dirigiéndola, al presentarse el momento, contra las masas mismas.

¿Qué es el movimiento de resistencia? ¿Qué las guerrillas? ¿Quiénes los componen? ¿Qué objetivos tienen? Sus fomentadores no podrían darnos una respuesta clara. Mejor dicho, podrían pero no quieren; les sería contraproducente. Prefieren enturbiar la cuestión, porque son pescadores en aguas revueltas. Me refiero concretamente a los de Gaulle de todas las nacionalidades, con sus respectivas caudas "socialistas" y stalinistas. Tratando de sacar del naufragio a la burguesía, repugnan términos tan inequívocos como movimiento revolucionario, armamento del proletariado, desarme de la burguesía, fraternización de explotados, transformación de la guerra imperialista en guerra civil. Estos términos llevan anejos un sentido de clase y una idea de revolución social. Les es imposible adoptarlos porque son ajenos a toda idea revolucionaria. Parece, por el contrario, que la honradez les exigiría adoptar una terminología en perfecto acuerdo con sus finalidades capitalistas. Pero, ¡ay!, si lo hicieran, no podrían jactarse de disfrutar la confianza de las masas combatientes europeas. En lugar de movimiento de resistencia, tendría que decir, movimiento nacionalista; donde hablan de guerrillas, se verían obligados a propugnar un nuevo ejército reaccionario; en vez de la demagogia sobre la liberación tendrían que poner: reacomodación de la tiranía capitalista y cambio de protectores. Pero entonces no les escucharía un solo obrero y les abandonarían la mayoría de los componentes de las guerrillas.

La claridad que ellos se niegan a poner en la terminología y en el propósito debe ser puesta por los revolucionarios. Lo que llaman movimiento de resistencia los intermediarios del imperialismo no es otra cosa que el proceso de transformación de la guerra imperialista en guerra civil. Común a todos los países, incluyendo Alemania, ese movimiento sólo puede ser acelerado dándole un inequívoco carácter de clase e internacionalista. Todo lo contrario, precisamente, de lo que hacen gaullistas, stalinianos y "socialistas". Su terminología tiene por objeto encubrir a las masas la naturaleza y la salida histórica de la lucha empeñada. Emponzoñando el espíritu de las masas de nacionalismo antigermano, les preparan un gigantesco cepo en el que las masas de diferentes países se destruirían entre si bajo las órdenes de sus capitalistas. ¡Beneficio doble! Las masas de la Europa ocupada no se inquietarían de hacer su revolución y se prestarían a servir de instrumentos para impedir la revolución en Alemania y en los países que se le unieron.

Las guerrillas o "maquis" representan ya un triunfo material de los burgueses aliadófilos y sus bordones "obreros" sobre el movimiento revolucionario. Por esos medios tratan de impedir, por una parte, el armamento del proletariado, y de constituir, por otra, núcleos armados totalmente manejados por ellos y adictos a sus finalidades burguesas y nacionalista. Sin duda de ningún género, entre guerrilleros y "maquis", particularmente ente los jefes, existe una gran proporción de elementos pequeño-burgueses, campesinos sin visión revolucionaria, e incluso burgueses. Las armas de que ellos han disfrutado hubiesen sido mucho más efectivas en manos del proletariado en las zonas industriales. Pero ni los gobiernos emigrados ni sus sostenes stalinianos y "socialistas" quieren armar al proletariado: Eso conduce demasiado fácilmente a la revolución. Creando guerrillas, dan a la lucha por la liberación un aspecto nacionalista y burgués, distraen a las masas de sus propios objetivos, adquieren los cuerpos armados que necesitarán inevitablemente contra las masas y salen al encuentro de la guerra civil retrotrayendo la situación a la guerra imperialista.

Pero no les arrendamos la ganancia a los gaullistas de cualquier nacionalidad, a sus abogados del stalinismo y el reformismo, ni a sus amos, los banqueros de Wall-Street y la City. Por mucho que ellos se esfuercen en desviar hacia metas burguesas la actividad revolucionaria de las masas (el movimiento de resistencia, en su ideología castrada), las masas explotadas que participan en él no pueden dejar de poner en su acción un sentido de clase. Entre él y los lacayos del imperialismo aliado se abrirá un abismo más profundo mientras más territorio europeo quede "libertado" por las tropas anglo-yanquis. Mientras aquel continuará su camino hacia la culminación victoriosa de la guerra civil contra el capitalismo, aparecerán como defensores únicos de este último gaullistas, stalinianos y reformistas. El choque entre las masas y ellos es inevitable. En su contra continuará necesariamente lo que llaman movimiento de resistencia, si es que Europa no ha de ser tragada por la barbarie capitalista-nacionalista. Incluso entre las guerrillas y "maquis" no faltarán elementos revolucionarios que despierten al ver actuar directamente a los "libertadores". Pero habiéndose dejado atrapar en formaciones de naturaleza capitalista, su deber es, como para los soldados de los ejércitos burgueses, pasar al campo revolucionario en el momento en que traten de emplearlos contra el mismo.

En suma, el movimiento de transformación de la guerra imperialista en guerra civil tiene una potentísima ventaja sobre el de vuelta a la guerra imperialista y al capitalismo. Entre las masas pobres de la fábrica y del agro, perderán terreno los lacayos del imperialismo, no cabe duda. Aunque no se representen hoy exactamente el alcance de su propia acción, les aparecerá más conscientemente a medida que, tras los ejércitos imperialistas anglo-americanos, presenten su verdadera faz gaullista, stalinianos y "socialistas". La guerra civil contra el capitalismo tiene asegurado el éxito a condición de saber continuarse sin duelo hasta la toma del poder político por el proletariado y los campesinos pobres. Sobre los revolucionarios de Europa, especialmente sobre los cuartinternacionalistas, reposa el deber de poner en claro la tendencia socialista e internacionalista y aconsejar a las masas los métodos adecuados.

No cabe reprochar a los de Gaulle, burgueses confesos, el empleo de métodos de lucha concordes con sus fines. Al proletariado sólo le cabe combatirlos. No ocurre lo mismo con los partidos que se hacen pasar por comunistas y socialistas. Ni en los métodos ni en los objetivos se diferencian en nada de los burgueses confesos. ¿Es que no disponían de otros métodos más efectivos? ¡Mentira! De la misma manera que el desarrollo económico de la sociedad capitalista suministra los elementos de la revolución social, así los medios técnicos de la guerra imperialista suministran los medios técnicos necesarios a su transformación en guerra civil.

Los métodos de la guerra moderna —escribí en el artículo referido de 1940— "sobrepasan la tradicional concepción burguesa de acción, patriotismo, defensa nacional, aportando en su carácter técnico un elemento extraño a la naturaleza capitalista de la guerra, un campo favorable a su transformación en guerra civil". Lo que con mayor violencia empuja en ese sentido a las masas pobres de los países afectados, es la siega de millones y millones de vidas, la destrucción fabulosa de riquezas, y la convicción de la absoluta inutilidad del todo, excepto para la pequeña minoría de grandes ricos. Pero ese movimiento general, expresión rudimentaria de la necesidad histórica de nuestra época, puede y debe ser auxiliado racionalmente por los medios mismos que la guerra imperialista pone a su disposición. Los elementos que han hecho aparición en esta guerra, paracaidismo, penetración profunda de cuerpos motorizados, la sedicente "quinta columna" y la ocupación de países enteros por las fuerzas vencedoras, desbordan el marco natural de la guerra capitalista, facilitando su transformación en guerra civil. No podrán ser empleados con toda la extensión posible sino en una guerra revolucionaria.

Particularmente el paracaidismo está totalmente desplazado de la guerra nacional. No en vano fue un descubrimiento de la revolución rusa. Los gobiernos burgueses no han podido emplearlo sino esporádicamente y con éxito limitado. Al principio de la guerra, uno de los factores del éxito de los paracaidistas alemanes lanzados sobre Holanda, fue la limitación territorial del país y la carencia de medios adecuados para la defensa. A pesar de todo, según explicó ante el parlamento francés Reymeaud, el entonces jefe del gobierno, la mayoría de ellos habían sido aniquilados antes de que llegaran las columnas motorizadas alemanas. Un poco más de tiempo y no hubiesen hallado a ninguno de sus paracaidistas. Repetición de lo mismo en Bélgica. Si se tiene aún en cuenta la importancia de la sorpresa, se comprenderá cuán limitados beneficios produce el paracaidismo en manos de un gobierno capitalista. La mejor operación efectuada por él durante esta guerra ha sido la captura de la isla de Creta. También en ella intervino como factor principal del éxito la limitación territorial, la ausencia de comunicaciones y la medrosidad del mando aliado, que desplazó al Africa la totalidad de su aviación mucho antes de que la suerte de la isla estuviese decidida. Tanto el mando aliado como el ajeno han sido incapaces de emplear el paracaidismo sino como elemento de desorganización de la retaguardia enemiga, allí donde se encontraba inmediatamente apoyado por columnas de ataque. Ni siquiera en Francia, donde la desorganización era total, pudo el estado mayor alemán sacar mayor partido a esa nueva arma. Igualmente impotente se mostrará el estado mayor aliado respecto a Alemania y los demás países del Eje.

Ya en Francia, en vísperas de la invasión yanki-británica o inmediatamente después, parece haberse extendido un tanto el radio de acción del paracaidismo. Según de Gaulle, varios millares de paracaidistas franceses, tomando tierra en Normandía, han constituido principalísimo elemento de la derrota alemana. Sin duda, el resultado hubiese sido mucho peor si en lugar de franceses hubiesen sido lanzados hombres americanos o ingleses. Actuando en su propio país, los franceses tenían la seguridad de contar con la simpatía o la tolerancia de una parte de la población cuando menos. Pero aún así, el paracaidismo está lejos de abarcar todas sus posibilidades. Si los paracaidistas extranjeros no pueden encontrar ningún apoyo en territorio "enemigo", los nacionales (caso de Francia) sólo lo encuentran limitado y poco ardiente; y disminuirá a medida que, con el triunfo, pasen a primer plano sus finalidades. Siendo parte del renaciente ejército capitalista francés, operan en función de los intereses de su burguesía, vistos por el prisma de intereses yanky-británicos y mediatizados por él. Ni el estado mayor aliado ni de Gaulle, van a libertar a Francia; van a sustituir una tiranía por otra. La cosa debe aparecer muy pronto clara a la población, si no lo es ya. Puede tenerse la seguridad de que los propios paracaidistas franceses se han limitado a colaborar militarmente con los aliados, rechazando terminantemente toda iniciativa revolucionaria de la población. Mucho menos habían de incitarla y ayudarla con armas. Antes que armar a la población y facilitar sus iniciativas, los paracaidistas de Gaulle se dirigirán en demanda de ayuda a los cuerpos armados de Vichy. El orden capitalista lo exige. De ahí a reprimir las acciones revolucionarias de las masas, no hay más que un paso; más pronto o más tarde será franqueado.

Ese es todo el partido que la guerra capitalista puede sacar del paracaidismo. No pidamos peras al olmo. Lo que es reaccionario lo es en toda latitud posible, incluso en la de la fría técnica. Pero la misma técnica puede ser inflamada por la pasión de los hombres, puesta a su servicio, y producir resultados miles de veces superiores. Europa bulle de Norte a Sur y de Este a Oeste. Las masas que han sufrido la horrible pesadilla hitleriana no necesitan para nada de la invasión yanki-británica, ni de los viejos sistemas burgueses pseudo-democráticos. Necesitan, sí, y urgentemente, acabar con el capitalismo y organizar los Estados Unidos Socialistas de Europa. Su lucha contra la tiranía nazi, es, simultáneamente, una guerra civil anti-capitalista. Sólo pueden negarse a verlo quienes se inclinan a la bandería revolucionaria. Sobre ese medio en creciente ebullición revolucionaria, la técnica militar moderna podría poner rápidamente fin (lo habría hecho ya) a la tiranía nazi. Pero sólo a condición de impulsar la lucha del proletariado y los campesinos de las masas sufrientes en general, de organizarlas y armarlas para el combate.

Los ejércitos se multiplicarían como por encanto, las esperanzas de los pobres, mil veces decepcionadas y traicionadas, constantemente reprimidas, comunicarían a Europa el ardor combativo necesario para las grandes transformaciones sociales. El paracaidismo encontrará su aplicación más vasta cuando se emplee como agente y actor de lucha de clases. Los capitalistas sólo pueden lanzar soldadesca en el más peyorativo sentido de la palabra; pero el día en que una revolución victoriosa siembre sus hombres desde los vientos, obrarán como agitadores y organizadores revolucionarios los unos, como destacamentos armados los otros, todos enlazando con las masas interesadas en la revolución y enfrentándolas al capitalismo. No existirá fortaleza ni país que se les resista. Aliados de la mayoría de la población, no enemigos, su cometido consistirá, más que en actuar como ejército independiente, en ayudar a las masas revolucionarias a organizar su propio ejército. La naturaleza técnica del paracaidismo está desplazada de la guerra nacional-imperialista y vierte en el dominio de la guerra civil internacionalista. Ante sus posibilidades desaparece la noción de nacionalidad; aparece en cambio el vastísimo y luminoso horizonte de esta otra; clase contra clase, principio de la desaparición de la explotación de unos hombres por otros y de las guerras consecuentes.

Lo mismo puede decirse, aunque en menor grado, de esas columnas motorizadas que se internan velozmente en persecución de determinados objetivos adversarios, para ocupar después el territorio derramándose en todas las direcciones. Incapaces de ofrecer nada de interés efectivo a la población, sí mucho que sufrir, no pueden ser recibidas por ella sino con pasividad o con hostilidad. La eficacia de su aplicación, como en el caso del paracaidismo, se reduce al mínimo, al simple resultado aritmético de su potencia para destruir y matar. Su empleo pide también el enlace con la población pobre para objetivos sociales comunes. El desgaste en hombres y material y la devastación del territorio se reducirían al mínimo, mientras que, la acción de la población mediante, el enemigo sería hostilizado y paralizado en todas partes, incluso en su propia retaguardia. La eficacia y el desarrollo máximo de las columnas motorizadas vierten, igualmente, en el dominio de la guerra civil.

A idéntico resultado se llega por la experiencia de la ocupación alemana de Europa. Los gérmenes de transformación de la guerra imperialista en guerra civil toman otro aspecto en este caso, pero no es en manera alguna el menos importante. La convivencia de los proletarios del país vencedor —convertidos en instrumento de su burguesía— con los proletarios de los países vencidos y ocupados, facilita en grado sumo la compenetración y la acción común de ambos. Más pronto o más tarde, los soldados ocupantes deben imbuirse en el espíritu de la población ocupada, convencerse de que sirven de instrumento a sus opresores y crear en el ejército y en el país vencedor una atmósfera de explosión simultánea de proletarios "vencedores" y "vencidos". Ni siquiera las tropas especiales, las empleadas por Hitler en sus más vesánicas represiones, pueden ser completamente inmunes al contagio. Por una parte la población revolucionaria ocupada actuando sobre los soldados ocupantes, por otra la propaganda de los elementos revolucionarios entre éstos, más el imperativo de sus propios intereses, todo tiende a producir la fusión internacional de los explotados, convirtiendo la ocupación en un semillero de acción internacional contra la burguesía en general. Sin duda alguna, eso se está produciendo ya en Europa, aunque en forma ciega, inorgánica y limitada, debido a la traición de los principales partidos de la clase obrera, empeñados en un nacionalismo reaccionario. A su traición debe suplir el proletariado en general y los revolucionarios en particular propagando y organizando la fraternización, esforzándose en crear una línea de demarcación y de lucha que divida a ocupantes y ocupados en clases, no en nacionalidades. Los soldados alemanes deben ser atraídos a las organizaciones revolucionarias de los países ocupados e inducidos a crear otras propias. La propaganda en alemán debe ocupar lugar importantísimo en toda actividad proletaria. La burguesía y los de Gaulle incitan la población a la lucha contra los alemanes en general. Pero el movimiento revolucionario puede pagar con su propia destrucción el no saber distinguir al proletariado alemán, de los nazis y la burguesía alemana. La ocupación nazi de Europa arranca de la derrota de la revolución europea, la alemana principalmente; una segunda derrota de la revolución europea y alemana, produciría las mismas consecuencias, cambiando sólo el imperialismo opresor. El único medio de impedirlo es la división internacional en clases y la prosecución de la guerra civil contra la burguesía, ambas facilitadas por el hecho mismo de la ocupación.

También es preciso decir algunas palabras tocante a la "quinta columna". Mucho se ha hablado de ella. En esta guerra ha sido una especie de espantapájaros destinado a amedrentar los pusilánimes y reforzar la unidad nacional en torno a la burguesía. Ha sido empleada esa designación, particularmente por los traidores stalinistas —¡ellos que son un aguijón de la burguesía clavado en la entraña del movimiento obrero!—, contra los revolucionarios que han mantenido en alto la bandera del internacionalismo proletario, en primer lugar contra nosotros.

No vamos a achicarnos por ello. Los revolucionarios luchan contra la burguesía mundial atacando a la propia, y buscan la alianza con el proletariado de los demás países. Lenin y Trotsky también fueron acusados durante la otra guerra de ser agentes de Alemania. Su lucha implacable contra la guerra imperialista, culminando con el triunfo de la guerra civil del proletariado ruso contra su burguesía, produjo inmediatamente la caída de la monarquía alemana y una poderosa ola revolucionaria que sus acusadores de antaño se apresuraron a extirpar. La verdad es que la burguesía no ha logrado, no logrará nunca, poner en movimiento dentro de otro país sino escasos mercenarios, y beneficiarse de la impotencia de los demócratas burgueses, y de la traición a la revolución, de socialistas y stalinistas. Los propios generales de la guerra civil española, que se vanagloriaron de tener a su disposición una poderosa quinta columna, fueron incapaces de hacer un sólo conato de insurrección en el territorio llamado republicano. Aún después de vencida la región catalana, cuando con la Junta Casado-Miaja los fascistas salían en libertad, cuando ya se respiraba la atmósfera de la derrota, los reaccionarios no se atrevieron a sublevarse sino tras la huida de las autoridades y la desbandada de los frentes.

Ninguna burguesía puede ofrecer a las masas de otro país —o del propio tratándose de guerra civil—, nada que las interese y las induzca a tomar las armas en beneficio del atacante. Salvando las excepciones de los mercenarios y la complicidad por impotencia de los demócratas burgueses (stalinistas y reformistas comprendidos), la quinta columna se ha reducido a un latiguillo de propaganda engañabobos. Por el contrario, si se le da a la expresión un sentido social —las masas en insurrección contra sus gobiernos—, la posibilidad de practicarla constituye un privilegio exclusivo del proletariado. Ese peligro está tanto detrás de Hitler como de Churchill, Roosevelt y Stalin. Es la solidaridad, la comunidad de intereses del proletariado mundial, frente a la propia burguesía tanto como frente a la extranjera. Sólo un gobierno proletario puede poner en insurrección a las masas de otros países, interesándolas contra sus respectivos explotadores. Incluso esa "arma" carece de aplicación en manos de gobiernos imperialistas, pero la tendrá, y grande, en manos de los futuros gobiernos proletarios. Será la generalización de la guerra civil anticapitalista.

Son fáciles de prever las objeciones que harán a lo enunciado en este artículo tanto los probados traidores al movimiento obrero como los oportunistas más o menos intensos y conscientes incluyendo el centrismo. ¡Extravagancias, pedanterías! —dirán—; como en ninguna parte está el proletariado en el poder, es superfluo hablar de las posibilidades revolucionarias ofrecidas por la técnica militar moderna. No se puede contar sino con los dos ejércitos que hay frente a frente, y facilitar la victoria del menos malo, el aliado en el pensamiento manifiesto de los traidores y en el inconfeso de oportunistas y semi-internacionalistas. ¡Mentira otra vez! Si bien es verdad que ningún proletariado se encuentra en el poder y que la reacción dirige la guerra en todas partes, incluso en la U.R.S.S., es igualmente verdad que los ejércitos de todas las naciones se componen en gran mayoría de explotados sensibles a la voz revolucionaria. En ellos debe penetrar la idea del interés proletario internacional, por encima y en contra de los intereses dichos nacionales, puramente burgueses en realidad; debe penetrar la idea de que la guerra civil es la única posibilidad de terminar con las guerras de opresión. Si ningún país se encuentra en condiciones de lanzar paracaidistas y columnas motorizadas en auxilio de la revolución, nada impide a las organizaciones obreras propagar entre las masas la necesidad y el deber de una acción proletaria internacional contra la guerra, el fascismo y su raíz capitalista; nada lo impide si no es la traición de los unos, el oportunismo de los otros y el semi-internacionalismo de los de más allá.

Las posibilidades de aprovechamiento revolucionario contenidas en la moderna técnica militar subsisten en importante medida aún dentro de los ejércitos capitalistas. En grados diferentes, tanto los paracaidistas como las columnas blindadas o las tropas transportadas aéreamente, quedan alejados de sus bases, es decir, de los principales centros de disciplina reaccionaria. La coacción de los mandos disminuye; en la misma medida aumentan las posibilidades de desbordarlos y la capacidad de iniciativa propia de los individuos o grupos de individuos. Por otra parte, la acción militar exige cada día más la dispersión de la iniciativa. Los soldados tienen hoy mucha mayor importancia que antaño; los mandos menos, especialmente los mandos inferiores, desde sargento hasta coronel, los que constituyen el armazón fundamental del ejército capitalista. En toda batalla moderna, un porcentaje mayoritario de la iniciativa tiene que ser abandonado a los hombres de línea, a los soldados rasos, a las víctimas directas de la guerra, carne de cañón de su burguesía. Las masas obreras que constituyen el grueso de los ejércitos pueden sustituir la iniciativa revolucionaria a la iniciativa capitalista. Lo que no puede esperarse de los estados mayores reaccionarios debe ser hecho por los soldados saturados de un espíritu revolucionario. Ellos tienen la posibilidad de enlazar con la población pobre de los países invadidos u ocupados, de organizar en común con ella la resistencia al capitalismo internacional, de armarla y de sumarse a ella en el momento oportuno. Esa posibilidad está facilitada por las necesidades militares de los imperialismos, particularmente por la ocupación militar prolongada. El problema revolucionario es el mismo, cualquiera que sea el ocupante. En el mismo sentido pueden actuar, en medida diferente según los momentos, los soldados paracaidistas y de las columnas motorizadas. Por todas partes, en grados diferentes, está dado el germen de la guerra civil internacional contra el capitalismo.

Desgraciadamente, la mayoría de las organizaciones dichas obreras, stalinistas "socialistas" e incluso centristas de la categoría del Independent Labour Party inglés, el Partido Obrero y Campesino Francés y el P.O.U.M. español, los unos totalmente, los otros parcialmente, respaldan a uno de los imperialismo. Sus militantes y las masas explotadas en general son empujadas por ellos a practicar la guerra de rapiña y opresión conveniente a los mandos burgueses. Los lloriqueos centristas sobre los malos métodos de conducir la guerra, sus consejos al imperialismo y sus radicalismos de última hora, tienen escaso valor. Hay que impregnar la conciencia de las masas del carácter necesariamente reaccionario de los propósitos de sus gobiernos e inducirlas a contrarrestarlos mediante su propia actividad de clase. Pero en las condiciones modernas de totalitarismo imperialista, toda iniciativa revolucionaria lleva forzosamente a la guerra civil, porque la guerra civil está siempre en estado latente en la sociedad capitalista. A la clase proletaria no le es dada otra alternativa que someterse a la burguesía y dejarse aplastar por ella o defenderse y atacarla hasta triunfar. Los centristas, que se detienen ante la necesidad de organizar y propagar la guerra civil, sin dejar de hablar de revolución y lucha de clases, cortan la mecha que conduce el fuego en el momento en que debe producir la explosión.

Si las internacionales Segunda y ex-Tercera, así como los centristas, fuesen organizaciones revolucionarias, la acción proletaria, simultánea en los países del Eje y los aliados, hace mucho tiempo que hubiese transformado en civil la guerra imperialista, si acaso hubiere estallado. Los gérmenes revolucionarios de la estrategia imperialista habrían sido aprovechados hasta el máximo. Particularmente en este momento, ya en general y potente ofensiva las masas europeas, la acción internacionalista, facilitada por los métodos de guerra, produciría una rápida fusión de todo el proletariado europeo contra la burguesía, el enemigo común. En lugar de ésto, los miserables sicofantes stalinistas y reformistas empujan las masas a un nuevo cepo capitalista, mientras los blandengues centristas ponen un cuidado exquisito en no perjudicar al imperialismo aliado.

Sin embargo, aunque las grandes organizaciones obreras, pasadas al imperialismo, desaprovechan las excelentes oportunidades revolucionarias ofrecidas por la situación general de Europa y por la técnica militar, la guerra continuará su proceso de transformación en guerra civil. La paz afirmará esa tendencia. Las necesidades históricas e inmediatas presionan en su favor con una potencia formidable. A tientas, desperdiciando la mayoría de su esfuerzo y sufriendo derrotas que podrían evitarse, las masas irrumpirán en avalancha creciente por el costado de la guerra civil. A la minoría revolucionaria de Europa corresponde la tarea de facilitarles el camino, dando conciencia al movimiento espontáneo y combatiendo sin duelo todas las desviaciones patrioteras y burguesas. Al encuentro de traidores y oportunistas, ella debe pugnar por el aprovechamiento de los gérmenes revolucionarios de la estrategia imperialista, rechazando los métodos burgueses aconsejados por la burguesía y sus lazarillos del movimiento obrero. Esa es, por otra parte, la única forma de permanecer fieles a la gran divisa; clase contra clase, sendero de la emancipación de los explotados y de la humanidad en general.

Hasta el presente, historiadores, ideólogos y políticos burgueses han presentado la defensa nacional como un deber excelso de los habitantes de cada país; el sacrificio de la vida, como un honor; la victoria como el supremo bien. Sin embargo, son contadísimas las guerras justas sostenidas en todos los tiempos. En la abrumadora mayoría de los casos de guerra sólo ha servido de instrumento a las clases ricas. La barbarie de las guerras modernas imperialistas, resume y lleva al paroxismo la barbarie de todas las guerras de opresión. Por el contrario, la guerra civil, vituperada siempre como una desgracia o como un crimen, tiene en su haber los más importantes progresos de la humanidad. Ahora que el mundo vive agobiado, desgarrado, asesinado por las máquinas bélicas de los grandes imperialismos, las masas sufrientes de todas las lenguas no podrán encontrar otra salida a su situación que la guerra civil contra el capitalismo, guerra civil que debe ser organizada, conscientemente preparada. No será, ciertamente, el pacifismo impotente quien acabe con las guerras, mucho menos los planes burgueses de desarme o las sociedades de naciones. La raíz de donde germinan es la división del mundo en explotados y explotadores. Arránquesela y desaparecerán las guerras. Cima que deberá ser alcanzada por la más implacable lucha de explotados contra explotadores. La necesidad existe, urgentísima; la posibilidad material se ofrece desde todas direcciones. De la misma manera que la economía capitalista desemboca en la economía socialista, la técnica de la guerra imperialista desemboca en la técnica de la guerra civil. Al encuentro de la guerra imperialista, bárbara, cruel, destinada a asegurar la explotación de la humanidad por unos pocos, los revolucionarios y las masas en general tienen la necesidad y derecho a la guerra civil. Las guerras civiles del pasado, aún circunscritas a una nación han determinado grandes progresos cuantas veces triunfó el ejército revolucionario. La guerra civil moderna hará traspasar a la humanidad entera el lindero de la barbarie, acabando con la explotación de unos hombres por otros, origen de la opresión de unos pueblos por otros. La guerra civil es la única que merece el holocausto de la vida para las masas explotadas y para todo hombre en marcha hacia adelante.

Siendo una necesidad del progreso humano, la guerra civil es un derecho y un deber. La ley burguesa, atada a los intereses de las clases reaccionarias, no puede otorgarlo. Pero las grandes transformaciones sociales no se hacen con las leyes de los opresores; se hacen con la energía de las masas interesadas, se forjan en sus sufrimientos e intereses y culminan en la destrucción de las viejas leyes reaccionarias.
